El
verano no cambia. Mantiene sus tradiciones. Alcanza su punto mágico
con las ferias y las romerías de los pueblos. Agradecidamente, termina
justo cuando empieza el ajetreo. Y no tenemos que hacernos esclavos de su
ritmo anodino durante mucho tiempo. Prácticamente, un año.
Termina ya. Vacaciones hemos tenido. Donde las
ilusiones han fermentado y las ideas han ido dejando paso a las realidades.
Han muerto unos cuantos. Ilustres o no, pero
casi nada se ha dicho de ellos porque en verano la gente quiere fotos de playa
y noticias estúpidas. No quiero pensar en la agonía de Castro
ni preguntarse qué estará tramando el entramado de Bush para
hacerse de nuevo con la isla. En qué democrática dictadura volverán
a someterlos. Y, sobre todo, si todo ese baile ceremonial lo pagará
la ONU o los Stefan.
Aquí, en la Península, escuchamos
a Yann Tiersen y brindamos por un nuevo número coloquial. Traemos tantas
novedades que dan vértigo, como ya habrán podido comprobar.
Creo que dejamos el pabellón tal y como nos gusta. Ahora que la realidad
de los distintos mundiales ha desaparecido (con disparidad de resultados)
regresaremos, con renovado ahínco, a los mundos de ficción y
a los valores de la palabra escrita (que eso nunca nos defrauda ni nos decepciona).
Estoy sudando como un perro (cada uno suda como
lo que es, que decía un amigo mío y excelente músico:
lo tienen en Venue Connection, se lo recomiendo) en estos primeros de septiembre,
lo que me dice que aún es temprano para caminar por la ciudad escuchando
el desperezarse de las persianas metálicas en los pequeños almacenes,
madres jóvenes, primerizas, resucitando los últimos destellos
de sus bronceados y comprando los libros de texto que reservaron hace siglos.
La
ciudad se reincorpora a su tarea monolítica de hacernos daño
y de creernos invencibles cuando somos tan vulnerables que ya no sabemos vivir
sin ella. Las playas quedarán paulatinamente desiertas. Cada día
los servicios de limpieza recogerán menos colillas y rastrearán
menos cristales. Nos iremos con una melancólica sonrisa, dando una
última vuelta por donde la churrería del Señor Ignacio
o la heladería de la Señora Isidra. Asomaremos la mirada hacia
las nasas de los pescadores y pasaremos revista por última vez a los
habituales en nuestro cotidiano atasco de salida de la costa.
No falta nadie, diremos. Ya todos van regresando.
¿Cómo habrá crecido ese pequeño abedul en la plaza
durante todo este tiempo? ¿Seguirán las palomas en su fachada
de siempre? Sí, continúan. Y respiraremos en paz con nosotros
mismos.
CONSEJO FINAL HASTA EL SIGUIENTE NÚMERO:
en las sucesivas visitas a nuestro Coloquio, recomendamos que se
lea al tiempo que en los auriculares suena la última obra maestra del
último de los maestros vivos de eso que algunos llamaron Rock. Se llama
el disco Modern times. Y su autor, Bob Dylan. Quién si no.
ÁNGEL GÓMEZ ESPADA
CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)