El tiempo del Gólem


Luisa Pastor Martínez

 

"Mafarka" de Marinetti     Si el hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, la máquina ha sido creada a imagen y semejanza del hombre. Como él, una dualidad pugna en su misma naturaleza: el bien y el mal, la inmaculada perfección y la tacha del defecto. Del desatino divino nació el ser humano; de la ignorancia del hombre nace lo que se conoce con el nombre de gólem, una criatura propia de la tradición hebrea, nacida del barro y hechizada por el canto de su creador, a quien ha de obedecer ineluctablemente, sin poner en tal misión ni inteligencia ni alma, por carecer de tales dones, únicamente reservados para quien nace del aliento de Yavhé. En Occidente, ese papel mitológico de esclavo supuestamente sin voluntad alguna, pero que insospechadamente se rebela y te la juega, lo ha asumido la máquina.
     Como el niño imita a su progenitor, hacemos del acto de creación un momento de gloria. El invento hechiza al que es sorprendido por él y da eterna fama a quien lo ingenia. Desde Arquímedes, inventor de algo tan nimio como la palanca, muchos congéneres se han esforzado por deslumbrar al mundo con un producto original, inédito, nacido merced a su prometeica mano. Gutenberg, con la imprenta; Alexander Bell, con el teléfono; Tomás Edison, con la bombilla incandescente; los hermanos Lumière, con el cinematógrafo, y un largo etcétera, puesto que la nómina no se agota, son el modelo ejemplar para todo aquel que pretenda ser un revolucionario. Con ellos se agota un estilo de vida, y por ello sus hallazgos son tan valiosos.
     Sylvia Martin, en el libro que lleva por título Futurismo (Taschen, 2005) comenta la trascendencia de la revolución industrial en la percepción del entorno del hombre decimonónico y finisecular: «El automóvil, el tranvía, el teléfono, el avión y la red ferroviaria eran conquistas técnicas que alteraron profundamente la imagen de las calles y la representación del mundo desde fines del siglo XIX. Las distancias se desvanecían, las perspectivas se acortaban o se desplazaban y todo daba la impresión de encontrarse en un movimiento acelerado».
     Es curioso observar cómo ese cambio de perspectiva, igual que ocurre con todo lo que atañe a la humanidad, presenta un doble aspecto. Por un lado, la ventaja del progreso, que a unos, los más jóvenes por lo general, admira; por otro, los que sí conocen el efecto de la nostalgia, que cantan las ruinas del pasado y, si no abominan de la máquina moderna, al menos sí lloran la desaparición del objeto sustituido irremisiblemente.
     Es de una belleza espléndida un pasaje de la novela de Pío Baroja Las inquietudes de Shanti Andía, en que se refleja al hombre de mar transido de tristeza por el modo en que su hábitat ha sido invadido por el hierro y el vapor: «Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el océano. Todavía el barco de vela dominaba el mundo. ¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero sí más poético, más misterioso, más desconocido. Hoy, el mar se industrializa por momentos, el marino, en su barco de hierro, sabe cuándo anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena suerte, el viento favorable».

Mar transido de tristeza por el modo en que su hábitat ha sido invadido por el hierro y el vapor


     Es el canto del cisne. Baroja percibe que su mundo, su época, está próxima a expirar, porque otra sencillamente está decidida a atropellarla. «La musa del progreso es la rapidez; lo que no es rápido está condenado a morir», admite el autor vasco con una certeza que a él debió de parecerle más bien fatalidad. ¿Sería consciente Denis Papin, inventor del barco de vapor, de que con su invención se iba a un baúl para siempre la bandera pirata?
     Me hubiera gustado comprobar qué efecto habrían provocado estas palabras en un hombre tan electrizado y fanático del progreso más deshumanizado como Filippo Tommaso Marinetti, que no sólo lo ensalza en su paranoica literatura, sino que además escribe manifiestos doctrinales con la máquina como musa inspiradora. Con palabras como «El automóvil de carrera, que parece correr sobre metralla, es más bello que la victoria de Samotracia» se cubrió de gloria.
     Advierte Sylvia Martin, autora citada líneas arriba, que el Futurismo inicia un incondicional culto a la máquina. «El coche, que se fabricaba en la factoría Fiat de Turín desde 1899, tiene para los futuristas una función capital. Marinetti habla del coche como de una bestia refunfuñante de pecho ardiente, creando así un ser mixto híbrido, una máquina sexual humanoide».
     Ya el febril italiano, en su novela Mafarka (1910), ofreció la imagen de lo que él consideraba, con la misma terminología de Nietzsche, un “superhombre”: un híbrido de hombre y máquina. «Concebido al margen de la mujer, este titán carece de recuerdos sentimentales. Vive sólo en función del momento, en el que descarga su vitalidad y su fuerza destructora». Así traza el retrato de esta criatura Sylvia Martin, quien, además ilustra esta fascinación de las vanguardias por transgredir los límites de lo humano, mostrando una serie de pinturas tales como el cuadro Mecánica de bailarines de Depero, en que «las partes del cuerpo de los bailarines sólo evocan lejanamente a un ser humano. El personaje masculino de la izquierda consiste exclusivamente en una construcción de cajas y tubos grises y metálicos».
Luigi Russolo: "Dinamismo de un automóvil" 1912-1913. Óleo sobre tela     La imagen del ser híbrido nos resulta más que familiar gracias a la literatura y al cine de ciencia ficción. Películas como Blade Runner de Ridley Scott (1983) han ido más allá de la simple anécdota, planteando reflexiones plenamente metafísicas. La criatura encarnada en ese film es un humanoide apenas distinguible de nosotros, su capacidad de camuflarse y hacerse pasar por un ser humano más es el quid de la cuestión en la película. En uno de los momentos más líricos del metraje, uno de esos “engendros”, conociendo la proximidad de su inexorable fin, se lamenta así: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tanhäuser. Todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir...». Las palabras del androide son propias de un humano, y no sólo de un humano, sino de alguien sensible e inteligente, un poeta. Esta obra de culto en el género del cine fantástico hace que definitivamente emparentemos con lo artificial en emociones, temores y pensamientos. Como nosotros, se ve acorralado, sufre al imaginarse acabado, y en un sorprendente intento de salvarse, se dirige a su creador, exigiéndole más tiempo. Ante la negativa, la criatura mata a aquel que lo creó.
     Esa imagen vengativa y destructora de la máquina ha alimentado las fantasías de muchos. Otra película que aborda esa temática es 2001: una odisea en el espacio de Stanley Kubrick (1968). El hombre pierde el control de la situación porque ha delegado demasiado en la máquina y ésta, consciente de su poder, decide someter bajo su imperio a quien lo ideó.
     Denuncias de esta opresión del metal sobre el hombre las hallamos en muchas fuentes, y no sólo en el terreno de la ciencia-ficción. La película Tiempos modernos de Charles Chaplin, estrenada el 5 de febrero de 1936, denuncia asimismo la alienación del hombre que sobrevive más que vive una vez operada la revolución industrial. La imagen de Chaplin succionado por la máquina y atrapado entre sus engranajes es el símbolo perfecto de la victoria del tanque sobre el soldadito de a pie.
     Parece que, al igual que Dios, el hombre se solaza con su obra, admira sus progresos, hasta que ésta pretende una meta propia: ser más que un siervo. Entonces el creador recela, teme e incluso abomina, tal vez porque sabe que es inevitable que, con el tiempo, la criatura, ese engendro que existió por y para él, sabrá pensar por sí misma e incluso hablar por sí misma.
     Me pregunto si, llegado el momento, podrá hallar algo de piedad...