ESTACIÓN DE FRANCIA

 

Francisco Díaz de Castro

 

 

Vestíbulo de la estación de Francia (Barcelona)     Estación de Francia es para mí el libro más denso y más complejo de la extraordinaria trayectoria poética de Joan Margarit. Escrito, de acuerdo con lo que declara el autor, en catalán y en castellano casi a la vez, a la riqueza de sentidos del libro se suma la voluntad de reivindicar cuanto de valioso resulta de las circunstancias lingüísticas que la historia de España impuso a muchas familias de habla catalana tras la guerra civil: «Ahora la única “normalización” posible para mí es no renunciar a nada de cuanto tengo y que he ido adquiriendo en mi viaje poético».
     No era esta la primera vez que la poesía de Joan Margarit se publicaba en castellano. En 1995 aparecía en la colección Maillot Amarillo de Granada la edición bilingüe de Edat roja en versión castellana de Antonio Jiménez Millán, y en 1997 la colección La Veleta, también de Granada, difundía Cien poemas, también bilingüe, con prólogo de José Agustín Goytisolo y versiones del propio José Agustín, de Antonio Jiménez Millán, Luis García Montero, Justo Navarro, Pere Rovira, Enrique Badosa y otros. En nuestra historia última sigue resultando infrecuente que un poeta en catalán todavía en plena creación sea traducido tan abundantemente al castellano, aunque entre las escasas excepciones debe decirse, por lo que significa en este caso, que el propio Margarit había traducido antes al castellano poemas de Miquel Martí i Pol y, con Pere Rovira, el Poema inacabat de Gabriel Ferrater, creándose con ello sus propios precedentes.
     En el caso de Estación de Francia, a la experiencia creadora en dos lenguas, con lo que tiene de valiosa propuesta de experiencia lingüística y de riesgos múltiples —de intensidad expresiva, de precisión o de recepción—, se añade lo que llamó Luis Antonio de Villena una propuesta de «experiencia convivencial» contra el conflicto arduo del fundamentalismo cultural, que no ha parado de aumentar en los años transcurridos desde la publicación del libro. Una vuelta de tuerca magistral a una obra poética en sazón, inseparable, en sus raíces, de los conflictos de nuestro presente colectivo.
     Desde el título Margarit nos sitúa en una escritura de complejos simbolismos que, a partir del eje autobiográfico en torno al que giran todos los poemas, amplían su sentido a ese otro territorio más amplio en el que el lector puede reconocerse y ahondar en sus propias realidades. La barcelonesa estación de Francia, según declara el autor en una de las numerosas notas a los poemas, «fue durante mi infancia y juventud la estación más importante de la ciudad, construida según todos los parámetros de la arquitectura en hierro del final del siglo XIX». Este título, como tantos de otros libros y poemas de Margarit, sirve de referente de su propia actividad profesional, sin duda, pero cobra un sentido más general, tanto por las historias concretas y particulares que van desgranándose a lo largo del libro, como por dar nombre propio Joan Margarit, "Estació de França" (Hiperión, 1999)al viaje por la memoria que realiza el poeta y por la misma condición de homo viator que determina, más en abstracto, el vivir del protagonista en primera persona y de los personajes que desfilan por el libro.
     Más acá de esta consideración abstracta, sin embargo, más real y más conflictivo, también más importante, en mi opinión, es el constante entrecruzamiento de la historia colectiva con la realidad cotidiana de una ciudad y con la reflexión sobre la historia personal: todo ese conglomerado sabiamente interconectado es el que dota de grandeza estética y moral a este conjunto de poemas. Junto a los itinerarios de tantos personajes, en presente pero también en los varios planos del pasado —la guerra civil, las derrotas, los regresos, los exilios, los asesinatos—, es el intenso viaje de la memoria el que nos guía iluminando escenarios, desapariciones, amores, decepciones, la constancia, en fin, del lento desplazarse hacia la muerte que se va enseñoreando del libro y cuya hora borrosa la señala un amarillento reloj de estación. Una densa confluencia de historias ajenas y personales que compone un libro tan admirable como poco autocomplaciente y en el que, sin embargo, la melancolía o el dolor dejan ver los otros tonos íntimos del amor, de la amistad, de la belleza del mundo, de los homenajes a la música, a la literatura, a la pintura. El largo poema ‘Filósofo en la noche’, dedicado al filósofo Emilio Lledó, inscribe en el monólogo dramático del personaje una meditación biográfica al hilo de la lectura de La Ilíada que es, en última instancia, el extrañamiento de la propia meditación del poeta en una historia ajena, aunque cercana.
     Curiosamente, no brilla el sol en Estación de Francia, o lo hace tan sólo en las escenas del pasado revivido. Atardeceres, noches, madrugadas establecen los tonos del conjunto en esta recreación de lo que fue a la luz neblinosa de recuerdos, de sueños rotos y de desengaños. La historia personal se vuelve compartible gracias a la capacidad del poeta de llevar a un terreno simbólico los elementos espaciales concretos, las luces de atardecer o las horas nocturnas en las que una música, una lectura o el mismo insomnio con sus apariciones permiten reconsiderar la experiencia moral sin trampas ni amaños y reflexionar sobre los instintos humanos, sobre los egoísmos del amor, sobre el recelo, sobre el tedio, sobre la «Vieja fuerza del odio que está oculta / como los huesos de la calavera». En el círculo más íntimo de estos poemas apuesta y gana un Joan Margarit que pide cuentas a su propia conciencia en este viaje por una geografía minuciosa de nombres personales, de lugares revisitados o fantaseados; las calles sórdidas de los suburbios o ese centro urbano de las Ramblas que es de todos y de nadie; el refugio precario del hogar; el escondido plano de los amores y vilezas que es, sin otra mediación que la primera persona, el que todos ocultamos; las viejas playas perdidas entre tantas ilusiones. El hombre que es todos los hombres y que La estación de Francia a finales del siglo XIXsigue buscándose en su intimidad; el individuo, en fin, que en el atardecer de la existencia asume las derrotas de la edad y usa esas enseñanzas como un arma a favor de la vida, mientras dure, a favor de aquello que pueda seguir vivo del amor, que se acrecienta «a manos del feroz estimulante / que es la clara certeza de la muerte».
     Pero Estación de Francia es además balance y crónica moral de un tiempo de guerras y de exilios, de derrotas de las que nada puede redimirnos. Y el espacio simbólico que brinda esta vieja estación —historia y mito—, sugestivo de cruces presurosos, de confusión humana, de señales, sirve de correlato superior a una escritura tensa que reúne intimidad y vida colectiva y que, entre los sarcasmos y el temor, afinca la verdad de un personaje que propone al lector, imprescindible, sus propias conclusiones, más allá de tantos pormenores personales: la música de jazz, los homenajes secretos, o no tanto, a los amigos, los familiares, los espacios propios.
     La realidad común, lo cotidiano y lo testimonial juegan aquí un papel decisivo: forman parte del objeto de cada reflexión, conforman la entidad del ser histórico que Margarit persigue en sus poemas. El mundo laboral, imprescindible para el poeta, las oscuras perspectivas del futuro —esos «Jóvenes con el paro en la mirada»—, el hogar miserable que descubre, turbado, el arquitecto en su trabajo, o la constatación en uno mismo de una inexcusable hostilidad, en las Ramblas pobladas de inmigrantes. La Barcelona de un tiempo que aún es el nuestro y que es el obstinado territorio en el que el poeta analiza la historia colectiva, se combina con las referencias a esos otros espacios rurales en que la naturaleza cobra un protagonismo desbordante y sitúa la historia más pura del propio corazón.
     En ambos espacios, el urbano y el natural, Joan Margarit integra eficazmente la sensorialidad de los ambientes y la oportuna nota reflexiva, que aporta una especial intensidad en los versos finales de los poemas, siempre rotundos, siempre certeros. Con ello el simbolismo de partida no pierde ambigüedad pero comporta una iluminación intelectual fruto del conocer: sobre el recuerdo —«El recuerdo hace suaves transcripciones», «Ciudades que están llenas de imprevistos / hitos de amor»—; sobre el amor y sus precariedades —«hablemos del amor aunque las rosas / tengan que acabar siempre en la basura»—; sobre la sordidez de tantas instituciones sociales —«que un oficio que se hace disfrazado / es porque oculta alguna cosa indigna»—; sobre las paradojas de la experiencia: «Sin ir a parte alguna, nos alejamos siempre. / La Joan Margarit (Lleida, mediados de los 90) © Herminiamuerte no resuelve este misterio», «El ayer nos espera en el mañana, / va siempre más deprisa que nosotros». El tono temperado dominante en estos poemas, en su mayoría narrativos, deja paso en diversos momentos a destellos sarcásticos, a airadas afirmaciones sobre la condición humana, a tristes constataciones sobre lo efímero de la intensidad de las pasiones, a momentos, en fin, de solemnes sentencias sobre lo más oscuro de uno mismo.
     Esta capacidad de aislamiento y análisis del sentir más salvaje en la conciencia ofrece a quien lee estos poemas una vía de entrada en lo real en la que sentimientos y razón, testimonio, elegía y vitalismo ponen al descubierto las falacias de todo pensamiento insolidario, lo insostenible en poesía de las construcciones subjetivas falaces. El poeta ha logrado ese artificio que permite que el juego de hacer versos se ahínque en lo real y lo descubra. Ya venía de antes este arte de palabras, pero a partir de Estación de Francia Margarit nos habla desde otra altura superior. A la vista están Joana, Cálculo de estructuras o Casa de misericordia, tres libros tan distintos entre sí y a la vez tan genuinamente dependientes de un mismo pulso poético y vital.

 

 

     Francisco Díaz de Castro. Valencia, 1947. Doctor en Filología Moderna. Sus principales poemarios: Isla VI (1982), El mapa de los años (1995), Navegaciones (1997), La canción del presente (1999) y Hasta mañana, mar (2005). Entre sus ensayos destacan El último Antonio Machado (1984), La poesía de Jorge Guillén (1987), Poesía española contemporánea. Catorce ensayos críticos (1997), Novela española de fin de siglo (2001) y Vidas pensadas. Poetas en el fin de siglo (2002). Ha sido editor de obras de Jorge Guillén, Jardiel Poncela, Alberti y Carlos Marzal, entre otros.