AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS…
Los X-Men de Chris Claremont (1975-1991)

 

José Joaquín Rodríguez Moreno

 

 


     Estamos en 1975 y Len Wein, editor en jefe de Marvel, ha decidido que ya es hora de resucitar a los X-Men, el grupo de parias oficiales del universo Marvel por partida doble: tanto por ser mutantes, como por no protaginizar una colección propia desde finales de los 60 (desde entonces sólo se han reeditado sus aventuras).
     Poco antes Wein ha introducido los formatos Giant-Size, con casi setenta páginas de aventuras (aunque la mitad de éstas eran reediciones de cómics antiguos) y de periodicidad trimestral. En este mismo formato aparecen también The Invaders, los héroes Marvel de la II Guerra Mundial, y aventuras puntuales de otros muchos personajes.
     Wein tiene planeado escribir la colección, pero tras un primer número acaba sucumbiendo ante el estrés que significa escribir varias colecciones a la par que cumple con sus deberes editoriales, por lo que acaba dimitiendo como jefazo de Marvel Comics. Su sucesor en el cargo, Marv Wolfman, apuesta por un cómic bimestral y deja al cargo a un joven poco conocido para los lectores, Chris Claremont, cuyo único trabajo previo han sido los guiones Iron Fist.

Dave Cockrum     1ª etapa: un nuevo concepto de superhéroes (1975-1977)

     El joven Claremont cuenta con tan sólo 25 años cuando se enfrenta a su primer guión de los X-Men. Sin embargo, descubre que no tiene apenas libertad: Wein había dejado ya planeado un segundo Giant Size, ya dibujado por Cockrum, y que los editores deciden dividir en dos partes y presentar como los números 94 y 95 de la colección, los primeros en varios años que no presentarían material de reediciones. El nuevo guionista se limita a poner los diálogos y a aceptar el grupo que Wein ha dejado formado (compuesto por Cíclope, Tormenta, Lobezno, Coloso, Rondador Nocturno, Banshee y Ave de Trueno). También tiene que ver cómo uno de los miembros del grupo muere en el número 95, de una forma bastante fría y que, según nos cuenta Julián Clemente en su libro X-Men: El precio de un sueño, dejó bastante indiferente a los lectores.
     Pero a partir del número 96, Claremont tiene libertad absoluta para hacer y deshacer en una serie cuyo futuro es bastante incierto. En ese primer número en solitario vemos cómo se nos define perfectamente al nuevo grupo: un Cíclope cuya peor pesadilla, perder a un miembro del grupo, se ha cumplido. Se nos presenta ya lo que será el futuro de la serie: profundidad psicológica, el grupo como familia de unos personajes marginales, aunque con enfrentamientos en su seno (vemos aquí por primera vez la violencia descarnada de Lobezno).
La aventura continúa     En los siguientes números, la aventura continúa, y se van recuperando a personajes clásicos como Kaos, Polaris y Jean Grey, y también aparecen enemigos clásicos como Magneto, Juggernaut y los Centinelas… pero sin olvidar a los nuevos personajes ni dejar de mostrar nuevos villanos: descubrimos algunas pistas sobre los poderes de Lobezno y sobre el pasado de Tormenta, conocemos a Black Tom, familiar de Banshee, y a la nueva ama de llaves de la mansión de los X-Men, Moira McTagger. También se van desarrollando tramas con vistas al futuro: los nuevos poderes de una Jean Grey que se hace llamar Fénix, o los sueños de un Profesor Charles Xavier que le hacen ver batallas espaciales en recónditos lugares de la galaxia.
     La fórmula funciona, y los lectores descubren que perderse un número es perderse una gran cantidad de pistas sobre sus personajes favoritos. Sí, “personajes favoritos”, puesto que a estas alturas los lectores están totalmente enganchados por los ricos matices y las personalidades perfectamente definidas de los héroes del cómic.
     Todo esto llevará a Claremont a realizar una saga de tres números (del 106 al 108) en la que confluirán los poderes de la nueva Fénix y los sueños del Profesor Charles Xavier, presentando a la raza alienígena Shi’ar. Una saga espectacular, buen ejemplo de lo que es la nueva serie. Pero lo más importante no ocurre dentro del cómic, sino fuera de éste: Dave Cockrum abandona su puesto como dibujante y lo cede al muy superior John Byrne, antiguo dibujante de otra serie de Claremont, Iron Fist, que ya nombrábamos anteriormente.


John Byrne     2ª etapa: las mejores historias jamás contadas (1977-1981)

     Claremont y Byrne formarían un dúo impresionante. El talento de ambos está, al menos en esta etapa, fuera de toda duda. Al buen hacer en los guiones y textos de Claremont, se suman las originales ideas y sugerencias del propio Byrne, que acabaría apareciendo como co-guionista, y sin el cual nos habríamos perdido muchas buenas historias, hoy clásicos. Ambos autores son, en el mejor uso de la palabra, un equipo creativo. Es imposible saber dónde acaba uno y empieza otro.
     Esta es, sin duda, la mejor etapa que jamás hayan tenido los hombres X. Rondador Nocturno, que había tenido gran protagonismo —era el personaje preferido de Cockrum— queda relegado a un segundo puesto, y personajes como Lobezno y Jean Grey (Fénix) se muestran como un soplo de aire fresco en las viñetas norteamericanas.
     El primero, Lobezno, es un personaje antisocial y extremadamente violento, pero que mantiene cierto equilibrio con la naturaleza que llega a sorprender a los lectores. No es malvado, pero no puede definírsele tampoco como un superhéroe. Fénix es diferente: poderosa hasta límites insospechados, es lo más parecido a un ser todopoderoso que los lectores hayan visto jamás en un cómic.
     Pero los autores se encuentran pronto con un problema: Fénix es demasiado poderosa, y el grupo es demasiado grande. Con gran maestría por parte de Claremont y Byrne, una batalla contra Magneto acaba en tragedia, dividiendo al grupo en dos partes. Cada grupo cree que sus compañeros han muerto. Mientras la Bestia (antiguo miembro que vuelve por unos números nada más) y Fénix vuelven a casa, el resto del equipo llega a la Tierra Salvaje, donde enfrentan nuevas aventuras y peligros. Así, el miembro más poderoso del grupo queda separado de la Patrulla.
     A los nuevos enemigos (Alfa Flight, Arcade) se añaden antiguos rivales como Mesmero, Magneto, Sauron y Mente Maestra. Este último, gracias a sus poderes de ilusionismo, permite que el equipo creativo desarrolle una de las mejores y mayores sagas de la historia de los cómics: la saga de Fénix Oscura, que abarca más de un año de cómics.
Los últimos números del equipo no pueden ser más brillantes     A pesar de las interferencias editoriales, de cierta tirantez entre los autores y de las expectativas creadas, la historia de la corrupción, redención y muerte de Fénix es, sin duda alguna, una de las mejores historias contadas en un cómic. También sería el canto de cisne del dúo: deseoso de probar su valía en solitario, Byrne abandonaría la serie después de 3 años, para encargarse de los 4 Fantásticos como autor completo.
     No obstante, los últimos números del equipo no pueden ser más brillantes: un homenaje a Terminador, bajo el título de Días del futuro pasado, muestra una historia sombría como pocas veces —antes y después— se ha conseguido. Una nueva integrante de los X-Men aparece, la adolescente Kitty Pryde, aparece en estos últimos momentos, y encandila a la mayoría de los lectores, que se identifican/enamoran del personaje nada más verla.


     3ª etapa: un periodo olvidado (1981-1983)

     Tras la marcha de Byrne, Claremont queda confirmado como el timonel de la serie. La sustitución se volvería bastante complicada, puesto que las aventuras de los X-Men se vendían especialmente bien. Finalmente, entre todos los posibles sustitutos, los editores apostarían por el regreso Dave Cockrum.
     Cockrum ha mejorado en su dibujo, y sin embargo, se hace palpable que Byrne ya no está en la serie, y el peso de las historias recae, mayormente, en los guiones. Pero Claremont tampoco la tiene todas consigo; se deja ver que su capacidad como guionista depende mucho de un dibujante que sepa complementarle.
     Ahora bien, si el cómic que resulta de la unión de estos dos artistas no es comparable a la etapa anterior, no por ello deja de ser un buen cómic cargado de aventura, buenos diálogos y excelentes caracterizaciones.
La serie no deja de sorprender     La serie no deja de sorprender, apoyada sobre todo en grandes villanos: Al Doctor Muerte y a Arcade le sigue el regreso de Magneto, y con el número 150 de la colección, que presenta una historia inolvidable llamada Yo, Magneto, donde el héroe es mostrado con mucha menos maldad y humanidad de lo que nunca antes lo habíamos visto. Por primera vez, el lector entiende completamente las razones del villano, y no puede evitar simpatizar un poco con él. Un año después, Claremont nos cuenta, esta vez en flashback, una historia de un joven e idealista Magneto, antes de convertirse en villano, y acompañado por el también joven Charles Xavier.
     Los viajes espaciales empiezan a cobrar importancia, y reaparecen imperios estelares y subtramas que dejan sin respiración al lector. También un nuevo y terrorífico enemigo: El Nido, inserta el mito de Alien en los cómics. Los lectores también observan como nuevos personajes pasan a engrosar las filas de los héroes, como Binaria, Illiana y una Pícara aún malvada. Claremont demuestra que es capaz de manejar a la perfección a los personajes femeninos, que sus lectores adoran.
     La etapa sería de lo más interesante, aunque durara poco más de un año y medio. A Cockrum le surgiría la oportunidad, igual que a Byrne, de ser autor completo haciendo The Futurians, una novela gráfica publicada por Marvel Comics. Claremont se queda, nuevamente, sin ningún artista que ilustre sus guiones.


     4ª etapa: romance en estado puro (1983)

     En 1982, un joven dibujante que había trabajado con Ralph Bakshi en la película de El Señor de los Anillos (1978), aterrizó en Marvel. Su dibujo, limpio y atractivo, le hizo enseguida encargarse de uno de los personajes clásicos de la editorial: Doctor Strange. Su buen trabajo hizo que, ante el abandono de Cockrum, se le ofreciera encargarse de dibujar a los X-Men.
     Smith llegó a los mutantes en enero de 1983, en mitad de la espectacular saga de El Nido que el dibujante saliente y Chris Claremont estaban desarrollando. Esto, que podría haber sido un problema para otro dibujante, no pareció afectar en nada al trabajo de Smith, que fue capaz de adaptar toda la estética espacial creada por su predecesor, cerrando aquella memorable saga con una gran coherencia a nivel de dibujo.
Paul Smith     Claremont se encontraría enseguida cómodo con su dibujante, y ya fuera casualidad o algo planeado, iba a tocar la vida sentimental de la mayoría de sus personajes. Así, en los últimos momentos de la saga de El Nido, la dulce Kitty Pryde exploraría su lado más sexual estando a punto de tener su primera experiencia con Coloso. En los números 172 y 173 veríamos el fracaso amoroso de Lobezno con su novia japonesa, cuya relación veníamos viendo desde la etapa de Byrne. Finalmente, en los números 174 y 175 veríamos como Cíclope se casaba con un doble exacto de la difunta Jean Grey, la atractiva Madelyne Pryor. La aceptación final de Cíclope de que Madelyne era una persona diferente le haría superar su amor hacia su antigua novia, madurando enormemente el personaje.
     Otros personajes también iban a madurar: Tormenta lucharía con unos mutantes marginados que vivían bajo la ciudad de Nueva York, los Morlocks, convirtiéndose en su líder y matando a su rival. Esto la haría evolucionar, abandonando su rol divino y vistiendo según una estética punk que haría al personaje perder gran parte de su inocencia, madurando también en gran medida. Para sorpresa de los lectores, también evolucionaría una villana: Pícara, que pasaba a unirse al equipo de superhéroes mutantes, bajo el lápiz de Walter Simonson, que sustituiría a Smith en el número 171.
     Pero la etapa de Smith fue más breve que la de su predecesor, abandonando la serie tras dibujar el número 175, habiendo realizado solamente diez episodios (el último de estos dobles).


     5ª etapa: tiempos oscuros (1983-1986)

     Nuevamente sin dibujante, pero esta vez con muchas de sus líneas argumentales completadas, Chris Claremont tenía todo un aluvión de problemas a los que enfrentarse. En primer lugar, tenía que calibrar la calidad de su nuevo dibujante, un joven John Romita Jr. que iba a tener problemas para dibujar grupos de personajes, llegando a ser en algunos momentos demasiado bocetista. En segundo lugar, Jim Shooter, editor en jefe de Marvel Comics, tenía preparado un superevento llamado Secret Wars. Finalmente, los cambios en algunos personajes, principalmente en Tormenta, habían molestado a bastantes lectores.
John Romita Jr.     Claremont capeó el temporal como buenamente pudo, con historias excelentes y autoconclusivas. En el número 180 veíamos como Kitty representaba el punto de vista de los lectores enojados con los cambios de Tormenta, y culpaba a esta de no ser la misma; a través de Tormenta, Claremont se defendía y declaraba que la vida es cambio y evolución. Kitty (y la mayoría de los lectores) acababan aceptando que, por más que nos cueste, hemos de asumir esos cambios.
     Más molesta fue para el autor la inclusión de sus personajes en las Secret Wars, ya que Coloso tuvo una aventura con otra mujer. Molesto, pero consecuente con sus personajes, Coloso explicaba a Kitty que su relación había terminado, pasando la mayoría de los lectores a odiar al pobre ruso de acero, que igual que en la vida real, no había podido controlar sus sentimientos.
     Las aventuras de Claremont se fueron volviendo más oscuras, para lo cual le vino muy bien ese estilo algo sucio y abocetado que lucía Romita Jr. La aparición de personajes como Rachel, la hija de un futuro apocalíptico e imposible donde Cíclope desposaba a Fénix; de un Centinela futurista llamado Nimrod; la vampírica y sadomasoquista Selene, que venía de otra serie de Claremont llamada New Mutants… Todos estos personajes, unidos a tramas como la pérdida de poderes de Tormenta, la guerra contra los terroríficos Fantasmas Espaciales, o el desarrollo de la soledad y el aislamiento de algunos personajes, como la despechada Kitty Pryde, el ahora taciturno Coloso o la intocable Pícara, acabarían provocando que muchos lectores encontrasen en la serie un reflejo de los momentos más oscuros de los años 80. No obstante, también hubo momentos para la esperanza, como la aceptación por parte de Magneto del sueño de convivencia pacífica de Xavier tras la marcha de éste, e el número 200.
     El momento culmen de ese pesimismo vendría con La Masacre Mutante, en la cual un misterioso villano (Mister Siniestro) orquestaba el asesinato de todos los Morlocks que habitaban bajo la ciudad de Nueva York. Un grupo de villanos sin escrúpulos, Los Merodeadores, van a representar unos nuevos tiempos más oscuros y crueles.
     La saga, que aún hoy se nos muestra terriblemente sangrienta y cruenta, acabaría con Kitty Pryde, Rondador Nocturno y Coloso gravemente heridos. Al grupo había que sumar también las bajas de Cíclope (se iría a una nueva serie, X Factor, de la que luego hablaremos) y Rachel. No obstante, la baja más remarcable sería la del propio dibujante de la serie en el número 211: John Romita Jr. se marchaba a realizar otros proyectos.


Marc Silvestri y esposa     6ª etapa: cambios, cambios, cambios (1987-1990)

     La anterior etapa había presentado una serie de aventuras con poca conexión entre sí, con finales abiertos, por lo cual se habían ido acumulando gran cantidad de cabos sueltos.
     En el número 218 llegará el nuevo relevo, Marc Silvestri. Que pasara medio año hasta que se encontrara un nuevo dibujante muestra la preocupación de la editorial por dar a los lectores unos dibujos atrayentes, capaces de igualar la calidad de los guiones. Guiones que han ido dando tumbos a la espera de que llegara el nuevo dibujante, ocasión que Claremont aprovecha para centrarse y cerrar muchos de sus cabos sueltos.
     El nuevo grupo será formado por miembros antiguos, como Lobezno, Kaos y Pícara, y nuevos reclutas como Longshot, Dazzler y Mariposa Mental. Se preparan muchos cambios, entre ellos los villanos: convertido Magneto en aliado de los X-Men, un nuevo y misterioso enemigo, Mr. Siniestro, tomará el relevo de éste como némesis de los mutantes.
     En el número 221 veríamos cómo los Merodeadores intentaban matar a la mujer de Cíclope, Madelyne Prior. Muchos lectores esperaban descubrir finalmente quién era aquella misteriosa mujer tan parecida a la difunta Jean Grey. No obstante, Claremont iba a resolver antes otros asuntos: los poderes de Tormenta, el retorno de Coloso y el rol de los propio X-Men como héroes marginales. Todo ello mediante una magnífica saga llamada La caída de los mutantes, que se iría perfilando desde los números 220 a 224, y que tendría su apoteosis entre los números 225 y 227.
     La caída de los mutantes fue sin lugar a dudas una de las grandes apuestas de Marvel, y tuvo unos resultados extraordinarios. Frente a otros universos superheroicos, que creaban una historia principal con la que enlazaban todas las series de la editorial (un buen ejemplo sería Crisis en Tierras Infinitas), Marvel quiso mostrar lo bien enlazado que estaba su universo mutante desarrollando tres historias paralelas con una misma idea en común: un punto de inflexión para los héroes mutantes. Y aunque X Factor y los New Mutants fuesen unas historias estupendas, sería Claremont quien se llevara la palma, contándonos la muerte de los X-Men ante los ojos de todo el mundo. Era el final perfecto para la serie, de igual modo un nuevo principio que lograría hacer atraer a nuevos lectores, pues los mutantes no morían realmente, sino que fingían su propio deceso para poder actuar fuera de los ojos del mundo.
El éxito de los mutantes no tenía parangón     El éxito de los mutantes no tenía parangón. Sus aventuras llegarían a ser quincenales durante el verano a partir de 1988, permitiendo que los guiones avanzasen más rápidamente, pero impidiendo que Marc Silvestri pudiera cumplir con los plazos de entrega. En su lugar, un eficaz aunque poco espectacular Rick Leonardo iba a realizar algunos de los cómics de aquellos años. Sería un poco caótico, ya que algunas sagas cambiaban de dibujante y daban una sensación un poco confusa, aunque por lo general no hubo ninguna estridencia.
     Cyborgs, El Nido o la nación antimutante de Genosha (inspirada en la Sudáfrica de la época, donde la minoría blanca controlaba el país y excluía a la mayoría negra) iban a mostrar a unos mutantes más frescos, menos cargados por su pasado, donde los lectores podían disfrutar como niños. Pero Marvel quería un nuevo mega-evento mutante, por lo que los autores no tendrían más remedio que diseñar un nuevo crossover: Inferno, que se desarrollaría entre los números 239 y 243.
     Desde el punto de vista argumental, Inferno es un ejemplo de cómo hacer una historia redonda y a la vez llena de cruces. La aventura, que tenía un tono mágico y apocalíptico, supo unir la historia de Madelyne Prior de los X-Men con la de la joven Magik de New Mutants y con la búsqueda del hijo de Cíclope de X-Factor. La historia está llena de momentos geniales, con la muerte de la propia Madelyne y un cambio de 180º en Magik que sorprendió a los lectores. Sin embargo, desde el punto de vista creativo, Inferno representó una pérdida de control por parte de los artistas a favor de los intereses comerciales de la compañía. Un crossover al año iba a hacer que los autores tuviesen que planearse mucho más, hilar mucho más fino, y convivir con la cada vez mayor cantidad de cómics mutantes que iban surgiendo. A estas alturas, los lectores podían encontrarse en los quioscos con Excalibur y las aventuras de Lobezno, guionizadas por un Claremont que ya no podía dar más de sí.
Los mutantes iban a vivir un periodo algo confuso     Después de Inferno, los mutantes iban a vivir un periodo algo confuso en muchos sentidos. La muerte de Tormenta, las cada vez mayores ausencias de Marc Silvestri, y sobre todo unos guiones que no parecían llevar a ninguna parte. Historias cortas, finales que planteaban muchísimos cabos sueltos, aumento de los crossovers… Las ingerencias editoriales empezaban a pasar factura a un Chris Claremont que no podía guiar el universo mutante que había construido, tanto por su complejidad como por los intereses económicos que tenían los editores.


     7ª etapa: el espectáculo de la imagen (1990-1991)

     Un macro-evento orquestado por el antiguo dibujante y coguionista de los X-Men iba a traer a un nuevo dibujante a la serie. El evento era Actos de Venganza de John Byrne, que afectaría en mayor o menor medida a todo el universo Marvel; el dibujante debutante sería un joven llamado Jim Lee, que haría los números 256 a 258.
     Tras un breve regreso de Silvestri, a partir del número 26 el joven Lee sería el encargado de ilustrar el destino de los mutantes. Impactante, con un trazo hermoso que aún hoy fascina a quienes lo ven por primera vez, Jim Lee iba a conseguir disparar las ventas.
     Claremont, mientras tanto, iba a ser incapaz de darle una dirección a la serie. Tormenta resucitaría como una adolescente y un nuevo y ambiguo héroe llamado Gámbito se dejaría caer por las páginas de la serie. Aún así, era patente que Claremont había perdido la garra que le caracterizaba. El fiasco argumental, que no de ventas, que supondría el siguiente crossover iba a mostrar claramente que el guionista que hiciera famoso a los mutantes había perdido su toque.
     Proyecto Exterminio, que se desarrolló entre los números 270 y 272, fue un despropósito de principio a fin. Igual que en ocasiones anteriores, se intentó que el mega-evento atara cabos sueltos de todas las series que lo integraban (X-Men, New Mutants y X-Factor); no obstante, los despropósitos fueron continuos tanto desde el punto de vista gráfico (cada dibujante tenía un estilo propio que, en muchas ocasiones, hacía que personajes y lugares cambiasen de apariencia de un número a otro) como del guión (se notaba que la historia había sido hecha a última hora, con prisas, siendo algunas explicaciones realmente inverosímiles incluso para un cómics de superhéroes).
     Los problemas de Claremont no iban a hacer más que aumentar a partir de la ese momento. Los editores rechazan algunos de sus planes para la serie, por lo que no puede trabajar a largo plazo al no saber cuando habrá un nuevo crossover y cuando darán marcha atrás a alguna de sus ideas. Por otro lado, Jim LeeJim Lee cambia los guiones de Claremont a su antojo, considerando los editores que un dibujante estrella como él puede hacer lo que quiera, siendo el guionista poco menos que un dialoguista.
     Así las cosas, Claremont acabaría por exigir unos cambios que los editores no tenían ningún interés en que se produjeran. El número 279 era el último que guionizaba, despidiéndose de los personajes que le habían acompañado durante los últimos dieciséis años.


     Epílogo: después de Chris Claremont (1991-1995)

     La aportación de Claremont a Marvel Comics fue realmente excepcional. Dos series de X-Men, los New Mutants, el éxito de las aventuras de Wolverine en solitario (primero en Marvel Comics Presents y luego, en su propia serie mensual), Excalibur… Más todo un trasfondo riquísimo del que saldría X-Factor y, en los siguientes años, muchas series más.
     Sin embargo, la marcha de Claremont cogió por sorpresa a los editores. En un primer momento confiaron el rumbo de la recién nacida X-Men, cuyo primer número vendió varios millones de ejemplares, se confió a Jim Lee, el dibujante mágico que convertía todo lo que tocaba en un éxito. Para ayudarle con la pesada tarea de rellenar los bocadillos se le encomendaba a un artesano de la palabra como era Scout Lobdell. A Uncanny X-Men llegaba John Byrne, el hijo pródigo de Marvel, y se le unía un dibujante hot como era Whilce Portacio. Los mutantes tenían por delante un futuro prometedor, aunque fuera un futuro breve y muy poco inspirado.
Lo peor de estos años serían unos guiones sin gracia     Unos meses después de hacerse cargo de la serie, Lee y Portacio se marchaban con otros dibujantes de éxito de Marvel a fundar Image Comics. Byrne, desencantado de su puesto en la serie, que no pasaba de ser mero dialoguista, también tiró la toalla.
     Entre 1992 y 1995 se iban a suceder una serie de dibujantes interesantes, con el regreso de Romita Jr. entre ellos, que iban a mantener un nivel bastante bueno en X-Men y Uncanny X-Men; en las otras series del universo mutante no iba a haber tanta suerte, y salvo gloriosas excepciones, los dibujantes iban a ser efímeras estrellas, muchas de ellas con órdenes de imitar a sus sucesores.
     Lo peor de estos años serían unos guiones sin gracia ni interés alguno, que alargaban las situaciones planteadas por Claremont hasta el infinito, como con miedo a resolverlas. También se planteaban ideas nuevas, pero nunca se terminaban de resolver. Era como si se esperara que el patriarca de los mutantes volviera en cualquier momento y lo solucionase todo. Los crossovers entre todas las series mutantes, de frecuencia anual, eran los únicos cómics en los que la historia parecía avanzar, aunque siempre de una forma poco clara, dando vueltas a las mismas ideas, sin terminar de resolver nada.
     La culpa no fue de los guionistas, o al menos no toda. En plena crisis de la Industria, el editor Bob Harras controló demasiado el trabajo de los guionistas, obligándoles a crear un producto uniforme en el que primaban más los megaeventos donde los lectores debían comprar docenas de cómics antes que las buenas tramas. Los guionistas que supieron adaptarse, como Scott Lobdell o Fabian Nicieza, ganaron mucho dinero escribiendo historias insulsas. Aquellos que tenían ideas propias como Meter David, Mark Waid o Warren Ellis, acabaron abandonando las series para trabajar en proyectos donde tuvieran mayor libertad.
     El punto álgido de esta línea editorial fue la saga llamada La era de Apocalipsis, un clásico what if? donde los lectores debían comprar casi medio centenar de números para descubrir que nada de lo que habían leído tenía consecuencias reales, que el universo de aventuras que habían conocido estaba increíblemente mal cohesionado y que tras aquellas aventura había nuevas series que comprar mensualmente. Nuevas series donde, ¡sorpresa!, seguía sin ocurrir nada original.
Las ventas comenzaron a caer progresivamente     Las ventas comenzaron a caer progresivamente, y ni el cambio de guionistas ni dibujantes, ni siquiera la trilogía fílmica, lograría hacer que los X-Men tuvieran medio millón de lectores al mes. Muchas series desaparecieron; otras muchas ocuparon su lugar. El universo mutante se había convertido en una franquicia; había ocurrido con Claremont, pero sus aventuras eran tan buenas que no supimos o no pudimos darnos cuenta.
     Eventualmente, Chris Claremont volvería a guionizar los X-Men en varias ocasiones. Pero nosotros los personajes ya no eran los mismos, él tampoco era el mismo escritor, y tal vez lo más importante, nosotros tampoco éramos ya los mismos chavales que, años atrás, nos emocionamos ante el primer beso de Kitty Pryde, la muerte de Phoenix o la redención de Rogue. Tal vez algunas historias es mejor acabarlas con gloria, y no dejar que languidezcan por siempre.