Klaus Mann y Géza Gsáth
Entre la cultura y el abismo
(Mesa redonda)


Elena Lambíes

 

Mesa redonda en la librería Primado de Valencia     La Librería Primado de Valencia convocó una mesa redonda, organizada en colaboración con la Editorial El Nadir bajo el título Klaus Mann y Géza Csáth: dos escritores entre la cultura y el abismo. La oportunidad se produjo gracias a la publicación de dos títulos, Encuentro en el infinito y Cuentos que acaban mal, primeras traducciones ambas, de Klaus Mann y del desconocido hasta ahora en España, el húngaro Géza Csáth, respectivamente. La mesa contó con la participación del director de El Nadir y escritor, Blas Parra, de la escritora Carmen Botello y del profesor y crítico literario Andrés Pau.
     «Nos convocan hoy aquí estos dos genios atraídos por lo oscuro. De la fascinación que provoca su literatura, surge una pregunta, ¿cómo es posible que personas tan formadas y exquisitas acabasen sus días suicidadas? Mi hipótesis es que se sintieron impotentes, para eso eran creadores y se les supone una buena dosis de narcisismo, pero es que además, resultaron ser demasiado civilizadas para el mundo que les tocó vivir, especialmente, Klaus Mann, que conoció el abismo por el que desparramó el Bildung alemán —el ideal burgués de perfecta totalidad— para trocarse en el horror de la Shoah. Literalmente, catástrofe».
     Carmen Botello abrió el encuentro y presentó a los participantes, señalando que «Andrés Pau, crítico, periodista, traductor, —ahora está traduciendo para El Nadir una obra del surrealista y también suicida René Crevel, Détours— es buen conocedor de la obra de Mann y estudioso de la literatura centroeuropea».
     Al referirse a Blas Parra, escritor y director de El Nadir, recordó que hacía un par de años, con su novela El artista humillado nos había dado «la oportunidad de reflexionar sobre la paradoja que resulta de contemplar el arte y la barbarie, la lealtad al ideal de cultura, el espíritu del Bildungsroman, que tan altos resultados ofreció al mundo, y su traición más nauseabunda: ahí está ese Richard Strauss —personaje, junto a Mann de la novela de Blas Parra, aceptando cargo de los nazis, algo que nos desazona tanto...»


     Inconformismo vital

     «El Nadir busca autores con rasgos que los hermanen de alguna forma: su inconformismo vital cuando se enfrentan al hecho decisivo de escribir. Aunque lleven una vida que podríamos calificar de disipada» —explicó la escritora— «son, sin embargo, rigurosos en su trabajo». No pretenden convertirse en vanguardia. Ni centran sus esfuerzos en el estilo, casi todos buscan en sus libros una realidad que va más allá de lo evidente, de lo que no se ve pero existe, «bien sea un paisaje deshumanizado y bello como se encuentra en la obra de Anna Kavan, bien el espantoso deseo de gozar a toda costa, como les ocurre a los hermanos Witman en el relato de Géza Csáth, Matricidio. Los autores que preferimos» —señaló Carmen Botello— «recrean la realidad de una forma, hermosa literariamente hablando, cruda, porque no se deja engatusar por el ideal, particular, porque es profundamente subjetiva».
"Cuentos que acaban mal" de Géza Csáth     En su Discurso a la Academia de Dijon de 1750, Rousseau disertó sobre si las artes y las letras habían contribuido a «depurar», dijo, «las costumbres humanas». Botello hizo referencia a este discurso resaltando que desde entonces «esta ha sido una preocupación constante en la mayoría de los grandes pensadores. En el discurso de Rousseau ante los académicos de Dijon, el filósofo de la naturaleza no mencionó el término cultura en ningún momento. Los alemanes por entonces ya acariciaban el término Kultur identificándolo, farragosa y fantasmagóricamente, con el espíritu del Bildung. Y justamente, a finales del siglo XVIII, ya lo hacían con total desparpajo, en contraposición al bon gôut, la politesse, l’ urbanité, l´art de plaire, términos todos que sí aparecían en el discurso de Rousseau. Me siento inclinada a pensar» —puntualizó Carmen Botello— «que el abismo que se produjo entre términos inicialmente sinónimos, se inició cuando fueron articulándose las ideas de que la cultura constituye el logro cultural de todo un pueblo, mientras que la civilización, en un sentido que dejaría atónito quizá al propio Rousseau, pervertiría y reblandecería al hombre, al hacerlo tan terriblemente refinado que lo apartaría de su querencia por lo natural. Así que de alguna manera culto resultó ser salvaje, y civilizado un corsé insoportable. Klaus Barbie se entretenía descifrando hexámetros homéricos en el banquillo de los acusados. ¿Cómo se puede tocar a Schubert por la noche, leer a Rilke por la mañana y torturar a mediodía? Se preguntaba George Steiner».
     Este espíritu, el que pretendió durante un pequeño lapso de tiempo conectar de nuevo la politesse, la civilisation, la Kultur fue el caldo de cultivo en el que se formaron los dos escritores. La escritora se mostró convencida de que autores así, son los que convienen al espíritu de El Nadir, porque, dijo: «su obra abre el debate, sin resolver, de qué es cultura y si la cultura, sin la politesse de Rousseau, nos hace más cívicos, más civilizados, mejores personas para nosotros mismos y para con los otros».
     Por su parte, Blas Parra, como editor de El Nadir explicó las razones que han llevado a elegir estos títulos y el sentido de la editorial: «Cuentos que acaban mal» —explicó— «reúne una serie de cuentos del húngaro Géza Csáth, un autor de corta vida y obra no muy extensa. Nace en 1888 y se suicida en 1919 mediante veneno tras matar a Olga, su esposa. Desconocido en España, no así en Italia, Francia, Gran Bretaña y Alemania, cuyos cuentos se tienen por modélicos y consta en todas las antologías serias de literatura europea. Encuentro en el infinito es obra de juventud de Klaus Mann, otro gran autor malogrado, se suicida en Cannes en 1949, contando apenas 43 años tras una vida que no calificaría de turbulenta, pero sí intensa, y una obra variada, novelas, piezas de teatro, poesía, ensayo, periodismo, que pasma por su coherencia y claridad de planteamientos. Una figura a nuestro modo de ver, clave en la cultura occidental de entreguerras, pero siempre ensombrecida ante la crítica por la competencia con el padre, el gran Thomas Mann. Nosotros ya habíamos publicado El condenado a vivir, que recoge artículos sobre sus contemporáneos, intelectuales, artistas y políticos, tan precisos como una imagen. A Klaus le gustaba el cine, incluso fue guionista y algunas de sus obras han sido llevadas a la pantalla. Es un autor que admiro profundamente, tan profundamente que me motivó a escribir una obra donde abordo su figura en crisis permanente, El artista humillado.


"Encuentro en el infinito" de Klaus Mann      Dos líneas narrativas

     «Bien» —puntualizó Blas Parra— «El Nadir ha apostado por dos líneas narrativas que se compensan y complementan, una línea relajada, que rescata títulos de aventuras singulares, y otra que apuesta por la recuperación de obras, o autores en general, no sólo de una rotunda originalidad de planteamiento, sino CON UN SIGNIFICADO PROFUNDO QUE OTORGA SENTIDO A LA EDICIÓN: algo que de pronto se nos revela, que debiera servir a fines culturales dignos de todos los apoyos. El mundo de la edición está repleto de obras que no dicen nada, que repiten fórmulas con el principal objeto de producir dinero. Nosotros ni podemos ni queremos tal cosa. Sería ridículo. Ambas obras parten de escritores en los que coincide la alta cultura de una civilización moderna y permisiva como la occidental, donde la búsqueda de nuevas fórmulas estéticas y planteamientos artísticos es continua, hasta que las dos guerras mundiales y la llegada de los nuevos totalitarismos, pone freno. En ese despliegue intelectual europeo se inscriben ambos, aunque no se conozcan. Ambos escritores participan de esas dos palabras que barajamos como tema de charla: cultura y abismo. Lo que no quiere decir que una lleve a la otra, por el contrario nos interesa el camino intermedio entre una y otra, cómo descienden coches de lujo por la pendiente o se desboca el coche. A mi juicio, la palabra cultura supone algo indefinible, inabarcable, tan extenso como el universo infinito. Abismo, es algo en lo que uno cae, o se precipita. Entre la cultura y el abismo está el mundo que nos sirve de experiencia y de ella surge la experiencia literaria y artística en general como modo de interpretarla».


     Un autor sombrío

     «Géza Csáth es un autor sombrío, del que se sabe poco porque hasta ahora permanecía sin traducir en España. Pero lo suficiente como para plantear un sinfín de enigmas. Hungría, que había sido un país de campesinos con una burguesía centrada en Budapest, conoce una apertura a la modernidad desde principios de siglo, que le abastece de un listado impresionante de grandes escritores. El más conocido, gracias a la editorial Salamandra es Sándor Marai, pero también muchos otros, entre ellos Dezsö Kosztolányi, que anima a nuestro Géza a escribir. Géza Csáth ya ha escrito a los dieciocho años con un amigo una novela, y no más allá de los veintidós, la crítica recibe muy bien sus cuentos que se publican en Nyugat, una de las revistas más prestigiosas de occidente. Su inteligencia debe de ser la de un niño prodigio porque además de doctorarse en medicina, dibuja muy bien, compone piezas de música, ejerce la crítica musical donde descubre a los mejores músicos de su país, Bela Bartok o Kodaly, que hoy aún son considerados modernos, escribe piezas de teatro, y cuentos, muchos cuentos, como estos que hemos editado.
     Pero sobre todo le interesa la práctica del psicoanálisis, la pulsión de fuerzas oscuras en el inconsciente, le interesa cómo se produce el mal, por qué se mata o se tortura, cómo la morfina disuelve la realidad, cómo el placer devuelve el sentido a las cosas. Alguien ha dicho que sus cuentos son “intensas sismografias del inconsciente”. Sus cuentos se desarrollan en ambientes intermedios entre la realidad cotidiana y los sueños, crueles y líricos, donde la maldad adquiere la precisión de un manual para la que no existe castigo. Sin embargo en cualquier paisaje surge la magia, flores carnívoras, llamadas inapelables, conquistas perversas.
"El condenado a vivir" de Klaus Mann     Hay muchos datos para considerarle un villano en su relación las mujeres. Sabemos que es hombre muy guapo, capaz de seducir a cualquier mujer que se proponga a sus veinticuatro años, camareras o aristócratas, todas caen seducidas por sus caprichos. El éxtasis de sus besos contagia al SPA, donde ejerce la profesión que le provee de pacientes femeninas. Probablemente esas experiencias explican su narcisismo. Desprecia a sus víctimas, las despelleja, y anota cuanto siente y observa. Sabemos que prefiere vivir en éxtasis siete días, a treinta, cien años, como la mayoría de humanos desean, y que coincidiendo con el final de la primera guerra mundial toma elevadas dosis de morfina y opio».


     El eco conocido

     Andrés Pau cerró las intervenciones señalando que el hecho de que Encuentro en el infinito, la primera novela de Klaus Mann, haya sido la última traducida en España, crea una «sensación retráctil en el lector», que siente al leerla el eco conocido. «En realidad» —precisó Pau— «es todo lo contrario: esto es lo original». Leer Encuentro en el infinito es descubrir al novelista de raza que ya era en 1932, según Pau. «Todo Klaus Mann está condensado aquí: sus filias —los personajes insatisfechos—, sus fobias —los arribistas— sus temas recurrentes —el suicidio, la juventud, la huida—, su tendencia a lo mórbido —las drogas—, su atracción por la muerte, a pesar de ser un fervoroso amante de la vida». Esta, señaló Andrés Pau, es una novela que tiene mucho de manifiesto generacional. «Y si en su día el crítico alemán Ranicki le reprochaba al entonces ya difunto Klaus Mann que escribía como si fuese un autor del XIX, basta leer Encuentro en el infinito para desmentirle. Porque se trata de una novela moderna en el sentido más extenso de la palabra: en su concepción y elaboración, en su tratamiento del tiempo mediante secuencias simultáneas, separadas por miles de kilómetros o por un tabique, montadas en paralelo, en su detallismo por la ropa y los escenarios de sus personajes, en el estudio de esos mismos personajes. Todo hace que la novela sea contemporánea a los vaivenes, las inquietudes, los trastornos y desvelos de su tiempo, esto es, moderna. Sus personajes principales, Sonja y Sebastián, discurren en el libro con vidas paralelas para, en un ejercicio de audacia narrativa, encontrarse finalmente en el infinito. A su alrededor se mueven los demás, individuos que persiguen desesperadamente la felicidad sin que —el pesimismo de Mann ya hervía a los veinte años— lleguen jamás a alcanzarla. Sin embargo nada mejor que su lectura para observar cómo la vasta cultura de Mann, sus experiencias vitales, su trato con las gentes del mundo de las letras y las artes, la música y el teatro, el cine y la política, se manifiestan en un espléndido relato, recreado con la exactitud de una fotografía.