LOUISE GLÜCK

 

     (Nueva York, EEUU, 1942)

     La conmovedora belleza que brota de la poesía de Louise Glück surge, en gran medida, de su afán por encontrar la palabra sencilla y la elocuencia del silencio, de la elipsis, de lo que no se dice. Es en ese vacío lleno de ecos donde aparecen las posibilidades del contexto y la variedad de significados. «Ya desde niña», nos dice, «me encantaban esos poemas que parecían tan pequeños en la página pero que se expandían en la mente».
     El poema traducido a continuación, ‘The Wild Iris’, forma parte de un poemario que lleva este mismo título y que ganó el Premio Pulitzer. The Wild Iris nos lleva hasta un jardín que el lector recorrerá llevado de la mano de tres voces distintas: la de las flores, la de una poeta que cuida el jardín y la del dios del jardín. En este poema en concreto es el Lirio Salvaje el que habla a la poeta jardinera. Bebiendo de la fuente del mito de Perséfone, Glück toma como materia poética los ciclos de la naturaleza (desde el renacimiento en primavera hasta el decaimiento del otoño) para convertirlos en metáfora de las vicisitudes de la existencia humana. Debemos creer en la posibilidad de la resurrección al mismo tiempo que aceptamos la inevitabilidad de la desaparición.

© Louise Glück

 

Traducción y nota: Adolfo Gómez Tomé

 

The Wild Iris
El lirio salvaje
At the end of my suffering
there was a door.

Hear me out: that which you call death
I remember.

Overhead, noises, branches of the pine shifting.
Then nothing. The weak sun
flickered over the dry surface.

It is terrible to survive
as consciousness
buried in the dark earth.

Then it was over: that which you fear, being
a soul and unable
to speak, ending abruptly, the stiff earth
bending a little. And what I took to be
birds darting in low shrubs.

You who do not remember
passage from the other world
I tell you I could speak again: whatever
returns from oblivion returns
to find a voice:

from the center of my life came
a great fountain, deep blue
shadows on azure seawater.

Al final de mi sufrimiento
había una puerta.

Escúchame atentamente: eso que llamas muerte
yo recuerdo.

En lo alto, ruidos, ramas de pino en movimiento.
Luego nada. El sol mortecino
parpadeó sobre la superficie reseca.

Es terrible sobrevivir
como conciencia
sepultada en la tierra oscura.

Luego se acabó: eso que temes, ser
un alma y no poder
hablar, terminar bruscamente, la tierra rígida
combándose apenas. Y lo que me parecieron
pájaros arrojándose a los matorrales.

A ti que no recuerdas
el tránsito desde el otro mundo
te digo que pude hablar de nuevo: todo aquello
que regresa del olvido regresa
para encontrar una voz:

del centro de mi vida surgió
un manantial inmenso, sombras
de azul abisal sobre agua de mar celeste.