JUAN GÓMEZ BONILLO, perro viejo, se gana la vida impartiendo clases de Filosofía en la U.N.E.D.; proviene de tierras almerienses, y está harto de que sus amigos le pidan publicar un libro de poemas que nunca fue guardado en un baúl, sino que se encuentra disperso en revistas, carpetas, cajones, bolsillos, cartas, corazones, etc... El origen de este poema nació, precisamente, de la conversación mantenida con uno de esos amigos, apodado ‘El Infame’, el cual aseguraba que, entre todas las relaciones sexuales posibles ejecutadas por un varón, la masturbación no tiene punto comparable:

 

NO HAY PUNTO COMPARABLE

De repente ha surgido la antigua llamada del origen,

quizá en forma mediada de sonidos susurrantes.

El hemisferio dormido de la vida se despereza lentamente

y el viejo pterodáctilo hibernado,

fósil desde nunca, nunca,

se agita impaciente en su sepulcro

presintiendo ya la herida de lo cierto.

Con tacto se redondean sus flácidos perfiles.

Tímidamente florecen mil vectores

hurgando en las entrañas de sí mismos

para horadar más tarde el horizonte.

El rosa fiero se derrama por doquier,

las montañas miran con envidia su corona

-la nieve siempre a punto-,

un carrusel enloquecido es la rosa de los vientos.

El bravo animal, de acero reluciente,

tenso al infinito su cuello, esperanzado,

los ojos rompiendo su cobijo,

la lengua suspirando de humedades,

siempre el aliento escaso,

avanza, corre, vuela, vuela,

vuela buscando de la vía láctea el epicentro

reventado en furiosas cataratas

de miel evanescente...

Y cae, cae, cae en la bruma espesa de la nada

y de nuevo el espíritu a merced de sus asuntos

y la melancolía se adueña del espacio,

firme, ardorosa, despiada.

Y el miedo se abre paso entre la espesura del instante.

 

 


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