El comandante
de la nueva canción francesa,
según Dominique A
Dolores Torrano
Vicente
Crónica
de un concierto
En
la madrugada del sábado 25 de noviembre de 2006, a unos cincuenta
kilómetros al noroeste de París, en los camerinos del auditorio
de la Facultad Politécnica de Cergy, tras lo que había de
ser mi primer concierto en directo de Dominique A, pude por fin conocerle
y hablar con él en persona. No sé qué desconocida
potencia intercedió por mí para que todo aquello aconteciera.
Porque fue como si se me hubiese concedido un deseo recién expresado
en la conclusión del artículo que acababa de escribir sobre
este músico para El Coloquio de los Perros.
Había llegado a
las inmediaciones de Cergy después de un sinfín de problemas
e imprevistos debidos a una avería en la línea de cercanías.
Dadas las circunstancias, había incluso que olvidarse de volver
esa noche a París y buscarse un techo para dormir; en cualquier
caso, lo más apremiante era llegar al concierto. Esa emoción
in crescendo que se experimenta cuando se siente que se va a
encontrar por fin, y pese a todos los obstáculos, a un viejo amigo,
a un amigo muy estimado, aunque él nada sabe, me acompañó
durante todo el trayecto.
Entre el gentío
airado y confuso de la penúltima estación antes de Cergy-Préfecture,
aparecieron dos personajes inesperados, Kada y Sébastien, sarcásticos
más preocupados por llegar al mismo sitio que yo. Iban provistos,
además, de los horarios del Noctambus de regreso a París,
junto con una cámara fotográfica profesional y un ipod con
la discografía de Dominique A, aparte de entrevistas y otros materiales
sin editar. Mis dos fans de la guarda, en resumen. Realizamos
juntos el último trecho de aquella odisea suburbana, tres horas
después de haberme subido en la estación de Saint-Lazare,
conversando sobre un montón de cosas acerca de la música
de Dominique A.
El concierto, tras el caos
ferroviario, y pese a tener lugar en un gran auditorio de sillones azules,
con atmósfera de acuario, fue una delicia. Por lo que respecta
al público, unas trescientas personas, me pareció extremadamente
discreto y variado: en su mayoría, gente a partir de los treinta
y tantos; había incluso niños, así como algunos vecinos
de aquella sórdida ciudad dormitorio, que se habrían acercado
como quien asiste a un concierto de fiestas de antiguo barrio, ante la
falta evidente de cualquier otra actividad un sábado por la noche.
Cuando por fin llegamos, el grupo telonero acababa de hacer mutis. Nos
instalamos en la cuarta fila, junto a un matrimonio sexagenario, que se
sonrió de vernos tan agitados. Llegábamos justo a tiempo.
Todos
tuvimos nuestra generosa ración de decibelios. Canciones de Auguri
que escuchaba distraídamente, como ‘Pour la Peau’ o
‘Le Commerce de l’Eau’ sonaban muy bien y sobre todo,
muy potentes en directo. Quizá este álbum estaba concebido
desde y para el escenario, pensé entonces. Con ‘Où
Sont les Lions’ y ‘Bowling’ (Tout Sera Comme Avant)
los músicos también se despacharon a gusto. Por otro lado,
constaté que Dominique es muy interesante entre canción
y canción. Siempre hacía alguna referencia con respecto
a lo que tocaba, un comentario de carácter personal, y con frecuencia
irónico. Por cierto, comentó que estaba aprendiendo español.
Me pareció una persona muy accesible y atenta al público.
Gracias sobre todo a Kada, creo que fuimos el rincón más
efusivo del auditorio. Y los únicos que nos despegamos de la butaca
para ponernos a bailar al final del concierto, cuando tocaron ‘Le
courage des oiseaux’, la fórmula tópica con que suele
acabar Dominique A sus actuaciones. Creo que la canción que más
me impresionó fue ‘L’horizon’. Me encantó
la maravillosa ambientación marítima conseguida con los
metales, trompeta, trombón y clarinete; en directo y en conjunto,
arrebatadora. Después, interpretó solo a la guitarra, comentando
«Esto no creo que os vaya a alegrar», ‘Rue des Marais’.
Y la cosa se prolongó así durante dos horas.
A quien primero nos encontramos
ante la puerta abierta de los camerinos, fue al propio Dominique, repantigado
en una silla, recién duchado y vestido de negro, con una lata de
cerveza negra en la mano y visiblemente agotado, tras el concierto. David,
el pianista bretón que lo acompaña, con el que habíamos
trabado conversación justo después del concierto, nos había
invitado muy amablemente a las loges, para que conociera en persona
a Dominique. Saludamos y nos presentamos; acto seguido, Kada y Sebastián
se soltaron a hablar: los problemas con el tren, de los que estaban al
corriente; la sala de conciertos, nuestra procedencia, el concierto en
la sala Bataclan al que también habían asistido tan sólo
tres días antes, las entrevistas que hicieron a Dominique A años
atrás, en Reims, cuando tocaba junto a Françoiz Breut…
Los músicos parecían encantados. Como mi anzuelo para acercarme
a Dominique A había sido traerme su último disco, me lo
saqué de la manga y se lo tendí para que lo firmara. Él
se sorprendió al descubrir la edición española. La
verdad es que en ese momento me sentí un poco boba ante un grupo
de músicos tan serios, que nos acababan de ofrecer cerveza y comida,
y al parecer tan poco dados a historias de admiradores y fans. Creo que
fue lo único incómodo de aquella visita a los camerinos.
Pero condescendieron y firmaron.
Registré entonces
otro pequeño detalle, el cual me mueve hoy a escribir de nuevo
sobre músicos franceses: a Dominique A se le iluminaron por primera
vez los ojos en el transcurso de la noche, cuando Kada mencionó
el nombre de Alain Bashung. A continuación, en tono cómplice,
Dominique le preguntó qué le había parecido L’Imprudence
(La Imprudencia, 2005). Kada le respondió con un ouais
admirativo seguido de otras expresiones del mismo estilo. Yo asistía
a todo aquello como el profano ante dos iniciados en un rito secreto.
Y pensé que ya era hora de conocer a ese cantante y de escuchar
ese disco en concreto, que parece una referencia fundamental para Dominique
A en los últimos años. Justamente, tan sólo un par
de semanas antes, por mediación de mis amigos belgas, me había
llegado un lote de discos comprimidos
con el álbum en cuestión.
La
Imprevisible, L’Imprudence
«Tu perds ton temps à mariner dans ses yeux»
Descubrí este verso
o, si se quiere, esta frase musical, durante un paseo a mediodía
por la playa, como una piedra pulida que arroja el mar. Mientras escuchaba
por vez primera L’Imprudence, caminando entre los destellos
minerales de la arena alisada por el viento, se confundían armoniosamente
la voz y la música de Alain Bashung con los rumores del mar y las
gaviotas, en torno a un paisaje de dunas.
De aquella primera audición,
hace ya casi un año, guardo la impresión de haber captado,
hechos añicos, una serie de letanías renovadas, fragmentos
en forma de melodías, todo ello en un mismo tempo, casi
siempre andante; textos donde se recogían, al lado de algún
verso límpido, exabruptos, salidas de tono y de tiempo inesperados:
«les délices qu’on ampute pour l’amour d’une
connasse» (las delicias de que nos privamos por el amor de una gilipollas),
valga como botón de muestra.
«Faites monter le mercure, faites monter l’arsenic»
El propio Dominique A se
refiere a Bashung más como un poeta gótico que como músico
en L’Imprudence, a la vez que comenta, deslumbrado, cómo
ningún minuto de este álbum se parece al anterior. Ésta
es seguramente su mejor virtud, lo impredecible, y lo que marca la diferencia.
Bashung es un fiel continuador de Ferré, el inventor del spoken
word en francés, el músico que recita y canta de forma
tan extraordinaria, con el único acompañamiento de un piano,
Une Saison en Enfer, de Arthur Rimbaud, así como tantos
otros poemas de Baudelaire, de Verlaine, de Apollinaire, de Louis Aragon…
Dominique A comenta que
tenía L’Imprudence en mientes a la hora de lanzarse
a componer Tout sera comme avant. Para ello se rodeó de
un grupo de escritores que confeccionaron los textos. Pero, en el caso
de Bashung, ¿dónde clasificar este disco? ¿La vertiente
indie de un antiguo rockero?
Vamos a detenernos un poco en las historias
que nos refiere en L’Imprudence. Aunque más que
de historias, tal vez habría que hablar del personaje o personajes:
un aventurero filósofo, un alquimista, un enamorado doliente, entre
otros, que la voz temperada de Bashung, el principal instrumento, encarna
sucesivamente. La música, por su parte, sirve de marco abstracto
a estas invocaciones.
El arranque majestuoso
del disco, con ‘Tel’, me evoca un paisaje marítimo:
los sonidos de un buque que se hace a la mar, el movimiento incesante
de las olas. Un hombre maduro se habla estoicamente a sí mismo,
citándose modelos de conducta a que aspirar, con que medirse. Todo
esto planteado de forma harto
simplista por mi parte. Pese a la ambientación —y esto es
aplicable al resto del disco—, resulta imposible retrotraerse a
épocas pasadas: ahí están, junto a los flamantes
y legendarios Atila, Perceval, Otelo, Guillermo Tell, Maquiavelo o Casanova,
las citas, que en principio pudieran parecer anacrónicas, al actor
Harvey Keitel y a un director de cine francés, Abel Gance.
‘Faites monter’,
un «himno al amor aurífero», se inicia espectacularmente
con un conjunto de cuerdas y un bandoneón. Aquí el personaje
es un alquimista afanado en su crisol, a la búsqueda del oro más
simbólico y valioso. Para su posterior decantación, suma
uno tras otro, estos ingredientes mágicos:
| Faites monter
|
Elevad |
| Dans
ma cornue
J'y ai versé
Six gouttes de ciguë
Un peu d'espoir
Ça d'épaisseur
Et j'ai touillé
Du fond de ma boutique
Monte un cantique
Un hymne à l'amour aurifère
Ebullition
Réaction
Faites monter l'arsenic
Faites monter le mercure
Faites monter l'aventure
Au-dessus de la ceinture
Et les pépites
Jetez les aux ordures
Dans ma cornue
J'y ai versé
Une pincée d'orgueil
Mal placé
Un peu de gâchis
En souvenir de ton corps
Dans ma cornue
J'y ai coulé
Une poignée d'orages
Dans ma cornue
J'y suis tombé
Quelle autre solution
Que de se dissoudre
|
En mi alquitara,
Vertí
Seis gotas de cicuta,
Un poco de esperanza
Para dar espesor
Y los puse a macerar.
Desde la trastienda
Se eleva un cántico,
Un himno al amor aurífero.
Ebullición,
Reacción.
Aumentad el arsénico,
Aumentad el mercurio,
Elevad la aventura
Por encima de la cintura
Y arrojad
las pepitas.
En mi alquitara
Vertí
una pizca de orgullo,
Fuera de lugar,
unos pocos restos
En recuerdo de tu cuerpo.
En mi alquitara
Dejé caer
un puñado de tormentas.
En mi alquitara
Caí yo mismo
¿Qué otra solución
Sino disolverse?
|
«Je me tue à
te dire qu’on va pas mourir»
Más
complicado sea quizás identificar al personaje, a la voz afligida,
de ‘Je me dore’ o ‘Mes bras’. Ambas composiciones
de temática amorosa, muy delicadas. Dan cuenta de estados anímicos
expresados en forma de rezos o jaculatorias; vagos y metafísicos
a la manera de un cuadro romántico. Dentro de este original grupo
cabe incluir también ‘La Ficelle’ y ‘Noir de
Monde’.
Figura a continuación
‘L’Irréel’, canción enigmática,
nocturna, onírica y por momentos, siniestra; magnífica para
cerrar esta primera parte conformada por siete canciones con resabios
a historias de fantasmas y vampiros: «la serie gótica»,
de la que manan sortilegios, hebras y venenos, episodios de licantropía,
criptas de monasterios y arpilleras.
Las siguientes seis canciones
nos trasladan a través de una espesa niebla hacia otro espacio,
el de la ciencia ficción: ‘Le dimanche à Tchernobyl’
(El domingo en Chernobil) y ‘Dans la foulée’ (En la
marabunta). La primera, de título tan elocuente, intercala versos
al estilo de Guillaume Apollinaire: «J’avale javel, cerveau
vaiselle» («Trago lejía, cerebro vajilla» que,
en mi imaginación, no sé por qué, evocan ese «soleil
gorge coupé» que clausura el poema ‘Il y a’);
en la segunda se narran las feroces proezas de una especie de Némesis
llamada Marie-Jo. Ambas con una orquestación que en ciertos momentos
recuerda claramente al Vangelis de Blade Runner.
Un caso aparte es ‘Jamais
d’autre que toi’, una reescritura y tal vez interesante recreación
(a juicio vuestro…) de un texto que pertenece a uno de los mayores
poetas del amor en francés, Robert Desnos. Su inclusión
en este disco me resulta un tanto caprichosa. Bashung recita estos versos
de manera un tanto efectista.
Quizá la canción
más bonita de este segundo grupo, una canción sobre el amor,
sea ‘Est-ce aimer?’ (¿Es esto, amar?) He dicho canción,
y ésta realmente lo es, en el sentido clásico: se trata
de una canción melódica, animada por una guitarra eléctrica,
diferente del resto en cuanto a sus arreglos. Como en las demás,
Bashung no canta, habla consigo mismo.
En un momento de ‘Faisons
envie’, el disco, la propia voz de Bashung, se cae. Hay que añadir
que voluntariamente. Relata un intento de poner en pie, de dar nuevo aliento
a una relación amorosa, manoseando torpemente, con hastío,
unos sentimientos que el tiempo ha vuelto frágiles. El disco se
cierra con una especie de coda, en una versión soñolienta,
desvaída y dispersa de ‘Tel’ (Cual), bajo otro título:
L’Imprudence.
«Tout est si léger (laissons cela entre guillemets)»
En suma, L’Imprudence me
parece un disco heterogéneo, poliédrico… Bárbaro,
por seguir con los vocablos esdrújulos. Bizarro. Sus canciones
de amor son admirables. No me canso de escucharlo. Por alguna razón
inexplicable, en mi mp3 sólo se habían grabado las siete
primeras canciones de un disco que contiene trece. De modo que, semanas
más tarde, cuando por fin encontré el disco original, empecé
a escuchar con el mayor interés la conclusión,
lo que aún podía dar de sí este interesante disco.
Tal vez, a causa de esa audición organizada en dos fases, las canciones
siguientes me parecieron más bien una addenda. Seguramente las
mejores canciones se encuentren entre las siete primeras, siendo el resto
más irregular. Lo cierto es que L’Imprudence, escuchado
íntegramente, deja la sensación de agotamiento: repito,
más
que acabar, podría decirse que se derrumba antes de la última
canción, que retoma el primer tema, ‘Tel’ (Cual). El
derrumbe se produciría hacia un punto ya señalado de la
penúltima canción, ‘Faisons Envie’.
En el año 2000 Alain
Bashung publicó una antología en forma de álbum doble,
Climax, que recoge sus canciones más conocidas, muchas
de ellas grabadas en directo. Aquí se pueden encontrar títulos
clásicos como: ‘Osez Joséphine’ (su clip es
fantástico) y ‘La nuit, je mens’; junto a otros como
‘Volutes’, ‘Madame Rêve’, ‘Aucun Express’
y ‘Volontaire’ (con Noir Désir). Tanto Climax
como L’Imprudence son un buen atajo para acercarse a este
artista, que por otra parte cuenta con una amplia trayectoria, también
como actor.
Existe igualmente una página
web, (que no es la suya oficial, por cierto) muy completa, donde se recogen
textos, fotos, biografía, pensamiento y todo tipo de material acerca
de Alain Bashung. Es un lujo contar con fans capaces de confeccionar un
sitio tan recomendable, por puro y simple amor al arte: www.bashung.ifrance.com.
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