Poco a poco, inexorablemente,
este año se nos ha escapado de las manos, como tantos otros se nos
escaparon con anterioridad. Para muchos ha sido motivo de celebración.
Los que esperan algo mejor, es evidente, han de celebrarlo. Para los que sabemos
que esto no va a mejorar nos cuesta celebrar nada. Para los que revisen estos
meses del 2005, y encargados de hacer estúpidos balances que de nada
sirven, sino para constatar la supina estupidez del ser humano, será
éste un año del que nada habrá que comentar. Para El
Coloquio de los Perros ha sido un tránsito de numerosos cambios,
en lo profesional y, sobre todo, en lo vital, que, sinceramente, es lo que
más nos preocupa. Hemos ampliado la familia en todos los aspectos.
Y eso siempre suena bien. Y ha sido un año de récords a nivel
de nuestras particulares estadísticas, lo que siempre nos congratula.
Pero si algo ha habido de bueno en este final
del 2005 es que queda menos para que veamos bajarse del poder a Bush, y dé
paso a otro pobre infeliz que siga atemorizándonos como a un buen Flanders
le atemoriza la palabra de la Biblia. Sólo por eso deberíamos
alegrarnos del curso del tiempo. La caída de Bush. Tiempos felices
para la literatura.
Fue
sobre todo el año de Leonor y de Fernando Alonso. Paradójicamente,
y como no podría ser menos en nuestro país, inmediatemente a
la primera la hicimos reina y al segundo héroe de cómics que
viene a salvar nuestro desgraciado planeta. Nosotros nos servimos de esta
despedida para recordar al magistral Ramón Gaya, persona irremplazable
y pintor a la altura de esa impresionante personalidad. También le
damos un sentido adiós a los grandes Julián Marías y
Leopoldo de Luis. Sí. También han muerto. Como Papuchi, pero
sin programa del corazón que lo respalde.
Por hacer un poco de memoria, fue el año
de los banlieu en nuestro querido vecino, que es la Francia; de los disturbios
en Île-de-France, que se extendieron a todo la nación. No faltó
medio de comunicación que se preciara en hablar de este sintomático
misterio y grave problema, puesto que los problemas de toda la vida sólo
se tornan graves cuando muere alguien o lo determina algún sociólogo
en busca de publicidad para su libro. Por aquellos días disfrutábamos
los de esta revista de un merecido descanso por aquel infierno de rebelión
de niños caprichosos y adictos al hip-hop, música a la que algún
sinvergüenza culpó de ser la responsable de todo esto con sus
letras ignominiosas. Curioso que en la lengua que mejor suena el hip-hop salieran
los primeros problemas. Casus belli. Me imagino a la prestigiosa publicación
-en la Edad de Piedra- Rolling Stone haciendo un artículo
sobre lo subversivo del flamenco y sus capciosas letras si aquí se
diera una revuelta gitana de semejantes proporciones.
Los días de noviembre que pasé
en Francia me preguntaba bastante por qué yo no veía tantos
coches quemados ni jóvenes reclamando atenciones del Estado, durmiendo
como estaba en Argenteuil, pueblo -antiguamente- impresionista donde los haya
y hoy hervidero de conflictos raciales. En Francia se repetían las
mismas imágenes una y otra vez hasta el paroxismo y se veía
el progreso del miedo a través de un muy sospechoso mapa virtual en
llamas. Iba de Argenteuil a Colombes dando los bonjours a las gentes que compraban
el pan y otras existencias con calma. Me extrañaba todo. El mundo que
se ve en directo y el mundo en directo que nos ofrece la televisión.
Sería mi condición de turista enamorado de todo eso lo que me
hacía perder el norte y el correcto punto de vista. Se decía
que aquí no podía pasar eso por no sé qué extrañas
y complejas elucubraciones. Me perdía en mares de sociólogos
emeretísimos como me pierdo leyendo a Kant o a Locke. Y con el mismo
placer como me pierdo por las calles del quartier du Marais.
Llegué a España pensando en encontrarme
un país diferente. Imaginándome esas revueltas en la calle,
con monjas con pancartas y leyes populares anti-ley-antitabaco. Coches quemados
por no dejar prender un cigarrillo en sitios públicos y sacerdotes
quemándose a lo bonzo porque sus feligreses tendrían al demonio
metido en el colegio, explicándoles que el matrimonio homosexual era
una consecuencia lógica de la ley primera del gran íncubo Darwin.
Pero al entrar al cuarto de baño del aeropuerto de Barajas me di cuenta,
satisfactoriamente, que aquí todo es diferente, que nada cambia bruscamente,
salvo los precios en Navidad. Y pude leer, con un gran alivio: ZAPATERO ISLAMISTA
Y PEDEDRATA. GRACIAS AL 11M PRECIDEN. ¡Uf ! Estaba en casa.
ÁNGEL MANUEL GÓMEZ ESPADA
CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)