CON JOAN MARGARIT EN PITTSBURGH


Luis Muñoz

 


     Encontré a Joan en el gran vestíbulo del hotel de Pittsburgh donde nos alojábamos. Un vestíbulo de madera color miel con confortables sillones de cuero negro. Nos habían invitado a dar una lectura de poemas conjunta en una sesión del gigantesco programa del congreso anual de la Modern Language Association y cuando le vi estaba, como le vi muchas veces en ese viaje y como le he visto en muchas otras ocasiones en distintos lugares, tomando notas en un cuaderno. Aplicado y apacible como si descifrara una música interior pero a la vez con la premura de quien no quiere olvidar algo.
Joan Margarit con Luis Muñoz en Pittsburgh, 2004 © Hilario Barrero     A menudo, cuando leo sus magníficos poemas, que suelen enfrentar la grandeza y la miseria del ser humano con energía y con delicadeza, y que son capaces siempre de mover los resortes más íntimos, pienso en Joan como anotador de su cuaderno de campo, atrapando ideas, imágenes, ritmos, versos indelebles, tratando de darle estructura verbal a sus emociones en cualquier lugar donde éstas se presenten y me pregunto si realmente el poema que leo nació así, en una de esas pausas solitarias justo antes de haber quedado con alguien.
     Aquella tarde dimos un paseo por el centro de Pittsburgh y disfruté de sus primeras impresiones de una ciudad norteamericana. Era su primer viaje a Estados Unidos y yo, que había ido en varias ocasiones, no tenía ya la mirada intacta, hipersensible de quien empieza a recibir las sensaciones de un lugar nuevo. No paré de preguntarle qué le parecía tal o cual edificio, tal o cuál olor, las miradas o la ropa de la gente. Y Joan me hizo apreciar, por ejemplo, el trazado impecable de los edificios del centro financiero y la nobleza en el modo de envejecer de los materiales. Ante un hermoso puente de hierro me advirtió:

     —¿Ves cómo se nota que está dibujado y pensado a lápiz? En ordenador la imaginación hubiera dado un dibujo distinto.

     En ese primer paseo, sin embargo, la ciudad le decepcionó un poco por carente de vida y los días siguientes decidimos aventurarnos por diferentes zonas que fueron haciéndose cada vez más interesantes. Paseamos por los viejos almacenes a la orilla de los ríos Ohio y Allegheny, entramos en cafés, en tiendas de ropa, en librerías, en mercados donde el espectáculo de frutas, verduras y pescados era precioso, y una mañana de cielo encapotado subimos en el funicular Duquesne Incline hasta una de las colinas de la ciudad donde nos refugiamos de la lluvia en una modesta biblioteca pública de atmósfera confortable y rancia.

     —Aquí vendría yo cada mañana a leer a los clásicos ingleses si viviera en Pittsburgh— me dijo.

     Hacíamos una pareja extraña, de la que dan fe las fotografías que nuestro amigo Hilario Barrero, con quien coincidimos allí, nos hizo. Joan con la elegancia informal de un artista-arquitecto y yo con pantalones vaqueros y camisetas que no me he vuelto a poner y que no sé por qué creía entonces que me sentaban bien.
Pittsburgh desde el funicular Duquesne Incline     Conversamos mucho aquellos días, intercambiamos confidencias, de esas que sólo aparecen en momentos de “rara comunión” y el buen humor de Joan y su disposición a la risa consiguió que nuestra lectura de poemas en el congreso de la MLA, en la que nos miraban los pocos asistentes con ojos inexpresivos, no resultara tan desalentadora.
     En el avión que nos llevó de regreso a Madrid me dio a leer la introducción y algunas de las versiones de los poemas de Elizabeth Bishop en las que trabajaba esos días y me maravillé por la biografía, no tanto de la poeta sino de sus poemas, a los que Joan les otorgaba en la introducción el lugar de verdaderos acontecimientos vitales, y por la fluidez y la contundencia de sus versiones en castellano.
     No sé si antes de aquel viaje mi admiración y mi amistad por Joan eran como lo fueron después, pero desde aquellos días siento que se abrocharon para siempre y que desde entonces van unidas.

 

 

     Luis Muñoz. Granada, 1966. Licenciado en Filología Española y Filología Románica. Ha publicado los libros de poemas Septiembre (1991), Manzanas amarillas (1995), El apetito (1998), Correspondencias (2001) y Querido silencio (2006), además del volumen de completas Limpiar pescado. Poesía reunida 1991-2005 (2005). En 1994 preparó el libro colectivo El lugar de la poesía y ha traducido, entre otros, a Giuseppe Ungaretti.