Klaus Mann y
Géza Gsáth
Elena Lambíes
«El
Nadir busca autores con rasgos que los hermanen de alguna forma: su inconformismo
vital cuando se enfrentan al hecho decisivo de escribir. Aunque lleven
una vida que podríamos calificar de disipada» —explicó
la escritora— «son, sin embargo, rigurosos en su trabajo».
No pretenden convertirse en vanguardia. Ni centran sus esfuerzos en el
estilo, casi todos buscan en sus libros una realidad que va más
allá de lo evidente, de lo que no se ve pero existe, «bien
sea un paisaje deshumanizado y bello como se encuentra en la obra de Anna
Kavan, bien el espantoso deseo de gozar a toda costa, como les ocurre
a los hermanos Witman en el relato de Géza Csáth, Matricidio.
Los autores que preferimos» —señaló Carmen Botello—
«recrean la realidad de una forma, hermosa literariamente hablando,
cruda, porque no se deja engatusar por el ideal, particular, porque es
profundamente subjetiva».
«Bien» —puntualizó Blas Parra— «El Nadir ha apostado por dos líneas narrativas que se compensan y complementan, una línea relajada, que rescata títulos de aventuras singulares, y otra que apuesta por la recuperación de obras, o autores en general, no sólo de una rotunda originalidad de planteamiento, sino CON UN SIGNIFICADO PROFUNDO QUE OTORGA SENTIDO A LA EDICIÓN: algo que de pronto se nos revela, que debiera servir a fines culturales dignos de todos los apoyos. El mundo de la edición está repleto de obras que no dicen nada, que repiten fórmulas con el principal objeto de producir dinero. Nosotros ni podemos ni queremos tal cosa. Sería ridículo. Ambas obras parten de escritores en los que coincide la alta cultura de una civilización moderna y permisiva como la occidental, donde la búsqueda de nuevas fórmulas estéticas y planteamientos artísticos es continua, hasta que las dos guerras mundiales y la llegada de los nuevos totalitarismos, pone freno. En ese despliegue intelectual europeo se inscriben ambos, aunque no se conozcan. Ambos escritores participan de esas dos palabras que barajamos como tema de charla: cultura y abismo. Lo que no quiere decir que una lleve a la otra, por el contrario nos interesa el camino intermedio entre una y otra, cómo descienden coches de lujo por la pendiente o se desboca el coche. A mi juicio, la palabra cultura supone algo indefinible, inabarcable, tan extenso como el universo infinito. Abismo, es algo en lo que uno cae, o se precipita. Entre la cultura y el abismo está el mundo que nos sirve de experiencia y de ella surge la experiencia literaria y artística en general como modo de interpretarla».
«Géza
Csáth es un autor sombrío, del que se sabe poco porque hasta
ahora permanecía sin traducir en España. Pero lo suficiente
como para plantear un sinfín de enigmas. Hungría, que había
sido un país de campesinos con una burguesía centrada en
Budapest, conoce una apertura a la modernidad desde principios de siglo,
que le abastece de un listado impresionante de grandes escritores. El
más conocido, gracias a la editorial Salamandra es Sándor
Marai, pero también muchos otros, entre ellos Dezsö Kosztolányi,
que anima a nuestro Géza a escribir. Géza Csáth ya
ha escrito a los dieciocho años con un amigo una novela, y no más
allá de los veintidós, la crítica recibe muy bien
sus cuentos que se publican en Nyugat, una de las revistas más
prestigiosas de occidente. Su inteligencia debe de ser la de un niño
prodigio porque además de doctorarse en medicina, dibuja muy bien,
compone piezas de música, ejerce la crítica musical donde
descubre a los mejores músicos de su país, Bela Bartok o
Kodaly, que hoy aún son considerados modernos, escribe piezas de
teatro, y cuentos, muchos cuentos, como estos que hemos editado.
Andrés
Pau cerró las intervenciones señalando que el hecho de que
Encuentro en el infinito, la primera novela de Klaus Mann, haya
sido la última traducida en España, crea una «sensación
retráctil en el lector», que siente al leerla el eco conocido.
«En realidad» —precisó Pau— «es todo
lo contrario: esto es lo original». Leer Encuentro en el infinito
es descubrir al novelista de raza que ya era en 1932, según Pau.
«Todo Klaus Mann está condensado aquí: sus filias
—los personajes insatisfechos—, sus fobias —los arribistas—
sus temas recurrentes —el suicidio, la juventud, la huida—,
su tendencia a lo mórbido —las drogas—, su atracción
por la muerte, a pesar de ser un fervoroso amante de la vida». Esta,
señaló Andrés Pau, es una novela que tiene mucho
de manifiesto generacional. «Y si en su día el crítico
alemán Ranicki le reprochaba al entonces ya difunto Klaus Mann
que escribía como si fuese un autor del XIX, basta leer Encuentro
en el infinito para desmentirle. Porque se trata de una novela moderna
en el sentido más extenso de la palabra: en su concepción
y elaboración, en su tratamiento del tiempo mediante secuencias
simultáneas, separadas por miles de kilómetros o por un
tabique, montadas en paralelo, en su detallismo por la ropa y los escenarios
de sus personajes, en el estudio de esos mismos personajes. Todo hace
que la novela sea contemporánea a los vaivenes, las inquietudes,
los trastornos y desvelos de su tiempo, esto es, moderna. Sus personajes
principales, Sonja y Sebastián, discurren en el libro con vidas
paralelas para, en un ejercicio de audacia narrativa, encontrarse finalmente
en el infinito. A su alrededor se mueven los demás, individuos
que persiguen desesperadamente la felicidad sin que —el pesimismo
de Mann ya hervía a los veinte años— lleguen jamás
a alcanzarla. Sin embargo nada mejor que su lectura para observar cómo
la vasta cultura de Mann, sus experiencias vitales, su trato con las gentes
del mundo de las letras y las artes, la música y el teatro, el
cine y la política, se manifiestan en un espléndido relato,
recreado con la exactitud de una fotografía. |