DINO BUZZATI
(Belluno,
1906, † Milán, 1972)
Está
llamado a ser uno de los grandes autores italianos del siglo XX. Como
corresponsal de guerra en Addis Abeba escribe la que hoy se considera
su obra cumbre: Il deserto dei tartari [El desierto de los
tártaros]. Su extensa obra de narrativa corta ha ido recopilándose
a lo largo de los años en diversos volúmenes. Recientemente,
se publica en España Sesenta cuentos, con el que recibiera
el premio Strega en 1959. El pequeño relato que presentamos está
incluido en otro, Las precauciones inútiles. |
![]() |
Traducción: Luz Ayuso |
|
Contra el amor |
Ahora
que él se ha ido, que no volverá más, desaparecido,
borrado del cuadrante de la vida exactamente como si hubiese muerto, a
ella, Irene, no le queda más que armarse de todo el valor que una
mujer puede pedir a Dios y desenraizar todas las ramas con las que aquel
desafortunado amor se agarró a sus vísceras. ¡Está hecho! Ha sido menos tremendo de lo que había pensado; y menos largo. No han pasado más que cuatro meses y ya está completamente liberada. Un poco más delgada, más pálida, más diáfana y sin embargo más ligera, con la suave languidez de la convalecencia, en la cual ya palpitan vagas ilusiones nuevas. ¡Oh, ha sido brava, heroica ha sido! Ha sabido ser cruel consigo misma, ha rechazado con saña todos los deleites de los recuerdos, a los que habría sido sin embargo fácil abandonarse. Destruir todo aquello que de él quedaba en sus manos, aunque fuese una simple nadería, quemar las cartas y las fotos, tirar los vestidos que se ponía cuando estaba él, sobre los cuales quizá sus miradas habían dejado un rastro impalpable, desembarazarse de los libros que él también había leído y cuyo común conocimiento establecía una complicidad secreta, vender el perro que ya había aprendido a reconocerlo y salía a su encuentro a la verja del jardín, abandonar las amistades que habían pertenecido a ambos, cambiar incluso de casa porque al borde de aquel camino, él, una noche, había apoyado un codo, porque una mañana aquella puerta se había abierto y detrás había aparecido él, porque el timbre de la puerta seguía dando el mismo sonido que daba cuando él venía, y así, en cada habitación le parecía reconocer una misteriosa impronta de él. Más aún: acostumbrarse a pensar en otras cosas, volcarse en un trabajo arduo por la noche, cuando el peligro de que un sueño de piedra la aterrase se volvía más insidioso, conocer nueva gente, moverse en nuevos ambientes, cambiar también de color de pelo. Todo esto había conseguido hacer, con un empeño desesperado, sin dejar de llenar un solo ángulo, una fisura por la que el recuerdo pudiera entrar. Lo ha conseguido. Y se ha curado. Ahora, por la mañana, con un bonito vestido azul que la modista le acaba de mandar, Irene está a punto de salir de casa. Fuera luce el sol. Ella se siente sana, joven, toda limpia por dentro, fresca como cuando tenía dieciséis años. ¿Feliz incluso? Casi. Pero de una casa cercana llega una breve onda de sonido. Alguien tiene la radio encendida o el gramófono puesto, y se acaba de abrir una ventana. Abierta y después inmediatamente cerrada. Ha sido suficiente. Seis, siete notas no más, las primeras de un viejo motivo, su canción. Vamos, valiente Irene, no te pares, ¡ríe! Pero un vacío enorme se le ha formado ya dentro del pecho y ya ha excavado un gran abismo. Durante meses y meses el amor, esa extraña condena, había fingido dormir, dejando que Irene se ilusionase. Ahora una nimiedad ha sido suficiente para desencadenarlo. Fuera pasan los coches, la gente vive, nadie sabe de una mujer que, abandonada sobre el pavimento a cubierto de la puerta de casa como una niña castigada, arrugándose el bonito vestido nuevo, llora perdidamente. Él está lejos, ya no volverá, y todo ha sido inútil. |