Don Mariano, taxidermista
Santiago Girón |
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| Don Mariano, taxidermista |
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Allí, bajo la cúpula
del Infierno
—John Milton—
—W. H. Auden— |
El señor Mariano,
qué gran tipo.
Un maestro, sin duda. El más conspicuo taxidermista que haya visto la Modernidad. ¿Habría niñez memorable, posible, sin contar en el asombro de sus revelaciones con hechiceros como él? Y así, aún lo veo encerrado en su cristalera de un portal, rodeado de frascos enigmáticos, ojos de todos los tamaños (me los traen de Berlín decía), despojos de animales, afilados instrumentos exquisitos para extraer cerebros y recónditas carnes (él afirmaba eran los mismos que usaban los egipcios en la Casa de los Muertos), y como envuelto en una vaharada letal. El olor descompuesto que salía de su covacha, la sangre seca de su guardapolvos, sus largas uñas que en ocasión usaba para una olvidada podredumbre: todas esas imágenes llenaron de admiración los sueños de mi niñez y la de otros. Y sobre todo ese momento sublime, excepcional, mágico, único, en que decía: «¡Mirad!», y de un armario sacaba su obra, y lo que fuera horas antes, carroña, ahora se revelaba un ave en el momento más airoso de su vuelo, un mono que nos miraba alegre balanceándose de una rama brillante, una culebra en el instante de atacar al hombre. Buscaba nuestro aplauso, y nos miraba con ojos como ascuas, y nosotros sentíamos helársenos la sangre pues creo que no exagero si aseguro que nos imaginaba disecándonos, su obra maestra, sí, la cima de su oficio. Era hombre rijoso don Mariano, alimentaba la pasión por los escolares de 8 o 9 años, y aprovechaba los corrillos que se formaban para verlo en su faena, sentando a alguna en sus rodillas y mientras le mostraba sonriente (solitario molar de oro entre raigones) su mármol rebosante de vísceras, tijeras, barnices y formol, acariciaba suavemente aquellos muslos delgados, y alguna vez besaba aquellas nucas luminosas y feroces. Acusaba a la Iglesia de imprudencia por encargar estatuas de sus santos en vez de embalsamarlos, y su sueño era haber conservado a la Virgen María. Querido y respetado Don Mariano, qué mal acabó usted. La tarde que lo llevaron al asilo, que vinieron por él, y lo llevaron por decisión municipal, no dijo nada. Con qué sublime dignidad cerró su puerta, desdeñó todo aquel mundo que dejaba, y al pasar junto a nosotros, sin mirarnos, dijo únicamente: «Queda a medias el canario de don Salvador. No es culpa mía». Meses más tarde nos dijeron que lo había fulminado una infección consecuencia de haber empezado a disecarse a sí mismo. Es a gente así a quien debo mi esmerada educación. José María
Álvarez |