ENRIQUE MORALES

 

     (Almería, España, 1991)

     Estudia 1º de Bachillerato en el instituto Alborán de Almería. Ha participado en fancines literarios como Espejos y espejismos y La sombra del membrillo. Tiene inéditos dos libros de poemas, titulados Piedra de aluminio y Cuando los gatos duermen, las ratas bailan.
     Esta pieza teatral es inédita y aún no ha sido representada.

Enrique Morales © Alba Fuillerat

 

 

 

LA SOMBRA DEMENTE

 

Realmente creo que no sé hacer nada

 

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Bien, dígame, ¿a usted qué se le da bien? O en qué area o actividad se ve positivamente cualificado.

     JACQUES.— No lo sé, realmente creo que no sé hacer nada.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— No se preocupe usted, es lo normal. Le colocaré entre el 405 y el 407. ¿Está conforme?

     JACQUES: Perdóneme señor, dudo que sepa contestar esa pregunta.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Bien, bien, no importa. Entonces ahí aguantará usted. ¿Ha liberado al pájaro?

     JACQUES.— Sí, con la llegada del amanecer. Alzó su vuelo a la pureza del sol. Y sangró, y sangró, por su destino encontrar.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Comprendo. Me temo, querido señor, que he cometido un terrible error. Le juro por mi cargo, ampliamente sobrevalorado en estos tiempos, que me mataría aquí mismo, tintando todo papel ya tintado de esmalte artificial. Y sólo le pido una cosa, oígame, no comunique esto a mi superior, estamos abarrotados, no queda más espacio.

No lo sé, lo siento     JACQUES.— No creo que esté capacitado para hablar con su superior, ni para entender un error vulgar, de un hombre respetable, aquí, como usted. Por otro lado, debo admitir también, aun a riesgo de ser abucheado, y mi comprensión desaprobada, que tampoco entendería la causa de su muerte voluntaria. Es por eso que no se lo puedo reprochar, ya que no conozco en qué extremo se situaría su acción.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— ¿Usted cree?

     JACQUES.— Quizás esté bien.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Debo acabar entonces el trabajo que comenzó mi madre, es eso lo que quiere decir, ¿verdad?

     JACQUES.— No lo sé, lo siento.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Me está engañando. Usted me está engañando. Es bastante insolente. Si no fuera por mi situación lo abofetearía ahora mismo.

     JACQUES.— Puede que me gustara, y me sintiera complacido.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Sí. Como le iba diciendo, he debido cometer un error. Para asentar nuestras mentes, y asegurar mi estancia, contésteme a esto si es tan amable. ¿Siente dolor cuando la situación le incita a sentirlo así?

     JACQUES.— Mis disculpas de nuevo, no puedo responder a esa pregunta. Espero no haberme desorientado, se dice así, ¿no?

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— ¡Me exaspera usted! Por pluralidad estaríamos gozosos de que fuese usted el 406, pero las circustancias, es decir, nuestro eterno abarrotamiento, nos empujan a “querer” creer que tiene nombre, por muy peligroso que sea.

Espero no haberme desorientado     JACQUES.— ¿Haría bien anticipando mis pretextos antes de que fuese dañado por mi nombre?

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Haría bien, claro que sí. Pero me mataría ese orgullo, y no quiero que me arrebate usted mi obra, así que mantenga el silencio necesario.

     JACQUES.— Por supuesto.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Continúo. ¿Posee usted una mente sucia y mugrienta?

     JACQUES.— Desde mi brote y partida, del sabroso vientre de mi señora motivo. He guardado vicio perverso por la alquimia de las letras, y el trote precipitado, de la lengua al son de la saliva saltadora. Desde el ritmo más nimio que apenas agita tribal una cabeza reposada, hasta la nota más incisiva, que candente gime y signa su hablar en la razón. Así soy yo, que así me mantengo, pecaminoso en mi camino, soñando al hombre lunático.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Es usted asqueroso.

     JACQUES.— Supongo.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Pero le perdono, ¿o no lo haría usted?

     JACQUES.— Posiblemente.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Pues eso mismo digo yo. De cualquier manera, estoy ahora obligado a eliminarle del registro. En el momento exacto de su partida, me mataré, será un gran espectáculo, totalmente espléndido y colorido. ¿No quiere usted quedarse a verlo?

     JACQUES.— ¿Me lo recomienda?

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— En realidad prefiero que no lo haga. Sería usted capaz de adelantarse a mi persona, robándome así mi obra, y huyendo usted indulgente. No, no me abandono a esa suerte. Soy un voluntario. No me fío de usted.

Yo tampoco me fío de mí     JACQUES.— Le entiendo.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Más le vale. Sigamos con nuestro tema principal. ¿Sería usted tan amable de comunicarme su nombre?

     JACQUES.— No, yo tampoco me fío de mí.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Magnífico. Entonces hemos terminado. Váyase con su asqueroso y detestable título donde yo no pueda verle.

     JACQUES.— Creo que será lo mejor.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Espere. ¿Sabrá usted que vagará practicamente solo ahí fuera?

     JACQUES.— No era consecuente de que fuese así. Lo descubriré. Mis saludos.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— ¡Espere, condenado! ¿No me va a ofrecer sus condolencias?

     JACQUES.— Sí, claro, tómelas. Lo siento.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Gracias.

     JACQUES.— Estoy loco, me voy, adiós.

     FUNCIONARIO DEL REGISTRO.— Ah, es patético. Cierre al salir, por favor. Y si no es mucha molestia para usted, ponga el cartel de luto por su persona. Mi supervisor ya tendrá la gentileza de sacar el mío. Aun así, el suyo es peor. Temible. Atroz. En fin, buenas tardes.

 

En el momento exacto de su partida, me mataré