LA PRIMERA LLUVIA
DEL OTRO LADO DE LA VIDA
José Luis
López Bretones
El
clásico afirmaba que aunque las palabras volasen, lo escrito permanecía.
Sin embargo, en nuestros días es difícil escapar a la sensación
de que todo lo que se construye con palabras resulta demasiado precario.
Precarias son las herramientas y frágil el artefacto que con ellas
se fabrica.
Qué decir entonces de la poesía.
Un libro de poemas posee el aspecto de una casa inestable levantada con
arcilla de palabras. Una quebradiza construcción en donde a veces
el poeta pretende guarecerse de esa otra inclemencia con la que también
está edificada su morada: el tiempo. Llum de pluja (Luz
de lluvia) pudiera ser uno de estos libros.
Mientras se habla, mientras se escribe —mientras
se vive— el tiempo se va, y en esa huida va quedando atrás
todo aquello que una vez supuso un motivo de esperanza, de seguridad o
de contento. Pero incluso de esa ley que parece inexorable es posible
extraer una enseñanza, acaso la fundamental de nuestra existencia:
la serena aceptación de que ésa es la trama de nuestra condición
humana; y que, no obstante, la vida es digna de ser recorrida a través
de los dispersos caminos que ella misma nos va mostrando a nuestro alrededor:
«Escucha, pues, sin vanas esperanzas, / cómo es breve y magnífico
existir…». Ello a pesar de las incertidumbres del futuro y
de la conciencia de que el tiempo venidero acarreará a buen seguro
la pérdida de otra porción de cosas. A pesar también
de que al otro lado del trayecto lo más cierto que hallaremos será
la soledad: «cae una hoja, como una señal / firme y discreta
del paso del tiempo. / Con las lluvias vendrá más soledad».
El hombre es efímero, como lo es
su memoria, y el futuro es algo «que nunca tuvo nadie», dice
el poeta. Pero no hay desesperación en esto, ni íntimo menoscabo.
Hay entereza, lucidez y asentimiento. Y también nostalgia, es cierto.
Y la lluvia, los patios húmedos, la noche, la hora antes del alba,
convocan con frecuencia los recuerdos y nos hacen reparar en lo que tuvimos
y ya no poseemos. O nos hacen caer en la cuenta de esto en lo que nos
hemos convertido. Nos despiertan a nuestra radical irrealidad, a nuestra
leve consistencia, luz de lluvia.
Todo parece irreparable, y nuestra identidad
viene determinada en gran medida por nuestros recuerdos: «yo soy
quien recuerda, yo, el alma», escribió San Agustín
en el libro X de sus Confesiones. Y añadía el obispo
de Hipona, en un párrafo que parece glosar una de las claves de
este libro de Joan Margarit: «Yo estoy haciendo aquí un esfuerzo.
Es un esfuerzo para penetrar en mí mismo. No estoy explorando ahora
las regiones del cielo. No estoy midiendo las distancias entre los astros.
No estoy buscando
los cimientos de la tierra (…) ¿Qué hay más
cerca de mí que yo mismo? Y no obstante no comprendo la fuerza
de mi memoria, a pesar de que sin ella no podría expresar lo que
soy». ¿Somos, en efecto, lo que recordamos? ¿Nuestra
materia es la memoria, la nuestra, nuestra memoria personal? ¿O
es ella acaso la certificación de nuestra insubsistencia?
Joan Margarit nos murmura que «hace
frío en el pasado», del cual no nos quedan sino restos. Y
tal vez nuestra tarea —otra de las lecciones de este libro—
no sea sino la de reconstruirse en el día a día con los
frágiles materiales que la vida y la memoria nos van dejando transitoriamente
entre las manos. Nuestra naturaleza es temporal, y toda estabilidad, toda
inmutabilidad nos es ajena, por más que numerosos sean los símbolos
y las representaciones con las que el ser humano trata de encontrar un
asidero a su esencial temporalidad, a su condición efímera.
Pavese, Borges, Rilke, Cavafis, Unamuno, poetas que sintieron agudamente
cómo resbalaba el tiempo sobre nuestros cuerpos, acompañan
a Joan Margarit por las páginas de este libro. También podrían
haberlo hecho Wordsworth o Shelley: ambos, en una corta diferencia de
años, escribieron sendos sonetos de idéntico título,
‘Mutability’. El poeta lakista escribió: «From
low to high doth dissolution climb, / and sink from high to low, along
a scale / of awful notes, whose concord shall not fail»; y el autor
de Adonais lo dijo así: «Be it joy or sorrow, /
the path of its departure still is free: / Man´s yesterday may ne’er
be like his morrow; / Nought may endure but Mutability». Nada perdura,
excepto el cambio.
Pero al lado de nuestra naturaleza temporal
está la noche inmutable, «la misma de las noches de Asiria,
sembrada de estrellas», y la inmutable naturaleza extensa, con la
que el ser humano se compara y aprende finitud, aprende soledad. Y sabe
que la muerte deambula «por muelles, murallas y edificios»,
y que «nos busca a todos». La muerte que no afecta sin embargo
a una naturaleza que en Luz de lluvia es frecuentemente mediterránea,
salpicada de viñas, hiedras, cepas, olivares, laurel: una naturaleza
que desvela «la luz mítica» que Van Gogh halló
en la Provenza, o la playa helena donde Rupert Brook yace confundido
con las conchas y las caracolas. Una naturaleza convertida en el único
ámbito donde es posible atisbar trascendencia y eternidad, que
nos dota de leyenda.
Por más que a veces la memoria evoque
esa inmutabilidad, hemos de aprender que «el tiempo vence al recuerdo».
Heidegger, al que se cita en uno de los poemas de la primera edición
de este libro, hablaba del hombre como de un «ser para la muerte».
Cierro Luz de lluvia y acudo, por no sé qué afinidad
de la memoria, a Séneca: «Séannos propicios o adversos
los dioses, es necesario morir, en tal o cual paraje, más pronto
o más tarde. Aunque esta tierra permanezca firme, aunque nada pierda
de sus límites, aunque ningún cataclismo la trastorne, no
dejará de estar sobre mí algún día (…)
El tiempo de la infancia desapareció; hemos pasado también
el de la adolescencia y de la juventud; todo el tiempo que ha transcurrido
hasta el día de ayer está perdido para nosotros, y este
mismo día en que nos encontramos está dividido entre la
vida y la muerte (…) Mientras nos detenemos, transcurre el tiempo.
Todas las cosas nos son ajenas, solamente es nuestro el tiempo».
Cae la lluvia y nuestra mano la acepta.
Nos asomamos a una ventana, o salimos a un patio, y nos dejamos empapar
por ella; su misma luz humedecida nos procura calma. Es la primera lluvia
que cae al otro lado de nuestra vida.
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José
Luis López Bretones. Almería, 1966. Licenciado
en Filología Hispánica. Actualmente es Director del
Centro de Arte Museo de Almería. Ha publicado los libros
de poesía Una eterna olvidanza (1992), Ensayo
ante un paisaje (1996), El lugar de un extraño
(1999), La extrañeza (2001) y Ayer & mañana
(2004). Es coeditor de Descripción de África y
de las cosas notables que en ella se encuentran (1999) de León
el Africano, España y sus Ejidos (2003) de Juan
Goytisolo, del volumen de estudios Villaespesa y las poéticas
del modernismo (2004) y de ¡Houellebecq! (2005)
de Fernando Arrabal. Ha sido el editor literario de Libros de
Madrid (2001) de Juan Ramón Jiménez. |
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