UNA VERDAD CREPUSCULAR


Rafael Fombellida

 

 

Joan Margarit, "Edad roja" (Colección Maillot Amarillo, 1995)     Con la escritura y publicación de Edad roja, Joan Margarit entra de lleno en el cultivo de una poética de la crepuscularidad. Sin perder o anular una sola de sus constantes esenciales, subjetivismo, comunicabilidad, carácter testimonial y, sobre todo, un arraigado, sincero y decidido vitalismo, el personaje poético que transita los versos de este libro va emitiendo señales inequívocas de que, en su trayecto existencial, se han encendido todas las alarmas, y el desengaño, la soledad, cierto desfondamiento moral y una creciente propensión a la elegía van trazando el diagrama de esa edad amarga en la cual la luz que arroja lo vivido se percibe tamizada por el peso de los párpados, y el motor, que continúa derrochando energía cordial sobre las cosas, se siente amortiguado por una detectada incapacidad de fondo. En ese punto en que los sueños van desvaneciéndose y el futuro comienza a volverse peligroso, toma cuerpo el pasado como un refugio seguro, y a la vivencia amorosa se le transfiere la cualidad de ser la única encarnación, si no del ideal, sí de una cierta forma de salvación del yo. En todo caso, la mirada sobre el mundo que el crepúsculo modela y afina, aporta lucidez, serenidad, hondura; dignidad moral para observar, de esa misma moral, su decaimiento. Y anticipa la poética sobria, desesperanzada, austera, sabia y nostálgica de sus libros posteriores, en donde la huida del tiempo y la pérdida de los seres queridos van fijando crudamente esas señales y deviniéndolas ásperas certezas.
     Edad roja se publicó primeramente en catalán en 1991 (Barcelona, Columna), editándose después en castellano (Granada, colección Maillot Amarillo, 1995), traducido no por el autor, como suele ser usual en su poesía, sino por el poeta granadino, y reputado especialista en su obra, Antonio Jiménez Millán. La edición posterior de El primer frío. Poesía (1975-1995) (Madrid, Visor, 2004) ha fijado definitivamente el texto y la ordenación de Edad roja dentro de la profunda operación depuradora que Joan Margarit abordó al revisar la obra comprendida entre esas fechas, dejando en 39 los 54 poemas iniciales y llevándose por delante algunos de los textos que destilaban mayor acidez, entre ellos los referidos a personajes literarios (Maquiavelo, Maiakovski) o algún acibarado retrato. Visto así, Edad roja resulta un libro si cabe más intenso, suavizada su temerosa visión premonitoria por el reflejo cabal y hondo de una madura sensatez que considera el libro desde el otro costado, con el poeta inmerso en un territorio que ya no es incierto, sino vivido plenamente.
     Como ha escrito el filósofo Fernando Savater, «cada hombre se siente obligado a huir de lo que fue, de lo que es, de aquello que tendrá que ser». El texto inicial del libro, desgajado del corpus y ofrecido a modo de dedicatoria a Raquel (o Mariona) «como una luna de sombra sobre nosotros» ofrece sugestivas claves para detectar e interpretar el punto de vista del poeta. La primera referencia que aparece en Edad roja es de naturaleza metafórica. Esa primera constante no es otra que la isla del tesoro, «una isla para John Coltrane: modelo de gloria y derrota para Margaritsalvarnos», un espacio mental «donde deseaba encontrarme cada día con el sueño». Un lugar al que se puede huir, pero se vuelve siempre «indiferente y solo». Los sueños, la ilusión, el futuro deseado, se han confinado en una isla perdida, que va volviéndose día a día más abrupta. Lo que queda es una forma de derrota, y el libro avanza con la poetización de la experiencia moral de esa derrota. Ese poema inicial, ‘Ofrecimiento’, pone en escena el núcleo existencial del libro y centra su ideario y posición. El entramado poético que sigue le dará consistencia y verosimilitud e irá desanudándolo hasta alcanzar su pleno desarrollo y hallar a su lector.
     Los pilares de la madurez en Edad roja son tiempo, moral, amor, ciudad y escritura. Son ellos los espacios relacionales de la voz poética, con los que hay que pactar desde una conciencia sentimental nueva. En el poema ‘Amor y tiempo’ lo expresa con una persuasiva comparación: «el tiempo nos habita / como arena del río que, despacio, / va cambiando la forma de la costa». La configuración de esta nueva actitud sentimental arroja nueva luz sobre la materia humana y la de los sueños, sobre el tiempo vivido y el tiempo por vivir. La percepción del pasado se tiñe de un matiz elegíaco que no excluye la evidencia de su sordidez, dividida entre la moral «de nuestros padres» y una formación a caballo «entre filósofos germánicos y profetas judíos». La mirada poética se vuelve con nostalgia hacia un tiempo en el que residía cierta forma de inocencia: «Recuerda cuando aún desconocías / que la vida no tendría piedad contigo». Poemas como ‘Llegada al puerto’ o ‘Tamarit’ reflejan la conciencia crítica del pasado a la luz de sus desavenencias con el presente. De hecho, el sujeto que habitó el pasado se percibe, si no disociado, sí francamente alejado del yo actual, y la interacción del presente en el recuerdo queda de manifiesto en versos como este: «Cada uno inventa su amanecer».
     Cualquier apelación a la memoria sirve para volver los ojos al presente y al intuido futuro, y hacer patente un íntimo desacuerdo con el paso del tiempo. En el poema ‘Invierno azul’, la voz poética interpela a un tú testaferro con bronca crudeza: «Sois lobos los hombres a tu edad, / sólo lleváis el tiempo en la mirada». De la erosión debida al paso del tiempo son consecuencia, no sólo esa destemplanza con que se refiere a sí mismo, sino metáforas tan eficaces e inclementes como la del maduro solitario trasmutado en ese animal malvado y silvestre, que dará título a su posterior libro Los motivos del lobo. El presente se interpone entre el personaje poético y su capacidad de desear y soñar. La nostalgia de un tiempo sin conflicto contrasta con la vivencia actual de su esperanzadora isla del tesoro: «añoras / el resplandor brumoso de la costa, / el silencio de la isla, que ha vuelto / peligrosa y abrupta» y, perdida la ilusión de hallarla entre las cosas, sólo la resignada certidumbre de contener en su mente a la isla de Calipso preserva la vigencia de este símbolo de salvación transformado en vehemente deseo. Sobre la percepción del pasado cae a plomo la cruda certeza de su pérdida y de cuanto llevó consigo. El presente es el tiempo en el cual se ha de hacer frente a una manifiesta sordidez mental y moral. Incluso el deseo puede trasmutarse en repugnante materia. Pocos poemas lo manifestarán más claramente como ‘Televisión en el servicio de traumatología’: «la luz de la pantalla / en la oscura caverna de sus sueños». Pero del trayecto por el tiempo siempre cabe recoger una lúcida enseñanza que subraya la apuesta vitalista de la poesía de Joan Margarit. En ‘Esbozo para un epílogo’, su voz poética señala que «la vida representa / no sólo la victoria de los años / sobre nosotros. También nos enseña / lo gloriosa que fue / nuestra inicial victoria sobre el tiempo».
Philip Larkin (Coventry, 1922 - Hull, 1985)      «Un tiempo que cae / como una casa grande y solitaria» es, en el poema ‘El significado de nuestro presente’, ese tiempo real que va trocándose en futuro. De la previsión de este futuro, la voz poética no nos depara una imagen mejor. En ‘Guerra perdida’ lo denotan los versos «pero aún se refleja en el asfalto / la soledad de una ciudad más sucia / donde hoy se pudre el que serás / en los últimos pasos del invierno». Aún así, existe una esfera de esperanzada calma en un libro que, sin eludir nunca su condición dramática, excluye siempre la inútil desesperación. Lo patentizan los versos finales del poema ‘Cementerio de Montjuïc’, en el cual, los protagonistas poéticos, tras una visita al lugar (recordemos que en ese camposanto reposan los restos de Anna, una hija del poeta muerta en los años sesenta y, más recientemente, también de Joana) extienden la mirada sobre la ciudad a sus pies, ciudad que les reclama con sus luces «esperándonos para zarpar». La expectativa del amor y la belleza se mantiene como un acto de supervivencia y rebeldía consciente, aunque «al ir tras la belleza estarás solo». En un poema de título homónimo al del libro cualquier lector advierte con claridad el lúcido fatalismo, la serena conciencia de desposesión que transita los versos de Edad roja. Un poema de tono oracular en el que se adivina ese futuro desengañado y solo: «Que nunca habrás vivido / ninguna edad de oro (…) Las rosas de Ronsard / nunca serán perfume (…) No volverán las mujeres».
     El personaje poético se abre a una moral revisada y modelada por la decepción, el cansancio, las ilusiones perdidas, la vida gastada, un futuro cuya única certeza es la de su finitud. El «inútil y sórdido tiempo moral». La invasión de la madurez se impone con un fondo de impiedad y rebeldía. «He vuelto maltratado por mi propio sarcasmo», dice el poeta en su ofrecimiento inicial. Las apelaciones a cierta actitud despiadada hacia sí mismo son esenciales en Edad roja: «has vuelto a pactar con la soledad / tu derecho cruel a ser feliz». La propia enunciación de esta crudeza, la mirada sin concesiones en que se desenvuelve poéticamente, es un factor de resistencia contra la realidad presente. A veces exhibe una lúcida ironía («el sentido común de la derrota»), sin rencor ni desgarro, de talante dramático; sin la socarronería, por ejemplo, de un Philip Larkin (‘The view is fine from fifty’), poeta con el que tiene otros muchos puntos de contacto. Ironía, arma óptima para combatir y resistirse.
     A los grandes valores los sustituyen otras habilidades acordes con la caída moral del personaje («y cuando tu valor se haya acabado / y quede en su lugar sólo la astucia»), y el sujeto queda a merced de sentimientos devastadores, la culpabilidad, el miedo, que ponen en riesgo el sentido mismo de la existencia. Ingresa en un tiempo en el que no hay engaño posible. Adopta «el lenguaje duro de aquel que ya no miente» y la conciencia toma posiciones en un contexto moral degradado por el cinismo, por la intuición de fracaso y de miseria. Relativismo moral más honesto y verdadero que la «moral de nuestros padres», crecida en la hipocresía.
     Esta intuición de fracaso, que abarca todas aquellas “posibilidades imposibles” del ser («la sombra silenciosa de una vida / que nunca habremos vivido»), arroja al sujeto a las fronteras del nihilismo, de las que sólo el amor logrará rescatarlo: «sólo existe la duda moral: ama».
Chet Baker... «Indiferente, Chet Baker estaba dentro / del foco, como si fuese la luz / de un bar desierto, al fondo de una calle siniestra.»     Es el amor, en efecto, el sentimiento más iluminador en Edad roja, redentor del pasado, salvador del presente, compensador de una vida moral descompuesta por la existencia y destruida por la Historia. El sentido de la vida está más vinculado al amor que a la moral. La pérdida del amor, o del sujeto amado, constituye la más dura derrota, la más fiera intuición de vértigo y de soledad. «Al perder el amor, pierdes la vida». En el pasado, al amor se le contempla con nostalgia, entre escenarios íntimos de una Barcelona casi oculta a las miradas indiscretas, en bares insondables, en hoteles, arenales y tinglados portuarios. Sin la mujer amada, la sordidez del presente siempre se reproduce (‘Caligrafía’); la trascendentalidad de la vivencia amorosa se referencia en versos sentenciosos: «triste quien no ha perdido / por amor una casa». El amor es conjuro contra la soledad. Poemas tan desolados como ‘Ella’ hacen referencia a un presente de amor perdido, inmerso en la zozobra y el desaliento, en la disolución moral y la derrota del ser. «Llega el tiempo de no esperar a nadie (…) Es hora de volver / al desolado reino del absurdo». El íntimo diálogo del poema ‘Dos cartas’, una de las cimas líricas de Edad roja, incide en la obstinada voluntad de amar por encima de todas las cosas, como única forma de salvación existencial en un mundo que se derrumba, incluso cuando el acto de ese amor sea de facto irrealizable. «Seríamos los más pobres, / como mesas vacías de un café bajo la lluvia, / si no fuese por el amor (…) Sólo puedo / jugar (…) una carta tapada: / amarte hasta la soledad». Bien pura, o ya corrompida, la vivencia amorosa es reclamada con insistencia como único bien que acompañe y proteja al sujeto del cercano futuro intuido. Su apelación se constituye en decidida voluntad. «En lo más indefenso dentro de una mujer, / solitario, seré por siempre amante». El poema final de Edad roja, ‘De pronto está claro’, se eleva así como un transparente e iluminador “caer en la cuenta” de que sólo el amor es aventura salvadora contra el acoso del tiempo y de la rendición moral. «En la edad roja / sólo el amor nos libra de la gélida / cueva del tiempo».
     Hay playas y calles, bares, hoteles y pequeñas plazas en Edad roja. Como todo poema tiene su paisaje, la mayor parte de los que componen este libro tienen al fondo el aire y el sonido de Barcelona, y la luz del Mediterráneo. La poesía de Joan Margarit es predominantemente urbana, excepto incursiones memorísticas que recrean otros escenarios, Mallorca, Tenerife, la Cataluña interior, algunas ciudades extranjeras. Pero, en Edad roja, la piel de la ciudad, recorrida dactilarmente como si de una mujer se tratara, es la piel de Barcelona, ciudad de la memoria, del presente y del futuro a las puertas.
Edward Hopper, "Chop Suey" (1929) ... Tienen los bares de "Edad roja" un algo hopperiano      En este libro, Barcelona toma el color ceniciento y mortal que tiene la conciencia de temor, dolor y fracaso que recorre sus versos. Es una ciudad de bares desolados y de cines lúgubres, de plazas otoñales, como la Plaza Rovira, plátanos grises y hojas secas. Tienen los bares de Edad roja un algo hopperiano; en ellos, el sujeto poético suele estar solo, tras un cristal, observando la calle, escuchando una música en la mente. Sus semáforos le recuerdan que el deseo es tan sólo una falsa ilusión, que destella brevemente y cambia pronto su luz. Tiene la ciudad un aire de mediocridad menestral y de ambiciosa y superficial grandilocuencia («arquitectura / de tenderos y Wagner»), de podredumbre y amargura. También su puerto, proletario y triste, lo recibe al regresar desde su adolescencia canaria, en un duro contraste que refleja el turno de paso desde la inocencia hacia una pronta madurez. Con una imagen muy Brassaï («en sus cafés había mujeres / esperando algún sueño en los espejos») le agasaja Barcelona. Sus aulas son recuerdo de una juventud perdida entre paredes heladas, sus noches sólo revelan los silenciosos coches aparcados, la lluvia racheada que sacude los faroles.
     El sonido de la ciudad son algunos solos de jazz. Presente en la educación sentimental de Joan Margarit, el jazz, con su aura cosmopolita, de intelectualidad y malditismo, recorre con sus ráfagas Edad roja tiñendo de blue algunas rememoraciones, o prestando la figura de conocidos jazzmen (Chet Baker, o John Coltrane) como modelos en los cuales se conjuga la gloria y la derrota. En el escenario, el amor es sólo un negro ciego al teclado.
     Una ciudad que suma su crepuscularidad a la del personaje poético, a su caída moral y a su vértigo en el tiempo. Una ciudad para el invierno. Como contrapunto, la imaginada isla del tesoro, brumosa, cálida o abrupta, se rebosa de luz mediterránea, de la luz ensoñada del mundo clásico, con mucho más de Homero que de Stevenson.
     ¿De quién son realmente los poemas de Joan Margarit, del autor o del lector? En Edad roja, el poeta, situado a una distancia indefinida de su personaje poético, se los entrega generosamente al lector, le regala «las mujeres que amé / y que nunca he perdido», la lluvia que escucha y el enigma de la isla del tesoro, "Prostitute" (1933), fotografía de Brassaï (Brassó, Hungría, 1899 - Eze, Francia, 1984)consciente de que sin su implicación los poemas son palabras mojadas. Es sabido el posicionamiento a favor de la comunicación que Joan Margarit mantiene respecto de su poesía, su reconocimiento de una palabra compartible mediante la cual el lector otorgue nueva vida a los poemas y los prolongue más allá de las coyunturas existenciales. «Ahora nosotros estamos en los poemas / que otra mujer leerá en un tren», se dice en boca de uno de los personajes de ‘Dos cartas’. Las palabras son vidas no vividas también para el lector, que alimenta su experiencia con la nostalgia de ese otro existir perdido, vida que, sin embargo, le implica y explica.
     Pero el sujeto poético, desde su desencantada afectividad, nos recuerda también que la poesía puede ser una sutil artimaña cuyos únicos fines puedan ser el consuelo y la autocompasión. Su vitalismo y verosimilitud alcanzan para tanto. Hay un cierto matiz de resignado fatalismo en poemas como ‘El maldito’ («muere por nada y por bien poco vive»).
     Aún así, la insistencia del discurso metapoético en determinados textos acrecienta su vehemente fe en el lenguaje como portador de un valor existencial indudable. «Detrás de las palabras sólo te tengo a ti». La palabra poética cura de su significado, actúa como un conjuro contra la realidad de aquello que nombra.
     Es el testigo solo, el testimonio de una verdad individual en esencia y destino, de una verdad crepuscular.

 

 

     Rafael Fombellida. Torrelavega, 1959. Sus poemarios más destacados son Ciudad lenta del asombro (1985), La flecha de cuarzo (Haikus) (1999), Deudas de juego (2001), Norte magnético (2003), La propia voz. Poemas escogidos (1985-2005) (2006) y Canción oscura (2007). Codirigió las colecciones Scriptvm de libros y plaquettes. Desde 1997 codirige las publicaciones de Ultramar, revista de Literatura.