LAS CONSTRUCCIONES DE LA PALABRA
Arquitectura en la poesía de Joan Margarit,
a propósito de Las luces de las obras

 

Jordi Julià

 

 

Joan Margarit, "Las luces de las obras. Arquitecto entre poemas" (Demarcación de Cádiz del Colegio Oficial de Arquitectos de Andalucía Occidental, 1999)     Relacionar las construcciones de la palabra dura y de la piedra tendría que tener mayor sustento y tradición que sólo un par de títulos que la errática memoria rescata, al azar, de la tradición literaria: El poema del ángulo recto de Le Corbusier y Taller de arquitectura de José Agustín Goytisolo. El uno, arquitecto de fama reconocida, y el otro, prestigiado poeta que colaboró con Ricardo Bofill, son el inicio de la nómina que comprende otros tantos artistas que han recibido menor atención pero que han combinado ambos oficios a la vez, el de arquitecto y el de poeta. Éste fue el caso de Pedro Benavent, autor de un famoso manual titulado Cómo debo construir, y de diversos libros de poemas, a quien Joan Margarit ha dedicado un pequeño homenaje en el poema homónimo de su último libro, Casa de misericordia (2007). Estos artistas dobles se mueven en medio de ambos oficios creativos, pero llega un momento que aproximan las dos artes y dejan corromper una parte de su imaginación por las ideas o las percepciones que pertenecen a otro orden de la realidad. Ante la pregunta de si se considera más poeta o arquitecto, Joan Margarit responde que «uno puede escoger no ser arquitecto, pero que debe ser casi imposible escoger no ser poeta». El escritor catalán, un buen día, cuando aún no era poeta público, decidió ser arquitecto, y de aquellos años de formación han quedado rastros en sus poemas: en los ejercicios con plumilla contenidos en ‘Academia’, o en la imagen de aquel muchacho de 1957 que «estudia arquitectura en Barcelona» (‘Invierno del 95’). Pero su faceta de catedrático de Cálculo de Estructuras también se apercibe entre sus versos: en ‘Poema para un friso’ recuerda los alumnos que han pasado por su magisterio, los cursos y los nombres que ya no recuerda, y que pertenecen al tiempo en que «les hablaba entonces de cúpulas de hierro». La experiencia docente encuentra su culmen en ‘Última lección’, versos que registran la mirada del último día de trabajo del profesor, que no concluye en una Aula Magna, sino en una clase cualquiera que, vacía, despierta en él la nostalgia: a pesar de que fue el miedo a la vida quien le llevó a la universidad, y no ha alcanzado una gloria de gran profesor, la reflexión moral que suele concluir los poemas de Margarit reserva un alto honor para este docente universitario que ha convertido su trabajo en augusta normalidad, y es que «un oficio que se hace disfrazado / es porque oculta alguna cosa indigna».
     Estos poemas están comprendidos en la antología, que bajo el título de Las luces de las obras. Arquitecto entre poemas, publicara en 1999 el Colegio Oficial de Arquitectos de Andalucía Occidental, en Cádiz, y la mayoría de los cuales habían aparecido en cinco de sus, hasta entonces, últimos volúmenes en edición bilingüe: Luz de lluvia (1987), Edad roja (1995), Cien poemas (1997), Aguafuertes (1998) y Estación de Francia (1999). Además de registrar el proceso de formación personal y académica, en tanto que arquitecto, los versos de Margarit se han abierto al registro de cualquier aspecto de su trabajo, como indica en el prólogo de dicha antología: «He ejercido este oficio en toda su amplitud, desde la docencia y la investigación al proyecto y dirección de grandes y pequeñas obras, pasando por todo tipo de refuerzos, restauraciones y Le Corbusier, "Unidad de Habitación" (Marsella, 1947-1952)rehabilitaciones. Mi goce va ligado sobre todo a la construcción: cuando algún proyecto tiene que quedarse en esto —mero proyecto— pasa a ser para mí poco más que un cromo, unos dibujos sin interés alguno». Vemos, pues, que la aplicación de las planificaciones arquitectónicas a la realización concreta y física es importante para Margarit, y hasta cierto punto la poesía también comparte un mismo planteamiento, por cuanto muchos de sus poemas ofrecen el momento de ejercicio de este oficio de arquitecto.
     En alguna ocasión este autor ha declarado que la supervisión de reformas o de reconstrucciones le ha permitido acceder al interior de los edificios y ha tenido contacto directo con las diferentes formas de existencia y con las miserias humanas que se esconden en la intimidad de cuatro paredes. Estas experiencias han quedado reflejadas en poemas tales como ‘Recordar el Besòs (1980)’, ‘Arquitectura’ o ‘Canción de los lunes’. Así pues, las anécdotas principales de las que parten muchas de sus piezas líricas no serían verosímiles si no fuera un personaje protagonista o narrador que se inmiscuye en la privacidad de pisos sórdidos y en la particular dinámica de los barrios de extrarradio. El hiperrealismo de raigambre naturalista que se ocupa de vidas miserables y de ámbitos depauperados (y que le aproxima a la lírica de Carver, por ejemplo) logra máxima efectividad por el hecho de partir de una situación completamente creíble. Si Joan Margarit no fuera arquitecto, y su trabajo no le llevara a estos escenarios decadentes de la sociedad urbana y postindustrial, al personaje poético de Margarit le hubiera estado vedado investigar un ámbito de la realidad que desde una rama de la poesía de la experiencia no había sido analizado con tanta atención —debido a la extracción social y la realidad cultural de la mayoría de personajes literarios que los poetas catalanes y españoles se han creado a lo largo de las últimas dos décadas del siglo XX. El paisaje de muchos de sus versos se levanta entre «casas despintadas» de «estuco sin cemento» en un «barrio cansado» de una «ciudad del olvido» (telón de fondo de ‘Poema en negro’), porque «la ciudad / invadió el pueblo», y todo quedó transformado, como refiere en ‘Pequeña escuela en un suburbio’:

 

«Suburbiales semáforos y tristes
bloques de pisos de color de rata
han ido reflejándose treinta años
en los cristales.»

 

     Según la opinión que recogió Margarit en su prólogo de 1999, «En este siglo que termina, la ciudad ha marcado tanto a la poesía como a la arquitectura. Por una parte, toda la poesía moderna tiene un sello marcadamente urbano. Por otra, no se concibe la arquitectura de este siglo sin su visión urbanística».
     En ‘Las luces de las obras’ —poema que da título a la antología— confiesa el yo poético que ha escrito la mayoría de sus poemas en bares, mientras llevaba a cabo algún proyecto arquitectónico, y nos ofrece una visión del poeta que siempre trabaja en algún verso, y al que sorprende la inspiración dispuesto a acogerla. Quién sabe si en algún momento Margarit ha imaginado que se encontraba con Charles Baudelaire en un mismo café, y ha pensado lo mismo que él, y ha escrito un poema parecido ante los ojos de los pobres, y quizá ha celebrado con el padre de Las flores del mal lo fácil que es entenderse, puesto que no siempre es tan incomunicable el pensamiento entre gente que se aprecia. A menudo Margarit contempla la realidad desde el cristal de algún bar, y la concibe como un pequeño drama urbano del cual se halla separado sólo por la luna de algún establecimiento: el poeta catalán ha levantado la crónica del fin de la dictadura y del postfranquismo a través de escenas de vida común, iluminadas por Pabellón Mies van der Rohe (Barcelona, 1929) © Jorge Tutoruna luz triste de sueños traicionados y de una vida en constante construcción y derrumbamiento: hallamos el muchacho que escucha Bach, el vendedor de enciclopedias cansado, el trabajador del turno de noche que duerme de día, la gente ante el televisor o que pasa las tardes en el bar.
     La sordidez de la vida circundante, contrariamente a lo que podría parecer, no traspasa a sus versos, porque el nivel descriptivo, crítico o sorpresivo que nos ofrece de la realidad queda sustituido instantáneamente en todo poema por una figuración simbólica, que siempre va acompañada de alguna consideración moral que trasciende la anécdota particular y nos implica en tanto que habitantes de un mundo hipermoderno. Las más de las veces es el campo semántico del urbanismo y de la arquitectura el que proporciona a Margarit la correlación metafórica para otorgar más relevancia a sus observaciones: el vendedor de enciclopedias compara las estatuas griegas con su cuerpo cansado en ‘Primum vivere’; «Gente y muros conviven y se agrietan», escribe en ‘Arquitectura’; «son igual que el amor estas afueras», concluye en ‘Paisaje cerca del aeropuerto’; los hombres cansados acaban «Desplomados en pisos / feos, viendo la tele» en ‘Canción de los lunes’; igual que las personas, «También los monumentos suelen estar vacíos, / con las entrañas llenas de óxido y de muerte» (‘Monumentos’); y la descripción de un ático se convierte en el resumen simbólico de un período de la relación de una pareja, como podemos ver en los poemas ‘Ella me dice’, ‘Historia en un ático’ o ‘Perdidos en un cuento’.
     La écfrasis artística también halla un hueco entre los versos de Margarit, que a menudo describen obras arquitectónicas conocidas por el público en general. Éste es el caso del barco que cruza el Ensanche de Barcelona en forma de ‘Sombra de la Sagrada Familia’; la caracterización del estilo propio y la presentación del pabellón Mies van der Rohe de Montjuïc, en ‘Pabellón’; o el aspecto exterior e interior de la estatua que marca el final de las Ramblas, en ‘Colón’, al tener que estudiar su rehabilitación. Al apostar por un estilo realista y una poesía de situaciones y personajes urbanos, Margarit ofrece precisas e interesantes descripciones del mundo arquitectónico que le rodea, en los suburbios de las afueras, en ‘Paisaje cerca del aeropuerto’, o en la detallada presentación imaginaria de ‘Tantas ciudades a donde habíamos de ir’. Hasta el punto de convertir el poema en elemento arquitectónico, a través de una larga reflexión en forma de ‘Poema para un friso’, o transformándolo en epigrama escrito en una ‘Estela para una obra’, que caracteriza la forma del edificio que lo contiene. Además, cabe no olvidar los comentarios que hallaremos a lo largo Joan Margarit en una visita de obras a La Sagrada Familiade su poesía referidos al estilo, a la obra o a la vida de diferentes arquitectos o profesores que le servirán de cifra de alguna actitud humana, tal y como se observa en la ‘Elegía para el arquitecto Coderch de Sentmenat’ o en ‘Asplund proyecta un cementerio’.
     Sin embargo, hay una función añadida en la utilización lírica de la arquitectura, dado que la ciudad, los edificios y las casas se convierten en dispositivos catalizadores del recuerdo. Aprovechando la investigación sobre la memoria involuntaria que proporcionó para el novecientos Marcel Proust en su obra En busca del tiempo perdido, Margarit investiga y reflexiona en sus poemas a propósito la materia del recuerdo y la capacidad que tienen las obras arquitectónicas —por su carácter durable y permanente, pero también por su naturaleza contenedora de vida humana—, de convertirse en vínculos hacia aquel mundo anterior del yo que ya no existe, a pesar de llamarse de la misma manera. Es la Girona que recuerda en ‘Las luces de las obras’, y especialmente los rincones de dos ciudades que se convierten en referencias típicas de la poética margaritiana: la gris Barcelona franquista y el París idealizado. Mientras que en la ciudad contemporánea a la acción del poema, a fines del siglo XX, aparece un yo poético maduro que contempla la vida a través de la ventana de un bar, la Barcelona de los años 50 y 60 es vista desde el Café de la Ópera —en plena Rambla— o a través de los ojos de un muchacho «desde detrás de un velador de mármol», como se observa en ‘Colón’ o en ‘1960’: «He dejado en la Rambla el homenaje / del velador de mármol en el ventanal / entre los plátanos». Si bien Barcelona fue la ciudad de la acumulación de experiencias amorosas, la ciudad que permite el recuerdo nostálgico por el amor perdido es París, a donde se regresa realmente o imaginariamente para rescatar aquellos dos amantes que se quisieron y que ahora son sólo fantasmas, fenómenos platónicos, escombros del monumento del cariño, como se percibe en ‘Nuestras sombras’, ‘Cuadros de una exposición’ o ‘Navidad en París’.
     El yo poético solitario de Joan Margarit se pasea en la ciudad cambiante y postmoderna, en medio de sus aspectos más brillantes y más desagradables o lúgubres, y concreta la figura del flâneur baudelairiano que, a pesar de todo, no busca las muchedumbres para adquirir el anonimato y convertirse en pintor de la vida moderna: se pierde por los barrios depauperados, pasea por un monte solitario como Montjuïc o desciende hasta el puerto —como si fuera un nuevo y eliotiano J. Alfred Pruffrock— para reencontrarse con sus recuerdos, las sombras de sus muertos, o reconciliarse con la vida (y que apreciaremos en ‘Nunca estuve aquí’). Pero su mirada no deja de ser la de un arquitecto que ha imaginado edificios y lugares habitables (como hiciera Baudelaire en su ‘Sueño parisino’), y ha descubierto que todas sus edificaciones Monumento a Colón (Barcelona)están condenadas a desaparecer y a perderse, y por ello empezará a reflexionar sobre lo efímero de la vida —especialmente en sus libros de poesía que publicará en el siglo XXI—, ya que «En poesía o en arquitectura, / pensar en lo que fui me asquea y cansa» (‘Soneto arcaico’). Quizá la mejor manera de resumir el estilo particular de este poeta arquitecto, y de mostrar cómo ambas representaciones artísticas logran cobijo en su expresión poética, sea citar dos de los más brillantes versos que ha dado la poesía peninsular en los últimos años, y que resume a la perfección la forma de vida de este final de milenio: «Triste quien no ha perdido / por amor una casa».

 

 

     Jordi Julià. Sant Celoni (Barcelona), 1972. Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la UAB, donde ejerce la docencia. En el ámbito del ensayo y la investigación literaria ha publicado, entre otros, Al marge dels versos (1999), La crítica de Gabriel Ferrater (2004) y L’art imaginatiu (en prensa). Entre sus poemarios destacan Els grills que no he matat (1998), Murs de contenció (2004), Sota la llum de Mart (2006), Els déus de fang (en prensa) y Principi de plaer (en prensa).