DOMINIQUE A, EL ARTISTA QUE SURGIÓ DEL FRÍO


Dolores Torrano Vicente

 

 

Dominique A, el artista que surgió del frío
     Hay voces en la música popular, y en concreto, en la chanson francesa, que gozan de una presencia: se posan sobre nosotros como una mano, o nos rozan ásperamente, como un aliento a alcohol y a tabaco —el cinismo de un Gainsbourg, tolerable acaso como pose artística—. Irremediablemente, estas voces nunca servirán de música de fondo: cuando suenan no se puede hacer otra cosa que prestar oído atento. De ahí, quizá, su escaso o relativo éxito comercial, al menos en lo que al público no francófono se refiere.
     En este artículo trataré de presentar a quien sería para mí el nuevo adalid de la actual canción francesa, Dominique A, a través de su discografía publicada hasta el día de hoy, bajo una óptica, confieso, parcial e interesada.

 


     1. La Fossette. Si je connais Harry.


     Escuché por primera vez a Dominique A durante un interminable invierno transcurrido en una pequeña ciudad belga, muy cerca de la frontera francesa, Tournai, que será para siempre ‘La ville silencieuse’, cantada a duo, junto con Françoiz Breut, en el álbum Si je connais Harry (1993). En mi recuerdo, este disco, por momentos jovial (‘Otto box’, ‘Retour au calme’) o depresivo (‘Pour qui je me "La Fossette": depresión norteñaprends’), se mezcla con la lectura de la novela de Charles Rodenbach, Bruges-la-Morte, cuya particular atmósfera impregna, aún hoy, todos los rincones de Bélgica: ciudades fronterizas, de calles vacías y brumosas, donde se alzan ordenadamente esas bonitas casas de ladrillo de estilo holandés. Y por supuesto, también Bruselas, el corazón carcomido de la vieja Europa, y la ciudad de residencia escogida por Dominique Ané.
     La temática de la grisalla y el frío nórdicos, que empujan al encierro y con tanta frecuencia a la depresión, están presentes en la mayoría de sus canciones iniciales, sobre todo en sus dos primeros discos, La Fossette (1992) y Si je connais Harry, si bien son unas constantes de toda su discografía, en los escenarios urbanos evocados en Remué, así como en las alusiones al pasado en L’horizon, o incluso en una de sus mejores (y más deprimentes) canciones, escrita y compuesta para el fantástico disco de debut de Françoiz Breut: ‘Le Nord’ (‘El Norte’), cuya letra merece la pena transcribir aquí, en esta tentativa de traducción:

     «Había renunciado al Norte, el Norte, que durante un tiempo me había hecho creer que se esforzaba por retenerme allí, pero que ya no podía mentirme. Había trabajado en el Norte, sin perspectivas de futuro; me imaginaba de nuevo teniendo que marcharme a otra parte, y me costaba tanto verme huir de esta manera una vez más. En ese momento, habría necesitado que me prometiera cualquier cosa, pendientes un poco más desafiantes, días menos pasajeros, esas cartas que el Norte hasta entonces me había estado escondiendo. Había renunciado al Norte, quién sabe si algún día volveré, quién sabe si alguna vez haré el esfuerzo de regresar. Como si lamentarlo fuera suficiente. Sin otro horizonte, que el oculto por olas de piedra, en esos lugares construidos para el invierno, donde incluso el invierno está lleno de consignas. A la hora de retenerme allí, el Norte nunca supo mentir».

     ‘Le Nord’, con la historia y las experiencias que sugiere, me habría encantado oírla en boca del propio Dominique A. En la versión de Françoiz Breut, con esa manera suya de cantar, átona, severa, un poco insulsa, resulta, al menos, verosímil. Pero me parece impresionante lo bien que funcionan juntas las voces de ambos, y hasta qué punto, la voz de Dominique A puede sonar casi como con un timbre femenino o de voces blancas. Y sin que venga especialmente al caso, me pregunto yo aquí por qué la mayoría de las mujeres de la canción francesa canta siempre, independientemente del registro que utilice, como una “Lolita” o “femme-más-o-menos-fatale”. (Excepciones que yo conozca: Edith Piaf, Françoise Hardy y la tremenda Brigitte Fontaine.)

 

"Si je connais Harry": el norte y sus consignas

 …El Norte y sus consignas. «La verdadera vida está en el Alcampo», proclaman hoy los anuncios publicitarios, parafraseando a uno de sus iconos culturales, Arthur Rimbaud. Lo que prueba que literatura y metafísica no están reñidas con el marketing comercial.

     «Février s’isolait / hésitait à rester / parfois même il songeait / mettre à terme à ses jours…», «Février, je t’emporte/ au printemps, en été, / dans le ciel décoloré, / qu’un coup de vent/ vient chasser…»
     («En febrero, se aislaba / dudaba entre quedarse o marchar / a veces pensaba incluso en quitarse la vida», «Febrero, te llevo dentro de mí, en primavera, en verano, ante el cielo cubierto de nubes que el viento dispersa»)

(‘Février’, Si je connais Harry)

 


     2. La mémoire neuve: esto va en serio.


     Pero sin duda, el disco más conocido (y menos sombrío, dicho sea de paso), y el que seguramente le dio a conocer al público español, al gran “pequeño público” incondicional que le sigue en todas estas etapas de su vida artística, es La mémoire neuve (1995), título de una canción con ecos de Jacques Brel y "La mémoire neuve": esto va en serioLéo Ferré. ‘Je ne respire plus’ (‘Ya no respiro’) abre el disco y una nueva época: un disco donde ya no se mencionan ni el frío ni la tormenta, si bien se permite la entrada a la melancolía; un disco con los “instrumentos estándar” de la música “indie” de la época, dejados de lado los arreglos caseros de la mesa de mezclas y los pianos eléctricos con que empezó a componer; lleno de acordes de guitarra, la gran protagonista de esta nueva etapa, y de percusión rítmica, como en ‘Il ne faut pas souhaiter la mort des autres’ («No hay que desearle la muerte a los demás», «porque les hace vivir más tiempo», añade…). Hay un prodigioso dueto con Françoiz Breut en ‘Le 22 Bar’, una especie de duelo sentimental a la Pimpinela, pero con buen gusto y sustancia, que además tuvo cierto gancho comercial. Para mí lo más curioso de este disco fue aunar letras enjundiosas con música pegadiza, llena de arreglos. Y todo ello dentro de la estricta tradición musical francesa, con la sombra de Gainsbourg, el gran escritor de letras para canciones, el último gran representante musical de esa vasta y añeja corriente del arte francés lógico-cartesiano, gravitando para toda la eternidad sobre el panorama de la chanson.
     ‘Le Faussaire’, como una primera declaración de intenciones: «Je fais un bien triste métier: je suis un faussaire», nos muestra al cantautor como falsificador, como la persona capaz de crear lazos de amor entre los demás: una especie de benefactor, desgraciado, porque aunque cree en lo que hace, de nada le sirve a él mismo. «Consejos vendo y para mí no tengo», en resumen:

     «Grise figure celle du faussaire: c’est qu’il fait jamais il ne le sait, et seul sa conscience est soulagée».
     («Triste figura la del falsificador: cuanto hace jamás conoce ni aprovecha, únicamente su conciencia está a salvo»)

     Este tema, la toma de conciencia de una vocación que se convierte y se ejerce como profesión, reaparecerá en ‘Ma vieille tête’ (Remué), ‘Les poètes sont mes amis’ (Auguri) y, de modo irónico, en ‘La pleureuse’ (L’horizon).

 


"Remué": punto y aparte     

     3. Remué, punto y aparte.


     Remué es, para mí, otro gran disco de Dominique A. «Una cosa torturada», como afirman algunos. Ruidoso, lúgubre, hermético y traspasado de nuevo por esas frías e insidiosas corrientes nórdicas (‘Exit’). Minimalista, añaden los expertos. Con fragmentos deliberadamente monótonos o estridentes, que contrastan con delicadas composiciones “clásicas”, (‘Je suis une ville’, ‘Avant l’enfer’, ‘Le détour’). Un disco publicado en 1999, que no llegó a mis manos hasta el 2001, lleno de temas nuevos, insólitos. Crítica social (‘Comment certains vivent’, que es el nombre también del blog que inició poco después), emigración (‘Douanes’), desamor (en todas las canciones), la incipiente decadencia física (‘Je suis une ville’, ‘Ma vieille tête’), la noche (en todos los sentidos, ‘Retrouvailles’, ‘Surestimé’); se intuye, incluso, un conflicto edípico (‘Pères’, ‘Encore’, ‘Avant l’Enfer’). Parece grabado en el interior de una gran lata de conserva, o de una fábrica vacía, con ese sonido tan especial, como amortiguado: recordemos ‘Tu vas voir ailleurs’, una de las composiciones más enigmáticas del disco, o la canción que lo cierra, ‘Le morceau caché’, tan fantasmagórica, casi como una carcajada infernal, antes del súbito silencio.

 


    4. Le détour, o el camino más corto.


     Durante el intervalo entre la publicación de Remué y Auguri, el disco siguiente, aparece a finales de 2002 una interesante recopilación, un disco triple, que recoge una selección de canciones de todos los discos publicados anteriormente, junto con temas inéditos o versiones en directo: Le Détour. Para quienes no lo hicieran antes y deseen iniciarse en la música de Dominique A, éste es un punto de partida muy recomendable. Por otra parte, hay que añadir que los anteriores son más bien difíciles de encontrar en las tiendas de música. Este álbum recoge además algunas composiciones —no todas—, fruto de sus frecuentes colaboraciones con otros artistas franceses como Yann Tiersen, Miossec o Vincent Delerm. Bajo este aspecto, merece citarse ‘Bagatelle’ (L’Absente), compuesta por Yann Tiersen, así como ‘Motus’, otro dúo presente en el primer álbum de Françoiz Breut.

 

"Le détour": el camino más corto

 

 

 

"Auguri": andando nuevos caminos

 

     5. Auguri. Tout sera comme avant. Andando nuevos caminos.


     En Auguri, al lado de las canciones anodinas que vamos a clasificar aquí bajo el epígrafe de “infidelidades y camas deshechas” (‘Où conduit l’escalier’ y ‘Pour la peau’), junto a otras de “tema confuso” (‘Antonia’, ‘Évacuez’, ‘Nous reviendrons’, ‘En secret’), aparecen por fin canciones de amor correspondido, realizado; eso sí, en versiones de otros compositores, como ‘Je t’ai toujours aimée’ y ‘Les Enfants du Pirée’; con las excepciones de ‘Ses yeux brûlent’ y ‘Le commerce de l’eau’. A mí no me convencen estas letras. Es el disco con el que menos empatías establezco. En cualquier caso, ‘Burano’ y ‘Les terres brunes’ (ésta, tal vez demasiado clásica), son canciones que no me canso de escuchar.



      A este disco le sucedió Tout sera comme avant (2004). En su conjunto, es un álbum muy profusamente orquestado: piano, cuerdas, oboe, combinados con los instrumentos y arreglos característicos; si no recuerdo mal, en una entrevista para la Rock de Lux aparecida en mayo de 2005, el propio Dominique A, además de ofrecer una interesante selección de los representantes de la historia de la chanson, comenta que en este disco está completamente bajo la influencia de L’imprudence de Alain Bashung, un músico totalmente desconocido de momento para quien escribe. Poco más puedo añadir con respecto a este disco, que nunca me ha atraído especialmente. No obstante, hay en él algunas canciones que merece la pena recordar: ‘Elle parle à des gens qui ne sont pas là’, ‘Revenir au monde’ y ‘Où sont les lions’.
"Tout sera comme avant": orquesta profusa


 

"L'horizon": meta y nuevo punto de partida

     6. L’horizon. Meta y nuevo punto de partida.


     En marzo de 2006 apareció por fin otro gran disco, L’horizon. Dispersos entre las canciones, alusiones al pasado («el ayer desvanecido» de ‘Quartier lointain’, ‘Rue de Marais’), destellos de una energía vital (‘L’horizon’, ‘Dans un camion’), remansos de melancolía («Tous les chants sont d’oubli / o une sont que foutaises»: «Todas las canciones son de olvido o no son más que bagatelas», en ‘La rélève’); e incertidumbre (‘Rouvrir’, ‘L’amour viendra par l’ouest’, ‘Adieu, Alma’). La mayoría de ellas, a guitarra y con acompañamiento clásico: piano, saxos, clarinetes, mandolinas, incluso un coro, en la línea de ese nuevo camino abierto en Tout sera comme avant.

   


     Hablando siempre de forma subjetiva, me parece que este último álbum contiene varias de las mejores canciones de este artista, de nuevo escritas y compuestas por él mismo casi en su totalidad. Estoy pensando, por ejemplo, en la canción que da título y abre con tanta fuerza el álbum, así como ‘Par l’ouest’, ‘La pleureuse’ (‘La llorona’, respuesta irónica a una crítica que lo tacha de patético) o ‘Rue des Marais’, en la que muy lentamente va desgranando en presente los recuerdos de la infancia y juventud. Otra vez, fundidos espacio y tiempo, el pasado está para siempre sujeto a un lugar, a una ciudad del norte, que vuelve incesantemente:

 

 

«… J’aurai bientôt onze ans
Je songe à m’habituer
Au sang du betterave
Au jus de rose mêlé
Je saurai m’habituer ;
Je ne saurai jamais
Et j’irai dispersé
Loin de Rue des Marais…»

«Une ville à deux versants
Haute et basse, m’obsède
Tout m’y est arrivé
Et depuis je décline
Sur tous les tons la tristesse
Qu’elle m’a refourguée».

(«…Pronto cumpliré once años,
procuro acostumbrarme
al jugo de la remolacha
mezclado al zumo de rosas,
algún día me acostumbraré;
no me acostumbraré jamás
y marcharé, diseminado,
lejos de la Rue des Marais».

«Una ciudad de dos vertientes,
alta y baja, me obsesiona:
allí me sucedió todo
y desde entonces, recito
en todos los tonos la tristeza
con que me colmó».)

 


    
 Una frase recurrente, incrustada en el texto de la canción: «Plus tard, j’écrirai tout / quand je saurai viser» («Más tarde lo escribiré todo, una vez que haya aprendido a hacerle frente»).

 


     En fin, todos los indicios parecen mostrar que Dominique A, a quien desgraciadamente aún no he podido ver en un directo, y que por tanto, es para mí una voz con presencia casi invisible, va a continuar ofreciéndonos, porque sí, porque es lo mejor que sabe hacer, esas canciones llenas de horizontes que apuntan directamente al corazón y a la memoria. Espero que me sea posible ir a verlo, aunque sea una sola vez, a una sala de conciertos pequeña, al margen de lo que suponen los grandes festivales del formato Benicassim —en los que, por otra parte, también ha demostrado saber defenderse—, para escuchar en toda su amplitud, en la intimidad, esa voz tan emocionante que por momentos no es posible escuchar sin sobrecogerse, que crea el silencio en torno y que, mucho me temo, nunca servirá de música de fondo, incluso si logra hacerse un hueco en los circuitos comerciales.
Imposible no sobrecogerse © Luige

 

 

 

 

 

 

 

 

CIUDADANO: desde Valencia con amor

 

 

Entrevista: Juan de Dios García

 

Ciudadano: desde Valencia con amor     Ciudadano son cinco músicos valencianos: Caio, Dara (periquita entre ellos) Jorge, Marcos y Xema. Acaban de publicar su tercer disco: Libros de viajes, un paseo eléctrico de atmósferas, imágenes, sentimiento. ¿Una etiqueta? Podríamos decir que es un trabajo de slowcore, pero, ¿por qué no decir que hacen simplemente pop? Hablemos con Jorge para que nos lo aclare.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: «¿Otro disco de slowcore?» Hay quien, en un principio, puede pensar así oyendo a Ciudadano. ¿Qué me tenéis que decir a eso?

     —CIUDADANO: Bueno, para uno mismo hablar de lo que hace es muy difícil, quizá por la falta de perspectiva. He oído que somos un grupo de slowcore, de dreampop, slowpop... No sé, se trata de etiquetas, sólo eso. Yo me siento cómodo pensando que somos un grupo de rock que toca lento.

     —ECP: ¿No os importa que se os tache de grupo intelectual? Lo digo porque últimamente parece estar mal visto. Hay como una tendencia en el pop-rock a querer parecer más bruto, más primitivo, rehuyendo una imagen civilizada.

"Starsky y Hash"     —C: Sí, parece que últimamente se vuelve a esa imagen tan trillada de rock; desenfreno, televisiones que caen desde la ventana de un hotel... Pero para la mayoría es sólo una pose, claro. En realidad eso es muy aburrido, porque para completar ese estereotipo de rockero descarrilado también está el tormento personal, los problemas, el sentirse incomprendido, lanzarse al alcoholismo por la soledad... Ufffff, un coñazo. Me parece que esa gente se toma demasiado en serio. Además, no nos engañemos, si tiras la tele la pagas (...) Supongo que dices eso de que somos un grupo intelectual porque en el disco hay referencias literarias. Muchas veces la inspiración llega al leer un cómic o un libro, o viendo una película. Todo eso a veces son experiencias mucho más gratificantes y reales que las cosas que te pasan en tu vida diaria.

     —ECP: Libros de viajes. Y vamos por el tercero. ¿Habéis querido diferenciarlo de vuestros dos anteriores discos, Starsky & Hash (1997) y 38 minutos en el aire (2002)?

"38 minutos en el aire"     —C: Creo que evidentemente es distinto a los anteriores. No se trataba de algo premeditado, no responde a ninguna estrategia. Libros de viajes es el disco que nos apetecía hacer ahora y han pasado ya cuatro años desde el último y casi diez desde el primero; creo que es normal que suene diferente. Estamos en otro momento y no sólo nosotros, también lo que nos rodea ha cambiado. No se ven las cosas igual con diecinueve años que con veintinueve (afortunadamente).

     —ECP: ¿Qué implica vuestro fichaje en la discográfica Astro Discos? ¿Anima, impone, os compromete?

     —C: Nunca hemos tenido el apoyo de ningún sello que nos respaldase y eso ha sido siempre para nosotros un poco desesperanzador, por ese motivo hemos tardado tanto en editar nuestros discos y a veces hemos estado casi más preocupados en buscar sello, ver cómo se iban a distribuir nuestros discos, qué iba a pasar con la promoción, etc, que en hacer canciones (...) Es necesario despreocuparse un poco, que esa parte del trabajo la haga otro, aunque evidentemente tú hayas de estar un poco pendiente (...) El fichaje con Astro llega en un momento dulce; creo que hemos hecho el mejor disco de los tres y además el sello confía en nosotros. Roberto (responsable del sello) es una persona con la que es fácil entenderse y accesible (...) Lo cierto es que estamos muy animados.

"Libros de viaje"     —ECP: Yo La Tengo, Migala, Mercromina, Schwarz… ¿Qué os dicen estos nombres? ¿Los reconocéis como bandas de referencia?

     —C: Sí, son bandas que nos gustan mucho. Sinceramente, a Schwarz los hemos oído bastante menos que al resto, pero hay una gran relación con ellos, especialmente con César Verdú, con el que grabamos el disco y trabajamos muy a gusto. Migala nos gustaba, pero nos interesa mucho más lo que Abel hace ahora como El Hijo. Hay también una muy buena relación de amistad con él, tenemos en mente colaborar de algún modo en el futuro. Abel es una persona muy interesante y además con gran sentido del humor (...) Con Mercromina tenemos una relación muy estrecha, que viene desde hace muchos años. Desde que comenzamos, Joaquín Pascual nos ha apoyado mucho; de hecho, él produjo nuestro segundo disco sin saber ni siquiera si ese disco se editaría o no. Xema ha grabado guitarras, timples y banjo en el primer disco de Travolta, que es el nuevo grupo de Joaquín y Carlos Cuevas después de Mercromina. Además, Joaquín y yo hacemos canciones desde hace algún tiempo; en realidad es algo sin ninguna pretensión más que la excusa para juntarnos de tanto en tanto. Hemos ido grabando canciones y ya veremos qué haremos con ellas (...) Con Yo La Tengo no nos une ninguna relación personal, una pena... Nos limitamos a escuchar sus discos y disfrutarlos. Admiramos no sólo sus grandes canciones, sino su forma de entender la música, cómo han barrido los estereotipos de la clásica banda de rock riéndose de ellos.

     —ECP: ¿Qué habéis aprendido de Julio Bustamante, ese cantante mediterráneo y sin embargo astronauta que no quiere tomar más café con leche con vosotros?

     —C: De Bustamante se pueden aprender muchas cosas, aunque en principio no entiendas nada. Lo conocemos de hace mucho tiempo porque es el padre de un amigo. Cuando éramos críos me gustaba coincidir con él, porque me parecía un tipo fascinante; a veces tocaba sus canciones y me parecían Jorge Ciudadano negándose a perder la inocencia © Iván Navarrogeniales, aunque no sabía si nos tomaba el pelo. Ahora es fácil cruzarte con Bustamante paseando por el casco antiguo de Valencia como un flaneur, como un urbanita enamorado; con suerte puedes tomar un café con él y conversar un rato. Me siento como entonces, fascinado, y sigo preguntándome hasta qué punto no nos toma el pelo a todos. Bustamante te hace sentir como un crío, porque él es una especie de Peter Pan mediterráneo. Es un genio.

     —ECP: ¿Cómics preferidos? Se sabe que vuestro tema ‘Milano’ está inspirado en una historieta de Daniel Clowes.

     —C: Nos gusta mucho Daniel Clowes, 'Milano' se inspira en una de sus historietas “caricatura”. Creo que Daniel Clowes está haciendo cosas muy interesantes dentro del cómic, propone cada vez cosas nuevas; cada obra que publica supone un paso más con respecto a las anteriores. En ocasiones parece que en el cine, la música, la pintura, etc, esté todo dicho; es difícil ver a alguien que esté innovando realmente, en ese sentido Daniel Clowes da una dimensión nueva al cómic, explora lugares en los que nadie había estado antes (...) También nos gustan Adrian Tomine, Graig Thompson, Píldoras azules de Peeters está muy bien, y por supuesto los grandes clásicos como Burns o Crumb.

     —ECP: ¿Y escritores? También se sabe que la canción ‘La guerra con los esquimales’ llega desde un libro de Jean Cocteau y un cuento de J. D. Salinger.

     —C: Bueno, además de Cocteau o Salinger, leo mucho a Faulkner, me parece un escritor increíble, posiblemente el que más me emocione. No creo que descubra nada a nadie diciendo que Faulkner, Carver, Cortázar, Melville, Mansfield, Twain, Dylan Thomas o Baroja son escritores imprescindibles. Son grandes clásicos, pero desde luego creo que son los mejores y los leo una y otra vez. Si tuviera que Ciudadano participan en el disco "Guateque"recomendar algo menos conocido pero muy interesante recomendaría a Yehuda Amijai en poesía o cualquier novela de Piglia, Bolaño o Djuna Barnes, de la que hay muy poco publicado pero es estupenda.

     —ECP: La primera canción de Libros de viajes se titula ‘Malburg’, otra ‘Milano’. Se respira una atmósfera europea en el disco. Ciudadano es, sin duda, una banda de espíritu cosmopolita, elegante. ¿Os gustaría hacer una gira europea o creéis que cantar en español limita esa posibilidad?

     —C: Nos encantaría girar por Europa, claro que sí. Hay muchas cosas que no puede controlar el grupo y esa es una de ellas. No creo que hoy por hoy Ciudadano pudiera girar por Europa con un mínimo de condiciones, sería un suicidio económico. Nuestro disco, sin embargo, sí será editado en los próximos meses en México; imagino que el idioma facilitará un poco las cosas allí. Si la respuesta del público es buena y existe la posibilidad, Astro tiene pensado que podamos girar por allí. Para nosotros sería un placer. Cruzamos los dedos...

     —ECP: La última canción, titulada también ‘Libros de viajes’ termina con dos versos que dan un martillazo al famoso concepto de Heráclito. El filósofo griego decía que las aguas de un mismo río son siempre distintas, que todo se está terminando a cada momento: «nada es, todo fluye». Ciudadano dice que «nada se termina / y nada pasa una sola vez». ¿Matamos al padre, a la madre, a los clásicos y a quien haga falta?

Ciudadano trabajando sus viajes en Estudio 54 (Valencia)     —C: Bueno, esa frase no hay que tomársela como un axioma (...) Un amigo me dijo que uno de mis grandes problemas era ver esperanza donde no la había. Creo que esa frase resume bien eso (...) Mucha gente dice que el disco es triste, yo no estoy de acuerdo con eso, está claro que es un disco lento con tono melancólico, pero también es cierto que hay una esperanza (aunque a veces casi ridícula) en muchas de las canciones (...) Evidentemente, las cosas se acaban y lo patético es seguir pensando que siempre habrá otra oportunidad, no admitir el fracaso y seguir encabezonado en algo. De todos modos, creo que también es bonito pensar así, pensar que siempre habrá una forma de enmendarse, es una visión inocente que no deberíamos perder (...) Creo que esa frase es un buen resumen del disco, esa y otra que dice «en la casa abandonada sigue una luz en la ventana». Son tremendamente idealistas, a veces no sé si las escribí con mucha ironía o realmente pienso así. Supongo que según el día...

 

 

 

 

 

 

 

COPIAR Y PEGAR, SAMPLEO, MUESTREO Y DEMÁS SINÓNIMOS PARA HACER MÚSICA Y VIVIR


Carlos Rodríguez

 


«La música es continua, solamente la escucha es intermitente»

John Cage

 

 

Mathew Herbert: copiar, pegar, samplear...     Acabo de encontrar datos que corroboran una intuición que me perseguía desde hace tiempo. Pensaba que era producto de crisis sociales, de la alimentación o de la cultura, clima o demás, pero según la doctora Diana Deutsh nuestro lugar de nacimiento determina nuestra forma de percibir la música (relacionada con el habla, el lenguaje materno y las distintas frecuencias a las que estamos acostumbrados). Todo esto viene a colación porque el primer concierto que realizó Matthew Herbert —como él mismo y no como miembro de una orquesta, con las que colaboraba desde edades muy tempranas— fue en Glasgow, una ciudad de apenas unos cientos de miles de habitantes, pero con un panorama musical magnífico en las últimas dos décadas. Matthew Herbert estuvo deleitando a su público con sampleos de bolsas de patatas. En los últimos once años, en sus distintas variantes —Herbert, Radioboy, productor, director de una big band; él prefiere ser considerado un miembro más— ha crecido musicalmente, llegando a su clímax cuando redacta su manifiesto para hacer música.
     Para la mayoría del público Matthew Herbert no necesita presentación, pero para los que no lo conozcan o sean de esos coleccionistas de datos, de comparativas, de anécdotas y demás “prensa rosa musical”, que se tercia mucho por estas latitudes, ha sido calificado el Brian Eno del siglo XXI y como Radiohead en una sola persona. No pretendo enumerar y hacer un “copiar y pegar” (más tarde volveré sobre el tema), como se puede observar en la mayoría de artículos que sobre él pueden leerse; me parecería una falta de respeto al señor Herbert.
     Llamado por algunos aduladores ‘genio’, siendo realmente un virtuoso del sampler con una sensibilidad vamos a decir especial para ser británico —o no tan especial, a veces me recuerda a Ken Loach— se ha convertido en el mayor exponente musical de lo que se ha denominado electro-orgánica (en sus composiciones muestrea sonidos de la realidad que deben de estar relacionados con el objeto del "Scale"tema de la composición), pero lo que él realiza no es nada nuevo, porque el primer sonido que se sampleó fue el ladrido de un perro. La clave de su éxito ha sido llegar hasta la máxima perfección, conseguida hasta la fecha, del uso del instrumento.
     Hay que mencionar que MH es un gran observador, porque eso es lo que hace, observar y tomar muestras que luego él modifica a su gusto. Eso es lo que hacemos con todo: samplearlo. Todo lo tomamos de fuera, lo filtramos y tratamos de evitar el fenómeno conocido como aliasing, pero no estamos capacitados para registrar los fenómenos al doble de la frecuencia a la que se nos presenta, y lo muestreado nunca volverá a ser lo mismo.
     MH (y me quedo con esta parte del personaje) es espectáculo, sus actuaciones son divertidas, hace que se disfruté con él. Prefiero su lado más hedonista (“epicúreo” parece que tiene una justificación más filosófica, como dicen algunos amigos) y no el otro, activista antiglobalización. No digo con esto que esté de acuerdo con el capitalismo desbocado que propugna el pensamiento único (hay que recordar que Margaret Thatcher y Ronald Reagan fueron sus máximos defensores) o con la guerra en Irak, pero no debemos caer en simplificar las cosas y criticarlas sin dar opciones y caer en demagogias simplistas. La conciencia global lleva siempre retraso respecto a todo y estamos ante un mundo distinto, con interacciones distintas, aunque la mayoría de la población siga pensando como hace algunos años.

 

     «Me decepciona la falta de conexión de los músicos con la realidad. Si saltáramos al año 2050 y viéramos la lista de éxitos actual, sería imposible adivinar que el mundo está en guerra ahora mismo». (Fact, verano de 2003)

 

     Que yo recuerde no ha habido ni un solo día de paz mundial y global desde la existencia de ser humano y de sus ancestros más cercanos.
     No quiero decir con esto que debemos obviar los problemas, pero lo que tampoco debemos es caer en una depresión colectiva. Un equilibrio entre el compromiso de mejora social, económica, y los anhelos de perseverar en nosotros mismos sería más adecuado.
¿Nos creemos la filosofía de las raves?      No creo que en esas raves que comenta el señor Herbert (de comunicaciones a otro nivel), en determinados momentos (con abuso de anestésicos disociativos y de otras sustancias) alguien se preocupe de lo que pasa en África Central, por ejemplo. Esto es una prueba más de las contradicciones más importantes de su discurso.
     Parafraseando a Marx, lo que es verdad de una clase no es necesariamente verdad de un individuo, y a la inversa, lo que es verdad de un individuo no lo es necesariamente de la clase a la que pertenece ese individuo. Y esto último se puede aplicar a MH.
     Aunque MH intente “humanizar” y reivindicar las raves y la música electrónica —habría que definir qué se entiende por música electrónica— como parte del movimiento más subversivo actual, y que son la base de posteriores modificaciones sociales, me parece que es una percepción muy personal y limitada de la realidad.
     Me comprometo con cualquier cosa que me parezca más o menos sensata, lo que sucede es que el compromiso no se mantiene constante en el tiempo. A mí, al menos me pasa esto; me pregunto cuánto le durará su compromiso a MH. Todo tiene una fecha de caducidad. Debemos evitar ser unos polluelos papilleros esperando que la madre nos alimente regurgitando el contenido que ella previamente ha digerido en su estómago. La mayoría del público espera ese alimento (que no es divino) con ansias y con los párpados todavía unidos por sus partes más mucosas. A ciegas podemos ser alimentados por unos y por otros. Lo único que queremos es ese alimento para sobrevivir, y eso es que lo que hace Matthew Herbert, alimentar a una legión de polluelos que muchos de ellos no saben qué comen. Esta exageración de la transmisión de información por parte de MH a su público es igual de simplista que muchos de sus postulados y una falta de respeto a muchos de sus seguidores, pero al encuestar a algunos de sus fans te das cuenta de que un porcentaje amplio se queda en la superficie y desconoce el sentido real de términos como “pensamiento único”, quedándose únicamente en el sentido etimológico de las palabras y desconociendo que se refiere exclusivamente a postulados económicos capitalitas y de mercado, dejando todo a merced de la Mano Invisible.
"Goodbye swingtime"     La verdad no existe (esto está claro) o al menos no podemos alcanzarla por medio de nuestros medios limitados; estamos más preocupados en sobrevivir. Pero lo que no está tan claro es que la realidad tampoco existe, nuestros receptores transmiten unas modificaciones del medio que nosotros “pensamos” como realidad. No quiero entrar con esta última afirmación en un debate sobre la falsedad o certeza del solipsismo, debido a que creo que los receptores no son propensos a los errores; más bien son nuestras limitadas capacidades de análisis de la información que llegan por éstos y nuestra capacidad de samplear la realidad para luego estructurarla consiguiendo esas imágenes mentales.
     Digo estas palabras porque creo que no se debería aseverar nada con firmeza, como hace MH. A la pregunta de por qué Scale, su último trabajo, era más pop y disco pero no era alegre, él respondía que cómo iba a ser alegre estando Cheney como vicepresidente en el gobierno de los Estados Unidos. Me gustaría saber qué pensará ahora que las elecciones al congreso y al senado las han ganado los demócratas.
     Debería aprender, tanto él como nosotros, que la alegría o la pena es un sentimiento siempre igual (en un individuo) y los objetos que la producen son cosas muy diferentes con alta variabilidad dependiendo del individuo, de la sociedad y de la cultura a la que pertenezca.
     La realidad de MH estará tan idealizada en conceptualizaciones de modelos abstractos creados por él (su country x, país virtual e imaginario de libre acceso y no regulado, sus magníficas raves, etc) que siempre encontraremos en él insatisfacciones producidas por el desequilibrio de ser un ciudadano británico. Tiene realmente un problema, de difícil solución: modificar la realidad según su deseo, o dejar de desear ese cambio de realidad (que podría llegar con la muerte).
     Espero que no trate de humanizar ese estado virtual, porque cuando empiece llegarán los problemas: enfermedades, disputas por el territorio —por lo que creemos que es justo para nosotros pero que no lo es para los demás que nos rodean— y demás conflictos que nos encontraremos en una sociedad humanizada y depredadora como es la creada por esta especie.
Herbert buscando atajos para su conciencia     MH es de esos británicos que se considera opresor (por su condición de ser británico), y en el fondo es un pequeño burgués (lo somos casi todos los que pertenecemos al primer mundo), no se preocupa por las pequeñas historias cotidianas, las microhistorias de gente que sufre, malvive, pasa frío y hambre en el mismo corazón de Londres y en todo este primer mundo, y los que sufren por otros motivos. Él busca atajos para sentirse bien en sus raves criticando a las grandes compañías y a la guerra de Irak (no sé porque se le llamó guerra, sería mejor invasión). A priori parece que su discurso es el políticamente correcto en determinados círculos, olvidando a esos que por diversos motivos (sociales, psicológicos, etc) no consideran que estemos en una sociedad postfreudiana de autoanálisis (él afirmaba eso en una entrevista).
     Todo esto me ha recordado una anécdota que me contó un amigo que vivía en Londres en las navidades del cambio de siglo. Tenía trabajos de mala calidad, acordes a su nivel del idioma. Un día, viernes, tenía que hacer un papeleo en el banco para conseguir una cuenta, terminó temprano y fue, como era su costumbre, a visitar distintos museos de la ciudad. Era un día especialmente frío, porque había estado nevando la última semana. No era habitual tanto frío en esa época del año, le comentaban los pocos con los que hablaba. Cuando se paró en una estación de metro se encontró casualmente una travel card de seis zonas. Apenas tenía dinero y pensó en venderla, práctica muy habitual, por otra parte, en esa ciudad. Pero cuando llegó a la puerta principal de la National Portrait Gallery (la que da a Trafalgar Square), se encontró, en la escalinata, a un pobre hombre pidiendo una limosna y con glaciares de moco que salían de sus fosas nasales; no podía moverse por el frío y no estaba fingiendo, era imposible crear artificialmente ese rostro de sufrimiento, ocasionado por el dolor físico, reflejo de lo mal que lo estaba pasando. Solamente tenía ese trozo de cartón con una banda magnética que le permitía viajar por todo el transporte urbano de la ciudad. Pues… Cuestión de prioridades, al pobre hombre sí le podía solucionar algún problema; a mi amigo le proporcionaría unas cuantas pintas, un poco de tabaco y alguna conversación.
"Plat du jour"      ¡Eran distintas realidades! Ese ciudadano británico no se preocupaba de las raves, del hedonismo electrónico, del uso de carburantes de origen fósil, pero compartía la mayor parte del material genético con los otros ciudadanos y aunque él no se daba cuenta quería sobrevivir.
     Me pregunto si tendrían cabida estos ciudadanos en ese país utópico y escapista que promulga el señor Herbert. Nunca me gustaron las utopías, creo que en su evolución se convierten en distopías o posiblemente sean lo mismo desde el principio.
     Como dije al principio, retomo el tema del copiar y pegar. Según MH, el muestreo en literatura no sería correcto y en música tendríamos que tener cuidado, porque nos podríamos convertir en consumidores más que en creadores.
     Lo que yo creo realmente es que todo es un copiar y pegar. Hay gente que tiene más estilo y más capacidad y otra que es mucho más vulgar. Pero todo se copia del Gran Libro, ese volumen en el que está todo el saber y todas las palabras. Algunas todavía las desconocemos —qué gran idea, Letizia Álvarez Toledo— y en música hay una gran obra que se dilata en la eternidad del tiempo, que son unos años en el cómputo global; la sumatoria de todos los sonidos producidos por todo el mundo serían inapreciables en la gran sinfonía.