Acordeimagen
(Notas sobre jazz y poesía)
Rodrigo Araújo
Montero
Dentro
de los recursos que se pueden encontrar en las diferentes disciplinas
estéticas, resaltan algunos que tienen la capacidad, o la ventura
interior, de ser como la plantilla virtual de recursos de otro arte concreto.
Por lo menos es interesante poder seguir llegando a la conclusión
de que, como se ha venido diciendo hace tiempo, entre la pintura y la
música existen vínculos enormes (anteriores a Debussy, incluso)
como la cromaticidad y el color, y la tonalidad misma, por ejemplo.
Entre
el jazz y la palabra poética, por lo menos esa palabra que exige
una plena y nunca cansada modernidad, existen enormes relaciones, de índole
epistémica: el acorde jazzístico (nutrido de una tradición
que arranca con el blues pero también con el músico francés
ya referido, aunque en muchos sentidos el viaje parece comenzar en el
mismo Bach, y quizás luego en el pianismo del siglo XIX anterior
a Wagner) es a la música lo que la imagen poética es al
arte textual, eso que llamamos literatura, y más concretamente
poesía. Si el acorde moderno (llamémosle así, pues
académicamente el jazz tiene que entrar dentro de lo contemporáneo
de ese modo) logra su expresividad a través de la simultaneidad
de grados gramaticales nunca antes puestos en simultaneidad en la historia
de la música (como por ejemplo la convivencia de sextos grados
con novenos y con séptimos mayores, o como algunas formas de inversión
de acorde como aquella que consiste en la simultaneidad sónica
de un grado tercero regente, acompañando grados cuartos o novenos,
con quintos también, por ejemplo, por sólo mencionar grosso
modo dos fenómenos armónicos posibles, dentro de un espectro
casi infinito), el poema moderno o incluso el verso moderno —heredero
forzoso de los barrocos y de las vanguardias del siglo que ya acabó—
logra su máximo lugar cuando, a través de la metáfora,
simultaneiza también su contenido a través de ese pequeño
estatuto alegremente violatorio del principio de no contradicción
que consiste en que una cosa sea, a la vez, y por obra y gracia de la
inventio verbal, otra cosa. Recordando a Jackobson: un vehículo
aparece a tenor de otro elemento, y en eso consiste la metáfora.
La
metáfora —especialmente la metáfora realmente audaz,
realmente plena de intensidad y variedad interna, y por lo tanto de una
significacionalidad entablada— es a la poesía lo que el acorde
moderno es a la música moderna, dentro de la cual se encuentra
el jazz, pues la realidad, a través de la metáfora, queda
convertida en otra cosa de igual manera que desde el acorde jazzístico
la realidad sónica es otra: tiene más color, o más
densidad, o más repercusión equisónica/sinonímica;
es más afectiva, más fría o más caliente,
etc.
No es extraño que se unan en ciertos autores estos dos registros,
como tiende a suceder a veces en algún Cortázar, en el colombiano
Miguel Iriarte, y en los poemas de temática jazzística de
Joan Margarit.
En
ese mismo sentido, quizás, no es extraño que un gran jazzista
(que no es sólo jazzista, sino también un gran intérprete
de música barroca) como el pianista Keith Jarret, sea un excelente
escritor, por lo menos en lo que tiene que ver con el autorrespaldo conceptual,
a veces altamente místico, que da a su actividad, en los magníficos
librillos de sus discos y en otros lugares también.
Creo
sinceramente que una reflexión acerca de estas relaciones, no tan
obvias para algunos y resueltamente vividas por otros, puede ser una especie
de base epistemológica para tomarse más en serio estos vínculos,
que hacen parte de las interesantes estrategias que se crearon en la Modernidad
para fortificar ese camino que va de la obra al espectador/auditor/lector,
y también de todo lo anterior a las motivaciones del autor, y viceversa.
El jazz es en cierta medida una nueva poesía en la música
(desde que la modernidad, a pesar del siempre encomiable Adorno, cuenta
con el enorme privilegio de ser jazzística); y la poesía
es casi siempre una meditación musical de la palabra muy cercana
a la concertación musical en sí misma, salvando, claro,
las evidentes distancias semánticas. La palabra, en Lacan por ejemplo,
es significante que significa, que es significacional; la música,
la nota, el acorde en sí mismo, el organismo armado por acordes,
que a su vez contiene grados y notas, y antes de cualquier texto, es significante
en estado puro.
Tanto
el jazz como la poesía “moderna” necesitan ser explicados
así, desde esa mínima epistemología a partir de lo
que realizan con sus respectivas realidades: el verbo trucado por la imagen
(barroca, lezamiana, cortazariana, surrealista, a lo Octavio Paz o como
quiera que sea...) produce otra significación, así como
el acorde (una de las grandes unidades musicales) “alterado”
por lo jazzístico produce otro nivel de resultados a nivel musical;
sin duda el acorde de jazz, y por extensión el acorde moderno (desde
finales del siglo XIX hasta nuestros días) es equivalente de ese
significante más o menos puro que se rastrea en la mejor poesía.
El jazz es la imagen sonora; la metáfora es la musicalidad plural
del verbo. Tengo acá a la mano el temprano libro de Borges Historia
de la eternidad, y se lee al final de su texto sobre la metáfora:
«Algún día se escribirá la historia de la metáfora
y sabremos la verdad y el error que estas conjeturas encierran».
Sabido es que Borges no era un tipo muy musical que digamos, a pesar de
que escribió cosas que después utilizó Piazzola.
Sin
embargo, creo que esa historia de la metáfora puede reescribirse
pensando también en nuestra música moderna. El jazz, como
codificación siempre plural del arte del acorde, además
de otras cosas, puede brindar algunas respuestas, si se hace el ejercicio
de asumir comparativamente estas dos disciplinas. Lo no figurativo de
la expresión, si se quiere, se encuentra allí: en lo indirecto
o reconfigurado que puede ser un acorde de estos, o en lo indirecto, pero
no por ello menos contundente, de un buen verso contemporáneo.
Bienvenida
la poesía jazzística, pues ese romance es mucho más
natural de lo que parece.
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