(Elche,
España, 1946)
Es
poeta, dramaturgo y narrador. |
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¿QUIÉN PUDO SER?
El
Hombre Joven:
¿Quién
pudo ser? Me he pasado tres meses haciéndome todos los días, a
todas las horas del día, esa pregunta. Todos los días desde el
día, aquel maldito siete de septiembre, en que me dieron el resultado
de las pruebas y supe que era sero-positivo. ¿Quién me contagió?
Yo nunca he sido promiscuo, aunque los tíos me gustan a rabiar. Me conformo
muchas veces con verlos en el gimnasio o el vagón del metro, montándome
con ellos un polvo de cine dentro de mi cabeza. Sólo he estado enamorado
una vez hace ocho años, pero el chaval no se atrevió a dejar su
doble vida de hetero, con “novia para casarse”, y yo me quedé
tan jodido que, sólo con veintiséis años, me hice un cínico,
o un desencantado. Cuando me da el calentón, antes que salir a la calle
a buscarme la vida, tiro de agenda. Tengo tres ligues fijos que siempre me dicen
que sí cuando les llamo, y es verdad que no siempre he utilizado preservativo
al follar con ellos, pero ha sido por confianza. Yo soy un tío sano y
fuerte, y nunca me he ido con el primero que aparece en un parque o una sauna,
como hace mi amigo Alejandro. ¿Fue entonces Carlos, que tiene pareja
desde hace doce años y me dice que nunca folla más que conmigo
y con su novio? ¿O me contagió José, la vez que nos fumamos
un porro y nos pasamos de rosca haciendo eso que llaman “prácticas
de riesgo”? No puede ser que yo esté enfermo. ¿Quién
pudo ser?
Me ha obsesionado tanto la duda de averiguar quién
fue el cabrón que me pasó el “gusanito” que lo de
curarme me preocupaba menos. Cuando mi médico, el doctor Máñez,
me hablaba del tratamiento que puede detener el avance del virus yo no le hacía
caso, y en una de las visitas a la clínica conocí a Ramón,
un chaval muy majo que tiene la enfermedad desde hace seis años y se
encuentra muy bien; tampoco a él le di bola. Sólo escuchaba esa
voz mía que me pregunta: ¿Quién pudo ser? Es tanta putada
haberse acostado tan pocas veces en los últimos meses y haberme contagiado…
Manuel, que para mayor ‘inri’ es enfermero… Tenía unas
manchitas en la cara el último día que quedamos, pero me dijo
que no era
nada;
una inflamación de algo que le había sentado mal. ¿Habrá
sido él?
¿Qué me importa el tratamiento si
ya estoy para siempre condenado?
Hace dos días el doctor Máñez
me internó 24 horas en el hospital de la Princesa, porque quería
hacerme unos análisis en plan exhaustivo. Estaba en la planta de infecciosos,
y hablé un momentito con una chica y un chico, los dos con SIDA, y también,
algún que otro rato, con otro enfermo de mi edad o quizá más
cerca de los 40, Benito, que tiene la “enfermedad de Kupfer”, que
yo no había oído en mi vida. La pilló por lo visto en Tanzania,
cuando estuvo de voluntario seis meses en una ONG, y ahora tiene todo el cuerpo
y los brazos y las piernas cubiertos de unas llagas que le duelen muchísimo
y no le dejan ni dormir. Yo le dije que mi única obsesión era
saber quién había sido el tío que me contagió. Benito
sacó entonces un libro que tenía en la mesilla, se levantó
con mucha dificultad del sillón y vino hasta mi cama para enseñármelo.
“Este es el tío que a mí me contagió lo mío”.
Y era la fotografía científica de un microbio microscópico
en forma de pera: el bacilo de Kupfer. “Yo no le tengo odio”, dijo
Benito. “Sólo quiero matarlo a golpes de medicina”.
Esta mañana he empezado a tomar las pastillas
del tratamiento.
por Carlos Meneses
Uno
de los grandes miedos o de las mayores preocupaciones de actores, directores,
autores y toda la inmensa familia del teatro, lo representa la crítica.
Más que interesarse por conocer si acudió mucho público
al estreno, o si la contabilidad de los aplausos fue muy alta, interesa leer
lo que al día siguiente de la representación publicarán
los diarios o lo que las revistas especializadas dirán días después.
Por supuesto, las reacciones ante lo escrito (también ante críticas
orales) son diferentes. Incluso un actor puede quedar disgustado y el autor
muy contento o viceversa. Depende del trato que le haya dado la crítica.
Por un lado están los impulsivos que pierden la serenidad si se sienten
atacados. Por otro los indiferentes, que suelen ser pocos. O también
los resignados, que a veces suman cifras elevadas.
Se considera un error enfrentarse al crítico.
No porque haya que agachar la cabeza, que eso sería lo más feo
de todo. Se parte de la idea de que toda crítica conlleva algo interesante,
aunque sea una línea del total. Y eso es lo que hay que capitalizar.
No enfrentarse a la crítica no significa callar, mantenerse en silencio
aunque se reciban violentos bofetones. No. La crítica, salvo contadas
excepciones, no está en manos de depravados, ni de dementes. Sin ninguna
duda puede haber equívocos, erróneas interpretaciones de tal actuación,
de la dirección o de la propia obra. Para eso existe la posibilidad de
respuesta escrita o verbal. Sin encolerizamientos, sin tonos extremadamente
subidos. Y, por supuesto, tras un análisis sosegado de lo que ha dicho
o escrito el crítico.
Hay experiencias que marcan un determinado comportamiento.
Cuando estrené mi primera obra en 1958, La Noticia, recibí
frases alentadoras, remesones violentos, desprecios y aprecios. Como joven que
era entonces, me molesté con alguna de esas personas que reflexionaban
sobre mi drama. Me pareció injusta la valoración que se hacía
de mi obra. Reclamé
verbalmente.
Me exalté. Con esas armas no llegaba a nada positivo. Pero la juventud
tiene esas cosas. El sosiego no abraza las emociones, no despoja de iracundia
los comportamientos de los ofendidos o que se creen ofendidos. Sólo tiempo
después comprendí que la visión de ese crítico no
era injusta, que lo que él reclamaba tenía su razón de
ser. El diálogo tiene que filtrar de manera casi imperceptible ideas,
pasiones, intenciones etc., y yo, inexperto, no había sabido cumplir
con tal requisito. Como también, que muchas veces un movimiento, un gesto
o una sola palabra, puede remplazar a frases y desplazamientos escénicos
innecesarios.
El transcurrir del tiempo, el estar atento a lo
que se comenta, a las nuevas ideas, a los últimos acontecimientos, enseña
mucho. Los críticos también tienen que saber renovarse, que tener
otros ángulos de mira. No se trata de aplicar normas o miradas que ya
han cumplido su ciclo. Obligatoriamente tienen que seguir igual trayectoria
que todos los demás. No es por lo tanto su tarea un equivalente de ir
al café y dar una opinión más o menos ajustada a la realidad
de tal o cuál obra. Es necesario mucho más, y en ese mucho más
está el saber adquirir nuevos conocimientos, que en buena cuenta significa
estar al día con el discurrir del enorme mundo teatral.
Es evidente que una crítica dura, afilada,
hasta digamos desmedida, puede destruir a un principiante, sea actor o autor.
No se trata de ser severo o estricto en exclusiva. La crítica debe contener
referencias del movimiento teatral para poder establecer comparaciones. Instruir
al lector sobre la situación del teatro o sobre las influencias que ha
descubierto en la obra que ha visto. No es un mensaje ni como caricia ni como
puñetazo, más bien tiene que discurrir por el camino de la lección.
Su objetivo no tiene por qué ir en procura de la lesión de quienes
han trabajado en tal o cual obra. Más bien concederles más claridad
a su propio trabajo, y con ello
abogar
por su superación. De ahí que resulte equivocado protestar airadamente
por tal adjetivo o por tal concepto.
Es indudable que saber digerir las críticas
equivale a tonificar los conocimientos de cada cual. Obras de teatro destinadas
a combatir determinadas ideas, a sembrar nuevos pensamientos o a luchar por
despertar a los pueblos adormecidos, siempre tendrán otro tipo de crítica,
que no vaya por el sendero exclusivo de la estética, que más bien
esté guiado por los compromisos morales, políticos, sociales,
tanto si son favorables como si son totalmente lo contrario. Una obra de teatro
puede ser fulminante para tal o cuál comportamiento, para determinadas
ideas, o contra tradiciones que anestesian a las masas. Entonces ante esa tromba
de sugerencias, planteamientos, indicaciones sumergidas, muchas veces lo que
surge es una censura, que viene a ser la más feroz de las críticas.
Una crítica vacía de argumentos, de lecciones, de referencias.
Todo ese cúmulo de contenidos de las críticas
aumenta la experiencia. Abre nuevos derroteros. No debe ser nunca desechado.
Representa algo así como los alimentos. Un menú no grato en términos
generales puede contar con un solo ingrediente válido, que por supuesto
no hay que desperdiciar.