Cómo
convertirse en
Alberto Manguel
Antonio Aguilar Rodríguez
Hubo una mañana, hace algunos años, en la que me levanté con una extraña determinación. Es frecuente, siendo profesor de literatura y siendo, cosa que no siempre van de la mano, lector apasionado, que tenga sueños con los personajes de las novelas que leo, con los argumentos, con las situaciones que continúo dándoles a veces soluciones inverosímiles, e incluso que sueñe con los escritores, aunque sinceramente en este punto tengo que decir que prefiero los sueños con las escritoras. Pero lo que me sucedió entonces nunca me había pasado. Me desperté con la convicción, extraña, de querer convertirme en Alberto Manguel. No le habría dado más importancia a este extravagante deseo de no venir acompañado del suceso más extraordinario que ha sucedido en mi vida. Cuando todavía algo dormido, con las zapatillas de arrastrar por casa, llegué al baño, salté del susto y volví a la vigilia con una vigencia desacostumbrada. Una espesa barba blanca, como la de Papá Noel, poblaba mi cara.
¿Pero
qué sabía yo de Alberto Manguel aparte de que era el autor
de Una historia de la lectura, de la Guía de lugares
imaginarios, Diario de lecturas o de las novelas El
amante extremadamente puntilloso o del reciente La biblioteca
de noche? Ni siquiera tenía claro si era argentino o canadiense,
si escribía en español, inglés, francés, o
en todos los idiomas. Así que encendí el ordenador, entré
en la Wickipedia y empecé a indagar. Recuerden que no se trataba
de una investigación azarosa o liviana, no, porque la intención
que había detrás era no la de parecerse a Alberto Manguel,
no la de interesarse por las mismas cosas que Alberto Manguel, sino la
de convertirse literalmente en Alberto Manguel. El
hecho de que, siendo argentino, escriba en inglés tiene una explicación.
Cuando Manguel tenía un mes, su padre fue enviado a Israel como
embajador. Allí tuvo una nodriza checa de lengua alemana que le
enseñó alemán e inglés. Y no aprendió
español hasta volver a Argentina a los siete años. —Lo primero de todo fue falsificar la fecha de nacimiento que me resultó fácil, ya que mi padre nació también en 1948, y sólo se trataba de ocultar el nombre y pasar a ser el sr. Aguilar, hasta el cambio definitivo. —Rompí el título de la universidad sin nostalgias, por qué no. Como pensaba Manguel la universidad podía resultar aburrida y carente de interés, y aunque yo había conocido cosas interesantes, entre ellas el amor, me desprendí de mi encorsetada educación académica y me hice autodidacta. —Atribuirme ciertos premios fue relativamente sencillo. El power point y algo de desparpajo juvenil me los proporcionaron. Luego entré en algunas páginas y dejé caer los datos como el que no quiere la cosa. Como es sabido de todos, si está en internet es que es verdad, y bajo esa premisa obtuve pronto los primeros resultados. —Con estas mismas tretas comencé a apropiarme de una biografía, que a poco comprendí que se iba a forjar a través de los libros que iba leyendo y de los lugares que visitaría siguiendo los pasos de Alberto. Una biografía, «como una de aquellas bolsas de libros que los viajeros solían llevar consigo hace siglos» (Diario de lecturas), porque «los libros son curiosamente un reflejo del lector y no del autor» (Entrevista de Javier Rodríguez Marcos, El País, 10/01/02), había dicho mi guía, mi Virgilio en esta si no divina, sí comedia en que se había convertido mi vida. —Visitar en tan sólo un año Londres, Calgary, Turín, Terranova, Valladolid... y Buenos Aires, se me hizo más arduo. Amén de que para sufragar estos viajes tuve que desempeñar trabajos insospechados que nada tenían que ver con mi sueño y a los que llevaba libros para redoblar mis horas de lectura en un empeño casi quijotesco. |