(Córdoba, Argentina,
1927)
Aunque
es cordobés de nacimiento se identifica con Tucumán, donde desarrolló
una parte de su carrera y donde actualmente reside. Estudió en la Columbia
University (Nueva York), Georgetown University (Washinton) y en The Catholic
University of America. Ha enseñado en las universidades argentinas de
Buenos Aires, La Plata y como profesor invitado, en numerosas universidades
extranjeras, especialmente en Estados Unidos y Alemania. Es Profesor Emérito
de la Universidad Nacional de Tucumán.
Su obra de creación se concentra en la
poesía y la narrativa breve. En la Argentina aparecerá su segunda
colección de microrrelatos originales. A este último libro pertenecen
los textos inéditos que aquí se publican.
EL
LIBRO
Debía
poseer el libro. Como escritor, le era imprescindible tenerlo. El maldito librero
anticuario ponía un precio obscenamente alto, en dólares, en euros.
Ni siquiera se molestaba en mencionar la equivalencia en pesos: debía
suponer que ningún cliente local se lo compraría. Esos precios
no están al alcance de un escritor sudamericano. Pero el deseo de tener
el libro no lo dejaba en paz. Podía haberlo buscado en alguna biblioteca,
podía haberlo fotocopiado, pero nada de eso servía frente al deseo
candente de llegar a la posesión de ese ejemplar, el único que
había aparecido en el reducido mercado de los anticuarios en varios años.
Por fin lo consiguió. A espaldas de su
mujer manipuló presupuestos y compromisos, sustrajo algunas cosas, extravió
otras. Reunió la suma requerida, fue a una casa de cambio, compró
los dólares que el librero exigía. Adquirió el libro y
se lo llevó escondido entre sus ropas, como si lo hubiera robado. Por
suerte, cuando llegó a su casa su mujer no estaba.
En un rincón del jardín armó
una pequeña fogata y entregó el modesto volumen a las llamas.
Luego pisoteó las cenizas y las mezcló con la arena. Con un suspiro
de alivio, comprobó que el último ejemplar de su primer libro
había desaparecido para siempre.
MUJERES DURABLES
Las mujeres más durables no son, como pudiera creerse, las de bronce o hierro fundido, y tampoco las de mármol. El bronce se oscurece; el hierro fundido tiene sus inconvenientes a la hora del amor; el mármol, a pesar de su prestigio clásico, puede resquebrajarse y, si pasa demasiado tiempo al aire libre debajo de algún árbol, revestirse de trazos verdinegros positivamente desagradables. Las verdaderas mujeres durables son las de plástico: no se encolerizan, no son biodegradables, y pueden ataviarse con la minuciosidad con que lo hacen las mujeres de carne y hueso. Al no tener sentimientos, no hay riesgo de que cambien de inclinación por cuestiones del momento. No experimentan la pasión; por eso mismo desconocen los celos y, si descubren que tienen una rival, no hay peligro de que la asesinen. En suma, las mujeres de plástico, tan durables como confiables, son las compañeras ideales para una cena romántica o una recepción protocolar. Es cierto que en la alcoba tienen algunas limitaciones, pero las cosas buenas de la vida no siempre son perfectas. Además, no hay que olvidar que todos los días se produce algún nuevo avance en la investigación.

Entrevista: Pedro M. Domene
LA REALIDAD EN EL CUENTO SE SIRVE DE LA FANTASÍA
Medardo Fraile sorprende
por su capacidad de observación, por el lirismo de una escritura en la
que se advierte la ternura triste de toda una época, actitud ésta
que en su literatura se muestra como un valor eterno y singular, un documento
tan precioso como patético, reflejo de una larga posguerra española
y vertido con la suficiente fuerza como para sobrevivir a la torpe e inexplicable
falacia de la realidad vivida en los años duros de una España
frágil. Fraile es el cuentista vivo más genuino de su época,
cuya permanente reflexión se manifiesta a través de su estilística,
su socarronería contenida o ese finísimo humor, convertido en
ocasiones en una sutil ironía, en que converge gran parte de su obra
narrativa. Quien ha sido capaz de escribir algo tan hermoso como, «la
realidad en el cuento se sirve de la fantasía para ser real más
hondamente», no puede dejar de sorprendernos. Ahora recibe el homenaje
de la revista literaria almeriense Batarro, Palabra en el tiempo
(2005), que le dedica un volumen de 250 páginas, un repaso a su obra
y a su vida. Ofrece además una cronología del autor y su bibliografía
más completa.
-Podríamos empezar
nuestra conversación situándonos en el tiempo y respondiéndome
a si en la posguerra española hubo que edificarlo todo, ¿cómo
vivieron aquellos años los jóvenes escritores de su generación?
-La dureza de aquellos tiempos la paliábamos con una gran camaradería, y hasta amistad, aunque solíamos tener en cuenta el talento para estar más cerca o más lejos unos de otros. En Madrid, para conocer a la gente de letras, había que ir al Café Gijón, para ver y dejarse ver y, en general, los nombres nuevos más repetidos -García Nieto, Cela o Ruiz Iriarte- eran escritores asequibles y generosos. Los maestros más o menos viejos no iban al Café -Azorín, Baroja o Aleixandre-, pero Dámaso Alonso o Gerardo Diego -éste sobre todos los demás-, hacían tertulia diaria o esporádica con los nuevos escritores, a los que había facilitado su carrera literaria Juan Aparicio. Aleixandre padecía una afección renal y recibía en su casa de Velintonia a los poetas jóvenes. Azorín se aficionó al cine y empezó a colaborar pronto en Arriba y ABC, y a Baroja le iban a visitar a su casa muchos jóvenes ateneístas. Marquina murió en un viaje oficial a Nueva York en 1946 y Manuel Machado al año siguiente, en Madrid.
-¿Publicar en estos medios y revistas suponía, en cierta medida, someterse a los aires políticos vigentes en el momento y una renuncia expresa?
-En modo alguno y, el que no lo crea, puede leer, entre otros libros, las excelentes y recientes memorias de Rafael Conte, El pasado imperfecto. Falangistas de izquierdas, liberales, socialistas, filocomunistas y hasta comunistas con carné -y, por supuesto, los otros, los adictos al Régimen-, colaboraban en los pocos diarios y revistas que estaban más o menos controlados por los vencedores de la Guerra. Unos con suma prudencia para no ser descubiertos y otros sin ella.
-¿Su
adscripción al teatro se debió a que en este género se
podía demostrar mejor ese espíritu de rebeldía que se respiraba
desde las vanguardias europeas?
-El teatro tiene la ventaja de pregonar su mensaje todos los días a un público numeroso y diferente, y el teatro que había en la inmediata posguerra era acomodaticio y malo, incluídos los espectáculos de folclore, falsamente lorquianos la mayoría de ellos. Nosotros, en Arte Nuevo, que fue el primer teatro de ensayo de la posguerra, queríamos hacer buen teatro y aguantamos dos años largos de lucha en los que los obstáculos, el éxito y las deudas fueron constantes. Nosotros éramos José Gordón, Alfonso Paso, Alfonso Sastre, José María Palacio, Carlos José Costas, Enrique Cerro y yo. De Arte Nuevo salieron actrices y actores que andan todavía por los escenarios o los platós.
-Pero, sin embargo, ¿su relación con este género se rompe para reiniciar su vocación literaria en la narrativa por algún motivo concreto?
-Antes de hacer teatro, yo había escrito diez o doce «narraciones» -así las llamaba-, que pensaba reunir en un libro titulado En el cielo falta un alma. Desde el bachillerato, mis redacciones no pasaron nunca desapercibidas. Una profesora me suspendió en tercero de bachiller porque creía, la pobre mujer, que las escribía mi padre, y, cuatro o cinco años más tarde, un profesor que había sido contertulio de Juan Ramón Jiménez, las leía en voz alta al resto de la clase. El teatro me parecía una tarea que dependía demasiado de una colectividad y a algunos de esa colectividad los encontraba con una gran dosis de falsedad y con vicios que no me interesaban. Después de la paliza que supuso mantener Arte Nuevo y, a pesar de que mis tres obras estrenadas -dos en colaboración- tuvieron éxito, especialmente la que escribí solo, El hermano, decidí independizarme -por decirlo de algún modo- escribiendo prosa, y así he seguido hasta hoy.
-¿O fue, tal vez, porque por aquella época frecuentaba a amigos como Aldecoa, Fernández Santos, Martín Gaite, Sánchez Ferlosio, todos excelentes narradores?
-Esos amigos llegaron después, relacionados con la carrera en la Facultad de Letras. Fernández Santos y Sánchez Ferlosio estaban allí y, de vez en cuando, nos visitaba Aldecoa, que había estudiado con Carmen Martín Gaite en la Universidad de Salamanca.
-Cuentos con algún amor (1954) reúne sus primeros relatos publicados. Que «el cuento se sirva de la fantasía para ser más real», ¿sigue siendo una premisa válida?
-Eso no es lo que yo escribí. Yo dije que «la realidad en el cuento se sirve de la fantasía para ser real más hondamente» y, para mí, sigue siendo válida esa afirmación. Para otros que hablan de mis cuentos, también. Te remito al excelente trabajo sobre mis relatos que ha hecho María del Pilar Palomo para Cátedra.
-Ironía, originalidad, riqueza en el lenguaje y ternura son algunas de las características de su narrativa, ¿sigue siendo esta una posible línea a seguir para escribir hoy día?
-Cada uno escribe como Dios le dio a entender al nacer. Esas características que citas y otras, son, desde luego, mías. Pero, claro, hay otras formas de impregnar la escritura.
-¿Tendría entonces que preguntarle si usted ha evolucionado al igual que la escritura en estos más de treinta y cinco años que median entre su primer libro publicado y el último?
-Las
personas que no han sufrido parálisis física o cultural evolucionan
siempre. El mundo a los veinte años no se ve lo mismo que a los cuarenta
o a los setenta. Cuando la vida del escritor se refleja, con más o menos
intensidad, en su escritura, esas perspectivas cambiantes aparecen también
y el crítico las detecta, lógicamente, como una evolución
en los conceptos y en el estilo que, en los buenos escritores, suele hacerse
cada vez menos prolijo, más ajustado al tema.
-Usted, que es un teórico del cuento, conocerá en estos momentos la avalancha de publicaciones en torno a este género, calificado siempre de «cenicienta». ¿Puede pensarse que, pese a todo, esta es una fórmula literaria inagotable?
-El cuento es más antiguo que la novela y acompaña, y acompañará siempre, al hombre. 1998 fue en España un buen año para la narrativa corta. Ahí están las dos excelentes antologías de José María Merino en Alfaguara, Cien años de cuentos y Los mejores relatos del siglo XX; la de José Luis González de «microrrelatos» y otra que apareció en la colección Anaquel de Bruño. Y, alrededor de ellas, revistas y periódicos se han ocupado del cuento en abundancia.
-Volvamos de nuevo en el tiempo. Siendo un narrador reconocido, con reiterados premios como el «Sésamo»( 1956) o el de la «Crítica» (1965), un buen día abandona este país para instalarse en Inglaterra. ¿Fue esta una obligada retirada o una voluntariosa necesidad de cambiar de aires?
-Nadie me obligó a marcharme, ¿por qué? Literariamente hablando me iba muy bien, pero estaba harto de Madrid, de las clases mal pagadas, de las oposiciones que querían que hiciéramos y hasta de la corbata. Necesitaba aires nuevos, de los que todavía sigo disfrutando, porque en Escocia el aire es respirable y el agua bebible. De todos modos, fue como un empujón del Destino -con mayúscula-. Yo pensaba volver después de un año o dos, pero allí me encontré bien, aunque continúo viniendo a España dos o tres veces al año y sintiéndola -a veces- con dolor dentro de mí. Para mí es lo primero.
-¿Cómo fue su encuentro con un país tan peculiar como Inglaterra?
-Lleno de interés. Fue un cambio radical de vida y costumbres, con mayor énfasis en la naturaleza, como me ha gustado a mí siempre. Y con más posibilidades para todo, más libertad y, por supuesto, mejor nivel de vida.
-¿Desde su posterior cátedra en Strathclyde, el interés por la cultura española fue tan considerable como pueda pensarse de los cultos ingleses?
-Los británicos
adoran los tópicos y la cautela y creen, con cierta pedantería
y arbitrariedad, en obras «mayores» y «menores», guiados
generalmente por las famas y el número de páginas sin
casi
otro criterio. Con esos parámetros ya te puedes figurar que en sus juicios
hay tanta cabezonería como inseguridad, y descubren poco. Dejando aparte
a los autores más inevitables del Siglo de Oro, insisten en Galdós,
Unamuno, Baroja, Benavente, Lorca, Cela, Delibes, Buero y alguno más.
Resulta todo muy pesado, aunque parece que los escritores hispanoamericanos
les encandilan algo más.
-Permítame decirle que ud. ha vivido una doble vida durante estos últimos años, y déjeme preguntarle si usted los ha justificado literariamente.
-Si lo que quieres preguntarme es si he reflejado escribiendo eso que llamas mi doble vida, sí. He publicado muchos artículos sobre el Reino Unido, reunidos luego en La penúltima Inglaterra, reeditado y ampliado en otro libro: La familia irreal inglesa. Hay también cuentos míos sobre las gentes de aquel país y he publicado bastantes reseñas de libros escoceses e ingleses.
-Si su convivencia con los ingleses ha quedado plasmada en un retrato familiar jocoso e irónico, ¿su visión sobre este particular sigue siendo la misma?
-Mi visión de ellos ha sido humorística, irónica y también seria. En muchos aspectos son admirables, como en el cerril amor que sienten por todo lo suyo que, pese a ser cerril, es necesario cuando un país no quiere andar arrastrándose por la Historia como el nuestro. Lo nuestro, digan lo que digan, es desamor; es importarnos un comino el prójimo y escamotearle, si podemos, lo que necesite. Valoramos más la espontaneidad y la simpatía, por superficiales o estúpidas que sean, que la grandeza.
-Volviendo a nuestro pasado, se me ocurre preguntarle si su Autobiografía (1986) fue, como en el caso de sus compañeros, su contribución al cambio de registro que ellos habían experimentado veinte años antes en su literatura.
-No. Desde mi buen padre hasta el último mono me han dado la lata durante años para que escribiera novela. Si mis cuentos tenían fama ya, ¿por qué no escribir novelas? Yo he defendido siempre mi independencia personal sin importarme si me perjudicaba a mí mismo. Lo que más amo en este mundo es mi libertad. Pero un día pensé: «A lo mejor creen que no sé hacer una novela», porque el mundo, ya se sabe, está lleno de listos. Y la hice. Tuvo críticas muy favorables, extraordinarias, pero no creo que la leyeran más de cien personas porque su distribución en el mercado fue fatal. Espero reeditarla algún día y quizá hacer otra para entretenerme. Lo mismo que a eso, podía haberme dedicado al teatro y al ensayo o la crítica. Talento no me ha faltado para todo eso -y dejo constancia de ello- y si no he perseverado en esos terrenos es porque no me ha dado la gana, ni más ni menos.
-¿Qué queda de aquella generación de los «niños de la guerra»? ¿Sigue relacionándose con los que sobreviven?
-De aquel
tiempo, el único que me queda es Rafael Sánchez Ferlosio, al que
hago siempre una visita cuando estoy en Madrid en el bar donde escribe. A Carmen
Martín Gaite solía verla dos o tres veces en la Pecera del Bellas
Artes y la penúltima vez que la vi tuvo la gentileza de amonestarme:
«No te digo que escribas mejor, porque eso es imposible, pero sí
que escribas más».
Esa
frase la acabo de incorporar a un cuento que he publicado recientemente en ABC;
se titula ‘Culturalia’. A Josefina Rodríguez de Aldecoa no
la veo últimamente y a José María de Quinto, que andaba
resucitando sus cosas de teatro y sus críticas antes de caer enfermo,
le veía una vez o así en el Comercial, que fue un café
de algunas tertulias nuestras con otros escritores que tenía más
años que nosotros, como Eusebio García Luengo.
-Su proceso creativo puede ser seguido en los últimos libros que ha venido publicando desde que España se convirtió en un país democrático, pero ¿cómo ha podido seguir el proceso político, sobre todo, observado desde el exterior?
-Creo que, en estos momentos, España está algo mejor, pasados los muchos sarampiones que trajo la democracia, y me parece que pesa algo más en Europa, aunque los británicos, por sistema, no lo divulguen ni reconozcan. Los británicos han sido para nosotros bucaneros, no sólo de nuestras posesiones en América, sino también de nuestra Historia. Cuando pueden desprestigiarnos o quitarnos algo, lo hacen.
-¿Su reiterada presencia en Madrid, a pesar de seguir en Glasgow, su habitual residencia, le proporciona la visión necesaria para poder enjuiciar la vida literaria de nuestros días?
-Casi toda la vida literaria de nuestros días anda por los periódicos, quiero decir los nombres y sus colaboraciones o lo que dicen de ellos y, de vez en cuando, leo los periódicos de aquí. Supongo que, necesariamente, padeceré lagunas, pero también creo que el escritor verdadero es su literatura -aunque no sea toda-, y que eso de la información de lo último que se hace les sirve a otros, a los escritores que empiezan o con menos talento, a los eruditos, a los críticos, a los lectores ávidos, a la gente.
-Sin embargo, ¿podría citarme algo de lo que, en la actualidad, le parece aquí mejor?
-Si te empeñas... Pero conste que estas citas que voy a hacer no excluyen, en principio, a otros, y reflejan sólo mis últimas lecturas... Intramuros, de José María Merino, me parece un libro maravilloso. El silencio del patinador, de Juan Manuel de Prada, reúne unos cuentos extraordinarios y muy bien escritos, Los mundos y los días, de Luis Alberto de Cuenca, proclama a voces el personalísimo y gran poeta que ha sido siempre y continúa siendo. Y Juan Marsé ha confirmado con creces el gran novelista que lleva dentro con Rabos de lagartija...
-¿Y algún dramaturgo?
-No sé... El nuevo teatro que he tenido la oportunidad de ver no me convence gran cosa. Quizá lo más atractivo para mí sea lo que hace José Sanchís Sinisterra.
-Contrasombras
(1998) y Ladrones del Paraíso (1999) son algunas de sus últimas
colecciones de
relatos.
¿Expresan estos libros su vitalidad literaria y su inequívoca
presencia en la literatura española?
-De Contrasombras puedo decir que sí, porque así lo han creído los críticos, que han sido bastantes, y tú uno de ellos. Ladrones del Paraíso, que acaba de salir, es una antología temática y su tema es el delincuente bueno, es decir, el ladrón, o lo que sea, elegible para no ir a los infiernos, o, mejor, para ir al Paraíso. Hay en este último libro algunos cuentos ya publicados, otros que no se encuentran en las librerías y cuatro relatos nuevos, inéditos.
-Cuentos de verdad (2000), en edición de María Pilar Palomo, recoge una muestra muy amplia de su obra, además de un excelente estudio y una amplia bibliografía, ¿resume este libro en buena parte el conjunto de su cuentística hasta ese momento?
-Es una edición admirable, como todo lo que ella hace, que debería perdurar mucho tiempo con pocos añadidos y pocos retoques (o quizá ninguno).
-Después de la edición de Cátedra, sus cuentos han viajado hasta Hispanoamérica, concretamente, a México y Venezuela. ¿Era una asignatura pendiente en esos países de tan fuerte raigambre en la narrativa breve?
-Querido Pedro, tú sabes que la edición mexicana se realizó por empuje e iniciativa tuyos, con un largo epílogo escrito por ti, que sirvió y sirve de referencia. Ese fue mi primer pie en Iberoamérica, salvo una tesis doctoral en Salta y un cuento en una antología de Buenos Aires que habían tenido lugar muchos años antes. En Estados Unidos, mis cuentos habían aparecido ya en varias antologías y la más interesante y mejor hecha, sin duda, fue la de Gonzalo Sobejano y Gary D. Keller titulada Cuentos concertados (De Clarín a Benet). La edición venezolana la hizo Enrique Viloria Vera por iniciativa del político y excelente poeta y escritor Joaquín Marta Sosa, y en Caracas pasé una semana inolvidable. Fue una lástima que, cuando nos invitaron los mexicanos, no pudiéramos realizar ni tú ni yo ese apetecible viaje. Creo que ahora tengo esperanzas bien fundadas de que esas ediciones de mis cuentos continúen en otros países iberoamericanos, los países que amo más en este mundo.
-¿Cómo han funcionado sus cuentos en esos países?
-De Descontar y contar, edición mexicana, tengo pocas noticias, salvo reseñas que han aparecido del libro. La antología de Venezuela, Años de aprendizaje, se agotó muy rápidamente.
-Durante décadas y en estos años Ud. no ha dejado de publicar, anualmente, al menos un libro, se lo pregunto porque La letra con sangre (2001) recoge buena parte de su obra ensayística y estudios literarios. ¿La alternancia de sus libros de ensayo y los de cuentos resultan ser el producto de una buena higiene literaria?
-Pensar, ser crítico exigente de uno mismo y de los demás, sirve hasta para comprar cebollas y no digamos para escribir. Yo he tenido siempre alguna sección de crítica, casi desde que empecé a escribir. En Aspiraciones y Amenidades (años 40), hice crítica de libros y de teatro y, lo mismo, una década más tarde en Cuadernos de Ágora, y así seguí en las universidades británicas y, hasta hace muy pocos meses, en SABER/Leer, la prestigiosa revista de libros de la Fundación Juan March, ya desaparecida. Y también en otras publicaciones.
-Después
de la edición de Cátedra reúne ud. sus Cuentos completos
en una hermosa edición de
Páginas
de Espuma. Esta es una editorial que está haciendo el esfuerzo de editar
cuentos en algunas de sus mejores condiciones, ¿había llegado
el momento de reunir, supuestamente, los «cuentos completos»?
-Mis Cuentos completos, como sabes, se publicaron en Alianza Editorial en 1991. Los que han salido ahora tienen cincuenta relatos más y me complace enormemente que, esta edición de Páginas de Espuma, que tan bien ha realizado Juan Casamayor, haya sido, o poco menos, un deseo y una imposición de gente valiosa y joven.
-Un
teórico como Ángel Zapata, editor de sus recientes Cuentos
completos habla de Ud. como de estilista. ¿No le parece que el estilo
es algo consustancial a la propia escritura y cada escritor se vale de él
en la medida que trabaja el lenguaje mismo?
-Yo sólo practico el humanismo, ningún
otro -ismo; ni siquiera el estilismo. Lo que ha dicho muy bien dicho Zapata,
es que soy «un estilista que no cree en el estilo como norma inmutable».
En cualquier caso, mi estilo no denota mimetismo, ni me traiciona a mí
o a los relatos que ande escribiendo, ni se recrea jamás en sí
mismo. No es más que una herramienta, uno de los servidores del oficio.
Mi estilo soy yo.
-El volumen se titula, realmente, Escritura y verdad, ¿la verdad es una de sus máximas a la hora de ponerse a escribir? Se lo pregunto porque siempre se habla de la ficción como de un punto de partida de la mentira o la imaginación.
-Como, en cierto modo, es lógico, hay mentiras que nos ponen en el camino infalible de la verdad, con la ventaja de que la verdad no nos parece obvia y tenemos que deducirla, buscarla. Así ha sido siempre en la mejor ficción. Las mentiras de mis cuentos intentan que la verdad se transparente, sea más patente para el lector. Y creo que la imaginación no ha estado nunca reñida con la realidad; la fantasía sí puede estarlo.
-¿Hasta dónde llega su disidencia?
-Casi hasta el infarto de miocardio muchas veces, cuando veo tanto político idiota, tanto negociante sin escrúpulos, continentes enteros donde impera el hambre y la injusticia, tanta ocultación e hipocresía con cartera y corbata, tanto cinismo irredento cuando nos dan lecciones de libertad y democracia, tanto silencio y tanta cobardía para tantos hechos de todos los días que claman al cielo. Creo que ser sólo literato, ser literato a secas es traicionar al mundo.
-Su presencia en la prensa diaria ha sido constante durante estas últimas décadas, ¿en qué medios escribe ud. ahora mismo y cómo puede verse hoy la realidad vivida (tanto la social como la literaria) del siglo XXI?
-Con cierta regularidad, colaboro en ABC desde hace muchos años y, desde hace dos y poco, tú, en connivencia con Antonio Rodríguez Jiménez, me habéis dado la oportunidad de una columnilla semanal de pocas palabras en Cuadernos del Sur, el estupendo suplemento literario del diario Córdoba, donde colaboras tú también. Aparte de eso, colaboro esporádicamente en otros diarios y revistas, de España y de fuera de España. En cuanto a la realidad social, ha mejorado algo en relación a otras épocas, pero hay muchísimo que hacer aún y, en la realidad literaria, hay de todo, bueno, regular y malo encaramados al mismo nivel y una considerable confusión debida al marketing o, lo que es lo mismo, al dinero como máxima prioridad.
-¿Qué
le retiene, jubilado de su cátedra, en Escocia?
-Una casa agradable, muchos libros, cuadros en
las paredes de pintores amigos, el mar muy cerca, mi mujer, mi hija, que sostiene
en pie mi vida sólo con su presencia.
-¿Entiende
que sigue siendo una atalaya válida para mirar parte de su mundo?
©-Así
será, puesto que sigo allí. No veo en eso dificultad alguna.
-¿En qué categoría se clasificaría usted como escritor de cuentos, o como escritor a secas, teniendo presente lo que se ha escrito sobre usted desde 1954, la fecha en que salió su primer libro?
-De mí se han escrito artículos, críticas y reseñas superelogiosas -insisto superelogiosas-, por escritores y críticos de todas las ideologías habidas y por haber en este país, desde una figura ya de otra época como Melchor Fernández Almagro, pasando por falangistas, filofalangistas o falangistas de «izquierdas», como Marcelo Arroita-Jáuregui, Dámaso Santos, Gaspar Gómez de la Serna, Emiliano Aguado o Dionisio Ridruejo, hasta contestatarios del régimen de Franco, filocomunistas o comunistas, como Ramón de Garciasol, Jorge Campos, José Domingo, Manuel Cerezales o Pablo Corbalán, pasando por otros nombres ilustres, como el de Alvar, Martín Gaite, Umbral, Merino, Conte, García Posada, y gente más joven como Pedro Ugarte, Hipólito Navarro, Francisco Solano, José Luis Palacios o Ángel Zapata y que me perdonen los que no consigo recordar ahora mismo, que son muchos. Mi categoría la han establecido ellos, y desde antes de 1954, cuando yo hacía teatro. Por ejemplo, recuerdo ahora al crítico Antonio Rodríguez de León, «Sergio Nerva», que había sido gobernador civil en Córdoba durante la República y era otra de las personas honorables «fichadas» por el Régimen... Creo que pocos escritores pueden decir que la puerta azul y la puerta roja le han sido abiertas de par en par, como ha ocurrido en mi caso. Muchos han entrado en la literatura por una sola de esas puertas, a medias, o por la otra, exclusiva y falsa, de los señoritos, la más nefasta de nuestra historia española de siempre. ¡Cuánto apellido flotante, con careta de izquierdas o de derechas, según los tiempos!
-¿Qué repercusión ha tenido su obra en el extranjero?
-Repercusión me suena a seísmo y, por tanto, la considero excesiva. Es un vocablo, además, que favorece más a la novela que al cuento. Algunos de mis relatos han sido traducidos al coreano, al árabe, al búlgaro, al polaco, al alemán, al francés, al portugués y al inglés y, traducidos o no, figuran muchos de ellos en antologías de medio mundo, incluídos, en el mundo hispánico, México, Venezuela y la Argentina. En alemán hay cerca de treinta cuentos míos traducidos por Erna Brandenberger, Kurt Spang, Hans Leopold Davi y otros.
-Y
después de este volumen homenaje Palabra en el tiempo, esos
Cuentos completos, ¿qué?
-Más cuentos, más artículos,
reediciones y, quizá, unas Memorias.
(Hospitalet de Llobregat,
España, 1968)
Estos dos cuentos son inéditos.
PARAÍSO
Eva
se despereza suavemente, con los movimientos laxos de un gato. Se desencadena
con mucho cuidado de los brazos inertes de su desnudo amante (aunque la palabra
desnudez aún no tiene sentido en su mente), y se incorpora sobre la fresca
hierba. El día es perfecto, todos los días son perfectos en el
paraíso. Hay luz por doquier, y un murmullo suave del agua en los cuatro
ríos, una combinación musical de ruidos animales y ambientales
que es, sin duda, lo que la ha despertado.
Eva contempla al hombre hermoso, al ser creado
de la nada. Sus párpados tiemblan sobre los quedos ojos, un rictus se
percibe en la comisura de los masculinos labios, Eva daría un pedazo
de sí misma (sutil ironía: fue Adán el que le dio a ella
un pedazo de su cuerpo, una costilla, para ser exactos) por saber qué
piensa, en qué sueña, en esos instantes. Eva cree que le ama,
pero aún no conoce el amor. Aún puede mirarse en el espejo suavemente
quebrado por la corriente y ver su cuerpo perfecto en su esplendor, sin que
la vergüenza la atenace. Todavía no conoce, no del todo. Por eso,
lo que ella denomina amor, no es más que una especie de cariño
mezclado con instinto. Deberíamos ser puros, sin conocimiento del bien
ni del mal, y no haber conocido, de forma alguna, el pecado original, cosa imposible,
para entender lo que el amor era en aquellos tiempos, lo que Eva sentía
por Adán y, parecido pero al mismo tiempo distinto, lo que Adán
sentía por Eva.
Eva empieza a andar, los dedos de los pies agitando
la hierba. No tiene rumbo fijo, no hay límites ni fronteras en el Paraíso
Terrenal, simplemente anda por el mero placer del movimiento. De algunos árboles
toma frutas, y mientras anda va comiendo plátanos y mangos y guayabas,
y a cada árbol y a cada fruta les va llamando por su nombre. Eres un
naranjo, y tú, jugosa y fresca, eres una naranja. No usaba estos nombres,
sino otros, los que Adán había usado y que gustosamente le había
enseñado, vanagloriándose de su obra. Adán no hablaba español,
ni inglés, ni sueco ni latín ni griego ni arameo, ni lengua alguna
conocida por el hombre, sino la primigenia otorgada por el Padre y perdida cuando
se construyó el zigurat. Pero ya que no podemos saber las extrañas
palabras de fonética angosta con las que Eva iba indicando lo que conocía,
que era todo el paraíso, traduzcámolas al español, que
mal alguno en ello no hay, más al contrario, clarifica las cosas.
E iba Eva dando nombre a las plantas, y a las
aves y a las bestias que por ahí retozaban. Y llamó león
al león, tal como Adán le había mostrado. Y llamó
elefante al gran animal que se bañaba en el barro del río, y avestruz,
y vaca, y brontosaurio, y mosca y albatros y papagayo. A la cucaracha llamole
cucaracha, y al mamut mamut. Denominó animales que nadie sabe que han
existido, animales tan tímidos y escurridizos que ni presencia fósil
han dejado, animales ya extintos por culpa del Diluvio, y del que descubrió
la vid, que no se acordó de todos, o no le cupieron en aquel engendro
de madera que denominaba arca. Generalizó en un sólo nombre miles
e incluso millones de especies distintas, como por ejemplo al decir escarabajo
o mosquito, y separó algunas de forma caprichosa, como denominar mariposa
y oruga a dos fases de la misma existencia, o a dos existencias de la misma
vida. Pero hablamos de Eva repitiendo nombres dados por Adán, no de Linneo,
y Eva nombraba por placer, por magia, por apoderarse de todas las cosas que
iba viendo y hacerlas un poco suyas.
Quien
da nombre posee, era una de las lecciones que Adán le había enseñado
mientras le mostraba sus conocimientos. A Eva le hubiera gustado estar allá,
junto al primer hombre, dando nombre a las cosas, y siente bien dentro suyo
una sensación de traición, de que le han robado esa oportunidad.
Incluso su propio nombre lo habían elegido para ella, lo habían
elegido por ella. Eva empezó a sentir una punzada de calor, de un rencor
sólido y espeso que le subía desde las ingles al pecho. No era
justo, ella debería haberse poseído a sí misma, haberse
dado un nombre único, elegido por ella y no por nadie más. Me
poseen, y yo no poseo nada. Me dedico a repetir los nombres que Adán
me ha enseñado, incluso el suyo propio. No hay magia, no hay poder en
eso, todo el poder se lo ha quedado el hombre, no la mujer. Los pensamientos
de Eva van encerrándola en un muro de ciega furia, de amarga desesperación.
Coge una piedra plana y la arroja, con furia, al río. Da tres saltos
y se hunde, como su autoestima.
Ya no tiene ganas de seguir andando, de seguir
la estúpida repetición de nombres aprendidos aplicados a seres
sin consciencia. Hemos de hacer notar que Eva no tiene aún noción
del bien ni del mal, por lo que su furia no lleva odio intrínseco y por
tanto es perfectamente legítima. Todos sabemos lo que significa ser ignorado,
ser prisionero de un destino que uno no ha elegido, ser esclavos de una denominación.
Así se sentía Eva... Aproximadamente.
De repente, Eva se da cuenta que se encuentra
justamente delante del único árbol que no ha recibido el nombre
de Adán, si no que viene del Supremo. El árbol de la ciencia del
bien y del mal tiene una serpiente enroscada a su tronco y unos frutos del aspecto
más jugoso que nadie pueda imaginar.
Dios dijo que no comiéramos de este árbol,
que conocer los secretos del devenir y adquirir la sabiduría de la que
carecemos para discernir entre el bien y el mal es demasiado conocimiento para
nuestra mente, y que moriríamos, ya que para nosotros el saber es ponzoña.
Eva pensaba esto, y la serpiente la miraba con ojos doloridos, ojos grandes
verdes hermosos en los que puedes adentrarte, ojos que parecen decir «Has
de comer de la fruta de este árbol, debes hacerlo, no morirás,
sino que adquirirás el conocimiento», ojos incandescentes, violáceos,
hipnóticos y Eva coge un fruto del árbol, y lo sostiene en sus
manos, pero la duda aún persiste.
La tradición y los pintores del Renacimiento
han pintado a Eva joven, rubia, desnuda, de fría mirada y pálido
cuerpo junto a una diabólica serpiente y con una manzana en la mano...
Lo que demuestra que la falta de imaginación de esos autores es portentosa,
y su equivocación enorme.
Eva no es una núbil damisela, sino la feminidad
en persona. Grácil pero férrea, mujer por todos los poros de su
cuerpo, cuerpo moreno de retozar desnuda por el Edén, mucho más
excitante y erógena que lo que cualquiera podría soñar...
Al ser la primera mujer, Eva es en sí misma todas las mujeres venideras,
las existentes y las soñadas... Eva es la Virgen y María Magdalena,
Sara, Esther, Lía y Judith, la gran ramera de Babilonia y la mujer de
Putifar, Cleopatra, Isabel la anglicana, la Reina de Saba. Eva es Vina Aspara,
Eva es Madonna y Tina Turner, y Lana Turner, y Gilda, y la tentación
que vive arriba, malditas tentaciones, siempre en lo alto, inalcanzables. Eva
es la mujer de rojo y la mujer de negro, la mujer perfecta y la reina de las
ninfas... Eva era todo eso en presencia y en potencia.
Y
esa serpiente, diabólica, aciaga, no es tal como la
pintan. No es demonio, no es espectro, no es dragón multicolor de agrietadas
escamas, no es traslúcida ni de colores ígneos, no tiene alas
ni colmillos gigantescos ni garras ni patas, ni mide más de treinta codos
de largo y tres de ancho, ni tiene cabeza de león, ni de macho cabrío,
ni nada que se parezca. Es una simple culebra (no pitón, no víbora,
no cobra, no anaconda de quince metros persiguiendo a una mujer hermosa por
canales inexplorados, no...), simple culebra, simple sierpe de campo, de metro
y poco de largo y cabeza redonda, inofensiva, plácida, inconsciente...
Pero embutida en su mirada de esa plácida languidez del pecado... Sin
ser consciente de ello. La serpiente es un animal y no el tentador, es un ser
difuso y escurridizo que pasea de puntillas por la historia, aunque de puntillas
no es la palabra adecuada... La serpiente no habla, pero insinúa. Malvada,
perversa, está en su naturaleza.
Y una manzana... No, una manzana no refleja lo
que era aquel fruto. Su color era difuso, mutable, ahora azulado, ahora violáceo,
rojo cardenal y verde de reflejos metálicos, siempre brillante y resplandeciente,
siempre irisado. Su aspecto grande, jugoso, de texturas suaves y delicadas,
aunque con espinas en algunos lados, con trozos podridos, agujereados, con gusanos
bailoteando por su interior, moho en ciertas partes de la piel, esa piel suave,
acariciante, venenosa, adictiva, que una vez te pones a acariciar no hay salida,
te envuelve, te devuelve abrazos, caricias, besos y roces... Es una fruta para
besarla, pera pasar suavemente la lengua por su piel, para morderla y clavar
los blancos dientes en ella, sorber sus jugos, dejar que floten pedazos de cielo
entre las papilas gustativas, deglutir ese sabor eterno... y pincharse con sus
venenosas púas, sentir gusanos entre los dientes, oír un breve
y seco sonido al chafar uno entre los molares, notarlos escurrir por la garganta,
sentir la podredumbre en el paladar, morir con el veneno ácido... vida
y muerte, bien y mal, conocimiento.
Eva se resiste con todas sus fuerzas a comer de
la fruta, cosa difícil. Una parte de ella le dice adelante, mira qué
hermosa, qué suave, mira los ojos de la sierpe, déjate acariciar,
déjate poseer, conocerás, sabrás, la inconsciencia pasará
a la consciencia... Podrás elegir tu propio nombre, y el nombre de otras
cosas, no necesitarás a un hombre que elija por ti. Come, come, muerde...
Pero otra voz canta dentro de ella, el Padre dijo que morirías, que era
veneno, y eso parece, a veces lo más hermosos es traicionero, Dios se
enfadará, y algo terrible te pasará, una maldición, y Adán
también se pondrá hecho una fiera, aullará, se mesará
los cabellos, no te querrá ya más, y vivirás sola, alejado
del único hombre... Serás diosa, darás nombres, sabrás...
Estarás muerta, caerá sobre ti el infortunio, sufrirás...
Eva deja a sus dos voces interiores discutir,
creando una barrera entre ellas y una tercera línea de pensamiento. Todo
está programado, todo está dispuesto, planificado y listo para
ejecutarse. Esa serpiente tienta porque Dios lo quiere, Dios está detrás,
el árbol, la serpiente... Si no quería que nadie comiese de la
fruta prohibida... ¿Por qué la puso ahí, en medio del jardín
del Edén, sabiendo que un día sí y otro también
pasarían por enfrente, viendo la belleza de esa fruta, con la mente abierta
por tantas prohibiciones y avisos, con cierta tendencia a la curiosidad, por
qué la hizo tan jugosa, tan seductora, tan incitante?
Todo
cuadra. Esa inquietud que la despierta, la hace pasear. El gesto inútil
de nombrar, para llegar a la desesperación de no poder dar nombres a
nada, sólo repetir, el rencor por no poseer nada, ni siquiera a si misma.
Todos sus pasos desde la creación están encaminados a este instante,
a morder con avidez la pulpa del conocimiento. Dios lo quiere así, y
si luego se enfada y castiga, sus castigos tendrán una recompensa implícita.
Pero si Dios lo quiere así, Eva no opina
lo mismo.
Se rebela. No voy a comer de esta fruta, dice
mientras la arroja contra el sorprendido rostro de la serpiente. No voy a seguirle
el juego a nadie, ya que nada poseo, dejadme por lo menos poseer mi destino.
Soy Eva... No, no soy Eva, soy la que yo quiera ser, no quien decidieron que
fuera. No voy a ser Eva, voy a poseerme a mí misma, voy a manejar a partir
de ahora los hilos de mi propio destino.
Serpiente, ya no eres serpiente, eres... León.
Y el león será gusano, y los gusanos elefantes... Mira en tu rostro,
león, hay elefantes chorreando del fruto que ahora se llamará...
durazno, y Adán será Eva, y Dios será Adán, y yo
ya no soy Eva, soy Dios...
¿A que juego? Hay dolor en los ojos de
Eva... Yo no soy Dios, Adán no es Eva, y hay gusanos chorreando en el
rostro de la serpiente, que surgen del fruto del árbol de la ciencia
del bien y del mal. No puedo cambiar de nombres en estúpida amalgama,
no puedo simplemente combinar las cosas y los nombres en un infantil juego.
No puedo llamar mamut a la mosca, sin que a ésta se le caigan las alas,
le crezcan colmillos gigantescos y piel lanuda, y se transforme en aquello que
he nombrado, sólo para descubrir que el mamut ahora vuela y mide menos
de un centímetro. O dar el nombre de jerbo a un tigre sin esperar que
el nombre le resbale entre las rayas y caiga al suelo, despojado de toda importancia,
de todo significado.
Si quiero poseer, no basta con combinar, tengo
que dar nuevos nombres. Tú, avutarda, serás naaguara, y tú
ratón, anyigue... el pulpo será huaggatuinba y el toro sadafe.
Y yo, Eva, para poseerme a mí misma, debo elegir un nombre... Me llamaré
Fyhalf...
Pero tampoco ésta es buena idea. Naaguara
es un nombre que parece exigir cuernos y listas en la piel, por lo cual la avutarda
se convierte en un ser extraño, parecido al pollo basilisco de ciertas
leyendas. El ratón mantiene su aspecto, pero el nombre le aumenta el
tamaño a más de cuatro metros de longitud, y le acorta la cola.
El pulpo se transforma en un ser inanimado metálico, con ojo enorme central
y muchos botones y ruedecitas, de uso incierto, y el toro explosiona en un gran
estallido.
Y Fyhalf... Fyhalf descubre que el nombre se le
escapa por los poros, la aprisiona, la encierra mientras intenta huir, se escabulle
mientras produce heridas aviesas, malignas, por las que el alma de Fyhalf se
empieza a escapar... A Fyhalf le cuesta respirar, se le va la vida, el nombre
la esta consumiendo... No soy Fyhalf, soy Eva, soy Eva... y la descomposición
se detiene. Ahora que Eva entiende que es Eva, que es quien es, que no puede
tratar de ser otra cosa por que no hay cosa que ser que uno mismo, se siente
mejor. No más feliz, no más contenta, no distinta, pero sí
mejor. Acaricia la escamosa cabeza de la culebra mientras agarra otro fruto
y, sin pensarlo siquiera, lo muerde. Karma es karma.
Aquí
vendría un estallido de luz, un violento quebrar de sonido, una transformación
milagrosa y maravillosa. Pero no fue así, nunca las cosas mayores ocurren
de esta forma. Simplemente Eva tomó conciencia de ella misma, conoció
en el sentido de adoptar la actitud de tomar conocimiento, y entendió
la diferencia entre el bien y el mal, así como esa inmensa gama de situaciones
que beben de los dos, poco bien y mucho mal, ni bien ni mal, o un enorme bien
casi perfecto.
Eva, al ver la serpiente, recuerda otra serpiente
que aún no tiene nombre, una serpiente con la que juega y frota entre
sus manos, escurridiza, alegre, que se enerva ante las caricias y se transforma
de culebra en pitón, y Eva le da nombre a una parte de Adán, es
mi primer nombre, y le llamaré serpiente, Adán que tengo tu serpiente
entre mis manos, que ahora es mía, ya que el nombre implica posesión.
Y Eva, al descubrir la metáfora, se apropia de un pedazo de Adán.
Y así, la primera mujer descubre el poder de dar nombres, el auténtico,
no la vulgar repetición de nombres ya dados, ni la combinación
de nombres y cosas como juego, ni el dar nombres falsos a cosas existentes.
Y con el conocimiento de la posesión auténtica y verdadera, llega
el conocimiento de la propia desnudez, no la del cuerpo, si no la del alma,
y el amor, un amor muy distinto al que conocía, un amor devastador, de
fuego, con celos y puñales y heridas y sexo, y mentiras, un amor en mayúsculas,
un amor como el que conocemos.
Y Eva, tras conocer el regalo de Dios que había
en la fruta, coge otra, y se lanza a buscar a Adán, a su hombre, para
que él sienta lo mismo, para que los dos sean uno sólo, para experimentar
ese nuevo placer de dar nombres ficticios a cosas existentes, pero nombres buenos,
que quieran a esas cosas. Y Eva descubre que tiene muchos nombres, nombres agradables
y buenos para ella, no como Fyhalf, que la quemaba y la poseía, sino
nombres que le sientan como un guante.
-Prueba de este fruto, Adán. Sí,
sé que nos dijeron que no, pero es sí, come y lo entenderás,
lo sentirás, lo verás, oh, mi poseedor de la serpiente, mi culebra
feliz.
-¿Seguro?- Pero Adán lo sabe, lo
entiende, ve la luz en los ojos de ella y quiere brillar igual, ve esos ojos
grandes, verdes, inmensos y quiere tener esa aura de fuerza que ahora la atenaza.
Esta nueva Eva es suficiente razón para que Adán se decida. No
entiende lo de la serpiente, lo de la culebra, pero sabe que lo entenderá
en cuanto coma. Y Eva sonríe mientras Adán realiza su primera
transgresión, su primer pecado.
-¿Sabes que ya puedes llamarme por otros
nombres que no son Eva? Puedes elegir, puedes llamarme amor, sueño, cariño,
mi cielo...
Y el paraíso se cierra con un beso, y ese
beso es un paraíso mejor que el Edén.
LABERINTO
-Hay
un poco de dolor en esa taza de café, por si te quieres servir. ¿Sabes?
Hace tanto que no recibo visitas, y menos de esta índole algo sentimental,
que no sé bien qué debo hacer. ¿Acaso he de invitarte a
beber algo, o poner música excitante y dejar mi cuerpo deslizarse por
la alfombra hasta que mi boca y mi lengua se fusionen con tu lengua y con tu
boca? ¿Acaso he de desnudar mi cuerpo, quitarme la ropa en una danza
seductora, y embriagarte con la belleza de mis sinuosas curvas y de mi exquisito
cuerpo desnudo? ¿Ves estos pechos? Son auténticos, nada de silicona,
ninguna operación de cirugía, ni reducción ni ampliación.
En cuanto caiga el sujetador al suelo, verás un auténtico prodigio
de la naturaleza. ¿Quieres tomar algo?, tengo whisky y agonía
en el aparador, en un mueble bar tan vacío como el alma de los mosquitos,
los has visto alguna vez volar por la habitación, enjuagados en colores,
tan patéticos como la vida aterciopelada, pausada, tras el cristal de
un manicomio, y, te lo juro, sé de que hablo. Siéntate en ese
sillón, aparta si quieres las bragas sucias, y escúchame.
Mi padre estaba loco, pero loco de atar. Era alcohólico,
sabes, tomaba cada día más de tres botellas de ese ácido
amargo que le carcomía el sexo y me venía por las noches acuciando,
Manuela, Manuelita, que sé que estás ahí, ábreme
la puerta, sus palabras hedían, y su polla hinchada, enhiesta, sabía
igual que lo que tenía en esa botella. Mi madre lloraba por los rincones,
se apagaba como un suspiro, y me odiaba, me pegaba en cuanto tenía ocasión,
Manuelita, que me estás robando a mi marido, que eres una puta, que te
acuestas con tu padre, y la zapatilla aquí y la mano allá, con
lo cual mi vida era un infierno tanto de día como de noche.
Un día mi madre amenazó a mi padre
con dejarle, que escogiera entre ella y yo. Mi padre la observó en silencio,
cogió el martillo del armario y le golpeó en la cabeza hasta que
el comedor quedo empapado de su sangre y masa cerebral. Creo que estuvo ahí,
sin emitir sonido más que el producido por el impacto repetido del martillo,
sin cesar de golpear, durante más de media hora, cuando los gritos de
agonía hacía rato que habían cesado. Yo permanecí
quieta en un rincón, llorando en silencio, mi padre sentado junto al
cadáver, sin mirarme, con el martillo en la mano, hasta que llegó
la policía a llevárselo.
Recuerdo los mosquitos aletargados vagar inmóviles
como en un cuadro sobre el rostro de los dementes, y el hermoso rostro de mi
padre inmovil, catatónico, observando con total desinterés un
reportaje televisivo. Sus babas caían sobre la mesa, y yo le cogía
la mano, le abrazaba y besaba, y le decía cosas hermosas para que se
sintiera bien. Te quiero, papá, te quiero muchísimo, a ver si
te pones bien y vuelves a casa, te estaré esperando, te quiero, te necesito
tanto... Mucho de lo que le decía no lo sentía de verdad, pero
a veces las punzadas se hacían fuertes, pegajosas, y el deseo me invadía
de abajo a arriba, y recordaba esa botella de extraño, hediondo olor,
y ese crecer de la entrepierna. Entonces llegaban las moscas, esas moscas zumbonas
de brillo metalizado, esas inquietantes conjuradoras malignas que aletean, y
me hablaban con la voz apagada, quebrada por las lágrimas, por el dolor,
la voz renqueante de mi madre. Puta, mala puta, buscona, fregona, pelandusca,
ramera, furcia, malnacida, ladrona, liante, buscona, puta.
Lloraba al oír esas cosas, y, a veces,
en la oscuridad solitaria de mi cama, a altas horas de la madrugada, veo su
rostro espectral susurrante, verdoso, acercándose a mí con la
zapatilla en la mano, hablándome, rodeada de moscas de la misma tonalidad
metálica que su aliento, que sus palabras, que su sucia ansiedad. Al
encender la luz siempre desaparece, pero a veces quedan moscas que vibran y
silban y susurran puta en mis oídos, en mi cerebro, dentro de mi vagina.
Tras la muerte de mi madre, una hermana de mi
madre y su marido me acogieron en su casa. Tenían una posición
desahogada, mucho mejor de la que disfrutaban mis padres, frisaban la cincuentena
y, dada la esterilidad de uno de los miembros (nunca supe cual de los dos) del
matrimonio,
estaban encantados con la posibilidad de tener la hija que nunca pudieron tener
de otro medio. Yo me aproveché, quizás en demasía, de aquella
situación. Los vampiricé, absorbí, les saqué todo
el dinero y el sudor, les camelaba con caricias, con arrumacos falsos y mentiras
de terciopelo, les golpeaba con besos maldiciendo en silencio, mascullando barbaridades
en mi habitación, entre los pósters de seres de ficción,
de actores de cine bordados en carne y cartulina, que me hablaban, que me acariciaban
por las noches arrullándome, con sus dedos que eran mis dedos, con su
cuerpo que era mi cuerpo, y gritaba de placer hasta explotar, al alcanzar el
orgasmo al mismo tiempo que el actor o el cantante del póster.
Nunca he trabajado, sabes... No lo he necesitado.
Siempre me han gustado los gimnasios, me he pasado toda la vida entre cuerpos
sudorosos, tanto masculinos como femeninos, y algunas veces me he planteado
la idea de dedicarme a monitora de aeróbic, o de jazzgim, o de musculación...
Pero no lo necesito, sabes, primero hacía ver que estudiaba, cuando en
realidad pasaba las horas en el gimnasio, o con los amigos y amigas en el bar...
Amigos, ja, no es esa la palabra adecuada, nunca he tenido un verdadero amigo,
de ninguno de los dos sexos, nadie a quien hacer confidencias. Siempre ha sido
gente de paso, gente con la que pasar un rato, beber, hablar de cosas intrascendentes,
ir al cine o follar. Gente para usar y ser usada. A veces tenía la necesidad
imperiosa de contar a alguien lo que sentía realmente dentro, que aquellas
personas con las que vivía, aquella maravillosa pareja a la que manipulaba
a mi antojo, que me consentían todo y de las que podía obtener
su alma, su vida o su sangre con una sonrisa, eran las personas que más
odiaba. Las odiaba por ser tan buenas, por consentirme tanto, por ser tan tontas
que no se daban cuenta de mi desprecio, de mi odio, de mis deseos de ser otra
persona mejor y que ellos al dejarme hacer a mi gusto impedían. Pero
sobre todo los odiaba por que no eran mis padres, aunque deberían haberlo
sido, y habían dejado que los suplantasen una imagen y una voz.
Porque eso era en lo que se habían convertido
mis auténticos padres. Él en una silueta borrosa, babeante, muda
frente a un televisor apagado, sin mente, sin vida. Y ella en una voz repleta
de moscas metálicas zumbeantes y silábicas en mi cerebro, sin
cuerpo ni presencia. Odiaba esa voz y esos insectos pegajosos e incesantes,
malévolos... malévolos.
Que no tuviera amigos no quería decir que
no tuviera amantes, más de los que podrías soñar. Los llevaba
a mi habitación y los usaba, era la más hermosa, la que más
hombres atraía, pero siempre acababa simulando los orgasmos. No me llenaban,
sabes, me hacía falta aquella presencia hedionda, aquel tufo a alcohol,
aquella oscuridad tenebrosa y acuciante. Sin aquella presencia que era ausencia
al mismo tiempo, no era capaz de sentir, mi cuerpo era como un iceberg quebrado
por un pequeño resquicio de placer. Me gustaba usar a aquellos hombres,
recibir de ellos caricias y besos que acallaban la voz de mi madre.
Y las cosas iban a mi favor. Cuando yo tenía
un poco más de treinta, murió de un infarto mi padre adoptivo,
y me las arreglé para encerrar en una residencia de ancianos a su esposa.
Aún sigue ahí, la verdad es que prescindí de ella y me
quedé con el piso y el dinero, dejando lo justo cada mes para que estuviera
bien cuidada y olvidando sus ojos acusadores cuando se la llevaron. Yo era libre,
libre totalmente.
Pero
ya antes era libre, no había sido necesario, pero lo necesitaba, no sé
si lo entiendes, era una libertad solitaria, sin nadie ahí, nadie más
que los hombres que iban circulando por la casa, hombres que usaba y desechaba
a toda velocidad. Aquellos tres años fueron los más felices, o
quizás mejor, los menos infelices de mi vida. Aún visitaba la
sombra a la que llamé padre, aún resonaba en mi cerebro las moscas
metálicas que eran la voz de mi madre, y esos ojos grandes, azules, acusadores,
de esa persona que tanto me había amado y a la que tanto había
odiado, pero los hombres y la botella de whisky me ayudaban a soportarlo.
Un día recibí una llamada. Era del
manicomio: la enfermera asustada me comentaba que mi padre se había escapado,
que lo estaban buscando, que si tenía noticias o sabía cualquier
cosa que llamase enseguida, que me mantendrían informada de las novedades.
Al colgar, sabía que mi padre vendría a mí, con la botella
en la mano.
Aquella noche llamó al timbre. Aporreó
la puerta durante más de una hora. Yo le escuchaba gritar, golpear, sangrar
contra la puerta en silencio, con la botella vacía entre mis manos, intentando
adivinar cuánto tiempo podría aguantar allá en silencio,
sin moverme, sin ir a abrirle.
Aguanté tres horas. Sería la una
de la madrugada cuando quité la cadena que sujetaba la puerta, hice girar
la llave en el cerrojo y me arrojé en los brazos de mi padre. Llevaba
consigo una botella, medio llena de su masculinidad hedionda.
Hicimos el amor, sin salir de mi piso para nada,
durante dos semanas. Por suerte, yo tenía numerosas provisiones tanto
de comida como de bebida, y encargábamos pizzas para suplir algunas necesidades.
Nos golpeábamos, nos violábamos mutuamente, bebíamos y
nos cortábamos con los vidrios rotos que salpicaban la casa.
Él no hablaba, sólo balbuceaba mi
nombre y palabras sueltas. Me cogía por la nuca, aullaba y me acariciaba,
frotando su miembro o la botella que llevaba en la mano, indistintamente, contra
mi cuerpo. Lloraba en rincones, y repetía «soy feliz, soy feliz».
A veces lo observaba en un rincón, tumbado en el sofá, sin cesar
de beber, y lo deseaba tanto que me acercaba y lo besaba, y bebía del
whisky que aún tenía en la boca. Amaba a mi padre, lo amaba y
lo deseaba hasta la locura. Pero las moscas aún resonaban, repitiendo
su cantinela putaputaprostitutaladrona te odio, me has robado lo que más
quiero, busconapelandruscamalaputa. Y acudían cada día con más
frecuencia, zumbaban e insultaban, la voz de mi madre, mi madre y mi enemiga,
mi madre a la que amaba hasta la locura y odiaba hasta la muerte. Un día,
incapaz de aguantar más aquella agonía, agarré un cuchillo
de cocina y lo clavé más de cincuenta veces en el cuerpo dormido
de mi padre, lloraba en cada golpe, y cada cuchillazo me lo daba a mí,
se lo daba a la sombra de mi padre que tanto amaba, se lo hundía en las
moscas verdes y metálicas que eran la voz de mi madre, reventaba los
ojos azules y culpables que me habían querido, se adentraban en el corazón
de una niña de doce años cuya vida se había ido al infierno.
Luego, entre lágrimas, desnuda, manchada de sangre y alcohol, llamé
a la policía.
Lo consideraron defensa propia, y tuvieron en
cuenta mi estado mental. Pasé cerca de cinco años en un sanatorio
mental.
Luego volvía a mi casa, que es ésta
en la que estás. Estuve cerca de tres años aislada del mundo,
sin apenas atreverme a salir más que para lo básico, esperando
encontrarme ese cuerpo al que asesiné en algún rincón,
o esa voz que ya no me habla en algún sonido, o esos ojos que dejaron
de visitarme en el reflejo de un espejo. Nada de eso ocurrió.
Y hoy, libre de todo por fin, he decidido buscar
un hombre que me escuche y que pueda darme caricias y sexo.
Y tú has sido el elegido.
Hemos hablado mucho de mí, y poco de ti.
¿Me has dicho que tenías diecisiete años, verdad? Yo te
hacía incluso más joven, te hubiera echado catorce o quince.

Entrevista: Carmen Membrive González
EL ARTE DE NARRAR ENSAYOS
-Cuando la literatura
habla de literatura, cuando la crítica literaria se convierte en el motivo
esencial de la novela, ¿dónde queda la ficción?
-Depende del héroe. Cuando el protagonista es Don Quijote o Pierre Menard o M. Teste no hay mayor problema, quiero decir, la ficción se instala en el personaje. Las novelas de Thomas Bernhard podrían ser otro ejemplo, ahí el héroe perturbado por la cultura es el que narra la historia.
-He adquirido sus novelas en la sección de narrativa. Ahora comprendo que su lugar debió estar en la de ensayos novelados. Me he informado y no existe. ¿Este hecho, a su juicio, se debe a una escasez de espacio o a una falta de renovación de los géneros literarios?
-Estaría
muy bien acompañado. En esa hipotética sección de la librería
de Babel (ya que no de la biblioteca) uno se encontraría con Bouvard
y Pècuchet de Flaubert, con Pale Fire de Nabokov, tal vez
con Herzog de Bellow, seguro con libros de Vila-Matas, de Bolaño,
de Macedonio Fernández.
-¿Habría que incluir la traducción dentro de la clasificación de los géneros literarios?
-Seguro que sí. Por supuesto, han sido los poetas los primeros en comprender la importancia del cambio de lengua para captar el secreto de la literatura. Pound construyó ahí toda su poética. Las traducciones de José Emilio Pacheco o de Alberto Girri nos ayudarían a pensar la traducción como un género privado (si fuera posible el oxímoron).
-¿Qué le debe la literatura al plagio?
-El plagio es un modo de leer por escrito, en ese sentido se parece a la cita y también a la traducción. Se copia un texto en otro registro o en otro contexto o en otra lengua. La diferencia, claro, tiene que ver con el nombre propio y por lo tanto con la propiedad.
-¿Hay algo en el carácter argentino que los haga especialmente dotados para el relato?
-Más bien habría que decirlo al revés, la realidad argentina nos obliga a afinar la destreza en el arte de narrar.
-¿En qué medida es aplicable la idea del origen apócrifo a otras literaturas?
-Se trata, como usted sabe, de una hipótesis de Renzi, que es quien narra la novela. No sé si se puede generalizar, aunque tal vez Gombrowicz diría eso de la literatura polaca.
-Estamos en año de conmemoraciones literarias. El Quijote hasta por arte de encantamiento, a diestro y siniestro. Existe incluso una versión hip-hop. ¿Víctima o apropiación indebida de la cultura de masas?
-No está mal que Don Quijote circule en la cultura de masas, ya que viene de ahí (si nos permitimos el anacronismo de llamar a las novelas de caballería la cultura de masas de su tiempo).
-Cervantes no tuvo para su novela los poemas laudatorios que el protocolo literario de la época exigía, pero tuvo su apócrifo. ¿Acaso una ironía?
-Me ha divertido siempre el hecho de que la única novela de caballería que lee Don Quiijote en el libro es la versión apócrifa de sus propias aventuras, es decir El Quijote de Avellaneda
-¿Podría
explicarme la siguiente operación: Macbeth + Quijote = Lenin?
-El idealista como criminal.
-En Respiración artificial encontramos una serie de reflexiones sobre la literatura argentina y el lenguaje de la escritura. ¿Es para usted el estilo una suerte de conglomerados y restos que tiene como finalidad la transposición verbal de sus novelas?
-En todo caso lo que llamamos estilo es un uso personal del lenguaje. Un intento, sería mejor decir, de usar privadamente el lenguaje, que desde luego es social.
-‘Luba’, el supuesto texto inédito de Arlt, es un diálogo entre Luba, la prostituta, y un anarquista fugitivo. A medida que avanza la conversación adquiere tintes más cercanos al debate filosófico y moral de lo que cabría esperar por la situación que se relata. ¿La oralidad de la escritura de Arlt se puede reducir a una cuestión de forma?
-El tono narrativo de Arlt le permitía pasar de un registro a otro con gran facilidad. Supongo que aprendió eso en Dostoievski.
-¿Qué tienen en común ‘Luba’ y La puta respetuosa de Sartre?
-Nunca había pensando en esa relación. Se trata de dos mujeres respetuosas, en todo caso.
-«Borges es un escritor anacrónico; con él se cierra la literatura del siglo XIX» dice Emilio Renzi, uno de sus personajes.
-El propio Borges se veía como un escritor anacrónico y lo consideraba su mayor virtud. Le interesaban todas las formas de narrar que fueron anteriores a la novela.
-En
su novela la ironía se dirige a la descripción de una clase adinerada,
burguesa, la del gentleman argentino. ¿Se trata de una manera de conspiración
privada?
-La ironía como conspiración privada sobre el mundo social. Exactamente.
-A pesar de la imposibilidad de reconciliar el mundo de la ilusión y el mundo real, éste último le ha dado grandes argumentos. Hábleme de Plata quemada, ‘El Laucha Benítez’, ‘Mata Hari 55’, ‘Las actas del juicio’.
-Estoy escribiendo ahora una serie de cuentos que retoman la línea de los textos que usted nombra.
-¿Qué tiene Nombre falso que le lleve a afirmar que es lo mejor que ha escrito?
-Quiero decir que en ‘Homenaje a Roberto Arlt’ encontré una forma. No es un juicio sobre el valor del texto, sino sobre el valor que el texto tuvo para mí.
(Madrid, España,
1963)
Desde
muy joven hizo su apuesta de vida: comprenderse a sí mismo a través
de su trabajo y -posteriormente- tras un proceso creador estructurado, volcarlo
en sus dos pasiones, que son la literatura y la arquitectura. Ha residido durante
más de cuatro años en México. Allí pudo colaborar
en las revistas México Volitivo, Artes e Historia y
EQUIS. En España, en distintos medios, como la Fundación
Internacional Max Aub, La Hoja de Vallecas, y Contra Tiempo.
Trabaja actualmente en su primer libro de poesía, que llevará
por título Arquitectura Efímera.
Este cuento es inédito.
LAS PACES CON LA LITERATURA
Estuvimos
mucho tiempo sin hablarnos. Padecíamos los dos de irrealidad, según
comentaban los que entendían de estas cosas, pero ninguno nos dábamos
por enterados, como no queriendo reconocer nuestra enfermedad por miedo a quedarnos
solos. Habíamos empezado a frecuentarnos hacía dos años,
a pesar de que nos conocíamos desde tiempo atrás. Los dos vivíamos
en aquel edificio antiguo, demasiado clásico, donde ningún vecino
era capaz de cambiar nada que no hubiera visto utilizar a otro. Su aparición
aquel día tan triste fue para mí un bálsamo. Pronto sus
visitas comenzaron a ser mucho más frecuentes y excitantes. Tanto, que
acabamos por perder ese ardor inicial que provoca en los enamorados un enajenamiento
preocupante.
Me
enfadé con ella cuando de repente caí en la cuenta de sus mentiras,
casi siempre lugares comunes en donde -suponía yo- caían todas
las parejas de amantes ocasionales; islas inventadas con el exclusivo afán
de alienarme, de mantenerme atrapado una semana más entre sus finas redes.
He de reconocer que tampoco mis intenciones con ella eran las más honorables,
pues la utilizaba a conveniencia como pañuelo de lágrimas que
jamás me atreví a derramar en su presencia.
Nunca olvidaré aquellas tardes inacabables
en las que se fueron acercando nuestros cuerpos. Yo comenzaba a cortejarla comparándola
con la pintura y con el resto de las artes mayores pero, sintiendo cómo
se le subían las ínfulas y por miedo a que pensara que ya me tenía
atrapado entre sus garras, mitigaba el impacto de mis halagos de taimado galán
con otras frases menos lisonjeras, rayando casi el insulto. De todo lo que llegué
a decirle lo que peor le sentó fue aquello de que era una inútil,
que no servía para nada. Quizá fui demasiado duro con ella.
Pero cuando realmente se crispó conmigo,
sin apenas poder controlarse, fue cuando arrojé a sus pies unas palabras
sueltas, arrancadas de un poema de Mallard y le dije:
-Fíjate en ésta, habla menos que
tú, pero todo en ella es bello, no necesita relleno ni palabrería
hueca.
Desde entonces estuvimos más de un año
sin vernos.
Hasta que una mañana de verano, después
de una de mis innumerables farras, tumbado en la cama observaba los charcos
de luz que se habían formado en el suelo al traspasar la persiana y me
acordé de ella. La recordaba desnuda encima de mí, en la penumbra
de aquel hotel de Torreón susurrándome al oído palabras
obscenas, o paseando a mi lado en O’ Cebreiro aquella tarde tan fría,
por unos caminos hechos de tiempo y agua. Era entonces cuando llegaban a mí,
inconexas, retumbando en mis oídos, sus palabras de corazón paloma.
Quizá fui demasiado duro con ella, pensé.
Cuántos secretos nos habremos susurrado entre líneas, cuántos
caminos imposibles habremos trazado juntos, cuántos comportamientos míos
habrán sugerido sus movimientos.
Y es que seguramente ninguno de los dos estemos
preparados para resistir las verdades así tan desnudas. Hay que convertirlas
en delicada flor que nace espontánea en un campo cubierto de estiércol.
A lo mejor la verdad poderosa es como la luz del sol, tenemos que atenuarla
con cortinajes y mamparas para que no llegue a dañarnos con su fulgor
al exponerla directamente a los ojos.
Con el tiempo hemos vuelto a vernos, sí,
pero ahora de distinta manera. No es que yo haya corrido a abrazarla, ni mucho
menos. Nos miramos furtivamente cuando cruzamos las miradas cada noche, deseándonos.
Yo, en mi cuarto, con la pluma negra siempre cargada en la mano. Ella con las
ventanas de par en par, desnuda, con sus miradas lascivas de papel en blanco.

Entrevista: Rafa Calvache
LA FACULTAD DE VOLVER
Eloy Tizón es uno de esos escritores con los que la conversación se hace fácil, uno de esos escritores que desprende experiencia sin ser presuntuoso, uno de esos escritores que se cree sus propias mentiras y es capaz de trasmitírnoslas como nadie, un escritor, en definitiva, que en seguida conecta contigo y te hace sentir cómodo y tranquilo, muy tranquilo. A sus 41 años ha publicado ya cinco libros: el poemario La página amenazada (Arnao), La velocidad de los jardines (Anagrama), Seda salvaje (Anagrama), Labia (Anagrama) y La voz cantante (Anagrama).
-«La atracción del abismo no
era nueva para mí». En esta frase que aparece en tu último
libro, La voz cantante, parece resumirse toda una declaración
de principios. ¿Es, acaso, esa misma atracción la que te hace
decantarte por una creación literaria de calidad, de amor a las palabras,
de meditada y profunda reflexión?
-Gracias por el elogio. La verdad es que, cuando escribo, no tengo la sensación de elegir entre dos opciones (un tipo de escritura u otra), sino que lo hago de la única forma que puedo. Será mejor o peor, pero yo no puedo escribir de otro modo. Mirando al abismo, sí. En estos tiempos en que predomina un tipo de ficción comercial y oportunista, de usar y tirar, es cierto que apostar por la literatura tiene algo de ejercicio de funambulismo, de andar en la cuerda floja, haciendo equilibrios sin red. No concibo otra alternativa. Claro está que un escritor digno de recibir ese nombre es alguien que se la juega.
-Escribes que «La noche se apretaba en las ventanas». Esta preciosa expresión, al margen del sentido que tiene en tu libro, me lleva a meditar sobre lo que, de verdad, busca el lector actual en una novela y me da la impresión de que, en la mayoría de los casos, éste huye de una literatura de calidad y busca la novela llena de trucos fáciles y efectistas. ¿Crees que estamos viviendo una etapa de noche, de obscuridad en un mercado (el del libro) en el que los beneficios que un autor proporciona a las editoriales son inversamente proporcionales a la calidad de los textos?
-Es difícil saber si la situación que tú describes es coyuntural o siempre ha sido igual, y la literatura a lo largo del tiempo ha sido un bien escaso y minoritario, una especie de milagro que brota de tarde en tarde. No sabemos con exactitud qué sucedió en el pasado, pero es cierto que hoy en día lo que se impone en las listas de éxitos (y no sólo en literatura, mira lo que ocurre en cine o música) son objetos de entretenimiento. No es que sean mala literatura, no, ni siquiera eso; es que directamente no son literatura, sino productos, mercancías, bienes de consumo rápido impuestos a golpe de publicidad por la industria del espectáculo. Está bien que esos cosméticos existan (si no queda otro remedio), pero a condición de que no se confundan con la literatura, que -resulta evidente- es «otra cosa» y apunta a otras alturas. Puedo estar equivocado, pero tal como yo lo veo, hay una inmensa capa de palabrería, estupidez y negocio, recubriendo un pequeño oasis de auténtica literatura, que como todos los oasis es un lugar apartado, extraño y fascinante.
-¿Qué
parte de culpa tiene en ello la universalización de la lectura en un
país, España, en el que hace tan sólo 25 años la
cuarta parte de la población era analfabeta? ¿La literatura de
baja calidad es el precio que debemos pagar por la rápida alfabetización
de la población o, a tu juicio, esto no ha influido y son otros los elementos
que han provocado esta situación?
-El bajo nivel cultural y el retraso en la alfabetización puede tener su parte de culpa, desde luego, aunque el hecho de que en otros países supuestamente civilizados triunfen las mismas baratijas de saldo, me lleva a ponerlo en duda. El caso es que en los últimos años al libro le han salido muchos otros competidores: la tele, internet, las consolas de videojuegos, los móviles. Las formas de ocio actuales ofrecen estímulos rápidos y superficiales bajo el dictado del mínimo esfuerzo. La literatura es justo lo contrario: demanda lentitud, soledad, silencio… Y es una pena que tantas personas se castiguen a sí mismas privándose del placer de la lectura, porque nunca antes en la historia de la humanidad ha habido tantas facilidades para acceder a los libros como hay en estos momentos.
-Así parece ser. Y ya que mencionas a la televisión, existe la tendencia, cada vez más asumida, de convertir a la literatura en una prolongación del espectáculo televisivo; algo banal, vacío, insulso y de disfrute rápido, igualándola en contenido y eliminando el elemento crítico y reflexivo, ese disfrute lento y en silencio al que hacías referencia y que siempre ha aportado la lectura de un buen libro. La mayoría de los libros ya no nos hacen pensar. No nos enseñan a hablar de las cosas que no conocemos, como pretendía Rousseau. ¿Existe, a tu modo de ver, alguna posibilidad de que escritores y editores conjuguen con éxito las posibilidades mediáticas que la televisión y las nuevas tecnologías nos ofrecen en la actualidad o crees que, por el contrario, es un matrimonio imposible?
-Yo no soy un experto en comunicaciones, no soy más que un narrador, un contador de ficciones, un mentiroso, así que mi respuesta tiene una validez relativa, pero veo muy difícil que el matrimonio entre cultura y televisión pueda darse. Ambos se desenvuelven en bandos contrarios. La televisión, salvo contadas y muy dignas excepciones, segrega espectáculo jadeante, competitividad y conformismo, mientras que la literatura es un camino silencioso de exploración personal, diálogo con uno mismo y ritmo lento. Parece que la televisión es un asunto de masas y la literatura es un asunto de individuos, de contraseñas, de pequeños grupos de conjurados, y en este sentido tal vez internet sí puede ofrecer mejor un espacio de intercambio y debate (a través de sus ya famosos blogs, por ejemplo), al margen de la dictadura del mercado.
-Vemos que es un mal general, universalizado, que no es algo local, lo cual nos preocupa, si cabe, aun más. Recientemente, Knut Ahnlund, miembro de la Academia Sueca de la Lengua, la abandonó al considerar que el Premio Nobel de literatura concedido a Elfriede Jelinek, cuya obra considera Ahnlund como pobre, unidireccional y parasitaria, desprestigiaba a la institución. En España, Juan Marsé y Rosa Regás, miembros del jurado del Premio Planeta, han declarado la nula o escasa calidad literaria del conjunto de la obra presentada al concurso y de la ganadora. Siendo evidente que los premios literarios no pueden servirnos de referente a la hora de evaluar la calidad de una obra y que la lista de los más vendidos tampoco parece una referencia aconsejable, ¿Dónde encontrar ese referente?
-Ésa
es la gran pregunta. ¿Dónde encontrar referentes? Desde luego,
y no es poco, sabemos dónde NO encontrarlos. No están en los escaparates
culturales ni en los grandes premios millonarios, que no son más que
falsedad y contaminación acústica. ¿Entonces? Entonces
uno debe tomarse el trabajo de escarbar bajo la superficie y buscarlos por su
cuenta, ser exigente y no conformarse, porque en el fondo hay bancos de corales,
en el fondo hay auténticas maravillas en forma de libro, allí,
al alcance de tu mano, de eso puedes estar seguro.
-De acuerdo contigo, pero mójate un poco y déjanos un canon literario particular de recomendaciones. Libros en los que, a tu juicio, es posible encontrar esas “maravillas” de las que hablas. Me atrevería, abusando de ti, a solicitarte 10 títulos de autores considerados como clásicos y otros 10 de autores contemporáneos. ¿Te atreves?
-Esta es una pregunta que siempre resulta complicada de contestar. Sobre todo, porque yo no soy de los que reniegan o tratan de disimular sus influencias, al contrario. Creo que el entusiasmo y la admiración son magníficos resortes para andar por la vida. Por supuesto, tengo deudas de admiración con gran cantidad de autores, que han alimentado mi sensibilidad, me han curado las heridas, han educado mi mirada, me han ensanchado el alma, y me han proporcionado horas de placer y felicidad lectora. Yo soy muy feliz leyendo, puedo decirlo orgulloso. Resulta imposible reunirlos a todos en una sola lista, pero entre los clásicos no puedo dejar de citar los cuentos de Antón Chéjov, John Cheever, Julio Cortázar, y las novelas de Marcel Proust, Vladimir Nabokov, Samuel Beckett, Franz Kafka, William Faulker, Clarice Lispector (La hora de la estrella), Djuna Barnes (El bosque de la noche), Juan Carlos Onetti (El astillero)… Y entre los contemporáneos, entre los autores de mi edad o más jóvenes, siento que estoy en sintonía con Los aéreos de Luis Magrinyà, Frío de vivir de Carlos Castán, Las buenas intenciones de Ángel Zapata, El secreto de la lejía de Luisa Castro, Las interioridades de Félix J. Palma, Los últimos percances de Hipólito G. Navarro, Una vez Argentina de Andrés Neuman, El malestar al alcance de todos, de Mercedes Cebrián… No sé si son diez, he perdido la cuenta. Seguro que me dejo a muchos fuera -pido disculpas por ello-, pero puedo asegurar que todos ellos poseen un talento indiscutible.
-Yo
añadiría, sin duda alguna, a Eloy Tizón en esa recomendación
particular que nos haces, aunque entiendo que recomendarse a sí mismo
puede no ser políticamente correcto. Sin embargo y con tu permiso, te
añado a esa lista de joyas literarias.
Si tuvieras que incluir alguno de tus libros,
sólo uno, ¿por cuál te decantarías y qué
motivos te llevarían a ello?
-Muchas
gracias de nuevo, te lo agradezco de corazón. El caso es que a todos
mis libros los veo como una unidad, como parte de un mismo proceso de exploración,
de búsqueda. Me cuesta considerarlos piezas independientes. Es como si
desde los dieciocho años estuviese escribiendo una sola, larga e interminable
frase que se interrumpirá, supongo, el día en que me muera. Pese
a sus diferentes texturas, todos mis libros son un solo libro (al menos, yo
así lo siento), responden a una sola voz con distintos matices y modulaciones.
No reniego de ninguno de ellos, aunque como es natural, por lo que recuerdo
(pues evito releerme) algunos trozos destacan por encima de otros.
Dicho esto, reconozco que siento una cierta debilidad
por Labia, un libro al que dediqué cuatro años y considerables
esfuerzos, pues su estructura discontinua, fragmentaria, como de cajas chinas
-algo a medio camino entre el cuento y la novela- me dio un considerable trabajo.
Parte de una idea bastante marciana, que es el intento de incrustar un cuento
de hadas en el mundo del suburbio. Creo sinceramente que es el libro con el
que he llegado más lejos y más me he aproximado a lo que soñaba
contar. Lamento que, en general, pasase bastante inadvertido. Hay mucho de mí
en este libro: está la infancia aterida, el extrarradio donde me crié,
el
deslumbramiento
del arte, la caligrafía, la emoción por los libros, por los mitos,
y por encima de todo una declaración de amor a la belleza literaria como
forma de hacer soportable la vida en este mundo.
-Para seguir desnudando tu alma y, sobre todo, para terminar esta entrevista, me gustaría que me dieras tu opinión sobre las interrelaciones existentes entre los distintos géneros artísticos. Es decir, ¿tú crees que necesariamente influye en tu escritura la música que oyes, la pintura que ves, etc... o que, por el contrario, estás aislado de las influencias con las que vives? ¿Cambiaría tu forma de escribir si, por ejemplo, en vez de oir a Mahler oyeras a Vivaldi? ¿Podrías señalarme, si las tienes, tus principales influencias o gustos en, pongamos por caso, la pintura, la música y el cine?
-El aislamiento del escritor es, en gran medida, un mito falso. Cualquier creador, del campo que sea, ha de vivir con las antenas desplegadas y en estado de curiosidad y receptividad permanentes hacia todo lo que le rodea. Y si no lo hace así, pues peor para él, porque envejecerá pronto y mal. Es evidente que todo influye en todo, que todo estimula, inquieta, desasosiega, hiere. El arte se alimenta del arte. Por descontado, el resto de las artes nutren mi sensibilidad, y claro que escucho música (clásica o pop, en función de mi estado de ánimo), y veo exposiciones, obras de teatro y películas, aunque siempre menos de lo que me gustaría. El cine, sobre todo, ha sido una fuente constante de felicidad a lo largo de mi vida, y sigo teniendo hacia él idéntico interés que en mi adolescencia. Mi lista de películas amadas podría llenar un listín telefónico, así que mejor me contengo, pero sólo te diré que en los últimos tiempos he descubierto a un director chino que me toca muy de cerca el corazón, y es Wong Kar-wai. In the mood for love o 2046 son filmes emocionantes, plásticamente muy bellos, con argumentos mínimos, pero teñidos de melancolía, una extraña poesía doliente y un gran poder de resonancia. ¿Y no podría ser ésa, después de todo, una de las definiciones del verdadero arte?
(Almería, España,
1982)
Licenciado en Derecho y Master en Urbanismo, ambos por la Universidad Carlos III de Madrid, ejerce como asesor urbanista y escribe de forma ocasional y compulsiva. Ha sido premiado en diferentes certámenes como el de Cuentos Medioambientales (Pamplona), “Si el Norte fuera Sur” (Fundación “El Compromiso” de Madrid), Certamen de Relato Corto “Universidad Carlos III de Madrid” y el Certamen Literario “Café Compás” (Valladolid). El cuento premiado en el certamen vallisoletano es el que ofrecemos ahora.
ESTOFADO CUBISTA
En
aquel restaurante escondido en algún lugar del Madrid de los Austrias,
recordé aquellas palabras que un día pronuncié en la mesa
de casa antes de atacar un guiso de rape, patatas, almejas, piñones y
huevo, de aspecto amarillo fosforescente: “Mamá, tiene tan buen
aspecto que no apetece comérselo”. Aunque todos lo tomamos a broma,
yo estaba convencido que no era una idea descabellada, y ahora, recostado sobre
la piedra de esta cueva habilitada como restaurante, un caballero de mediana
edad, con cierto corpachón y embutido en una chaqueta usada de cuero,
comentó al joven camarero que prefería dejar la crema de rodaballo
con nuez moscada porque le parecía un plato realmente bello y solicitó
que, si era posible, se lo embalaran con delicadeza ya que tenía la intención
de llevárselo y colgarlo en el recibidor de su casa. Con el rostro desencajado,
el joven camarero accedió a la extravagancia del cliente, y después
de consultar con el cocinero jefe, accedió a su petición y le
espetó que la descomposición de la crema de rodaballo colgada
de la pared del recibidor podía apestar a las visitas.
Aquella noticia del hombre que pagó la
crema de rodaballo y que prefirió observarlo en lugar de comérselo
corrió como la pólvora, y esa reivindicación estética
de la comida se propagó en todas las direcciones. Los chefs más
afamados y las cocinas más vanguardistas se hicieron eco de la noticia
y, a partir de entonces, se enzarzaron en una lucha encarnizada por conseguir
que cualquiera de sus comensales observara alguno de sus platos como una obra
de arte y rechazara ingerir el plato de comida. Se podía decir que un
fogón no era lo suficientemente moderno si al final del almuerzo o de
la cena los platos se encontraban bien rebañados.
Al principio, se comenzó por el ensamblaje
de texturas, la fusión de sabores o el contraste de ingredientes dispares.
Espinacas con huevas de langosta en polvo, habas o guisantes edulcorados con
néctar de frutas ácidas, carne de cocodrilo al vino de Jerez con
hierbas aromáticas o los chupa-chups de codorniz rellenos de lasca de
parmesano eran algunos ejemplos de lo que aún estaría por llegar.
El paladar comenzaba a viajar por los universos de sabores que procedían
de la imaginación descontrolada de los cocineros, pero todo el mundo
era consciente que había que dar un paso más, una nueva revolución,
y esta no era otra que hacer que la gastronomía fuera sencillamente arte
hasta sus últimas consecuencias, hasta conseguir guisar un estofado cubista.
El arte se fue colando en las cocinas a través
del vapor de las cacerolas y se introdujo por las rendijas de los hornos hasta
instalarse en el acero de los fogones. Las cocinas del mar experimentaron salsas
de coral australiano, foie-gras sobre palmito amazónico, jugo de plancton
extraído de las rocas submarinas, corvina blanqueada con jugo de hígado
de calamar, humor vítreo de los ojos del pescado con escabeche de algas;
los asadores comenzaron a freír la carne, verduras y patatas con sprays
de aceite dotado de toques de humo; las marisquerías extrajeron carbones
a partir de maderas de barcas hundidas hace años para aliñar guisos,
añadieron gambas de río secas, o ensalzaron las vieiras con crema
de judías; y los restaurantes vegetarianos mezclaron todo tipo de especias,
frutas tropicales, hortalizas y aceites sazonados con plantas desconocidas.
Antes de proceder al guiso o a la fritada, los chefs
alzaban las espátulas y espumaderas como si se trataran de pinceles,
situaban las ollas y sartenes sobre los fogones al igual que los pintores se
colocan los lienzos, y entonces daba comienzo la combinación infinita
de ingrediente y de colores. Estaban hechos unos artistas. Las cocinas se convirtieron
en auténticos talleres de arte y de sus fogones se extraían todo
tipo de estilos pictóricos que se plasmaban en cientos de lienzos exhibidos
a la hora del almuerzo
Los
clientes acudían para contemplar las obras maestras de los cocineros
y era costumbre sentarse en la mesa con mantelería y cubiertos que no
iban a ser usados y dejarse llevar por la imaginación que rebosaba de
las cazuelas. Así, el menú del día comenzaba con una ensalada
impresionista realizada a base de tomates, cebollas y pimientos cuarteados en
mil pedazos que captaban la luz del atardecer; continuaba con una sopa muy oscura
vertida sobre un recipiente muy sobrio cuyos destellos burdeos que palpitaban
en el poso recordaban un óleo de Zurbarán; el primer plato consistía
en un chuletón renacentista decorado con unos puerros gratinados que
le proporcionaban un aspecto muy sereno; de segundo, unas langostas barrocas
en escorzos imposibles coronadas con una frondosa vegetación y presentadas
sobre el fondo del mar; o bien un plato modernista que contenía dos taquitos
de sepia de diferente color; y de postre, una instalación de milhojas
y glaseados que emulaban en miniatura rascacielos de ciudades. Fue entonces
cuando nos acostumbramos a decir: “vengo de comerme un Rembrandt”,
“estoy empachado de impresionismo”, “mi preferido es el estofado
cubista”, “vamos a degustar unos postres de Matisse” o “este
Tápies está delicioso”.
Pero llegó el día en que todo cambió.
Un hombre ajado y solitario entró en uno de estos santuarios gastronómicos.
Cuando el camarero le requirió para escoger el movimiento artístico
que el caballero prefería tomar, éste contestó que deseaba
comerse un solomillo a la plancha sin más. Despreciada la estética
en los alimentos, una vez que la comida se había hecho arte, la comida
volvió a ser hambre. El camarero observó al hombre como si fuera
un animal, y entrecortado, le preguntó sobre cómo quería
el solomillo. Y éste le contestó: “Bastante crudo, por favor”.

Entrevista: Ángel Manuel Gómez Espada
LAS CONVERSACIONES DE LA FRONTERA
Ignacio
Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) es licenciado en Filología
Hispánica e Italiana y reside en Barcelona desde 1982. Lo conocimos una
noche de luna ebria en Murcia y nos deslumbró con su buen hacer con el
uso de la palabra. A pesar de su juventud, se ha ido afianzando con el paso
del tiempo dentro del panorama narrativo actual, con un estilo contundente y
muy propio. Sus personajes se pegan al recuerdo como esas dos o tres tardes
de lluvia que siempre marcan a uno. Conversar con él siempre es un privilegio,
aunque sea desde la distancia. Colaborador asiduo de diversos medios de comunicación,
es autor de las novelas La ternura del dragón (1984), Nuevo
plano de la ciudad secreta (1992), Carreteras secundarias (1996),
María bonita (2001) y El tiempo de las mujeres (2003),
así como de los libros de cuentos Alguien te observa en secreto
(1985), Antofagasta (1987), El fin de los buenos tiempos (1994)
y Foto de familia (1998), todos ellos publicados por la editorial Anagrama.
Ha escrito también tres novelas juveniles: El tesoro de los hermanos
Bravo (1996), El viaje americano (1998) y Una guerra africana
(2000).
Ha escrito el guión de Carreteras secundarias,
cuya adaptación cinematográfica fue dirigida por Emilio Martínez-Lázaro.
Su última novela, El tiempo de las mujeres, va a ser llevada
al cine.
La crítica ha dicho de su última
obra, Enterrar a los muertos, que es uno de los hallazgos del año
pasado, el 2005. Nosotros, os recomendamos comenzar como una buena entrada con
sus libros de relatos, para pasar después al deleite de sus, sobre todo,
tres últimas novelas, donde el amargor de su ironía se condensa
hasta darnos unos retratos de épocas cercanas que se respiran a través
de sus líneas. Todo un acierto.
-Por lo visto, el hecho de haber llevado Carreteras secundarias a la gran pantalla con tan buen éxito y tan buena fortuna en la exquisita interpretación de sus personajes principales masculinos le ha llevado a ponerse de nuevo manos a la obra. ¿Le está cogiendo el gustillo a eso de ver sus novelas cinematografiadas, o sólo lo hará cuando intervenga como guionista?
-Ahora estoy escribiendo un guión, también para Emilio Martínez-Lázaro, pero esta vez no está basado en una novela. Es la historia de las trece rosas, las trece jóvenes comunistas fusiladas sin motivo a comienzos de la posguerra. La verdad es que es una historia que me gusta mucho. Ésa es la principal razón por la que he aceptado escribir el guión. Y estoy seguro de que de ahí saldrá una buena película.
-¿Qué le parece esa experiencia, siendo un mundo tan diferente pero necesario para la literatura?
-He escrito de todo, incluido teatro, algo que reconozco que no es lo mío, así que ¿por qué no escribir guiones? Me gusta pensar que soy capaz de moverme en diferentes géneros.
-Cuando escribe, ¿se imagina escribiendo para un determinado tipo de lector? ¿Cómo sería dicho lector?
-Es difícil tener una idea clara de tu lector ideal. Lo que sí sé es que mi lector ideal no se parece al consumidor habitual de best