Otoño en La Granja © Ángel Gómez Espada     Comenzó el 21 de septiembre, a las 11:51, el otoño. Mostró, puntual, sus cartas. Nos deja esa sensación de haber terminado de recorrer un camino y de que se nos abre otro, del que nada sabemos, salvo que se extiende hasta una nueva primavera, que habrá de llegar, pero que hoy nos parece imposible que arribe. Y en esta noche, en la que siento los primeros síntomas de un resfriado, estoy revisitando el último disco de Franco Battiato, que se halla de gira por España, presentando Il Vuoto.
     Siempre me ha llamado poderosamente la atención la suerte de este músico genial y mejor compositor en este país que nos ha tocado a los de este Coloquio. Fue a mediados de los ochenta que topé con él. Tendría entonces trece o catorce años. Estaba hasta en la sopa, venía a todos los programas, concedía entrevistas, danzábamos música sufí a su gusto y antojo. Nos apasionaba tanto este Franco que hasta los humoristas lo plagiaban, lo que da una idea de todo lo que quiero decir. Pero con el mismo furor que vino, con el mismo fulgor desapareció de nuestras televisiones y emisoras. Preferimos que los humoristas elogiaran a unos decadentes Caligari, que daban sus últimos coletazos con dignidad. Preferimos a Eros Ramazzotti, a la Pausini, que decían cosas mucho más estúpidas, pero que eran mucho más guapos y jóvenes.
     Yo me olvidé de él de nuevo hasta los noventa, donde en casa de alguien encontré Fisognomica y gracias a otro amigo recuperé en tiempos de filologías sus grandes éxitos en español. Luego llegó internet, como un estallido, y recuperé toda su biografía. Y una primavera de hace poco lo vi en primera fila en Murcia, en su maravilloso auditorio. Pocas veces me he emocionado tanto en un concierto. Quizás lo que más puede acercársele a ese momento de encuentro con uno de mis mitos más plausibles fue escuchar la voz de musa griega de Teresa Salgueiro o las manos hechizadas de Michael Nyman.
     Para mí el otoño es Franco Battiato. Y esto, de nuevo, tampoco es una despedida. Pónganse cómodos, busquen su centro de gravedad y dancen al ritmo de siete octavas, dejen que la lluvia apacigüe sus prisas, y que el viento enarbole sus miedos. Llévense a la cama este Coloquio y dejen de lado las prontas publicidades prenatales.

 

Ángel Gómez Espada

 

 

 

 

 

     CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.

(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)