NUEVE LECTURAS HUECAS

 

Ilustraciones: Javier Huecas
Poemas: Joan Margarit

 

 

Aventura doméstica © Javier Huecas

 

 

Aventura doméstica


Solo en casa y mirando los armarios.
Encuentro algún antiguo mapa de carreteras,
contratos que han vencido, estilográficas
que ya no escribirán ninguna carta,
calculadoras con las pilas secas
y relojes que el tiempo ha derrotado.
En los cajones suele, como una rata triste,
anidar el pasado. Vacíos, los vestidos
cuelgan igual que viejos personajes
que nos interpretaron.
Pero encuentro también tu lencería,
color arena, o noche, con pequeños bordados.
Bragas, sostenes, medias que despliego
y que me hacen volver hasta el brillante
y a la vez misterioso fondo de amor y sexo:
lo que da, de verdad, vida a las casas,
igual que se la da a un puerto lejano
la luz de los cafés y de los barcos.

 

 

El primer viaje © Javier Huecas

 

El primer viaje


Recuerdo la llegada y cómo alcé
mis ojos a la bóveda de hierro
de la Gare d’Austerlitz. Fue una mañana
que quedó reflejada, entre la pálida
luz de invierno, en los charcos de la lluvia
del color verde y negro de París.
Con la noche del viaje en las pupilas,
ocultamos palabras que los ojos
dijeron al andén de nuestros sueños.
Junto a las relucientes vías negras,
nuestro amor, al llegar de Barcelona,
se extendió en los cristales de la bóveda
como la suave y persistente lluvia.


 

 

 

Cinco tumbas 1. El hombre del Norte © Javier Huecas

 

Cinco tumbas
I. El hombre del Norte


Llevaba el gris borroso, los azules perdidos,
el color de la escoria y de los humos,
de hombres cansados y herramientas sucias.
El color de las minas, de la lluvia,
de los desmantelados esqueletos de árboles
al viento blanco y negro de las landas.
Y llegó a la Provenza,
al amarillo oscuro de aquel mar de trigo
sobrevolado por los cuervos,
y allí pintó la soledad. Ahora
nos la evoca una cama de madera,
aquel par de zapatos y el espejo
de los autorretratos.
Así como clavó, la maza, su ataúd,
hoy golpea las mesas de subastas
y en los campos de Auvers vuelan los cuervos
que acechan la colina, el cementerio
donde, bajo la tierra de la luz,
el místico maldito que fue Vincent van Gogh
espera, ya perdidos para siempre sus ojos,
indiferente, la resurrección.

 

 

 

 

Pabellón Mies van der Rohe © Javier Huecas

 

 

Pabellón Mies van der Rohe


Tu estilo es ya definitivo:
la luz, como una parte de algún orden más grande,
la hallarás en el cubo de piedra gris, muy cerca
de una mítica y ruda base de travertino.
Los muros de cristal y mármol verde,
los blancos techos planos,
alzaron la nobleza del espacio,
hace ya mucho tiempo, en Montjuïc:
aquí te espera para conversar
entre los árboles, tras unas lágrimas
tan suntuosas como lo es la lluvia.




 

 

 

Monumentos © Javier Huecas  
Monumentos


El vacío que sientes, cada vez con más fuerza,
es el de los traidores.
También los monumentos, por dentro, están vacíos,
con las entrañas llenas de óxido y de muerte:
oscuros y podridos por la historia,
es tan siniestro su interior
como arrogante el gesto que en el aire
dibuja el personaje.
Según van traicionando los amigos
y la muerte es también una traición
nos vamos convirtiendo en monumentos.
Por fuera queda un gesto de elocuencia,
sobre todo al hablar con alguien joven,
pero la voz resuena en el vacío,
perdida entre los hierros de un oculto entramado
que se deshoja en leves capas de óxido.

 

 

 

Primer amor © Javier Huecas

 

Primer amor


Triste Girona de mis siete años:
en la posguerra los escaparates
tenían un color gris de penuria.
Y, sin embargo, en la cuchillería,
en cada hoja de acero destellaba la luz
como si se tratase de pequeños espejos.
Descansando la frente en el cristal,
miraba una navaja larga y fina,
bella como una estatua de mármol.
Puesto que en casa no querían armas,
fui a comprarla en secreto y, al andar,
la sentía, pesada, en mi bolsillo.
Cuando, a veces, la abría, muy despacio,
surgía, recta y afilada, la hoja
con esa conventual frialdad del arma.
Silenciosa presencia del peligro:
la oculté, los primeros treinta años,
tras los libros de versos y, después,
en un cajón, metida entre tus bragas
y entre tus medias.
Hoy, cerca ya de los cincuenta y cuatro,
vuelvo a mirarla, abierta en la palma de mi mano,
igual de peligrosa que en la infancia.
Fría, sensual. Más cerca de mi cuello.

 

 

 

Pergamon Museum © Javier Huecas

 

Pergamon Museum


Existe una moneda, de oro por la cara
y, por la cruz, de cobre, negra y sucia
de moho y muerte. Esta Europa bárbara,
la Europa del museo y de la música,
posee un alma oscura: debemos vigilarla
como siempre hizo Roma.
Sale la luna y pienso en Marco Aurelio,
su campaña de invierno en las llanuras
heladas a las orillas del Danubio.
Escribía, debajo del capote
y rodeado de chusma militar,
sobre el olvido y la melancolía.
Se adivinan hogueras y caballos
detrás del arte y la filosofía.

 

 

Museo de Empúries © Javier Huecas

 

Museo de Empúries


Me creí lo de Grecia. Los símbolos me atraen
como el brillo del agua atrae al cuervo.
Con fragmentos de estatuas, de poemas,
¿cómo pudimos componer tal gloria?
El ayer, cómo nos fascina,
aunque hoy nos quede apenas una vaga
estética neoclásica
en algún tema como el de la muerte.
Y así habremos perdido para siempre
a esta aristocracia del tiempo que fue Grecia.
Dos mil años atrás, la luz del día
la misma luz de hoy bañó estos mármoles:
a aquella, sin embargo, la llamamos mítica.
Todos los días tienen su luz mítica,
incluso los que acaban derrotados,
durmiéndonos delante de la televisión.
Por más belleza que haya en estos mármoles,
tan sólo son el polvo de aquel mundo.
Sucederá lo mismo conmigo y las palabras:
ellas serán mi polvo, las palabras.

 

 

 

Carros © Javier Huecas

 

Carros

Con el duro cielo
de antes del alba en los cristales,
ella ya hacía relumbrar las brasas
cubiertas de ceniza.
Se oía el negro grito de un gallo en algún patio
y el conocido traqueteo
de los primeros carros
con sus luces de aceite vacilantes,
marcando sus roderas
en el barro cubierto por la helada.
Hoy que tengo la edad que ella tenía,
oigo un ruido de carros en la sombra
que, con este profético vaivén de sus linternas,
surgen desde mi infancia y no sé adónde van.

 

 

 

 

     Javier Huecas. El Prat de Llobregat (Barcelona), 1958. Licenciado en Bellas Artes por la Universidad de Barcelona. Pintor, escultor e ilustrador. Cronológicamente sus etapas artísticas son: Pintura catalana, Los guerreros, Las ciudades objeto, La serie roja, La serie negra, El engaño de los sentidos, Un museo de naturalezas muertas, Las casetas de la playa, Época romántica, La serie verde y Los gritos.