JEAN COCTEAU

 

     (Maisons-Laffitte, 1889, † Milly-la-Forêt, 1963)

"Retrato de Jean Cocteau" de Amedeo Modigliani     Quizás se equivocara Jean Cocteau al decir que después de su muerte importunaría. Hoy en día, ya nada molesta. Antes al contrario, una obra como la suya, que tiene su origen en el compromiso total, en una capacidad superlativa para abordar con mirada poética disciplinas tan dispares como las que él se dedicó a engrandecer, está por encima de juicios superfluos y apresurados. Poeta, ensayista, narrador, dramaturgo, músico, coreógrafo, escenógrafo, actor, cineasta, pintor, ceramista y escultor, Cocteau fue un artista total más propio del Renacimiento que de la época de entreguerras, en donde sobresalió como nadie entre una pléyade de otros genios y artistas que nadaban en lo que quizás hayan sido las aguas más fecundas y originales que haya dado la historia de la literatura y del arte de todos los tiempos: la época de las vanguardias. Y hay que insistir en que, este francés de familia acomodada que sufrió el suicidio de su padre y la sobreprotección de su madre, mal estudiante, talento poético precoz, amigo de músicos sin par y de pintores excesivos, al que ninguna biografía le haría justicia, fue ante todo poeta, de principio a fin. Su idea de la poesía como «partida de cartas ejecutada por el alma que reside en las rupturas de equilibrio y en la divinidad de los juegos de palabra» refleja una inquietud creativa que más que la provocación y la pose manifiesta la voluntad incansable del buscador que ondea la bandera de la pureza, de una pureza que burla y escandaliza, que carece de valores seguros pero cuyo compromiso innegable alcanza lo que él pretendía como desorden sagrado y que para él no era en el fondo sino orden puro. En el más individualista de los viajes, Cocteau rescata paisajes de luces y de sombras, fondos de espejo, sueños en vuelcos de frase que recuerdan al laberinto mitológico-clásico y al gramófono moderno, superficies en las que bien podemos perdernos girando sin parar en el vacío de nosotros mismos.

 

Traducción y nota: Manuel Ángel Gómez Angulo

 

Quand tu ris de courir sur l’herbe de la terre,
En plein soleil d’avril,
Et de tomber sans te faire mal.
Songe que sous la place étroite,
Il y a de la terre,
Et encore de la terre.
En ligne droite.
Et de la roche et du minéral.
Et de la lave.
Et des incandescences,
Et le feu central.
Songe en continuant la descente
Qu’il y a du feu et encore du feu.
Puis des lavec inscadescentes.
Puis de la roche et du minéral.
Puis de la terre.
Et encore de la terre.
Et peu à peu,
De la terre où pénètre de l’air,
Et du gazon,
Et de la nuit sur la saison
Et une femme qui dort à la Nouvelle-Zélande
Avec l’abîme au-dessous d’elle
Au-dessous de son toit
Et songe que pour elle il est pareil que pour toi

Cuando ríes al correr sobre la hierba del suelo,
Al sol pleno de abril,
Y por caer sin hacerte daño,
Sueña que bajo la plaza estrecha,
Hay tierra,
Y más tierra,
En línea recta,
Y roca y mineral,
Y lava,
E incandescencias,
Y el fuego central.
Sueña, mientras continúas bajando,
Que hay fuego y más fuego,
Luego lavas incandescentes.
Luego roca y mineral,
Luego tierra,
Y más tierra,
Y poco a poco,
Tierra por la que penetra aire,
Y césped,
Y noche sobre la estación,
Y una mujer que duerme en Nueva Zelanda,
Con el abismo por debajo de ella,
Por debajo de su tejado.
Y piensa que para ella es lo mismo que para ti.