CON JOAN MARGARIT
EN PITTSBURGH
Luis Muñoz
Encontré a Joan en el gran vestíbulo
del hotel de Pittsburgh donde nos alojábamos. Un vestíbulo
de madera color miel con confortables sillones de cuero negro. Nos habían
invitado a dar una lectura de poemas conjunta en una sesión del
gigantesco programa del congreso anual de la Modern Language Association
y cuando le vi estaba, como le vi muchas veces en ese viaje y como le
he visto en muchas otras ocasiones en distintos lugares, tomando notas
en un cuaderno. Aplicado y apacible como si descifrara una música
interior pero a la vez con la premura de quien no quiere olvidar algo.
A
menudo, cuando leo sus magníficos poemas, que suelen enfrentar
la grandeza y la miseria del ser humano con energía y con delicadeza,
y que son capaces siempre de mover los resortes más íntimos,
pienso en Joan como anotador de su cuaderno de campo, atrapando ideas,
imágenes, ritmos, versos indelebles, tratando de darle estructura
verbal a sus emociones en cualquier lugar donde éstas se presenten
y me pregunto si realmente el poema que leo nació así, en
una de esas pausas solitarias justo antes de haber quedado con alguien.
Aquella tarde dimos un paseo por el centro
de Pittsburgh y disfruté de sus primeras impresiones de una ciudad
norteamericana. Era su primer viaje a Estados Unidos y yo, que había
ido en varias ocasiones, no tenía ya la mirada intacta, hipersensible
de quien empieza a recibir las sensaciones de un lugar nuevo. No paré
de preguntarle qué le parecía tal o cual edificio, tal o
cuál olor, las miradas o la ropa de la gente. Y Joan me hizo apreciar,
por ejemplo, el trazado impecable de los edificios del centro financiero
y la nobleza en el modo de envejecer de los materiales. Ante un hermoso
puente de hierro me advirtió:
—¿Ves
cómo se nota que está dibujado y pensado a lápiz?
En ordenador la imaginación hubiera dado un dibujo distinto.
En
ese primer paseo, sin embargo, la ciudad le decepcionó un poco
por carente de vida y los días siguientes decidimos aventurarnos
por diferentes zonas que fueron haciéndose cada vez más
interesantes. Paseamos por los viejos almacenes a la orilla de los ríos
Ohio y Allegheny, entramos en cafés, en tiendas de ropa, en librerías,
en mercados donde el espectáculo de frutas, verduras y pescados
era precioso, y una mañana de cielo encapotado subimos en el funicular
Duquesne Incline hasta una de las colinas de la ciudad donde nos refugiamos
de la lluvia en una modesta biblioteca pública de atmósfera
confortable y rancia.
—Aquí
vendría yo cada mañana a leer a los clásicos ingleses
si viviera en Pittsburgh— me dijo.
Hacíamos
una pareja extraña, de la que dan fe las fotografías que
nuestro amigo Hilario Barrero, con quien coincidimos allí, nos
hizo. Joan con la elegancia informal de un artista-arquitecto y yo con
pantalones vaqueros y camisetas que no me he vuelto a poner y que no sé
por qué creía entonces que me sentaban bien.
Conversamos
mucho aquellos días, intercambiamos confidencias, de esas que sólo
aparecen en momentos de “rara comunión” y el buen humor
de Joan y su disposición a la risa consiguió que nuestra
lectura de poemas en el congreso de la MLA, en la que nos miraban los
pocos asistentes con ojos inexpresivos, no resultara tan desalentadora.
En el avión que nos llevó
de regreso a Madrid me dio a leer la introducción y algunas de
las versiones de los poemas de Elizabeth Bishop en las que trabajaba esos
días y me maravillé por la biografía, no tanto de
la poeta sino de sus poemas, a los que Joan les otorgaba en la introducción
el lugar de verdaderos acontecimientos vitales, y por la fluidez y la
contundencia de sus versiones en castellano.
No sé si antes de aquel viaje mi
admiración y mi amistad por Joan eran como lo fueron después,
pero desde aquellos días siento que se abrocharon para siempre
y que desde entonces van unidas.
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Luis
Muñoz. Granada, 1966. Licenciado en Filología
Española y Filología Románica. Ha publicado
los libros de poemas Septiembre (1991), Manzanas amarillas
(1995), El apetito (1998), Correspondencias (2001)
y Querido silencio (2006), además del volumen de
completas Limpiar pescado. Poesía reunida 1991-2005
(2005). En 1994 preparó el libro colectivo El lugar de
la poesía y ha traducido, entre otros, a Giuseppe Ungaretti.
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