Un buen día te
levantas y te das cuenta de que algo ha cambiado. Y no para mejor. Si quieres
leer el diario, como hacías habitualmente, has de recorrer tres o cuatro
kilómetros más, porque Don Benito ha cerrado y no es domingo.
No pasa nada, te dices, y vas a tomarte el primer café al bar de siempre,
que también está cerrado y no comprendes nada, porque todavía
estás en la inopia propia del reciente sueño. Pero, de repente,
te salta la chispita de la inspiración y comprendes que otro verano
más te has quedado sin vacaciones y que todos los demás no se
han solidarizado con tu mala suerte. ¿Y cuándo antes lo habían
hecho? No queda otra: te encierras en casa, y das gracias por tu dvd y la
colección de Kubrick y Hitchcock que un día empezaste y
nunca
has terminado. Pero dan para sobrevivir. Por último, antes de abrirte
una cerveza, le das un abrazo a tu único amigo en este verano podrido:
al aparato del aire acondicionado.
Luego tu mente se evadirá en aquellos
recuerdos estivales de siglos pasados, cuando un trabajador normal tenía
sus vacaciones normales y no había preferencias para el patrón.
Bueno, tampoco hay que abusar de la imaginación, que eso nunca ocurrió.
Céntrate de nuevo. Oquey. Ves la playa, que no sabes lo que tiene,
pero que atrae tanto o más que una quimera. El mundo entero, ciudades
enteras repitiendo su vida diaria, calcada, excepto en lo del trabajo, a la
que tenían en su verdadera casa. O no, porque las dos están
en la actualidad hipotecadas por el banco, pero qué más da si
está el mar al lado, a sólo unos kilómetros y puedes
disfrutar de quince días repitiendo la vida de ciudad en una pequeña
villa acostumbrada a soportar trescientos mil veraneantes menos.
¿Qué te has perdido, entonces?
La ilusión que todo hombre tiene por ver el mar, sentirlo y vivirlo.
Pocas cosas tienen más vida que el mar. Pocas cosas habrá más
reconfortantes en este mundo que asemejarse por unos minutos al héroe
Odiseo, surcador de mares a tiempo completo, príncipe intachable, padre
ejemplar. Salir en busca de aventuras y regresar a las costas sencillas de
la vida, donde te espera tu hijo con el cubo y la pala o donde tu mujer te
pregunta cuál es la capital de Madagascar, que no le cuadra el crucigrama.
Todo eso que implica ser irresponsable, y, aunque sabes que, en definitiva,
tu vida nada va a transformarse por quince días de playa al año,
tienes que agradecerlo.
Así pues, a todos los que disfruten de
estas vacaciones en julio y agosto, le recordamos que todo ese bonito sueño
ha llegado a su fin y que esto es septiembre y la ciudad ha regresado con
toda su crudeza y seguramente con muchas facturas bancarias esperando, riéndose,
en el buzón. Y que ya sabéis que para sufragar todos esos gastos
hay una tarjeta de crédito maravillosa. Para todo lo demás,
para las renovaciones del alma, está nuestra humilde revista, cargada
de vida, de ilusiones y, por supuesto, de esencia de mar. Una revista que
no tiene precio. Y los momentos de placer solitarios que ofrecemos, tampoco
tienen precio.
Gracias a todos por habernos llevado hasta el
décimo número. Sin vosotros, turistas de la razón y viajeros
infatigables de la palabra, hubiera sido imposible. Por estos momentos, gracias.
Muchas gracias.
ÁNGEL MANUEL GÓMEZ ESPADA
CIPIÓN.- Y con esto pongamos fin a esta plática, que la luz que entra por estos resquicios muestra que es muy entrado el día, y esta noche que viene, si no nos ha dejado este grande beneficio de la habla, será la mía, para contarte mi vida.
(Miguel de Cervantes, Coloquio de los perros)