DE LA IMAGEN A LA PALABRA, Y VICEVERSA: REFLEXIONES SOBRE LA CULTURA Y EL PAPEL DEL HUMANISTA MODERNO

 

por Natalia Carbajosa

 

     Hablamos en un mundo, vemos en otro. La imagen es simbólica, pero no tiene las propiedades semánticas de la lengua: es la infancia del signo. Esa originalidad le da una fuerza de transmisión sin igual. La imagen sirve porque hace de vínculo, pero sin comunidad no hay vitalidad simbólica. La privatización de la mirada moderna es para el universo de las imágenes un factor de anemia.


Régis Debray

 

En la escena lopesca las palabras pintan paisajes


     Pictura et poesis: imagen y palabra. Dos ideas, dos conceptos. Dos maneras de estar en el mundo. De manifestar presencia y ligazón con la realidad. O al contrario, ausencia y exilio.
     Desde siempre, desde que el mundo es mundo, la expresión artística del hombre ha evolucionado en sus manifestaciones, tanto visuales como lingüísticas, de forma paralela; pintor y poeta han bebido en las mismas fuentes de la experiencia, han verbalizado el paisaje o el rostro de la amada, y han pintado con osados pinceles metáforas brillantes.
     El parangón entre las artes visuales y la literatura siempre se ha ejercido, consciente o inconscientemente, en la enseñanza de las Humanidades. No es inusual encontrar, en un libro de texto de Bachillerato, una ilustración de la casa típicamente modernista, con sus vidrieras de fantasía de cisnes y odaliscas, junto a un poema de Rubén Darío. O describir, en una clase universitaria, la peculiar escritura de Gertrude Stein, basada en la repetición obsesiva de una misma frase con mínimas variaciones, como un ejemplo de la técnica pictórica del cubismo. Siempre fructífera y enriquecedora, la comparación se ha extendido, en los últimos años, a otras formas de expresión visual como el cine.
     Esta tendencia comparativa no surge ciertamente de la nada: hubo un tiempo en la historia de los hombres especialmente receptivo al Conocimiento como un ideal de totalidad, que se proponía abarcar por igual la literatura, las lenguas, el arte, la ciencia, la tecnología, la religión, la filosofía, la política, en suma, todos los aspectos posibles de la compleja y variada experiencia humana. La humanitas renacentista, entendida precisamente como la ciencia del hombre, es decir, de todo lo que fuera objeto de su interés al posar su mirada sobre las cosas, nos ha dejado en herencia, en nuestro mundo fragmentario, postmoderno y ultraespecializado de siglo y milenio recién estrenados, un valioso resquicio de ligazón cognoscitiva.
     Cierto es que la información que poseemos hoy día respecto a todas las áreas de conocimiento es tan inmensa que, contradictoriamente, nos incapacita en muchos casos para conocer más allá de nuestro pequeño campo de investigación. La especialización, sin duda necesaria, se convierte a veces en un impedimento para un ejercicio más diverso, más universal, respecto al conocimiento, al menos en los campos que aún conservan el inadecuado apelativo de Humanidades (como si todo lo que se queda fuera de dicha designación no fuera también humano). Como contrapartida, y al estar menos sometidos a los rigores de la competitividad, la productividad, la aportación material a unos fines concretos e inmediatos que en otras áreas, los modernos humanistas son libres de circular a su aire por las amplias avenidas de las áreas a su disposición, realizar viajes de ida y vuelta, e incluso intrusiones clandestinas en aquellos distritos donde teóricamente no tienen jurisdicción. Una buena muestra de este movimiento de libertad, sin duda alguna, es esa inmersión fascinante por parte de algunos en el mundo de la imagen y la palabra.
     Si el Renacimiento ofrece el modelo a seguir en cuanto a actitudes y objetivos del humanista, también pone a su alcance el género artístico donde el tándem pictura et poesis funciona con más éxito: el teatro. Por su inmediatez, tanto visual como lingüística, y por su origen adscrito a la realidad misma (género de masas y gran fuente empresarial de ingresos en toda la Europa de los siglos XV y XVI), en la escena lopesca, calderoniana o shakesperiana se produce con toda naturalidad ese viaje de ida y vuelta en el que las palabras pintan paisajes y los rostros de los personajes hablan del amor sin necesidad de decirlo.
     El teatro inglés, por sus peculiares características, representa de forma inusitadamente clara la doble comparación. Pensemos en un escenario vacío, donde los bosques y las ciudades, así como la evocación de ambientes nocturnos, tardes soleadas, desapacibilidad atmosférica, etc, dependían únicamente de la explicitud del texto dramático y habilidad verbal de los personajes. Pensemos en una compensación visual a la desnudez escénica, encarnada en la fastuosidad de los trajes, "El Rey Lear" recrea los escritos de Leonardo da Vinciverdaderos vehículos de significación icónica (representacional: el rey viste como rey, la doncella como doncella, etc) y simbólica (herencia medieval, por ejemplo, del simbolismo de los colores: el negro como luto o mal presagio, el púrpura como poder eclesiástico...). Pensemos en una tradición pictórica doble: por un lado, el quatroccento italiano ya había introducido en toda Europa la técnica de la perspectiva, la importancia del fondo composicional, la movilidad dramática y narrativa de los personajes del cuadro; por otro, la pintura isabelina seguía anclada en una tradición pictórica medieval, donde las figuras eran estáticas, el fondo carecía de importancia a no ser por ciertos detalles de contenido simbólico, que, junto con el vestido del personaje, transmitían toda la carga narrativa posible. En esta guisa encontramos a la reina Isabel I en los múltiples retratos de que disponemos. Pensemos, finalmente, en un público heterogéneo, que acudía en masa a un evento social más que a una forma de expresión artística, y que estaba absolutamente familiarizado con la teatralidad inherente a la vida pública de su propia sociedad, representada en infinidad de acontecimientos como ejecuciones en la plaza, cortejos reales, procesiones religiosas, y otros muchos.
     Estos fugaces retazos de la realidad isabelina, vertidos conjuntamente a través de la imagen y el discurso, son catalizados por el evento social y cultural por excelencia, el teatro, y fundamentalmente por el mayor exponente de su éxito en Inglaterra, William Shakespeare. En sus obras, el parangón establecido a partir de la realidad se extiende en múltiples formas de ilusión dramática, sobre todo gracias a la ilimitada capacidad de evocación visual de la palabra pronunciada en un escenario vacío: cuando, por ejemplo, en El Rey Lear, Edgar describe a su padre ciego, Gloucester, las lejanas colinas de Dover, está ciertamente recreando los escritos de Leonardo Da Vinci acerca de la perspectiva; es decir, subrayando la presencia del ojo del espectador, fijo en un punto lejano del horizonte, desde el cual se van haciendo presentes en distancia gradual todos los objetos al alcance de su vista. Cuando los reyes del reino de las hadas, en El sueño de una noche de verano, transforman la atmósfera intolerante de Atenas en un bosque fantástico donde todos los sueños son posibles, lo hacen con la sola ayuda de un lenguaje plagado de ritmos mágicos y referencias a la naturaleza aliada.
     El parangón también funciona a la inversa, es decir, desde la imagen hacia la palabra, tanto para contradecirla como para confirmarla: en Los dos caballeros de Verona, aparece en escena Launce, el bufón, con su perro Crab, posiblemente en el primer ejemplo de inclusión de un animal de verdad en la escena, y constituyendo un ilustre antecedente, en el diseño escénico, de ciertos personajes del teatro del absurdo. El impacto visual cómico es tan poderoso que supone una verdadera parodia de la lamentación que el público va a escuchar por boca de Launce en relación con la ingratitud de su perro, que asistirá impasible a sus razones. Otro icono visual enormemente locuaz en sí mismo es la gordura del inolvidable Falstaff, protagonista de varios episodios de Enrique IV y V y de Las alegres comadres de Windsor. Cuando, en esta última obra, relata las penurias que sufrió escondido en una cesta de ropa sucia insuficiente para su voluminosa humanidad, la hiperbólica comicidad de la narración se une a la ineludible presencia física de quien lo narra.
     Estos y otros muchos ejemplos confirman a Shakespeare no sólo como un virtuoso de la palabra, sino también como un profundo conocedor de las técnicas pictóricas, las referencias visuales a su alcance, y el fructífero resultado que se deriva en la escena del uso conjunto de Shakespeare, virtuoso de la palabra y las técnicas pictóricasambas. Por medio de ellas el texto dramático sale de sí mismo y nos traslada a la escena política del momento, criticada, quizá, en la visualización de la parafernalia creada en torno a reyes, órdenes eclesiásticas y militares, tan efectiva en la realidad, pero tan ‘teatral’ en la ficción. O nos sumerge en la delicada situación social de las mujeres, que tienen que adoptar un disfraz masculino (recurso indispensable en toda la literatura del Siglo de Oro español) para conseguir lo que como mujeres les está vetado. La confusión visual que esto supone se multiplica si recordamos que en la escena isabelina sólo actuaban hombres, con lo cual estaríamos observando a un hombre vestido de mujer que se disfraza de hombre, con la consiguiente ambigüedad sexual, en muchas ocasiones subrayada por el discurso.
     Los ejemplos son innumerables, pero en todos los casos presentan un esquema similar: imagen y palabra se unen como signo teatral, bien para confirmarse mutuamente, bien para contradecirse. A través de ellos y de su relación con el mundo de referencia del que parten, el espectador es obligado a hacer una incursión constante en lo social, lo político, lo filosófico, y a contrastar las bases de tales parcelas de lo real con la versión ficticia que se ve y se escucha desde el patio de butacas.
     La máxima renacentista del Ut pictura poesis no es sólo válida, ni mucho menos, en el teatro de Shakespeare. También en nuestro mundo la palabra y la imagen siguen siendo fuente primaria de una experiencia artística cada vez más compleja, sobre todo desde que las imágenes pueden ser observadas en una pantalla como reflejo virtual de su realidad material, asunto que en sí mismo requiere un análisis más que profundo. Pero a grandes rasgos, podemos asumir la herencia del Renacimiento, que inauguró la posición del hombre como espectador, consumidor de arte y especulador / receptor de todo el conocimiento brindado por la realidad circundante, para aprender a investigar en un sentido amplio, ambicioso en su búsqueda de relaciones, no de fragmentos inconexos, y sobre todo, responsable. Si el humanista ha perdido, en nuestra era, gran parte de su función social, que muchos historiadores sostienen que nunca poseyó; si su trabajo se queda en los márgenes, en la penumbra, frente a la aureola luminosa que rodea los proyectos científicos y tecnológicos, razón de más para no ser triviales o trabajar sin rumbo: tan importante es encontrar una vacuna contra el cáncer y el sida, o rehacer el maltrecho ecosistema de nuestra tierra, como reflexionar sobre los derroteros por los que discurre la cultura, cada uno desde su parcela, sí, pero espiando muy de cerca los pasos del compañero y las constantes llamadas con que la realidad, siempre sabia, le interrumpe. Propongamos, como método de arranque, algo bien sencillo: estudiemos un rato, y después, salgamos a la calle, a mirar, y a escuchar.

 

    Bibliografía:

    -Debray, Régis, Vida y muerte de la imagen: historia de la mirada en Occidente. Barcelona: Paidós, 1994.
    -Dundas, Judith, Pencils Rhetorique: Renaissance Poets and the Art of Painting. Newark: University of Delaware Press, 1993.
    -Gombrich, E.H., La imagen y el ojo. Madrid: Alianza, 1987.
    -Hulse, Clark, The Rule of Art: Literature and Painting in the Renaissance. University of Chicago Press, 1990.
    -Hunter, G.K., English Drama: The Age of Shakespeare. Oxford: Clarendon Press, 1997.

 

 

 

 

 

 

 

CARLOS MENESES


     (Lima, Perú, 1930)

     Más conocido como Coco Meneses, este limeño de nacimiento lleva viviendo en Mallorca desde 1963. Ha publicado novelas, destacando especialmente A quién le importa el prójimo (La Fábrica, Mexico D.F., 2000), el libro de cuentos El Amor según Torivia Ilusión (Roncel, Barcelona, 1996) y numerosos ensayos.
    Aunque llevaba muchos años sin escribir teatro, en el primer semestre de 2004 escribió el drama Celeste, el cual está inédito y aún no ha sido representado. Se estuvo a punto de realizar una lectura comentada, pero no llegó a concretarse. La generosidad de Coco Meneses nos ha permitido publicar, por primera vez, esta obra.

 

 

CELESTE


Drama en dos actos y varios cuadros

 

 

     Personajes en orden de aparición:

     Celeste, una mujer cuya edad oscila entre los 23 y 29 años.
     Teresa, bailarina como la anterior, unos dos o tres años mayor.
     Pato, un zambo o mulato corpulento cercano a los cuarenta años, siempre mal vestido y de aspecto descuidado.
     Roberto, marido de Celeste, un hombre de unos 30 años, huidizo y pusilánime.
     Guillermo, igual edad que el anterior. Bastante seguro, sobrio, destaca por encima de los demás por su clara visión de lo que le rodea.
     Juana, madre de Celeste, mujer de edad próxima a los sesenta años, vestida de negro y con aspecto fúnebre pero capaz de rápidos cambios de humor.
     Braulio, hombre de algo más sesenta años, muy acicalado y que denota más que seguridad dureza en su comportamiento.
     Otros personajes menores. De menor jerarquía.

 

 

 


PRIMER ACTO

 

     Cámara gris. En el escenario un confesionario, un diván, un escritorio y una mesa estrecha con una máquina de escribir.
     Otros efectos: un quepí o casco de policía; una enorme pluma de escribir; una sotana y una bata de médico. También un asta de bandera puesta de pie.
     La zona del fondo (también puede ser la de un costado del escenario) queda a oscuras y sólo se iluminará en determinados momentos; en ella hay un tocador con espejo rodeado de lucecitas de colores propio de un cabaret, una mesa redonda como para cuatro personas, un sofá normal de una casa cualquiera, y otros muebles y objetos que se irán indicando de acuerdo al transcurrir de la obra.

     (En determinados momentos algunos personajes pasarán de la zona iluminada, que se apagará cuando ellos la abandonen, a la zona oscura que se iluminará cuando ellos entren en ella)

     (Una mujer de alrededor de treinta años está extendida en el diván. Se supone que habla con el psiquiatra a quien no se ve. Solamente su bata blanca de médico se iza en un mástil como demostración de que la escena se realiza en la consulta de un psiquiatra)

 

     CELESTE.- No, ahora no quiero recordar la noche del cine Excélsior, doctor. Tampoco las discusiones con mamá o mis escapadas nocturnas. Usted considera que es muy importante tocar esos temas, pero dejémoslos para más adelante. Me siento muy cómoda en este diván, es muy confortable, aunque levantando un poco las piernas me sentiría mejor, es mi postura favorita. Mire, doctor, prefiero empezar por el cabaret, es algo muy importante en mi vida y lo recuerdo con gran claridad. Ahora mismo cierro los ojos y lo estoy viendo. (Se oye música ligera, afrocubana) Sabe que ese lugar es muy importante en mi vida. Años después de dejar ese trabajo volví para visitar a mis amigas, ¡qué decepción! Mi memoria me mostraba siempre un lugar enorme, elegante, muy bien iluminado, y me encontré con una sala estrecha, oscura, con una barra diminuta a un costado y con apenas unas doce mesas. ¿Cómo nos metíamos nosotras entre Se supone que habla con el psiquiatralas sillas, los clientes, las mesas? Me pareció imposible y sin embargo lo hicimos montones de noches. Recorríamos la habitación bailando, pisando pies, resobándonos con la gente, dando empellones y recibiendo toda clase de toques de manos desconocidas. Comparado ese cabaretucho con los nigth club que conocí después daba pena, como para ponerse a llorar a gritos. Y ya no hagamos comparaciones con El Cisne, la boite que yo abrí. Hasta me dio vergüenza recordar que yo había trabajado tanto tiempo en ese sitio y que encima llevaba un nombre horroroso: La Bomba. Quedaba en Santa Beatriz. Un barro medio residencial donde estaba antes el hipódromo. (Ha cambiado de postura sentándose en el diván).

     UNA VOZ EN OFF.- (Sólo dice y en tono moderado) No se mueva.

     CELESTE.- (Vuelve a recostarse en el diván) Pero a La Bomba sólo iba gente de medio pelo. Yo era casi una niña cuando me contrataron, doctor, y la noche del debut estuve tan nerviosa que casi me caigo, me sujetó a tiempo otra chica que se convirtió en mi mejor amiga, la llamaban Sonia, pero ese no era su verdadero nombre, el suyo era Teresa. A mí no me cambiaron el nombre. Al empresario le gustó y me lo dejó. (La música siempre afrocubana va pasando de rumba a mambo, a guaracha, merengue, calipso, etc) El señor Calixto era un fresco, para saludar en vez de dar la mano daba una palmadita ahí detrás. Yo me ofendí la primera vez. Teresa me aconsejó que tuviera paciencia. Ella siempre me daba buenos consejos.

 

     (Se ilumina por un momento la zona oscura y se oscurece la del diván. Se ve una mujer vestida como una bailarina de cabaret. Se oyen los compases de una rumba cubana)

 

     TERESA.- No te molestes, Celeste, el señor Calixto es así, muy campechano. Pero no es mala gente. Ha ayudado a muchas chicas (Lleva el compás de la música mientras habla pero sin moverse del sitio que pisa). A la Jessica le consiguió un buen alojamiento, que luego se aprovechó, (Se levanta de hombros) la vida es eso, pues, hija. Nadie hace nada gratis. A la Nancy le arregló su problema con el banco. Tiene cosas de buena gente. Ya lo verás.

 

     (Se vuelve a apagar la luz de la zona donde estaba teresa y se ilumina la del diván)



     CELESTE.- Poco a poco me fui acostumbrando a esa forma de saludar de don Calixto. Lo malo es que si no se le frenaba a tiempo la mano quedaba olvidada en las posaderas de todas nosotras, las del coro, porque a las vedettes no se atrevía a tocarlas. (Pausa en la que ella levanta algo las piernas y se remueve en el diván) De eso han pasado diez años, doctor. En esos tiempos soñaba con un novio rico (Cambia la música, se escucha muy bajo la marcha nupcial de Mendelhson) que pagase todos mis caprichos. Les tenía envidia a las estrellas, a la Mara, a la Betty, a la Anacaona. A ellas les llegaban flores mandadas por sus admiradores. Me daba rabia y le decía a Teresa: Quisiera un novio pintón como Clark Gable y con mucha plata para que me regale flores, joyas, vestidos. Que me lleve de viaje por todo el mundo, sobre todo a Buenos Aires para conocer a Libertad Lamarque, a Hugo del Carril, a Sandrini. Ya había muerto Carlitos Gardel, yo era chiquita cuando se cayó el avión en que viajaba. También ir a New Cork. Pero lo que me atraía no eran los rascacielos, sino poder conocer a Clark Gable, a Errol Flynn, a Gary Cooper. ¡Qué churrascos!, como dicen los argentinos. Aunque después supe que esos actores siempre estaban en Hollywood y que éste sitio quedaba lejazos de Nueva York.

 

     (Se apaga por un momento la luz y al volver se verá que ha desaparecido la bata de médico y en su lugar se ha izado una pluma de tamaño suficientemente grande como para que se vea con claridad)

     (Un hombre -Pato-, está sentado de perfil al público en una esquina umbría. Se ve sólo la sombra del otro hombre que es quien escribe en la máquina y se sabe que fuma por el humo del cigarrillo)

 

A La Bomba sólo iba gente de medio pelo     PATO.- Claro que conocí y muy bien a Zaspárez, era mi jefe y estuve a sus órdenes varios años. Por supuesto que conocí a esa muchacha que dice usted. ¡Cómo no la iba a conocer si yo fui quien se la trajo al viejo! Mire, déjeme que sea yo quien ordene mis recuerdos. No me hago de rogar, lo que pasa es que hay cosas que no voy a decir. Yo soy hombre de principios, ¿sabe? Pueden haberle hablado mal de mí, siempre hay basura suelta. Además, trabajaba para el hombre más temido y más odiado del país. Pero yo siempre fui muy derecho. Yo sabía que a Zaspárez siempre tenía que obedecerle y al pie de la letra. Si me portaba bien con él hacía la vista gorda de algunas de las cosas en las que yo me metía. No me pregunte qué cosas, eso no lo voy a contar nunca. No eran chanchullos, sólo cachuelitos, porque el sueldo no era una maravilla y había que ayudarse, pues. Usted debe saber eso, porque a los periodistas tampoco les llenan los bolsillos cada fin de mes.

 

     (Se han apagado las luces de la zona donde estaba el Pato y se encienden las de la otra zona)

     (Un hombre fornido en mangas de camisa parece estar dando órdenes a otros que se supone se llevan muebles hacia la calle. El hombre, que habla como rugiendo, a veces está de espaldas, otras de frente o de perfil. Se supone que hay una puerta, que no se ve, por donde se van llevando los muebles hacia afuera)

 

     HOMBRE EN CAMISA.- ¡Vamos, carajo, más rápido! En cinco minutos no debe quedar ni una astilla en esta habitación. Todo al camión y del camión directo a la dirección que ha dado el Pato. ¡Entendido! (Pausa) No preguntar nada, se meten los muebles en la dirección que les he dado y sanseacabó. El Pato ya verá lo que hace con todo esto y con todo lo que tiene depositado desde hace tiempo en ese sitio.

 

     (La penumbra cubre la zona donde se transportaba muebles y vuelve a iluminar la figura de el Pato y la del periodista al que no se ve, pero que escribe a máquina y fuma)

 

     PATO.- De acuerdo, yo acepté esta entrevista con usted por cuarenta libras, poca cosa, pero los tiempos son malos, por eso le dije sí. Desde que Zaspárez dejó el ministerio todo se me ha puesto cuesta arriba. Ahora hay nuevos jefes, piensan de otra manera, tienen su gente de confianza. Y como yo he sido mano derecha de Zaspárez, me creen soplón, traidor, falso, si me lo han dicho a la cara y yo no les rompo el hocico porque sería peor. Mire, le voy a ser sincero, yo no soy del cuerpo, pero con Zaspárez era como si lo fuera. Él me llevó al ministerio, me dio misiones muy difíciles y yo cumplí. Eso sí, le fui leal hasta el último minuto. Por eso cuando se fue vinieron contra mí. Me botaron como a un perro. ¡No hay derecho a eso, hombre! Como si yo hubiese sido el causante de todo lo malo que dicen que hizo el General.

 

     (Vuelve a producirse el apagón en la parte donde conversaba el Pato con el periodista y se ilumina la otra zona)

     (Un individuo vestido de boxeador le pega a un saco de arena, se le ve de espaldas. Otro desde la penumbra le va dirigiendo)

 

     VOZ DE ENTRENADOR.- Pega más fuerte. Pega con las dos manos, hasta que no puedas mover los brazos de cansancio. ¡Sigue, sigue, no te pares, Pato! Para ser campeón hay que entrenar a fondo, ¿me has comprendido?

 

     (El boxeador hace caso de las indicaciones y golpea furioso el saco de arena)

     (La luz va decreciendo hasta que todo queda sumido en la oscuridad. Luego vuelve a iluminarse la zona donde conversan el Pato y el periodista)

 

     PATO.- Lo que necesitaba Zaspárez eran hombres recios como yo, que había boxeado y llegué a campeón de los welters en el torneo Interbarrios. Por eso me escogió y me convertí en su perro fiel. Nunca le fallé. Jamás le discutí. Además, para qué, si el hombre se las sabía todas, y cuando él daba una orden era porque se podía realizar lo que pedía. Él no mandaba a hacer imposibles, no era un loco, la gente ha deformado la realidad.

     VOZ DEL PERIODISTA EN OFF.- Al grano, ¿qué pasó en el Excélsior?

Quisiera un novio pintón como Clark Gable     PATO.- Bueno, de acuerdo hablemos de eso. Si me acuerdo de todo como si hubiese ocurrido hace un rato. Sí, lo del cine Excélsior. Había terminado la película, él iba con otro señor que no recuerdo su apellido y me llama. Me habla bajito para que el otro no manyara lo que me decía, pues. Me dio la orden de seguir a una pareja, de averiguarlo todo sobre ellos. Yo nunca los había visto, ni a él ni a ella. ¡Qué hembra, oiga usted! Yo inmediatamente pensé: aquí no hay gato encerrado, lo que pasa es que le ha gustado la chica. El trabajo me salió redondo. ¡Cómo no iba a confiar en mí! Siempre cumplía, hacía las cosas a su gusto.

 

     (Nuevo apagón. Un instante después se encienden luces en la otra zona)

     (Se ve discurrir tranquilamente a una pareja. La misma muchacha que ha estado en el diván con otra ropa y otro peinado. Van cogidos de la mano de un lado a otro del escenario)

 

     CELESTE.- Ay, amorcito, cómo es que no te ha gustado la peli, si Charles Boyer es tan buen actor. Oye, Roberto, ese que vimos al salir del cine no te pareció un señor muy conocido. Creo que he visto su foto en los periódicos. Creo que es uno que manda como si fuera Napoleón y que todo el mundo le tiene miedo.

     ROBERTO.- No sé. No vi a nadie. Sólo te miraba a ti. (Desaparecen)

 

     (La oscuridad vuelve a ocultar una zona e ilumina la otra)

     (En escena hay un personaje más, es un fotógrafo provisto de su cámara)

 

     PATO.- (Como asustado ante la aparición del fotógrafo) Nada de fotos conmigo. Si salgo retratado en Última Hora me van a reconocer y se van a acordar de mí. Ya me habían olvidado y así es mejor. Ese diario lo lee todo el mundo. Son capaces de botarme del trabajo que tengo ahora. Es en un banco. No, no de cajero, ¡qué va!, como tengo experiencia me dedico a calar a los sospechosos, me pagan un sueldito que me permite mantener a mi familia. (El fotógrafo retrocede unos pasos y no se decide a fotografiar al Pato) Volviendo a eso de la chica. Yo seguí a la pareja y descubrí dónde vivían, qué hacían, todo, todo, y mi jefe quedó muy contento. En confianza le diré que era una hembra como hecha más que de un pedazo de cielo de uno del infierno. ¡Qué hembra, carajo! No era para ese muchacho asustadizo que tenía como marido. Ella necesitaba tipos recios. Como yo, claro, hombre. Días después me enteré de que antes de casarse había sido bailarina. Porque Zaspárez quiso saberlo todo para atraparla bien, pues, como quien le echa lazo al cuello de una yegua salvaje. Si el viejo era una sota, se sabía todos los trucos para dominar a las hembras, a los políticos, a los banqueros, a todo el mundo, hombre.

 

     (Nuevo apagón total por un momento)

     (Al volver la claridad se descubrirá que del mástil ha desaparecido la pluma y se ha izado un kepis. Roberto, el hombre que iba cogido de la mano de Celeste, está delante de un escritorio. Habla como con temor. Se supone que hay alguien detrás del escritorio pero no se le ve)

 

     ROBERTO.- Mire, agente, perdón, así les llaman en la Argentina, qué le puedo decir que no le haya dicho. He estado siete años fuera del país. Llegué hace un mes. Estaba tan lleno de ilusiones. Ver a mi hijo, abrazar a mi madre. Convencido de que la empresa para la que trabajaba me readmitiría. Lo que sí me había propuesto había sido no volverla a ver a ella, ni siquiera preguntar por su paradero. Pero en cuanto puse pie en tierra sentí algo raro. (Se escucha el vals ‘Es mi Perú’) Me emocioné mucho al ver a toda la familia, a mi mejor amigo, Guillermo. Pero mi inquietud era por otra cosa. Fue ese Guillermo tan buen amigo, como le digo, quien me comunicó que ella ya no estaba en el país. Luego los parientes me llevaron en andas hasta el auto que habían alquilado y ya no pude seguir hablando con mi amigo.

 

     (Nuevo apagón e iluminación al fondo. Cambió la música, ahora se oyen los compases del tango ‘El viejo almacén’. Al principio no se ve a nadie, sólo se oye la voz de Guillermo que luego aparece en escena)

 

     GUILLERMO.- (Sólo la voz) Roberto, te mando unas libras para que puedas bailar con alguna porteña bonita. Olvídate de la gente de acá. Diviértete todo lo que puedas. (Aparece en escena. En otro tono y como si Roberto estuviera delante de él) No pienses más en ella. Cuando botaron al viejo del ministerio ella se fue a Chile. Ahora no sé por dónde andará. Olvídala hombre (Se vuelve a escuchar el vals ‘Es mi Perú’), no vale la pena. A los traidores se les mata o se les borra de la memoria. (Mientras habla se ve transcurrir la sombra de una mujer que es Celeste)

 

     (Lentamente se va oscureciendo esa porción del escenario e iluminándose la otra)

 

Seguí a la pareja y descubrí dónde vivían     ROBERTO.- Lo que más deseo es que desaparezca la ficha policial que me muestra como elemento subversivo. Eso es mentira. No es cierto que yo me ausentara de Lima para recibir instrucción militar clandestina. Nunca fui a la selva. Estuve fuera de Lima un año ayudando a un tío mío que no podía trabajar por enfermedad y tenía un negocio que atender, pero eso no es ser guerrillero. ¿Usted cree que esa ficha se podrá eliminar? Tengo miedo de que por error pueda ser utilizada otra vez. Aunque han pasado siete años. Mis horribles siete años en el exilio. Quiero que no vuelva ese infierno. Buenos Aires es lindo, pero sin dinero ninguna ciudad es bonita. Y hasta que uno consiga un trabajo los días parecen fieras dispuestas a devorarte.



     (Se vuelve a producir el cambio de iluminación)

     (Guillermo, el amigo de Roberto, toma una copa con otro acodados ambos en lo que se supone es la barra de un bar)



     GUILLERMO.- Pobre Roberto. Lo recuerdo el día que lo botaron del país. Fui a despedirlo pero no me dejaron que me acercara a él. Con uno de los policías que lo custodiaba le envié un par de libras que era todo lo que tenía, y un papelito en el que le decía que su mujer no había podido venir porque se lo había prohibido la policía. ¡Falso!

     AMIGO.- ¿Y por qué no fue la mujer al aeropuerto?

     GUILLERMO.- Ya estaba enredada con el viejo maldito. La verdad, ella intentaba salvarlo y por eso hizo lo que hizo y terminó en lo que terminó con Zaspárez. Después se olvidó totalmente de Roberto, creo que en los primeros meses, cuando él estaba en Buenos Aires sin trabajo, comiéndose las uñas ella le mandaba algo, pero no directamente, a veces la madre me daba unos billetes y yo le añadía alguno más y se los enviaba, pero después se volvió una ambiciosa y cosas peores.

 

     (Nuevo cambio de luces. Se ve otra vez a Roberto delante del escritorio y se calcula que el policía sigue al otro lado de ese mueble)

 

     ROBERTO.- ¿Tendré que esperar mucho rato la llegada del comisario? (Un muchacho trae dos tazas de café. Una queda delante de Roberto, la otra es para el guardia que siempre permanece oculto) Muchas gracias, un café siempre entona. En Buenos Aires había días que no tenía ni para un café. Un amigo decía que pobre era el que no tenía ni para tomarse un café. He traído todos los papeles que me han pedido y me identifican. Estoy seguro de que cuando sepa que se ha destruido esa ficha mi suerte cambiará radicalmente.

 

     (Hay un doble pestañeo de la luz que da tiempo para que los personajes desaparezcan)

     (Al regresar la luz se verá que hay una sotana izada en el mástil y que una mujer de unos sesenta años arrodillada en lo que podría ser un confesionario se dispone a iniciar su confesión)

 

     JUANA.- Padre, usted sabe que por lo hijos se hacen sacrificios, pero cuando una es pobre, padre... Yo le insistí tanto a la Celeste que se fijara en un muchacho decente, trabajador. Que dejase ese cabaret donde iban hombres pervertidos. Ya sé que para vivir cómodamente qué mejor que un hombre con plata. Un amante. ¡Ay, perdón padre! La pobreza nos hace decir disparates. La verdad, ella se casó con un buen chico que su único defecto era que ganaba un sueldito de nada. No vivían mal pero ella no era feliz. Siempre protestando porque no tenía buena ropa, que no la llevaba a buenos restaurantes, que no se animaba a hacerse el préstamo que les permitiera realizar un viaje largo. Por eso cuando lo mandaron deportado no le dolió mucho, bueno, al principio se desesperó pero le pasó pronto. Yo estaba enterada sólo a medias de por qué lo botaban y quién lo botaba. Cuando supe de quién se trataba intuí que mi hija en adelante tendría todo lo que Roberto no le había podido dar. No había necesidad de ser bruja para darse cuenta de lo que le esperaba... Ya lo sé padre, ya sé que eso es pecado, pero cuando una es pobre pasa eso, padre. Hace muchos años que no me confieso, los que tiene mi hija ahora. Sí, sí, vergonzoso, padre. Hay pecados que no me acuerdo, y otros que me da vergüenza contárselos. Yo trabajaba en la casa de un abogado muy famoso, y su mujer, la señora Ana, me trataba con mucha estimación. Pero eso se terminó un día, padre. Sí, se lo voy a contar, padre. Fue el día que la señora me regaló un vestido suyo casi nuevo, qué tela tan fina. Me quedaba como si lo hubiesen hecho para mí. Yo era jovencita, padre, y delgadita, y dicen que también bonita.

 

     (Otro apagón para permitir el cambio de personajes)

     (Se verá en escena una mujer joven, Juana, representada por la misma actriz que hace de Celeste. En ese momento se está probando un vestido muy escotado y mirándose en un espejo ovalado casi de cuerpo entero. En el instante en que se dispone a quitárselo llega el dueño de casa, don Braulio)

 

     SEÑOR BRAULIO.- ¿Qué ropas son esas Juana? (Se le aproxima y le pone una mano sobre el hombro desnudo) ¿Por qué te vistes con la ropa de mi mujer? (La mano empieza un recorrido por la espalda de Juana hacia abajo)

     JUANA.- (Nerviosa termina de quitarse el vestido como si fuera un animal que se saca de encima) La señora me lo ha regalado señor Braulio. Usted perdone, me lo quito en seguida.

 

     (El señor enlaza la cintura de la chica y la besa)

     (Se apagan las luces y vuelve a iluminarse la escena anterior)

 

     JUANA.- Así nació Celeste, padre. Ay, qué vergüenza, padre. Pero a los pobres nos pasa eso, en cambio a los ricos nunca les ocurre una cosa así....Sí, padre, sé que puedo irme al infierno, padre... pero que a mi Celeste no le pase nada. Pero lo peor, padre, vino después, cuando la señora se dio cuenta de que mi vientre abultaba mucho. Y cuando descubrió la verdad a su señor no le dijo nada, siempre muy mansita y obediente con él, pero conmigo fue una fiera, padre. Un día hasta cogió un foete que no sé de dónde sacó y me dio buenos foetazos, padre. Hasta ahora cuando me acuerdo me duelen esos golpes. Y cuando ya había nacido la criatura el señor Braulio me daba algo para comprarle leche y ropita, pero cuando tuvo un año la niña ya no quiso saber nada de mí.

 

    (Nuevo apagón para iluminar la otra parte del escenario)

     (En escena nuevamente Juana y el señor Braulio. Ella lleva en brazos un bulto que se supone es su hija)

 

     SEÑOR BRAULIO.- Cómo se te ocurre traerla aquí con tanta gente importante que viene a visitarme.

     JUANA.- No tengo con quien dejarla, pues Braulio, perdón, don Braulio. (Gimotea ella)

     SEÑOR BRAULIO.- (Alcanzándole un sobre) Toma estas libras y desaparece, y no quiero verte más por aquí, ni con niña ni sin niña. (Se aleja despreciativo)

     JUANA.- ¿No quiere decirle nada a su hijita, señor Braulio? (Lo dice muy flojo cuando él ha desaparecido, luego en el mismo tono) Braulio, mal padre, ojalá te vayas al infierno.

 

    (Cambio de luces. Nuevamente en la zona delantera, los mismos personajes. Juana ante un confesionario y un sacerdote que se supone dentro de ese mueble)

 

Buenos Aires es lindo, pero sin dinero ninguna ciudad es bonita     JUANA.- Nunca le dije a la Celeste quién era su papá, padre. Ella llamaba papá a mi marido, bueno, no estábamos casados, pero era pues, mi marido, padre... Sí ya sé que es pecado, padre, pero a los pobres nos obligan a pecar, padre... Yo lavaba y planchaba ropa en muchos sitios, y él era albañil y con lo que ganaba me ayudaba mucho... Ya sé, padrecito, ya sé que no me salvaré, estoy condenado a ir al infierno. A lo mejor Papalindo se apiada de mí, se da cuenta de que la culpa de todo la tiene la pobreza, padrecito... Ay, padre, creí que se lo había dicho, claro que me opuse a que la Celeste trabajara en ese cabaret. Cuando me enteré porque ella me lo ocultaba, me decía que trabajaba de secretaria de un señor escritor, ya sabe, esos señores viven de noche, pero mentira, un día se le olvidó quitarse las pinturas de la cara y ahí la descubrí. Yo nunca le di malos ejemplos, padre. Le enseñaba a rezar, a respetar, todo lo que debe ser una buena chica, y nunca pensé que pudiera trabajar en un cabaret y enseñándolo todo, como Dios la trajo al mundo... No, padre, eso no pasó nunca, el Anselmo, mi marido, la quería mucho, pero jamás se propasó con ella. Se lo juro, padre. La Celeste me lo hubiera dicho... Ay, padre, sí ya sé eso de que la dicha está en el cielo, y si ahí tampoco está y los pobres seguimos siendo pobres... Perdón, padre, he dicho una herejía, perdón...

 

     (Las últimas palabras de Juana las dice ya con la luz apagada. Cuando esa zona se vuelve a iluminar se verá a Celeste siempre en el diván. En el asta se ha izado nuevamente la bata del médico)

 

     CELESTE.- Tenía diecinueve años, doctor, cuando empecé a trabajar en el cabaret, y me acostumbré bien pronto. Me ayudó mucho la Teresa, que ya llevaba como cinco años en lo mismo. Ella tenía un novio sesentón. Un viejo podrido en plata que venía a buscarla cuando terminaba la función, venía en un carro impresionante de grande y caro. Yo le decía a la Teresa que estaba muy bien lo de los regalos y los viajes a los que la llevaba pero tan viejo, doctor.

 

     (Nuevo cambio de escenario con apagón correspondiente. En la nueva escena se verá a una bailarina, Teresa, desmaquillándose delante de un espejo. Canturrea algo que no se entiende y se oyen lejanos compases de un merengue)

 

     CELESTE.- (Aparece por el fondo vestida de bailarina y se sienta en la silla que hay junto a Teresa para también desmaquillarse) ¿Ya habrá llegado tu peor es nada, Tere?

     TERESA.- Ay, hija no me lo maltrates así. Tiene cara de pocos amigos, pero conmigo es como un caramelo de tan dulce.

     CELESTE.- (Ahuecando la voz) Oye, ¿y cumple como Dios manda? (Cierra un ojo) Porque a esa edad, hija. Dentro de un tiempo te vas a tener que buscar un suplente. (Se oyen risas de las dos con la luz apagada)

 

    (Nuevo cambio de luces)

    (Se volverá a ver a Celeste, que continúa en el diván)

 

     CELESTE.- (Las primeras palabras las dice cuando aún no se han encendido las luces) Ya lo sé doctor, pero déjeme seguir mi orden, enseguida le hablaré de mi marido, quiero decir de Roberto, y después lo del cine Excélsior, que a usted tanto le interesa. Mire, doctor, no me gusta hablar de Roberto, ni de mi mamá, ni de mi hijo, me entra una angustia enorme, como si me quedara sola en el mundo, una cosa así. Si yo no soy una sinvergüenza, y eso otro más grave que me dijeron muchos como insultándome, como despreciándome. Se lo cuento doctor para que se quede tranquilo.

     VOZ DEL PSIQUIATRA EN OFF.- ¿Cómo conoció a su marido?

    CELESTE.- Mire doctor, Roberto se cruzó en mi camino de forma casual. El noviazgo comenzó con una mentira mía. Cómo le iba a decir que era una cabaretera. Si a él lo veía como a un niño bien, muy arregladito, muy educadito, hablándome de sus viajes por el norte, y de las películas recién estrenadas que había visto. Yo disimulaba que me gustaba mucho, ya usted sabe eso de que el que se enamora pierde. Así que me hacía la desentendida pero tenía mucho cuidado con lo que le decía y con lo que hacía delante de él.

 

     (Tras el cambio de luces la escena se traslada al otro ambiente)

     (Se verá a Roberto hablando con su amigo Guillermo)

 

Teresa, desmaquillándose frente al espejo     GUILLERMO.- ¿Estás seguro de que trabaja en un cabaret? ¿Quieres decir que es bailarina? (Abandona el tono de sorpresa) ¿Te lo ha dicho ella? A lo mejor es coreógrafa o la secretaria del dueño.

     ROBERTO.- (Con evidente tono apesadumbrado) No, es bailarina, me lo dijeron y a ella no le quedó más remedio que aceptar cuando se lo pregunté.

    GUILLERMO.- ¿Seguirás siendo su novio? ¿Sabes en qué cabaret trabaja? ¿La has visto bailar?

    ROBERTO.- (Mueve la cabeza aceptando. Luego en tono afectado) Sí, estoy muy enamorado. Me ha asegurado que dejará el trabajo muy pronto. La he visto bailar y seguiré yendo todas las noches a recogerla. (Hace una pausa para superar lo dolorosa que ha sido la confesión) El cabaret es una mazmorra. El público todo masculino se aprovecha de las chicas cuando ellas bailan entre las mesas. Por eso a la tercera vez decidí esperarla en la calle. A veces mato el tiempo conversando con el portero, un negrazo muy buena gente, vestido de rojo que ya me conoce muy bien. Perico, se llama. Me ha asegurado que nunca ha tenido un conflicto con nadie, que es la más formalita de todas y que si alguien se propasara con ella él saldrá en su defensa.

 

     (Nuevamente la escena del diván tras el respectivo cambio de luces)

 

     CELESTE.- (Se ha sentado con las piernas cruzadas. Parece sentirse más cómoda así que echada) Le digo la verdad, doctor. Cuando fui a ver al Director de Gobierno, yo no sabía bien su nombre, ni si era buena gente o no. Él me mandó llamar a través de ese que llaman Pato, y yo fui, se lo juro, pensando en salvar a mi marido. Qué me iba a imaginar lo que vendría después. (Entre excitada y apenada) En esos momentos me sentía como una náufraga que lo ha perdido todo. Yo no trabajaba, vivíamos modestamente del sueldo de Roberto. En ningún momento pensé que la solución podía ser volver al cabaret, ya me había curado del atractivo que había tenido ese sitio para mí. Bueno, usted sabe lo que ocurrió casi desde el principio. Él es muy directo con todos y lo fue conmigo, no entra en vainas, y a mí, doctor, qué me quedaba. Me defendí como pude, le dije no varias veces. Pero al final una es débil, estaba sola, quería que Roberto saliera de la cárcel. Y si ese era el remedio... (Parece que se le acabara la voz)

     VOZ EN OFF DEL MÉDICO.- ¿Qué sentimientos tenía para con ese hombre?

     CELESTE.- Yo nunca estuve enamorada de él. Y no porque no tuviera aspecto de galán, mire, doctor, la verdad, a mí los viejos siempre me resultaron repulsivos. Pero este tenía sus secretos en la intimidad. (Se ha vuelto a animar) La primera vez fue terrible, lloré como una magdalena mientras él estaba en el Paraíso. Poco a poco me fui acostumbrando como pasa con todo. (Se vuelve a recostar en el diván) Sí, doctor, Zaspárez me engañó como a una recién nacida. Me aseguró que Roberto quedaría libre después de esa primera vez, ¡mentira! Pasó un mes y otro, y al tercer mes lo deportaron y yo ya estaba instalada en un chalet como los que se ve en los cines, con buena ropa, algunas joyas, automóvil con chofer, cocinera, ama de llaves, todas las comodidades.

 

    (Otra vez cambio de escenario. Se verá al Pato hablando con Teresa vestida de calle)

 

     PATO.- Dile a tu amiga que no sea sonsa, si Zaspárez no es un ogro. Es bien agradecido con los que lo ayudan. Él me ha protegido como a un hijo y ahora vivo bien con mi familia. A ella le pondrá buena casa, la rodeará de todas las comodidades. Qué más quiere.

     TERESA.- Pero Celeste está enamorada de su marido. Si ha hecho ese sacrificio ha sido por Roberto. Y ese viejo de Zaspárez no tiene cuando dejarlo salir de la cárcel.

    PATO.- (Gesticulando para conseguir convencerla) Le tienes que hablar de mujer a mujer a Celeste y decirle que se deje de lloriquear, que se olvide del marido, y que le saque provecho de la nueva amistad. Y ya verás cómo no le va a pesar. Hasta me lo va a agradecer.

 

     (Nuevamente en la consulta del médico)

 

¿Nos tomamos un whisky?     CELESTE.- (Está recostada en el diván. A ratos se excita al hablar) No sé para qué tengo que contarle eso doctor, bueno, si a usted le parece. Sí, la primera vez fue en su oficina. Bueno, justo al lado, en un cuartito muy arregladito que tenía para eso, el muy sinvergüenza. Después me llevaba a hoteles, a una casa media vacía que tenía camino de Chosica, a muchos sitios. Procuraba elegir lugares alejados de la ciudad, y también en horas en que hubiera poca gente. (En tono muy resuelto) Cuando salí del cuartito, llorosa, igual que si me hubiesen violado, le dije sin mirarlo a la cara que ya lo había conseguido, que ahora lo que tenía que hacer era soltar a mi marido. Me dijo que sería cosa de días. Y después fue cosa de semanas y meses. Me aseguraba que lo habían encerrado por asuntos políticos, que había pruebas de que estaba contra el General, que iba a participar en un atentado. Yo no me lo podía creer, si Roberto siempre fue muy pacífico, jamás habló de política y menos del General. Lo único que conseguí fue que me lo dejaran ver. Lo vi tan hundido, tan poca cosa, que créame doctor, me dio rabia. Y cuando lo mandaron a la Argentina no me dejaron ir a despedirlo. Bueno, yo tampoco tenía muchas ganas de verlo.

 

    (Apagón largo y cambio de personajes en el mismo escenario. Cuando vuelve la luz conversan el Pato y el periodista. El fotógrafo capta unas instantáneas como a escondidas y se va)

 

     PATO.- Yo qué iba a saber para qué quería que descubriera dónde vivían y quiénes eran. Me dijo el gran jefe esa noche en el cine, averigua quiénes son, y yo no paré hasta no volver con el dato. No fue fácil, tardé un par de días. Y él no dejó pasar ni dos horas en mandar una pareja de polis a la casa donde vivían y enseguidita lo enchironaron. No sé si le dijeron aprista o comunista para mí que no me interesa la política es lo mismo. Dicen que encontraron armas en su casa, y propaganda de esa que llaman subversiva, contra el General. Pobre hombre, se tuvo que comer unos meses encerrado y después afuera, y sin mujer para siempre. ¡Qué fiera, el gran jefe! Pero la vida es así, señor periodista, y usted lo sabe bien. El pez grande se come al chico. Siempre fue lo mismo. (Pausa, luego algo alterado) No, no me insista. Yo le voy a contar cómo era Zaspárez, sus enredos, todo, pero podría darme unas cuantas libras más, hombre, su diario gana harta plata, qué les cuesta darme el doble, por cuarenta cochinas libras quieren que desembuche todo, no es justo, pues.

 

    (Cambio de escenario. Un policía de servicio en una esquina lee un diario y mira levantando los ojos por sobre los papeles que tiene en la mano. Luego se le acerca el Pato)

 

    POLI.- (Plegando el periódico) Qué hay Pato. ¿Te da mucho trabajo tu jefe?

    PATO.- Un montón, anoche no pude dormir. (Bosteza) Primero llevarlo al palacio para que hable con el General. Después, a comer con unos señorones de la política. Eso duró como hasta las dos de la mañana. Y de ahí donde una de las hembritas que tiene. El hombre a pesar de los años es todo un atleta, pues.

     POLI.- (Muy interesado) ¿Tiene varias queridas? ¿Y están buenas?

     PATO.- Como media docena. Y la última es mejor que la Ava Gardner, hombre. A esa le ha puesto un chalet por San Miguel, le hace unos regalos de la jipijapa, y le manda plata a la familia. Si yo soy el que le llevo el sobre a la vieja de la chicoca, cómo no voy a saber.

    POLI.- (En voz queda) Oye, Pato, se habla bastante de unos negocios que le dejan mucha plata. Cosas que esconden para que los periodistas no sepan y no publiquen nada. ¿Qué sabes de eso?

 

     (El Pato hace un gesto como diciendo que está afónico y no puede contestar; el otro exhibe una sonrisa aceptando)

     (Vuelve la luz al sitio donde conversaba con el periodista. El Pato aparece después trayendo unos papeles que muestra desde lejos)

 

     PATO.- (Aún sin aparecer en escena) Ahora va a ver usted unas fotos sensacionales. (Aparece el Pato mostrando unas fotos, y trayendo en la otra mano una buena cantidad de papeles) Quién va a decir que este viejito que está en la foto con tremenda hembra no es buena gente. Parece una mansa paloma al lado de un monumento como ese que le quitó al pusilánime del Roberto, creo que así se llamaba. Dicen que ha vuelto el hombre, seguro que seguirá enamorado de su mujer, pero ella y el viejo ya volaron, como saben todos. Él para un lado, ella para otro. No sé si han quedado en verse en algún sitio. Todo fue tan rápido que no pude ni preguntarle nada. Como despedida metió la mano en un enorme portafolios que llevaba, sacó un manojo de billetes y me lo dio. Bien derecho conmigo hasta el final, hombre. ¿No le parece?

    VOZ DEL PERIODISTA EN OFF.- ¿Qué documentos son esos?

    PATO.- Estas son cartas que se mandaban entre el viejo y la cabaretera esa y otras todavía más comprometedoras. Pero ni las fotos de ella con él, ni de ella en el cabaret con otro, ni las cartas de varios políticos se las puedo dejar. (Pausa) De ninguna manera, ni de a vainas, hombre, esto vale oro. Si usted publica esto lo condecoran. Nadie lo sabe. Y yo le puedo contar cosas para hacer una novela, pero si usted afloja más libras. Le contaré sobre los negocios que se montaron cuando él estaba en el poder. Bueno, la verdad, él no hacía nada, lo hacían otros, y él los dejaba, miraba para otro lado para no enterarse de nada. Claro, después le agradecían. (Pausa) No, hombre, con sobres no, eso para los pelagatos como yo. Directo a su cuenta del banco. Dicen que al extranjero también, no me acuerdo del nombre, es como de un licor, hombre, ¡eso, eso, Ginebra! Ahí dicen que le mandaban la plata. Se las sabía todas el viejo. Si era como mi padre. Hombre, yo cumplía con todo y él me daba la propina, pues, y qué propina. Pero volviendo a estos papeles, no los suelto, se los dejaría ver si usted promete más libras y que no escribirá nada de esto en su periódico. Hay secretos que no los sabía ni el General que ya se fue. (Queda mirando ansioso al periodista en espera de respuesta)

 

    (Se apagan luces y se encienden otras)

    (En escena Juana, madre de Celeste, leyendo una carta, luego entra el Pato)

 

Hace unos negocios terribles y su fortuna es impresionante    JUANA.- (Aún sola, con voz quebradiza) No puede ser, Dios mío. No puede ser. (Mira hacia el cielo en actitud de súplica)

    PATO.- (Entrando en escena) ¿Cómo está señora, Juana? ¿Cómo va la salud, cómo está el nietecito? Le traigo lo de todos los meses. (Saca un sobre del bolsillo) Esta vez el sobre es bien gordito. (Juega a dárselo y quitárselo a la vez, hasta que lo deja en las manos de la mujer)

    JUANA.- (Guarda presta el sobre en su seno) Qué sería de mí si usted no me trajera esto todos los meses. Pero hoy estoy tan asustada que no me hace ninguna gracia que el sobre sea más abultado que otras veces. (Muestra la carta, pero no se la entrega)

    PATO.- ¿Una carta de amor, señora Juana? ¿Tiene un novio a la vista? Mis felicitaciones, eso es para celebrarlo con una buena cervecita.

    JUANA.- Cómo se le ocurre eso, Pato. Soy vieja y decente. Es una carta tan triste. (Al ver que el Pato quiere leerla la aleja de su vista) Las cartas son personales, oiga usted, eso se tiene que respetar. Es de mi hija. Nunca pensé que iba a hacer lo que está haciendo. No, no, no he dicho nada. (Guarda la carta y se aleja dejando al Pato con la palabra en la boca)

 

    (Vuelve la luz a la parte delantera del escenario)

    (Nuevamente se verá al periodista -que siempre quedará oculto- y al Pato)

 

    PATO.- Así que no me da ni una libra más. Pues bien, no se llevará estos tesoros. (Se guarda las fotos y las cartas) Usted pierde. Tan vivos que son los del diario Última Hora y son incapaces de pagar unas cuantas libritas más. Qué se va a hacer. (Pausa) Sí, hombre con veinte libras más le dejo, pero sólo prestadas, las dos fotos, y por otras veinte permito que lea las cartas. Si le interesan se las dejaría para que las publique en su periódico, pero previo pago de una buena cantidad, pues, hombre. Uno se ha quedado sin empleo del bueno. Ahora me gano algo en un banco, como detective, para eso uno tiene experiencia. ¿Qué me dice? ¿Agarra viaje con mi propuesta? (Pausa) Usted no suelta ni agua, después le va a pesar. ¿Cómo dice? Ah, que le diga quién firma las cartas. Bueno, de una sí le diré, la Celeste, la que enloqueció a Zaspárez, está dirigida a su mamá, pero no le voy a decir el contenido, hombre, primero saltarín con el molido, luego, ya se verá. Son seis cartas entre ella y el viejo, a veinte libras por carta (Suma con los dedos), ciento veinte. No, eso es muy poco, se las dejo a veinticinco libras por carta. Y las otras como son más importantes a treinta libras cada una. Cuento hasta diez y si no hay respuesta doy media vuelta y me voy. (Empieza a contar, primero enérgico y en voz alta, luego baja el tono y el ritmo) Uno, dos, tres, cuatro, (Se comienza a apagar la luz) cinco, seis, siete, ocho...

 

     (Apagón total. Se oye la voz del Pato que llega a contar hasta nueve. Luego hay silencio. El telón empieza a caer lentamente)

 

 

 

 

 

SEGUNDO ACTO

 

     (El decorado ha cambiado. Se verán dos puertas algo estrechas, numeradas de izquierda a derecha. Sobre la primera un letrero que dice HOY. Sobre la segunda otro letrero en el que se lee AYER. Ambas puertas están situadas al fondo del escenario y son iguales. Delante de las puertas hay algunos muebles y otros elementos como una mesa redonda, dos o tres sillas desperdigadas, un pequeño armario sin puertas en el que se ve ropa femenina. Algunos pares de zapatos de mujer delante del armario. En un extremo un sofá, encima muchos cojines de colores. Junto al sofá un pequeño bar con dos taburetes. Se ve detrás unas cuantas botellas y vasos. En el otro extremo un farol colgando de un poste, y simulando una esquina, y un banco público)

     (Al levantarse el telón no hay nadie en escena. Unos instantes después se oirá un mambo y la voz de Pérez Prado contando y cantando: uno, dos, tres, cuando llega a diez y dice “¡Mambo!”, se abre la puerta dos y salen a escena Celeste en primer término y su amiga Teresa, ambas vestidas de calle. Van hablando y aproximándose lentamente hacia el sofá)

     (Sobre cada puerta habrá un farolillo iluminando las palabras HOY y AYER, y cada vez que entre o salga una persona el farolillo respectivo se iluminará por un instante)

 

    CELESTE.- ¿Quién te ha contado esas historias? Me dejas boquiabierta con todo lo que sabes.

    TERESA.- Ay, chola, si eso es vox populi, lo sabe todo el mundo. Dicen que ha hecho una fortuna, y la forma como la ha hecho, y más cosas. (Llegan al sofá y se sientan utilizando cojines para estar más cómodas) Y también de sus amoríos, no te lo quería decir, pero no hay que hacer caso, ya sabes cómo es la gente.

Si hay parné todo está resuelto    CELESTE.- (Sin disimular sus nervios) Te juro que se la haré pasar muy mal esta noche, sobre todo si compruebo lo que me dices de que hay otras en su vida. (Mirando hacia el bar) ¿Nos tomamos un whisky? A ti te gustaba cuando estábamos en La Bomba. (Nuevamente algo sulfurada) Y de sus negocios qué dicen. (Se levanta y se dispone a servir whisky)

    TERESA.- ¿Sabes que desde que dejé el cabaret no he probado ni una copa? Mi viejo no me deja tomar alcohol y me ha pedido que sólo baile para él. (Lo dice en medio de fingidos ademanes de puritanismo) No me deja que enseñe ni los tobillos. (Se ríe burlona) ¿Te acuerdas en La Bomba? Lo enseñábamos todo. (Más risas y sobre todo más estridentes)

    CELESTE.- Muy atinado tu novio viejo. (Le alcanza el vaso de whisky) Hace tiempo que debió haber tomado la decisión de vivir contigo, no sé por qué ha esperado tanto. (Se vuelve a sentar en el sofá)

    TERESA.- Me lo venía insinuando desde por lo menos dos años atrás, pero a mí el ambiente de la farándula me tira, hija. Ya sé que no es bueno, que se gana miserias, que nos explotan, y sin embargo me costó trabajo dejarlo. (Prueba el whisky) ¡Uy, qué fuerte! Ya me había desacostumbrado.

    CELESTE.- (Bebe sin hacer aspavientos) Cuando me casé con Roberto él me hizo jurar que dejaría La Bomba, y cumplí. Cuando me metí con éste, no me hizo jurar nada, me lo ordenó. Es un mandón horroroso y hay obedecerle, qué remedio. Pero conmigo es una seda. Y si me ve media molesta por algo, se desvive por hacerme sonreír. (Bajando la voz) Pero yo me pego cada escapada nocturna.

    TERESA.- ¿Oye, y viene a verte todas las noches? ¿Y a dónde vas? ¿No me irás a decir que tienes otro? ¡Ay, Celes, no hagas eso! Si la estás pasando tan bien aquí. Cómo perderse una vida como esta.

    CELESTE.- No la perderé aunque quiera, este viejo está sonso por mí. Viene casi todas las noches, digamos cinco o seis a la semana. (Se queda un instante tratando de recordar) Dejó de venir la noche en que el General se rompió una pierna, dicen que bajando las escaleras, ¡ja!, bailando marineras sobre una mesa, en plena farra. Eso sí, llamó para disculparse, y al día siguiente se presentó trayéndome un vestido hermosísimo.

    TERESA.- ¿Tiene buen gusto o la ropa que te regala la compra alguna secretaria?

    CELESTE.- Nada de secretarias, sería una ofensa. Pero suelta de una vez. ¿Qué se dice sobre Zaspárez, de los chanchullos y de las mujeres? Quiero que me lo cuentes todo, yo aquí encerrada no me entero de nada.

    TERESA.- Pero no lo tomes en serio, chola. Dicen que tiene un harén, y que hace unos negocios terribles y su fortuna es impresionante. ¿Cómo hablas de estar encerrada en este palacio? Si me acabas de decir que te pegas las grandes escapadas. No entiendo. ¿Si viene casi todas las noches cómo te las arreglas?

    CELESTE.- Hablas de tiempo pasado, Tere, Zaspárez tenía un harén, pero yo he conseguido eliminárselo. Y eso de las escapadas no lo tomes tan en serio, soy una exagerada. Media docena de veces. Alguna noche que se tiene que ir temprano o que llega a las cinco de la mañana, pero me avisa antes que se va a retrasar. Me voy a El Cisne, ya sabes, la boite que él me ha puesto para que tenga unos ingresos, no para que la frecuente. Me distraigo un poco, estoy un par de horitas y me vengo muy contenta. (Casi en secreto y acercándose a la oreja de su amiga) Una noche no me pude contener y salí a bailar como en nuestros tiempos. Si Zaspárez se entera me mata. (Trata de ahogar la risa tapándose la boca)

    TERESA.- No juegues con eso, chola. Si te chapa en pleno baile se te acaba la gran vida. Ya sabes que las paredes hablan, lo que quiere decir que cualquiera puede pasarle el dato y un día te dice esta noche no voy a verte y te lo encuentras en El Cisne.

    CELESTE.- Tengo mucho cuidado cuando salgo. El Pato, que es un sinvergüenza pero simpático, me ayuda en esto y otro más que tú no conoces… (Tras una pausa) A ver, dile a tu amiga del alma todo lo que sabes de los chanchullos de Zaspárez que se dicen por ahí, no calles nada, ah. (El tono es imperativo aunque suavizado con una sonrisa)

    TERESA.- Cómo se te ocurre, cholita. Yo no sé nada. Esos son runrunes que corren por la calle y nada más. Mira, dicen que él cobra por cada chino que entra clandestino al país. Ya sabes que tienen prohibida la entrada. Que hace vender los autos y todo lo que les decomisan a los que están contra el General. (Quiere decir algo, pero duda) Bueno, te lo digo, que tiene casas malas. De esas, ya tú sabes. Y más cosas. Pero no hay que creer todo, la gente es muy mala, siempre exagera. De todo eso hay que creer la mitad, menos de la mitad.

Luego te mostraré las joyas    CELESTE.- (Casi a gritos) ¡Mentira! Eso es pura envidia. (Más calmada) A lo mejor algún bar. O hablarán de El Cisne. Yo controlo ese negocio, no ves que me lo puso para mí. Voy por las tardes a ver la caja, hablo con el director. Es un figurín, hija, tirito cuando lo veo. Una noche me sacó a bailar, la pista estaba llena y no se notaba una pareja más. Pero otra noche fue él quien me insinuó que bailara para el público. Me hice de rogar un poco pero bien que me gustaba. Eso sí, me confundí entre las del coro, nada de bailar sola.

    TERESA.- Ay, a mí también me gustaría hacer lo mismo, pero yo no tengo esas oportunidades tuyas. ¿Me llevarás algún día a tu boite? ¿Y ese director tan buen mozo? ¿No te acusará al señor Zaspárez?

     CELESTE.- (Eufórica) ¡Qué va! Si a él no le conviene, no ves que está templado de mí como cuerda de guitarra. (Muy quedo) Si a veces en vez de ir yo a El Cisne él se viene acá. (Se ha ido apagando la luz que se proyectaba sobre las dos mujeres y las últimas palabras se escuchan, pero casi no se las ve)

 

    (Se abre la puerta número uno y sale por ella el Pato. Revolotea por el escenario y termina sentándose en una de las sillas que hay junto a la única mesa. Suenan los compases de un vals criollo y cuando aparece Roberto por la misma puerta cambia la música y se oye un tango. Siempre sonando muy bajo)

 

    PATO.- (Le hace señas a Roberto para que se acerque) Siéntese aquí, tenemos mucho que conversar. Ya sé que está haciendo trámites para que eliminen la ficha que le abrieron durante los años de Zaspárez. Yo lo puedo ayudar en eso.

   ROBERTO.- Necesito arreglar ese asunto pero yo no conozco a nadie en la Policía. Lo que yo quiero es que esa ficha se destruya, que desaparezca totalmente. Que el día de mañana alguien la vaya a descubrir y mostrarla como si yo fuera un apestado.

    PATO.- Yo de esto sé mucho, hace bien en recurrir a mí. Espere un par de días, es lo que tardará en volver de vacaciones un amigo mío que tiene que ver justo con lo que usted necesita Se le untan las bisagras de la mano y todo arreglado en un minuto. Si las cosas siempre han sido así, hombre. Con este presidente y con los anteriores. Mucho hablar mal de Zaspárez, que se ha ido multimillonario, que ganaba a manos llenas con el contrabando, con la prostitución. ¡Mentira! Algo hacía, no era santo, pero todo eso que dicen, ¡falso!

 

    (De las tinieblas sale un mozo que les pregunta qué van a consumir)

 

    ROBERTO.- ¿Tiene grapa? (Consulta con cierta timidez)

    PATO.- (Lo interrumpe) Tómese un pisco, hombre, aquí eso que ha pedido no hay. (Tras breve pausa) También me moveré con respecto a lo que me dijo por teléfono, no es fácil pero con paciencia y billetes se consigue.

    ROBERTO.- ¿A qué se refiere? ¿A ella? ¿Al trabajo?

     PATO.- A las dos cosas. (El mozo trae las copas y las coloca sobre la mesa) Lo del trabajo es peliagudo pero se conseguirá, usted confíe en mí. Yo me las sé todas, no ve que he tenido una buena escuela. Y lo otro, calma, hombre, lo sabré, si estoy en contacto con gente de copete que lo saben todo de todos los del régimen anterior. Ya lo verá.

    ROBERTO.- No es que yo la quiera ver, no me interesa volver a tener nada con ella, pero es por mi hijo, ¿comprende? Los niños siempre quieren ver a su mamá, y al mío ya no sabemos qué decirle para que se tranquilice.

    PATO.- Se lo averiguaré, hombre, no se preocupe. Ciudad, dirección, barrio, amistades, lo que usted quiera. Si hay parné todo está resuelto. Dos libras por aquí, tres por allá, y las cosas caminan más rápido que el viento.

    ROBERTO.- (Con voz de timorato) Mire usted, señor, Pa (Duda en terminar el nombre), yo dinero no tengo, por ahora sólo el que me presta un amigo, y el que con esfuerzo consigue mi madre.

    PATO.- Dígame Pato, hombre, si todos me conocen por ese nombre, me lo dicen desde chiquito, dicen que yo andaba como un pato y se me quedó el nombre. Bueno, eso de la plata habrá que revisarlo mucho, oiga usted, ya le digo sin vento no hay salida para nada. Ese es el lenguaje que entiende la mayoría, pues, hombre. Y eso no es de acá solamente, Ni durante los años del General, que llaman ahora de dictadura, se ha practicado siempre y en todas partes.

    ROBERTO.- Sí, lo comprendo. Buscaré lo que se necesita. Claro, si se trata de trabajo muy bien, de ahí saldrán las libras que me pide. Y lo de la ficha también es urgente. No vaya a venir otro dictador y la poli me vuelve a enchironar y a mandar al extranjero. (Duda un instante, luego continúa) Lo de ella ya le digo interesa por el niño. Que ella le escriba una carta o que lo llame por teléfono, con eso bastará.

    PATO.- Mire, si el asunto fuera mío exclusivamente no le pediría ni un real, pero hay otra gente que sí exige, pues, ahí esta la vaina. Ellos hacen el trabajo pero quieren molido por adelantado, aunque sea la mitad, luego cuando el asunto esté resuelto viene la otra mitad. Así son los negocios. No se asuste, cuando uno quiere conseguir ventolín lo saca de donde no hay. ¿No tiene nada para vender? ¿Un autito viejo, unas copas de cristal, una máquina de escribir? En todas las casas por pobres que sean siempre hay algo que se puede convertir en billetes.

En dos palabras, estoy embarazada    ROBERTO.- (Preocupado) Sí, pero la casa no es mía. Es casa de mi mamá. Y la verdad hay poca cosa que vender. La máquina de coser no la puedo tocar es el medio de vida de ella. La bicicleta de mi hijo que está en la casa de mi suegra, tampoco. Déjeme pensar cómo puedo conseguir esos soles.

    PATO.- Piense, pero piense rápido, en estos asuntos no se puede perder tiempo. A lo mejor la próxima semana ya no están mis carretas del alma, y los que los remplazan no me conocen y no se puede hacer trato con ellos. De la gente que trabajaba cuando estaba Zaspárez quedan muy pocos. Los que tenían buenos trabajos han desaparecido, quedan los de abajo pero también son útiles.

    ROBERTO.- En casa hay una foto de mi mujer, bueno, mi exmujer porque se divorció en mi ausencia, acompañada de ese Zaspárez. Yo quise romperla pero la mamá de ella me dijo que lo cortara a él y me quedara con la de Celeste para que el niño tuviera ese recuerdo.

     PATO.- Pero que muy bien, hombre. No la corte, esa foto puede ir a un diario de esos que venden mucho, y se pueden cobrar unas buenas libras. ¿No tiene más fotos, otros recuerdos de su ex? Olvídese de lo que pasó, a estas no hay que darles tanta importancia, hombre. Si aparecen más fotos, cartas, otros recuerdos en los que esté incluido Zaspárez, se puede hacer un pequeño negocio y ese dinero va directo a los que trabajarán para eliminar su ficha, para conseguirle un puesto en algún banco, para todo lo que usted necesita. ¿De acuerdo?

     ROBERTO.- (Tarda en contestar) Creo que hay algo de eso. No se lo aseguro. Los papeles de la venta de un cabaret que se llamaba El Cisne, creo que el dinero lo cobró Celeste. Me dijeron que ella era la dueña.

    PATO.- ¿El Cisne? Lo conocí muy bien. Yo era el encargado de llevar a su ex a ese sitio para que hablara con el director y le diera la mosca que se hacía cada noche. Sí, lo vendió, pero tenía muchas deudas así que le quedó una miseria. Para mí que el director ese, Manolo se llamaba, se comió una buena tajada en esa venta. Yo sé mucho de eso, hombre. Pero está bien, que vengan esos papeles, y si hay otros también.

     ROBERTO.- Creo que si hay más. Me parece que unas cartas, pero no sé si son interesantes, las tiene mi suegra. Yo prefiero que nadie se entere de lo que se dice en esos documentos. Por mi hijo, sabe. Se le puede juzgar muy mal a Celeste, y no conviene que el niño lo sepa.

     PATO.- (Tomándose lo último que queda en su copa) Si no hay plata no hay nada de lo que usted busca, y la plata puede salir de esa papelería que me cuenta. Así que piénseselo bien. No pierda las oportunidades, nada de sentimentalismos, ninguna hembra lo merece. Si cuando menos se espera levantan los cascos y hacen de las suyas. No hay que aguantarles nada, menos sufrir por ellas. Eso está bien para las películas, hombre.

    ROBERTO.- Deme un plazo, por favor (Mira hacia el suelo, como un hombre vencido) Le prometo que algo conseguiré. ¿Tres días le parece bien?

     PATO.- Si son dos, mejor. Y si es uno, mucho mejor. (Se ríe)

 

    (La iluminación va decreciendo en la zona donde han estado conversando los dos hombres, y vuelve sobre las dos mujeres que se hallan sentadas en el sofá)

 

     TERESA.- Celes, pero entre buenas amigas como somos nosotras, dime la verdad, ¿alguna vez te emociona ese señor? (Más bajito) ¿O aceptas todo a cambio de esto? (Mira a su alrededor) La casa, el cabaret que te ha regalado, la ropa que te compra. Y las joyas que seguro te regala (Calla bruscamente)

     CELESTE.- No preguntes, piensa, ¿tú qué harías en una situación como la mía? Bueno, y tú también tienes lo tuyo, porque tu viejo te da de todo.

     TERESA.- No creas, no es tan manirroto como el que tú tienes. No me falta nada pero no vivimos en un chalet como este, sino en un departamento. El ha dejado su casa, a su familia, ha renunciado a casi todo para que no lo molesten.

     CELESTE.- Mira, Tere, sobre lo que tú me preguntabas te cuento la pura verdad, emocionarme, no me emociona, pero me hace pasar momentos agradables, para qué lo voy a negar, hija. Y los regalitos que me trae a veces me enloquecen. Aretes, collares, blusas, vestidos, zapatos. Ven, te voy a mostrar algo de todo eso. (La coge de la mano y la lleva hasta el armario) Si esto es como un bazar hay de todo, y de primera calidad, no creas que me trae baratijas. Y a veces se presenta con un anillito, con unos aretes de oro, o un prendedor con sus brillantes. Sabe tratarme el hombre, para algo tiene años, Eso se llama experiencia, pues. (Empieza a mostrarle algo de la ropa que hay en el armario)

     TERESA.- ¡Qué maravilla! (Se pasa una blusa por la mejilla para comprobar su tersura) Yo no tengo ni la décima parte de lo que tú tienes. El mío no es tan dadivoso. Bueno, es que se ha quedado con poco, la mayor parte se la ha entregado a la mujer y los hijos, para no tener problemas con la familia.

     CELESTE.- (Se va calzando y descalzando algunos de los zapatos que hay en el suelo sin utilizar las manos y siempre de pie) En zapatos tengo una fortuna. Y eso que le he dado algunos a mi mamá y a alguna amiga. ¿Te gusta alguno en especial? Llévate los que quieras.

¿Has visto últimamente a Celeste?     TERESA.- ¿De qué zapatería te los trae? ¿O son hechos a medida? ¡Qué maravilla! Pareces una princesa de Persia o de Egipto, casada con un Príncipe que se le cae la baba por ti de tan enamorado que está.

     CELESTE.- Luego te mostraré las joyas. A ratos me parece que vivo un sueño. Y cuando viene Manolo, el director de El Cisne, el sueño es en colores. Todo maravilloso.

     TERESA.- Ten cuidado, hija. Te estás jugando una vida de princesa. Eso no se consigue en cualquier momento. Yo te comprendo pero para qué arriesgar tanto. Lo tuyo es como esos que dicen que juegan a la ruleta rusa, si les sale el tiro ya no cuentan la historia. ¡Ay, qué miedo!

     CELESTE.- Te has vuelto una miedosa, Tere. Antes no eras así. ¿Nos tomamos otro whisky? (Parece dispuesta a dirigirse al bar)

     TERESA.- No, hija, basta con uno, se me está subiendo a la cabeza. Además ya es muy tarde, mi jefe debe estar por llegar a casa, tengo que irme. Vendré a verte pronto. Y espero que algún día me llevas a tu cabaret.

     CELESTE.- No es cabaret, es boite. Claro que te llevaré para que la conozcas. Y si quieres nos pegamos un bailecito, como en nuestro buenos tiempos allá en La Bomba y recordamos al señor Calixto que nos saludaba con una cariñosa palmadita en las posaderas. (Risas)

 

     (Cuando avanzan hacia la puerta por la que entraron la luz se va apagando. Un momento después vuelve la iluminación. Se verá a Juana, la madre de Celeste, sentada en una mecedora tejiendo despreocupadamente. Un instante después entra por la puerta dos Guillermo, el amigo de Roberto, se aproxima a Juana, la saluda y permanece de pie frente a ella)

 

     JUANA.- Sí, tiene que venir mi hija, no sé si vendrá sola o con ese señor que la acompaña veces. Bueno, el que medio que vive con ella.

     GUILLERMO.- Entonces hablemos rápido, yo me iré, no quiero que Celeste me vea aquí. En realidad lo que no quiero es que sepa por qué he venido.

     JUANA.- Bueno, usted es amigo de su marido, de Roberto. Ay, que tonta soy, ya no son marido y mujer. Pobre Roberto, tan calladito, tan inocente, ¿cómo la estará pasando allá donde lo han mandado?

     GUILLERMO.- Mal, pésimo. Ahora trabaja de jardinero, cobra algo más que de ayudante de albañil que fue lo que hacía antes. Dice que lo mejor que puede conseguir sería un puesto de mozo en un buen restaurante. Ojalá que lo consiga.

     JUANA.- Claro, claro, si gana bien podrá ahorrar y volver. Ay, no sé qué me pasa hoy que digo tonterías. Ya sé que no puede volver por ahora pero tal vez más adelante lo perdonen, ¿no cree usted?

     GUILLEMO.- Podrían dejarlo volver ahora mismo, total, no va a ser problema para ellos. El pobre lo único que quiere es no seguir pasando penurias en Buenos Aires. Le ha costado mucho trabajo conseguir lo que tiene pero si le dicen que vuelva se viene volando y de mil amores.

     JUANA.- ¿Usted cree que buscaría a Celeste? ¿La molestaría mucho? Mi hija no es mala persona, es incapaz de hacer daño, ese hombre es el que la ha vuelto así. Si ella estaba enamorada de Roberto, la prueba es que se sacrificó por él, pero luego le cogió gusto a los regalos, a los lujos, a todo eso. Yo la comprendo, cualquiera ante eso cae como una palomita. (De la bocamanga de su chaqueta oscura saca un sobre) Me estaba olvidando de lo principal. Como usted quiere irse antes de que venga Celeste le doy la platita, pues. Esta vez ese muchacho moreno que el dicen Pato me ha traído bastantes libras. Yo creo que él a veces se queda con algo, porque siempre me entrega el sobre abierto.

     GUILLERMO.- No sería raro, ese tiene muy mala fama. Es el perro fiel de Zaspárez y goza de una serie de privilegios.

     JUANA.- (De los billetes que hay en el sobre aparta unos cuantos y se los entrega a Guillermo) No le diga de dónde sale este dinero. No se lo diga nunca, pobre muchacho, se volvería loco, sufriría mucho.

     GUILLERMO.- Descuide, no se lo diré. Como yo siempre le he mandado lo que he podido pensará que esto es también mío. (Se guarda el dinero)

     JUANA.- Si usted habla con mi hija recuérdele que no debe dejar de hablarle de su padre a mi nieto. No es bueno que se olvide de su papá. Tampoco que sepa qué hace cada uno, la mamá y el papá. Pobre criatura. Ya está en edad de averiguar cosas y a veces me pregunta por el uno, por el otro, y yo miente y miente para que no sepa la verdad.

     GUILLERMO.- Será mejor que me vaya antes de que llegue Celeste. Le agradezco el gesto que tiene para con Roberto. No se lo diré, sería humillante para él. (Se va alejando hacia la puerta por la que entró)

 

     (Un momento después que Guillermo sale por la puerta número dos entra Celeste por la misma puerta. Mira a un lado y otro y termina por dirigirse hacia donde esta su mamá)

 

El régimen se tambalea, es vox populi     CELESTE.- (Tras besar a su madre) Te veo muy bien. El cambio de casa ha sido beneficioso. ¿Dónde está Tito? ¿No ha vuelto del colegio? Ya son las cinco, ¿a qué hora sale de clases? ¿Quién lo trae a casa?

     JUANA.- La Domitila, la chica que hace la limpieza. No tardará en llegar. Él sabía que ibas a venir así que estará desesperado por regresar pronto y poderte ver.

     CELESTE.- Tienes un color estupendo. Has rejuvenecido, pareces una jovencita de veinte años. La buena vida le sienta bien a todo el mundo. (Se acomoda en la silla vacía que hay junto a la mecedora que ocupa su mamá)

     JUANA.- La pobreza envejece. Un pobre de cuarenta años parece un anciano.

     CELESTE.- Tú eras la que no querías recibir lo que te mandaba Zaspárez, ni aceptar el cambio de casa. Ya ves que yo tenía razón. Mi sacrificio no ha sido en vano. Tú vives mejor, el niño va a un buen colegio, yo paso días muy felices. Nuestra vida ha mejorado. Te lo dije desde el principio y no me creías. Que mi sacrificio beneficiaría a todos. Bueno, le sigo llamando sacrificio, ya no lo es, me he acostumbrado.

     JUANA.- No es que no te creyera lo que me aconsejabas, pero un dinero ganado así hija. (Calla, como temerosa de lo que le pueda decir Celeste)

     CELESTE.- ¿Qué me quieres decir con eso? ¿Sigues pensando que me porto como una ramera? ¿Es eso? (Le habla en tono de desafío)

     JUANA.- (Cohibida) Si yo no digo nada malo. Al principio no quería que ese hombre me mandara dinero, pero después... Mira por mi nieto, porque tú no tuvieras cóleras como las que tuviste, por todo lo que pasó... Ahora ya no pienso así.

     CELESTE.- Ahora te has acostumbrado a la buena vida, ¿no es eso? Y si tuvieras que volver a la pocilga en la que vivíamos, y ganar una miseria cosiendo y planchado como antes serías una amargada y me echarías la culpa a mí. Dirías como muchas veces. (Imitándola y mirando hacia el cielo) ¡Quién me mandó a tener una hija! En esos tiempos sólo faltaba que me maldijeras.

     JUANA.- No hablemos más de eso, Celeste. Ya hemos dicho tanto sobre ese asunto, hemos discutido tanto. Para qué más. En cuanto a lo tuyo con ese señor, ya sé que fue un sacrificio al principio. Que lo hiciste por Roberto. Pero la verdad, hija, si ahora te dijeran que volvieras a vivir con tu marido, con Roberto quiero decir, estoy segura que no lo aceptarías. Lo mismo de lo que tú me acusas. Cuesta trabajo descender después de haber conocido lo que hay arriba. Lo sé y lo comprendo. Por eso mejor cambiemos de conversación. Nosotras siempre hemos sido pobretonas y ahora que tú has tenido un golpe de suerte no lo debemos dejar escapar. Ya sé, ya sé, la dignidad que defendía al principio, pero ahora no quiero volver a ser una pobre diabla como lo era hasta hace dos o tres años, sobre todo, no quiero que me traten como pobre diabla que es lo que pasa cuando una no tiene ni un centavo.

     CELESTE.- Por qué tenemos que estarnos acordando de cómo éramos. Hay que pensar en lo que somos, en cómo podemos ser todavía mejores. Mira, hoy he venido a contarte un secreto, pero no quiero lamentaciones, ni lágrimas, ni consejos, ni prejuicios de gente pobre. ¿Me has entendido?

     JUANA.- Sí, hija, sí. ¿Qué secreto es ese? Me das miedo. Te prometo que no lloraré, que no montaré en cólera, que no te regañaré. Pero cuéntame lo que tienes que contarme no me tengas a merced de la curiosidad, ya sabes lo nerviosa que me pongo. Además, dentro de nada estará aquí el niño, así que mejor dilo pronto antes de que llegue Tito.

    CELESTE.- En dos palabras: estoy embarazada. (La contempla un instante) Menos mal que no te has desmayado.

     JUANA.- No me he desmayado pero me has dejado fría.

     CELESTE.- Esa es la primera parte, hay una segunda que no sé cómo te va a sentar. Aunque tú me hablaste de que una vez, cuando yo ya tenía tres o cuatro años tuviste que hacer lo mismo que yo quiero hacer ahora. Me dirás que eso se ven obligadas a hacerlo las madres pobretonas y que tú procediste así por esa razón. Pero yo ya no soy una pobretona. Piensa entonces, por qué lo voy a hacer yo.

    JUANA.- ¿Hacer qué, hijita? (Lo dice cogiéndole la mano con ternura) No te entiendo. Estás embarazada, seguramente de ese señor, bueno de tu marido, de tu hombre, del hombre con el que vives, ¿y qué es lo que vas a hacer? (Queda pensando un momento) ¿Vas a...?

     CELESTE.- (Interrumpiéndola) Eso, exactamente eso. Voy a... como has dicho tú. No quiero tener el niño. Tú también lo hiciste, me lo contaste hace mucho tiempo.

     JUANA.- Se habría muerto de hambre, en esos tiempos yo estaba peor que un perro flaco, no tenía ni para medio pan. Pero (Le cuesta trabajo hablar) ¿y ese señor con el que vives, aunque sea a medias tu marido, lo sabe? ¿Estará de acuerdo?

    CELESTE.- Ese señor al que te refieres no tiene que meterse donde no lo llaman. ¿Me entiendes? Y nada de lamentaciones. Nada de que como ya no soy pobre debo tener hijos a montones. Allá las que les gusta ser madres antes que mujeres. Ya tengo un hijo y con él es suficiente.

     JUANA.- No sé qué estoy entendiendo de todo lo que me dices. (Se ha puesto de pie y su tono es de súplica) Tienes que actuar con mucho cuidado, Celes. Si quieres conservar esta buena vida. Ese caballero se puede dar cuenta. Prefiero no pensarlo. Es un señor poderoso y ya sabes cómo reacciona esa gente cuando la engañan.

     CELESTE.- Ese caballero me importa un comino. Yo tengo la vida asegurada. Si se pone difícil lo planto y se acabó. ¿Quién pierde? Él. Tú te asustas porque temes que no te llegue el sobre mensual que te trae el sinvergüenza del Pato, ni puedas seguir en esta casa que es un lujo, porque es la primera vez que vives como una persona en una casa como para gente, no como para animales. ¿No te acuerdas cuando al principio me decías que tú no podías aceptar la plata de un matarife? ¿Que estabas dispuesta a rechazar todo lo que te mandara ese mal nacido que había abusado de su poder? Ya te olvidaste de esa actitud de gente pobre pero dispuesta a conservar su dignidad como sea, ¿verdad?

A los políticos había que maldecirlos de vez en cuando     JUANA.- (Confundida) Ay, mi Celeste, por qué te has vuelto tan dura. Debes haber salido a tu padre, al señor abogado. Si yo me oponía al principio porque recordaba las lecciones de mi mamá, que fue una mujer ejemplar, estuvo entre los fundadores de un sindicato y nunca se rindió aunque la justicia, la policía, no sé si es lo mismo, le hizo pasar un verdadero infierno.

     CELESTE.- Olvídate de mi abuela, recuérdala en otros momentos, ahora no. (Casi amenazante) Ya lo sabes. Esto que quede entre tú y yo. El médico al que tengo que visitar me lo ha conseguido él, quiero decir Manolo, es un amigo suyo, que hará el trabajo y no abrirá la boca sobre este asunto.

     JUANA.- Me das miedo, Celes, cómo te has vuelto tan segura y tan dura como una piedra. A lo mejor eso has heredado de tu abuela. Pero ella defendía a los pobres como lo era ella misma.

     CELESTE.- Déjate de hablar de pobres y ricos. Olvídate de la abuela que seguramente si viviera estaría maldiciendo al general, llamándole dictador, y asegurando que en cuanto pudiera le clavaría un cuchillo en el corazón. Y tendría razón desde su punto de vista, pero acaso ese dictador que dicen ha hecho desgraciados a tantos, ¿no nos está sirviendo para cambiar nuestra vida? Ahora eso es lo único que vale. Lo que les pase a los otros no es cosa nuestra.

 

     (La luz empieza a apagarse. Se escuchan los compases de una marcha militar. Cuando vuelve la iluminación y cesa la marcha sale Roberto por la puerta uno. Luego aparecerá Guillermo)

 

    ROBERTO.- (En cuanto ve a su amigo va hacia él y le estrecha la mano con emoción) Qué puntual eres, Guillermo, pareces un caballero inglés.

     GUILLERMO.- De inglés no tengo nada. Me citaste a las cinco y vengo a las cinco, eso es todo.

     ROBERTO.- He conocido a un individuo que me asegura me solucionará todos los problemas. Hasta me anuncia que podrá darme la dirección de donde se encuentra ahora Celeste. (Como anticipándose a un reproche) Yo no se lo he pedido, él ha supuesto que quiero saber el paradero de la madre de mi hijo.

    GUILLERMO.- ¿Y quién es ese mago o ese brujo que puede arreglarlo todo? ¿Debe tener una varita mágica?

     ROBERTO.- No sé bien su nombre, creo que Elías, pero todos le dicen Pato. Dicen que fue el gran amigo de Zaspárez.

     GUILLERMO.- El amigo no, el perro fiel. El que le hacía los mandados, el que le conseguía las mujeres, el que daba la cara cuando se descubría un chanchullo chico, porque para los grandes tenía otra gente. Un crápula. No tiene alma. Elimínalo de tu memoria.

     ROBERTO.- Hombre, te haría caso pero ya he comenzado a tratar con él. Ya ha avanzado algo. En lo del trabajo. También está lo de anular la ficha que me hizo la policía. Me pide algo de plata, no sé si podré reunir lo que él quiere.

     GUILLERMO.- Si puedes prescindir de él, mejor. Es capaz de hacerte el cuento del tío. Te saca unas libras y desaparece sin haber arreglado nada. Recuerda, él fue el que te siguió los pasos y averiguó tu vida, y luego le llevó el dato a su amo. Él te vendió por un plato de lentejas. Yo he investigado mucho de esa gente que rodeaba a Zaspárez. Les daba piltrafas pero estaban contentos porque los dejaba hacer negocitos sucios y con eso vivían felices.

     ROBERTO.- ¿Tú crees que fue él quien pasó el soplo de que yo estaba contra el régimen del General? Eso creo que fue un invento directo de Zaspárez. Me lo dijeron cuando estaba encerrado en el Sexto. Zaspárez mandó un par de tiras para que colocaran armas y propaganda comunista en mi casa y pudieran decir que yo era un subversivo. Si yo estaba con los presos políticos y ellos saben mucho de esos trucos que les hacen.

     GUILLERMO.- Claro, Zaspárez ordenaba, pero este como perro callejero husmeaba todo y le iba con el cuento. No puedes tratar con quien ayudó a que te botaran del país, con el que ayudó a engañar y envilecer a tu mujer. No te digo que ejerzas venganza contra él, ¡para qué a esta altura! pero sí que desconfíes de un chancho como ese.

     ROBERTO.- ¿Qué hago, entonces? ¿Cómo eliminar la ficha policial? ¿Cómo conseguir trabajo? Cómo consigo todo lo que necesito. (Calla un instante, es un silencio incómodo) No te he dicho una cosa. Le he dado a ese Pato unos documentos y unas fotos que tenía mi suegra, bueno, la mamá de Celeste. Ella me habló de esos papeles y yo como sabía dónde estaban… (No continúa)

     GUILLERMO.- La señora Juana nunca me habló de esos documentos, recuerdo que algo me dijo Teresa, ¿son muy importantes? ¿Cómo sabía el Pato que tenías esos papeles? ¿Él te los pidió? ¿Es cuestión de política o cosas entre Celeste y Zaspárez?

     ROBERTO.- Más que nada política, y trampas, y cosas de esas. El Pato me dijo que él los vendería a un periódico y que con esa plata sobornaría a la gente que tiene que conseguirme trabajo y a los que tienen que eliminar la ficha que me hizo la policía.