EN LA POSGUERRA DEL POETA
JOAN MARGARIT
Jordi Gràcia
Su
posguerra escrita está hecha de trenes, de luces muertas y de rastros
de memoria prestada sobre los desastres vividos; está hecha también
de esperas en los andenes y de abusos del frío y de la historia:
los poemas de Joan Margarit que evocan la guerra y la posguerra acentúan
el registro narrativo y rebajan fundamentalmente el patético, como
si el patetismo fuese ahí, además de una falta de educación,
un excedente, algo innecesario o demasiado superfluo cuando trata de sus
primeros años de vida y de su memoria de aquellos años con
su madre, con el padre encarcelado, con su vida en Gerona entre 1944 y
1945 sin escolarizar, hecho un medio salvaje muy cercano a la felicidad
y tentado por navajas prohibidas, como muy cerca de la felicidad volverá
a vivir en otro lugar que no será tampoco Barcelona sino Santa
Cruz de Tenerife, porque allí transcurre el final de la adolescencia
y allí regresan algunos poemas que retratan la ilusión,
la falsa ilusión, de la huida del padre.
El filo de estos poemas es como casi siempre
en Margarit hiriente y exacto, y sobre todo enemigo del autoengaño.
A la edad en que estos poemas llegan al papel, tras haber sido trasegados
en la memoria miles de veces, con las anécdotas familiares, con
la guerra del tío Luis, con la huida del padre, no hay ya lugar
para la versión épica ni para la mentira disfrazada de nostalgia
mojada: «No vull ser dòcil ara que em faig vell», dice
un poema de Càlcul d’estructures. Al contrario,
son poemas que no callan la perspectiva cruel sobre la vida propia y la
ajena, y quizá incluso enfatizan todavía más la combinación
de coraje moral y lucidez propia de su poesía. El pasado cambia
en el poema porque el poema hace presente aquel pasado, y lo sustrae a
la tiranía del juicio visceral y padecido: ahora entiende ya el
dolor de la profesora de alemán del Instituto, profesora de una
lengua derrotada después de 1945 como perseguida era su propia
lengua catalana, y pesó ya menos el mal recuerdo de aquel Instituto
porque lo que pesa es el dolor de ella, arrodillada en el suelo fregando
y hablando sola: «Ara que passo comptes amb qui sóc / sento
els genolls al fred de les rajoles / per esborrar el passat, com ella
feia / amb la roja sanefa del mosaic».
Ya no hay ni venganza ni rencor sino la
comprensión de una tragedia humana leída desde el nuevo
asiento de la madurez y de la misericordia. Una casa de misericordia es
hoy y ha sido a menudo su poesía para
huir de la intemperie. No es el mejor de los sitios, pero es el mejor
sitio posible y eso es lo que enseñan la edad y la lucidez cuando
se combinan. El padre regresará de la cárcel para ir convirtiéndose
en un fascista como toda España entonces, y los poemas del muchacho
volarán por las ventanas abiertas, por mucho que aquel muchacho
y su padre han de acabar siendo, también ellos, «dos homes
vells, cansats i decebuts», sin ánimos para volver a explicarse
mutuamente porque no hay tampoco explicación posible.
Pero no sólo están en su libro
Estació de França, el más propicio, sino
también en el último, Casa de misericòrdia,
donde recoge más de uno que regresa a ese entonces remoto, cuando
los padres se afanaron en escribir sus diarios y sus agendas cotidianas
dejando el rastro de «la passió de viure. Fins i tot en les
escombraries de la por». Pero esas agendas estuvieron siempre escondidas
en los subterráneos de la intimidad y hoy carecen ya de curso legal,
como la moneda republicana de entonces, y han dejado de ser útiles
para nada, quizá no han servido nunca para nada, porque la vida
ha ido despojándolas de sentido, más cruel y menos piadosa
que las buenas intenciones. Y todavía en otro poema reverbera la
posguerra como espacio metafórico de la vejez, cuando ya casi nada
importa porque lo aprendido no puede ya usarse: la vejez es como acabar
una guerra y «saber on son els refugis, ara inútils».
La memoria se detiene a menudo en el fuego en tierra de casa, cuando era
un niño de una casa pobre y lóbrega, donde duerme mientras
hablan los padres y el niño fija «el trajecte, breu, segur,
del foc al llit» para que nunca llegue tampoco a borrarse del todo
«la força del perdó / d’una remota nit de la
infantesa». Es el tiempo del miedo, aunque lo fuese de muchas otras
cosas, pero sobre todo del miedo que no se borra y revive «perquè
la vida m’ha mostrat els rostres / dels qui podrien ser els meus
assassins». Contra la piedad nostálgica por un pasado sucio
y frío, la poesía de Margarit extrae lecciones morales que
certifican otra verdad mayor, y es que el pasado siempre va por delante
de nosotros porque nos espera en el futuro, en el mañana, más
vivo y más intenso que cualquier presente. Lo decía un poema
de Estació de França —«El passat ens
espera al demà: / va sempre més de pressa que nosaltres»—
y con una imagen turbadora ha vuelto a cristalizar en un poema de Casa
de misericòrdia. «En els ossos del temps no hi ha tendresa»
sino fiereza y crueldad cuando se desprotegen del autoengaño, cuando
hablan con libertad y prefieren ser la aguda certeza de la verdad antes
que la máscara dócil de la mala poesía. En sus poemas
está esa tentación, o
lo estuvo, como diagnóstico: uno de los poemas de Els motius
del llop volvía a evocar la infancia y el miedo, a sabiendas
de que el pasado acaba siendo «fraternitat de llops, melancolia
/ per un paisatge falsejat pel temps», suficiente para establecer
la consigna fundamental del poeta: «tinc por / però me’n
surto sense idealisme». Seguramente por eso ese muchacho de siete
años que habita una Gerona negra de penuria, en la plena posguerra,
compró a escondidas una navaja luminosa que siguió ocultando
durante muchos años y quizá siguió también
afilándola año tras año, hasta hacerla como es hoy,
una daga fría y cálida que no elude la crueldad porque a
veces es la mejor aliada de la belleza adulta, batida. En Els motius
del llop evocó aquella navaja, «Ara, a punt de complir
els cinquanta-quatre», abierta en la mano y «tan perillosa
com a la infantesa. / Sensual, freda. Més a prop del coll.»,
porque es ahí, en el cuello, en la encrucijada física de
las emociones, donde a menudo se siente latir el poema cuando se remonta
a la posguerra sin haberse movido del más estricto presente.
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Jordi
Gràcia. Barcelona, 1965. Profesor de Literatura
Española en la Universidad de Barcelona y crítico
literario. Sus últimos libros tratan de la cultura española
bajo el franquismo, como La resistencia silenciosa. Fascismo
y cultura en España (2004). Ha dedicado trabajos a los
poetas Pere Quart, Pere Gimferrer y Joan Margarit.
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