RAYMOND CARVER
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(Oregón,
EEUU, 1938-1988)
De
familia de clase trabajadora, desempeñó todo tipo de empleos
antes de asentarse con su mujer y sus hijos en California, donde comenzó
a escribir bajo la tutela de John Gardner. Durante muchos años,
tanto su vida como su escritura se vieron afectadas por el alcoholismo,
que finalmente superó para dedicarse ya de lleno a la literatura.
Está considerado como uno de los grandes innovadores del relato
norteamericano: su mundo narrativo es reducido, irónico, vulgar
y anodino en apariencia y profundamente perturbador. Su poesía,
en cambio, aun compartiendo un estilo sencillo y directo con la prosa,
parece dar otras alas a la esperanza. Entre sus libros de relatos destacan
¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976)
y De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981) así
como la recopilación Vidas cruzadas (1993), en la que
se basa la película de Robert Altman del mismo título. Su
obra poética completa está reunida en el volumen All
of us: Collected Poems / Todos nosotros: poemas reunidos
(1996). |
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Traducción y nota: Natalia
Carbajosa |
| Happiness | La felicidad |
So early it’s almost dark out. I’m near the window with coffee, and the usual early morning stuff that passes for thought. When I see the boy and his friend walking up the road to deliver the newspaper. They wear caps and sweaters, and one boy has a bag over his shoulder. They are so happy they aren’t saying anything, these boys. I think if they could, they would take each other’s arm. It’s early in the morning, and they are doing this together. They come on, slowly. The sky is taking on light, though the moon still hangs pale over the water. Such beauty that for a minute death and ambition, even love, doesn’t enter into this. Happiness. It comes on unexpectedly. And goes beyond, really, any early morning talk about it. |
Tan temprano que aún está
oscuro afuera. Me acerco a la ventana con café y el típico runrún que quien madruga hace pasar por pensamiento. Cuando veo al muchacho y a su amigo enfilar la carretera para entregar el diario. Llevan gorras y jerseys, y uno porta una bolsa sobre el hombro. Son tan felices que no dicen nada, estos muchachos. Si pudieran, creo que se cogerían del brazo. Es temprano, de mañana, y hacen esto juntos. Lentamente se aproximan. En el cielo comienza a abrirse luz, aunque pende aún pálida la luna sobre el agua. Tanta belleza que por un instante la muerte y la ambición, el amor incluso, no tienen cabida aquí. La felicidad. Sin previo aviso aparece. Y, de hecho, sobrepasa cualquier alusión de quien madruga. |