|
Josep M. Rodríguez
En uno de los poemas más conocidos
de Jaime Gil de Biedma, el personaje protagonista pasea por la montaña
de Montjuïc mientras contempla la ciudad de Barcelona e imagina a
sus padres en ese mismo escenario tiempo atrás, antes de que él
ni tan sólo hubiese nacido: «Era el año de la Exposición»,
1928. El lector ya habrá adivinado que se trata de ‘Barcelona
ja no és bona, o mi paseo solitario en primavera’. Un poema
en cuyo corazón late la conciencia social de su autor, el «resentimiento
/ contra la clase en que nací» y el deseo de que la ciudad
sea conquistada, como la propia montaña de Montjuïc, por las
clases obreras, por aquellos “murcianos” —o “xarnegos”,
según el Juan Marsé de Últimas tardes con Teresa,
una novela cuyo primer capítulo se inicia con el Pijoaparte lanzándose
a toda velocidad con su motocicleta robada hacia Montjuïc.
También Carlos Barral tiene un poema
ambientado en esa misma zona, concretamente en el parque, cerca de lo
que ahora son los Jardines de Joan Brossa. Un poco más al norte,
el Passeig de Montjuïc, que sirve de epígrafe a una de las
composiciones de Ciudad del hombre: Barcelona. En ese libro de
José María Fonollosa, todos los poemas llevan como título
una dirección o sitio de la ciudad: ‘Plaça de Catalunya
3’, ‘Rambla
de Canaletes 5’, ‘Passeig de Gràcia 4’…
Poco o muy poco tienen que ver dichos títulos con los poemas a
los que acompañan. Es como si su autor nos estuviera diciendo que
tan importante o más que la ciudad física es la propia ciudad
interior.
El poema urbano es algo relativamente nuevo
en la tradición española y, en los casos en los que lo encontramos,
la ciudad suele verse como algo sórdido, oscuro, caótico,
en contraposición con la naturaleza o con la propia condición
humana. Quizá el ejemplo más evidente sea Poeta en Nueva
York, de Federico García Lorca. No va a ser hasta la generación
del 50 cuando la ciudad se convierte en escenario propicio para el poema,
que habitará —como sus protagonistas— calles, cafeterías,
hoteles… «Es éste tu paisaje tu mundo», que dirá
el José Agustín Goytisolo de ‘Ventana a la plaza de
San Gregorio’. De hecho, hay una antología de Goytisolo con
el lorquiano título de Poeta en Barcelona que recoge sus
poemas dedicados o situados en dicha ciudad. Exactamente lo mismo que
sucede con Barcelona amor final, de Joan Margarit:
|
«No es pot ser més
feliç. Joves i en primavera
vam començar aquell dia passejant per la Rambla,
lleugers, amb l’esperança —diria la certesa—
que els finals no existien.» |
Pero los finales existen y, como apunta
el propio Margarit en uno de los mejores poemas de Els motius del
llop: «los principios / no se parecen nunca a los finales».
Y es precisamente por eso por lo que uno empieza a escribir, como señala
Luis García Montero en una conferencia publicada con posterioridad
en Lírica fin de siglo: «Uno se mete a escritor
para poder controlar los finales, porque como lector se ha quedado deslumbrado
leyendo, y ha pasado las páginas de Fortunata y Jacinta
deseando que alguien le partiera la cara a Juanito Santacruz, uno se hace
escritor para poder partirle la cara a Juanito Santacruz».
La poesía como un ajuste de cuentas
con el tiempo, con la memoria, que va a permitir a Joan Margarit regresar
a aquella primavera en la que una pareja de jóvenes paseaba por
las Ramblas ajena a los finales y disfrutando de una ciudad que parecía
vestida de domingo. «Barcelona era una festa». Igual que Hemingway
con París, la ciudad catalana le sirve al autor de Estació
de França para reconstruir su pasado, para desandar sus pasos
hasta el ‘Cementiri de Montjuïc’ o la ‘Plaça
Rovira’, hasta aquel sobreático de ‘Sardenya 548’
en el que vivió durante doce años en compañía
de Raquel (Mariona Ribalta) o hasta una oscura noche en un hospital de
la calle Balmes:
«Torno a aquell jardí fosc que contemplava
des de la màquina de fer cafè,
única companyia d’aquelles matinades.
Torno a la culpa i al remordiment,
vells camps de runes que travesso encara...» |
Sin
embargo, y a diferencia de París era una fiesta,
Barcelona es algo más que el decorado de los recuerdos. El
propio Margarit lo explica del siguiente modo: «La ciudad
es mi pasado, pero desde que crucé el umbral de los sesenta
años, el pasado se extiende también hacia delante,
ocupando el mañana». Y, en ese sentido, el poeta catalán
está muy cerca del personaje de Emmanuele Riva en Hiroshima
mon amour. «Recuerdo —confiesa Alain Resnais—
haber solicitado a Marguerite Duras una historia que se desarrollase
a dos velocidades distintas». Dos velocidades que encontramos
también en la poesía de Joan Margarit, por un lado
el presente, ese rabioso «aquí y ahora» del que
hablaba Bashô, por otro, la memoria y el paso del tiempo,
que también afecta a la ciudad: |
 |
|
«Els monuments, per
dins, també estan buits,
la seva entranya és de rovell i mort:
foscos, podrits per la mateixa història,
el seu interior és tan sinistre
com arrogant el gest del personatge.» |
Este poema hace referencia al monumento
a Cristóbal Colón que hay en el puerto de Barcelona, al
final de las Ramblas, y tiene como punto de partida una experiencia laboral
de Joan Margarit, quien, en 1982, trabajó en la restauración
de dicho monumento. A su oficio de arquitecto, a su formación académica
como catedrático de ese Càlcul d’estructures
que da título a uno de sus libros, probablemente deba Margarit
la exactitud que encontramos en sus versos y esa habilidad para detenerse
en detalles que acaban resultando decisivos para el poema. Es lo mismo
que sucede cuando Carlos Barral se refiere al mar o a algún aspecto
de la navegación: sólo el ojo adiestrado puede ver lo que
a los demás se nos escapa.
«Estació
de França: el tren quedava buit.
Per a tu i jo, era també el final.
En una paperera, un ram de roses:
algú no va arribar
i algú va abandonar les esperances.
—Construïm per salvar-ne el record,
deies mentre passàvem pel davant.
Just el que havia abandonat algú
es convertia per a mi en un símbol.» |
La
poesía de Joan Margarit es, sin duda, una poesía vertical,
que va del corazón a la cabeza, manteniéndose firme como
un poste de teléfonos. Como ese poste, su tendido le conecta con
las grandes voces de la literatura europea del siglo XX, como Milosz,
Brodsky o, incluso, Amijai. Y Barcelona es, en la obra de este poeta catalán,
el espejo que permite mantener un diálogo consigo mismo acerca
de la infancia, el amor, la muerte, la soledad, la vejez, el sufrimiento.
En ese sentido, conviene recordar un fragmento del prólogo de Els
primers freds: «La poesía que a mí me interesa
se refiere a la organización estrictamente personal, casi secreta
diría yo, del propio sufrimiento, de eso que somos cuando estamos
solos, sin nadie ante el cual representarnos a nosotros mismos. La poesía
se suele escribir y leer en la soledad, donde se acostumbra a reír
poco».
Cuando llega el momento de la verdad, cuando
uno se queda a solas con un libro de poemas, y no cuentan los premios,
ni la amistad, ni todo lo que está más allá del papel
impreso; en ese momento, la poesía de Joan Margarit se revela,
sencillamente, imprescindible.
|
Josep
M. Rodríguez. Súria (Barcelona), 1976.
Las deudas del viajero (1998), Frío (2002)
y La caja negra (2004) son sus poemarios. Es autor del
ensayo Hana o la flor del cerezo (2007) y fue editor
de Yo es otro. Autorretratos de la nueva poesía
(2001) y Alfileres (2004). Figura en las antologías
más influyentes de poesía española. |
|