"La despedida del perro" © Ángel Gómez Espada     ¿Ustedes saben por qué suenan The Cure en muchas de estas despedidas coloquiales? ¿Será porque aquí pensemos que Robert Smith y los suyos son unos canes de mucho cuidado?
     Lo pongo en duda. Muy en duda. Pero siempre queda bien para simpatizar en un comienzo, que es, una vez más, realmente una despedida.
     Lo de los canes y el inglés me recuerda a una estupenda anécdota que me sucedió estudiando la carrera, ahora que está tan de moda lo de hacer Congresos de la Lengua y homenajes al creador de la inmensa (en nuestros corazones) Macondo. Resulta que nos paseábamos por quinto curso, íbamos tras los pasos del Cid y buscábamos los itinerios CAMPSA de Menéndez Pidal y sus mejores locales para yantar. Y ahí estábamos cuando un advenedizo amigo nuestro —luego supe que llegó a ser profesor de lengua— se dedicó a curiosear ese libro o guía de las hazañas del que muriera tan lejos de su casa. Teresa (a la que un día amé —frase tan cierta como triste y muerta) y yo hurgábamos en los ficheros (no había en aquella época ordenadores por las bibliotecas que facilitaran a los jóvenes Jones) cuando escuchamos a este advenedizo decir: ¡Mirad! ¡Si ya había anglicismos en el castellano del siglo XIII!
     No cabe duda, querido lector: nosotros también nos paramos, aparcamos nuestro amor de entonces, hoy sólo residuo en la esquina de algunos versos, y pusimos la vista donde nos indicaba éste con la erudición de alguien de tercero, hacedor de bondades e investigador de las verdades. Pero creedme si os prometo que nada vimos en el vetusto texto que se pareciera a un anglicismo, así que preguntamos, ahítos de curiosidad. Y nos enseñó ese verso que, entre otras cosas dice:

can, siniestro, menguado

     A pesar de esto, la lengua se renueva por dentro cada día. Mejora con el tiempo. Aprende en cada verso a hacer la literatura. Nos enriquece como la mejor de las pastillas de caldo concentrado. Nos invita a revisar estos guiños coloquiales. Nos pospone hasta el próximo encuentro. Y sabe apreciar el esfuerzo. Darnos las gracias con la sutileza de una caricia. Y nos sonríe con una luz que ahonda y horada la tierra, haciendo camino.
     Hasta la próxima guía, queridos compañeros.

 

ÁNGEL GÓMEZ ESPADA

 

 

 

 

 

     CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)