JOAN MARGARIT, POETA EN DOS
LENGUAS
Enric Sòria
De
entrada, la expresión “poeta bilingüe” parece
más un vejamen que una etiqueta, quizá porque se presta
a sugerencias ligeramente equívocas, como devaneos eróticos
y otras frivolidades, o porque una aciaga homofonía la acerca demasiado
al ámbito oprobioso de la vileza. Sin duda, los juegos de palabras
pueden provocar aprensiones más o menos inconscientes, pero en
el caso del bilingüismo y la poesía se dan también
recelos más fundados. Cualquier persona que se haya tomado en serio
el juego de hacer versos sabe que el poeta no tiene más instrumento
de trabajo que el idioma. Tanto es así que hay quien ha definido
la poesía como un estado térmico del lenguaje. El oficio
de poeta no sólo exige un dominio riguroso de ese instrumento proteico
e inasible, sino que también implica un compromiso y una exigencia
firmes: el poeta ha de vivir en el lenguaje, sentirlo palpitar, extraer
todo su jugo, explorar sus recovecos, sus más sutiles asociaciones,
quizá sus paradojas, identificar su hondura, su belleza y, sobre
todo, su verdad. Sólo así puede pretender decir con la máxima
eficacia, exactitud y nitidez aquello que en el poema ha de ser dicho.
Sólo así puede crear con palabras.
Pero el poeta no trabaja con generalidades
lingüísticas, sino con un idioma dado en un momento dado.
Para él, ser un maestro del lenguaje significa ser el
maestro de un lenguaje. Por ello, se tiende a pensar, con alguna
razón, que intentar duplicar toda esa maestría en dos idiomas
diferentes es empresa ardua e innecesariamente arriesgada —pues
se corre el peligro de acabar por no dominar ninguno—, y también
se conjetura que un poeta cabal y verdaderamente profundo podrá
hallar y depurar su propia voz más pronto y con más fuerza,
y podrá llegar mucho más lejos en sus exploraciones verbales,
si escribe en su idioma natal, el que ha mamado de sus padres y su entorno,
y con el que mantiene, digámoslo así, unos lazos afectivos
primordiales, y no en cualquier otro lenguaje que haya podido aprender
más tarde. En definitiva, a partir de las posibilidades existentes,
el poeta ha de elaborar un universo verbal entero para expresar su mundo.
Que lo haga dos veces, quizá es pedirle demasiado.
Por todo ello, aunque nadie se extraña
de que los autores de trabajos eruditos o científicos publiquen
en más de un idioma, sí que sorprende que los creadores,
y en especial los poetas, lo hagan a su vez. Aún así, sin
salirnos de la península y sin la menor voluntad de exhaustividad,
podemos citar los nombres de muchos poetas en más de un idioma,
desde clásicos como Gil Vicente, Camoens, Timoneda y el mismo Boscán
a modernos como Cunqueiro, Pimentel, Cela, Valente, García Lorca
—con sus sorprendentes poemas gallegos—, Costa i Llobera,
Junoy, Villangómez, Maria Beneyto, Llorenç Gomis, Gimferrer
o Josep Piera. Es cierto que, con la excepción de Rosalía
de Castro y quizá de Gimferrer, en la mayoría de estos casos,
el bilingüismo no es una apuesta sino una digresión: un ejercicio
de afinación en otro idioma, una demostración de fuerza,
un residuo nostálgico, una especie de guiño, etc., o bien
está motivado por las circunstancias históricas, siempre
complejas. En resumen, por muchas simpatías que los poetas puedan
tener por otras latitudes verbales, la mayoría se dedica a explorar
a fondo un único continente, el que hacen suyo.
Por
otra parte, no puede ser fortuito que casi todos los poetas en dos lenguas
verdaderamente dignos de tenerse en cuenta como tales —que son pocos—
hayan nacido y vivido en territorios, como Cataluña, Valencia,
Galicia o Alsacia, en donde el conocimiento y el uso de dos idiomas y
dos tradiciones literarias distintas podía llegar a ser tan constante
y profundo que, para el poeta, sostener que una de esas dos tradiciones
no era suya se hubiera vivido como una amputación.
Que Joan Margarit es un poeta serio, riguroso,
exigente y nada dado a frivolizar con su oficio es cosa, a mi parecer,
que ofrece pocas dudas. Se puede suponer también que, al menos
en un principio, su bilingüismo poético vino dado por las
circunstancias que rodearon su aprendizaje. Margarit creció en
una época lúgubre en la que ni la lengua ni la literatura
catalanas se enseñaban en las escuelas. El catalán se aprendía
y hablaba en casa y estaba proscrito de los demás ámbitos.
Así, no es extraño que toda una generación (o dos)
de catalanohablantes sólo pudiera familiarizarse con la literatura
—de hecho, con todo el vasto universo de la alta cultura—
en una lengua que no era la suya, y para expresarse por escrito recurrieran
al castellano en vez de a un idioma, el suyo, en el que nadie les había
enseñado a escribir. Por otro lado, por motivos familiares, Margarit
pasó parte de su adolescencia y juventud en las Canarias, así
que, para él, el castellano no era sólo el idioma de los
libros, sino que también formaba una parte substancial de la vida
vivida. Por tanto, que escribiera sus cuatro primeros libros de poemas
en castellano no tiene nada de anómalo. En su época, y con
su bagaje de experiencias, era lo más normal.
Margarit ha resumido muy bien sus perplejidades
de entonces en el prólogo a la antología Cien poemas
(Granada, colección La Veleta, 1998): «Mi lengua familiar
era la catalana, pero mi lengua de cultura y de la amistad el castellano».
Y más adelante, «La relación de un poeta o, si se
quiere, de la poesía, con la lengua es de las más sutiles
y complejas que puedan darse (…) La dificultad poética
de una lengua —el castellano— que, tanto en su uso cotidiano,
como literario, conocía desde mi niñez, se concretaba en
una dura inquietud cada vez que localizaba un territorio donde parecía
haber un futuro poema, cada vez que un magma de intuiciones, avisos, evocaciones
y sugerencias empezaba a cristalizar en este algo previo a un poema. Siempre
aparecía a su alrededor un vacío de significado, un foso
que lo separaba de mí». Margarit expresa aquí muy
bien ese acongojante extrañamiento de la propia voz que
debemos haber sentido alguna vez todos los escritores en dos lenguas,
y que parece transformar en irrevocablemente artificioso —petrificado,
postizo, insidiosamente ajeno— todo lo que componemos en una de
las dos. Es esa inquietante nota falsa que el poeta puede no percibir
en los versos de un colega, pero que han de angustiarlo si la intuye,
por poco que sea, en los propios.
En cualquier caso, los dos primeros libros
de Joan Margarit, Cantos para la coral de un hombre solo (1963)
y Doméstico nací (1965), no son débiles
porque sean postizos, o no sólo por eso, sino por primerizos. Margarit
es, desde el principio, un poeta resuelto y ambicioso, pero el aprendizaje,
como a todos, le pasa sus facturas. Muy diferente es el poeta que nos
espera en Crónica (1975) y en Predicación para
un bárbaro (1979). Tras un largo paréntesis, aquí
el aprendizaje ya está hecho. La voz que nos habla en estos libros
se asemeja
bastante a la que nos encontraremos en el alud de versos que Margarit
publicó en sus primeros años como poeta en catalán.
Él mismo ha señalado más de una vez esta vinculación,
por ejemplo cuando recuerda que en esa exuberancia suya en catalán
había una urgencia por recuperar el tiempo perdido, por rehacer
una obra poética que, si existía, no era en una forma que
él sintiera como verdaderamente satisfactoria o plena. Así,
durante unos cinco años, Margarit se reescribió —sin
duda con más experiencia, fuerza y apasionamiento— en catalán,
a partir de la actitud moral y estética que ya se traslucía
en Crónica. Es cierto que en esos años no sólo
hay un cambio de lengua, sino también de voz, pero no lo es menos
que en sus últimos libros en castellano reconocemos ya muchas de
las constantes de lo que será la obra de nuestro autor hasta hoy.
Por ello, si Crónica es importante por su valor intrínseco,
lo es también porque se sitúa al inicio, pero no fuera,
de la compleja evolución y gradual enriquecimiento que ha ido modelando
la obra de Margarit, en el disparadero de su particular work in progress.
El paso al catalán, poco antes del
año 1980, si no modificó en exceso la poesía de Margarit,
sí que tuvo un efecto desinhibidor casi fulminante. El autor publicó
ocho libros de poemas en cinco años, hizo experimentos diversos,
jugó a los disfraces heterónimos, combinó estilos
y sugestiones y arrasó con todos los premios que se le pusieron
por delante. Este período iniciático dio paso a otro, algo
más reposado, en el que, a mi parecer, la poesía de Margarit
llega a su plena madurez, con Llum de pluja, Edat roja
y Els motius del llop. A este período le sucederá
más tarde otro, una especie de segunda madurez, en la que sus cualidades
se ahondan aún más y su poesía se hace todavía
más seca, lúcida, áspera y memorable. El dolor por
la pérdida de su hija Joana tiene sin duda mucho que ver con este
ahondamiento lacerante de la expresión en los últimos libros
de Margarit, pero a la vez era algo que, por decirlo así, esta
poesía llevaba inscrito en su mismo desarrollo, pues ya se echa
de ver en ese soberbio poemario que es Estació de França.
Un libro que, de cara al prurito clasificador, cumple ejemplarmente su
función de obra de transición entre los (de momento) dos
períodos de plena madurez que hay en la obra de Joan Margarit.
¿Y qué podemos decir del castellano
en estas nuevas etapas de su obra? Pues que nunca lo ha abandonado. En
primer lugar, como traductor, Margarit ha publicado en castellano traducciones
de poemas de Martí i Pol, de Ferrater, de Thomas Hardy, de Elizabeth
Bishop y de sí mismo. El oficio de traductor puede parecer humilde
o poco creador al que no lo conoce, pero, para un poeta, no es un asunto
nada baladí, y menos cuando intenta, como decía fray Luis,
conseguir que esas poesías que traduce «hablen en castellano,
y no como extrangeras en él y advenedizas, sino como nacidas en
él y naturales». Para Margarit, un poema traducido ha de
ser, sobre todo, un poema; es decir, ha de ser eficaz como tal en la lengua
en que ahora también existe. Idealmente, ha de ser tan eficaz como
el original en la suya, porque un poema bien traducido es, en cierto modo,
un poema desdoblado, tanto un eco del original como un original de nuevo
cuño.
Durante un par de décadas, Margarit
no se atrevió a ir más lejos: poesía original en
catalán y cuidadosas, trabajadísimas versiones en castellano.
Pero ya cuando empezó a traducirse a sí mismo (en la edición
de Península de Llum de pluja, por ejemplo) comenzaba,
en realidad, a prepararse para dar otro paso. Y fue precisamente en Estación
de Francia, con toda su madurez a cuestas, cuando dio ese paso, que
era llevar a su consecuencia lógica su propio concepto de traducción:
¿por qué no escribir y traducir un libro al mismo tiempo,
en los dos idiomas que son suyos y en los que, al fin y al cabo, ha escrito
tantas páginas? Por lo que me contó su mismo autor, el procedimiento
era el siguiente: cuando concebía un atisbo de poema, redactaba
un primer borrador en catalán; acto seguido, aún en este
primer estadio lleno de lagunas, vacilaciones y puntos sin resolver, iniciaba
la traducción al castellano, y así sucesivamente, sin interrumpir
el proceso creador hasta el final.
Como era de esperar, este procedimiento
le reveló en seguida dos cosas que podía aprovechar en beneficio
propio: la primera, que todo poeta que se precie, cuando traduce, se tiene
mucho menos respeto a sí mismo del que tendría a cualquier
otro colega. Si algo se puede mejorar, se mejora, y punto. En segundo
lugar, el proceso de traducción es una lupa que agiganta enormemente
los errores, las ambigüedades y los pasos en falso del original.
El poeta metido a traductor de sí mismo no sólo tiene la
tentación de corregirse durante la traducción, se ve obligado
a hacerlo. Por supuesto, todos los cambios, desarrollos y supresiones
que lleva a cabo en la “traducción”, se han de introducir
inmediatamente en un “original” que, recordémoslo,
no era más que un boceto inacabado. El “original” se
convierte así en traducción de su propia versión
a otro idioma, y con ello prosiguen los trabajos de corrección,
mejora y reajuste, en una y otra dirección, hasta que se consiguen
dos poemas que dicen lo mismo, aquello que el autor quería decir,
con la mayor eficacia, exactitud y nitidez en dos idiomas diferentes.
Sin duda, Margarit debió quedar muy
contento con el resultado (y sus lectores también), porque ha venido
haciendo lo mismo, con mayor o menor intensidad, en sus libros posteriores.
Por supuesto, con ello ha diluido las nociones de “traducción”
y de “original” hasta la indistinción. Evidentemente,
no siempre ha seguido (ni tiene por qué hacerlo) con absoluta ortodoxia
este proceso de escritura al unísono, pero sí que podemos
decir que muchos poemas de Estación de Francia, de Joana
y de Cálculo de estructuras están escritos a la
vez en catalán y en castellano; que las dos versiones son originales
y las dos son traducciones, y que, tal como
son, forman en conjunto la obra de su autor. Quizá Joan
Margarit sea de los pocos poetas de este mundo que ha logrado elaborar
dos veces un mundo verbal entero para expresar su mundo. Así
lo ha querido hacer, con un método trabajoso, complejo, sutil y
enriquecedor, y así lo ha conseguido, ahondando en su propia voz,
con esfuerzo y sin exclusiones. Ahora, esa pretensión, el esfuerzo
que ha representado, y los resultados obtenidos, forman parte de ese mundo
y lo expresan a él de una forma más completa que cualquier
elección entre los dos lenguajes de su vida. Lo que resulta de
ello no es un doble Margarit; más bien diría que es un Margarit
multiplicado, quizá exponencialmente. El hecho indudable es que
los últimos son sus mejores libros.
Podríamos decir, pues, que si el
castellano de sus primeros libros era fruto de unas circunstancias y el
catalán de los siguientes lo fue de una elección, estos
últimos son el resultado de una actitud, que es la del
Margarit maduro y seguro de sus fuerzas. No se trata sólo, aunque
también, de una simpatía, que el autor ha manifestado muchas
veces, por la literatura y los escritores en castellano, o de una loable
abertura de miras; se trata de una voluntad muy deliberada y consecuente
de crear algo poderoso y verdadero por medio de la palabra en dos idiomas
diferentes y a la vez. No hace falta decir que Joan Margarit ama, con
un amor muy lúcido y ecuánime, los dos idiomas en que escribe.
Quizá sea por eso por lo que nos encontramos ante uno de los pocos
poetas en dos lenguas que merecen ser leídos muy atentamente en
cada una o, mejor dicho, en las dos.
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Enric
Sòria. Oliva (Valencia), 1958. Licenciado en Historia.
Actualmente escribe en Avui y en la edición valenciana
de El País. Ha publicado los libros de poesía
Mirall de miratges (1982), Varia et memorabilia
(1984), Compàs d'espera (1993), Andén
de cercanías (1996) y L'instant etern (1999).
En prosa destacan Mentre parlem. Fragments d'un diari iniciàtic
(1979-1984) (1991), L'espill de Janus. Notes sobre literatura
catalana (2000), La lentitud del mar. Dietari, 1989-1997
(2005) y Cartes de Prop (Articles) (2006). Ha traducido
al catalán obras de Kafka y Thomas de Quincey.
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