DOMINIQUE
A, EL ARTISTA QUE SURGIÓ DEL FRÍO
Dolores Torrano Vicente
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Hay
voces en la música popular, y en concreto, en la chanson
francesa, que gozan de una presencia: se posan sobre nosotros como
una mano, o nos rozan ásperamente, como un aliento a alcohol
y a tabaco —el cinismo de un Gainsbourg, tolerable acaso como
pose artística—. Irremediablemente, estas voces nunca
servirán de música de fondo: cuando suenan no se puede
hacer otra cosa que prestar oído atento. De ahí, quizá,
su escaso o relativo éxito comercial, al menos en lo que
al público no francófono se refiere.
En este artículo trataré
de presentar a quien sería para mí el nuevo adalid
de la actual canción francesa, Dominique A, a través
de su discografía publicada hasta el día de hoy, bajo
una óptica, confieso, parcial e interesada. |
1. La Fossette. Si
je connais Harry.
Escuché por primera vez a Dominique
A durante un interminable invierno transcurrido en una pequeña
ciudad belga, muy cerca de la frontera francesa, Tournai, que será
para siempre ‘La ville silencieuse’, cantada a duo, junto
con Françoiz Breut, en el álbum Si je connais Harry
(1993). En mi recuerdo, este disco, por momentos jovial (‘Otto box’,
‘Retour au calme’) o depresivo (‘Pour qui je me prends’),
se mezcla con la lectura de la novela de Charles Rodenbach, Bruges-la-Morte,
cuya particular atmósfera impregna, aún hoy, todos los rincones
de Bélgica: ciudades fronterizas, de calles vacías y brumosas,
donde se alzan ordenadamente esas bonitas casas de ladrillo de estilo
holandés. Y por supuesto, también Bruselas, el corazón
carcomido de la vieja Europa, y la ciudad de residencia escogida por Dominique
Ané.
La temática de la grisalla y el frío
nórdicos, que empujan al encierro y con tanta frecuencia a la depresión,
están presentes en la mayoría de sus canciones iniciales,
sobre todo en sus dos primeros discos, La Fossette (1992) y Si
je connais Harry, si bien son unas constantes de toda su discografía,
en los escenarios urbanos evocados en Remué, así
como en las alusiones al pasado en L’horizon, o incluso
en una de sus mejores (y más deprimentes) canciones, escrita y
compuesta para el fantástico disco de debut de Françoiz
Breut: ‘Le Nord’ (‘El Norte’), cuya letra merece
la pena transcribir aquí, en esta tentativa de traducción:
«Había
renunciado al Norte, el Norte, que durante un tiempo me había hecho
creer que se esforzaba por retenerme allí, pero que ya no podía
mentirme. Había trabajado en el Norte, sin perspectivas de futuro;
me imaginaba de nuevo teniendo que marcharme a otra parte, y me costaba
tanto verme huir de esta manera una vez más. En ese momento, habría
necesitado que me prometiera cualquier cosa, pendientes un poco más
desafiantes, días menos pasajeros, esas cartas que el Norte hasta
entonces me había estado escondiendo. Había renunciado al
Norte, quién sabe si algún día volveré, quién
sabe si alguna vez haré el esfuerzo de regresar. Como si lamentarlo
fuera suficiente. Sin otro horizonte, que el oculto por olas de piedra,
en esos lugares construidos para el invierno, donde incluso el invierno
está lleno de consignas. A la hora de retenerme allí, el
Norte nunca supo mentir».
‘Le Nord’, con la historia y
las experiencias que sugiere, me habría encantado oírla
en boca del propio Dominique A. En la versión de Françoiz
Breut, con esa manera suya de cantar, átona, severa, un poco insulsa,
resulta, al menos, verosímil. Pero me parece impresionante lo bien
que funcionan juntas las voces de ambos, y hasta qué punto, la
voz de Dominique A puede sonar casi como con un timbre femenino o de voces
blancas. Y sin que venga especialmente al caso, me pregunto yo aquí
por qué la mayoría de las mujeres de la canción francesa
canta siempre, independientemente del registro que utilice, como una “Lolita”
o “femme-más-o-menos-fatale”. (Excepciones que yo conozca:
Edith Piaf, Françoise Hardy y la tremenda Brigitte Fontaine.)
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…El
Norte y sus consignas. «La verdadera vida está en el
Alcampo», proclaman hoy los anuncios publicitarios, parafraseando
a uno de sus iconos culturales, Arthur Rimbaud. Lo que prueba que
literatura y metafísica no están reñidas con
el marketing comercial.
«Février
s’isolait / hésitait à rester / parfois même
il songeait / mettre à terme à ses jours…»,
«Février, je t’emporte/ au printemps, en été,
/ dans le ciel décoloré, / qu’un coup de vent/
vient chasser…»
(«En febrero, se aislaba
/ dudaba entre quedarse o marchar / a veces pensaba incluso en quitarse
la vida», «Febrero, te llevo dentro de mí, en
primavera, en verano, ante el cielo cubierto de nubes que el viento
dispersa»)
(‘Février’,
Si je connais Harry) |
2. La mémoire neuve: esto
va en serio.
Pero sin duda, el disco más conocido
(y menos sombrío, dicho sea de paso), y el que seguramente le dio
a conocer al público español, al gran “pequeño
público” incondicional que le sigue en todas estas etapas
de su vida artística, es La mémoire neuve (1995),
título de una canción con ecos de Jacques Brel y Léo
Ferré. ‘Je ne respire plus’ (‘Ya no respiro’)
abre el disco y una nueva época: un disco donde ya no se mencionan
ni el frío ni la tormenta, si bien se permite la entrada a la melancolía;
un disco con los “instrumentos estándar” de la música
“indie” de la época, dejados de lado los arreglos caseros
de la mesa de mezclas y los pianos eléctricos con que empezó
a componer; lleno de acordes de guitarra, la gran protagonista de esta
nueva etapa, y de percusión rítmica, como en ‘Il ne
faut pas souhaiter la mort des autres’ («No hay que desearle
la muerte a los demás», «porque les hace vivir más
tiempo», añade…). Hay un prodigioso dueto
con Françoiz Breut en ‘Le 22 Bar’, una especie de duelo
sentimental a la Pimpinela, pero con buen gusto y sustancia, que además
tuvo cierto gancho comercial. Para mí lo más curioso de
este disco fue aunar letras enjundiosas con música pegadiza, llena
de arreglos. Y todo ello dentro de la estricta tradición musical
francesa, con la sombra de Gainsbourg, el gran escritor de letras para
canciones, el último gran representante musical de esa vasta y
añeja corriente del arte francés lógico-cartesiano,
gravitando para toda la eternidad sobre el panorama de la chanson.
‘Le Faussaire’, como una primera
declaración de intenciones: «Je fais un bien triste métier:
je suis un faussaire», nos muestra al cantautor como falsificador,
como la persona capaz de crear lazos de amor entre los demás: una
especie de benefactor, desgraciado, porque aunque cree en lo que hace,
de nada le sirve a él mismo. «Consejos vendo y para mí
no tengo», en resumen:
«Grise figure celle du faussaire:
c’est qu’il fait jamais il ne le sait, et seul sa conscience
est soulagée».
(«Triste figura la del falsificador:
cuanto hace jamás conoce ni aprovecha, únicamente su conciencia
está a salvo»)
Este tema, la toma de conciencia de una
vocación que se convierte y se ejerce como profesión, reaparecerá
en ‘Ma vieille tête’ (Remué), ‘Les
poètes sont mes amis’ (Auguri) y, de modo irónico,
en ‘La pleureuse’ (L’horizon).
3.
Remué, punto y aparte.
Remué es, para mí,
otro gran disco de Dominique A. «Una cosa torturada», como
afirman algunos. Ruidoso, lúgubre, hermético y traspasado
de nuevo por esas frías e insidiosas corrientes nórdicas
(‘Exit’). Minimalista, añaden los expertos.
Con fragmentos deliberadamente monótonos o estridentes, que contrastan
con delicadas composiciones “clásicas”, (‘Je
suis une ville’, ‘Avant l’enfer’, ‘Le détour’).
Un disco publicado en 1999, que no llegó a mis manos hasta el 2001,
lleno de temas nuevos, insólitos. Crítica social (‘Comment
certains vivent’, que es el nombre también del blog que inició
poco después), emigración (‘Douanes’), desamor
(en todas las canciones), la incipiente decadencia física (‘Je
suis une ville’, ‘Ma vieille tête’), la noche
(en todos los sentidos, ‘Retrouvailles’, ‘Surestimé’);
se intuye, incluso, un conflicto edípico (‘Pères’,
‘Encore’, ‘Avant l’Enfer’). Parece grabado
en el interior de una gran lata de conserva, o de una fábrica vacía,
con ese sonido tan especial, como amortiguado: recordemos ‘Tu vas
voir ailleurs’, una de las composiciones más enigmáticas
del disco, o la canción que lo cierra, ‘Le morceau caché’,
tan fantasmagórica, casi como una carcajada infernal, antes del
súbito silencio.
| 4.
Le détour, o el camino más corto.
Durante el intervalo entre la publicación
de Remué y Auguri, el disco siguiente,
aparece a finales de 2002 una interesante recopilación, un
disco triple, que recoge una selección de canciones de todos
los discos publicados anteriormente, junto con temas inéditos
o versiones en directo: Le Détour. Para quienes
no lo hicieran antes y deseen iniciarse en la música de Dominique
A, éste es un punto de partida muy recomendable. Por otra
parte, hay que añadir que los anteriores son más bien
difíciles de encontrar en las tiendas de música. Este
álbum recoge además algunas composiciones —no
todas—, fruto de sus frecuentes colaboraciones con otros artistas
franceses como Yann Tiersen, Miossec o Vincent Delerm. Bajo este
aspecto, merece citarse ‘Bagatelle’ (L’Absente),
compuesta por Yann Tiersen, así como ‘Motus’,
otro dúo presente en el primer álbum de Françoiz
Breut.
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5.
Auguri. Tout sera comme avant. Andando nuevos
caminos.
En Auguri, al lado de las
canciones anodinas que vamos a clasificar aquí bajo el epígrafe
de “infidelidades y camas deshechas” (‘Où
conduit l’escalier’ y ‘Pour la peau’), junto
a otras de “tema confuso” (‘Antonia’, ‘Évacuez’,
‘Nous reviendrons’, ‘En secret’), aparecen
por fin canciones de amor correspondido, realizado; eso sí,
en versiones de otros compositores, como ‘Je t’ai toujours
aimée’ y ‘Les Enfants du Pirée’;
con las excepciones de ‘Ses yeux brûlent’ y ‘Le
commerce de l’eau’. A mí no me convencen estas
letras. Es el disco con el que menos empatías establezco.
En cualquier caso, ‘Burano’ y ‘Les terres brunes’
(ésta, tal vez demasiado clásica), son canciones que
no me canso de escuchar.
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A
este disco le sucedió Tout sera comme avant (2004).
En su conjunto, es un álbum muy profusamente orquestado:
piano, cuerdas, oboe, combinados con los instrumentos y arreglos
característicos; si no recuerdo mal, en una entrevista para
la Rock de Lux aparecida en mayo de 2005, el propio Dominique
A, además de ofrecer una interesante selección de
los representantes de la historia de la chanson, comenta
que en este disco está completamente bajo la influencia de
L’imprudence de Alain Bashung, un músico totalmente
desconocido de momento para quien escribe. Poco más puedo
añadir con respecto a este disco, que nunca me ha atraído
especialmente. No obstante, hay en él algunas canciones que
merece la pena recordar: ‘Elle parle à des gens qui
ne sont pas là’, ‘Revenir au monde’ y ‘Où
sont les lions’. |
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6. L’horizon. Meta y nuevo punto
de partida.
En marzo de 2006 apareció por
fin otro gran disco, L’horizon. Dispersos entre las
canciones, alusiones al pasado («el ayer desvanecido»
de ‘Quartier lointain’, ‘Rue de Marais’),
destellos de una energía vital (‘L’horizon’,
‘Dans un camion’), remansos de melancolía («Tous
les chants sont d’oubli / o une sont que foutaises»:
«Todas las canciones son de olvido o no son más que
bagatelas», en ‘La rélève’); e incertidumbre
(‘Rouvrir’, ‘L’amour viendra par l’ouest’,
‘Adieu, Alma’). La mayoría de ellas, a guitarra
y con acompañamiento clásico: piano, saxos, clarinetes,
mandolinas, incluso un coro, en la línea de ese nuevo camino
abierto en Tout sera comme avant.
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Hablando siempre de forma subjetiva, me
parece que este último álbum contiene varias de las mejores
canciones de este artista, de nuevo escritas y compuestas por él
mismo casi en su totalidad. Estoy pensando, por ejemplo, en la canción
que da título y abre con tanta fuerza el álbum, así
como ‘Par l’ouest’, ‘La pleureuse’ (‘La
llorona’, respuesta irónica a una crítica que lo tacha
de patético) o ‘Rue des Marais’, en la que muy lentamente
va desgranando en presente los recuerdos de la infancia y juventud. Otra
vez, fundidos espacio y tiempo, el pasado está para siempre sujeto
a un lugar, a una ciudad del norte, que vuelve incesantemente:
«…
J’aurai bientôt onze ans
Je songe à m’habituer
Au sang du betterave
Au jus de rose mêlé
Je saurai m’habituer ;
Je ne saurai jamais
Et j’irai dispersé
Loin de Rue des Marais…»
«Une ville
à deux versants
Haute et basse, m’obsède
Tout m’y est arrivé
Et depuis je décline
Sur tous les tons la tristesse
Qu’elle m’a refourguée». |
(«…Pronto
cumpliré once años,
procuro acostumbrarme
al jugo de la remolacha
mezclado al zumo de rosas,
algún día me acostumbraré;
no me acostumbraré jamás
y marcharé, diseminado,
lejos de la Rue des Marais».
«Una ciudad
de dos vertientes,
alta y baja, me obsesiona:
allí me sucedió todo
y desde entonces, recito
en todos los tonos la tristeza
con que me colmó».) |
Una
frase recurrente, incrustada en el texto de la canción: «Plus
tard, j’écrirai tout / quand je saurai viser» («Más
tarde lo escribiré todo, una vez que haya aprendido a hacerle frente»).
En
fin, todos los indicios parecen mostrar que Dominique A, a quien
desgraciadamente aún no he podido ver en un directo, y que
por tanto, es para mí una voz con presencia casi invisible,
va a continuar ofreciéndonos, porque sí, porque es
lo mejor que sabe hacer, esas canciones llenas de horizontes que
apuntan directamente al corazón y a la memoria. Espero que
me sea posible ir a verlo, aunque sea una sola vez, a una sala de
conciertos pequeña, al margen de lo que suponen los grandes
festivales del formato Benicassim —en los que, por otra parte,
también ha demostrado saber defenderse—, para escuchar
en toda su amplitud, en la intimidad, esa voz tan emocionante que
por momentos no es posible escuchar sin sobrecogerse, que crea el
silencio en torno y que, mucho me temo, nunca servirá de
música de fondo, incluso si logra hacerse un hueco en los
circuitos comerciales. |
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