AGUJERO NEGRO: VÉRTICES ABISMALES DE LA ADOLESCENCIA

 


Alejandro Hermosilla Sánchez

 


"Agujero negro" de Charles Burns     Lo primero que se suele mencionar al hablar de la sugerente e incisiva serie de Charles Burns, Agujero negro, es la influencia o las conexiones que la misma tiene con la obra de David Lynch o la de David Cronenberg. Y, en realidad, esto sería exacto y justo si no fuera porque estamos hablando de una transfusión de géneros; en este caso, una influencia radical del medio cinematográfico en el —tantas veces denostado y olvidado por la clase intelectual— género cómic.
     En verdad, creo que si se menciona siempre a Lynch o a Cronenberg al hablar de la obra de Burns, puede ser por el hecho de que Burns es uno de los primeros autores que lleva a la refinación el género de serie B perteneciente a la ciencia ficción desarrollado y amplificado, por ejemplo, en la revista Cimoc —aunque en esta revista publicaran una gran cantidad de autores de primera fila que no tenían nada que ver con la serie B sino de refilón—. Y de la misma manera, podríamos considerar que tanto Lynch como Cronenberg llegaron a magnificar las muchas y buenas ideas contenidas en el cine norteamericano de bajo presupuesto, ya se encuadrara el mismo dentro del género fantástico, de terror o de ciencia ficción.
     Esta ha sido la lucha de la obra de Burns: llevar el género de ciencia ficción en el cómic a más altas cotas artísticas, disolverlo en sus pinceles de un blanco y negro exacto, estudiado y preñado de sugerencias para, al fin, apartar la mirada del lector de la historia de la que se está narrando en la medida en que la misma debería abrir puertas insólitas y apenas entrevistas en la mente de quien se introduce entre sus viñetas.
     Así, desde sus incipientes, interesantes y válidas pero aún inmaduras El Borbah, Big bay, Skin deep o El club de la sangre, podemos seguir en la obra de Charles Burns una lucha del norteamericano consigo mismo para ir poco a poco haciéndose con los dominios de un género tantas veces esquivo e intrascendente e ir apropiándoselo hasta llevarlo a la —por el momento— primera eclosión maestra y totalmente independiente —más allá de influencias— obra creada por el de Seattle: Agujero negro.
     Y si no resulta banal realizar la comparación entre Charles Burns y Cronenberg es porque, acaso, las primeras obras instantáneas, realizadas desde las tripas y radicalmente viscerales de Burns no están muy lejos —sobre todo, en cuanto a intenciones más allá de la temática— de aquellas primeras obras del cineasta canadiense como Vinieron dentro de, Rabia o Cromosoma 3 o de los oníricos primeros cortos de David Lynch y las resonancias sugeridas en la tremenda Cabeza borradora. En este sentido —y para intentar entenderse con el lector que todavía no haya profundizado en la obra casi desconocida de Burns en nuestro país— Agujero negro representaría en la obra del creador de cómics norteamericanos lo que, por ejemplo, pudieron suponer Inseparables o Crash en la obra del director canadiense o —por citar un ejemplo, en este caso, no muy exacto— lo que habrían sido Terciopelo azul y Muholland Drive en la obra de Lynch: demostraciones de estilo, investigaciones recónditas en la psique y el inconsciente humano sumamente estilizadas y adultas que sin frenar el torrente surreal, onírico, pasional e instintivo que caracterizaba sus incipientes primeras obras, abrían nuevas puertas al desarrollo de las imágenes cinematográficas desde el dominio total de un estilo que ya fluía por encima y más allá de las primera intenciones de estos autores.
Primera obra total de Burns     En este sentido, Agujero negro es la primera obra total de Charles Burns, el compendio maduro de todas sus obsesiones y de las muchas ramificaciones —surrealismo, crítica kitch a la clase media norteamericana, absurdo y terror— que ya se encontraban en sus primeras obras. En efecto, la obra de Burns es tan incisiva y cortante, tan valiosa y sutil que, por supuesto, las influencias de la misma hay que buscarlas en los medios más heteróclitos: la pintura de Hooper o de Bacon, los seriales televisivos de adolescentes norteamericanos, las películas de terror descerebradas estilo Pesadilla en Elm Street o las series de misterio. Y, desde luego, dentro del mundo de las viñetas sería muy difícil entender la misma sin la eclosión del cómic independiente de los años 90 que nos ha permitido disfrutar y conocer obras como la de Daniel Clones, Tomine o Jason Lutes, autores todos ellos que han estilizado las viñetas del cómic hasta adaptarlos a un nuevo tiempo y público nacido en los revueltos años de la posmodernidad y obligados a encontrar una nueva sensibilidad a la hora de narrar que pudiera reflejar en viñetas las conflictos de toda una generación crecida y marcada por la confusión de géneros, la ambigüedad y canciones de Smog, Magnetic Fields o Cat Power.
     Como su mismo nombre indica, Agujero negro envuelve a sus lectores en una galaxia de refulgentes adolescentes henchidos de la belleza y potencia propias de esta edad que cual si fueran estrellas situadas en medio de un cielo indestructible (los parajes de una población estadounidense) pronto serán engullidos por su propia luz en un túnel incomprensible de misterio, dudas e incertidumbre. Serán atrapados en un terreno de pesadilla incomprensible y sin explicación a la medida de sus ínfulas narcisistas, ambiciones y sentimientos encontrados que no pueden llegar a madurar, a forjarse en situaciones adultas, embebidos como están en sus propias miradas, sus miedos, deseos y ambiciones ególatras que pareciera que íntimamente provocan el agujero negro a través del que serán engullidos: un virus mutante y epidérmico que va transformando en monstruos sin sonrisas a la gran mayoría de los habitantes adolescentes del pueblo manifestando el verdadero cariz del sueño, los fundamentos de la educación y la civilización a partir de la que erigen y construyen sus vidas.
     Sin embargo, si sólo atendiéramos a otorgar esta explicación a la obra de Burns, lo cierto es que deberíamos afirmar que nos encontraríamos ante una obra —sí, valiosa, pero otra más— que intentaría luchar contra los valores implantados por los mass media norteamericanos. Y si esto es cierto, en realidad, no creo que debiéramos buscar en esta característica el porqué del regusto amargo, la sensación misteriosa y la atracción que nos provoca la obra de Burns.
Estilo reposado y ágil     Creo que el hecho de la valía de Agujero negro, al menos para mí, está en el estilo reposado pero al mismo tiempo ágil con el que nos va introduciendo dentro de los territorios de lo excepcional. La habilidad en saber plasmar en un póster de una página, una sensación —siempre ambigua y difícil de describir— e ir avanzando en la narración de manera fluida aun sin dejar de ser reiterativa. Porque, eso sí, Burns es reiterativo —como se ha dicho en ocasiones— pero, a mi parecer, si en ocasiones las reiteraciones de la obra de Burns iban en detrimento de lo narrativo, en Agujero negro las reiteraciones, las repeticiones, esas capas narrativas en espiral que parecen no terminar nunca, se fusionan con otras historias, desaparecen y vuelven a aparecer hasta sumergirnos en el sentimiento indecible del misterio, son el eje que permite introducirnos en la caverna de sueños y pesadillas de la obra de Burns y acercarse a comprender su concepto de la vida, la existencia. Y, en este sentido, no sólo no nos alejan del trasfondo de la historia, de lo maravilloso, sino que ayudan a crear un sentimiento de irrealidad que nos sumerge aún más en las capas de lo incomprensible, de lo inexplicable, de todo aquello por lo que el ser humano merece ser llamada una criatura compleja, trágica y risible a la vez y siempre inasible a cualquier definición que intente encasillarlo en parámetros rígidos. Además, es gracias a las reiteraciones que Burns consigue esa sensación inolvidable que deja en el cómic el lector de deja-vu constante, que permite crear un espacio cerrado en el que no sólo están atrapados los personajes sino también el lector y que se nos permite imaginar un mundo y un tiempo cerrado en sí mismo que fuera tan eterno como fugaz y que pudiera ser el único tiempo y realidad de todos los tiempos y realidades posibles, reales o imaginados. Como son las constantes bifurcaciones de la historia, los que nos llevan a imaginar y concebir el lugar donde se desarrolla la obra de Burns, como una elipse, otra carretera perdida en el tiempo de la imaginación humana que, sin embargo, pudiera estar conectada con el tiempo de nuestras vidas, de nuestras habitaciones u otros mundos posibles a través de los que el presentado en el cómic nos abre las puertas y nos la cierra a voluntad. Cuadrados frágiles. Teoría de los bing-bang. Disociaciones. Cubos de Rúbik. Enfermedades víricas. Cánceres terminales. Pesadillas que se abren como gotas de color para mostrarnos las flores de un paraíso inédito y flores que se ciernen sobre quienes las rozan hasta envolverlos en un olor venenoso que los arroja al centro de un agujero negro en el que todos nuestros sueños perecen, mueren.
"La cosa del pantano" de Alan Moore     Curiosamente, Agujero negro es tan sugerente al acercarnos a su mundo narrado que, aunque se encuentra dibujada en su totalidad en blanco y negro, uno tiene la impresión cuando la recuerda de haberla leído en color, de haberla soñado en color al tiempo que se deslizaba por ella junto a Alicia hacia el otro lado del espejo o del reverso del sueño que nos narra. Y si esto es así, es porque creo que en Agujero negro prima el sentimiento de lo maravilloso, de lo frágil y de lo pesadillesco. Es una obra que permite de nuevo revisitar las teorías psicoanalíticas sobre los cuentos de la infancia para todavía dotarles de un tinte más negro y aunque parezca mentira es una creación que estudia con una sensibilidad inusual ese momento intransferible, mágico, delicioso, doloroso que supone el paso a la adultez. Es una obra sobre la eterna prisión de la adolescencia, el miedo a crecer y la imposibilidad de evitar el contagio de la vida y el amor que nos lleva a la muerte, la decrepitud y traiciona todos los sueños de vigor que un día tuvimos convirtiéndolos en un agujero negro donde todas las estrellas del cielo son devoradas en su confín. Es una obra sobre la envidia, los celos, las primeras relaciones sexuales, el amor, la imposibilidad de ser diferente de los demás y la necesidad de serlo, la necesidad de autoafirmarse y el absurdo de hacerlo. Es otra de esas escasas obras que —a partir de la metáfora del virus mutante, las colas de lagarto, las escamas, las metamorfosis y las transformaciones en reptiles de los seres humanos— ha sabido retratar ese momento inevitable en que una vez que los niños y niñas han dejado de ser príncipes y princesas, comienzan a aspirar a la plenitud aún todavía por llegar de la vida adulta pero, al mismo tiempo, se intuyen mucho más cerca del ocaso que nunca en sus vidas, mucho más cerca del final que los ancianos que brillan por su ausencia en una obra que intenta radiografiar sin apabullar ese virus llamado adolescencia.
     Pero esto sólo son palabras o teorías con las que se puede estar o no de acuerdo, como podría sugerir aquel fantasmagórico personaje, Monsieur Teste, construido y pensado por Paul Valéry. Tan sólo ecuaciones o metáforas que no permiten más que una pequeña aproximación a una obra abierta a todo tipo de interpretaciones y que, seguramente, podría deleitar a muchos de los simbolistas más avezados. Pues de ahí desciende Agujero negro, del centro de las ramas del árbol "El Borbah": los inicios de Burnsde Gustave Moreau, de un chiste nunca escrito y jamás contado en una reunión surrealista, del lodo del que emergía la figura tremendista de La cosa del pantano de Alan Moore, desde una fúnebre pesadilla que no permitiera al pequeño Nemo dibujado con precisión por Windsor McKay despertarse de nuevo en los brazos de su madre, de las pesadillas de Laura Palmer antes de morir para renacer como un ángel espectral que no quisiera irse nunca de nuestras vidas.
     O así es. Muy poco o demasiado. Porque nunca sabemos si, efectivamente, al hablar de una obra o un texto —que, en este caso, sí— vertemos ahí todas nuestras emociones y nos excedemos y sobrepasamos para intentar transmitir todo lo que aquella obra nos sugirió. Pero lo que sí es cierto es que, más allá de este texto acaso demasiado denso y plagado de referencias, lo que sí podría quedar en el recuerdo de todo lector de Agujero negro son aquellas viñetas y secuencias de amor entre adolescentes que sin excesivas sutilezas consiguen transmitir esa sensación de fragilidad que se siente en el momento de las primeras relaciones sexuales. El momento en el que el virus de la muerte comienza a extenderse entre quienes prueban el sabor de la vida y ya no hay retorno para la mente de aquellos que deben probar la fruta prohibida del paraíso que obliga —aun contra su voluntad— al ser humano a ser libre, consciente de sí mismo y descubrir la verdad de la vida, a buscar los terrenos de la creación para intentar huir de ese inevitable agujero negro llamado muerte en el que todos vamos a caer inoculados un día.

 

 

 

 

 

 

 

COLECCIONISMO Y ESPECULACIÓN

 

José Joaquín Rodríguez Moreno

 


Coleccionando cómics     Hoy día los cómics que más nos gustan se leen, se disfrutan, y luego se coleccionan. Así, uno tiene una pequeña biblioteca con las aventuras que más le han gustado. Pero no siempre se ha sido así: unas veces los cómics eran desechados y olvidados al poco de leerse, otras veces se coleccionaban aunque no gustasen —o ni siquiera se leyesen— las aventuras del cómic. Hagamos, pues, un repaso por la historia del coleccionismo de cómics.


     COLECCIONANDO CÓMICS


     Los comic-books aparecieron en EE.UU. en los años 30, en plena depresión económica, y eran un ocio barato que enseguida se hizo tremendamente popular. Los apenas diez centavos que valían no permitían mucha calidad de impresión: papel barato, colores pobres, dibujos rápidos, historias auto-conclusivas… ¡Pero eran tan baratos que tenían un éxito tremendo!
     Una vez leídos, se prestaban, se olvidaban en cualquier rincón o se cambiaban por otros. Poca gente los coleccionaba, eran un ocio rápido y sin más pretensiones. El negocio estaba en que las tiradas monumentales que se hacían permitían atraer dinero con la publicidad. Por poner un ejemplo, el primer ejemplar de Superman (1939) vendió 1.250.000 cómics, y el primer número de Captain America Comics (1941) cerca de un millón. Sin ventas altas, los cómics no podían mantenerse en el mercado, pues no serían rentables.
     Fue hacia los años 60, cuando la televisión llevaba ya una década quitando gran público al cómic y a otros medios de ocio, cuando aparecieron los coleccionistas. Cierto es que los había habido antes, claro, pero es en los años 60 cuando empezaron a aparecer los primeros fanzines y las primeras reuniones de coleccionistas (que acabarían dando lugar a las convenciones). Surge entonces el deseo de conseguir cómics antiguos, leídos o publicados durante la infancia de los coleccionistas, y de esa manera surge una demanda y un coleccionismo organizado: listados de precios, publicaciones especializadas, etc.
     Si un cómic está en buen estado o si está autografiado, su precio aumenta. Si es una reedición, disminuye. El cómic se convierte no en un objeto de lectura, sino en un fetiche que, cuando sea escaso (a más antiguo sea un cómic, menos copias originales se encuentran de él), será valioso.


Peter David     CONSIGUIENDO CÓMICS


     Hasta los años 70, conseguir un cómic específico podía ser toda una odisea. La distribución era similar a la de las revistas y la prensa, y los libreros y quiosqueros no tenían libertad para pedir cómics específicos, sino que debían conformarse con el surtido que la editorial les mandara. Eso, en una gran ciudad, tal vez no fuera un problema: docenas de quioscos y librerías permitían encontrar casi cualquier cómic; pero en pequeñas ciudades la caza y captura de un cómic específico se convertía en una odisea.
     Sin embargo, en los años 70 un profesor de enseñanza media llamado Phil Seuling revolucionaría el sistema de ventas. Seuling quería que cada vendedor eligiera qué cómics quería y qué cómics no, así las editoriales podrían saber exactamente cuántos ejemplares imprimir, y lograrían que sus series llegasen a todos los que quisieran leerlas. En otras palabras, Seuling sería quien haría posible la existencia de las tiendas especializadas, ya que éstas podían conseguir el material que quisieran y en las cantidades que desearan.
     Las editoriales comprendieron rápidamente las posibilidades que ofrecía este tipo de distribución, y no tardaron en cambiar completamente sus sistemas de ventas. Además, el lanzamiento de novelas gráficas, nuevos números #1, ediciones especiales y segundas ediciones permitió aumentar enormemente los beneficios.
     También aparecieron nuevas editoriales, las “independientes” (Rafael Marín las llamará “alternativas”, en tanto que muchas producían materiales muy distintos a lo que las grandes compañías solían editar), que podían vender directamente a las tiendas especializadas y asegurarse un público lector con facilidad. En cierta forma, y desde el punto de vista de las ventas, los años ochenta fueron una nueva edad de oro.


     LA BURBUJA ESPECULATIVA


Comic Valiant     Con las tiendas especializadas, el público podía conseguir lo que quisiera. Así, cómics como los X-Men de Chris Claremont vendían, a finales de los 80, medio millón de ejemplares al mes. Series como Rom eran canceladas con ventas que rozaban los ciento cincuenta mil ejemplares al mes, y eran sustituidas por otras que se esperaba que vendiesen aún más (hoy día, con esa cifra Rom sería un superventas).
     Además, se descubrieron diferentes trucos para mejorar las ventas. Por ejemplo, sacar un mismo número con diferentes portadas, para que los coleccionistas los comprasen todos. También los números uno eran un buen negocio, pues los coleccionistas compraban varios ejemplares, con la esperanza de poder revenderlos con el tiempo.
     El problema era que, al haber unas tiradas amplias, al extenderse el coleccionismo, existir un mercado más amplio de segunda mano y usarse un papel más resistente, los cómics no desaparecían con tanta facilidad, o lo que es lo mismo, cuando todo el mundo empezó a coleccionar desapareció el factor que hace valioso a los objetos de coleccionismo: su escasez.
     No obstante, fue en los años 90 cuando el coleccionismo se convirtió en un negocio especulativo. Aunque suele culparse de la crisis que se dio en el cómic a los dibujantes que abandonaron Marvel Comics para fundar Image Comics, parece increíblemente injusto culpar a unos pocos dibujantes tránsfugas de algo que hacían todas las editoriales de cómics por aquel entonces.
     De hecho, el gran pelotazo lo dio Marvel con el número #1 de X-Men. Algunos lectores compraron el cómic por el dibujo de Jim Lee, otros pocos por los guiones de Chris Claremont, pero la mayoría lo compró porque era un negocio “seguro”. En total hubo 7.1 millones de ejemplares, lo que no significa ni mucho menos que hubiese ese mismo número de coleccionistas. Hagamos cuenta: había medio millón de lectores, a lo que siendo muy generosos podemos sumar otro medio millón de nuevos lectores. ¿Y los seis millones que nos faltan?
     El X-Men Comics Buyers Guide registra el caso de un comprador que adquirió cinco mil copias, como inversión para revender años después. Pero volvemos al problema que comentábamos antes: tal cantidad de copias hacía muy difícil que el cómic se revalorizara, más aún si tenemos en cuenta que tiene que pasar bastante tiempo para que un cómic se revalorice.
Venta y reventa de cómics     Vayamos a las cifras: el número #1 de X-Men valía 1.50$ y tenía 37 páginas y se ha revalorizado hasta los 3$. Un número cualquiera de la Marvel actual, con 32 páginas, vale 2.99$. Es decir, quien vendiera esos cómics hoy, considerando el nivel de inflación, recuperaría el dinero invertido, pero no ganaría nada.
     Los compradores de X-Men #1 tuvieron suerte. Otros muchos cómics fueron inversiones mucho menos rentables. Por poner un ejemplo, vayamos a la Editorial Valiant, una de las grandes que surgió en mitad de la vorágine especuladora. Turok: Dinosaur Hunter #1 valía 3.50$, contenía 22 páginas de cómic y un título acreditativo de que habías comprado la primera edición, pero cuando se sacan un 1.750.000 ejemplares al mercado, es evidente que no va a ser un cómic difícil de encontrar. Hoy día los coleccionistas de Valiant no ofrecen más de 1$ por dicho número (cifra dada en http://www.valiantcomics.com/valiant.asp).
     De hecho, el segundo número de Turok tuvo una tirada de tan sólo 550.000 ejemplares. Nuevamente nos preguntamos, ¿dónde estaban los lectores desaparecidos? Unos pocos puede que se sintieran desilusionados por la serie, ¿pero más de un millón? ¿Con leer un solo número? O EE.UU. tenía al público lector más exigente del planeta, o evidentemente el mercado estaba creciendo de forma artificial.
     Como curiosidad, decir que los números de Valiant que tuvieron escasas tiradas y nula publicidad, como el número 3 de Magnus Robot Fighter, con cerca de 30 páginas y con precio de portada de 1.75$, hoy vale 7$.


     ESTALLA LA BURBUJA


     Decía Peter David (afamado guionista que lleva casi veinte años en los cómics) que las cifras millonarias de ventas no podían durar, que sin un público las ventas no podían mantenerse altas. Es lo que acabó ocurriendo a mediados de los 90.
     Las editoriales habían difundido la idea de que era muy fácil ganar dinero con el coleccionismo. Los compradores picaron el anzuelo y compraron millones de ejemplares de cómics que ni siquiera iban a leer. Las editoriales tuvieron grandes beneficios, ampliaron sus plantillas, invirtieron dinero para no quedarse atrás… Pero los lectores de siempre comenzaron a dejar de leer cómics.
Action comics      Cada cuatro años, más o menos, los lectores se renuevan. Sin embargo, nuevos ocios (los videojuegos, por ejemplo) estaban quitando público a los cómics. Pero las editoriales no reaccionaron, no crearon cómics capaces de atraer a un nuevo público. Realmente había muchos menos lectores que compradores.
     Y entonces, hacia 1994, los compradores se dieron cuenta de que no iban a forrarse, básicamente porque nadie quería pagar veinte o treinta veces más por un cómic de hacía tres años, que todo el mundo tenía, y que podía encontrarse hasta en las tiendas de segunda mano (David cuenta la anécdota de que acabó encontrándose saldos de X-Men #1 por todos lados). Se dieron cuenta, y dejaron de comprar cómics.
     Entonces ocurrió algo completamente normal: las ventas comenzaron a bajar. Los números #1 no vendían millones, las portadas múltiples tampoco. Llegó un punto en el que las editoriales tuvieron que empezar a recurrir cada vez más a trucos, crossovers, argumentos absurdos (como “La Saga del Clon” de Spider-man) y todo tipo de números especiales. Pero nada funcionaba, se seguían perdiendo lectores, comenzaron los despedidos y las suspensiones de pagos. Era un problema de especulación: se había producido una sobreproducción que el mercado no pudo absorber.
     Valiant acabó extinguiéndose. Marvel tuvo que suspender pagos. DC sobrevivió gracias al soporte de Warner Bros. Image acabó rompiéndose y remodelándose casi por completo…


     AÑOS DESPUÉS…


     Las editoriales jugaron con la avaricia de la gente, y consiguieron que coleccionar cómics fuese más interesante que leerlos. Unos pocos hicieron auténticas fortunas, hasta que el pastel quedó al descubierto, y las editoriales descubrieron que habían crecido demasiado sin tener la base asegurada.
     ¿Podría volver a ocurrir algo así? Es posible, pero no parece factible a corto plazo. Un cómic que venda ochenta mil ejemplares ya es un superventas en EE.UU. (hablamos de un país con trescientos Los videojuegos ganan la batallamillones de habitantes), lo que quiere decir que los cómics están de capa caída. Más que muchos lectores, lo que encontramos son unas pocas decenas de miles con un poder adquisitivo amplio. Vamos, que los cómics, a estos precios (2.99 $), no son para niños. Más que nada porque a los niños les gustan más los videojuegos.
     Las editoriales han tirado, qué remedio, hacia la venta de derechos (juegos de rol, camisetas, películas, teleseries) para conseguir redondear sus beneficios, y hacia el mimo a los fans con guionistas que respeten las tradiciones y personajes clásicos de cada editorial, en un intento de no perder más lectores y recuperar a alguno viejo.
     Tampoco es probable que los cómics se extingan, pero su edad dorada ya pasó. Ahora es un ocio minoritario que, casi de milagro, logró sobrevivir a los tejemanejes especulativos que los propios directivos de las editoriales impulsaron. Sólo nos queda sentarnos a esperar los cambios que se producen en la industria.

 

 

 

 

 

 

 

BOLERO

 

Santiago Girón

 

 

© Santiago Girón

 

 

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