Personalmente,
a pesar de mi trayectoria en esta revista, he de confesar que nunca me han
gustado las despedidas. No es que las odie, pero no me gustan. Significan
demasiado y representan símbolos, casi tanto como la caída del
muro berlinés o la reelección de Bush Junior. He vivido muchas,
y cada vez son más amargas. Nunca sabes si le estás dando el
último adiós a alguien que quieres, nunca sabes si no has dicho
demasiadas pocas cosas. Nunca sabes nada. Las despedidas son la certidumbre
de lo ignoto. (Y me quedo tan pancho después de esta frasecita).
Pero hete aquí que siempre que me enfrento
a la despedida coloquial me invade una sensación nueva y gratificante,
como cuando ves que tienes un poema en la punta del lápiz o de la lengua
y nace maleable él solito, sale como racimos de cerezas y te sientes
afortunado por la nueva dicha de saberte único en ese instante.
Pues para mí estas despedidas coloquiales
tienen el mismo sabor, ya que soy de la convicción de que detrás
de este adiós vendrá otro, y de que en el horizonte ya estaremos
pensando en la posibilidad de uno nuevo, que no es tal adiós, sino
una manera de dar las gracias a los miles de lectores que nos visitáis
en cada nuevo ejemplar, en cada nuevo ejemplo de que nos sois esenciales y
fieles. Qué alegria saber que con un mismo adiós no te estás
despidiendo de nadie, sino dándole un sincero agradecimiento y un pronto
hasta luego a la pequeña familia en la que se convierte este nuestro
coloquio particular y sincero, cada vez que Juande me dice: ya está,
ya puedes verlo. Y estamos tan orgullosos que nos sentamos a recibir vuestros
hermosos ladridos. Nunca que te despierten de la siesta fue tan reconfortante,
alguien que desde la distancia te dice que tu esfuerzo es una pequeña
recompensa para él. Nuestro trabajo, artesano, que sirve para algo.
Qué lujo de resplandor de diamantes.
Todo lo demás huelga. Es silencio, que
dijo aquel inglés tocapelotas y tocafibras. O sobra, que se diría
ahora. Todo lo demás, qué barbaridad, cuánto englobado
en tres palabras. Todo lo demás. Esa tortura continua de
días
convulsos, extraños, de treguas inciertas y ciertas corruptelas que
rebajan siempre la calidad del ente humano. Y todas esas muertes innecesarias
que han de venir. Qué fastidio que seamos tan raritos, qué fastidio
que tenga tan poco valor hoy la razón.
Y a pesar de eso, esta despedida, como dije,
no lo es tanto. Un simple hasta luego, una excusa para dar punto y final a
un nuevo coloquio, que sea fresco y que os siente bien, como a nosotros nos
sienta hacerlo.
Veréis que estoy hoy feliz, a pesar de
todo. No he tenido muchas oportunidades de escribir una despedida horas después
de que te hayan hecho una limpieza de fosas nasales, que suena a como mucho
miedo y sabe peor, y el retrogusto que deja en el paladar es como a que no
olvidarás los días de quirófano ni los ronquidos del
matrimonio con el que compartiste la habitación 624.
Y bueno, pues salimos de un hospital para entrar
en otro, con el bisturí del puntero de Word, que nos ayuda y nos dice
lo que está bien y lo que no es. Para celebrar, pues siempre que nos
despedimos en El Coloquio lo hacemos con música de fondo,
he puesto a un volumen políticamente incorrecto a los Beatles, vaya
cuatro. Una recopilación de las mías, que no tuve humor de ponerme
en el hospital, principalmente porque tenía los oídos muy taponados.
Pero eso de las recopilaciones que hacemos los responsables de este Coloquio
es un tema aparte. Algún día se podría hacer un especial…
Desde ese puntito que ofrece la anestesia, alejándome
ya de sus efectos lisérgicos, os digo que nos vemos antes de que empecéis
a echarnos de menos. Un beso.
ÁNGEL MANUEL GÓMEZ ESPADA
CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)