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La novelística
de Alfredo Iriarte
(Cómo entrar a y salir de las obras)
Rodrigo Araújo
Montero
Escrita
hacia finales del siglo XX y comienzos del XXI, la obra novelística
de Alfredo Iriarte parece decirnos varias cosas, algunas veces explicitadas
por el haber novelístico de nuestros días: nos dice que
nuestro idioma posee grandes posibilidades de enunciación, tanto
cultas como vulgares, desde herencias culturales como el Siglo de Oro;
nos dice que el saber novelístico, sin dejar de ser un saber estético,
está hecho de tantas mixturas históricas que sería
imposible quedarse a gusto con los clásicos asertos que tienen
a la llamada función poética como su bastión de sentido
principal (función poética: la obra literaria se basta a
sí misma, independientemente de referentes exteriores); nos dice,
y de una manera absolutamente cruda, humana e irrebatible, que la risa,
como propuesta textual, o mejor, como gran condicionamiento del texto
y también del lector enfrentado a él, es una altísima
forma de pensamiento; y nos dice que el destino de nuestros pueblos, el
análisis implícito de nuestras culturas han de tener un
importante lugar dentro del texto, so pena de parecer escritos a espaldas
de la realidad (el Real, o uno de ellos, de acuerdo a la psicología
lacaniana). Esto último está íntimamente relacionado
con lo dicho sobre la historia, pero es de hecho su aseveración
profunda: historia es el destino de los pueblos y estructuras de cultura
que le dan sentido. La historia es una forma de realidad que dota de sentido
profundo a muchas obras, y no estamos acá para hacer una lista
inacabable, sino para dejar claro cuánto de esto hay en los textos
de ese feroz palabrero que desafortunadamente ya no nos acompaña
en vida, llamado Alfredo Iriarte. La lectura de su obra, pues, está
lejos de ser elemental, pero al mismo tiempo es esta obra una de las propuestas
novelísticas más divertidas que pueda haber en la Colombia
de nuestros días, incluso para casi cualquier clase de público
adulto. Y valga entonces un aserto salido de lo orgánico de esta
experiencia: ¿quién dijo que divertirse no es algo tremendamente
serio? Y no porque la risa sea algo más que risa, sino porque dentro
de la risa está todo ese abismo de realidad.
Es difícil hacer una selección
de apartes de las novelas de Iriarte sin que estas se vean agredidas en
su unidad y sin que, de hecho, el lector quede insatisfecho, pero intentaremos
ofrecerle algo de este circo de sentido que son estos textos.
Primero, un módico resumen de ambos
circos de sentido, que para nosotros son un solo circo analizable, desde
elementos tan variados como la tradición barroca y la carnavalización,
las relaciones entre consciencia histórica y novela, y el psicoanálisis.
Primero, entonces, un resumen.
En Espárragos para dos leones
(1999) se nos narra la historia, o las últimas fases más
que risibles de la familia Esparragosa, de amplio abolengo hispánico
y amplia prosapia heráldica. Fundada por un hombre que al parecer
estuvo dentro de los españoles a cargo de la empresa de Descubrimiento
y Conquista, esta familia es un dechado de particularidades: en el momento
en el que se empieza a narrar la historia, algún que otro siglo
después del supuesto origen, tenemos a la viuda de uno de los vástagos
de ese magma familiar,
al hijo, quien es finalmente el protagonista, y a algunos personajes de
la familia. Ninguno de estos es normal; en todos encontramos deformidades:
psíquicas, culturales, e incluso físicas, y en ello el narrador,
feroz palabrero, parece solazarse grandemente. Parece solazarse como un
juez que tuviera siempre la razón en su enjuiciar pero que nunca
cediera a la tentación de perder el enorme buen humor. Aunque desde
otro punto de vista Iriarte perfectamente podría parecer como una
especie de filósofo de la historia, tras cuya máscara risueña
existe un gran cúmulo de negatividad, de asunción trágica
de la cultura. Empero, nunca lo humorístico está en segundo
plano. Nunca.
El hijo, llamado Trimegisto Esparragosa,
y de quien ya hemos dicho que es el verdadero protagonista, pese a un
abigarramiento de caracteres que perfectamente haría creer que
el verdadero protagonista es la familia, o el específico espíritu
familiar (como el pueblo Macondo en Cien años de soledad),
es todo un personaje: genio para las finanzas, educado con restricciones
religiosas sin cuento, príncipe prácticamente de una notoria
familia hispánica latinoamericana (presumiblemente colombiana,
sin lugar a dudas), es sintomáticamente torpe para las artes amatorias,
razón por la cual, ya llegado a la cincuentena, es todavía
virgen como una monja de clausura. Esta es quizás, siguiendo
el cinismo perspicaz del autor, su mayor aventura, paralela a su aventura
política: querido por todos los palumbianos (o sea colombianos
en la cifra iriartiana) está a punto de convertirse en presidente
electo de la República de Palumbia (de nuevo, querido lector: Palumbia
no es sino esta Colombia que aún hoy, mucho después del
entonces temporal interno de la novela, y algunos años después
de la desaparición física de Iriarte, sigue arrasada por
inverosímiles problemas culturales y políticos, que bien
pudieran también, quién quita, suscitar algún buen
texto novelístico). Vaya: un presidente casi electo que, llegado
a la edad en la que Don Quijote emprendió su lucha contra molinos
y demás, es virgen todavía. Vaya, y he ahí uno de
los chistes culturales que más atraviesa la novela, y que debe
entenderse, sencillamente, como un efecto concreto de la cultura judeocristiana
que vino, a través de la española, a inaugurar nuestro continente
hace… algunos siglos. Esa misma cultura religiosa en cuyo libro
sagrado se entiende, en el Génesis, que es buena la procreación,
es decir, el multiplicaos y reproduciros; esa misma cultura religiosa
en cuyo libro sagrado se entiende, de acuerdo al melifluo mito mariano,
por ejemplo, que la sexualidad o es un pecado, o una incorrección,
o una deficiencia terrenal que ha de ser silenciada, de manera que la
mismísima madre de Cristo aparece, contra toda lógica natural
y en un grado bastante perverso de metaforicidad bíblica, como
una mujer virgen. Es decir: como si la sexualidad no fuera, entre otras
cosas, un derecho biológico. Como si la sexualidad no fuera de
este mundo. Amalasunta, la madre de nuestro protagonista, y a través
de gestos tan cómicos como patológicos, y tan culturalmente
naturales como finalmente trágicos, es la encargada de inyectarle
esta dosis de antigoce; esta dosis de santurronería. Hacia el final
de la novela nuestro protagonista encuentra una mujer, saliendo un poco
tarde de ese estado desafortunadamente edípico, ya que además
Trimegisto convivió hasta su avanzada edad con ella, derivándose
de esto innumerables problemas: encuentra una mujercilla que pronto le
será infiel con un italiano, pues es en extremo ardorosa y casquivana,
y poco o nada puede esperar al lado de un pobre hombre educado exclusivamente
por una madre que le inculcó desde muy temprano, además
de algunas otras cosas, el antigoce, esa especie de desabrida sabiduría
consistente en buscar la pureza. En lenguaje psicoanalítico, tan
útil acá para desenredar esta ensortijada madeja de comicidad
cultural, el personaje encontró, fiel a un estado edípico
normal, previsto ya en Freud y vuelto a trabajar
por Lacan, a la sucesora de la madre, esto es, a la mujer. Que esta mujer
finalmente lo haya abandonado, ocasionándole un ataque que en todo
podría ser considerado como histérico y que además
ocasiona la muerte prematura y pre-presidencial de nuestro protagonista,
es quizás una prueba de lo poco estable que era su ser sexual,
tan condicionado como al parecer se hallaba por el ser materno, y tan
poco interesado como estaba en el amor. El amor que todo lo cura, ¿no?
Pero al final, de algún modo, fue todo locura, esa Palumbia nostálgica
de buenos gobernantes se quedó esperando a su genio financiero,
a su angelito adorado por el pueblo.
En El jinete de Bucentauro las
cosas son ya un poco distintas, pero igualmente estamos habitando un terreno
que desde el psicoanálisis mencionado no es otro que un terreno
minado por la patología; en este caso, se trata de una patología
harto frecuentada por la humanidad y que particularmente en América
Latina ha sido algo más que determinante, y no sólo políticamente.
Se trata esta novela de la historia de un tirano demencial, llamado Sardanápalo
Armenteros, que crece de bien abajo, como la maleza, y poco a poco, y
gracias entre otras personas al narrador de la novela, quien redacta las
memorias en las que esta consiste algún tiempo después de
finalizado el período tiránico, en el cual funcionó
como extraño vicepresidente, se adueña de una tal República
majagualense (otra metáfora del enigma colombiano, que por supuesto
incluye dentro de sí al enigma general de lo latinoamericano):
reinventa la constitución, acaba poco a poco con la libertad de
los ciudadanos, repite gestos culturales estrambóticos dignos de
cualquier tirano de la época clásica, se apodera de las
mujeres del país y las hace suyas casi a la fuerza (como algunos
conocidos tiranos tropicales), etc. Armenteros posee una gran crueldad:
a sus enemigos predilectos decide, por ejemplo, ensartarlos en horrorosos
pinchos sacrificiales, esto es, los empala, y la fiesta cruel se dispara,
con el agravante semiótico o más bien con el descargo semiótico
de que el lector no para de reírse. Si la otra novela, Espárragos
para dos leones, es una novela sobre lo cómico que puede resultar
el estado patológico de la ridiculez cultural, esta otra es una
novela sobre el ridículo, o sobre el horrorosamente ridículo
y caricaturesco espectáculo del horror. Iriarte está de
cara a la humanidad, por supuesto, pero le toca describir el horror desde
sus propias estrategias de palabrero: en parte se burla de la tragedia,
pero fundamentalmente se ríe a carcajadas, como buen juez que es,
del culpable de la tragedia, si bien esa tragedia causada por el tirano
se vino encima del propio tirano. Quizás por esto no es una obra
pesimista, y quizás por ello toda la visibilidad jacarandosa, estrambótica
y cruel, tiene en sí misma la escritura irrebatible de la esperanza,
o en todo caso, de la sanidad cultural.
El tirano, visto desde el psicoanálisis,
es todo un psicótico: en su panorama patológico han desaparecido
algunas cosas, como el amor —si bien es capaz de gestos amorosos
y altruistas, pero sólo selectivamente— y como el otro (que
en la tradición cristiana se llama prójimo, pero que en
el lenguaje filosófico del silgo XX, que acá es mucho más
útil, se llama Otro, especialmente en Lacan y Levinas, por mencionar
sólo dos figuras importantes para el análisis de dicha centuria).
O sea, es un tipo cargado de horror y de una paranoia política
que ya está bastante documentada por algunas otras figuras, tangencialmente
psicoanalíticas, como Elías
Canetti. Si hacemos caso de uno de los dicterios finales de su obra Masa
y poder (1960) el comportamiento del tirano (Hitler, por ejemplo,
pero en realidad cualquier tirano de cualquier color ideológico)
es demasiado parecido, si no igual, al comportamiento del psicótico.
Y si hacemos que todo lo que llevamos dicho sea básicamente plausible,
tenemos que es esa médula de corrosión y de insania aquello
que más produce risa en el lector. El lector, convertido de repente
en juez y parte, se ríe junto al autor, y se ríen ambos,
incontrolablemente, de la temperatura desmesurada de esos destrozos culturales.
En esta novela la locura tiránica, estrambotizada por la escritura
violenta y humana de Iriarte, cumple el mismo papel que en la primera
novela la ineptitud sexual y amorosa de Trimegisto: ambas locuras culturales
son los focos del pensamiento de la risa. ¿Se tratará de
un reír por no llorar? De verdad, no sería una hipótesis
muy válida, habida cuenta de la secreta felicidad de leer tales
aberraciones inscritas en un panorama de escritura —en realidad
libertaria— como este que estamos reseñando, es decir, en
un panorama de festividad novelística. Y sin embargo, ¡cuánta
negatividad habita, como ya hemos dicho al comienzo, en ese rictus de
carcajada, cuánta miseria humana traducida en festividad de un
texto que, definitivamente, como lectores y autor, es juez y parte y,
siguiendo la acertada expresión de Canetti, coge al siglo XX por
el cuello (que fue lo que intentó hacer Canetti con su obra señalada).
Ya sabemos que a menudo la negatividad se transforma en fiesta literaria,
pero como decíamos al principio: quién dice que divertirse
no es pensar hondamente… Una cosa es reírse de las víctimas;
otra reírse con libertad infinita de los victimarios. Con todo,
es bien cierto que si en la segunda novela nos estamos riendo de los victimarios
directísimamente, en la primera no cabe duda de que nos
reímos de la víctima (aunque también de los victimarios,
como la madre feroz y casi fálica del protagonista). Ahora bien,
siempre la risa se produce a favor de la condición humana,
nunca en contra de ella. Así funcionan estas novelas, a la larga.
Estas dos novelas que además bien podrían leerse como una
sola novela, en la que de modos muy emparentados, pues, se inicia un trabajo
durísimo de crítica cultural, en varios sectores que nos
interesan: el siglo XX en el mundo y en América, la sexualidad
—razón por la cual el psicoanálisis es tan importante—,
el poder político —razón por la cual vuelve el psicoanálisis
a definir las fronteras de lo psicótico poderoso, que en realidad
es puro sistema de paranoia, y que de acuerdo a Lacan está además
tan relacionado con la sexualidad, razón por la cual la paranoia
es también y quizás fundamentalmente un problema sexual—,
y las estructuras religiosas (tan a menudo relacionadas con el tema de
la sexualidad, razón por la cual también el psicoanálisis
hará de las suyas afortunadamente tomando consciencia de la religión
y los seres demasiado religiosos, y sobre todo de algunos efectos de ello).
Se han dicho algunas cosas o palabras que
serán, por supuesto, justificadas, y será Iriarte mismo
el llamado a socorrernos: toda lectura se vuelve deficiente allí
donde el peso del texto real necesita apoderarse del panorama (¿
recuerda, además, el lector el divertido y supercierto aforismo
de Cioran en donde establece que de verdad verdad a él lo único
que le interesa en un texto crítico es la fuente original? Esa
clase de lector nos obliga, afortunadamente, a visibilizar con justicia
aquello de lo que hablamos). Humor, pensamiento de la risa, caricaturas
del mal poder y de la mala adecuación individuo/placer/goce, barroquismo,
entendido acá como un cuidado en el lenguaje pero también
como como un rito mediante el cual
el texto sabe que tiene una herencia encima, especialmente la de la vulgaridad
meditada de figuras como Quevedo, en cuyo idioma ciertamente a veces no
sabemos cuándo arranca la erudición y cuándo la socarronería
más violenta y simpáticamente vulgar, etc. De todo ello
sabe hablar mejor el propio Alfredo Iriarte. Veamos esa visibilidad, o
algunas de esas visibilidades en su primera novela. Estamos en un momento
bien clave de la narración: está a punto de nacer el protagonista,
Trimegisto Esparragosa, quien va a quedar a merced de la clase de madre
descrita indirectamente en Espárragos para dos leones
en estas páginas. Metafrasto es el padre del protagonista y acaba
de leer las condiciones casi medievales de acuerdo a las cuáles
tendría sexo con su mujer / prima, llamada Amalasunta:
«Metafrasto
experimentó un profundo alivio con la lectura del borrador puesto
que, confiando en la Divina Providencia y en lo que aún le quedaba
de su buena estrella, sólo una vez se vería obligado a copular
con el esperpento que sus descomedidos lares y penates le habían
atravesado en el camino de la vida. Por consiguiente, anunció de
inmediato su aquiescencia incondicional al contenido del documento. Al
día siguiente Metafrasto fue a visitar a la prima Amalasunta en
compañía de sus padres. Acompañada por doña
Filonila lo recibió con todo el mundo, con la cordialidad con que
se recibe a un enemigo mortal. La visita fue breve. Metafrasto expresó
su anuencia a las capitulaciones y quedó acordado el día
siguiente para protocolizarlas ante el reverendo deán de la Catedral,
por estar todos identificados en la inconveniencia de que un notario secular
se enterase de tales intimidades. En seguida se fijó la fecha para
la celebración de los esponsales.
El futuro marido estaba relativamente tranquilo.
La fe ciega que tenía en su viripotencia ilimitada le hacía
pensar que sin duda posible empreñaría al mamarracho en
la primera embestida, que daría vida a un varoncito saludable como
ninguno y que entonces podría realizar la gran gira triunfal por
los predios de Mongua, Mutavita, Tescua, Chíquiza, Chulavita, Tausa
y Gachacaca para dar la gran sorpresa de su retorno a las acongojadas
odaliscas y probarles su arrepentimiento por haberlas despedido para siempre,
con una jubilosa temporada de fornicaciones. En verdad, Amalusanta no
imaginaba hasta qué punto lo estaba beneficiando con sus delirantes
resabios de castidad» (Alfredo Iriarte: 2005, 43–44).
Así
es esta clase de escritura: metida en lo más hondo del conocimiento
del idioma, y metida en lo más profundo de la burla a determinadas
estructuras culturales. Hemos visto en tiempos relativamente recientes,
y con gran alarma, que todavía hay lectores, incluso lectores profesionales,
que creen que la obra de Alfredo Iriarte es (dizque) costumbrista. No
por estar engarzada a la historia y a las costumbres de los países
del trópico vamos a simplificar así las cosas: todo el trabajo
de realismo ha sido ya debidamente caricaturizado y deformado justamente
para dar una idea justa del desastre cultural que es el referente de su
endiablada, expresiva, erudita y humanamente responsable escritura. Metida
en lo más hondo de nuestras sociedades, esta clase de obras, se
encuentra metida en lo más hondo de un saber literario por todos
conocidos, y que apenas sí es necesario volver a recordarle al
lector más o menos relacionado con la historia de la cultura en
castellano, o en pocas palabras, la cultura moderna: resuenan por
ahí Cervantes, algún Rabelais tropicalizado, y sobre todo
aquel Quevedo interesado en hablar de su propia cultura, la del siglo
XVII, de un modo equidistante de la sabia vulgaridad y, como hemos dicho
ya, la erudición. Que la erudición acá sea tan divertida
hunde el dedo en la llaga de una cuestión importantísima:
¿por qué tiene que ser aburrido o denso en demasía
a veces el análisis cultural? La sabiduría de la novela,
ya lo sabemos hace tiempo, sabe que trabaja con el material más
existencial pero también que nació de mano del espíritu
de la risa, de acuerdo al siempre pertinente Milan Kundera.
Trimegisto, en determinado momento, encuentra
como ya sabe el lector, mujer (la sucesora de la madre para los lacanianos,
quienes sexualizan de un modo conveniente la presencia maternal hasta
el punto de transubstanciarla casi con la feminidad apta para el varón,
quizás de acuerdo a algo que quizás ni siquiera las feministas
logren rebatir: la madre para el varón es la primera mujer del
mundo…). Esa mujer le es infiel. Trimegisto, inútil para
la sexualidad como buen hijo de su madre que es y paradójicamente
siendo hijo de su padre, que siempre supo folgar con sabrosura,
casi enloquece: después de un ataque —probablemente histérico—
muere sin haber conocido en realidad ni a la mujer ni al poder presidencial
que tanto ansiaba. Muere quien iba a dirigir los destinos de la patria,
como parece que todavía se estila decir fraseológicamente.
Muere el hombre más querido de Palumbia, experto genial en finanzas
y un dechado de endeblez gozante. Murió quien en parte ya había
muerto para el mundo sensual, y no quería reconocerlo, pues incluso
la sátira de Iriarte puede ser incluso más cruel de lo que
parece. Su madre, entonces, una madre totalmente distorsiva, entre fálica,
gargolácea, según el autor, y santurrona (¿habrá
paradoja más irritante y patológica que una mujer fálica
y santurrona? Esto sí que es una golosina de alto rendimiento clínico
para los psicoanalistas…), decide, oronda y vengativa, cobrar venganza
en pos de la mujerzuela que prácticamente ha acabado con la vida
ridícula de su pobre hijo. De esto tratan las últimas páginas
de la novela y reiteramos al lector que hemos hecho una selección
abusivamente breve por razones de espacio (es también, para quienes
no hayan leído al maestro bogotano, una invitación a su
lectura: diversión y conocimiento social en un mismo paquete).
Quizás compense el hecho de que el propio Iriarte vuelva a tener
la palabra. Ahora estamos en el Cementerio Central de una ciudad a propósito
de la que no vale la pena discutir si es o no Bogotá, y se encuentran
al borde de la lucha, después de unos oficios fúnebres notables
dedicados al muerto nunca presidente de la república de Palumbia,
Amalasunta y Brunilda, bella casquivana a quien en últimas debemos
el espectacular fallecimiento de Trimegisto. Ahora la fálica Amalasunta
persigue a la buscona. La santurrona busca, para matarla, a la buscona,
y entonces: que nadie ni nada impida que riamos ante esta desopilante
muestra de reflexión cultural dramatizada, ante este colofón
de histeria generalizada y asesina:
«En
un instante, doña Amalasunta perdió todo gobierno de sí
misma y de sus actos y quedó convertida en una fiera sanguinaria.
Como iba cabizbaja, Brunilda no se había percatado de su presencia
hasta el momento en que la vieja, mostrando la insólita fuerza
que no declinaba con los años, levantó el mazo que sólo
había percutido mármoles y piedras, y lo arrojó a
la cabeza de la intrusa con el evidente propósito de dejarla para
siempre morando en aquellos parajes, a la vez que la llamaba a gritos
zorra y meretriz. La horrorizada Brunilda alcanzó a eludir el impacto
que sin duda la hubiera llevado a esperar a Galeazzo en el infierno junto
con Paolo y Francesca, y el mazo fue a hacer trizas la lira con que un
célebre poeta cantaba en su eternidad de mármol las excelsitudes
del amor materno. Con pasos vacilantes y torpes, debido a los tacones
desmesurados, Brunilda alcanzó el portal, donde se despojó
de los zapatos para poder huir sin embarazo. Doña Amalasunta, que
ya había echado mano del cincel, tenía una decisión
tomada. Inmolar a la sabandija desde una razonable distancia para no ensuciarse
las manos con su inmundo contacto. Por eso, en vez de correr detrás
de ella, trepó con agilidad simiesca por una escalera que habían
recostado contra el reverso de la portada unos albañiles que ese
día enjalbegaban el muro. Así llegó la feroz vengadora
al lado del tímpano que ocupaba el malhumorado Cronos y se dispuso
a disparar el cincel hacia la nuca de la fugitiva» (Alfredo Iriarte:
2005, 240-241).
Etc,
etc, etc: el objetivo de doña Amalasunta es ajusticiar a la ramerilla,
y punto final. Nadie sabe si lo hace porque ahí acaba la novela.
Pero el dibujo cultural, con toda su semiosis sucia de imposibilidades
vitales fuertemente amparadas por las imposibilidades de la cultura misma,
está hecho. Hecho a la medida de una gran novela colombiana que
debería ser más mencionada por la crítica y por los
lectores.
En El jinete de Bucentauro, novela
sin duda de tiranos donde las haya, como El recurso del método
de Carpentier (neobarroco importante, pero no humorístico), o como
El otoño del patriarca de García Márquez,
es un circo absoluto, dirigido, orquestado, por la demencia psicótica
de un tiranillo que por poco, después de más de 30 años
de “mandato”, se eterniza en el poder, como al parecer quiere
todo tirano, acabando allí mismo, es decir, con este distorsivo
deseo, con todo un sistema de realidad, que es lingüístico
y de ser, pues como se desprende del lacanismo el lenguaje es una central
energética que nos precede a todos, y ahí se encuentra de
hecho el mismísimo ser, ahí, y no en otro lado. Por eso,
cuando el tirano se autoinvita a la fiesta macabra de la eternidad política
viola dos supuestos: el del lenguaje y el de la realidad en él
encontrada. Así puede comenzar una psicosis, por ejemplo: negando
la realidad, y transfiriendo esa demencia al lenguaje. Todo salta en pedazos,
como afortunadamente salta todo en pedazos al final, pero para el tirano,
cuyo barco de navegación estalla ante el enemigo internacional
que devuelve a la república majagualense la libertad negada durante
decenios.
Antes de esto ocurren un montón de
cosas, como esta sintomática conversación entre el diabólico
tirano y su vicepresidente (que es el narrador de la novela):
«—He seguido
pensando en la idea que te expresé de poner a mis enemigos a cabalgar
sobre chuzos bien aguzados en la punta, y cada día me gusta más—
me dijo un día el Señor Presidente.
—¿Y cómo vas a poner
en práctica tu sistema de empalamiento?— le pregunté.
Entonces me explicó todo con detalles.
La explanada del imponente Castillo de la Herradura, una soberbia fortaleza
donde mordieron el polvo miles de codiciosos bucaneros de los siglos coloniales,
era el lugar escogido para empotrar veinte pinchos de acero terminados
en unas puntas espantables, de dos metros de altura, forma cilíndrica
y siete pulgadas de diámetro en la base. El diabólico supositorio
sería debidamente engrasado, de modo que al penetrar por el sieso
del reo aflorase por la boca o por una de las cuencas oculares en un tiempo
mínimo, luego de haber cumplido su misión esencial de horadar
y malherir cuanta víscera hallase a su paso» (Alfredo Iriarte:
2001, 101).
Y
es de hecho un mecanismo aplicado varias veces durante la novela. Lo más
interesante de esto es, sin duda alguna, la posibilidad de la risa, que
debidamente contextualizado un pasaje como el anterior, y debidamente
contextualizada su manera idiomática, es algo inocultable, y no
porque el lector haya enfermado de sadismo, sino porque parece ser un
contrato especial: creemos que Iriarte no escribiría páginas
como esta sin estudiar primero el manantial ambiguo del que nacen: un
poco de horror, otro poco de historia del siglo XX, y un poquillo más
de ingenio estrambótico dispuesto a curar las heridas de la violencia
pero desde un punto de vista absolutamente irónico: puesta en primer
plano, la crueldad parece ser el mensaje, pero no lo es: el mensaje es
el reverso, justamente el reverso, y por eso reímos, como ante
un chiste (todo chiste juega con la realidad: cuanto más inverosímil
sea su contenido más reímos, y quizás sólo
en ese borde impresionante de posibilidad e imposibilidad meditamos por
fracciones de segundo, en la realidad). Pero vaya chiste: un tirano que
ensarta a sus víctimas por el sieso, y encuentra en ello gran placer.
Por suerte, no se trata de un texto sádico; se trata de un texto
escrito contra el sadismo político, e imaginamos que también
de paso contra el horrendo marqués.
Hay en la novela una escena muy interesante,
dechado de humor, de buen lenguaje (¿cuándo Iriarte nos
ahorraría su buen seso con la lengua?), y excelente carnavalización,
es decir, de choque entre realidades dispares, como lo son la sagrada,
o supuestamente sagrada, y la profana que toma como violín prestado
dicha sacralidad, riéndose de ella, pulverizando en un dos por
tres toda seriedad. Acá vamos a ver al tirano ingresando a la iglesia,
y cometiendo menudos desastres en ella. También veremos cómo
el mecanismo psicótico antes referido (apagar la realidad mediante
un verbo incapacitado para dar cuenta del Real, y dicho sea en términos
lacanianos siempre) muestra parte de su esplendor:
«Y
Armenteros se atrevió. Levantó su espada a manera de señal,
el caballo piafó de nuevo, y la horda ecuestre penetró en
la Basílica arrollando a los dos jerarcas y pisoteando la sagrada
forma. Consumado el sacrilegio, arzobispo y nuncio se irguieron con esfuerzo,
y malamente tundidos por los pontocones de los de los caballos, se echaron
a andar por las calles enseñando los jirones de mucetas, casullas,
estolas, mitras, capas pluviales y otras piezas del atuendo ornamental
desgarradas al paso de las bestias. Y así, rengueando penosamente,
llegaron a pie hasta la Nunciatura puesto que, tal y como lo esperaban,
los viandantes pedestres y motorizados les huían como a leprosos,
aterrados de caer en desgracia ante el Presidente con la sola proximidad
de los vapuleados ministros de la Iglesia. Entre tanto, los sayones ataban
las cabalgaduras a la pila bautismal y a las columnas del templo, mientras
en su homilía Armenteros aseguraba que entre Dios y él no
había cura que tuviera derecho a interponerse. Cuando los bárbaros
se retiraron rumbo al Panteón, la augusta catedral de cuatro siglos
y pico atraía miles de moscas con la fetidez del tapete de boñiga
que cubría el piso, además de la acre hedentina que despedían
los charcos diuréticos con que los descorteses caballos habían
anegado el recinto venerable» (Alfredo Iriarte: 2001, 252-253).
Así es, pues, la ferocidad de Iriarte.
Y su ferocidad es feroz, por supuesto, respecto de grandes ferocidades.
La combinación de ambas es, pues, la materia prima de nuestra risa,
y esta nuestra forma de pensamiento ante el texto y ante partes de la
historia que han quedado, simbolizadas, atrapadas en él.
Quede, entonces todo este material como
prueba de esta temperatura de escritura: una escritura ligada a la vida
íntima de nuestras sociedades y también abierta a aquello
a lo que casi ningún lector o simplemente ser humano podría
renunciar: el humor. Un humor extraño, difícil de definir,
difícil también de evitar cuando podríamos creer
que aquello por lo que reímos es simplemente una estupidez, una
malformación desafortunadísima, o un terror casi intolerable,
y decimos esto aunando el contenido de ambas novelas, es decir, un contenido
que va ampliamente de lo ridículo a lo terrorífico, sin
que sepamos cuál de los dos nos parece más desopilante.
El humor acá juega con nuestra moralidad incluso, aunque en realidad
sólo aparentemente: lo importante es que, como ya hemos dicho antes,
este humor se encuentre de parte de la vida. Y así es, de lejos,
de lejos.
El título de este artículo
parece algo incógnito, pues imaginamos a muchos lectores todavía
haciéndose la pregunta: ¿cómo es eso de entrar a
y salir de la obra? Y en realidad es muy sencillo, y nuestro comentario
final quiere ser todo menos pedagógico o didáctico, pues
se trata de una manera de invadir con inteligencia la literatura, sobre
todo si hablamos desde la vida, que es lo único que a toda hora
ha de interesarnos. Sencillamente: si entrar a la obra o a las obras es
revisar sus personajes o revisar sus enclaves hereditarios y la tradición
a la que pertenece, y revisar su modo idiomático, etc, salir de
ella será, y de acuerdo a lo que el lector lleva leído,
una manera de hacer que todo esto se vuelva significativo pero un poco
más allá de lo que convencionalmente entendemos por texto
literario. Un poco más allá, sin olvidar que lo importante
sigue siendo el humor: establecer sin temor a equivocarnos que lo que
ocurre con Trimegisto Esparragosa es que padece de una histeria severa,
con anafrodisia incluida, y que dicho trastorno tiene un ascendente directo
en la histeria de la antisexualidad católica, por ejemplo, que
fue uno de los elementos que más sembró de paradojas la
moralidad americana, y que Sardanápalo Armenteros es un psicótico
de talla mayor, y que consolida su trastorno cultural, que es en general
el trastorno de todo tirano de cualquier época, a través
de un comportamiento desligado de la Otredad —tirano es tirano,
¿o no?— y desligado linguísticamente de significados
Reales y sociales y fraternos, etc, puede parecer agresivo a la hora de
mirar la obra, las obras, sobre todo si nos atenemos a los modos habituales
(un poco extraídos de las cartillas al uso) de hacer crítica
literaria; pero mirando bien la cosa, creemos que es más agresivo
lo que ocurrió con cierto siglo XX: la mojigatería católica
—de cierto catolicismo amalasúntico, y permítasenos
la broma— construyendo histéricos, o la demencia tiránica
haciendo de las suyas, matando gente aquí y allá, cercenando
libertades más arriba y más abajo, y acabando con la cordura
de un ser concreto que a su vez busca acabar al otro y torturarlo sin
mayores justificaciones jurídicas u ontológicas, eso, pues,
eso sí que es agresivo (ya se sabe, con todo, por qué podemos
reír de todo esto en esta novela particular, pues el asunto
no es, no sería de entrada algo para reír); eso sí
que es una violencia. Lo interesante es que así, más o menos
así, fue parte del siglo XX. ¿Ven por qué la diagnosis
que establece la risa acá no tiene nada de inocente, o mejor, por
qué esa risa es definitivamente diagnóstica, ligando un
poco lo clínico con el sentido común, y mezclando consciencia
literaria con consciencia histórica? A esto llamamos, pues, y para
ser más coherentes con las obras, salir de ellas. Es decir: entrar
en la cuota de realidad que las fija en la memoria. Y no existe, por lo
menos en esta clase de obras basadas en tantas y risibles estupideces
tropicales, ninguna lectura sin ese salir. Eso es todo. Ese salir es el
verdadero entrar en la médula poética de la obra, o
de las obras. Un poco como en la banda de Moebius: el adentro está
afuera, y viceversa. Eso es todo. Y querido lector: Iriarte tiene mucho
que decirle a la inteligencia de su risa.
Referencias bibliográficas
básicas:
—Iriarte, Alfredo, Espárragos
para dos leones, Bogotá, Editorial Planeta Colombiana S. A.,
Colección Booket, 2005.
—Iriarte, Alfredo, El jinete de
Bucentauro, Colombia, Editorial Planeta Colombiana S. A. / Seix Barral,
2001.
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