COLECCIONISMO
Y ESPECULACIÓN
José Joaquín Rodríguez
Moreno
Hoy
día los cómics que más nos gustan se leen, se disfrutan,
y luego se coleccionan. Así, uno tiene una pequeña biblioteca
con las aventuras que más le han gustado. Pero no siempre se ha
sido así: unas veces los cómics eran desechados y olvidados
al poco de leerse, otras veces se coleccionaban aunque no gustasen —o
ni siquiera se leyesen— las aventuras del cómic. Hagamos,
pues, un repaso por la historia del coleccionismo de cómics.
COLECCIONANDO CÓMICS
Los comic-books aparecieron en
EE.UU. en los años 30, en plena depresión económica,
y eran un ocio barato que enseguida se hizo tremendamente popular. Los
apenas diez centavos que valían no permitían mucha calidad
de impresión: papel barato, colores pobres, dibujos rápidos,
historias auto-conclusivas… ¡Pero eran tan baratos que tenían
un éxito tremendo!
Una vez leídos, se prestaban, se
olvidaban en cualquier rincón o se cambiaban por otros. Poca gente
los coleccionaba, eran un ocio rápido y sin más pretensiones.
El negocio estaba en que las tiradas monumentales que se hacían
permitían atraer dinero con la publicidad. Por poner un ejemplo,
el primer ejemplar de Superman (1939) vendió 1.250.000
cómics, y el primer número de Captain America Comics
(1941) cerca de un millón. Sin ventas altas, los cómics
no podían mantenerse en el mercado, pues no serían rentables.
Fue hacia los años 60, cuando la
televisión llevaba ya una década quitando gran público
al cómic y a otros medios de ocio, cuando aparecieron los coleccionistas.
Cierto es que los había habido antes, claro, pero es en los años
60 cuando empezaron a aparecer los primeros fanzines y las primeras reuniones
de coleccionistas (que acabarían dando lugar a las convenciones).
Surge entonces el deseo de conseguir cómics antiguos, leídos
o publicados durante la infancia de los coleccionistas, y de esa manera
surge una demanda y un coleccionismo organizado: listados de precios,
publicaciones especializadas, etc.
Si un cómic está en buen estado
o si está autografiado, su precio aumenta. Si es una reedición,
disminuye. El cómic se convierte no en un objeto de lectura, sino
en un fetiche que, cuando sea escaso (a más antiguo sea un cómic,
menos copias originales se encuentran de él), será valioso.
CONSIGUIENDO
CÓMICS
Hasta los años 70, conseguir un cómic
específico podía ser toda una odisea. La distribución
era similar a la de las revistas y la prensa, y los libreros y quiosqueros
no tenían libertad para pedir cómics específicos,
sino que debían conformarse con el surtido que la editorial les
mandara. Eso, en una gran ciudad, tal vez no fuera un problema: docenas
de quioscos y librerías permitían encontrar casi cualquier
cómic; pero en pequeñas ciudades la caza y captura de un
cómic específico se convertía en una odisea.
Sin embargo, en los años 70 un profesor
de enseñanza media llamado Phil Seuling revolucionaría el
sistema de ventas. Seuling quería que cada vendedor eligiera qué
cómics quería y qué cómics no, así
las editoriales podrían saber exactamente cuántos ejemplares
imprimir, y lograrían que sus series llegasen a todos los que quisieran
leerlas. En otras palabras, Seuling sería quien haría posible
la existencia de las tiendas especializadas, ya que éstas podían
conseguir el material que quisieran y en las cantidades que desearan.
Las editoriales comprendieron rápidamente
las posibilidades que ofrecía este tipo de distribución,
y no tardaron en cambiar completamente sus sistemas de ventas. Además,
el lanzamiento de novelas gráficas, nuevos números #1, ediciones
especiales y segundas ediciones permitió aumentar enormemente los
beneficios.
También aparecieron nuevas editoriales,
las “independientes” (Rafael Marín las llamará
“alternativas”, en tanto que muchas producían materiales
muy distintos a lo que las grandes compañías solían
editar), que podían vender directamente a las tiendas especializadas
y asegurarse un público lector con facilidad. En cierta forma,
y desde el punto de vista de las ventas, los años ochenta fueron
una nueva edad de oro.
LA BURBUJA ESPECULATIVA
Con
las tiendas especializadas, el público podía conseguir lo
que quisiera. Así, cómics como los X-Men de Chris
Claremont vendían, a finales de los 80, medio millón de
ejemplares al mes. Series como Rom eran canceladas con ventas
que rozaban los ciento cincuenta mil ejemplares al mes, y eran sustituidas
por otras que se esperaba que vendiesen aún más (hoy día,
con esa cifra Rom sería un superventas).
Además, se descubrieron diferentes
trucos para mejorar las ventas. Por ejemplo, sacar un mismo número
con diferentes portadas, para que los coleccionistas los comprasen todos.
También los números uno eran un buen negocio, pues los coleccionistas
compraban varios ejemplares, con la esperanza de poder revenderlos con
el tiempo.
El problema era que, al haber unas tiradas
amplias, al extenderse el coleccionismo, existir un mercado más
amplio de segunda mano y usarse un papel más resistente, los cómics
no desaparecían con tanta facilidad, o lo que es lo mismo, cuando
todo el mundo empezó a coleccionar desapareció el factor
que hace valioso a los objetos de coleccionismo: su escasez.
No obstante, fue en los años 90 cuando
el coleccionismo se convirtió en un negocio especulativo. Aunque
suele culparse de la crisis que se dio en el cómic a los dibujantes
que abandonaron Marvel Comics para fundar Image Comics, parece increíblemente
injusto culpar a unos pocos dibujantes tránsfugas de algo que hacían
todas las editoriales de cómics por aquel entonces.
De hecho, el gran pelotazo lo dio Marvel
con el número #1 de X-Men. Algunos lectores compraron
el cómic por el dibujo de Jim Lee, otros pocos por los guiones
de Chris Claremont, pero la mayoría lo compró porque era
un negocio “seguro”. En total hubo 7.1 millones de ejemplares,
lo que no significa ni mucho menos que hubiese ese mismo número
de coleccionistas. Hagamos cuenta: había medio millón de
lectores, a lo que siendo muy generosos podemos sumar otro medio millón
de nuevos lectores. ¿Y los seis millones que nos faltan?
El X-Men Comics Buyers Guide registra
el caso de un comprador que adquirió cinco mil copias, como inversión
para revender años después. Pero volvemos al problema que
comentábamos antes: tal cantidad de copias hacía muy difícil
que el cómic se revalorizara, más aún si tenemos
en cuenta que tiene que pasar bastante tiempo para que un cómic
se revalorice.
Vayamos
a las cifras: el número #1 de X-Men valía 1.50$
y tenía 37 páginas y se ha revalorizado hasta los 3$. Un
número cualquiera de la Marvel actual, con 32 páginas, vale
2.99$. Es decir, quien vendiera esos cómics hoy, considerando el
nivel de inflación, recuperaría el dinero invertido, pero
no ganaría nada.
Los compradores de X-Men #1 tuvieron
suerte. Otros muchos cómics fueron inversiones mucho menos rentables.
Por poner un ejemplo, vayamos a la Editorial Valiant, una de las grandes
que surgió en mitad de la vorágine especuladora. Turok:
Dinosaur Hunter #1 valía 3.50$, contenía 22 páginas
de cómic y un título acreditativo de que habías comprado
la primera edición, pero cuando se sacan un 1.750.000 ejemplares
al mercado, es evidente que no va a ser un cómic difícil
de encontrar. Hoy día los coleccionistas de Valiant no ofrecen
más de 1$ por dicho número (cifra dada en http://www.valiantcomics.com/valiant.asp).
De hecho, el segundo número de Turok
tuvo una tirada de tan sólo 550.000 ejemplares. Nuevamente nos
preguntamos, ¿dónde estaban los lectores desaparecidos?
Unos pocos puede que se sintieran desilusionados por la serie, ¿pero
más de un millón? ¿Con leer un solo número?
O EE.UU. tenía al público lector más exigente del
planeta, o evidentemente el mercado estaba creciendo de forma artificial.
Como curiosidad, decir que los números
de Valiant que tuvieron escasas tiradas y nula publicidad, como el número
3 de Magnus Robot Fighter, con cerca de 30 páginas y con
precio de portada de 1.75$, hoy vale 7$.
ESTALLA LA BURBUJA
Decía Peter David (afamado guionista
que lleva casi veinte años en los cómics) que las cifras
millonarias de ventas no podían durar, que sin un público
las ventas no podían mantenerse altas. Es lo que acabó ocurriendo
a mediados de los 90.
Las editoriales habían difundido
la idea de que era muy fácil ganar dinero con el coleccionismo.
Los compradores picaron el anzuelo y compraron millones de ejemplares
de cómics que ni siquiera iban a leer. Las editoriales tuvieron
grandes beneficios, ampliaron sus plantillas, invirtieron dinero para
no quedarse atrás… Pero los lectores de siempre comenzaron
a dejar de leer cómics.
Cada cuatro años, más o menos,
los lectores se renuevan. Sin embargo, nuevos ocios (los videojuegos,
por ejemplo) estaban quitando público a los cómics. Pero
las editoriales no reaccionaron, no crearon cómics capaces de atraer
a un nuevo público. Realmente había muchos menos lectores
que compradores.
Y entonces, hacia 1994, los compradores
se dieron cuenta de que no iban a forrarse, básicamente porque
nadie quería pagar veinte o treinta veces más por un cómic
de hacía tres años, que todo el mundo tenía, y que
podía encontrarse hasta en las tiendas de segunda mano (David cuenta
la anécdota de que acabó encontrándose saldos de
X-Men #1 por todos lados). Se dieron cuenta, y dejaron de comprar
cómics.
Entonces ocurrió algo completamente
normal: las ventas comenzaron a bajar. Los números #1 no vendían
millones, las portadas múltiples tampoco. Llegó un punto
en el que las editoriales tuvieron que empezar a recurrir cada vez más
a trucos, crossovers, argumentos absurdos (como “La Saga
del Clon” de Spider-man) y todo tipo de números especiales.
Pero nada funcionaba, se seguían perdiendo lectores, comenzaron
los despedidos y las suspensiones de pagos. Era un problema de especulación:
se había producido una sobreproducción que el mercado no
pudo absorber.
Valiant acabó extinguiéndose.
Marvel tuvo que suspender pagos. DC sobrevivió gracias al soporte
de Warner Bros. Image acabó rompiéndose y remodelándose
casi por completo…
AÑOS DESPUÉS…
Las editoriales jugaron con la avaricia
de la gente, y consiguieron que coleccionar cómics fuese más
interesante que leerlos. Unos pocos hicieron auténticas fortunas,
hasta que el pastel quedó al descubierto, y las editoriales descubrieron
que habían crecido demasiado sin tener la base asegurada.
¿Podría volver a ocurrir algo
así? Es posible, pero no parece factible a corto plazo. Un cómic
que venda ochenta mil ejemplares ya es un superventas en EE.UU. (hablamos
de un país con trescientos millones
de habitantes), lo que quiere decir que los cómics están
de capa caída. Más que muchos lectores, lo que encontramos
son unas pocas decenas de miles con un poder adquisitivo amplio. Vamos,
que los cómics, a estos precios (2.99 $), no son para niños.
Más que nada porque a los niños les gustan más los
videojuegos.
Las editoriales han tirado, qué remedio,
hacia la venta de derechos (juegos de rol, camisetas, películas,
teleseries) para conseguir redondear sus beneficios, y hacia el mimo a
los fans con guionistas que respeten las tradiciones y personajes clásicos
de cada editorial, en un intento de no perder más lectores y recuperar
a alguno viejo.
Tampoco es probable que los cómics
se extingan, pero su edad dorada ya pasó. Ahora es un ocio minoritario
que, casi de milagro, logró sobrevivir a los tejemanejes especulativos
que los propios directivos de las editoriales impulsaron. Sólo
nos queda sentarnos a esperar los cambios que se producen en la industria.
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