LAS CONSTRUCCIONES DE LA PALABRA
Arquitectura en la poesía de Joan Margarit,
a propósito de Las luces de las obras
Jordi Julià
Relacionar
las construcciones de la palabra dura y de la piedra tendría que
tener mayor sustento y tradición que sólo un par de títulos
que la errática memoria rescata, al azar, de la tradición
literaria: El poema del ángulo recto de Le Corbusier y
Taller de arquitectura de José Agustín Goytisolo.
El uno, arquitecto de fama reconocida, y el otro, prestigiado poeta que
colaboró con Ricardo Bofill, son el inicio de la nómina
que comprende otros tantos artistas que han recibido menor atención
pero que han combinado ambos oficios a la vez, el de arquitecto y el de
poeta. Éste fue el caso de Pedro Benavent, autor de un famoso manual
titulado Cómo debo construir, y de diversos libros de
poemas, a quien Joan Margarit ha dedicado un pequeño homenaje en
el poema homónimo de su último libro, Casa de misericordia
(2007). Estos artistas dobles se mueven en medio de ambos oficios creativos,
pero llega un momento que aproximan las dos artes y dejan corromper una
parte de su imaginación por las ideas o las percepciones que pertenecen
a otro orden de la realidad. Ante la pregunta de si se considera más
poeta o arquitecto, Joan Margarit responde que «uno puede escoger
no ser arquitecto, pero que debe ser casi imposible escoger no ser poeta».
El escritor catalán, un buen día, cuando aún no era
poeta público, decidió ser arquitecto, y de aquellos años
de formación han quedado rastros en sus poemas: en los ejercicios
con plumilla contenidos en ‘Academia’, o en la imagen de aquel
muchacho de 1957 que «estudia arquitectura en Barcelona» (‘Invierno
del 95’). Pero su faceta de catedrático de Cálculo
de Estructuras también se apercibe entre sus versos: en ‘Poema
para un friso’ recuerda los alumnos que han pasado por su magisterio,
los cursos y los nombres que ya no recuerda, y que pertenecen al tiempo
en que «les hablaba entonces de cúpulas de hierro».
La experiencia docente encuentra su culmen en ‘Última lección’,
versos que registran la mirada del último día de trabajo
del profesor, que no concluye en una Aula Magna, sino en una clase cualquiera
que, vacía, despierta en él la nostalgia: a pesar de que
fue el miedo a la vida quien le llevó a la universidad, y no ha
alcanzado una gloria de gran profesor, la reflexión moral que suele
concluir los poemas de Margarit reserva un alto honor para este docente
universitario que ha convertido su trabajo en augusta normalidad, y es
que «un oficio que se hace disfrazado / es porque oculta alguna
cosa indigna».
Estos poemas están comprendidos en
la antología, que bajo el título de Las luces de las
obras. Arquitecto entre poemas, publicara en 1999 el Colegio Oficial
de Arquitectos de Andalucía Occidental, en Cádiz, y la mayoría
de los cuales habían aparecido en cinco de sus, hasta entonces,
últimos volúmenes en edición bilingüe: Luz
de lluvia (1987), Edad roja (1995), Cien poemas
(1997), Aguafuertes (1998) y Estación de Francia
(1999). Además de registrar el proceso de formación personal
y académica, en tanto que arquitecto, los versos de Margarit se
han abierto al registro de cualquier aspecto de su trabajo, como indica
en el prólogo de dicha antología: «He ejercido este
oficio en toda su amplitud, desde la docencia y la investigación
al proyecto y dirección de grandes y pequeñas obras, pasando
por todo tipo de refuerzos, restauraciones y rehabilitaciones.
Mi goce va ligado sobre todo a la construcción: cuando algún
proyecto tiene que quedarse en esto —mero proyecto— pasa a
ser para mí poco más que un cromo, unos dibujos sin interés
alguno». Vemos, pues, que la aplicación de las planificaciones
arquitectónicas a la realización concreta y física
es importante para Margarit, y hasta cierto punto la poesía también
comparte un mismo planteamiento, por cuanto muchos de sus poemas ofrecen
el momento de ejercicio de este oficio de arquitecto.
En alguna ocasión este autor ha declarado
que la supervisión de reformas o de reconstrucciones le ha permitido
acceder al interior de los edificios y ha tenido contacto directo con
las diferentes formas de existencia y con las miserias humanas que se
esconden en la intimidad de cuatro paredes. Estas experiencias han quedado
reflejadas en poemas tales como ‘Recordar el Besòs (1980)’,
‘Arquitectura’ o ‘Canción de los lunes’.
Así pues, las anécdotas principales de las que parten muchas
de sus piezas líricas no serían verosímiles si no
fuera un personaje protagonista o narrador que se inmiscuye en la privacidad
de pisos sórdidos y en la particular dinámica de los barrios
de extrarradio. El hiperrealismo de raigambre naturalista que se ocupa
de vidas miserables y de ámbitos depauperados (y que le aproxima
a la lírica de Carver, por ejemplo) logra máxima efectividad
por el hecho de partir de una situación completamente creíble.
Si Joan Margarit no fuera arquitecto, y su trabajo no le llevara a estos
escenarios decadentes de la sociedad urbana y postindustrial, al personaje
poético de Margarit le hubiera estado vedado investigar un ámbito
de la realidad que desde una rama de la poesía de la experiencia
no había sido analizado con tanta atención —debido
a la extracción social y la realidad cultural de la mayoría
de personajes literarios que los poetas catalanes y españoles se
han creado a lo largo de las últimas dos décadas del siglo
XX. El paisaje de muchos de sus versos se levanta entre «casas despintadas»
de «estuco sin cemento» en un «barrio cansado»
de una «ciudad del olvido» (telón de fondo de ‘Poema
en negro’), porque «la ciudad / invadió el pueblo»,
y todo quedó transformado, como refiere en ‘Pequeña
escuela en un suburbio’:
«Suburbiales semáforos
y tristes
bloques de pisos de color de rata
han ido reflejándose treinta años
en los cristales.» |
Según
la opinión que recogió Margarit en su prólogo de
1999, «En este siglo que termina, la ciudad ha marcado tanto a la
poesía como a la arquitectura. Por una parte, toda la poesía
moderna tiene un sello marcadamente urbano. Por otra, no se concibe la
arquitectura de este siglo sin su visión urbanística».
En ‘Las luces de las obras’
—poema que da título a la antología— confiesa
el yo poético que ha escrito la mayoría de sus poemas en
bares, mientras llevaba a cabo algún proyecto arquitectónico,
y nos ofrece una visión del poeta que siempre trabaja en algún
verso, y al que sorprende la inspiración dispuesto a acogerla.
Quién sabe si en algún momento Margarit ha imaginado que
se encontraba con Charles Baudelaire en un mismo café, y ha pensado
lo mismo que él, y ha escrito un poema parecido ante los ojos de
los pobres, y quizá ha celebrado con el padre de Las flores
del mal lo fácil que es entenderse, puesto que no siempre
es tan incomunicable el pensamiento entre gente que se aprecia. A menudo
Margarit contempla la realidad desde el cristal de algún bar, y
la concibe como un pequeño drama urbano del cual se halla separado
sólo por la luna de algún establecimiento: el poeta catalán
ha levantado la crónica del fin de la dictadura y del postfranquismo
a través de escenas de vida común, iluminadas por una
luz triste de sueños traicionados y de una vida en constante construcción
y derrumbamiento: hallamos el muchacho que escucha Bach, el vendedor de
enciclopedias cansado, el trabajador del turno de noche que duerme de
día, la gente ante el televisor o que pasa las tardes en el bar.
La sordidez de la vida circundante, contrariamente
a lo que podría parecer, no traspasa a sus versos, porque el nivel
descriptivo, crítico o sorpresivo que nos ofrece de la realidad
queda sustituido instantáneamente en todo poema por una figuración
simbólica, que siempre va acompañada de alguna consideración
moral que trasciende la anécdota particular y nos implica en tanto
que habitantes de un mundo hipermoderno. Las más de las veces es
el campo semántico del urbanismo y de la arquitectura el que proporciona
a Margarit la correlación metafórica para otorgar más
relevancia a sus observaciones: el vendedor de enciclopedias compara las
estatuas griegas con su cuerpo cansado en ‘Primum vivere’;
«Gente y muros conviven y se agrietan», escribe en ‘Arquitectura’;
«son igual que el amor estas afueras», concluye en ‘Paisaje
cerca del aeropuerto’; los hombres cansados acaban «Desplomados
en pisos / feos, viendo la tele» en ‘Canción de los
lunes’; igual que las personas, «También los monumentos
suelen estar vacíos, / con las entrañas llenas de óxido
y de muerte» (‘Monumentos’); y la descripción
de un ático se convierte en el resumen simbólico de un período
de la relación de una pareja, como podemos ver en los poemas ‘Ella
me dice’, ‘Historia en un ático’ o ‘Perdidos
en un cuento’.
La écfrasis artística también
halla un hueco entre los versos de Margarit, que a menudo describen obras
arquitectónicas conocidas por el público en general. Éste
es el caso del barco que cruza el Ensanche de Barcelona en forma de ‘Sombra
de la Sagrada Familia’; la caracterización del estilo propio
y la presentación del pabellón Mies van der Rohe de Montjuïc,
en ‘Pabellón’; o el aspecto exterior e interior de
la estatua que marca el final de las Ramblas, en ‘Colón’,
al tener que estudiar su rehabilitación. Al apostar por un estilo
realista y una poesía de situaciones y personajes urbanos, Margarit
ofrece precisas e interesantes descripciones del mundo arquitectónico
que le rodea, en los suburbios de las afueras, en ‘Paisaje cerca
del aeropuerto’, o en la detallada presentación imaginaria
de ‘Tantas ciudades a donde habíamos de ir’. Hasta
el punto de convertir el poema en elemento arquitectónico, a través
de una larga reflexión en forma de ‘Poema para un friso’,
o transformándolo en epigrama escrito en una ‘Estela para
una obra’, que caracteriza la forma del edificio que lo contiene.
Además, cabe no olvidar los comentarios que hallaremos a lo largo
de
su poesía referidos al estilo, a la obra o a la vida de diferentes
arquitectos o profesores que le servirán de cifra de alguna actitud
humana, tal y como se observa en la ‘Elegía para el arquitecto
Coderch de Sentmenat’ o en ‘Asplund proyecta un cementerio’.
Sin embargo, hay una función añadida
en la utilización lírica de la arquitectura, dado que la
ciudad, los edificios y las casas se convierten en dispositivos catalizadores
del recuerdo. Aprovechando la investigación sobre la memoria involuntaria
que proporcionó para el novecientos Marcel Proust en su obra En
busca del tiempo perdido, Margarit investiga y reflexiona en sus
poemas a propósito la materia del recuerdo y la capacidad que tienen
las obras arquitectónicas —por su carácter durable
y permanente, pero también por su naturaleza contenedora de vida
humana—, de convertirse en vínculos hacia aquel mundo anterior
del yo que ya no existe, a pesar de llamarse de la misma manera. Es la
Girona que recuerda en ‘Las luces de las obras’, y especialmente
los rincones de dos ciudades que se convierten en referencias típicas
de la poética margaritiana: la gris Barcelona franquista y el París
idealizado. Mientras que en la ciudad contemporánea a la acción
del poema, a fines del siglo XX, aparece un yo poético maduro que
contempla la vida a través de la ventana de un bar, la Barcelona
de los años 50 y 60 es vista desde el Café de la Ópera
—en plena Rambla— o a través de los ojos de un muchacho
«desde detrás de un velador de mármol», como
se observa en ‘Colón’ o en ‘1960’: «He
dejado en la Rambla el homenaje / del velador de mármol en el ventanal
/ entre los plátanos». Si bien Barcelona fue la ciudad de
la acumulación de experiencias amorosas, la ciudad que permite
el recuerdo nostálgico por el amor perdido es París, a donde
se regresa realmente o imaginariamente para rescatar aquellos dos amantes
que se quisieron y que ahora son sólo fantasmas, fenómenos
platónicos, escombros del monumento del cariño, como se
percibe en ‘Nuestras sombras’, ‘Cuadros de una exposición’
o ‘Navidad en París’.
El yo poético solitario de Joan Margarit
se pasea en la ciudad cambiante y postmoderna, en medio de sus aspectos
más brillantes y más desagradables o lúgubres, y
concreta la figura del flâneur baudelairiano que, a pesar
de todo, no busca las muchedumbres para adquirir el anonimato y convertirse
en pintor de la vida moderna: se pierde por los barrios depauperados,
pasea por un monte solitario como Montjuïc o desciende hasta el puerto
—como si fuera un nuevo y eliotiano J. Alfred Pruffrock— para
reencontrarse con sus recuerdos, las sombras de sus muertos, o reconciliarse
con la vida (y que apreciaremos en ‘Nunca estuve aquí’).
Pero su mirada no deja de ser la de un arquitecto que ha imaginado edificios
y lugares habitables (como hiciera Baudelaire en su ‘Sueño
parisino’), y ha descubierto que todas sus edificaciones están
condenadas a desaparecer y a perderse, y por ello empezará a reflexionar
sobre lo efímero de la vida —especialmente en sus libros
de poesía que publicará en el siglo XXI—, ya que «En
poesía o en arquitectura, / pensar en lo que fui me asquea y cansa»
(‘Soneto arcaico’). Quizá la mejor manera de resumir
el estilo particular de este poeta arquitecto, y de mostrar cómo
ambas representaciones artísticas logran cobijo en su expresión
poética, sea citar dos de los más brillantes versos que
ha dado la poesía peninsular en los últimos años,
y que resume a la perfección la forma de vida de este final de
milenio: «Triste quien no ha perdido / por amor una casa».
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Jordi
Julià. Sant Celoni (Barcelona), 1972. Doctor en
Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la UAB,
donde ejerce la docencia. En el ámbito del ensayo y la investigación
literaria ha publicado, entre otros, Al marge dels versos
(1999), La crítica de Gabriel Ferrater (2004) y
L’art imaginatiu (en prensa). Entre sus poemarios
destacan Els grills que no he matat (1998), Murs de
contenció (2004), Sota la llum de Mart (2006),
Els déus de fang (en prensa) y Principi de plaer
(en prensa). |
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