Don Mariano, taxidermista
Un poema de José María Álvarez

 

Santiago Girón

 

 

© Santiago Girón

 

 

© Santiago Girón

 

 

© Santiago Girón

 

 

© Santiago Girón

 

 

Don Mariano, taxidermista
Allí, bajo la cúpula del Infierno

—John Milton—


Inexplicable sobreviviente rasgando la pesadilla

—W. H. Auden—

El señor Mariano, qué gran tipo.
Un maestro, sin duda. El más conspicuo
taxidermista que haya visto
la Modernidad. ¿Habría niñez
memorable, posible, sin contar
en el asombro de sus revelaciones
con hechiceros como él?
                                   Y así, aún lo veo
encerrado en su cristalera de un portal,
rodeado de frascos enigmáticos,
ojos de todos los tamaños
(me los traen de Berlín
decía), despojos de animales, afilados
instrumentos exquisitos
para extraer cerebros y recónditas
carnes (él afirmaba eran los mismos
que usaban los egipcios en la Casa de los Muertos),
y como envuelto en una vaharada
letal.
       El olor descompuesto que salía
de su covacha, la sangre seca de su guardapolvos,
sus largas uñas que en ocasión usaba
para una olvidada podredumbre:
todas esas imágenes llenaron
de admiración los sueños
de mi niñez y la de otros. Y sobre todo ese momento
sublime, excepcional, mágico, único,
en que decía: «¡Mirad!», y de un armario
sacaba su obra, y lo que fuera
horas antes, carroña,
                             ahora se revelaba
un ave en el momento más airoso
de su vuelo, un mono
que nos miraba alegre balanceándose
de una rama brillante, una culebra
en el instante de atacar al hombre.
Buscaba nuestro aplauso, y nos miraba
con ojos como ascuas,
y nosotros sentíamos helársenos la sangre
pues creo que no exagero si aseguro
que nos imaginaba disecándonos,
su obra maestra, sí, la cima de su oficio.
Era hombre rijoso don Mariano,
alimentaba la pasión por los escolares
de 8 o 9 años, y aprovechaba los corrillos
que se formaban para verlo en su faena,
sentando a alguna en sus rodillas
y mientras le mostraba sonriente
(solitario molar de oro entre raigones)
su mármol rebosante
de vísceras, tijeras, barnices y formol,
acariciaba suavemente aquellos muslos
delgados, y alguna vez besaba
aquellas nucas luminosas y feroces.
Acusaba a la Iglesia de imprudencia
por encargar estatuas de sus santos
en vez de embalsamarlos, y su sueño
era haber conservado
a la Virgen María.
                         Querido y respetado
Don Mariano,
qué mal acabó usted.
La tarde que lo llevaron al asilo,
que vinieron por él, y lo llevaron
por decisión municipal, no dijo nada.
Con qué sublime dignidad cerró su puerta,
desdeñó todo aquel mundo que dejaba,
y al pasar junto a nosotros, sin mirarnos,
dijo únicamente: «Queda a medias
el canario de don Salvador. No es culpa mía».
Meses más tarde nos dijeron
que lo había fulminado una infección
consecuencia de haber empezado
a disecarse a sí mismo.
Es a gente así a quien debo
mi esmerada educación.

José María Álvarez
Museo de cera