JOAN MARGARIT, POETA EN DOS LENGUAS

 

Enric Sòria

 


Llorenç Gomis (Barcelona, 1925-2005), un poeta en dos lenguas     De entrada, la expresión “poeta bilingüe” parece más un vejamen que una etiqueta, quizá porque se presta a sugerencias ligeramente equívocas, como devaneos eróticos y otras frivolidades, o porque una aciaga homofonía la acerca demasiado al ámbito oprobioso de la vileza. Sin duda, los juegos de palabras pueden provocar aprensiones más o menos inconscientes, pero en el caso del bilingüismo y la poesía se dan también recelos más fundados. Cualquier persona que se haya tomado en serio el juego de hacer versos sabe que el poeta no tiene más instrumento de trabajo que el idioma. Tanto es así que hay quien ha definido la poesía como un estado térmico del lenguaje. El oficio de poeta no sólo exige un dominio riguroso de ese instrumento proteico e inasible, sino que también implica un compromiso y una exigencia firmes: el poeta ha de vivir en el lenguaje, sentirlo palpitar, extraer todo su jugo, explorar sus recovecos, sus más sutiles asociaciones, quizá sus paradojas, identificar su hondura, su belleza y, sobre todo, su verdad. Sólo así puede pretender decir con la máxima eficacia, exactitud y nitidez aquello que en el poema ha de ser dicho. Sólo así puede crear con palabras.
     Pero el poeta no trabaja con generalidades lingüísticas, sino con un idioma dado en un momento dado. Para él, ser un maestro del lenguaje significa ser el maestro de un lenguaje. Por ello, se tiende a pensar, con alguna razón, que intentar duplicar toda esa maestría en dos idiomas diferentes es empresa ardua e innecesariamente arriesgada —pues se corre el peligro de acabar por no dominar ninguno—, y también se conjetura que un poeta cabal y verdaderamente profundo podrá hallar y depurar su propia voz más pronto y con más fuerza, y podrá llegar mucho más lejos en sus exploraciones verbales, si escribe en su idioma natal, el que ha mamado de sus padres y su entorno, y con el que mantiene, digámoslo así, unos lazos afectivos primordiales, y no en cualquier otro lenguaje que haya podido aprender más tarde. En definitiva, a partir de las posibilidades existentes, el poeta ha de elaborar un universo verbal entero para expresar su mundo. Que lo haga dos veces, quizá es pedirle demasiado.
     Por todo ello, aunque nadie se extraña de que los autores de trabajos eruditos o científicos publiquen en más de un idioma, sí que sorprende que los creadores, y en especial los poetas, lo hagan a su vez. Aún así, sin salirnos de la península y sin la menor voluntad de exhaustividad, podemos citar los nombres de muchos poetas en más de un idioma, desde clásicos como Gil Vicente, Camoens, Timoneda y el mismo Boscán a modernos como Cunqueiro, Pimentel, Cela, Valente, García Lorca —con sus sorprendentes poemas gallegos—, Costa i Llobera, Junoy, Villangómez, Maria Beneyto, Llorenç Gomis, Gimferrer o Josep Piera. Es cierto que, con la excepción de Rosalía de Castro y quizá de Gimferrer, en la mayoría de estos casos, el bilingüismo no es una apuesta sino una digresión: un ejercicio de afinación en otro idioma, una demostración de fuerza, un residuo nostálgico, una especie de guiño, etc., o bien está motivado por las circunstancias históricas, siempre complejas. En resumen, por muchas simpatías que los poetas puedan tener por otras latitudes verbales, la mayoría se dedica a explorar a fondo un único continente, el que hacen suyo.
Joan Margarit, "Predicación para un bárbaro" (Prometeo, 1979), último poemario en castellano     Por otra parte, no puede ser fortuito que casi todos los poetas en dos lenguas verdaderamente dignos de tenerse en cuenta como tales —que son pocos— hayan nacido y vivido en territorios, como Cataluña, Valencia, Galicia o Alsacia, en donde el conocimiento y el uso de dos idiomas y dos tradiciones literarias distintas podía llegar a ser tan constante y profundo que, para el poeta, sostener que una de esas dos tradiciones no era suya se hubiera vivido como una amputación.
     Que Joan Margarit es un poeta serio, riguroso, exigente y nada dado a frivolizar con su oficio es cosa, a mi parecer, que ofrece pocas dudas. Se puede suponer también que, al menos en un principio, su bilingüismo poético vino dado por las circunstancias que rodearon su aprendizaje. Margarit creció en una época lúgubre en la que ni la lengua ni la literatura catalanas se enseñaban en las escuelas. El catalán se aprendía y hablaba en casa y estaba proscrito de los demás ámbitos. Así, no es extraño que toda una generación (o dos) de catalanohablantes sólo pudiera familiarizarse con la literatura —de hecho, con todo el vasto universo de la alta cultura— en una lengua que no era la suya, y para expresarse por escrito recurrieran al castellano en vez de a un idioma, el suyo, en el que nadie les había enseñado a escribir. Por otro lado, por motivos familiares, Margarit pasó parte de su adolescencia y juventud en las Canarias, así que, para él, el castellano no era sólo el idioma de los libros, sino que también formaba una parte substancial de la vida vivida. Por tanto, que escribiera sus cuatro primeros libros de poemas en castellano no tiene nada de anómalo. En su época, y con su bagaje de experiencias, era lo más normal.
     Margarit ha resumido muy bien sus perplejidades de entonces en el prólogo a la antología Cien poemas (Granada, colección La Veleta, 1998): «Mi lengua familiar era la catalana, pero mi lengua de cultura y de la amistad el castellano». Y más adelante, «La relación de un poeta o, si se quiere, de la poesía, con la lengua es de las más sutiles y complejas que puedan darse (…) La dificultad poética de una lengua —el castellano— que, tanto en su uso cotidiano, como literario, conocía desde mi niñez, se concretaba en una dura inquietud cada vez que localizaba un territorio donde parecía haber un futuro poema, cada vez que un magma de intuiciones, avisos, evocaciones y sugerencias empezaba a cristalizar en este algo previo a un poema. Siempre aparecía a su alrededor un vacío de significado, un foso que lo separaba de mí». Margarit expresa aquí muy bien ese acongojante extrañamiento de la propia voz que debemos haber sentido alguna vez todos los escritores en dos lenguas, y que parece transformar en irrevocablemente artificioso —petrificado, postizo, insidiosamente ajeno— todo lo que componemos en una de las dos. Es esa inquietante nota falsa que el poeta puede no percibir en los versos de un colega, pero que han de angustiarlo si la intuye, por poco que sea, en los propios.
     En cualquier caso, los dos primeros libros de Joan Margarit, Cantos para la coral de un hombre solo (1963) y Doméstico nací (1965), no son débiles porque sean postizos, o no sólo por eso, sino por primerizos. Margarit es, desde el principio, un poeta resuelto y ambicioso, pero el aprendizaje, como a todos, le pasa sus facturas. Muy diferente es el poeta que nos espera en Crónica (1975) y en Predicación para un bárbaro (1979). Tras un largo paréntesis, aquí el aprendizaje ya está hecho. La voz que nos habla en estos libros se Marià Villangómez (Eivissa, 1913-2002), poeta en más de una lenguaasemeja bastante a la que nos encontraremos en el alud de versos que Margarit publicó en sus primeros años como poeta en catalán. Él mismo ha señalado más de una vez esta vinculación, por ejemplo cuando recuerda que en esa exuberancia suya en catalán había una urgencia por recuperar el tiempo perdido, por rehacer una obra poética que, si existía, no era en una forma que él sintiera como verdaderamente satisfactoria o plena. Así, durante unos cinco años, Margarit se reescribió —sin duda con más experiencia, fuerza y apasionamiento— en catalán, a partir de la actitud moral y estética que ya se traslucía en Crónica. Es cierto que en esos años no sólo hay un cambio de lengua, sino también de voz, pero no lo es menos que en sus últimos libros en castellano reconocemos ya muchas de las constantes de lo que será la obra de nuestro autor hasta hoy. Por ello, si Crónica es importante por su valor intrínseco, lo es también porque se sitúa al inicio, pero no fuera, de la compleja evolución y gradual enriquecimiento que ha ido modelando la obra de Margarit, en el disparadero de su particular work in progress.
     El paso al catalán, poco antes del año 1980, si no modificó en exceso la poesía de Margarit, sí que tuvo un efecto desinhibidor casi fulminante. El autor publicó ocho libros de poemas en cinco años, hizo experimentos diversos, jugó a los disfraces heterónimos, combinó estilos y sugestiones y arrasó con todos los premios que se le pusieron por delante. Este período iniciático dio paso a otro, algo más reposado, en el que, a mi parecer, la poesía de Margarit llega a su plena madurez, con Llum de pluja, Edat roja y Els motius del llop. A este período le sucederá más tarde otro, una especie de segunda madurez, en la que sus cualidades se ahondan aún más y su poesía se hace todavía más seca, lúcida, áspera y memorable. El dolor por la pérdida de su hija Joana tiene sin duda mucho que ver con este ahondamiento lacerante de la expresión en los últimos libros de Margarit, pero a la vez era algo que, por decirlo así, esta poesía llevaba inscrito en su mismo desarrollo, pues ya se echa de ver en ese soberbio poemario que es Estació de França. Un libro que, de cara al prurito clasificador, cumple ejemplarmente su función de obra de transición entre los (de momento) dos períodos de plena madurez que hay en la obra de Joan Margarit.
     ¿Y qué podemos decir del castellano en estas nuevas etapas de su obra? Pues que nunca lo ha abandonado. En primer lugar, como traductor, Margarit ha publicado en castellano traducciones de poemas de Martí i Pol, de Ferrater, de Thomas Hardy, de Elizabeth Bishop y de sí mismo. El oficio de traductor puede parecer humilde o poco creador al que no lo conoce, pero, para un poeta, no es un asunto nada baladí, y menos cuando intenta, como decía fray Luis, conseguir que esas poesías que traduce «hablen en castellano, y no como extrangeras en él y advenedizas, sino como nacidas en él y naturales». Para Margarit, un poema traducido ha de ser, sobre todo, un poema; es decir, ha de ser eficaz como tal en la lengua en que ahora también existe. Idealmente, ha de ser tan eficaz como el original en la suya, porque un poema bien traducido es, en cierto modo, un poema desdoblado, tanto un eco del original como un original de nuevo cuño.
     Durante un par de décadas, Margarit no se atrevió a ir más lejos: poesía original en catalán y cuidadosas, trabajadísimas versiones en castellano. Pero ya cuando empezó a traducirse a sí mismo (en la edición de Península de Llum de pluja, por ejemplo) comenzaba, en realidad, a prepararse para dar otro paso. Y fue precisamente en Estación de Francia, con toda su madurez a cuestas, cuando dio ese paso, que era llevar a su consecuencia lógica su propio concepto de traducción: ¿por qué no escribir y traducir un libro al mismo José Ángel Valente (Ourense, 1929 - Ginebra, 2000), poeta del norte y del sur © Elisa N. Cabottiempo, en los dos idiomas que son suyos y en los que, al fin y al cabo, ha escrito tantas páginas? Por lo que me contó su mismo autor, el procedimiento era el siguiente: cuando concebía un atisbo de poema, redactaba un primer borrador en catalán; acto seguido, aún en este primer estadio lleno de lagunas, vacilaciones y puntos sin resolver, iniciaba la traducción al castellano, y así sucesivamente, sin interrumpir el proceso creador hasta el final.
     Como era de esperar, este procedimiento le reveló en seguida dos cosas que podía aprovechar en beneficio propio: la primera, que todo poeta que se precie, cuando traduce, se tiene mucho menos respeto a sí mismo del que tendría a cualquier otro colega. Si algo se puede mejorar, se mejora, y punto. En segundo lugar, el proceso de traducción es una lupa que agiganta enormemente los errores, las ambigüedades y los pasos en falso del original. El poeta metido a traductor de sí mismo no sólo tiene la tentación de corregirse durante la traducción, se ve obligado a hacerlo. Por supuesto, todos los cambios, desarrollos y supresiones que lleva a cabo en la “traducción”, se han de introducir inmediatamente en un “original” que, recordémoslo, no era más que un boceto inacabado. El “original” se convierte así en traducción de su propia versión a otro idioma, y con ello prosiguen los trabajos de corrección, mejora y reajuste, en una y otra dirección, hasta que se consiguen dos poemas que dicen lo mismo, aquello que el autor quería decir, con la mayor eficacia, exactitud y nitidez en dos idiomas diferentes.
     Sin duda, Margarit debió quedar muy contento con el resultado (y sus lectores también), porque ha venido haciendo lo mismo, con mayor o menor intensidad, en sus libros posteriores. Por supuesto, con ello ha diluido las nociones de “traducción” y de “original” hasta la indistinción. Evidentemente, no siempre ha seguido (ni tiene por qué hacerlo) con absoluta ortodoxia este proceso de escritura al unísono, pero sí que podemos decir que muchos poemas de Estación de Francia, de Joana y de Cálculo de estructuras están escritos a la vez en catalán y en castellano; que las dos versiones son originales y las dos son traducciones, y que, tal Joan Margarit tras la presentación de "Veintiún poetas catalanes para el siglo XXI" (Barcelona, 1996)como son, forman en conjunto la obra de su autor. Quizá Joan Margarit sea de los pocos poetas de este mundo que ha logrado elaborar dos veces un mundo verbal entero para expresar su mundo. Así lo ha querido hacer, con un método trabajoso, complejo, sutil y enriquecedor, y así lo ha conseguido, ahondando en su propia voz, con esfuerzo y sin exclusiones. Ahora, esa pretensión, el esfuerzo que ha representado, y los resultados obtenidos, forman parte de ese mundo y lo expresan a él de una forma más completa que cualquier elección entre los dos lenguajes de su vida. Lo que resulta de ello no es un doble Margarit; más bien diría que es un Margarit multiplicado, quizá exponencialmente. El hecho indudable es que los últimos son sus mejores libros.
     Podríamos decir, pues, que si el castellano de sus primeros libros era fruto de unas circunstancias y el catalán de los siguientes lo fue de una elección, estos últimos son el resultado de una actitud, que es la del Margarit maduro y seguro de sus fuerzas. No se trata sólo, aunque también, de una simpatía, que el autor ha manifestado muchas veces, por la literatura y los escritores en castellano, o de una loable abertura de miras; se trata de una voluntad muy deliberada y consecuente de crear algo poderoso y verdadero por medio de la palabra en dos idiomas diferentes y a la vez. No hace falta decir que Joan Margarit ama, con un amor muy lúcido y ecuánime, los dos idiomas en que escribe. Quizá sea por eso por lo que nos encontramos ante uno de los pocos poetas en dos lenguas que merecen ser leídos muy atentamente en cada una o, mejor dicho, en las dos.

 

 

     Enric Sòria. Oliva (Valencia), 1958. Licenciado en Historia. Actualmente escribe en Avui y en la edición valenciana de El País. Ha publicado los libros de poesía Mirall de miratges (1982), Varia et memorabilia (1984), Compàs d'espera (1993), Andén de cercanías (1996) y L'instant etern (1999). En prosa destacan Mentre parlem. Fragments d'un diari iniciàtic (1979-1984) (1991), L'espill de Janus. Notes sobre literatura catalana (2000), La lentitud del mar. Dietari, 1989-1997 (2005) y Cartes de Prop (Articles) (2006). Ha traducido al catalán obras de Kafka y Thomas de Quincey.