por Gerardo Bartolomé
“A
remar todos que viene una curva”, gritó mi amigo Adrián,
sacándome de mis pensamientos. “¡Más fuerte los de
babor!”, ordenó desde la popa para evitar que la corriente nos
empujara hacia la costa. “Tiene que ser después de esta curva”–
le dije mirando lo que me mostraba el GPS. Nos estábamos acercando a
uno de los hitos del viaje.
¿Cómo había llegado yo a
estar en un bote en el corazón de la Patagonia? Me lo había preguntado
varias veces. Quizás fue cuando leí ese libro que relataba el
viaje de Darwin alrededor del mundo, especialmente la parte en que un grupo
de la tripulación del Beagle, comandado por el capitán FitzRoy
y el famoso naturalista, remontaron el caudaloso Río Santa Cruz, desde
el Océano Atlántico sin poder alcanzar la base de los Andes. Todo
eso en 1834, cuando el territorio estaba aún inexplorado.
Por lo que sabía, hasta nuestros días,
la zona que recorre el río se mantiene al margen de la civilización.
Caudaloso pero con un flujo ordenado, el Santa Cruz, con sus aguas turquesa
me atraía con fuerza magnética. Cuanto más estudiaba el
tema más me daba cuenta que había caído prisionero de ese
llamado a la aventura.
Una vez que lo decidí me dediqué
de lleno a la organización del viaje. Seríamos seis los que bajaríamos
el río desde el Lago Argentino hasta su estuario de desembocadura; unos
trescientos kilómetros empujados únicamente por la corriente del
agua. Llevaría seis días en los que no tendríamos ningún
abastecimiento. El objetivo, además de pasarla bien, era encontrar los
lugares que describían esos primeros exploradores y compararlos con su
estado actual.
Hacia el Sur partimos desde Buenos Aires a principios
de diciembre. Algunos iban en avión, otros en auto, llevando parte de
los pertrechos. Nos encontramos todos en la ciudad de El Calafate a las orillas
del lago en el que nacía “nuestro” río; un espejo
de agua a los pies de la imponente cordillera de los Andes, de la cual descienden
decenas de glaciares milenarios que alimentan con su deshielo el río
que navegaríamos.
Todavía la Patagonia nos jugaría
una mala pasada, su último intento para impedir que lográramos
develar algunos de sus secretos de casi doscientos años. El camión
que traía nuestro bote desde dos mil novecientos quilómetros de
distancia sufrió un desperfecto mecánico, producto de la arenilla
que levanta el permanente viento patagónico. Para resolver el problema
hicimos seiscientos quilómetros en auto hasta el camión y, al
borde de la ruta, cargamos el bote en el pequeño vehículo. Un
día más tarde de lo previsto, ya estábamos listos para
salir. Esa noche, la última que dormiríamos en cama por una semana,
no pude cerrar los ojos.
Y llegó el día. Muy temprano una
camioneta nos llevó hasta el único lugar en que una ruta corta
el río. Bajamos, inflamos el bote, cargamos el equipaje y, cuando estuvimos
listos, vimos cómo con la camioneta se iba la civilización que
no veríamos mientras cruzábamos el continente. Subimos a bordo,
empujamos la costa con la punta de los remos y por unos segundos nos quedamos
estáticos hasta que la corriente nos tomó y nos cargó en
su lomo. Saludamos con un “¡Hurra!” la fuerza del agua que,
en su viaje desde los glaciares hacia el mar, nos llevaba como una cinta transportadora
por el desierto patagónico.
Como estábamos haciendo el viaje de Darwin
al revés, bajando el río en lugar de remontarlo, el primer lugar
que deberíamos encontrar era el último de aquellos exploradores.
Ahí estaba la primera incógnita, ellos habían llegado cerca
del lago pero nunca lo vieron. Hasta ahora no se sabía el lugar exacto
al que llegaron. Pero yo, gracias a la bibliotecaria de una caudalosa familia
británica, había obtenido las coordenadas que había calculado
FitzRoy, el capitán de aquella expedición. Las había cargado
en mi GPS y ahora éste me indicaba la distancia y la dirección
de ese histórico lugar. Me parecía increíble que la tecnología
satelital me conectara con alguien que había nacido doscientos años
atrás.
En
el último tramo, Darwin y FitzRoy habían dejado de lado sus botes
en la orilla del sinuoso río e intentaron llegar a campo traviesa al
lago que intuían muy cerca de allí. Por eso no me sorprendió
que el equipo satelital me indicara que el río sólo nos acercaría
a unos cinco quilómetros del lugar, el resto lo haríamos como
ellos, caminando. Un grupo se quedó con el bote y tres de nosotros marchamos.
Sería casi una hora de caminata. Con mi amigo Fabián, el encargado
de los mapas y fotos satelitales, íbamos comparando el aspecto de la
estepa que atravesábamos con la descripción que de ella hacía
el naturalista inglés en su diario. “Llanura del Misterio”
la habían nombrado, intrigados por lo que encontrarían, pero luego,
al no ver el lago que pensaba encontrar, el capitán bautizaría
lo que veía hacia el horizonte con un triste “Llanura de la Decepción”.
Los estados de ánimo de FitzRoy habían quedado plasmados en la
toponimia.
Cuando el GPS me señaló que estábamos
muy cerca del lugar nos extrañamos por no encontrarnos en un lugar alto.
Ellos escribieron que para dar el último vistazo eligieron una ondulación
superior a la chatura general. Como sabía que los métodos antiguos
de cálculo de coordenadas conllevaban errores, yo ya había contrastado
mediciones de FitzRoy en lugares conocidos con mi GPS y había calculado
que su error promedio era de un quilómetro y medio en la dirección
norte sur y de apenas doscientos metros en la longitud. Con Fabián recordamos
que, en su diario, FitzRoy contaba que se le había congelado su sextante
y temía que eso le generara errores en la dirección... ¡norte-sur!
Al corregir la posición con el error promedio,
Marcelo, nuestro responsable de primeros auxilios, se dio cuenta que llegábamos
a un montículo, unos cuarenta metros más alto que la llanura.
¡Ese era el lugar! Mientras sacábamos decenas de fotos en trescientos
sesenta grados, comprendimos cómo la Patagonia le había escondido
su secreto al capitán del Beagle. Desde esa altura veíamos al
fondo toda la cadena montañosa de los Andes. El GPS me decía que
estábamos apenas a siete quilómetros del lago pero la casi imperceptible
elevación del terreno hacía que su curvatura escondiera las aguas.
Luego de cruzar el continente durante tres semanas, el destino quiso que dieran
la vuelta a tan sólo una hora y media de marcha de lo que más
buscaban. El lago recién sería descubierto cuarenta años
después, por un buscador de oro norteamericano.
Con Fabián constatamos que los dibujos
de aquellos exploradores coincidían con lo que veíamos, pero ya
era hora de volver. La búsqueda del testimonio que dejara FitzRoy quedaría
para otra oportunidad, así que pronunciamos las palabras mágicas
“Volveremos” y emprendimos el regreso. Nos re-encontramos con el
resto del grupo que ya de lejos supo que habíamos tenido éxito,
nuestras sonrisas nos delataban.
Subimos al bote y seguimos viaje. Ahora el río
tenía pronunciadas curvas que socavaban las paredes del valle, produciendo
anfiteatros con altísimas paredes verticales. El silencio nos dejaba
escuchar los polluelos de los pájaros que anidaban en esos inexpugnables
lugares, a salvo de sus predadores. “Bandurrias” dijo Willy, que
era el más campechano del grupo, nuestro encargado de supervivencia.
En la popa, con Adrián, nuestro timonel,
y Fabián, decidimos que acamparíamos en el mismo lugar que aquellos
viajeros lo habían hecho antes. “Last Bivouac” o “Último
Campamento” lo había llamado FitzRoy en su mapa. Nuevamente con
la ayuda del GPS lo encontramos. Según el capitán éste
había sido un lugar donde los indios cruzaban el río agarrándose
de grandes madejas de maderas que sacaban de los pocos arbustos de la costa.
Enseguida nos dimos cuenta por qué cruzaban en ese lugar; la barranca
que acompaña al río era allí mucho más baja haciendo
que la tarea de trasladar niños, ancianos y pertenencias fuera menos
peligrosa.
Buscamos la misma hondonada que la expedición
inglesa para asentar nuestras carpas. Fabián y yo quedamos boquiabiertos
por la cantidad de huesos que se encontraban diseminados por el piso arenoso.
En su diario FitzRoy decía que el lugar parecía un cementerio
de guanacos por el número de esqueletos desarticulados. Tan grande era
el parecido entre lo actual y lo histórico que, usando un poco la imaginación,
podíamos llegar a creer que los ingleses se acababan de marchar. Sabíamos
el porqué de tantos huesos. Un reconocido arqueólogo nos había
explicado que en inviernos crudos los guanacos buscan hondonadas como esa para
guarecerse del viento helado. Si la temperatura desciende mucho, los más
débiles mueren allí mismo. A veces es posible encontrar más
de doscientos cadáveres juntos. Luego los carroñeros se encargan
de la carne y los restos quedan desperdigados. Los huesos expuestos no duran
más de veinte años, así que tenían que ser del durísimo
invierno a principios de los noventa que había blanqueado toda la Patagonia
con nieve.
La extrema latitud sur hace que los días
de diciembre sean muy largos. A las once de la noche el sol aún facilitaba
nuestras tareas de campamento. Pero cuando éste hubo desaparecido el
frío comenzó a apretar. Nos sentamos a comer frente al fogón
y nos pusimos a hablar de las fantásticas vivencias del día que
así comenzaron a convertirse en mitos. Luego uno a uno los integrantes
del grupo se fueron yendo a sus bolsas de dormir y me quedé frente al
fuego con el sexto compañero, mi suegro, amigo y reconocido escritor
Anibal Ford; sin duda el poeta del grupo. Le conté la impresión
que me causaba ver que todo estaba igual que cuando los indios habitaban la
zona. Allí, bajo las estrellas, casi podía sentir su presencia.
“Gerardo, es que no sólo estamos a la deriva del río -me
dijo- también estamos a la deriva del tiempo. Ahora podríamos
estar en cualquier época”.
“¡Arriba,
haraganes!” nos despertó Willy. El sol alto nos indicaba que la
mañana estaba muy avanzada pero el reloj se empeñaba en decirme
que aún no daban las seis. Es que las noches eran de sólo cinco
horas, hacía casi dos que había amanecido. Nuestro encargado en
supervivencia se había levantado bien temprano para avivar el fuego.
“Vi un puma merodeando -nos dijo con algo de preocupación.- Por
la noche no dejemos restos de comida porque atrae a esos visitantes”.
Nos mostró las huellas que daban vueltas alrededor del campamento. Nos
explicó que, por lo general, este felino no ataca a los humanos. “Al
menos que se trate de una hembra con su cría” aclaró. Por
las dudas en adelante tendríamos que ser más cuidadosos.
Antes de embarcarnos Fabián, Adrián
y yo repasamos los objetivos del día. Intentaríamos encontrar
un lugar que tanto Darwin como el explorador argentino Francisco Moreno, describían
como un verdadero yacimiento de fósiles. Lamentablemente no teníamos
las coordenadas del lugar, se ve que a FitzRoy no le pareció un lugar
importante y no se molestó en calcularlas. Tan sólo contábamos
con algunas indicaciones y una breve descripción. Fabián había
marcado en el mapa la zona en la que probablemente se encontraban esos fósiles.
Tendríamos que ir bien atentos porque en un bote a la deriva con una
corriente tan intensa no se puede dar marcha atrás.
Nuevamente en el bote. Un sol fuertísimo
sobre nuestras cabezas y ese río que nos llevaba inexorablemente hacia
el Este por un camino zigzagueante a casi diez quilómetros por hora.
Optamos por no remar y dejarnos llevar mientras conversábamos de cualquier
tema que se nos ocurriera. En la orilla un grupo de cinco o seis guanacos nos
seguía al trote. Cada tanto se detenían y el macho nos amenazaba
con sus relinchos, luego volvían a la carrera para alcanzarnos. Así
nos siguieron por más de cinco quilómetros, seguramente su territorio.
Pasado el mediodía nos acercábamos
a la zona de fósiles que temíamos pasar de largo. Sólo
sabíamos que estaban sobre la margen norte, así que Adrián
nos llevaba cerca de esa orilla. Al salir de una curva vi que en un lugar la
barranca estaba cortada por un profundo tajo. Yo sabía que en sitios
como ése suelen encontrarse fósiles entre las capas sedimentarias.
Amarramos el bote y caminamos hacia allí. Nos internamos en ese cañadón,
muy angosto, entre paredes de más de cincuenta metros de altura. Enormes
bloques de basalto que pesarían más de tres toneladas, dificultaban
nuestra marcha por ese pasillo. Seguramente provenían de las estribaciones
que bordeaban el valle, a unos dos quilómetros de distancia. Sin duda
en algunas épocas el agua bajaría con gran fuerza, desplazándolas
y cortando el terreno como una navaja. Me encontraba pensando en eso cuando
escuché gritos de alegría. “¡Madera petrificada!”
decía Marcelo; “Acá huesos en la piedra” había
encontrado Willy. Si se miraba con cuidado las piedras del fondo del cañadón
era imposible no encontrar algún fósil. En las paredes de los
costados se notaban círculos concéntricos que delataban la presencia
de grandes árboles de un pasado remoto, varios millones de años
atrás.
Grabé
las coordenadas del lugar, al que llamé “Cañadón
Fósil”, y seguimos nuestro camino, dejándonos llevar por
nuestro guía, el Río Santa Cruz. Al avanzar el amplio valle río
se fue angostando y sus costados se convirtieron en escarpadas paredes de piedra
basáltica de unos cuatrocientos metros de altura. Estábamos en
el lugar que FitzRoy llamó “Condor Cliffs” o “Acantilados
de los Cóndores”. “Allá están” dijo Adrián
señalando dos cóndores volando en círculos en las alturas,
tal como los habrían visto Darwin. “Estamos a la deriva del tiempo”
recordé yo las palabras de Aníbal que me miró como adivinando
mi pensamiento.
Los días se sucedían, cada uno con
hallazgos interesantes y con esos períodos en que sólo flotábamos
por el río en silencio admirando la naturaleza. Disfrutábamos
de estar allí, como si nosotros estuviéramos quietos y fuera el
paisaje el que se movía frente a nosotros.
Otro lugar que tratábamos de encontrar
era el llamado “Basalt Glenn” o “Valle Basáltico”.
Allí el artista del Beagle había esbozado lo que luego sería
unos de los óleos más conocidos de toda la vuelta al mundo. Llevábamos
una copia en la que se veía un pequeño valle enmarcado por paredes
verticales de piedra y al fondo parecía correr un pequeño hilo
de agua.
Cuando el GPS me dijo que estábamos cerca,
paramos. Nada del lugar se parecía al cuadro. Nos dividimos en grupos,
cada uno con radio. A mí me tocó recorrer la costa hacia el este.
Luego de andar un quilómetro encontré un chorrillo que desaguaba
en el Santa Cruz. Si bien venía encajonado en un vallecito, no se parecía
en nada al cuadro. En ningún lugar veía esas paredes de basalto.
Apenas podía contener mi decepción cuando por la radio escuché
la voz de Fabián, “¡Acá lo encontré! Es exacto”.
“¿Dónde estás?” le pregunté. “Un
quilómetro al norte del bote.”
Era tierra adentro, no al borde del río.
Se trataba del mismo chorrillo que yo había visto, éste hacía
una profunda curva aguas arriba y allí sí venía entre paredes
de basalto que había excavado en algún tiempo lejano. Cuando llegué
ya estaban allí Willy y Marcelo con Fabián, sacando fotos del
mismo ángulo que el cuadro que perseguíamos. El fondo del vallecito
era de un verde tierno, la única vegetación húmeda que
habíamos visto en ese vasto desierto surcado por el río. En el
cuadro el artista había dramatizado la escena con un puma cazando un
guanaco. Muy cerca nuestro un guanaco nos relinchaba. “Se ve que pudo
escaparse del puma” bromeó Fabián haciéndome reír.
Al atardecer elegimos un lugar para acampar que
nos resguardara del frío y del viento. Nuevamente el río me llevó
a la deriva del tiempo... El lugar nos conectaba con los antiguos habitantes
indígenas ya que el piso estaba lleno de piedras trabajadas, puntas de
flecha, punzadores y cortadores. Probablemente los indios fueran a esa zona
a buscar las piedras con las que hacían sus herramientas. Me imaginaba
a varios de ellos, allí mismo, golpeando las rocas de manera oblicua
para sacarles lascas que dejaran una cara filosa.
En el fogón Willy, estudioso de los caballos,
nos contó que probablemente las piedras habrían sido talladas
unos trescientos años atrás. “Desde que los indios consiguieron
caballos de los españoles no se movían sin ellos y este terreno
no es apto para caballos. Así que esto tiene que ser de una época
anterior”.
Ya
nuestro viaje se acercaba a su fin. Para el último fogón Willy
consiguió una trucha que Adrián se las ingenió para cocinar
y cortar en seis pedazos iguales. Varios nos reímos de nuestro experto
en supervivencia que en cuatro días sólo había pescado
una trucha. Pero Fabián salió en su defensa “Superaste a
Darwin, que en tres semanas no consiguió ni una”.
Para el último día de navegación
nos había quedado un tramo largo, casi sesenta quilómetros que
eran bastante más que los cuarenta y cinco que veníamos haciendo
en promedio. Por eso con Adrián decidimos que arrancaríamos bien
temprano y que en lugar de dejarnos llevar por la corriente remaríamos.
Eso nos agregaría los tres quilómetros por hora adicionales que
precisábamos.
Mientras remábamos, Aníbal, que
había escrito sobre Darwin en Argentina, nos contaba sobre su maldición.
“Se trató de un error de traducción. Darwin dijo que esta
zona tiene la maldición de la esterilidad porque a pesar de la abundante
agua del río no crecen más que unos matorrales. El traductor pensó
que le estaba echando una maldición a la Patagonia y así quedó
por muchos años”. Realmente llama mucho la atención que
mientras que un río como el Nilo, que corre en un desierto, tenga sus
costas fértiles, el Santa Cruz tenga costas tan áridas como el
resto de la estepa patagónica.
Todo transcurría como para que al atardecer
llegáramos al final de nuestro viaje, la isla Pavón, donde comienza
el enorme estuario del Santa Cruz. Pero unas nubes del sur nos presagiaban problemas.
La lluvia no me preocupaba porque mojarnos no sería un problema si llegábamos
a la hostería en la que nos esperaban. Pero si el viento arreciaba, la
cosa podía ser difícil. El río tiene tantas curvas que
siempre en algún tramo el viento podía tomarnos de costado y arrastrarnos
a la orilla.
Nos faltaban veinticinco quilómetros, todavía
parecía que lo lograríamos, cuando empezó el viento fuertemente
arrachado. De a poco nos fue venciendo y llegó un momento en que no podíamos
avanzar. Veíamos cómo nos atascábamos en las piedras de
la costa mientras la corriente nos traicionaba, por primera vez seguía
su camino sin nosotros.
Nos bajamos y nos metimos hasta la cintura en
el agua helada. Marcelo y yo tomamos una soga y remolcamos el bote mientras
los demás lo sostenían para que no encallara. Otra vez a la deriva
en el tiempo... Estábamos remolcando los botes como lo hicieran los primeros
exploradores. Era una linda experiencia, pero luego de dos horas nos quedó
claro que ese día no podríamos llegar a nuestro destino. Willy
nos hizo entender que lo mejor que podíamos hacer era buscar un buen
lugar para acampar, donde estuviéramos al abrigo del temible viento patagónico.
No muy lejos de allí se veían unos álamos, parecía
un lugar óptimo para pasar el temporal. Seguimos tirando... tirando....y
tirando. Por fin llegamos.
Armamos las carpas al reparo de los árboles,
el lugar estaba bien elegido. Fabián y yo decidimos subir los costados
del valle para ver el panorama. Estábamos apenas a unos doce quilómetros
de la isla Pavón. Desde arriba se veía claramente el estuario
y para el otro lado, las curvas del río que nos habían traído
por el corazón de la Patagonia. A pesar del temporal Fabián y
yo nos quedamos allá arriba hipnotizados por ese panorama fantástico.
Nos pusimos a hablar buscando temas para no tener que bajar y disfrutar de la
vista. A Fabián lo conozco desde que éramos muy niños pero
nos habíamos dejado de ver por casi veinte años. La expedición
nos volvió a poner en contacto y allí estábamos, en las
alturas, hablando como si el tiempo no hubiera pasado. Un año más
tarde, al escribir La traición de Darwin traté de reflejar
esa misma atmósfera cuando Darwin y Stokes conversaban con el sinuoso
río Santa Cruz a sus pies.
Por
la noche el temporal amenazaba con llevarse las carpas con ocupantes y equipaje
incluido, pero a la mañana parecía que la naturaleza había
olvidado del motivo de tanta la ferocidad e intentaba congraciarse con nosotros
ofreciéndonos por despedida una jornada perfecta. Sin saberlo habíamos
acampado bajo un nido de águilas que se mostraban nerviosas por nuestra
presencia. Pusimos el bote en el agua y aprovechamos la suave brisa que nos
empujaba al Este con una bandada de pájaros como escolta. Tras dos horas
de navegación llegamos al embarcadero de la hostería de la isla
Pavón. Nuestra barba de seis días y un hambre descomunal daban
fe de la fabulosa travesía que habíamos hecho cruzando el sur
del continente americano.
Pusimos el bote a seco sobre la playa y por primera
vez en seis días nos sentamos en sillas frente a una mesa con un suculento
almuerzo. Pero todavía el Santa Cruz nos guardaba una sorpresa. En el
estuario se siente la influencia del mar. La marea subió y, sin que lo
notáramos, el agua había alcanzado el bote que, por error, no
estaba atado. Por la ventana de la hostería vimos al bote flotando en
el río, que parecía querer despedirse de nosotros. Adrián
y yo salimos corriendo y nos metimos en el agua justo a tiempo para agarrar
el extremo del largo cabo. Remolcamos el bote de vuelta a la playa y esta vez
lo amarramos bien. Ahora sí podíamos sacarnos la foto con todo
el grupo, la que iría al final de nuestro álbum.
(*) Gerardo Bartoilomé es el autor de la novela La traición de Darwin (Zagier & Urruty, 2005)
por Juan Carlos Abril
La
subliteratura se apoya principalmente en el mercado y en la inexperta opinión
del público. La subliteratura se vende como si fuera literatura
y, en este sentido, se nutre de subcrítica. Obviamente en el término
sub se esconde una valoración de calidad, un apelativo, el de
mala literatura, pero con una salvedad bastante significativa: la subliteratura
pretende suplantar a la verdadera literatura, se erige en su simulacro, la suplanta
en muchos casos. Los estantes de los hipermercados avalan esa subliteratura
que ya ha suplantado a la literatura. Ahora bien, la subcrítica se apoya
en los suplementos literarios de los periódicos, y suele camuflarse entre
al literatura real: la subliteratura es la verdadera lacra de la literatura,
potenciada por los efectos mediáticos y por cualquier fenómeno
o boom, que enmascaran operaciones editoriales y comerciales. Las ediciones
de obras que acaban de estrenar series en televisión, por poner un ejemplo,
demuestran que el público no conoce la literatura, y que se enfrentan
ante la falacia del marketing o ante subliteratura sin saberlo.
De otro modo, el principal factor de peligro para
la literatura -para la calidad de los textos- se encuentra en una óptica
esencialista de una literatura que parte de una única visión (id
est pensamiento único), la cual se haya en el centro, y las demás
propuestas literarias son consideradas asimismo peores; me refiero
a la creación de un canon oficial y otro del extrarradio: así
el aparato paratextual y crítico de un omento determinado corre paralelamente
a esas propuestas de literatura de creación, y así la subliteratura
lo tiene todo de su parte, existiendo, por tanto, una aparato subliterario tan
importante como el literario, camuflado en éste, y que utiliza sus mismos
mecanismos de difusión, descripción e interpretación, pero
que, en última instancia, los supera, los desborda, y más aún,
los anula, infiltrándose en ellos, utilizando sus propias estructuras.
Quizá sea aquí donde se halla uno de los puntos de reflexión
más importantes: ¿cómo distinguir la buena de la mala literatura?
¿Estamos en manso de una crítica desaprensiva, sin escrúpulos
y altamente miserable? ¿O en manos de educadores que deberían
ser educados a su vez? La subliteratura forma estantes de bibliotecas públicas
y privadas, no sólo de gente sencilla sino también de críticos,
y nadie es capaz de evitarlo. Más aún, el entramado que rodea
a al a subliteratura no es simple sino inversamente proporcional a esa sencillez
de las personas que compran masivamente el último Premio Planeta, por
poner otro ejemplo obvio.
Si la literatura se ha convertido en el planfleto
y amiguismo (la cultura no debiera permitir amiguismos) en el hablar de oídas,
en el flirteo de cócteles, en la ostentación de premios, en la
reseña fácil, en la fama o en el enriquecimiento, habría
que observar a esas ciertas literaturas con lupa para diseccionarlas,
analizarlas, y, sobre todo, explicarlas y compararlas. La creación de
un gusto -que es una categoría burguesa, kantiana- confirma
todas esas sospechas y es, por tanto, el momento de las antologías (no
el de los antólogos), pues éstas exhiben contractivamente diferentes
propuestas, resumen vidas y carreras literarias, muestran textos con respecto
a otros. Aún así hay que tener en cuenta que existen ciertos autores
que tienen de su parte a cierta crítica, y que el poder en literatura
se ejerce como en cualquier otra instancia: con sus corruptelas y abusos, con
su iniquidades; y es ahí donde habría que comparar no sólo
los textos, sino los de esa crítica, quiénes son y a dónde
han llegado, hacia dónde se dirigen y a qué intereses responden.
Porque al fin y al cabo lo que se pone en juego son esos intereses tan estrechos
a la amistad o al favoritismo, es el prestigio y el enriquecimiento personal,
algo que se extiende hacia un extracto
social,
un grupo o élite que domina o, por decirlo con otras palabras,
una clase dirigente -en términos gramscianos- y hegemónica. ¿Pero
a qué clase nos estamos refiriendo? Que cada uno saque sus propias conclusiones.
En Las reglas del arte se ponen de manifiesto algunos de estos mecanismos.
Otro ejemplo: actualmente decir Pérez Reverte -¡académico
de la lengua!- no significa casi nada para el estudioso de la literatura; y
podrías citar más autores, internacionales o españoles:
desgraciadamente existen demasiados paradigmas -y menos evidentes- de esa subliteratura.
El hecho de que un ingente grupo de la población haya accedido masivamente
a los libros, no significa que éstos hayan subido de calidad, antes bien,
ha descendido muy significativamente, porque la realidad del individuo postmoderno
ha creado la falsa conciencia de aquel que se cree un genio, la falsa conciencia
de quien cree que es portador de esencias misteriosas que sólo él
conoce, construyendo auténticos monumentos a su subjetividad, incluso
entronizándose.
Es curioso cómo en poesía se puede
descubrir este entramado de envenenamiento antes que en otros géneros.
Las nuevas voces están completamente huecas y responden a entramados
editoriales antes que a cualquier otra cosa. La confusión posmoderna
ha creado esta melange, este revoltillo donde todo vale. En
definitiva el público acaba por no saber qué es literatura, puesto
que se guía por una crítica de suplemento y revista dominical
que se basa en parámetros paraliterarios. Las razones por las
que este despropósito sigue adelante no sólo se sitúan
en nuestro modo de producción, el cual supera a su determinación
económica -aunque en última instancia sea ésta la que alimente
a un grupo de agentes: autores, críticos, editoriales y público-
sino que configuran un perfecto sistema que mezcla espacios políticos
e ideológicos, tanto individuales como culturales. Digamos que se ha
conformado un nuevo sistema literario que segrega su propio modo de
producción de textos, un modo de producción totalmente diferente
a lo que existía antes de nuestra cultura de masas. Se segregan más
textos, pero de meneos calidad.
En
el horizonte posmoderno se ocultan el sol de la literatura y las auctoritates;
en cambio, los falsos casos literarios nos ciegan, nos nublan la vista, y sólo
una ardua abor de teóricos y personas muy bien formadas y preparadas
-en el sentido gadameriano- pueden despejar ese lío: la literatura se
enfrenta a su propio fantasma, acosada por la subliteratura, y éste puede
ser uno de los factores que hagan diseminar el concepto de literatura ante la
ausencia de referentes literarios reales, ante la ausencia de autoridades reales.
Esto ha creado ya un despiste general del lector, que se guía por premios
y por publicidad de los autores y sus obras, y que acaba ingiriendo bolos subliterarios.
En resumen, la labor para limpiar a la literatura de la subliteratura quizá
sea una tarea imposible, ya que no existe marcha atrás en unos tiempos
que no perdonan que el propio tiempo pase. Porque gran parte de los escritores
no quieren escribir buenas obras literarias sino ser famosos y cubrirse de dinero
con un libro. El escritor -como categoría- está desapareciendo,
y sólo quedan muy pocos. Una gran mayoría de los denominados ‘escritores’
son sólo pseudoescritores, id est subnovelistas, subpoetas,
subcríticos, etc. Y porque no hace falta escribir una buena obra literaria
para forrarse de dinero vendiendo libros, a la gente no le preocupa escribir
una buena obra maestra. Es cierto: nunca ha importado demasiado. Ya se sabe
que cualquier famoso hoy día escribe sus memorias o, los más avezados,
hasta una novela. ¡Es sencillamente ridículo!
DEL AMOR LÍQUIDO Y OTROS DEMONIOS
por Piedad Bonnett
Dijo
alguien que el amor es eterno mientras dura: la paradoja sintetiza muy bien
la tensión que habita en todo enamoramiento, y que nace de la secreta
consciencia de que más tarde o más temprano llegará el
inexorable final. Pero, ¿es este final más precipitado hoy, en
los tiempos vertiginosos de la posmodernidad? ¿La sociedad de consumo,
que ha incorporado a la cotidianidad el placer y el sexo como formas liberadoras,
afecta la intensidad y la durabilidad de las relaciones? Son estas algunas de
las inquietudes que ha puesto sobre el tapete Zygmunt Bauman en su libro Amor
líquido, recientemente traducido al español, que viene a
sumarse a un ya considerable repertorio de reflexiones sobre los nuevos comportamientos
amorosos, llevadas a cabo tanto por respetabilísimos filósofos,
sociólogos o científicos, como por charlatanes y aficionados que
revisten cada día con nuevos ropajes toda clase de lugares comunes y
majaderías.
Aunque el amor-pasión, el mismo que está
en la base de tantas novelas y películas extraordinarias, parece haber
provocado los mismos estragos y calamidades en los tiempos de Catulo que en
los nuestros, también está sujeto a condicionamientos históricos.
Hasta finales del siglo XVIII el matrimonio estaba determinado por las circunstancias
económicas y no por la atracción sexual de la pareja: nada tiene
que ver con el enamoramiento. Pero con el auge de la novela aparece en la cultura
el concepto de amor romántico, donde se hace predominar lo sublime de
los afectos sobre la pasión sexual. Aunque el amor romántico presupone
elección y libertad, y por tanto nació comprometido con el riesgo
y la aventura, pronto fue domesticado por la sociedad temerosa que lo engendró
a pesar de sí misma, y convertido en la base sublimada del hogar, de
la fidelidad eterna y de la procreación, donde el sexo es permitido porque
cumple con fines que a nadie ponen en peligro. Triste, triste. Lo que surgió
como ruptura y deseo de subversión, como anhelo de conquista de la autodeterminación
personal, tan sólo sirvió para legitimar otro tipo de servidumbres.
El amor romántico, el cual de todos modos
sigue promoviéndose por múltiples vías como opción
ideal, ha dado paso, sin embargo, desde mediados del siglo XX, a lo que Bauman
define como “amor líquido”. Líquido porque se da en
mundo que aborrece lo perdurable, donde “todo lo sólido se desvanece
en el aire” y donde lo que impera es el ruido, la velocidad, el consumismo
y unas realidades virtuales que replantean nuestra manera de relacionarnos con
el mundo. Así, la morosa carta que obligaba a pensar cada palabra ha
sido reemplazada definitivamente por el chat o el e-mail, que promueven la intimidad
con desconocidos, a quienes, sin embargo, podemos sacar de nuestras vidas con
sólo apretar “delete”. Bauman nos hace notar que las infinitas
conversaciones por celular que todo el mundo sostiene en calles, cafés,
oficinas y autobuses, no encierran la promesa de conversaciones más largas
y profundas en encuentros no virtuales, sino que son, probablemente, su pobre
sustituto.
En la sociedad de consumo, en el moderno mundo
líquido, los vínculos sociales que hace tan sólo unas décadas
se planteaban como firmes y duraderos se muestran cada vez más como frágiles
y transitorios. Entre otras cosas porque nuestra mente, acostumbrada a sucumbir
a los estímulos de una oferta desenfrenada, se siente tentada a abandonar
lo que cree obsoleto para ir en pos de lo novedoso. Uno de los resultados es
el miedo a asumir compromisos duraderos. Con una ironía que saca su libro
del tono trascendental, Bauman reproduce así el consejo de la conciencia
líquida: “No se deje atrapar. Evite los abrazos demasiado firmes.
Recuerde: cuanto más profundos y densos sean sus lazos, vínculos
y compromisos, mayor es el riesgo. (…) Y por sobre todo, jamás
lo olvide: ¡no hay nada peor que jugárselo todo a una sola carta!”.
Dijo
Oscar Wilde: “Quienes aman sólo una vez en la vida son realmente
los frívolos. A lo que ellos llaman lealtad y fidelidad yo lo llamo letargo
de la costumbre o falta de imaginación”. Willy Pasini, en un libro
más bien inocuo sobre los nuevos comportamientos amorosos, acierta cuando
afirma que a nada le teme más el hombre posmoderno, sobre todo en las
grandes ciudades, que al aburrimiento. El afán de emociones que la vida
moderna ha promovido en él no pareciera compatible con aquella idea de
ceder a un amor para siempre. ¿Para siempre? ¿Existe esa palabra
en unas sociedades donde el promedio de vida se alarga cada día más
y donde los deportes extremos, la posibilidad de viajar y las nuevas costumbres
sexuales parecieran invitarnos naturalmente al riesgo y al cambio? Según
este médico italiano, en tiempos no muy lejanos lo normal será
que cualquiera se case cuatro veces: el primero será un matrimonio de
prueba con sus consecuentes desilusiones; el segundo, que ocupa más tiempo
que los demás, el que hará padres a la pareja; el tercero el centrado
en uno mismo y donde se cumplen metas personales y el cuarto, cuando se tiene
suerte, el que se establece sobre un “vínculo espiritual”
basado en afinidades. Estas predicciones han sido superadas, por supuesto, por
Hollywood, donde las sucesivas separaciones de los actores dan de comer a la
prensa del corazón. Pero también es posible, en proceso inverso
-digo yo- que lleguemos a pensar como aquella actriz inglesa que decía
que de haber sabido que todos los hombres son iguales se habría quedado
con su primer marido.
Pareciera claro que una de las grandes conquistas
del siglo XX es haber logrado separar el amor, que por supuesto incluye sexo,
del mero ejercicio de la sexualidad. A esto contribuye que, desde que los métodos
anticonceptivos fueron bastante más seguros que antes y desde que las
mujeres se incorporaron al mercado laboral, independizándose económicamente
y pudiendo decidir sobre sus cuerpos, el tema de los hijos obedece a una lógica
distinta. Hacer el amor intentó ser en los años sesenta y setenta
una experiencia como cualquier otra, que no implicaba compromiso alguno; pero
con el tiempo, y según opinión de Bauman, la práctica indiscriminada
de la sexualidad parece haberse vuelto un asunto peligroso; y no sólo,
precisamente, porque la amenaza sea el SIDA, sino porque la compulsión
de “hacerlo” sin vínculos afectivos termina por “generar
frustración” y “exacerbar esa misma sensación de extrañamiento
que supuestamente debía sanar”. Entre otras cosas porque la manera
en que se escoge la pareja sexual -muchas veces después de encuentros
relámpago- impide lo que se llama la conquista, que obliga al “lento
cultivo y maduración del deseo”. La conclusión de Bauman
es muy inquietante, porque no puede dejar de sonar como profundamente conservadora
para las últimas tres generaciones: “Las íntimas conexiones
del sexo con el amor (…) no eran al fin y al cabo tan inútiles
y restrictivas como se creía (…) Quizá esas ataduras no
eran pruebas del malentendido o el fracaso cultural, sino logros del ingenio
cultural”.
El problema estriba en que el hombre de la era
líquida aspira a tenerlo todo: un amor estable, y múltiples experiencias
sexuales que lo mantengan altamente estimulado. Su arquetipo es Tomás,
personaje de La insoportable levedad del ser de Milán Kundera,
que quiere dormir siempre abrazado a Teresa, y acostarse con muchas para saber
cuál es la diferencia infinitesimal que hay entre una mujer y otra. Lo
que lo tienta es conocer la diferencia porque lo mismo lleva al aburrimiento.
Pero, ¿están el hombre y la mujer preparados para soportar la
infidelidad? Por supuesto que no. En un mundo que propende por la igualdad de
los géneros, el sexo es clave a la hora de lograr lo que Giddens llama
la relación pura o amor confluente, o sea la fundada en la mutua libertad
y el mutuo acuerdo. En el momento en que éste ya no funciona hay que
abandonar la relación y buscar otra con mejores perspectivas.
El personaje que ya no tiene lugar es el seductor,
el don Juan, para el cual su tarea consistía en vencer voluntades. Por
la sencilla razón de que las mujeres no sólo están hoy
más dispuestas que
nunca
sino que no permiten no ser miradas como iguales. Si el auge del amor romántico
exaltó a la santa, que lo era a expensas de “la querida”,
en los tiempos líquidos ya la mujer no “cede” sino decide.
Pero no sólo los lazos amorosos se han
visto modificados por la mentalidad de la era líquida, volviéndolos
frágiles e inestables; también lo han sido en general las relaciones
humanas. Las reflexiones de Bauman en este sentido son interesantes y nos remiten,
necesariamente, al libro de Susan Sontang Ante el dolor de los demás,
pues ambos autores tratan el tema de la imagen, que paradójicamente nos
acerca y nos distancia del mundo. En televisión vemos una masacre de
campesinos, el asesinato de un dirigente, el tsunami en acción, y, aunque
nos conmovamos, “nuestros atributos éticos no están habituados
a operar”; el sentimiento experimentado habrá sido reemplazado
por otro en menos de unos minutos y aquella será una imagen más
en el insondable disco duro que es nuestra memoria. Por otro lado, el que produce
la imagen también está dispuesto a sacrificar todo por ella, a
veces con una aterradora insolidaridad, como aquel fotógrafo que vio
girar el ave de rapiña sobre una niña moribunda, que agobiada
por la hambruna se desmayó camino al puesto de salud en medio del desierto,
y esperó casi media hora a que el animal cupiera dentro del foco de su
lente para tomar la fotografía que habría de conmover al futuro
espectador.
En la era de la masificación, el mundo
se ha convertido en una gran pesadilla. El miedo al extraño de que hablara
Sennett se hace “mixofobia”, xenofobia. Se cierran las fronteras,
se acude a la separación territorial, se blindan los conjuntos residenciales.
En la era de la información se entra a la Internet, se accede al mundo
por televisión, se habla por celular, pero las puertas de las casas están
cerradas, las puertas de los cuartos están cerradas y la desconfianza
levanta muros frente al que nos es ajeno. En este mundo acorazado crece una
y otra vez el amor con su amenaza de dependencia y su petición de libertad.
La “razón líquida” comienza su batalla por poseer
y no ser poseída. Por eliminar todo lo que es intuición, pulsión
o instinto. El tedio que anuncia la palabra “siempre” se opone al
temor a la soledad que engendra la expresión “volver a intentar”.
Cualquier camino que elijamos será, muy probablemente, el equivocado.
O, en todo caso, tendremos que decir como el personaje de Quino, a los noventa
y dos años: me encantaría saber de qué otra manera pude
haber desperdiciado mi vida.
por Julio Monteverde
| En la hora de la toma de tierra en el país del hombre, todo circulaba sin sello como nosotros |
(Paul Celan) |
Mirad:
son extraños los momentos en los que la luz estalla, en los que la potencia
de lo que sucede abre el pensamiento como un cuchillo congelado. Instantes en
los que el cuerpo cobra rigidez a consecuencia del latigazo de todo aquello
que participa de la verdad. Sí, son extraños, pero es sin duda
a partir de estos momentos, por muy escasos que sean, sobre los que se funda
el sentido de lo que pasa, y es gracias a ellos que el conocimiento
sufre sus pequeñas (y en ocasiones sus grandes) revoluciones.
Si lo que existe es informe, si sobre los fenómenos
el pensamiento arroja el lazo de la lógica, como quien empaqueta sus
regalos, la complejidad misma del sistema, sus infinitas entradas y salidas,
impiden a ciencia cierta el abarcamiento de la totalidad. Por aquí y
por allá aparecen todas esas presencias inquietantes que se salen del
cuadro, hostigándolo. El sueño de la estabilidad común
se ve continuamente importunado, zarandeado, por el rayo del cambio y lo inesperado,
rayo violento que lo compromete y lo amenaza. Estos dos estados, el de la estabilidad
y el de la convulsión, deben ser entendidos en su dinámica como
contrarios que se niegan furiosamente el uno al otro pero a los que resulta
necesario interrogar si queremos entender algo de lo que la vida en toda su
amplitud puede suponer, si queremos adentrarnos en la experiencia de la existencia
cercana, desnuda, de esos estados que hacen posible, aún y todavía,
mantener fundadas esperanzas en el ser humano y su futuro.
Para intentar arrojar algo de luz sobre lo expuesto
arriba, me acercaré a Lacan en sus grandes líneas cuando estableció
la diferencia conflictiva entre la realidad y lo real, aplicable tanto al conocimiento
como a lo que son directamente sus consecuencias. Para Lacan, aquello que llamamos
“la realidad” no es sino la narración construida,
el sistema de relatos, convenciones y actitudes que sirven para crear un camino
a través de una existencia en apariencia absurda y sin sentido. En su
funcionamiento, la realidad define apriorísticamente los fenómenos
clasificándolos y relacionándolos con arreglo a unas categorías
y sistemas precedentes gracias a los cuales se cree en disposición de
explicar el mundo. La ideología, como sistema explicativo, sería
de esta forma una de las más fuertes construcciones que se utilizarían
para catalogar los fenómenos con arreglo a un esquema anterior. Igualmente,
la idea de Dios sería la piedra angular sobre la que descansa, para algunos,
el sentido de la vida. A la luz de esta operación la realidad
puede ser entendida como una construcción, asimilable a las zonas comunes
de una casa, en la que lo social tendría las de ganar en favor de lo
distinto.
De esta forma, la realidad, en su proceso de estancamiento,
tiende a su propia consolidación. En su antidesarrollo, constantemente
está buscando y encontrando pruebas para confirmarse, para reafirmarse
en una inmovilidad que le es necesaria para ganar la partida al fantasma del
cambio. (1) Su propio mecanismo es totalizante. Todo lo que no encuentra en
ella un lugar cómodo no es asimilado más que en favor de ciertos
prefijos (sub, para...) que lo niegan indirectamente. Esto es fácilmente
entendible cuando se observa la forma en que se ha determinado qué forma
parte de la realidad y qué no forma parte de ella. Se podría afirmar
que la definición que la realidad se da a sí misma es aquello
que existe verdaderamente. Es fácil darse cuenta por tanto que este
verdaderamente supone una exclusión más o menos arbitraria
de fenómenos con arreglo a una necesidad anterior. Pues si todo lo que
existe debiera entrar a formar parte de ella, no existen verdaderas razones
para, en este proceso, dictaminar que fenómenos como los sueños
no forman parte de la realidad tan sólo porque ocurran en la esfera psíquica
del individuo.
Y es que la realidad se ha creado para que las
piezas encajen, hasta tal punto que se podría concluir que su finalidad
es encajar las piezas a toda costa. Es en cierto modo un contrato
mental, (2) cuya aplicación práctica serviría de guía
a la conducta, permitiendo lo juicios apriorísticos y la creación
de una conducta reglada en base a sus necesidades de consolidación. Los
términos de este contrato mental son innumerables, pero en nuestra sociedad
podrían citarse, a modo de ejemplo,
la
creencia en un mundo justo en el que cada uno recibiría lo que merece
en el largo plazo; la fe en el progreso del ser humano que acabará resolviendo
todas sus contradicciones a costa de no cesar nunca su movimiento hacia adelante
y hacia arriba; o la represión de todo lo que participa de las necesidades
de la imaginación individual en beneficio del denominado “bien
común”. Aquí los mitos, como puede suponerse a raíz
de estas consideraciones, resultan parte integrante, creadoras, de esta realidad
y de sus presupuestos.
Sin embargo, la tragedia de la realidad es que
no es monolítica, se mueve, en ocasiones poco a poco, después
toda de golpe. Decía al principio de este texto que son extraños
los momentos en los que el relámpago triunfa, en los que la narración
se ve interrumpida por un fenómeno que la cuestiona frontalmente y ante
el que la asimilación se hace francamente complicada. Estos momentos
suponen el esplendor de lo real. Lo real, en contraposición con la realidad,
es informe, discontinuo, vive debajo de las sombras y su despertar es el trueno.
Lo real sucede. Y sigue sus propias reglas, coincidan o no con las que la realidad
ha pretendido fijar. Lo real es la materia oscura que irrumpe en la realidad
atacándola. (3) No es necesario aquí llegar muy lejos en la cuestión
de ejemplos: la irrupción de la muerte significa siempre el alumbramiento
de lo real. Ante el inmovilismo en el que nuestras mentes parecen discurrir
más o menos confiadas en su inmortalidad, o al menos en su no-fin, la
muerte, que es real hasta la saturación completa, siempre acaba apareciendo
para destruir este estado mental. La realidad flota frente a nosotros mientras
lo real nos atraviesa violentamente exigiendo sus derechos al trono.
Así, el amor-pasión, la poesía
en sus manifestaciones más directas o la ya mencionada muerte, son estados
que la realidad tiende a negar al considerarlos demasiado inquietantes, demasiado
cargados de preguntas complicadas y farragosas consecuencias. No obstante, poseen
tal grado de presencia cuando se manifiestan que, se quiera o no, siempre encuentran
una puerta o una ventana para llegar al exterior y modificarlo. Pues lo real
tiene predilección por el accidente para hacerse visible y, en las condiciones
actuales de la sociedades más o menos desarrolladas, lo real siempre
es el accidente, y los accidentes, se quiera o no, son inevitables, ocurrirán.
No son fallos del sistema, son el devenir mismo del sistema que los contiene
de forma explícita desde el mismo momento en que se constituye como tal.
Actualmente, los mecanismos de la realidad han
desarrollado un complejo sistema de asimilación de la necesidad imperiosa
que el ser humano posee de estos accidentes, hacia los que se vuelca para calmar
la sed que le provoca la realidad. El sistema espectacular, en su última
vuelta de tuerca, ha diseñado sus armas para poner a producir también
esta necesidad de lo real. Se ofrecen los acontecimientos espectaculares, creados
a partir de la ficción, como accesos a esa experiencia intensificadora
que el hombre necesita para elevar su existencia al grado de vida. El caso más
grotesco de esta colonización total se puede ejemplificar, a mi entender,
en los comentarios que espectadores de todo el mundo hicieron ante el acontecimiento
del ataque a las Torres Gemelas de Nueva York. Por aquel entonces muchos afirmaron
que lo que estaban viendo “parecía una película”.
De esta forma es como el espectáculo se ha convertido en lo real verdadero
para millones de seres del planeta, acostumbrados como están a que las
cosas pasen sólo en las películas.
Sin
embargo, lo real continúa existiendo, forma parte constitucional de la
existencia y su ocultación, tarde o temprano, acaba pasando factura.
Cuanto más alejado se encuentra uno de la experiencia de lo real, cuanto
más se encuentra mediatizado por la realidad, más violento es
el choque con su aparición que siempre acaba produciéndose en
el espacio una vida. La realidad demanda, exige, que nada la turbe, que nada
la espante, y parece evidente que la aparición violenta y traumática
de lo real no es sino consecuencia de esta rigidez de la realidad, que no le
permite hoy en día otra vía para su manifestación, a no
ser que esté adulterada fatalmente por su futuro rendimiento económico.
De la misma forma, aquello que aún habita
en las cavernas interiores del ser, no por ser ocultado ha dejado de existir.
Por encima y por debajo del intento de construcción de la personalidad
individual, centrada en la aparición del YO como sujeto único,
claramente identificado y consciente, reptan todos los espacios de indeterminación
en los que la personalidad creada se ve atacada por aquello que surge de ella
sin verdadero control y con total poder sobre el individuo. Ciertamente, los
logros de siglos de educación racionalista y religiosa han logrado grandes
triunfos. La narración, a través de las cadenas que el propio
lenguaje extiende sobre el pensamiento, ha triunfado aparentemente para adaptar
al hombre a lo civilizado permitiendo así mantener el sistema operativo
sobre el que descansa su economía y desde el que se dictamina qué
debe entrar a formar parte de la realidad (en este caso la personalidad), que
no es más que aquello que la fortalezca o que, al menos, no la perturbe.
(4) El comportamiento instintivo, el deseo violento (sexual o no), hasta la
misma risa como fuente de placer o medio de ataque forman parte de estos supuestos
problemas.
Toda esta represión, que se produce tanto
a nivel social mediante la legislación represiva y la eliminación
progresiva de alternativas, como a nivel psicológico a través
del pequeño agente de policía que la educación ha depositado
en cada uno de los cerebros, no tiene visos de relajarse, aunque de vez en cuando
se permita el lujo de cambiar de objeto con el correr de los tiempos. Su función,
ya lo dije, es mantener el sistema tal y como está, y sobre
todo, facilitar el acceso de las conciencias individuales al sistema de opresión
perfeccionando sus métodos para llegar a conseguir que sea el propio
individuo el que acepte de buena gana esta opresión que se le ejerce.
Pero en ocasiones, en momentos muy determinados en el tiempo, este sistema se
quiebra, y suele ser en aquellos momentos en los que la tensión desborda
al individuo que este encuentra sus propios caminos para dar respuesta a lo
que le oprime. Porque el sistema ha hecho más hincapié que en
ningún sitio, primero reprimiéndolas y ahora poniéndolas
a producir, en aquellas parcelas que más pueden atacarle. Así
el erotismo, por ejemplo, ha pasado a formar parte, no ya de la experiencia
puramente privada, tal y como debe ser, (5) sino de una experiencia carcelaria
en la que dispondría de sus momentos apropiados, claramente dispuestos
en el espacio del tiempo para no perturbar el continuo discurrir de la actividad,
y en el que su cumplimiento dependería siempre de su estatus de fuego
controlado. Ante esto, el ser humano siente la necesidad mil veces repetida
de franquear ese espacio cuando su deseo se manifiesta como una verdad incontestable
ante la que toda realidad, toda guía de conducta, tiende a desvanecerse
ante los propios ojos asombrados del que siente. Así, la experiencia
del deseo y del amor puede, según los bienpensantes, arruinar una
vida, es decir, quebrar los parámetros que la realidad había
designado, a priori, para ella. Lo que se gana o se pierde en esta operación
está suficientemente claro para aquél que se deja arrastrar.
Igualmente,
basta comprobar, por ejemplo, como los poderes del sueño pueden afectar
a una vida para comenzar a vislumbrar la capacidad que el hombre continúa
teniendo para re-encantarse a sí mismo gracias al propio cuestionamiento
de la realidad que surge a través de él sin una premeditación
(llamémosla así) civilizada. Cómo, en el interior más
o menos abisal de su pensamiento, reside todavía un afán de revuelta
contra las condiciones que se le han impuesto desde el exterior injustificadamente,
y de cómo este afán le sobreviene desde una zona harto difícil
de concretar. No son pocas las personas que han sentido como un sueño
cambiaba su vida, un sueño en el que la imagen mental de la propia personalidad
saltaba en mil pedazos, un sueño cuyo recuerdo se volverá recurrente
a lo largo del espacio de una vida, y que nunca acabará de plantear una
pregunta para la que el soñador cree conocer la respuesta de antemano
aunque tampoco la consiga articular de forma coherente. Si el soñador
está convenientemente adiestrado, convendrá que los sueños,
en definitiva, sueños son. Si por fortuna sus condicionamientos mentales
se encuentran en una órbita distinta, analizará su experiencia
y, en las medida de sus posibilidades, actuará en consecuencia.
De esta forma, parece evidente que los esfuerzos
de la represión sobre este tipo de comportamiento real, engarzado
por pura necesidad en lo salvaje, han sido innumerables, y que han
tenido un éxito incuestionable, pero conviene tener en cuenta que el
hombre se ha civilizado durante muy poco tiempo si observamos su verdadera historia
sobre la faz de la tierra y el lapso de tiempo en el que se ha consolidado su
civilización. Los recursos siguen estando ahí, dormidos pero no
perdidos, y el accidente siempre ocurre cuando el ser humano se descubre a sí
mismo desarrollando una conducta inesperada. La presión no se puede mantener
indefinidamente sin que la válvula estalle. Y es en esos momentos en
los que la realidad se muestra insuficiente para contener a lo real, en los
que la verdad desborda el espacio mental, que el ser humano busca en su interior
las otras armas de las que posee para dar una verdadera respuesta a
lo que le domina, al espanto de la presencia descarnada. El recurso a la revuelta,
(6) físicamente violenta o no, pasa entonces de ser una actividad más
o menos intelectualizada o ideologizada para mostrarse como un brote discontinuo
de una actitud que resulta a fin de cuentas inclasificable pero que en la lógica
de su locura desafía toda concepción previa que pudiéramos
tener respecto a su aparición. Sería demasiado ingenuo pensar
que 3000 años de historia han acabado definitivamente con estos estados
si tenemos en cuenta la duración de la estancia del hombre sobre la faz
de tierra. (7) Este arsenal de comportamiento real, no civilizado, e intrínsecamente
emancipador al surgir de la confrontación contra aquello que lo intenta
eliminar, continúa intacto para todos, no sólo para una minoría
radicalizada. A decir verdad, es más que discutible que esta minoría
sea la que de el primer paso a lo imprevisto. Más bien todo lleva a pensar
que estos acontecimientos suelen sorprenderlos, desconcertarlos, teniendo que
ponerse al día rápidamente y a trompicones (8).
Así
pues, ya que lo real existe, ya que la realidad no es más que una parte
de aquello que supone el fondo abisal del ser humano y de su sociedad, en el
que éste puede encontrar medios abruptos para hacer frente a lo que le
domina, no resultará vana la intención de abrir la puerta a todas
esas cumbres de frío que forman los estados más preciosos de la
existencia del hombre. La búsqueda de la surrealidad nunca ha querido
otra cosa, pues no se trata de buscar la enajenación en lo salvaje, lo
instintivo o lo irracional, sino de convocar a la realidad, en la medida de
lo posible, a todos estos estados de la existencia humana de los que hablo.
Se trata de construir nuestra morada en mitad del puente, (9) pero no para domesticar
estos aspectos del comportamiento humano, ni tampoco, y esto debe ser entendido
explícitamente, para subordinar toda acción individual y colectiva
en la búsqueda de estos estados como nuevas piedras filosofales de la
lucha contra la dominación, sino para mantener abiertas todas las puertas
que permiten la entrada libre de lo oscuro inmediato acercando al ser al establecimiento
de una relación más amplia y completa con aquello que forma parte
de él, con aquello que lo lanza al paraje tormentoso del deseo en el
que las respuestas de la realidad se revelan insuficientes. La reducción
máxima del trauma que supone la aparición de lo real y su asimilación
de una forma no-negativa. En resumen: volver a poner a disposición del
ser humano todas las fuerzas, que son suyas por derecho de nacimiento, en la
lucha por alcanzar una vida más completa y verdadera, una verdadera vida,
en una sociedad nueva.
Notas:
1) Un observador apresurado podría argumentar
aquí, que en realidad, la sociedad del espectáculo es también
la sociedad del cambio permanente. Pero no conviene confundirse sobre esto,
los cambios que a toda velocidad se nos imponen (la moda, por ejemplo) son perfectamente
inocuos, y más tienen que ver con la necesidad de que todo siga igual
al presentarse como golosinas que aplacan la necesidad de huida hacia otro espacio
vital. En realidad estos cambios no son sino variaciones infinitas de un mismo
vacío.
2) Esta expresión, como puede fácilmente
adivinarse, es un reflejo del famoso contrato social de Rousseau. Ahora
bien, todos los defectos del término acuñado por el filósofo
francés pueden aplicársele igualmente, sobre todo este, ya detectado
por la crítica marxista en su día: que no se trata de un contrato
firmado libremente por ambas partes, sino impuesto por una parte a la otra,
que se arroga el poder de hacerlo cumplir y de cambiar sus cláusulas
según sus necesidades históricas.
3) Este concepto de lo real está relacionado
directamente, al menos en mi esquema, con la experiencia soberana de
Bataille, entendida como momento vital sin otra finalidad que él mismo,
que se nutre de sí y revierte en sí; y con la verdadera vida
de Rimbaud, concepto poético que me parece suficientemente literal en
todos sus sentidos y que por lo tanto no me detendré a explicar.
4) La confrontación egoista, el ataque
salvaje hacía el otro, están plenamente justificados en el mundo
empresarial si con ello se consiguen los réditos económicos deseados.
Si los mismos ejecutivos tienen a gala denominarse “tiburones”,
no encuentran ningún impedimento moral en que su conducta sea depredadora,
salvaje y destructiva hasta un nivel prehumano más propio de verdaderos
animales salvajes que de supuestos seres civilizados instalados en el centro
mismo de un sistema que se denomina a sí mismo racional.
5) Sobre esta afirmación, en apariencia
arbitraria, el lector podrá encontrar un desarrollo adecuado en el texto
de Antonio Ramírez, Regreso al subterráneo, o el erotismo
reconquistado, publicado en el número 13-14 de Salamandra con
el que me muestro en perfecto acuerdo.
6) La revuelta es, en gran parte de las ocasiones,
un acto espontáneo, salvaje, que surge sin verdadera articulación.
Conviene recordar que las revueltas (las campesinas, por ejemplo) suelen ser
el inicio de las revoluciones, llevadas a cabo como segundo movimiento de este
acontecimiento, pero sin el que no pueden ponerse realmente en marcha. Está
de más ahondar en la importancia que por tanto tiene este comportamineto
no reglado, discontínuo, en el futuro de toda revolución.
7) Aunque también conviene ser justos.
La educación no pasa en balde. El ser humano ya no es el mismo, y esto
es necesario comprenderlo abiertamente si queremos entender algo sobre sobre
la misma definición de su existencia.
8) Observesé por ejemplo el desconcierto
que produjeron acontecimientos como mayo del 68 o la caída del Muro de
Berlín, acontecimientos que ningún intelectual radical había
siquiera vislumbrado y sobre los que las explicaciones aún resultan confusas
y dispares si se intenta eliminar cualquier referencia a lo fortuito.
9) Ese puente en el que a un lado permanece lo
conocido, y al otro, al cruzarlo, los fantasmas salen a nuestro encuentro.
(*) Originalmente publicado en la revista Salamandra, nºs 15-16, Madrid, octubre, 2005.
LA SOCIEDAD DEL ESPECTÁCULO (DE DEBORD A BAUDRILLARD)
por Adolfo Vásquez Rocca
Un
universo frío; el reverso de la utopía
Vivimos en un universo frío, la calidez
seductora, la pasión de un mundo encantado es sustituida por el éxtasis
de las imágenes, por la pornografía de la información,
por la frialdad obscena de un mundo desencantado. El desafío de la diferencia,
que constituye al sujeto especularmente, siempre a partir de un otro que nos
seduce o al que seducimos, al que miramos y por el que somos vistos, hace que
el solitario voyeurista ocupe el lugar del antiguo seductor apasionado. Somos,
en este sentido, ser para otros y no sólo por la teatralidad propia de
la vida social, sino porque la mirada del otro nos constituye, en ella y por
ella nos reconocemos. La constitución de nuestra identidad tiene lugar
desde la alteridad, desde la mirada del otro que me objetiva, que me convierte
en espectáculo. Ante él estoy en escena, experimentando las tortuosas
exigencias de la teatralidad de la vida social. Lo característico de
la frivolidad es la ausencia de esencia, de peso, de centralidad en toda la
realidad, y por tanto, la reducción de todo lo real a mera apariencia.
El éxito de la identidad prefabricada radica
en que cada uno la diseña de acuerdo con lo que previsiblemente triunfa
-los valores en alza-. (1) La moda, pues, no es sino un diseño utilitarista
de la propia personalidad, sin profundidad, una especie de ingenuidad publicitaria
en la cual cada uno se convierte en empresario de su propia apariencia.
La moda en la postmodernidad. Deconstrucción del fenómeno “fashion”
La moda ha contribuido también a la construcción
del paraíso del capitalismo hegemónico. Sin duda, capitalismo
y moda se retroalimentan. (2) Ambos son el motor del deseo que se expresa y
satisface consumiendo; ambos ponen en acción emociones y pasiones muy
particulares, como la atracción por el lujo, por el exceso y la seducción.
Ninguno de los dos conoce el reposo, avanzan según un movimiento cíclico
no-racional, que no supone un progreso. En palabras de J. Baudrillard: “No
hay un progreso continuo en esos ámbitos: la moda es arbitraria, pasajera,
cíclica y no añade nada a las cualidades intrínsecas del
individuo”. (3) Del mismo modo es para él el consumo un proceso
social no racional. La voluntad se ejerce -está casi obligada a ejercerse-
solamente en forma de deseo, clausurando otras dimensiones que abocan al reposo,
como son la creación, la aceptación y la contemplación.
Tanto la moda como el capitalismo producen un ser humano excitado, aspecto característico
del diseño de la personalidad en la sociedad del espectáculo.
La sociedad de consumo supone la programación
de lo cotidiano; manipula y determina la vida individual y social en todos sus
intersticios; todo se transforma en artificio e ilusión al servicio del
imaginario capitalista y de los intereses de las clases dominantes. El imperio
de la seducción y de la obsolescencia; el sistema fetichista de la apariencia
y alienación generalizada. (4)
Alteridad,
seducción e imagen fotográfica
Ver y ser vistos, esa parece ser la consigna en
el juego translúcido de la frivolidad. El así llamado momento
del espejo, precisamente, es el resultado del desdoblamiento de la mirada, y
de la simultánea conciencia de ver y ser visto, ser sujeto de la mirada
de otro, y tratar de anticipar la mirada ajena en el espejo, ajustarse para
el encuentro. La mirada, la sensibilidad visual dirigida, se construye desde
esta autoconciencia corpórea, y de ella, a la vez, surge el arte, la
imagen que intenta traducir esta experiencia sensorial y apelar a la sensibilidad
en su receptor.
Nuestra soledad demanda un espejo simbólico en el que poder reencontrar
a los otros desde nuestro interior. Buscamos en el espejo la unidad de una imagen
a la que sólo llevamos nuestra fragmentación.
Con estupor tomamos las últimas fotografías
posibles, un patético modo de certificar la experiencia o de convertirla
en colección. Pareciera que la fotografía quiere jugar este juego
vertiginoso, liberar a lo real de su principio de realidad, liberar al otro
del principio de identidad y arrojarlo a la extrañeza. Más allá
de la semejanza y de la significación forzada, más allá
del “momento Kodak”, la reversibilidad es esta oscilación
entre la identidad y el extrañamiento que abre el espacio de la ilusión
estética, la des-realización del mundo, su provisional puesta
entre paréntesis.
Como en La invención de Morel,
(5) donde un aparato reproduce la vida (absorbiendo las almas) en forma de réplica,
en forma de mera proyección. Los Stones como souvenir de sí mismos
proyectados en el telón del escenario giratorio. La envidiable decreptitud
de Mick Jagger con una delgadez mezquina y ominosa, como si fuera su propia
narcótica reliquia.
Los rostros del otro, rostros distantes a pesar
de su cercanía, ausentes a pesar de su presencia, los miramos sin que
ellos nos devuelvan la mirada. La alteridad no es más que un espectro,
fascinados contemplamos el espectáculo de su ausencia. Tal vez los Stones
estén muertos y nadie lo sepa. Tal vez sea una banda sustituta la que
por enésima vez sacuda el mundo cuando comience
su
nueva gira por las ciudades de la Gran Babilonia.
Efectos de desaparición
Imágenes de la gran urbe, fragmentos de
los últimos gestos humanos reconocibles. Los sujetos indiferentes a la
presencia de la cámara se mueven según el ritmo de sus propios
pensamientos.
Imágenes en movimiento: la estación
del Metro de Tokio, súper-carreteras, aviones supersónicos, televisores
de cristal líquido, nano-ordenadores, y otros tantos accesorios que nos
implantan una aceleración a la manera de otras tantas prótesis
tecnológicas. Es la era del cyber-reflejo condicionado, del vértigo
de la cibermúsica, de los fundidos del inconsciente en una lluvia de
imágenes digitales, vértigo espasmódico de señales
que se encienden y apagan, del gesto televisivo, vértigo espasmódico
de señales que se encienden y se apagan, del gesto neurótico y
ansioso del zapping o el molesto corte del semáforo en las esquinas que
parasitan el sistema de interrupciones artificiales y alimentan nuestra dependencia
de los efectos especiales.
La fragmentación de las imágenes
construye una estética abstracta y laberíntica, en el que cada
fragmento opera independiente pero, a su vez, queda encadenado al continuo temporal
de un instante narrativo único. Podemos retener el mundo entero en nuestras
cabezas.
La aceleración y los estados alterados
de la mente. Los psicotrópicos. La representación electrónica
de la mente en la cartografía del hipertexto. Las autopistas de la información,
donde todo acontece sin tener siquiera que partir ni viajar. Es la era de la
llegada generalizada, de la telepresencia, de la cibermuerte y el asesinato
de la realidad. El mundo como una gran cámara de vacío y de descompresión.
Como la ralentización de la exuberancia del mundo.
Notas:
1) RIVIERE, M,
Diccionario de la moda, Grijalbo, Barcelona, 1996.
2) VÁSQUEZ ROCCA, Adolfo, La moda en
la postmodernidad. Deconstrucción del fenómeno "fashion",
en Nómadas, nº11, enero-junio, 2005, Revista Crítica
de Ciencias Sociales y Jurídicas, Universidad Complutense de Madrid.
3) BAUDRILLARD, Jean, The Consumer Society,
SAGE Publication, 1998, p. 100.
4) DEBORD, Guy, La sociedad del espectáculo,
Pre-Textos, Valencia, 1999, cap. II, La mercancía como espectáculo,
p. 51 y sgtes.
5) BIOY CASARES, Adolfo, La invención
de Morel, Emecé, Buenos Aires, 1940. En la clásica novela
de ciencia ficción -obra fundacional del género- Morel ha inventado
una máquina que permite capturar la entidad de las personas, su existencia
en sí, y reproducirla a voluntad. Pero esta captura implica la muerte
de la persona que es registrada o grabada. La novela juega con la idea del solipsismo,
el eterno retorno y los problemas ontológicos-identitarios.