por Marta Raquel Zabaleta
...en mi cuarto
quedó el sol Pipo Pescador |
COMO PATA EN CHARCO AJENO
El
patito ausente
(13 de noviembre de 1976, Parque Palermo, Buenos Aires)
Reteniendo
la respiración, miré hacia atrás, pero con mucha más
aprehensión esta vez. Desde el asiento delantero del auto, trataba de
adivinar cuál sería el destino del patito de Yanina, perdido ahora
en Buenos Aires. Lo habíamos dejado solo, librado a su suerte en la ciudad
del terror. Me sentía muy culpable.
El animalito, sin embargo, caminaba muy rápidamente,
casi como de costado. Tendría una ligera pizca de miedo, tal vez, pero
lo disimulaba con un aire casi aristocrático, cual si desafiara al abandono
con ofendido decoro. Al mismo tiempo, parecía como que se le hubieran
alargado las patas. Que sus alitas amarillas y las plumitas negras le hubieran
crecido, para impulsarlo directamente hacia el lago. Patito estaba, en suma,
encarando con coraje y expectante, la libertad. Su futuro le daría miedo,
sin duda, pero al mismo tiempo, le atraía. Todo se reducía, en
el fondo, si el animal lo pensaba bien, a un problema filosófico: cómo
sentirse entre iguales, cómo garantizarse la supervivencia entre extraños.
Patito
era, además, joven y soltero, aunque nunca supimos de verdad su sexo,
así que lo asumimos macho. Nobleza obliga: en el mundo latino respetamos
la tradición patriarcal de nuestros antepasados, casi siempre ¿o
no?... Tenía ante sí un porvenir desconocido, es verdad, pero
también tendría ciertas opciones. ¿Y qué acerca
de sentirse el Pato Nuevo, con angustias post-modernistas? ¡Ah!... Porque
no es cosa tampoco de olvidarse que la libertad nos ofrece la chance de adquirir
una nueva identidad. Algo así como quien diría una multiplicidad
de facetas que no son necesariamente ni concéntricas, ni siempre complementarias.
¿Esquizofrenia? Más vale, incompatibilidad de las identidades
esperadas y las verdaderas. Abismos entre el ser imaginado que habita en la
fantasía y la aburrida realidad circundante. Ser o sentir, actuar o meditar.
Ideas con frecuencia pujando una contra la otra (o las otras) en la ansiedad
de la misma persona, en la antigua pugna de los discursos ideológicos
por tratar de ejercer su propia dominación y hegemonía en un mundo
marcado por la desigualdad social.
Puja ésta que, por suerte y definición,
no puede sino que tener un carácter transitorio, me decía, y me
digo... Por ello, si se piensa en el exilio positivamente, o sea, de acuerdo
con la manera de pensar que está hoy de moda, y si como lo afirma desde
hace siglos el refranero español, “No hay mal que dure cien años,
ni cuerpo que lo resista”, alguien puede incluso ganar al exilarse, asumiendo
una nueva identidad. No todo, en suma, será pérdida. Y para quienes
aterrizamos contra nuestra voluntad en países tan diferentes del nuestro,
es primero y después de todo, una disputa entre el ser y el estar, verbos
del castellano que para más mala pata se han resumido en la isla de mis
encantos en el verbo inglés ‘to be’.
La lorita iletrada
El exilio, así, me convirtió automáticamente
y otra vez, pero ahora primero que nada, a los ojos de los nativos del Reino
Unido, en esposa. Eso sería una prueba de fuego para mí. Había
subido a ese avión en que iba a Europa casi a la fuerza, una mujer de
clase media, bien alimentada y blanca, altamente calificada. Con el título
ganado en buena ley cuando muy pequeña, de ‘Piquito de Oro’.
O de Jesús Memoria, dados ambos por
mi
papá. ¿Sería que Juan Gaviota no estaba en sus estanterías?
La lorita hablaba hasta por los codos, y ganaba todas las lides de la palabra,
primero en la escuela secundaria, y luego en la universidad. Con el tiempo y
con más diplomas, fui capaz de discutir en términos legales con
altos oficiales del Ejército Argentino, inéditos procesos de cómo
hacer aparecer con vida a un desaparecido político en 1976, sentando
con cada uno de sus actos legales nuevos precedentes prácticos.
Lo hice sin ninguna cautela, tal como le había
hecho cuando le escribí a J. P. Sartre para que me introdujera a su amiga
y colega Simone de Beauvoir, en 1960, sin pensar siquiera si leerían
ellos, o no, en castellano, lo que les da además una acabada idea de
la insularidad de mi cultura, rosarina. Ni me importaba en 1976 que el país
estaba bajo estado de sitio -como en 1943, 1955, 1962 y 1966-, y que la legalidad
había sido suspendida por decreto de la nueva Junta de Gobierno que gobernaba
inconstitucionalmente, presidida por el General del Ejército, Videla.
Y siempre, eso sí, con la misma mezcla de osadía y candidez que
tipifica todas mis actitud hacia las actividades nuevas, me dispuse a encontrar
al padre de Yanina.
De personas (y lenguas) vivas o muertas
Partí pues en mi primer viaje a Europa
convencida del poder de mi palabra. No sabía que al aterrizar aquí
me verían más bien como a una analfabeta, sorda y muda, después
de verme como a una esposa-sombra de un cuasi héroe, y hasta a veces,
como una-pobre-pero-buena, mujer-madre.
La triste poseedora de una lengua muerta. Un poco
después de llegar al exilio en Glasgow, alguien me ‘descubrió’
y me trató como una persona-mujer, y como argentina-chilena. Y fue Jackie
Roddick quien tradujo simultáneamente por cuatro horas, la entrevista
que me pidió Spare Rib con motivo del Mundial de Fútbol del 1978,
que se llevaba a cabo en Buenos Aires... De eso la revista pondría, sin
embargo, apenas unas cincuenta o cien palabras en un rincón de una página.
Ese sería uno de los tantos choques culturales que sufriría aquí
en Europa, con representantes encumbradas del feminismo reciente: ¿un
lamentable ejemplo motherista tercemundista, quizás?
Pero
hubo además otra persona que también me fue reconociendo, aunque
muy lentamente, no sólo como a una persona-colega, sino también
como a una mujer (aunque… esposa y madre), Mike González. Los socialistas
varones siempre nos dan sorpresas, no todas buenas, especialmente los que han
sido educados como él por padres franceses, o jesuitas, o madres irlandesas,
o lo que sea que los hace tan, pero tan reprimidos. En fin... que Mike y Jackie,
Jackie y Mike, me devolvieron una gran parte de la fe en mí misma, al
turnarse para interpretar y/o traducir mis ideas al inglés. Ellos me
prestaron sus palabras para expresar mi apoyo a los actos de solidaridad con
los chilenos y los argentinos que estaban desaparecidos. En las fábricas
de Glasgow y en los pubs de Edimburgo lo hizo Mike. Y en el hospital Queen’s
Mother -cuando quedé embarazada- para explicar mis problemas reproductivos,
y también cuando nació el bebé: Jackie. Para presentar
la ‘Proposal’ de mi disertación de D. Phil en perfecto inglés
escrito, en marzo de 1980: Mike. Para apoyar a las mujeres de Greeham Common
y a las Madres de la Plaza de Mayo, Jackie. Para hablar en reuniones de mujeres
escocesas, Jackie; para hablar en actos universitarios y en sindicatos alrededor
de Escocia, Mike. ¿Temas de roles genéricos? No,.. no es cierto.
Coincidencia.
El exilado: hombre, casado, padre de familia
En el aeropuerto de Heathrow en noviembre de 1976,
descubrí a otra persona: mi esposo. Había estado involuntariamente
separada de él por cerca de los ocho meses que duró su prisión
en Argentina, y nunca me había apercibido de que hablaba inglés.
Pero esto iría a sellar una nueva dependencia de mí hacia él
en el exilio. Por años fue él quien tuvo que hacerse cargo de
las compras de la comida, primero en Glasgow y luego en Epping. Y eso creo que
no lo hacía, precisamente, feliz. En Buenos Aires, como en Chile, en
cambio, de esas ‘pequeñeces domésticas’ me ocupaba
yo: que la mayor parte de las veces las encargaba y me las traían a domicilio,
excepto mientras hubo desabastecimiento hasta los meses finales del gobierno
de la Unidad Popular. De eso ya he hablado extensamente en otras partes, a raíz
de mi intenso trabajo en las JPAS (Juntas de Abastecimiento y Precios) durante
el gobierno de la Unidad Popular (Chile, 1970-1973).
Aquel día en Londres, al llegar a una nueva
tierra, fue maravilloso ver avanzar a Alberto, libre al fin, hacia el subterráneo
llevando a nuestra hija en brazos, sin esperar por la sillita con ruedas, descubriendo
inmediatamente el Norte, el Sur, y todo lo demás, en el mapa del metro
de Londres. A mí, en cambio, entender eso me llevaría varios meses,
si no años. Pero yo fui la que descubrí casi sin esfuerzo que
aquello feo y negro era un taxi, no un coche de segunda mano de la familia real.
Un resabio de mi infancia argentina: viajar en auto y con chofer me restituyó
por unos minutos a la realidad de mi infancia. Y eso me hizo sentir mas ‘protegida’.
Las víctimas del terror estatal y la exclusión genérica,
ideológica y sexual
Me
alegré cuando le vi: nos esperaba en el aeropuerto de llegada, Heathrow,
un colega que representaba al CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales)
y al WUS (World University Service). No obstante, aunque Eduardo Santos y yo
habíamos arreglado y revisado juntos y antes de mi partida todos los
detalles de la beca del WUS y del viaje de Alberto cuando éste estaba
preso en Buenos Aires, E.S. no me había dicho que estaría aquí.
Fue, por tanto, una gran sorpresa, aunque muy grata, el encontrarle. Pero él
y Alberto Hinrichsen -fieles a su cultura masculina de clase media chilena-
y para mi asombro, hablaron básicamente entre sí, durante las
dos o tres veces que lo vimos al llegar. Cosas importantes serían, me
dije. ¿Cosas de hombres?
Ese fue el primero de muchos choques culturales
que tendría con hombres de la izquierda chilena en el exilio, y lo que
finalmente, sumado a las muchas divisiones internas de los grupos chilenos por
razones de dogmatismo político, me condujera paulatinamente a dejar de
socializar con la mayoría de los miembros de las comunidades de refugiados
chilenos exilados. Pero no sería el último golpe.
Curiosamente, y por ejemplo, los refugiados chilenos
hombres que estudiaban, como estudiaba yo en la Universidad de Sussex, como
Roberto Pizarro y Eduardo Santos, el colega que nos esperó al llegar,
no vinieron ni a la exposición de mi propuesta de tesis para el IDS (Institute
of Development Studies): ‘cosas de mujeres’, decían con simpatía,
y se sonreían con bondad. Felizmente dicha actitud contrastaba con la
de dos mujeres chilenas refugiadas, que como ellos, y por ser chilenas, estudiaban
también en el IDS. Ellas, Cristina Castillo y Angélica Gimpell,
tenían, a diferencia mía, pequeñas becas del WUS, pero
becas al fin. Y una de ellas me ayudó mucho: Angélica, a quien
había ya conocido cuando estudiaba la maestría en ESCOLATINA (Escuela
Latinoamericana para Graduados), en Chile, adonde llegué desde Rosario
para eso en marzo 1963 y me quedé haciéndola hasta principios
del 1965, cuando entré a trabajar en CELADE (Centro Latinoamericano de
Demografía) de Naciones Unidas.
En el Reino Unido, en suma, es entonces muy distinto
el tratamiento recibido si se es hombre de si se es mujer, también cuando
se es refugiado o refugiada. En nuestro caso, ‘la víctima’
era el Refugiado. Hacia él se volcaba absolutamente toda la atención
de las ONG de solidaridad, al igual que la de la policía, las oficinas
del estado nacional y municipal, la de los partidos políticos y la de
los funcionarios/as de la propia Universidad de Glasgow. A mí me ignoraban
casi todas y todos, mi marido incluido; la excepción era nuestra pequeña
hija Yanina Andrea, que tenía ya cuatro años, y que nunca se separaba
de mí ni por un solo instante. Para ella yo sí era importante.
La actitud de las personas trabajando en solidaridad
era especialmente chocante, pues las actividades eran en su mayoría administradas
casi exclusivamente por mujeres, y las había entre ellas muchas feministas.
Estas, en turno, se quejaban con cierta frecuencia de la actitud machista de
las mujeres chilenas refugiadas, entre las que se me incluía, si no me
acuerdo mal. No obstante, y a mi juicio, claramente lo que ocurría hace
treinta años atrás, era que los organismos de solidaridad estaban
permeados por líneas políticas partidarias y no genéricas,
al menos no una que no fuera estrictamente heterosexual y respetara la superioridad
masculina... Las lesbianas solidarizaban bastante entre sí: en proporción
inversa a lo que por entonces a mí éstas, dentro de la izquierda
británica, todavía me ignoraban.
Una
cosa parecida ocurría en el organismo becario del refugiado de verdad,
Alberto Hin Richsen, o sea, en el WUS. Aunque yo misma le había tenido
que conseguir allí una beca de Research Fellow por tres años,
con la ayuda de grandes amigos de él y míos en Buenos Aires, y
especialmente del Dr. Luis Weintein, de Alfredo Monza y de un ex profesor nuestro
de cuando estudiamos los dos en Chile, y que estaba en Buenos Aires de Director
de CLACSO, el abogado chileno Ricardo Lagos. Pero es que, se me explicaba aquí
en Londres, una y otra vez, no había en el WUS programa de becas para
argentinos; bueno, y en especial, contestaba yo, cuando como yo, éramos
argentinos… pero mujeres... porque para hombres argentinos casi chilenos,
dos excepciones, por lo menos...
Y todos lo sabíamos… Me alegro por
ellos, aunque esto revele el machismo tradicional de la izquierda chilena.
No obstante, entre los colegas de ambos sexos,
nativos, brasileros o refugiados chilenos que estaban alrededor del ILAS (Instituto
de Estudios Latinoamericanos) de la Universidad de Glasgow, la situación
era marginalmente un poquito mejor. Un 99% eran hombres, eso sí. Las
mujeres brillábamos por la ausencia en los corredores del Instituto.
No obstante, los hombres pronto me aceptaron como una de ellos, aunque el Instituto
jamás me ofreció ni siquiera una mesa adonde trabajar y dejar
mis libros, durante las largas horas en que esperaba allí para colectar
a mi hijita del playgroup de la universidad, para volver luego al Wolfson, Hall
de Residencia en donde habitábamos en el Garscube Estate.
Pero hay excepciones, como se verá. Y como
dice el dicho ‘no hay bien ni mal que dure cien años’. Yo
creo que ayuda el hecho de poseer identidades facetadas (tales como la de ser
estudiante, hija, profesional, amiga, militante, madre, esposa, ama de casa,
amante, investigadora, vecina, heterosexual, chilena, argentina, inglesa, atea,
o lo que se sea). Pero se requiere estar siempre con la guardia alta, bastante
alerta como para saltar de una posición a la otra como quien no quiere
la cosa. Desde mi posición social subordinada de mujer miraba yo así
mi nueva realidad genérica con anteojos de doble visión: con vidrios
socialistas abajo y feministas arriba, y como ya es bastante sabido, casi nunca
se mezclan para dar una mirada integradora. Al fin, encontré alguien
precisamente dentro del WUS que se ocuparía de mí. Pauline Martín:
eso pasó recién en 1980. Pero pasó. También en 1979.
Conocí a dos académicas inglesas y feministas que ayudaron a cambiar
mi manera de pensar: la Dra Kate Young, mi supervisora del IDS, y Georgina Ashworth,
directora de CHANGE, que trabajaba en solidaridad con mujeres refugiadas de
NU.
Una identidad en transición
(Entre las 7.00 a.m. del 15 de noviembre en el Cuartel General de Coordinación
de la Policía Federal, Buenos Aires, hasta el 16 de noviembre de 1976,
19.00 p.m., Holland Park Hotel, Londres)
Pero, ¿cómo ocurre eso de adquirir
una nueva identidad al llegar al exilio, si una es mujer? Aunque tengamos ya
una eficiente teoría de los géneros sociales, aunque recitemos
de memoria el ABC del post-feminismo, y hasta con los ojos cerrados sepamos
la teoría de los roles, ¿qué nos pasa a las mujeres cuando
queremos aplicar esas teorías? Si ni siquiera tenemos la palabra ‘sujeta’
en el idioma español. O sea que si el pato de este cuento hubiera sido
hembra, por ejemplo, su caso no habría cabido bien en este espacio, lo
siento. Nos toca aún avanzar mucho en materia de discursos feministas
y en el cómo hacerlos efectivos. En especial si siguen sin alterarse
los sistemas que nos atrapan y definen, incluida la lengua materna. Y se mantienen
las estructuras sociales y conductas individuales tradicionales, en términos
de clase, raza y género.
Sexualidades: roles, estereotipos, identidades
Aclaremos un poco lo que antes dijéramos,
en parte al menos. Demos ejemplos.
Ernesto Guevara Lynch de la Serna, argentino,
nacido en 1928 en Rosario, hijo de una familia acomodada, cuando era todavía
estudiante de medicina se fue por primera vez, en diciembre de 1951, a dar una
vuelta por el continente americano. Argentina, Chile, Perú, Colombia,
Venezuela, USA (Miami). Tal cual lo hace tanta otra gente joven. Y desde que
zarpó, como nos ocurre a todos los/las de Argentina, nos convertimos
automáticamente afuera del país en un mismo grupo ciudadano: ‘los
che’.
El Che volvió para partir de nuevo. Ya
todos sabemos lo que convertiría a Ernesto Guevara en el CHE, el Guerrillero
Heroico. Pero son menos los que recuerdan que en su segundo viaje, el Che pasó
por Guatemala, adonde se enamoró de una peruana, con la que tuvo una
hija. Que por la peruana dejó a su esposa argentina. Todos sabemos que
luego en Cuba se enamoró de una cubana con la que tuvo hijos, y que después
que se fue de Cuba nunca más volvíó al pago que nos vio
nacer, al menos no con pasaporte bajo su verdadero nombre.
Fue más vale al entrar en La Habana con
las fuerzas de liberación que luchaban contra la dictadura militar de
Batista, que en 1959, y luego de que vencieran las fuerzas del pueblo revolucionario
en la decisiva batalla de Santa Clara, que nuestro joven compatriota se empezaría
a convertir en el legendario Che Guevara. Un ejemplo del Hombre Nuevo cubano.
Se afirmaba rotundamente hasta no hace mucho, que esta transición revolucionaria
de las identidades de los hombres en Cuba, fue el resultado automático
de la revolución comunista. Sin embargo, ese tipo de ‘hombre nuevo’,
a juzgar por los que conocí, siempre me pareció más vale
modelado un tanto a imagen y semejanza de un buen cristiano, a lo sumo, y muy
poco nuevo. En el sentido de que, aunque el estado cubano cuando se hiciera
comunista distara de explicarlo así, sin embargo en la práctica
esperaba que el Hombre Nuevo no robara en la fábrica estatizada, ni matara
ni explotara a un semejante, ni se emborrachara. Pero sí podía
pegarle a la mujer y a sus hijos. Y podía, eso sí, fornicar cuanto
quisiera (y pudiera) con el otro sexo. Una nueva moral proletaria, sin duda,
pero que no involucraba nada de educación sexual, ni siquiera al nivel
de la mera planificación familiar. Un discurso más vale machista,
diría yo, pero sin ánimo de ofender a nadie, por favor.
Pues
claro está que en este esquema no habría una Mujer (totalmente)
Nueva. Más bien, acorde con la ideología oficial de su Partido,
los revolucionarios cubanos proclamaban que había que defender la sexualidad
de las mujeres. Diría yo que esto estaba también aunque tácitamente,
en acuerdo con el mandamiento cristiano que manda: ‘No desear a la mujer
de tu prójimo’. ¿Por qué? Porque era el cubano entonces
un pensamiento populista que se tornó en marxista. Y como tal, una de
las propiedades en que se basa la explotación del trabajo en el sistema
capitalista, no sería combatida, ni siquiera reconocida y denunciada.
Me refiero, obviamente, a la apropiación gratuita del sexo femenino para
el objeto reproductivo, de manera muy similar a la del valor de uso generado
por el ama de casa, que no se planteaba como mereciendo una justa retribución
por ambos trabajos. No es que quiera insinuar aquí que se podría
comparar a las compañeras cubanas con los medios de producción
tales como la tierra, los ríos, las herramientas y las fábricas,
no. Sólo es que hago memoria de lo que al menos decían (y de lo
que no decían) los sectores de la izquierda chilena mas radicalizados,
aún durante el gobierno socialista de la Unidad Popular (1970-1973):
que en Cuba la revolución había producido automáticamente
la liberación femenina. Y su contrapartida, el hombre nuevo.
Mientras algunas de nosotras, siendo feministas,
en el refugio de nuestras conversaciones de mujeres militantes, nos preguntábamos
por qué habrían eximido Marx, Engels y Trosky a las revoluciones
del deber de quebrar para las mujeres y los hombres las barreras de una falsa
virtud sexual, y con ello de haberlos privado del gozo de recuperar el auto
control de sus cuerpos y sus mentes, y que propondría Allende, que era
médico y masón, a más de ser amigo de Fidel Castro. Pues
nada que ver, nos contestaban los izquierdistas más pacatos, es así,
con esas ideas como el feminismo divide al proletariado, y le quita fuerza a
la revolución. Contante y sonante.
Pues vámonos, con el Che Guevara, que decía
públicamente defender a las mujeres, (una constante que no oculta la
relativa debilidad genérica que se le atribuye entre cierta izquierda
al supuesto ‘sexo débil’). Algo en común del ABC del
pensamiento comunista y socialista en toda la América del Sur, del Norte
y del Caribe, al igual que presente en el catolicismo y las derechas de todo
tipo por entonces. Y, para ello, pongámoslas a toditas juntas, a las
mujeres, en el mismo pabellón durante los heroicos trabajos voluntarios
en Cuba, o en las campañas de alfabetización. Y a los hombres,
en el suyo. Separados.
El goce sexual seguiría siendo un tabú
y practicado a escondidas, sería porque bajaría la productividad
al cortar la caña de azúcar, por entonces columna vertebral de
la economía cubana…
Y no es porque se pensara que todas las mujeres
eran lesbianas, y los hombres todos gay. Los gay iban directamente a las cárceles
de corrección, como le pasó hasta a Pablito Milanés. Y
la mujer ‘normal’ era siempre considerada como propiedad de su ‘prójimo’,
pero nunca lesbiana, por supuesto, si era revolucionaria. En el Chile, en la
Cuba o en la Nicaragua socialistas los parámetros genéricos parecieron
regidos con permiso tácito del Vaticano y en beneficio más vale
de los hombres… Digo esto con todo respeto, pues es una decisión
táctica como cualquier otra: se trataba de juntar fuerzas… De lo
que específicamente dijera el Che Guevara acerca de la Mujer Nueva, no
me voy a ocupar aquí, aunque no sería muy largo de contar.
Mujer, nacida en 1919 o 1921
En
común con su mencionado compatriota, también en el caso de Eva
Duarte existe confusión acerca del día real de su nacimiento.
Al igual que los padres del Che Guevara, la Che Evita trató de evitar
que se supiera el pecado original bajo el cual había sido concebida (en
ambos casos, los respectivos padres no estaban casados el día de la concepción
del crío).
Che argentina, también nacida en el interior,
un poco mayor que Che Guevara, pero hembra, y que también muriera como
aquél y Jesucristo, en la plenitud de su carrera política. Fue
seguida en vida y es adorada aun hoy -como aquellos dos- también por
las masas pobres, enfermas y desnutridas. ¿Un ejemplo de Mujer Nueva,
entonces? No, ¡qué herejía sería siquiera pensarlo!
Como que se trata apenas ‘de una populista’, de esa Evita. Ni Eva
ni Cristo conocieron personalmente al Che, es claro. Ni viceversa. En ninguna
de sus muchas respectivas reencarnaciones, así que no creo que se traten
de imitar. ¿Es eso de extrañar? Por supuesto que no. Cuando Ernesto
se fue de Argentina (creo que la segunda vez alrededor de 1954), Evita la verdadera
ya se había muerto, la pobre, a los 33 años edad. Pero la otra
‘Evita’, la que el mundo globalizado conoce, la del musical, todavía
no había nacido en 1952. En todo caso, está encarnación
artística de Eva Duarte está vivita y coleando, es inglesa, y
surgió casi una década después del asesinato del Che, trágicamente
ocurrido el 8 de octubre de 1967, en Bolivia.
Históricamente, el Che Guevara tuvo mucho
menos ver con la Che Evita que lo que le atribuyen los aparatos capitalistas
de la industria del deseo, que venden los espejismos de la Cenicienta de las
pampas que se convertiría -de acuerdo con esas versiones- vía
la explotación sexual de los hombres argentinos, en Primera Dama de uno
de entre los diez países por entonces más ricos del mundo. Pero
sabemos que esta interpretación es una típica gringada, y como
tal no puede sino que haber sido escrita, e interpretada, en un lenguaje ininteligible
para la mayoría de los más leales admiradores de Evita: el inglés.
Y permítaseme que insista: claro que no
podrían haberse conocido ni se interesaron en la vida real el uno por
el otro, Evita y Ernesto, a pesar de que en la película basada en el
musical Evita, el ‘Che’ la deteste. Nada se dice allí de
que cuando eran jóvenes, Duarte era anarquista y Guevara era un chico
de su mamá. Joven hijo de una familia burguesa de cierto abolengo y con
propiedades de tierras, accedieron a la educación universitaria él
y sus hermanos. O sea, que dos de los políticos más apasionantes
de la Argentina durante el Siglo XX, no sólo pertenecían a clases
sociales totalmente diferentes, sino de intereses antagónicos.
No creo, por tanto, que hubieran tenido ni manera,
ni interés en conocerse. Evita no iba a los campos de otra gente sino
que a ayudar a su madre a prepararles la comida a los otros obreros, ya a la
edad de nueve años. Y en su generación no se discutía si
estaba bien o mal que las ‘sirvientitas’ como ella fueran o no violadas,
ni menos por quién. Cura, patrón o hijo de la familia, daba lo
mismo. Las muchachas ‘están para eso’.
EVITA: VIRGEN O PUTA. ¿UNA CUESTIÓN SOLAMENTE DE MUJERES?
Hombres
necios que acusáis Sor Juana Inés de la Cruz, latinoamericana, Siglo XVIII |
Mujer,
india y joven
A mí misma me pasó asistir a un
caso. O sea, a la tragedia de una de las chicas que trabajaba de sirvienta en
la casa de al lado de la mía: cuando yo tendría unos seis o siete
años, ella se suicidó. Mis padres no me explicaron nada y yo no
sabía que quería decir morirse. Decidí entonces preguntárselo
a Vera, la mucama de mi casa. Como la otra chica, era una joven india venida
de Santiago del Estero, y las dos habían sido muy amigas. A diferencia
mía, y a pesar de que tenían más del doble de mi edad,
no les gustaba leer. Vera me explicó que el patrón de la otra
chica la esperaba siempre detrás de las puertas. Y que cuando esa otra
chica había ido un día a limpiar el baño en la otra casa
adonde trabajaba antes, un hombre la agarró por detrás, y allí
mismo él le había hecho un hijo. Parados se hacen los hijos, pregunté
automáticamente. El pecado mortal no me fue explicado. Ni el suicidio,
tampoco.
Yo nunca fui sirvienta, como Evita. Y de la sexualidad
del Che sé poco, claro, porque ni le conocí y porque poco -o nada-
se ha escrito sobre ello. Pero en cambio de la de Evita se han ocupado directamente
o indirectamente libros, más de una decena de películas, novelas,
obras de teatro, y hasta se la ha usado a favor o en contra de campañas
presidenciales. Pero es claro: el culto de la virginidad (de las mujeres) en
el mundo latino ha hecho que ni al Che nadie haya propuesto (todavía)
declararlo tan intachablemente puro como para pedirle al Papa que lo santifique
el Vaticano. A Evita, en cambio sí le pedirían al Papa los seguidores
que la santificara. Pero no pasó.
Y eso fue así aunque y a pesar de que en
su generación la consigna oficialista más en boga era: ‘Para
un argentino no hay nada mejor que otro argentino’, que era una de las
‘Veinte Verdades del Justicialismo’ que contenía el ABC del
Justicialismo peronista, ideología a la que ayudó a crear y que
apoyaba incondicionalmente Evita Perón. Y yo me pregunto: siendo mujer,
joven y argentina, ¿se habrá sentido Eva Duarte igual que un argentino
joven, nacido macho y un Guevara Lynch? ¿Dilemas de la historia nacional?
O tal vez, simplemente contradicciones al interior de la inmigración
vasca que llegó a trabajar a la Argentina del siglo XIX, de la cual ambos
fueron dignos representantes. Cosas del género.
Mujer,
casada, madre
Pato huérfano recién salido del
cascarón en el campo, pero con una hermanita o hermanito (hembra o macho),
lo llevaron a la ciudad. Allí pasó a una caja en donde esperó
ser vendido, en las afueras de la estación de trenes de Retiro (ahora
hecha famosa en el exterior por el film de Parker a la Madonna), y de allí
pasó a estar en mi bolsa el día que los compré a los dos
patitos. Eran tan pequeños que cabían en mis manos. Parecían
más bien huevos peludos con sus plumitas de un amarillo suave. Verlos
me hizo olvidar del horror que había vivido esa misma tarde de sol dentro
de las paredes del Palacio Presidencial. La famosa Casa Rosada, lugar del que
Evita se convirtiera en vida en la única reina. Bueno, eso, claro, hasta
que llegó la Madonna y convenció a Menem que le prestara el balcón
para hacer la película.
Exilio
Yo, aquella tarde de 1976, iba caminando cabizbaja
hacia el tren interurbano que me llevaba a casa, adonde Silvia Ugalde estaba
con Yanina. Y me sentía un poco como ‘El Patito Feo’, uno
de los cuentos más tristes que leí en mi infancia. Había
una vez una pata con siete patitos, todos amarillos y uno negro y chiquito.
Todos
los patitos La
madre enojada |
Patito
malo, ya vas a ver, / negrito y joven, que vas a hacer! / Te llaman el clandestino
/ por no tener papel / Pato vago, clandestino / Terrorista, clandestino. / Manu
Chao, terrorista... / ¡Y para Bush y Blair / el premio Nobel! Volvía
a casa. Un día más haciendo gestiones para que mi marido, que
estaba prisionero de la dictadura argentina, quedara en libertad. Me habían
interrogado una vez más en la oficina del Jefe de la Secretaría
de Información Política de la Presidencia, adscripta al Ministerio
del Interior. Este dependía directamente del General Videla, el Jefe
de la Junta Militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976, así
que mis interrogatorios sucedían en la Casa Rosada, o sea, el Palacio
Presidencial, y, si no hubiera sido por el miedo, me hubiera sentido una Eva
Perón.
Fue
ese el día en que los dos patos campesinos pasaron a convertirse en patos
casi burgueses.
Pero hoy es otro día. Ahora me echan de
mi país. Hoy, en cambio, de pato doméstico Patito pasará
a convertirse en un pato salvaje. Todo un Pato Nuevo, digno de un cuento corto
de Ibsen. Eso lo insinuaba su cuello demasiado alargado y empujado hacia delante
como para llegar más rápido a alguna parte segura. Así
lo traté de entender yo, y fue como si me tomara un cocktail hecho de
pena, alivio, una tristeza que corta el pecho y un gran sentimiento de culpa
que no deja respirar, como cuando me soltaron del campo de concentración
en Chile: lloraba para mis adentros por la repentina ruptura de Patito con las
condiciones materiales de su existencia, y por ende por el quiebre impuesto
sobre su identidad que le había ayudado a disimular su antigua condición
de pato de la calle, tal vez de conciencia proletaria. Reflexionaba así
que volvería, que seríamos millones de patos salvajes. Volver.
No sabía que perder(lo) todo era otra vez mi futuro, porque no aceptaba
que ése su nuevo destino reflejaba el futuro que me esperaba a mí.
Que eso era su exilio.
Cantando con mi pena / llevaba mi condena / y
todo me pasaba / ¿por no llevar papel?...
Espejo lleno de luces y de muchas sombras sería
mi encuentro con la civilización del otro lado del Atlántico:
la Europa de mis antepasados maternos y paternos. Y yo pensaba que... pero la
conductora del auto en que retornábamos al piso que alquilábamos
en el hermoso barrio de Belgrano R, una buena vecina, la Señora V., me
hablaba muy nerviosamente, mientras me tocaba el brazo. Supongo que ella tampoco
habrá resistido demasiado bien a la escena de la despedida del pato.
Lo cierto es que me hablaba con un acento perentorio que me obligó a
dejar de mirar para atrás, de despedirme sin palabras ni lágrimas
de Patito. Me sentí moralmente obligada a concentrarme y tratar de escuchar
lo que me decía. Pero me costó un mundo.
Me pareció molesta. Como el pato, e igualmente
sin una necesidad aparente, giraba ella su cuello como con un afán exagerado
de querer abarcar todos los ángulos de ese enorme parque al mismo tiempo.
¿Tal vez sentiría también ella mucho miedo? Siempre existía
en mí después del golpe en Chile esa persistente, no localizada,
sensación de terror, ese pulsar agitado del corazón, esas ganas
de huir muy rápido. Me sentía como si fuera culpable de un crimen
que sabía que no había cometido. Es que entonces no necesitaba
dormir para tener pesadillas: la vida era una pesadilla. Es el mismo miedo agazapado
tan típico que siempre siento cuando ocurre un hecho de violencia. Cuando
estoy en el Reino Unido, cuando entra en guerra contra algún otro país,
cuando bombardean Kosovo, casi como cuando era chica y Argentina decretaban
el estado, especialmente si lo que gobernaba era una Junta de las Fuerzas Armadas.
Por eso es que no puedo ver películas que hablen de la guerra atómica,
ni puedo mirar noticias de muertes ni hecatombes naturales en la televisión.
Ese miedo ha quedado para siempre como parte de una misma. No se puede sino
que racionalizar.
Exilada
Llueve, no se sale. Es domingo y se está
sola, no se sale. Se acaba la comida: se usa el Internet para pedirla: no se
sale. La casa se convierte en el último, inexpugnable refugio, el retorno
a la matriz materna donde una se zambulle en el agua de los sueños adonde
navegan mis barquitos de papel. No ya hechos como antes en la cárcel,
con el papel dorado que venía adentro de la caja de cigarrillos que me
daba el Capitán H.
Ya no fumo más, pero aún espero
al hombre que yo quiero, y ya no miro más si vienen a buscarme detrás
de los visillos, porque no tengo visillos ni un gato de porcelana para que le
maúlle al amor, ahora grito y él que llega, llega, suave, cansado
a veces, arisco o montuno, otras, pero sí -si hasta con sus silencios
me acaricia-. Y salgo, eso sí, salgo a trabajar. La comunicación
humana es lo único que aunque no cure al miedo lo acorta, lo cansa, lo
canaliza y lo pospone. Siempre hay después un mañana. Despierta,
chico, despierta, / mira que ya amaneció / que la luna se ha escondido
/ y mi amor no se apagó.
Es que, a pesar de toda mi práctica, o
mejor, por eso mismo -dado que llegué a Inglaterra como argentina y esposa
de un refugiado chileno de los Naciones Unidas, y con apenas 39 años,
habiendo sobrevivido ya como seis golpes de estado y dictaduras militares- el
16 de noviembre de 1976, cuando el Big Ben daba un cuarto para las cuatro, me
asomé desde la ventana del avión para ver Londres. Y le sonreí:
pero al salir del avión ya era de noche. Sentada en las escaleras de
la gran casona, ella miraba lejos, se encogía de hombros y decía:
‘Mañana será otro día’. Esa escena final de
Lo que el viento se llevó en Hollywood technicolor siempre me
ha estimulado a no desmayar.
La internalización de la desconfianza, contrapartida psicológica
de los estados terroristas
¿Podría ser que acaso alguna policía
secreta nos hubiera seguido, y pudiera interpretar al animal como un señuelo,
y al nuestro como un acto subversivo, una señal convenida para dar comienzo
a una operación terrorista? Se sentiría mi amiga también
culpable, aterrorizada de estar haciendo algo malo, de haber caído en
las trampas de la subversión;
pero...
por qué esa mujer nos mira así desde el coche que nos pasa, ¿por
qué, flor del jacarandá de mis amores tempranos, suspirabas vos
también cuando te guiñé un ojo para no decirte hasta luego?
La traición al patito pronto se traduciría, como puede verse,
en pena por mí misma.
Antecedentes de identidades raciales y étnicas
Pero no, tal vez no: ahora pienso que tal vez
para ella, el animal que caminaba hacia el lago del parque de Palermo, era apenas
un inocente más. No un terrorista subversivo. Pero: ¿iría
él adquiriendo automáticamente, conforme avanzaba hacia su nuevo
desprotegido destino, la sensación de pertenecer en condición
de total igualdad a su especie? A la etnia de los patos y patas amarillos con
unas manchitas negras en la cabeza, como los dos patitos atorrantes que yo criaba
en el canal que pasaba al lado de mi casa cuando tenía seis años.
Allá en Bouquet, Provincia de Santa Fe.
En suma: esos patos sin abolengo ninguno, pero
que son todos argentinos, che. La pertenencia a una nación sin razas
otra que la blanca o, perdón, la identidad de los patos de etnia amarilla
la proveería, me imaginaba yo, el sabor y el olor del agua, dado que
era cosa de patos, no como a mí. Que cuando era una nena sola jugando
en el gran parque de mi casa ubicada en la cañada del Río San
Antonio, o en las chacras de los vecinos, o en los campos de mis tías
y tíos, en suma, en aquella plana, pacífica, bella y noble tierra
del Litoral Santafecino, adquirí mi identidad espacial por el color que
tenían los girasoles y el lino de mi pago: una identidad giratoria color
de sol.
(*) Páginas iniciales de mi libro inédito de pseudomemorias Dulce de leche.
(**) Agradecimientos: Mi profundo reconocimiento a quienes me ayudaron a desvelar ciertas verdades ocultas en mi memoria y mostrarles a medias en estas páginas, y porque de ellos habré de nacer. A mi hija Yanina por su interés en leerlas, su enorme entusiasmo por entenderlas y por su apoyo todos los días. Como muchas cosas en mi vida, sin ella no las hubiera escrito, pero por y para ella sí lo pude hacer. A mi hijo Tomás, por convencerme desde lejos (Menorca) que debía darle prioridad a este trabajo por sobre todo los otros. A las médicas y médicos de The Limes Medical Centre, especialmente al Dr. Ashford, que viene escuchando los efectos de estas historias desde 1984 en adelante en mi pobre cuerpo somatizado, y ayudándome a superarlos y a crecer con ellos. A Brenda Clowes, sin cuya enorme generosidad, exquisito ejemplo personal y consejos tan tiernos como sabios no hubiera podido ni siquiera intentar escribirlas: es esta una escritura un tanto dolorosa. A CARA (Council for Assissting Refugee Academics) por proponer mi nombre como ejemplo de mujer refugiada, en mi calidad de ex becaria de la institución de la cual naciera la Society for the Protection of Science and Learning of the UK. Muchas gracias a Lucía y Carlos Héctor, Marina y Jimmy, Graciela Guilis y Pablo Gutman -en cuya casa de entonces, abril de 1976, Alberto -mi ex marido- pasó la última noche antes de que lo secuestraran, y a las/os lejanas /os, pero no por ello virtuales, Alfredo, Judith, Nela, Gladis, Andrés, Sonia, Nessa, Ri, Carlitos the Second, Pedrito de Yorkito, Consuelo, Katerina, Haydee, Pepe, Traful, Myriam, Carlos Omar, entre otras/os , que saben bien cuánto les debo. A Claudia Hasenbegovic, por su pasión; a sus colegas Sally Coves, Andrea Sorrel y a Pat, por haberme defendido en las cortes, cuando pedí el divorcio. ¿Y a quién más sino a mi más Querido Amigo? Para vos, gaucho, todas las Gracias...
Entrevista: Pablo Palomino

«ESCRIBIR DESDE LA HISTORIA»
Su último libro,
Los perdedores de la Historia de España, está comprándose
en los grandes almacenes y en las pequeñas librerías, está
siendo devorado por aficionados domésticos a la Historia y por altos
especialistas en la materia. Reconozcámoslo, es muy difícil conseguir
esto sin una varita mágica. ¿El secreto? Lo tiene guardado este
erudito bilbaíno que se ha propuesto escribir literatura documentada
sin aburrir al lector acostumbrado a la ficción y divirtiendo al entusiasta
del dato objetivo. Don Fernando nos habla desde la Universidad de Deusto. Veamos.
-Usted ha demostrado en su obra unas dotes literarias innegables. ¿Tiene pensado dar el paso hacia la ficción en algún momento? ¿Qué género le gustaría cultivar?
-Muchas gracias por su piropo. Siempre me he sentido muy atraído por la literatura, de tal forma que al llegar a la Universidad dudé en dedicarme a ella o a la historia. Pero desde el comienzo de mi preparación como historiador pensé que la historia sólo puede ejercer de reina de las humanidades si sabe expresarse de una forma bella, con un vigoroso estilo literario, lleno de fuerza y emoción. En toda mi obra, ya muy extensa por mérito de mis años, hay una clara voluntad de estilo y en ella resuenan las voces de los poetas españoles. ¿Qué género me hubiera gustado cultivar? Sin duda alguna: la poesía. Pero hasta el genio de Cervantes tuvo que refugiarse en la novela. Yo me he tenido que contentar con ser lector de poesía y con buscar la belleza en el ensayo. Eso sí, soy muy beligerante en la defensa de la buena literatura que, por supuesto, no es sinónimo de ficción. Y esto lo debían saber los críticos literarios y periodistas que suelen reservar el nombre de escritores, en exclusiva, a los que publican libros de ficción.
-¿Cuál
es su opinión sobre la novela histórica y el actual auge editorial
de novelas pretendidamente históricas? ¿Puede recomendarnos alguna?
-El
interés por la novela histórica debería alegrarnos a los
historiadores si no estableciera una diferencia entre la Historia propiamente
dicha y un campo ambiguo donde la ficción acaba muchas veces en el gusto
por lo sobrenatural o el misterio. O simplemente cuando la ficción acaba
construyendo un anacronismo en el que los personajes del siglo XIII actúan
como si sus valores pudieran ser equiparables a aquellos en los que han sido
educados los nacidos en la segunda mitad del XX. Esa necesidad de “entretener”
(que se presenta como algo distinto a “conocer”, aunque se manifieste
ataviado pretenciosamente de esa actitud y la gente cree que “aprende”
algo de historia) es la que ha hecho renacer la novela gótica, el misterio,
el terror… mezclando la fascinación por mundos futuros o haciendo
renacer de sus cenizas experiencias literarias olvidadas. Lo “histórico”
de la actual oferta novelística no es la Historia sino aquel relato que
sea capaz de entretener, proporcionando una evasión no sólo por
su carácter de “ficción” sino por su instalación
“en otro tiempo”.
Creo que hay demasiada gente que se lanza al ruedo
de la novela histórica sin haberse adiestrado en un género tan
difícil como es el novelístico. Aparecen ahora vocaciones literarias
no contrastadas que se refugian en la novela histórica como si ésta
fuera un género menor. De las novelas históricas, le podría
recomendar, sin miedo a equivocarme, los Episodios Nacionales de Galdós,
La Regenta de Clarín, Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam
de Stefan Zweig o El nombre de la rosa de Umberto Eco.
-¿Cómo
valora usted el reciente proceso de “recuperación de la memoria
histórica”? ¿La memoria histórica estaba perdida
y ahora se recupera, o simplemente se está revisando? ¿A qué
cree que obedece este proceso? ¿Por qué precisamente en estos
momentos? ¿Qué aspectos valora positiva y negativamente en ello?
-Ramón
Gómez de la Serna contó de alguien que tenía mala memoria
que un día se olvidó de que tenía tan mala memoria y se
acordó de todo. Olvidar el olvido no para que los vivos seamos ventrílocuos
de los muertos, sino para enterrar los relatos de los demagogos y enfrentar
los mitos con la verdad. Hoy se habla de recuperación de la memoria histórica
pero casi siempre esta recuperación se refiere a desenterrar muertos
o a levantar actas de fosas donde yacen víctimas republicanas de la guerra
civil. La manipulación de la historia se repite y se olvida hoy que el
odio reventó lo mismo en el Badajoz franquista que en la Barcelona de
Companys y las cuadrillas nocturnas. La guerra civil es ya historia y no debe
ser utilizada para buscar, setenta años más tarde, herederos de
uno y otro bando entre los protagonistas de la actual vida política.
Es verdad que la gran perdedora de la Transición
fue la memoria y que el camino hacia la democracia se pavimentó con el
olvido del pasado. En aquellos años se rechazó el nombre de España,
entendido como símbolo de la reacción y se insufló energía
a unos nacionalismos excluyentes que repetían la misma teología
de Franco. Paradójicamente se dio crédito a la versión
franquista de la historia, negando o enterrando la España liberal. ¿Por
qué se identifica España más con Franco y no con la II
República? ¿Por qué se identifica España con la
leyenda negra y no con su tradición erasmista, ilustrada o liberal? El
problema, en el fondo, es cultural. De no haber navegado por la historia ni
haber leído suficiente. La recuperación de la memoria histórica
debería servir para recuperar esa España real que no es esa España
siniestra y canalla que hoy se inventan los nacionalistas, sino la honda y viva
de la gran literatura. El nacionalismo catalán está ganando la
batalla mediante una descomunal manipulación y una gran falta de memoria
histórica: Cataluña es la tierra de la modernidad, de la libertad,
de la apertura a Europa, del diálogo. España -que es otra cosa-
es la Castilla harapienta y antigua, cejijunta y clerical, reaccionaria y fascista,
abusona de los territorios con verdadera identidad.
-¿Qué
opinión le merecen las conmemoraciones de efemérides, bicentenarios
del nacimiento o muerte de algún personaje de trascendencia histórica,
etcétera?
-Nadie puede supervisar la memoria que se construirá sobre su tumba. Ni siquiera los tiranos. Los muertos ilustres de cada momento no sólo son cementerios, también son centenarios, salas de exposiciones, libros, artículos, versos. Es triste el olvido, pero a veces resulta más triste el recuerdo o el modo en que se recuerda lleno de mutilaciones, de inexactitudes, de injusticias. “Dámelo muerto” respondía un escritor a la petición de un colega para que preparara la semblanza de un coetáneo nada afín a ellos; es decir, dámelo sin voz, sin furia, sin alma… sin vida. La tendencia a perfilar las aristas de los muertos ilustres para no incomodar a nadie, las simplificaciones biográficas, la eliminación de huellas para hacer entrar al personaje en la rígida armazón de quienes le levantan una estatua o ponen un nombre a una calle… proliferan en los centenarios y en las celebraciones póstumas similares. ¡Quién le hubiera dicho a Dalí, por ejemplo, que se le terminaría recordando como un antifascista declarado, que con el tiempo, su relación con Franco, su carta de felicitación al dictador por los fusilamientos de 1975, su franquismo militante… serían vistos como una excentricidad más. Al Dalí ultrauniversal, que aborrecía el folclore y la exaltación de la aldea, que decía que por sí sola la sardana bastaba para cubrir de vergüenza y oprobio a una región entera, después de su centenario, se le quiere imaginar muy catalán, muy ampurdanés, muy figuerense.
-¿Podría explicarnos lo que sucedió con la serie televisiva Memoria de España, cuya emisión fue interrumpida? ¿Cree que hubo algún tipo de injerencia política en dicha interrupción?
-La
emisión de Memoria de España se interrumpió porque
Televisión Española no llegó a tiempo y hubo de darse unos
meses de plazo para poder concluirla y estar en disposición de ofrecerla.
Al terminarla, se emitió, sin problemas. Aunque la serie fue fruto del
empeño de Aznar de enseñar a los españoles su historia,
las autoridades socialistas, por lo que yo sé, no pusieron reparo a su
emisión y elogiaron el buen trabajo hecho. Por otro lado, Memoria
de España fue uno de los poquísimos programas que se salvó
de la hecatombe de TVE, en los primeros meses de dirección socialista.
La serie llegó a rebasar los cuatro millones de audiencia y creo que
puede considerarse un grandísimo éxito de TVE, pues nunca un programa
cultural había alcanzado en España tantos televidentes.
Los historiadores no sólo debemos saber
historia, sino debemos saber contarla Decía Voltaire que el secreto para
no aburrir está en no contarlo todo y sus palabras fueron guía
para quienes aceptamos el reto de hacer una historia de España, desde
la prehistoria hasta nuestros días, en unos cuantos capítulos,
una historia para la televisión. Desde el principio
sabíamos
que nuestra serie, Memoria de España, debía dejar en
el camino muchos conocimientos acumulados para tejer un relato con relaciones
y guiños al presente que hiciera más fácil la adquisición
de una conciencia de España como proceso común, aluvión
y cambio. Era necesario, por tanto, huir del viejo genealogista, la irrelevancia
o el fetichismo cuantitativo. Como responsable directo de los nueve capítulos
finales que cubrieron los siglos XIX, XX y arranque del XXI me sentí
satisfecho del producto televisivo que el realizador pudo ofrecer, sacando partido
a todo el material documental y a la filmografía del periodo. En otros
capítulos, eché en falta mayor ritmo televisivo y me pareció
ver un exceso de información.
-¿Cómo ve el proceso de construcción
europea?
-España
forma parte de una Europa que pugna por ampliarse y unirse, en un momento en
el que la identidad del continente se hace más problemática que
nunca. El cosmopolitismo creciente, fruto de la inmigración, el sincretismo
cultural, la globalización de las relaciones sociales, económicas
y comerciales difuminan las características propiamente europeas hasta
ahora conocidas. Todo nacionalismo etnicista carece de futuro en una Europa,
que ahonda sus raíces en la voluntad ciudadana de afirmar su unidad sobre
la estructura de los Estados y que no quiere volver a unos reinos de taifas
étnico-lingüísticos propios de la Edad Media. Someter las
fronteras de las naciones al arbitrio de la voluntad diferenciadora de algún
grupo regional origina una inestabilidad permanente, incompatible con la firmeza
de toda arquitectura estatal. Además, muchos de los pueblos que se liberan
de la camisa de fuerza de los grandes Estados lo hacen partiendo de una idea
muy beligerante de lo autóctono, de ahí que, en cuanto pueden,
practican la misma discriminación sufrida por ellos sobre las minorías
residentes en su país. No está mal que cada pueblo tenga la posibilidad
de desarrollar su genio propio, como reclamaba el romántico Herder, pero
mucho más importante es que todos ellos cooperen para hacer realidad
aquella “paz perpetua” que Kant concibió como el ideal supremo
de la humanidad.
El problema de la integración de la diversidad
de identidades no es nuevo en Europa y no está resuelto en varios de
sus países… A estas alturas de la globalización, aparecemos
todavía desarmados ante la barbarie y los excesos perpetrados en nombre
de las identidades. Estas se construyen, en gran parte, artificialmente y están
sometidas a los vaivenes políticos y electorales. Ocurre, además,
que en aras de un sentimiento identitario pretendidamente primordial acaba por
destruirse cualquier asomo de ciudadanía ilustrada y democrática.
Europa debe brindarnos una nueva forma de identidad
global y postnacional que nos libere de la barbarie identitaria, del fanatismo
ciego, del mesianismo delirante, del ansia patológica de dominio…
de toda nuestra historia de crueldad en nombre de la patria. La ciudadanía
europea debe basarse en un discurso racional y pragmático, pluralista
y antixenófobo que ahonde en la búsqueda de un horizonte común
de libertad, seguridad y prosperidad y no en la obsesión por la diferencia
y las raíces identitarias.
-Recientemente
el BNG (Bloque Nacionalista Galego) ha reivindicado la filiación de la
nación gallega con el reino suevo. Es conocido el interés por
la historia medieval del principado entre los partidarios del nacionalismo catalán.
En cuanto al País Vasco, la especificidad lingüística les
hace remontarse hasta el corazón de la prehistoria. Parece difícil
sustraerse a la tentación de utilizar la historia remota para justificar
las aspiraciones presentes. Hay quien ve en su obra resabios de “esencialismo
histórico” que justificarían al nacionalismo españolista.
¿Qué opina usted?
-No
es necesario extenderse sobre el importante papel jugado por la historia en
la construcción de las naciones. La nación no es, se construye,
y se construye, en gran parte, mediante la historia, que se convierte, de este
modo, en una especie de partera de la nación. El olvido y hasta el error
histórico son un factor esencial en la formación de las naciones.
De ahí que los historiadores sean considerados sujetos indeseables y
peligrosos por aquellos que hoy desean hacerse con una patria nueva, por aquellos
que se esfuerzan en inventar una memoria separada y enfrentada a España,
una memoria que reescribe su idea de nación, con los renglones torcidos
del mito, del odio, de la animosidad, de la diferencia.
Me parece muy difícil ver en mi obra resabios
de “esencialismo histórico” porque, aparte de lo que acabo
de decir y he repetido machaconamente, será difícil encontrar
un historiador que haya insistido más que yo en el carácter histórico
de España y en su condición de construcción humana, contingente
y nada esencial. Me encuentro incómodo hablando de identidades, raíces
o pueblos a la altura del siglo XXI: tienen un cierto tufillo tribal. España
es una nación de ciudadanos que forma parte de una comunidad cultural
e histórica, es la patria constitucional que garantiza nuestras libertades
y no el terrible determinismo de la Tierra y los Muertos de las construcciones
nacionalistas
No es la comunidad anterior, pretérita,
tradicional e inmemorial la que proporciona título para la convivencia
política, sino la comunidad futura en el efectivo hacer. No lo que fuimos
o soñamos que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos.
De aquí la Unión Europea. También de aquí que España
no halle solución mientras sus políticos, o al menos los que gobiernan,
no hablen y actúen como gentes verdaderamente contemporáneas que
sientan bajo sí palpitar todo el subsuelo histórico, que conozcan
la altitud presente de la vida y repugnen todo gesto arcaico y silvestre. Necesitamos
de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, no recaer
en ella. El derecho que nace de la historia es a crear un futuro, no el derecho
tradicionalista a heredar un privilegio. Hacer castillo de los derechos históricos
es fijar España a su pretérito. Vivir gobernados y oprimidos por
una oligarquía de muertos. Vivir una cornucopia de diferencias de rango,
de oxidadas alcurnias y vejatorias
exigencias
de primacía. Vivir en las anticipaciones de quienes no pudieron construir
el futuro y en las estrecheces mentales de quienes trataron de preservar el
pasado, fantasía siempre inútil y utópica.
Impulso de dirección opuesta al siglo en
que vivimos, los derechos históricos sólo son una nueva excusa
para hacer recaer sobre los ciudadanos algo que no depende de su voluntad. Un
designio providencial, las imposiciones de los muertos. Con normas tan altas
se podría deshacer todo el mapa de Europa, levantando nuevas divisiones
y fronteras, librando viejos fantasmas de opresión y limitando o liquidando
las libertades individuales y concretísimas de que disfrutamos. La historia,
sin embargo, y conviene escribirlo aquí, en España, país
rico en reaccionarios de todo pelaje, no decide nada. Los hombres y las mujeres
libres del presente, su voluntad de ser ciudadanos libres es el único
derecho histórico a aceptar. La única garantía a exigir.
Pero, cuando alguien discrepa de las construcciones
nacionalistas de Cataluña o el País Vasco, enseguida su aparato
propagandístico adjudica a los discrepantes el carácter de nacionalista
español, entendido éste no como una forma de patriotismo vinculada
a la tradición liberal, revolucionaria, constitucionalista, sino como
una forma de integrismo nacionalcatólico o falangista.
-Usted conoce muy bien la historia reciente del Vaticano, como ha demostrado en Los pliegues de la Tiara. Si tuviese que completarla, una vez finalizado el pontificado de Karol Woytila, ¿qué resaltaría en el epílogo de dicha obra?
-Hay
una nueva edición de ese libro controvertido, publicada hace unos meses
en una editorial de bolsillo, en la que se hacía el balance del último
Pontificado. Todas las grandes cuestiones, como la infalibilidad, el ecumenismo,
el celibato, el antifeminismo, la desigualdad, la incomunicación, los
claroscuros financieros… han sobrevivido al pasado, colándose por
la aduana del siglo en la guantera del papamóvil.
Es cierto que la Iglesia actual no oculta las
vergüenzas de un mundo, al que no renuncia, y que le afectan en forma contradictoria.
Condena el uso de preservativos, pero al mismo tiempo se acuerda de las víctimas
del sida, defiende el derecho a la vida clamando contra el aborto, pero se estremece
con la clonación y los experimentos científicos, reza por los
embriones prohibidos y también por los inocentes que morirán de
hambre o de sed, antes de su mayoría de edad, visita Cuba aunque predica
incansable contra el ateísmo marxista.
Juan
Pablo II ha sido el Papa que ha vivido más de cerca la caída del
comunismo y uno de las que más se ha preocupado por las libertades del
mundo, porque en su juventud vivió su carencia en propia carne. Seguramente
la Historia le recordará siempre, aunque sólo sea por eso. Y sin
embargo sus disposiciones -léase el nuevo Código canónico
de 1983- han hecho más por el centralismo y el absolutismo vaticano,
que ninguna otra del mismo siglo. Con él, los centros de poder se han
reforzado, las decisiones importantes se han individualizado, el autoritarismo
en crisis de los sesenta se ha vigorizado. Las limitaciones para que la mujer
supere, en la Iglesia, su habitual estado de marginación, los repudios
continuos a ciertos aspectos de la actualidad (celibato opcional, homosexualidad,
etc) o las instrucciones procesales contra algunos teólogos disidentes,
han vuelto a sembrar la duda sobre la adecuación de la norma vaticana
a la modernidad.
Dicen que los jóvenes se van de la Iglesia
y ya no rezan el rosario como sus abuelos. Las vocaciones se ocultan, los seminarios
se vacían y se venden a compañías hoteleras. La privatización
de la fe es cada vez mayor. El laicismo y su lado más egoísta,
el hedonismo, son los triunfantes iconos de la humanidad. Pero, al mismo tiempo,
los viajes papales se rodean de nueva savia y fresco interés. La difusión
mediática de peregrinaciones y cultos nos quiere enseñar que todavía
hay quien busca en la certidumbre absoluta la respuesta al problema de vivir.
-¿Cree que la historiografía española actual goza de buena salud?
-Lo
creo firmemente y que los historiadores españoles tienen un merecido
prestigio en el mundo de Clío. Así y todo la memoria histórica
se oxida en las escuelas, colegios e institutos. El historiador serio, crítico,
que escribe el pasado de España con honradez, ha ganado el mercado, pero
ha perdido la batalla de la enseñanza. Y la guerra institucional de las
Humanidades seguirá perdiéndose mientras no se destierren los
intereses políticos del campo de la educación y los nacionalismos
continúen jugando a inventar una memoria separada y enfrentada a España.
Sorprendentemente el Estado español nacido de la Transición dejó
en manos de las Comunidades Autónomas el principal instrumento de nacionalización
del imaginario, esta transmisión de la historia. El problema se plantea
con especial virulencia en Comunidades Autónomas cuyos gobiernos están
embarcados en explícitos proyectos de construcción nacional, en
cuyo caso la negación histórica de la nación española
se convierte en objetivo prioritario. Los libros de historia de ámbito
nacional escritos para el BUP después de 1978 son narraciones cronológicas
neutrales, que respetan el pluralismo cultural y político de la historia
de la península y rehuyen las teorías metahistóricas sobre
la historia y la
identidad
nacional. Todo ello perfecto desde la perspectiva de la historiografía
académica. Pero, ¿qué ocurre cuando las historias de las
Comunidades Autónomas no respetan el pluralismo cultural y político
de la historia de la península y no rehuyen las teorías metahistóricas
sobre la historia y la identidad nacional? Ocurre que el sistema educativo deja
de “hacer” españoles para hacer catalanes, aragoneses, vascos,
andaluces, gallegos, extremeños.
El éxito de lo regional es que cabalga
sobre un sentimiento que no tiene ideologías en un tiempo en que las
ideologías se han muerto o se han suicidado. Lo regional, como en el
siglo XIX lo nacional, pasa por la historia que no retrocede ante la leyenda,
la trivialidad o el error, con tal de que éstos vayan unidos a una representación
concreta del pasado. Todo es cuestión de imágenes, de tradiciones
propias y genuinas, desde celebraciones festivas a rememoraciones de batallas,
viajando por el estómago y la gastronomía.
-Cuando se jubile como profesor, ¿en qué piensa emplear sus energías vitales?
-Cuando llegue ese día, me gustaría seguir escribiendo y ayudando a los que se acerquen a mi despacho a seguir haciendo de la Historia un instrumento de mejora del presente. Pido a Dios que la memoria, mal llamada la inteligencia de los tontos, no me abandone del todo, pues con ella el trabajo de relacionar acontecimientos, procesos y saberes, que es el fundamento de la actividad del historiador, se hace más rápido y cómodo.
-Que
la diosa Nemosine le acompañe en esa tarea.
EN
EL CONFÍN ARROJAR PIEDRAS
(Sobre Mal de confín de Eugenio Castro)
por Esther Ramón
“El aire quema”: un hombre se aproxima
al confín. Ha salido a buscar la nidada de piedras, a punzarles los vientres,
a beber de sus huevos coagulados. El hombre se encarama despacio al último
mirador. Con una bota en tierra y la otra hollando un barro contagioso, el orden
geométrico de las paredes de la casa se trastoca. Existían tres
reinos, tres estados de la materia. Pero allí, donde ya se divisan las
murallas roídas del “palacio de la intemperie, tenebroso y vasto
en su extrema inocencia”, los sentidos anticipan su desaparición
o metamorfosis en la mezcla. La realidad enseña sus señales, y
emerge la voluntad de hundir los remos, navegando. Todo parece haberse solidificado.
“Pesa el viento y la luz pesa”. El río no sigue más
allá, la corriente ya no fluye: se ha congelado o evaporado, como en
los climas extremos de los polos o del desierto. También como en ellos,
la luz es excesiva, multiplicada en su reflejo de nieve o arena. Los estados
de la materia se contagian: la luz es sólida, se hace carne, “carne
viva de la luz” o luz en carne viva; las aguas detenidas abren el silencio,
sábana de unas voces absortas que sólo ahora se desperezan. “La
piedra de la locura se adhiere, se torna sólida la mirada”. Aire
mineralizado, piedra inflamada por la luz.
Las
brújulas no sirven donde no hay puntos cardinales, donde el horizonte
en surco es fecundado por el rayo. “Vertical de uniones”. A falta
de instrumentos, el poeta se sirve de algo que, para Artaud, el mundo actual
ha desechado: “el viejo totetismo de los animales, de las piedras, de
los objetos cargados de electricidad, de los ropajes impregnados de esencias
bestiales, todo cuanto sirve para captar, dirigir y derivar fuerzas”.
En el límite cada piedra cimienta y cierra, une los extremos en su enigma.
El abandono es la acción, la voluntad pasiva, y se cae en la animalidad
desaprendiendo. “Un hombre se tumba, anda / pierde el conocimiento / le
sobreviene la memoria reptil”. Lo incomunicable es cruzado por una graja
que grazna. Lo vegetal aparece cuajado (“flor, asume su costra”),
y, confundido con el organismo que recubre (“en la peña, líquen”),
recomienza, metamorfoseado.
En el confín nombrar es -más que
nunca- invocar, y las palabras nacen sólidas, son el hueso de las palabras,
“palabras-hueso”, las que miran de frente el acabamiento. La parte
dura del lenguaje en las que se atreven, en las que nombran la muerte, le ponen
rostro, le inventan un cuerpo para poder mirarla. Si acude lo que se invoca,
sólo se da forma derramando la propia.
En el confín arrojar piedras, arrojar palabras
como si fueran piedras que indiquen en su caída última la insondable
profundidad del pozo.
Así, para avanzar, para tocar el borde,
el poeta, tanteando, busca puertas. Las de los ciclos, el limno del crepúsculo
y el del momento previo
al
amanecer, esa “hora del lobo” que inspirara a Bergman, aquella en
la que según viejas leyendas más gente muere y más niños
nacen, y se escuchan otros olores, otros sonidos, abierta la corriente entre
los dos mundos. Aunque para el acceso total ya no bastan las puertas marcadas,
ya no hay que esperar al tiempo. Con el punzón y las alas, el poeta Ícaro
-que no desconoce el riesgo de su vuelo- abre un resquicio en el cénit
de luz, le acierta al sol entre los ojos. “Abierta emboscadura: mediodía”.
El libro -compuesto de breves metales, que tensan la malla de la intemperie-
se deslía en su final en archipiélagos, jirones en el océano
extremado, y llega el reposo (“sólo a merced de los elementos /
puede un hombre aspirar a su descanso”).
Porque a través de la tela rasgada, el
poeta probó el sabor de “un breve beso a lo oscuro”, a los
labios pegajosos de “su boca de sombra”. Y después regresó
-fluyen renovadas las aguas-, acarreando “el peso de una vida sin muerte”,
con la conciencia súbita de que “el fin nunca acaba”.
|
EL
REPOSO
|
| Esa luz que aborda las superficies con su indefinición, no ampara. Su gris pesa como la masa del desasosiego. En ella se adentran hombres que no se engañan, que ya desde el principio adivinan su regreso con la marca en sus pupilas del allende profundo: tanto
ensanchamiento de sus ojos, y tantos siglos, Mas hoy aquí se juntan, séquito
fúnebre, Pero el sol hasta él también baja, * Sólo a merced de los elementos Sobre ellas se precipita el cuervo, Y en torno, la intacta semejanza,
(De Mal de confín) |
(*)
Eugenio Castro nació en Las Herencias, Toledo, en 1959. Entre sus muchas
actividades, que giran en torno al arte y a la poesía, es fundador y
coeditor de la revista Salamandra, crítico de exposiciones de
arte y dirige los ciclos de poesía Mal de Palabra en la galería
CRUCE de Madrid. Tiene publicadas las plaquettes La ciudad constelada
(Ediciones surrealistas, Madrid, 1995) y La región insomne (Ediciones
de La Torre Magnética, Madrid, 1996). Sus poemas se recogen, también,
en el libro colectivo Indicios de Salamandra (Ediciones de la Torre
Magnética, Madrid). Mal de confín, que acaba de ser publicado
por la editorial Germanía dentro de la colección Hoja por Ojo,
es su primer poemario.
MARCELA Y OTRAS MUJERES VALIENTES EN EL QUIJOTE
por Aurora Saura
Voy a comenzar presentando el marco común
de las mujeres admiradas en El Quijote -entre las cuales he encontrado
estas mujeres valientes-, muy diferentes de las mujeres del pueblo llano, a
las que don Quijote (y, con él, Cide Hamete y el otro narrador) desde
luego no admira y a veces ni siquiera mira, si no es para convertirlas en damas,
princesas o lo que en cada momento venga al caso.
La característica más destacada
de esas mujeres admirables es su soberbia belleza, que produce asombro y fascinación
y en el varón, con frecuencia, un deseo que no puede (y no quiere) someter
a la razón. Dice Dorotea, sobre su rechazo a las solicitaciones de Don
Fernando (que, según él, demuestran su amor), que ello fue “causa
de avivar su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me
mostraba”. Estos amores apasionados que despiertan parecen entrar, en
cierto modo, en contradicción con su hermosura angélica: todas
las mujeres bellas de El Quijote, débiles o valientes, lo son
en grado tan extremo que parecen de otro mundo; digo bien, “son de otro
mundo”, porque se trata siempre de una idealización: en ellas se
reúnen todas las cualidades posibles, incluida la honestidad (aunque
a veces, ¡ay!, se pierda) y no pueden ser superadas; tanto es así
que el narrador, cuando alguna de estas señoras es descrita a continuación
de otra u otras, se las ve y se las desea para encarecer la nueva belleza sin
repetirse y dice cosas como “que Dorotea la tuvo por más hermosa
que Luscinda y Luscinda por más hermosa que Dorotea, y todos los circunstantes
conocieron que si alguno se podría igualar al de las dos era el de la
mora...”. La otra cualidad común a todas estas beldades -sin la
cual, además, parece que no podría darse la primera- es su condición
de hija de familia principal o, al menos, acomodada, y en algún caso
de padre noble y muy rico, como el de Zoraida/María. Ello supone haber
sido educada según normas de recato muy estrictas (no se olvide la importancia,
en la tradición literaria española, de la honra familiar, cuya
depositaria es la mujer, sea ésta mora, cristiana o judía) y haber
llevado una vida regalada y sin preocupaciones, hasta que, por decisión
propia o por algún suceso desafortunado, generalmente amoroso, se ve
expuesta a los peligros de una vida sin el amparo familiar.
Habiendo trazado, muy a grandes rasgos, este que
he llamado “marco común”, entro en el asunto de la valentía
de algunas de estas mujeres, entre las que me ha parecido Marcela la figura
más atrayente, por ser la que más se aparta del modelo general
-la desdicha por amor- y por ser muy interesante su relación con la tradición
popular de la mujer libre que rechaza la convención del matrimonio, de
la que da cuenta, entre otros
poemas,
este zéjel famosísimo de Gil Vicente: “Dicen que me case
yo. / No quiero marido, no. / Más quiero vivir segura / n’esta
sierra a mi soltura / que no estar en la ventura / si casaré bien o no...”.
Se dan, asimismo, en Marcela semejanzas con la amada enemiga de la poesía
culta, tema que, por otra parte, también aparece sugestivamente expresado
en las Canciones tradicionales; como ejemplos de este último tópico
recordemos estos versos: “Los cabellos de mi amiga / d’ oro son.
/ Para mí lanzadas son” y “Enemiga le soy, madre, / a aquel
caballero yo: / mal enemiga le só.”.
Pero vayamos a la historia de Marcela, que en
principio es la de Grisóstomo, “muerto de amores de aquella endiablada
moza...”, como un calco en prosa de aquel “pastor desesperado”
del romance, aunque sin el arrepentimiento final de la bien amada que hay en
éste: “Buscaréis, ovejas mías, / pastor más
aventurado... Enterradme en prado verde, no me enterréis en sagrado...”
(lo mismo pide Grisóstomo). También se ha dicho que Cervantes
retoma aquí el asunto de La Galatea, en cuya continuidad seguía
pensando; pero la mayor naturalidad de los personajes y, sobre todo, la concentración
del relato nos acercan mucho a estos pastores, entre los que destaca sobremanera
la propia Marcela. Esta primera mujer hermosísima de El Quijote
(aparte de la que el protagonista se ha creado como dama) es el prototipo de
la mujer que puede hacer su voluntad -siempre dentro de los límites de
la honestidad, que no deben ser traspasados-: es huérfana y rica y su
tío no quiere imponerle un matrimonio que ella rechaza, en principio,
en razón de su juventud ( el cabrero cuenta “el cuento con muy
buena gracia”, según Don Quijote, que a punto ha estado de verlo
interrumpido por sus continuas correcciones, enfadosas para el narrador). Y
dice Pedro, el cabrero, que sus convecinos alababan el criterio del tío
de Marcela, que era “que no habían los padres de dar estado a sus
hijos contra su voluntad”. Decide en este punto la moza hacerse pastora,
contra el parecer de todos (y particularmente de los que la pretendían,
entre los que se hallaba Grisóstomo); se visten igualmente el traje de
pastor varios de los jóvenes enamorados, cuyas esperanzas van siendo
defraudadas conforme se las dan a conocer a la muchacha o ella las atisba, ya
que “su afabilidad y hermosura atrae los corazones...; pero su desdén
y desengaño los conduce a términos de desesperarse...”.
A partir de aquí el cabrero describe los efectos que causa el desdén
de Marcela en los amantes como si fuera el narrador de una novela pastoril,
sin un solo error lingüístico y sí, a mi parecer, con cierta
sorna que no puede Cervantes dejar de hacer notar (¡y con todo él
quería continuar La Galatea!: ¡qué cervantina es
esta dualidad!). El desenlace del rechazo reiterado de Marcela a Grisostomo
ya se había anticipado, al contar Pedro todo lo anterior justamente porque
al día siguiente van a enterrar al enamorado, en el lugar donde, dice
Ambrosio, su amigo, “Marcela le acabó de desengañar...,
de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida”(es de notar
la naturalidad y la concisión con que se relata el suicidio). El elogio
fúnebre que hace Ambrosio es un modelo de Planto y en él da cuenta
también de la voluntad de Grisóstomo de que destruyan sus “papeles”,
lo que da pie a una discusión sobre la función de la literatura
y a que se lea un poema del pastor muerto, escrito claramente a imitación
de Garcilaso, sobre todo en los endecasílabos finales: “Canción
desesperada, no te quejes...” (Neruda los
recordaba
bien). En éstas “una maravillosa visión -que tal parecía
ella-” irrumpe en escena (pues de una magnífica representación
se trata) dispuesta a defenderse a sí misma, ¡y con qué
brío!, de la acusación de ser la matadora de Grisóstomo;
el discurso de Marcela no tiene desperdicio, es una verdadera pieza de oratoria,
con argumentos expuestos soberbiamente, y como no me es posible reproducirlo
completo, sólo citaré lo que me parece más significativo
de su valentía: “yo nací libre, y para poder vivir libre
escogí la soledad de los campos... Fuego soy apartado y espada puesta
lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras...
No me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo
ni admito... Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no gusto de las
ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco
a nadie...”. En la pastora Marcela se cumple fielmente el deseo de Fray
Luis -“Canción a la vida solitaria”-: “Vivir quiero
conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo,
/ libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo.”
La
segunda mujer valiente, tanto por su aparición en la obra como por su
inteligencia y decisión, es Dorotea, aunque en el comienzo de su historia
(y, naturalmente, en su final) el tema dominante es el de la honra, que ella
busca a toda costa recuperar haciendo cumplir su promesa de matrimonio a don
Fernando. El personaje de la mujer abandonada es tan antiguo como la propia
literatura y en Grecia se nos presenta con trágica intensidad en el mito
de Ariadna y sobre todo en la historia terrible de Medea, aunque no debe olvidarse
que parte sustancial del dolor desgarrado de los dos personajes se origina en
el hecho de que ambas han traicionado por amor a su estirpe y a su patria. En
nuestra lírica tradicional, aunque sin aquel aliento trágico,
es muy frecuente la queja por el abandono, casi siempre relacionado con el engaño:
“-Mal haya el enamorado / que su fe no mantenía. / De velar venía.
Y maldito sea aquel hombre / que su palabra rompía, / más que
más con las mujeres / a quien más se le debía. / De velar...-
Más maldita sea la hembra / que de los hombres se fía, / porque
aquella es engañada / la que en palabras confía. / De velar...”.
Y la huida de la propia Dorotea aparece también anticipada en el famoso
villancico: “Por el montecico sola, / ¿cómo iré,
cómo iré? / ¡Ay, Dios!, ¿si me perderé? Soledad
me guía, / llévanme desdenes / tras perdidos bienes / que gozar
solía. / Con tan triste compañía, / ¿cómo
iré...”. Como en ambas Canciones, la mujer es engañada con
gestos y promesas de amor, aunque en el caso de Dorotea no deja de haber una
cierta previsión (¿podemos llamarla astucia?) antes de su entrega
al caballero: “Yo, a esta razón, hice un breve discurso conmigo,
y me dije a mí mesma:... puesto que en este no dure más la voluntad
que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para
con Dios seré su esposa... Todas estas demandas y respuestas revolví
yo en un instante en la imaginación, y, sobre todo, me comenzaron a hacer
fuerza...
los
juramentos... los testigos que ponía... Llamé a mi criada, para
que en la tierra acompañase a los testigos del cielo”. Y, como
en los poemas citados, la mujer abandona su casa, en busca del que para ella
es su esposo, en este caso al conocer que don Fernando ha concertado su boda
con Luscinda: “Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en
lugar de helárseme el corazón en oílla, fue tanta la cólera
y rabia que se encendió en él, que faltó poco para no salirme
por las calles dando voces, publicando la alevosía y traición
que se me había hecho... Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta
a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado
y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad... ya que no a estorbar
lo que tenía por hecho, a lo menos, a decir a don Fernando me dijese
con qué alma lo había hecho...”. Dorotea pasa por varias
vicisitudes que ponen a prueba su valentía en la defensa de su honra
y, según va contando su historia, oída por el cura y el barbero
(en busca de don Quijote) y por Cardenio (que ha encontrado en los montes espacio
para su desesperación), el narrador dice de ella “porque si algo
le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo que tenía
para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese...”. De modo que la
determinación de Dorotea, sus tan hermosamente trabadas razones y, claro
está, su belleza impresionan de tal modo a los amigos de don Quijote
que, además de ofrecerle consuelo, los mueven a pedirle, a su vez, ellos
mismos ayuda en la empresa de hacer volver a don Quijote a casa. He aquí,
pues, a la joven traicionada (aunque, ya lo hemos visto, ni ingenua ni desvalida)
transformada en Micomicona, princesa de un reino Micomicón (probablemente
el nombre más cómicamente ridículo de la obra), perdido
a manos de un gigante que don Quijote deberá vencer. Ella pasa a tener,
por tanto, un papel esencial en esta segunda mitad del primer Quijote,
que se desenvuelve entre los intentos del cura y el barbero para que el protagonista
vuelva a su pueblo y las narraciones sobre otros muchos personajes, que se van
entrelazando hasta alcanzar su máxima complejidad cuando Cervantes los
hace coincidir en la venta, en la que se resuelven todas las historias pendientes
(y, además se cuenta la novella El curioso impertinente). Dorotea
recibe al fin la recompensa a su constancia, aunque para ello aún tiene
que suplicar a su seductor, en una escena dominada por el discurso irrebatible
de la inteligente Dorotea, dignos ella y él -el personaje y el discurso-
de mejor causa que el matrimonio con el caballero egoísta, mentidor y
desdeñoso que es don Fernando (tipo masculino común en la literatura
de los Siglos de Oro).
Zoraida,
la tercera mujer valiente, es otro caso especial de decisión y de puesta
en riesgo por amor, aunque El Cautivo, que es quien cuenta la historia (la suya,
en la que tanta parte tiene la mora que quiere ser cristiana), insiste en la
voluntad de cristianizarse de la joven como el motivo principal de su huida.
Ruy Pérez de Viedma expresa igualmente su determinación de casarse
con ella, como la propia Zoraida -en un alarde de atrevimiento insólito
en nuestra literatura clásica- le había propuesto, al hacerle
llegar la caña con monedas de oro para que él y sus amigos pudieran
“rescatarse”. Estas son sus palabras: “Yo soy muy hermosa
y muchacha, y tengo muchos dineros..: mira tú si puedes hacer cómo
nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres” y añade:
“y si no quisieres, no se me dará nada; que Lela Marién
(la Virgen María) me dará con quien me case”. Vemos, así,
que la confianza que Zoraida tiene en Lela Marién, aprendida de su aya
cristiana, esclava de su padre, y en El Cautivo (a quien le dice, en el mismo
escrito “y ninguno me ha parecido caballero sino tú”) es
ilimitada y dota al personaje de una ingenuidad encantadora con la que se gana
inmediatamente el afecto del Cautivo, luego de los oyentes de su historia y
finalmente del lector. La traición a su linaje, pueblo y religión
aparece, por primera y única vez en El Quijote, en esta historia
de la muchacha de noble familia de Argel que quiere llamarse María en
España. Así lo siente su padre, al descubrir la huida y ser obligado
a embarcar con los cristianos, entre las lágrimas de su hija: “-¡Oh,
infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿A dónde vas, ciega y desatinada,
en poder de estos perros, naturales enemigos nuestros?...”. Aunque, al
ser liberado y abandonado con sus sirvientes en lugar deshabitado (y, por tanto,
seguro para los que huyen), el lector no puede dejar de conmoverse con las últimas
palabras que oye decir a Agi Morato, al que, además, ya ha cobrado cierta
simpatía por el trato confiado -en exceso confiado para los prevenciones
de su tiempo- que siempre ha dado a su hija: “-Vuelve, amada hija, vuelve
a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero... y vuelve
a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará
la vida, si tú le dejas!”. Nos parece oír resonar aquí
un eco del impresionante Planto de Pleberio (con el que se cierra La Celestina),
un padre, el de Melibea, muy similar al acaudalado moro de este relato en cuanto
a su relación con la hija. Los cautivos logran, tras el grave incidente
del asalto pirata, llegar a las costas españolas. Zoraida/María
conseguirá así su propósito, que, sigue insistiéndose
en ello, es bautizarse y aprender los usos cristianos -aunque se nombran continuamente
“las bodas”- Cervantes, como se sabe, utiliza en esta historia varios
elementos autobiográficos y le hubiera gustado que alguno de sus intentos
de huida se resolviera tan favorablemente como el del Cautivo; tal vez también
haber tenido la suerte de encontrar en Argel una criatura tan admirable como
Zoraida. En la venta la belleza de ésta es comparada con la de las demás
jóvenes que se encuentran en ella (en palabras del narrador, que expone
las de don Quijote, “el gran tesoro de la hermosura que en aquel castillo
se encerraba”) y es acogida con afecto por el mismísimo hermano
del Cautivo, el oidor, que viaja con su joven hija.
El autor, como he dicho antes, hace coincidir
oportunamente allí a todos los personajes. Desde una perspectiva que
busca la concentración narrativa, se ha dicho que este exceso de historias
desviadas de la principal no favorece a la novela y ya en su tiempo Cervantes
recibió críticas similares; pero para lectores y oyentes sin prisa,
y que gusten de los cuentos, esta acumulación, por bien encadenada y
bien resuelta, resulta atrayente; aunque demore -o tal vez por eso mismo- el
final del primer libro, el regreso humillante de don Quijote a su aldea.
Ya
en la segunda parte, otra mujer que podemos adscribir a este grupo, aunque su
valor sea mucho más secundario, es Quiteria, la muy bella (nuevamente)
protagonista del episodio que se conoce por “Las bodas de Camacho”.
Aunque, en fin, no es la boda de éste la que tiene lugar, el deslumbramiento,
provocado en don Quijote y, sobre todo, en Sancho por la fastuosidad y la abundancia
con que el labrador rico (por antonomasia ‘Camacho el rico’, como
a ella se la nombra La hermosa Quiteria) se apresta a celebrarla, se adueña
del narrador (o, por mejor decir, éste les sigue la corriente a sus personajes).
La historia es la siguiente: Basilio y Quiteria, enamorados desde niños,
ven frustrados sus deseos porque el padre de ella ordena “casar a su hija
con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que
no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza...”. Pero
el enamorado, que desde entonces anda siempre “triste y pensativo”,
a decir del estudiante que cuenta lo anterior, trama un engaño con el
que desbaratar la boda y asegurarse de paso la suya con la joven. Después
de los bailes y la pantomima que preceden a la ceremonia en el prado, aparecen
los novios -ella esplendorosa, según la admirativa descripción
de Sancho- y en seguida, tras ellos, Basilio, que hinca un bastón en
el suelo; éstas son algunas de las palabras con la que anticipa su acción:
“Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria... y muera el pobre
Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha...”; a continuación,
desenvaina el bastón, que aparece como un estoque, se arroja sobre él
y cae malherido; auxiliado por todos, que lo consideran en trance de muerte
inminente, se niega a confesarse si antes Quiteria no le da su mano de esposa,
a lo que no tiene más remedio que dar su conformidad “confuso”,
Camacho; ella se le acerca, le ofrece su mano e intercambian los juramentos
de matrimonio, tan prolijos que hacen decir a Sancho “-Para estar tan
herido ese mancebo mucho habla; háganle que se deje de requiebros y que
atienda a su alma...”. En cuanto el cura los bendice, se levanta prestamente
Basilio y a las voces de “¡Milagro!” de algunos, “más
simples que curiosos...”, responde él: “-¡No ‘milagro,
milagro’,
sino industria, industria!”. ¿En qué consiste la valentía
de Quiteria?; ahora lo veremos, con las propias palabras del narrador: “La
esposa no dio muestras de pesarle de la burla; antes oyendo decir que aquel
casamiento, por haber sido engañoso, no había de ser valedero,
dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual coligieron todos que de consentimiento
y sabiduría de los dos se había trazado aquel caso…”.
Así pues, la industria no es sólo de Basilio: como en otros casos
que muestra la tradición literaria, en que los enamorados se arriesgan
a contrariar los propósitos de los padres (piénsese, sobre todo,
en algunas heroínas shakespearianas, en la Desdémona de Otelo,
en la Jessica de El mercader de Venecia y sobre todo en Julieta), la
mujer es cómplice del desacato y, en éste como en otros casos,
desempeña a la perfección su papel: “turbada, al parecer,
triste y pesarosa,...”, así dice el narrador que accede Quiteria
a los ruegos de su amado; ya hemos visto que, por el contrario, sólo
ha fingido y logra así cumplir su deseo y el de Basilio. Don Quijote,
que al principio ha hecho un discurso en defensa de que los hijos se casen con
quienes sus padres decidan, se muestra ahora no sólo conforme con este
desenlace, sino dispuesto a enfrentarse a Camacho y sus amigos, que han desenvainado
las espadas contra Basilio, arguyendo “que no es razón toméis
venganza de los agravios que el amor nos hace... Quiteria era de Basilio y basilio
de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos...”.
En
Barcelona encontramos a las dos últimas mujeres valientes: en los alrededores
de la ciudad tiene lugar el apresamiento de don Quijote y Sancho por la cuadrilla
de Roque Guinart, con el que establece don Quijote una relación tal de
buen entendimiento y simpatía que terminamos llamándola amistad.
Muy al principio de ese encuentro hallamos a Claudia Jerónima, que se
presenta ante ellos a caballo, “a toda furia”, en figura de “mancebo...
vestido de damasco verde con pasamanos de oro...” (la mujer en traje de
varón es un tópico del teatro de los siglos XVI y XVII -pensemos
en Lope y sus seguidores y en el ambiguo juego amoroso que provoca este disfraz
en varias obras de Shakespeare-). La muchacha se presenta como hija de un buen
amigo de Roque y enamorada de un don Vicente Torrellas, cuyo padre es enemigo
del suyo y del propio Roque. Al comenzar su relato habla de “los atropellados
deseos”, que la mujer, “por retirada que esté y recatada...”
pone en ejecución -parece que de este modo ella se justifica, al tiempo
que el autor desliza de nuevo su opinión sobre el poder del deseo amoroso
y cómo se rinden a él las mujeres- y creemos oír el villancico
de célebre estribillo: “Madre, la mi madre, / guardas me ponéis:
/ si yo no me guardo, / no me guardaréis”. En breves
palabras
cuenta la causa de su desventura, que vuelve a ser un desengaño, pues
don Vicente, a pesar de las mutuas promesas que se habían hecho, se iba
a casar “con otra” ese mismo día, “nueva que me turbó
el sentido y acabó la paciencia”. Y, en resumen, decide tomarse
ella misma la justicia por su mano, en un caso extraordinario en nuestra literatura
clásica, diciendo -más bien parece excusa- “por no estar
mi padre en el lugar”. Así, cuenta que acaba de dispararle a su
prometido “más de dos balas..., abriéndole puertas por donde
envuelta en su sangre saliese mi honra” y a continuación pide ayuda
a Roque para pasar a Francia y para que defienda a su padre contra la posible
venganza de los Torrellas. Intervienen don Quijote, que asegura que él
se hará cargo de hacer cumplir “a ese caballero, vivo o muerto,
la palabra prometida a tanta belleza”, y Sancho, que elogia a su amo y
corrobora sus palabras, citando con desarmante credulidad, el último
caso de defensa de doncellas (ya sabemos que, en general, no suelen serlo ya
cuando las auxilia don Quijote), el de la hija de La dueña Dolorida.
Roque, “admirado de la gallardía... y suceso de la hermosa Claudia”,
claro está, no les hace caso y se marcha con ella al lugar donde ha quedado
tendido don Vicente; lo encuentran acompañado de sus criados, aún
con vida, y se aclara que no le era infiel a su amada. Como en el caso de Basilio
y Quiteria, se dan “in extremis” la mano de desposados, aunque aquí
no hay “industria”, sino dolorosa realidad: muere el caballero en
brazos de su esposa y matadora, que se lamenta a cada paso de su acción,
nombrando en el breve planto “la fuerza rabiosa de los celos” -el
narrador insiste, al terminar la historia, en sus “fuerzas invencibles
y rigurosas”-. Ella le dice a Roque Guinart que quiere irse a un monasterio,
decisión que él le alaba, mientras le asegura que defenderá
a su padre, Simón forte, como le ha prometido. Y así acaba lo
que sabemos de Claudia Jerónima, desdichada por su arrebato que ha causado
la pérdida de su amante y también -esto ya lo añado yo-
porque el único destino honrado que reserva su tiempo a una mujer como
ella sea el encierro de un convento.
En
el puerto de Barcelona, tras el único combate verdadero que presencia
don Quijote, y en el que no interviene, encontramos a Ana félix, la hija
de Ricote, el vecino morisco que, en hábito de peregrino alemán,
Sancho había encontrado al dejar la Ínsula. Acababa de tener lugar
la expulsión de los moriscos, suceso que tuvo enorme importancia no sólo
para los expulsados (oigamos parte de la queja de Ricote, cuando le cuenta a
Sancho sus desventuras: “Doquiera que estamos lloramos por España...
es nuestra patria natural... agora conozco y experimento..: que es dulce el
amor de la patria”), sino para la sociedad española en su conjunto,
que perdía una considerable riqueza, tanto cultural como económica
(por ejemplo, decenas de campos quedaron abandonados sólo en Levante),
pérdida de la que no se fue consciente, en general, y de la que no se
repondría jamás, como había ocurrido a finales del XV con
la expulsión de los judíos sefardíes. La hermosa morisca
se nos presenta en traje de varón, como antes Dorotea, Claudia y la hija
de Diego de la Llana (en un episodio en la Ínsula que, aunque tiene mucho
de divertimento, como otros sucedidos allí, no es tal para esta pobre
doncella, a quien su padre guarda encerrada en su casa desde que murió
su madre -la de ella-, ¡hace diez años!). Uno de los turcos -en
realidad “renegado español”, se dice luego (como lo era el
eficaz auxiliar del Cautivo, natural de Murcia)- le atribuye el cargo de arráez
(cuando el bajel es apresado por las galeras barcelonesas, en una de las cuales
va don Quijote) a este joven “tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde”
que despierta la compasión del virrey; éste le pregunta por su
origen y se asombra de oír la respuesta: “No soy turco de nación,
ni moro, ni renegado”, sino “mujer y cristiana”. Pide el mozo
que suspendan la ejecución en tanto cuenta su vida y comienza refiriéndose
a su “nación más desdichada que prudente” y a su fe,
cristiana como la de sus padres, “y no de las fingidas ni aparentes”
-esto, con su belleza, es esencial para la simpatía que despierta Ana
félix en sus oyentes-. He aquí el resumen de sus peripecias: la
expulsión de España, en compañía de sus tíos,
después de la marcha de su padre; el seguimiento, mezclado con los moriscos,
de su enamorado, don Gaspar Gregorio; los peligros por los que pasan ambos en
Árgel y cómo se las ingenia ella para sortearlos, vistiendo de
mora al joven y muy hermoso caballero (“don Gregorio queda en hábito
de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse”) y asegurándole
al rey que regresará con las riquezas enterradas por su padre en España,
si le da medios para ello; y, en fin, lo ocurrido al llegar a la costa, junto
con el ruego de que “me dejéis morir como cristiana”. En
este punto se da a conocer Ricote, que ha entrado con otros en la galera y se
arroja a los pies de su hija, abrazándolos -en un gesto más de
servidor que de padre- y sollozando mientras habla. Naturalmente, perdona el
general la vida al arráez, y no sólo a él/ella, sino, a
instancias del virrey, a los dos turcos que han matado a sus soldados, porque
“no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada” (¿Quién
lo dice?: ¿el virrey, el narrador, Cervantes?). Se deja, de momento,
el episodio en estos términos: el renegado volverá a Argel con
el tesoro de Ricote para rescatar a don Gaspar Gregorio y, mientras, la morisca
y su padre irán a casa de don Antonio Moreno, el amigo de Roque que también
había hospedado a don Quijote. Más tarde, después de la
derrota definitiva de don Quijote por el Caballero de la
Blanca
Luna (aunque aún tiene aquél arrestos para decir que se “holgara”de
haber tenido él que ir a Berbería, es verdad que enseguida recuerda
con desesperación que ha sido vencido y que ha prometido” no tomar
las armas en un año”) llegará la conclusión: la vuelta
de don Gregorio (con el elogio, nuevamente, de su hermosura); el encuentro de
los enamorados -“no se abrazaron... porque donde hay mucho amor no suele
haber mucha desenvoltura” -y el ofrecimiento de don Antonio, de acuerdo
con el visorrey, de hacer las gestiones necesarias para que Ricote y su hija
puedan quedarse en España. Lástima -desde una perspectiva estrictamente
literaria- que el largo discurso de Ricote, exaltando el heroísmo “del
gran Filipo Tercero” y el duro proceder del Conde de Salazar, encargado
de la expulsión, (porque “todo el cuerpo de nuestra nación
está contaminado y podrido”, por lo que no hay que esperar “favores
ni dádivas”) suene tan poco creíble y enturbie la alegría
del final -en cualquier caso, don Antonio irá a hacer “las diligencias
posibles” en la Corte-: ¿Tenía realmente Cervantes que obligar
a su personaje, un morisco dolorido por el exilio, a justificar, denigrando
a su pueblo, la decisión del rey, e incluso la intransigencia con que
se había llevado a cabo?; ¿no había otra manera de atajar
los previsibles problemas que podría causarle el cuento de los moriscos?
Como conclusión, puede decirse que estas mujeres pueden llamarse valientes porque procuran decidir sobre su propia vida y con frecuencia se apartan del porvenir que otros creen conveniente para ellas; y porque se sobreponen a la desdicha, a la monotonía o a las convenciones sociales para trazarse un destino o para sobrevivir en la adversidad. No son, en definitiva, ni Aldonza ni Dulcinea y conforman en la obra un cuadro de vivacidad extraordinario. En él observamos, como en todo Cervantes, su mirada comprensiva, y a veces irónica, junto a la necesidad de someterse a las limitaciones de su tiempo. En la capacidad del autor para que éstas no se impongan de tal manera que ahoguen la libertad de aquélla radica, ya lo sabemos, la genialidad de El Quijote.
PEQUEÑOS GUERREROS DE LOS VIDEOJUEGOS DESTRUIRÁN EL MUNDO
por Salomón Valderrama Cruz
Los
niños, como los fatuos santos católicos, son conspicuos, naturales
guerreros. Y cómo no lo van a ser si por todos los vértices del
mundo, pirámides raciales, de Oriente y de Occidente, se les restriega
y aquilata, hasta en los sueños, la figura, ya fija, poética,
ya científica, ya filosófica, del matar: no para ser matado, sí
para no aburrirse, para entretenerse y gozar comprando, vendiendo y comiendo
la muerte. Amor de necrófago. Los niños, brutos adultos aquellos
que, no siendo santos, sueñan santos, los que reniegan del mundo, los
que entienden el abuso y la miseria, el irracional de atacar para decir gané.
Game Over. En los videojuegos enseñarle a matar, en los dibujos animados
condicionar el matar, en las noticias por internet, radio, televisión,
revistas, periódicos, novelas, cuentos, poesías y dramas, y como
fiesta sin fin el matar en las no-tan-secretas-reuniones-políticas de
los gobiernos, que tratan de imponer, vender sus productos y democracias desde
su nulo punto de vista al mundo. Y escoger o determinar legalmente a quién
matar en el mundo como arquetípico, adalid de. Arte que estrena el caer.
Para temer y, lo que sea, recibir. No sé si seré ciego o sordo
o mudo, pero no puedo evitar el sifilítico sufrir al contemplar en mi
sobrino, de casi tres años, el sueño inestable, abrupto, de facto
cuando come los antipoemas que le abren los pequeños ojos del pequeño
sueño y grita aterrado. Porque en sus microsueños lo abandonan,
lo golpean, lo violan, lo matan; y él aún está aprendiendo
a matar. Y me pregunto: ¿qué pasaría si en todos los cerebros
nos ataca el juego de querer salvar el mundo de nosotros mismos, de la ciencia,
de la religión, de la filosofía, del arte? Niño que todavía
estás atrapado en mí, ayúdame a no matarme matándote.
Ensimismado, oprimiendo botones, aprehendiendo espadas o aprendiendo las inevitables
‘Vocales’ de Arthur Rimbaud, en puerta secreta o joystick para atacar
y matar, para maldecir y resucitar con arte en la imposible consola del mundo
quebrado:
A negro, E blanco,
I rojo, U verde, O azul: vocales, golfos de sombra; E, candor
de los vapores y de las tiendas, U, ciclos, vibraciones divinas
de los mares verdosos, O, supremo clarín lleno
de estridencias extrañas, |
La
poesía se está muriendo. ¡Cómo puede ser si ella
es inmaterial, inmortal! No, nadie es inmortal. El poema y la poesía
se están muriendo. ¡Jamás, eso no es posible! He visto flores
en el universo; enloquecido, he sido un sueño en él. El universo
que es la flor. Vamos a suponer que la flor más bella del mundo se llama
hipérbole. He dicho la flor más pequeña del mundo. He dicho
la hipérbole que es una flor. He dicho mujer que es hermosa, ruca y flor.
He dicho que no existe la exageración, el hipérbaton, la hipérbole.
Matemática y lenguaje siempre ausente y común: a un pueblo, a
un fin. Aún en el fin hay esperanza. Siempre hay esperanza para el que
vive y siente la poesía. Aquélla, la que nos acosa; poesía,
cuarteto o vida en la flor tierra, la flor agua, la flor aire, la flor fuego
enmudecido del beso, gélido abismo, para soñar el mundo poequilatermo,
en la mirada que tomo y, finalmente, castrado, enloquezco. ¿Cuando la
máquina esclavice al hombre el hombre se liberará? «Si enim
fallor, sum» San Agustín («Si me engaño, existo»).
Y también hay un hombre en esta mañana, en este día extraño,
anárquico, nuevo, libre; bello de bellezas que no se conocen, que no
se entienden. Un hombre que come cuando tiene hambre, que bebe cuando tiene
sed, que copula cuando quiere copular, que mata cuando quiere matar, que duerme
cuando quiere dormir, que baila cuando quiere bailar, que canta cuando quiere
cantar, que ve una película cuando quiere ver una película. Un
hombre que es ajeno a toda regla, pensamiento o función, la antitesis
de todo conocer, gnóstico placer, el hombre que no se define, el hombre
que no es hombre ni mito, el hombre ausente de Dios. El Dios que respeta nada,
el que permanecerá: Poempro. Infieles. Poempros de Christian Zegarra
en la ‘Última visión del invierno’:
| esta ciudad puede ser un instrumento
de tortura si no descubres el cañón de dinamita que arde entre sus paredones he aprendido a saquear los rieles de mi cuerpo hasta que en él expiren balas de silicio como ojos de reptil en la pradera del asfalto más allá de la alcantarilla se ordena el caos los hombres se unifican en una visión transparente: un niño agita la vara del conocimiento muerde un agujero en la médula de esta ciudad en esta fingida matrona que despluma extática el ave-esperanza de sus hijos después de esto sabes que la madurez del cuerpo no se halla en los vidrios que absorbes con tu lengua en catarata ni en el luto de tu voz meciéndose en los bajos fondos de una esquina ciega sabes también lo que tu hermano se niega a predicar: el viento salitroso del desierto las cabezas hablando detrás de la mordaza la cabellera que hipnotiza un curvado vientre de mamífero ya lejos en otra parte más allá del revés de toda urbana anatomía y de la zarza que se encrespa entre tus enemigos como un latigazo |
Utopía.
Toda la vida mirando el juego de un niño liberto. Ideas trazadas por
otros; las palabras confluyen como toda el agua: lo acumulado en el mar. Y no
importa la forma en que llegue: bajo tierra, en el aire las gotas de lluvia
encontrada, el sueño finito del río, deshielos constantes, siempre
esculpidos de Tanatos, sueños. Calatos. Los ayeres en la nieve perpetua,
las nubes eternas que jamás subieron la cuesta del cielo extraviado en
la tierra. Lágrimas recogidas en toneles de sangre purgada para vivir
más alejado de las ideas prohibidas, de los aceites cuando sean ya parte
del agua juntada, cuando aún existan definiciones conocidas de vida.
Cuentos, ahítos, crueles seremos todos en el mar, la llegada en la tierra.
¿De dónde venimos? ¿Cuándo llegamos? ¿A dónde
llegamos? ¿Qué somos? ¿Por qué estamos aquí?
¿Es que somos o acaso nos pensamos? Qué existe en mi pensar, la
existencia, qué es lo que te seduce y empuja a leer este absurdo y qué
me obliga a mí a escribir este enigma. Tal vez tu cuento y el mío
se han cruzado en el vuelo por una palabra, encontrado en el sueño de
siempre. La vida sólo asusta. El que teme la muerte, el que cree existir
indisoluble. Toda idea cavilada en el absurdo al dejar el amor. Mis cuentos
son eso que llaman los doctos, mi pensamiento, un juego de palabras arbitrarias
sin sentido ni gesto en el tiempo inútil, lineal. Ya que mi vida es un
enigma inerte en la cuesta del viento soñado, mis historias confluyen
en ciclos futuros, presentes y pasados. Y se pierde la cuenta a tal punto que
ni yo, el que ha escrito los cuentos, poempros, puedo saber qué he hecho.
Qué aconteció primero: la vida, el amor, el dolor al sentirme
alejado, al describir el amor. La cuenta en mi vida, alejado del espacio y del
tiempo, confirma simplemente el absurdo en mi vida, en unas ideas encontradas,
en mis caminos perdidos entre la duda y el cuento. Los motivos, mi vida, todo
lo asociado al amor, a la mujer y el ser, la creación, la fusión
de ambos en el niño: mi único amor. La idea vuelta imagen inmortal.
Lo secreto ontológico de ser mucho más que una idea en la razón,
justificada en el absurdo. La paraexistencia. Sólo entre la idea maquinada
en mis viajes infinitos me envuelvo y expongo mis cuentos al hombre hasta ahora
encontrado en un concepto: el que piensa, el que lo cuestiona todo. La escabrosa
armonía, el que no siente la vida, el que no entiende el amor. Multitud
o epidemia. Bizancio en un poema de Carlos Oliva Valenzuela, ‘Lima I’:
| El arte de caminar por las calles
consiste en ver tus defectos como versos aún no descubiertos en la noche Yo voy más lejos que aquel poema extraviado voy dibujando imágenes sin límites de velocidad palabras como una rosa que enloquece al vacío con esta percepción de ángel alucinado y febril Lima ¿De qué valen tus letreros luminosos? Si sólo consiguen efectos psicóticos tus semáforos si sólo sirven para perturbarme Pero también tienes tu encanto tus ascensores sin embargo no subimos ni bajamos pasamos solamente tus teléfonos malogrados ¿Dónde ciudad tragamonedas iremos nosotros los desheredados de tu belleza? Tal vez a vomitar en el baño de alguna vieja cantina Y luego viajaremos en microbús percibiendo los hedores de tu herida Pero aún no nos espantamos Y sigo por estas calles donde aprendí abrir mi corazón a la melancolía Abrir mi corazón como se abre la bragueta y derramar mi amor como orines sobre las esquinas. |
Amazonia
o mujer, vasectomía con chaqueta verde; una sombra es la que padece escondida
sobre las capas de colores, esa que es la madre, Chancay, en medio del ancho
cielo verde donde bailan las mujeres con los sombreros rojos. Divisando hacia
la tierra el fruto alguna vez caído de sus vientres. En esas largas caminatas
sobre los bolsos negros, Juntacadáveres, incertidumbre del poeta,
la persistencia de la memoria fantasma de este cuadro en la razón. La
razón que en carencia te penetra, voraz, hasta la culpa. La misma que
repetidas veces gritará algún nombre ajeno, melifluo a las gotas
de tus ojos llenos de aguas mansas, atropelladas, de rayos hartos que son tantos
en el acto -o propiedad- de sentir placer. Aniquilar. Cortados en el mar donde
se bañan desnudos los sables insurrectos, de impaciente Tercera Guerra
Mundial. Cuando la obra está deshecha. Cuando es ofrenda de su madre.
Cuando su nacer no ha sido impedido. El barco de la muerte, aquel hermoso barco
de papel que atraviesa sal, agua, azúcar y pétalo de rosa cortada
en el corazón de la mujer que cargando está la barcaza bajo los
cielos, pedacitos del reino tétrico, sarasa, mágico y gélido.
Tan cercanas al cielo están las muertes que parecen ya tocarse, las insulsas,
pueriles, brasas azules del moridero en la nariz. Y los troncos fragmentarios:
todo lo que brotará cuando la soledad sea instancia última. En
el eco de nuestra dulce muerte, el omnipresente vacío. Trazando la nueva
ruta están las fértiles madres, inocentes de culpa y de castigo.
A la hora de comer el pan horneado por los brazos secos, de un ángel
quebrado en el viento aliso, de los nuevos
hijos
pobres, de la espesa y antigua forma de enrumbar los barcos beodos sobre la
oscura tierra, acabada, en la hora de mirar: el último color de nuestro
propio ocaso. Coqueteando o saliendo, naves y secretos del planeta. Bajo el
puente Ohashi y bajo la lluvia de mis ojos que están por llorar. Y es
que es tan complicada la vida que en ellos guardo para arrojar sostenidamente
todo lo que, a veces, quiero poseer y no puedo por carecer de los mismos hermosos
ojos negros que me vieron nacer. África desde el cielo cuando quería
caminar. Con mis dos patas liberadas del capullo-rosa depositado ahora en mi
propio corazón. Instante de querer regalarme algo y saber irremediablemente
que para conseguir mis sueños blandos primero debo atravesar mi incontrolable
sueño rojo, asesinato, gratuidad y sangre, bacanales en mis maderos podridos
por la mezquina libertad. Merienda campestre de mis hijos, los ojos ciegos,
del que sólo ve la quietud en los poetas, postres secos, a los tiempos
rotos de magia y revolución. Del cáustico callejón Gérald
de Nerval, estrangulación y albedrío fáustico mimetizado
en los ‘Versos dorados’:
Crees que sólo al hombre
el pensamiento habita, En la bestia respeta un alma
que palpita, Teme al ojo que acecha en el
muro ocultado, Dentro de cada ser habita un
Dios latente; |
Fábrica
de humanos. Lo que es para sí la tesis de la futura construcción,
cuando la planta no lo es sino que ya, apartada, se arranca los ropajes para
ponerse los más mínimos trazos de la vida. Teoría que se
anula. En el zócalo roto de la mansa y exorbitante conversación,
epístolas para existir, en lo más sublime de la naturaleza, su
propia y libertada luminosidad. Estoico aquel que agarra la muerte en sus gestos
que invierten el acto de parir. En la memoria salvaje que va más allá
del camino único, el contexto de una mano rota donde el hombre ha sido
el Dios supremo y su báculo agujas que esconderán su fuerza creadora.
Sometida a un poco de sangre vertida entre sus sienes, hasta hacer correr las
muertes como fácticas y horrendas pescadoras napolitanas sorprendidas
bañándose a la luz de la luna. Entierro de sólo algunos,
muy pocos, que han sido los que esperan deseosos al morir, acto desolador y
lúbrico a la vez, enclave denodado a la hora de la vida y corrido a la
hora del perder la hermética vida, voluntad. En el propio sello, con
Marco Junio Bruto y Mateo Pumacahua, en semejanza, la acción más
purulenta de libertad es disfrazada. De sublime y celestial la encantadora y
agresiva cualidad, al mostrarse en la sola lanza una extracción de vida,
en la carne viva se verá solamente la eternidad deshabitada, tierna.
En la suavidad del que se sujeta en una hoja larga y ancha como son los dones
regalados por esos genios burdos. Los coleccionistas. El inocente que esgrimirá
un pecador en todos sus adeptos encontrados. Las decisiones que se agarran con
los vaginales ojos que se amamantan con las manos y que se convierten en residuos
de explosiones iniciadas por un rocío olvidado y vano. Tortuosa avalancha
que provee la batalla a la hora de Judas-paradoja-Iscariote-besar. Del cayado
que fue pierna de la oveja, que será la borrasca de todo. Cielo claro
en los giros truncos de las lanzas en esta noche se han roto, en la tranquilidad,
revolución de los tambores. Sonidos que serán el eco de los que
corren hasta afuera de los sueños, de pieles santos y oscuros, bellos,
donde la bandera sustentará la señal de los cajones. El que construye
y esparce la sombra bella. A la única mujer que esperará flanquear
en las batallas: tan únicamente espera extinción. El canto de
zorro y la fulgurante entonación. Las corales voces muertas. Terapia
y belleza, flor convertida en naftalina de Blanca Varela en pos de un Dios,
en el ‘Último poema de junio’:
Pienso en esa
flor que se enciende en mi cuerpo. La Se trata simplemente de heridas
congénitas y Luz alta. Bermellón súbito
bajo el que despiertas Y encima de todo y todas las
cosas, sobre tu propia Rojos, divinos, celestes rojos
de mi sangre y de mi ¿Adónde te conducen?
¿A la vida o a la muerte? Revelación. Soy tu hija,
tu agónica niña, flamante El dolor es una maravillosa cerradura. Arte negra: mirar sin ser visto
a quien nos mira Arte blanca: cerrar los ojos y vernos. Ver: cerrar los ojos. Abrir los ojos: dormir. Facilidades de la noche y de
la palabra. Obscenidades Y así, la flor que fue
grande y violenta se deshoja y Fuera, fuera ojos, nariz y boca.
Y en polvo te con- Dulce animal, tiernísima
bestia que te repliegas en |
En la ronda feliz de nuestros hijos, los tranquilos
amantes del árbol de los cuervos alrededor del ente que ahora es la espantosa
Jerusalén libertada, árbol. América falsificada, EEUU libertada,
Centro-Sur. La que se corre para sí mismo en un refugio y en su corrida
ya no hay más que ese despotricado resto de lo que fue lo portentoso.
Pirámides truncas. Y así el ave blanca cumple su ciclo en el cielo
escaso; ese mismo cielo donde, otra vez, será testigo de la dulce muerte,
del epitafio en prosa del que fue alguna vez la canción florida. De sus
propias hojas, otoño, guiando al pueblo. De las quimeras de un hombre
que siempre han sido sus posibles artes. Y de las artes de los hombres que,
siempre, serán el sueño de alguno insano. La monstruosidad que
es memoria vieja. Y la belleza que es ya máxima eterna del vacío.
BREVES NOTAS SOBRE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL EN ESPAÑA
por Daniela Martín Hidalgo
Consagrado
en sus orígenes (en torno al siglo XVII, con Comenius, Bunyan y Fénelon
como sus iniciadores, 1850 con Hernando y Bastinos en el caso de España)
a una función educativa, instrumento transmisor de la moral, la religión
y los valores imperantes -los burgueses- para la formación de individuos
sociales “útiles”, el libro infantil y juvenil ha ido (lentamente
primero, y en un proceso creciente desde la segunda mitad del siglo XX que no
puede olvidar esclarecedores precedentes como Lewis Carroll o Astrid Lindgren)
deslizando entre sus páginas rasgos lúdicos, humorísticos
e imaginativos, pero también de crítica social realista. Este
abandono de lo estrictamente didáctico en favor de la creatividad, la
imaginación y la experimentación ha modificado definitivamente
el signo de esta literatura y el del papel otorgado a sus lectores.
El niño ya no es considerado como un adulto
incompleto: ha pasado a ser tratado como un verdadero lector, con las particularidades
y las especificidades propias de su condición, pero a quien los libros
que lee aportan soluciones, diversión y experiencias, además de
herramientas para crear o modular sus juicios críticos personales. Estos
niños ya no habitan el mundo intocable y no mancillado de la infancia;
con insolencia, humor o realismo interaccionan con el mundo adulto, tomando
conciencia de su lugar en él y comprometiéndose con temas tan
difíciles como el sexo, la muerte, la guerra o la injusticia.
En el nuevo acto comunicativo del que se inviste
el libro infantil y juvenil actual cobra un matiz importante, no sólo
el juego, sino también el secreto: de guía transmisor de normas,
el adulto pasa a ser cómplice, alguien que accede a ejercer de mediador,
suspendiendo sus compromisos de “persona mayor” para acercarse y
entender lo que el mundo de la infancia tiene que decir y aportar. La literatura
infantil y juvenil deviene entonces un territorio de compromiso trascendente
para los nuevos lectores-ciudadanos y un territorio de libertad y experimentación
para los autores que la propician.
Desde los años ochenta, esta literatura
vive un auténtico auge, con una oferta editorial amplia y en plena diversificación.
Con sus inmensos valores y sus inmensas fallas, la literatura infantil y juvenil
está presente y evoluciona; merece, por tanto y aunque brevemente, ser
analizada. Éstas podrían ser unas notas de acercamiento.
Panorama editorial del libro infantil y juvenil
Como en el resto de ámbitos del mercado
editorial, en España el volumen de producción de Literatura Infantil
y Juvenil (LIJ) es hoy abundante, casi excesivo, con obras de rápida
y fulgurante aparición muchas veces de una calidad más que dudable.
Estas obras crecen, se multiplican y vertiginosamente desaparecen sin una verdadera
labor
crítica
paralela, sin una guía efectiva para padres, bibliotecas y educadores.
El libro, también o especialmente el infantil y juvenil, es considerado
un producto de consumo, no un auténtico soporte para la cultura, de tal
modo que los parámetros de calidad se diluyen y la mayoría de
decisiones editoriales se toman en relación a su repercusión en
el mercado. Es así como la LIJ actúa en una especie de mercado
literario paralelo pero conformado por mecanismos análogos a los de la
literatura “de adultos”. Igual que en ella, la LIJ mantiene algunas
obras inmortales, su canon de primeras figuras, sus best-sellers periódicos...
Por otra parte, la LIJ acusa otra tendencia que
determina su desarrollo. Según el Informe sobre el sector editorial español
2003 publicado por la Federación de Gremios de Editores de España,
ese año la facturación en LIJ aumentó en un 11% con respecto
al año anterior; frente a ella, la de la literatura “de adultos”
disminuyó en un 8%. La LIJ está demostrando ser un valor editorial
continuo y seguro, más incluso que la literatura “de adultos”.
Ello ha propiciado que las grandes editoriales refuercen o incluso creen líneas
editoriales o colecciones de LIJ y que multitud de pequeñas editoriales
infantiles nazcan, perduren y evolucionen (tal es el caso de Media Vaca, Kókinos,
Lóguez o Kalandraka), lo que acentúa un rasgo de este mercado
editorial en literatura infantil y juvenil: su mayor fragmentación con
respecto al “de adultos”. Muchas de estas pequeñas editoriales
son periféricas, es decir, no situadas en una de las dos principales
“capitales editoriales” (Madrid o Barcelona), sino que tienen sus
sedes sociales en comunidades como Cataluña, Galicia o País Vasco
donde, además de beneficiarse de subvenciones regionales, puede nutrirse
de otro mercado, tan reciente que aún parece estarse dotando de un corpus
de obras: el mercado de las lenguas autonómicas.
Estas pequeñas editoriales dinamizan y
oxigenan el sector. En un ámbito en el que el libro de prescripción
escolar (prescripción la mayoría de las veces guiada por un trabajo
comercial previo, con visitas y halagos de comerciales en instituciones y colegios,
y en el que las grandes editoriales, por sus medios, son quienes más
y mejores condiciones pueden ofrecer) está determinado en su forma y
contenido, ellas son las que se arriesgan y experimentan con formatos, papel,
técnicas de ilustración, etc, además de apostar por nuevos
autores y obras de interés diferente; en un mercado homogéneo,
de catálogos similares y libros difícilmente distinguibles, estas
editoriales aportan variedad, color y hasta entusiasmo.
Libro
infantil y álbum. La ilustración
La LIJ se ha presentado tradicionalmente en dos
formatos, el libro ilustrado y el álbum. El primero (más cercano
en sus características al libro de bolsillo y entorno común del
libro juvenil) suele ser de pequeño formato y estar encuadernado en cartoné,
con pequeñas ilustraciones a una tinta entreveradas con el texto. El
segundo, menor en el volumen de su producción en España, parece
relacionarse más con el libro destinado a “primeros lectores”:
de gran formato y encuadernado en tapa dura, en él la ilustración,
colorida y cuidada, tiene igual o incluso mayor importancia que el texto. Si
en el primero buena parte de la producción corresponde a literatura nacional,
el álbum se nutre en su mayoría de traducciones, pues los editores
parecen reacios al mayor riesgo que conllevan (Francia parece un buen ejemplo
en ediciones de álbumes, con ediciones sumamente cuidadas y arriesgadas).
La función desempeñada por la ilustración
en cada uno de estos dos tipos es muy distinta. En el álbum, se trata
más bien de una ilustración “artística” (a
la que muchas veces se da lugar en una labor triangular autor-editor-ilustrador),
que actúa como doble código significante junto al texto (ya sea
completando la historia, ya sea superponiendo una nueva dimensión significativa).
Por el contrario, en el libro ilustrado se trata de una literatura más
didáctica, complementaria y en ocasiones simplemente comercial.
En los últimos treinta años la ilustración
del libro infantil y juvenil ha inaugurado una nueva dirección marcada
por la diversidad y la innovación, caminando al mismo tiempo que lo hacían
las tendencias del arte gráfico y la pintura. Del habitual dibujo a lápiz,
cera, carboncillo, etc. o con técnicas mixtas (acuarela o gouache) se
pasó, primero, a difuminar el trazo, para desembarcar posteriormente
en el collage, la fotografía o, últimamente, en los tratamientos
electrónicos y digitales (que abren ámbitos de innovación
aún inexplorados). Si en los años sesenta se vivió un tímido
auge de la LIJ, los setenta sirvieron, además, para replantear enfoques
y buscar nuevos temas, técnicas y proyectos, cobrando la ilustración
importancia, calidad y espacio, y tomando como modelos a una mayoría
de ilustradores extranjeros. Hoy la ilustración infantil está
marcada por influencias como las del cómic o el cine, con un planteamiento
cada vez más artístico (sobre todo, ya lo hemos señalado,
en lo que respecta a los álbumes).

Otros géneros
La LIJ no se construye sólo mediante la
narrativa; considerarla así conllevaría una reducción.
Aunque marginales, poesía y teatro existen, se siguen escribiendo y cumplen
un papel significativo (que tal vez debería ser mayor) en la configuración
de esta literatura. El género poético (una poesía musical,
llena de juegos y extravagancias verbales muy en la línea de Lewis Carroll
y más para ser recitada que leída) es especialmente apreciado
por los niños, como también lo es el teatro, la representación
viva de las historias.
Apenas ya practicadas en el ámbito escolar,
la dramatización y el recitado en voz alta (incluso la memorización
de poemas, que no puede ser un proceso automático sino la “adquisición”
del texto para sí, su “hacerlo propio” por parte del niño)
siguen siendo la vía de acceso más apta, no sólo para el
teatro y la poesía leídos entre niños y jóvenes,
sino para la lectura en general. Quizá habrá aún que aprender
de los países nórdicos y germánicos donde, puede que por
su tradicional cercanía con los géneros populares orales, no han
abandonado nunca estas prácticas.
Cabría mencionar a algunos autores interesantes:
J. L. Alonso de Santos (para niños), González Toriles y Luis Mantilla
en teatro; Ana María Romero Yebra, Olga Xirinachs y Charo Ruano en poesía.
Gloria Fuertes como gran dama y maestra en ambos.
De Momo a Harry Potter y otros fenómenos

El best-seller infantil no nació en los
noventa con Harry Potter y Manolito Gafotas, sino que viene
de los años ochenta como fenómeno paralelo al auge y crecimiento
de la LIJ. Los libros infantiles y juveniles de éxito se convierten rápidamente
en libros consumidos por los adultos, long-sellers (es decir, best-seller cuya
venta se alarga y se mantiene en tiempo e intensidad) que se mantienen vivos
en los fondos editoriales durante bastante tiempo. Eso fue lo que sucedió
en los años ochenta con Momo y La historia interminable,
ambas novelas juveniles del alemán Michael Ende (a día de hoy
y según datos señalados por Sergio Vila-Sanjuán, la segunda
parece haber superado los 600.000 ejemplares vendidos en España). En
los noventa, novelas juveniles de gran éxito fueron El mundo de Sofía,
Harry Potter (cuyas ventas, gracias a la multiplicación de aventuras
y a una medida operación de marketing global, crecen y se multiplican)
o Manolito Gafotas (nuestro mayor fenómeno nacional), además
de Caperucita en Manhattan (relato juvenil de Carmen Martín
Gaite publicado por Siruela y con una venta actual aproximada de unos 300.000
ejemplares).
A día de hoy, inmersos en los fastos del
sexto Harry Potter (Harry Potter y el misterio del príncipe)
y habiendo vendido el joven mago unos nueve millones de ejemplares en español
(trescientos millones en las treinta lenguas a que ha sido traducida la historia),
cabría preguntarse por las razones de los dos fenómenos infantiles-juveniles
más recientes, nacional uno y extranjero otro: el mencionado Harry
Potter y nuestro Manolito Gafotas. ¿Qué los convirtió
en best-sellers adultos? Si El mundo de Sofía se convirtió
en éxito de ventas especialmente por su prescripción como ameno
manual de iniciación filosófica, para Harry Potter podríamos
aventurar
que se trata de una buena receta. Harry Potter asume el éxito
de renovar un género siempre atractivo (el de la magia y lo fantástico,
que en los últimos años se ha demostrado en apogeo) sintetizando
o aunando otras varias tendencias al mismo tiempo: la de la novela juvenil de
aventuras y la de los conflictos de paso de edad (de la infancia a la adolescencia,
cada vez más presentes en los últimos Harry Potter).
En el caso de Harry Potter, el héroe no es alguien inmarcesible
a quien le “suceden” interminablemente cosas, sino que, como un
personaje vivo, evoluciona y se completa con cada título. La lectura
se convierte así en toda una “iniciación” (iniciación
en los espacios, los personajes, las circunstancias, el lenguaje de la magia,
etc.) que, asociada a una inteligente labor de promoción y merchandising,
lleva a que los números de ejemplares vendidos se disparen.
Todo lo contrario sucede con Manolito Gafotas.
Manolito es el antihéroe español, difícilmente exportable
por sus particularidades, encarnación de los vicios y virtudes de toda
nuestra sociedad, y su mayor hallazgo quizá haya sido encarnar y concretar
algo que nos resulta íntimamente conocido y reconocible. Manolito gana
al lector no infantil por su humor y por su visión despiadada del mundo
adulto (que convierte las historias en un juego de narcisismo infantil), por
su lenguaje tan personal y lleno de rasgos reconocibles. La encarnación
gráfica de Manolito por Emilio Urbeaga ha ayudado, sí, además
de la presencia de su autora convertida en voz del personaje en cierta radio,
además de alguna que otra película y alguna que otra columna (que
acercaron el personaje a quien aún podía desconocerlo), si bien
nunca alcanzaron las cuotas de dosificación comercial y publicitaria
del personaje de J. K. Rowling.
El problema de la lectura

Best-sellers, novelas o álbumes, lo importante
es que los niños lean. Pero ¿cómo atraerlos hacia la lectura
en un mundo superpoblado por estímulos más poderosos que la lectura?
La televisión, los videojuegos, la calle misma con sus movimientos y
sus ruidos..., todos ofrecen a simple vista “más” que una
tarde sentados con un libro entre las manos. Sólo si se consigue que
el niño conjure el sésamo de entrada a la lectura, trasponga su
código (por otra parte complicado por convencional) y descubra que lo
que aparece en los libros es, también y sobre todo, el mundo, no abandonará
nunca la cueva de las historias.
El acercamiento inicial tiene que estar marcado
por lo lúdico y el elemento básico de entrada suele ser la familia:
si un niño comprende la fascinación de la lectura en su entorno
cercano, aprende en él el rigor, la tranquilidad o el silencio, será
más fácil que después del primer libro desee el siguiente.
Pero ¿qué hacer con esas familias de las que no pueden aprenderse
costumbres lectoras? Es ahí donde entran en juego colegios, educadores
y bibliotecas. ¿Cómo llenar de conceptos los curricula escolares,
diversificar absurdamente contenidos si no somos capaces, en una sociedad masivamente
escolarizada, de hacer que en el colegio los niños que no leen “aprendan
a leer”?
Una vez maduro en su aprendizaje y ya desde la
educación primaria, el niño debe adquirir una cercanía
con el libro: primero como juego, más tarde como moneda para múltiples
aventuras, finalmente reflejo de sí y de sus preocupaciones de ser humano.
Desde los primeros cursos, el “rincón de lectura” o la “biblioteca
de aula” son imprescindibles; con libros atractivos y amenos se conseguirá
que el niño se familiarice con el objeto-libro, que lo asocie a ciertos
momentos del día (a veces la lectura se convertirá en premio,
otras en reposo tras las otras actividades). Luego vendrán las visitas
a las bibliotecas, donde el niño elegirá el libro que le apetezca
leer y cuya lectura culminará sólo cuando él mismo lo considere
apropiado: sin fechas, sin resúmenes. Si el proceso se amplía
y culmina, más tarde la demanda surgirá de él, lector adulto,
entrando en una librería y conformando su propia biblioteca. En este
ámbito, como en cualquiera, toda nueva iniciativa, sea esta “club
de lectura” o intercambio de libros, será válida siempre
que acerque el libro a quien lo ve con respeto y hasta temor, siempre que cree
nuevos lectores.
Apuesta por la calidad

La apuesta por el libro infantil y juvenil ha
de ser firme por parte de autores, editores, educadores, y librerías
(también por las grandes superficies, uno de los canales de compra más
importantes de este tipo de literatura). Tiene que haber una voluntad firme
de crear productos de calidad que se constituyan en fondo editorial (el fondo
editorial no está reñido con la literatura infantil), de hacerlos
accesibles y atractivos a su público último (no sólo a
aquellos que los adquieren). Es importante, como también lo es en la
literatura “de adultos”, la diversidad, la calidad, una actividad
crítica paralela, disminuir la rotación de novedades e incentivar
y vivificar los libros de pequeñas editoriales frente a las grandes montañas
de harrys y manolitos, pues ellos aportan savia nueva y buena. Es importante
que el número de lectores crezca, ya que sólo creando niños
lectores daremos lugar a adultos lectores. Son necesarios, en definitiva, el
entusiasmo y el riesgo: por parte de todos, a partes iguales.
DE PESSOA A NUESTROS DÍAS: POESÍA PORTUGUESA
por Salvador García Ramírez

Siempre me he sentido fascinado por el descubrimiento
sorprendente y tardío de Portugal y su cultura. Me gusta repetir que
a este encuentro el azar me condujo por tres caminos simultáneos: las
aceras de adoquines y las colinas neblinosas de la novela Invierno en Lisboa
de Antonio Muñoz Molina, la lectura de los heterónimos de Fernando
Pessoa en una antología de Austral, y el cansancio de una jornada en
la Expo92 de Sevilla, que me condujo hasta El Palenque, hacia la medianoche
de una primavera, frente a un escenario en el que actuaba un grupo de negro
riguroso envuelto en la bruma del océano y precedido por la figura hierática
de Teresa Salgueiro y la saudade de su voz tan cristalina.
Desde entonces, lusófilo empedernido, viajo
a Portugal siempre que puedo, abro los días con una agenda, que al fin
y al cabo es un Poemário con un puñado de versos para inventar
la vida en una lengua dulce de vocales y mareas, y a veces escribo, pensando
en su recuerdo, una página de Tiempo de tranvías, una
guía para nostálgicos que se alimenta de las veces en que un lirismo
incontrolable todo lo trasciende.
| Donde me llevan tus corrientes voy salvando como puedo las tormentas, sin saber dónde llego cuando parto, en la muralla informe de tu piel, perdido. |
Dicho esto y como gustosa respuesta a un encargo
que no hubiera sido posible sin la Assirio & Alvim, sin los miradores, sin
los puentes de febrero y sin el trabajo de traducción y las investigaciones
de amantes y estudiosos de la poesía portuguesa como Ángel Crespo,
José Ángel Cilleruelo, Carlos Quiroga, Perfecto Cuadrado, Ángel
Campos Pámpano,
Carlos
Clementson, José Luis Puerto, Fernando Pinto do Amaral y un largo etcétera;
escribí esta pequeña e incompleta recopilación de la poesía
portuguesa capaz de sobrevivir a Pessoa, sin nunca conseguirlo. Haber ido más
allá de los nombres y las etiquetas habría sido lo acertado, pero
no siempre lo posible, sobre todo si el espacio se limita a la plana dimensión
de algunos folios. Sirvan, pues, los párrafos que siguen tan sólo
como rastros, estériles y resecos vestigios. Sirvan como rutas en los
mapas de un laberinto que a navegar nos invita entre sus versos.
Presupuestos
La poesía portuguesa, trascendida de intimismo,
ha sido siempre, y lo sigue siendo, predominantemente lírica. A pesar
de sus grandes hazañas épicas Portugal parece ser el país
de las evocaciones, del recuerdo y la búsqueda de lo que siempre estuvo
en otro lugar y en otro tiempo. Esta circunstancia, aunque colectiva, provoca
en el poeta el desasosiego de un papel donde predomina lo sentimental y lo personalista.
Sin ser excluyente, me atrevería a decir
que la lengua portuguesa, por su sonoridad, por la construcción de su
sintaxis, por su entonación y ritmo, es una lengua de poesía.
Si unimos a lo anterior el carácter pausado, idealista y melancólico
del portugués, podríamos comprender en parte el porqué
de la importancia y del gran número de poetas lusos.
Aunque Fernando Pessoa muere en 1935, tras sólo
haber visto publicado un único libro, Mensagem, su legado literario,
sin poder decir que no hubiera tenido gran influencia con anterioridad, sí
podremos afirmar que no parará de crecer desde ese preciso momento. Sus
obras comenzarían a ser publicadas con cierto orden por algunos de sus
amigos de Orpheu en 1942, a través de la editorial Ática.
Figura de referencia insustituible, se convirtió a la vez en incómoda:
figura que merece un reconocimiento, pero figura a superar. Bordear su omnipresencia,
no diluirse en lo alargado de su sombra, será uno de los principales
retos con los que tendrán que enfrentarse la mayoría de los poetas
a los que me referiré a continuación.
| Tendrán, como el azar, sus extremos la gloria, sus orillas los ríos, la colina y la cruz su decadencia, a mil años de aquí, na cidade do Sul, a vida o muerte. |
La
revista Presença
En el escenario de la dictadura salazarista se
va a ir imponiendo una literatura macerada de contenidos ideológicos,
aunque dada su dilatada vida hará que el Neorrealismo primero sea relevado,
cercano a los cincuenta, por otras formas de compromiso como el que representa
el movimiento surrealista portugués de la mano de su más destacada
figura: Mário Cesariny.
Con anterioridad a la revista Presença,
de la que se editan en Coimbra 54 números entre 1927 y 1940, habría
que mencionar, aunque fuera de pasada, a poetas líricos a caballo entre
el modernismo representado por Pessoa y el representado por el presencismo.
Me estoy refiriendo al erotismo de Antonio Botto, al saudosismo de Afonso Duarte
y de una manera especial a Florbela Espanca y sus sonetos de indudable belleza
traspasada de sentimiento, y de quien se acaba de celebrar el 75 aniversario
de su desaparición, a los 34 años de edad.
A la lisboeta Orpheu, sucede en el panorama
poético la revista Presença. En ella se expone lo que
se ha dado en llamar el segundo modernismo portugués. En su trayectoria,
cambiante y de intensidades variables, se ejemplifica el conflicto que surge
con los planteamientos del Neorrealismo. Frente a éste, se opta por una
literatura más alejada de cualquier corriente política o de compromiso
social. Tal vez sea esa una de las razones de su larga vida, su falta de oposición
a la dictadura y su ausencia de sentido crítico ante la situación
del pueblo portugués.
En sus páginas colaboraron Fernando Pessoa
y Mário Sá-Carneiro. En realidad, serán los poetas jóvenes
de Presença quienes iniciarán el reconocimiento del creador
de los heterónimos. Pero, entre sus colaboradores más asiduos
y sus más emblemáticos representantes, habría que referirse
a Miguel Torga, a José Régio, a Carlos Queirós o a Casais
Monteiro. Como denominador común, en sus versos, de concepción
clásica, huyen del hermetismo de las aventuras formales y conceptuales.
El
Neorrealismo
Hasta la década de los 50, surge un movimiento
literario de contenido ideológico que pretende escapar del enfoque psicológico
de los poetas de Presença. Esta poesía, válida más
por su carácter testimonial que por sus valores propiamente líricos,
variopinta y polémica, es lo que se ha denominado el Neorrealismo portugués.
Dentro de esta corriente habría que mencionar
a poetas como Carlos de Oliveira, José Gomes Ferreira y Armindo Rodríguez.
En la ardua disputa entre los rescoldos de la poética presencista y el
realismo de los neorrealistas, aparecen, agrupados en torno a revistas como
Cadernos de Poesía, poetas que intentan superar las confrontaciones
y dicotomías. Poetas que, sin renunciar a su compromiso, intentarán
compaginarlo con sus valores estéticos. Nos encontramos aquí con
escritores como el polifacético Jorge de Sena y el orientalismo naturalista
de Ruy Cinatti y Sophia de Melo. Ésta última será uno de
los grandes nombres de la poesía portuguesa. En su obra de compromiso
social irrenunciable y poética depurada, la antigüedad y la modernidad
de su experiencia personal dialogan en una atmósfera de un clasicismo
inconfundible.
El Surrealismo
A finales de los cincuenta y ante la larga prolongación
de la dictadura, como superación del mero compromiso, aparece una corriente
a favor de las estéticas que habían sido abandonadas por las preocupaciones
sociales. El Surrealismo coexistirá con el Neorrealismo, del que se distanciará
pronto y con el que polemizará encarnizadamente. Son los escritores de
poesía, de amor, de libertad y deseo, entre los que destaca la obra plástica
y poética de Mário Cesariny. En su entorno surgirá la oposición
al pensamiento y la moral oficiales, así como la lucha contra el orden
político y religioso establecido.
Poesía
61
En los años cincuenta, en una realidad compleja,
coexisten la vanguardia, un surrealismo tardío, el agotamiento del realismo
y otros muchos enfoques de lo lírico. La verdadera ruptura de esta situación
vendrá, a principios de los 60, de la mano de proyectos como Poesia
61, con un marcado objetivo de intención renovadora y atención
al lenguaje poético. Figuras como la de Gastao Cruz, Fiama o Luiza Neto
Jorge, abrirán definitivamente el camino de una nueva poesía portuguesa
con la recuperación del yo como motivo central del trabajo poético.
Las grandes singularidades
Por encima de corrientes y sin el encasillamiento de
las décadas, sería conveniente resaltar aquí las grandes
singularidades que dan renombre y marcan una nueva eclosión de la poesía
portuguesa a lo largo del siglo XX. En este meritorio grupo podríamos
destacar los siguientes poetas:
Herberto
Helder (1930). Figura central en el panorama poético presente. Su obra
es de las que ha producido un cambio más significativo en la escritura
portuguesa. Su contenido es difícil, hermético incluso. En sus
versos sabotea la lógica racional con una lucidez cargada de registros
mágicos, oníricos, magmáticos. Controla y fuerza el ritmo
y utiliza con sabiduría sus materiales característicos a lo largo
de sus extensos poemas con una identidad que le hacen inconfundible. Como dice
Fernando Pinto de Amaral, poeta y estudioso de su obra, los rasgos más
sobresalientes de su poesía son: el fulgor y la intensidad expresiva
de sus metáforas, el léxico rico en inesperadas asociaciones,
el juego de ritmos que oscila entre descensos a lugares abisales y elevaciones
a tonos encantatorios. En esta poesía no hay un contacto sereno con lo
real, sino un continuo exceso, una desmesura, un fuego devorante, en una escritura
en la que coinciden alucinación y lucidez. Sus poemas han ido reuniéndose
en una especie de antología que lleva por título Ou o poema
contínuo.
| Fora existe o mundo. Fora, a esplêndida violência ou os bagos de uva de onde nascem as raízes minúsculas do sol. |
Ruy
Belo (1933-1978). Poeta de lo cotidiano individual y colectivo. En su obra se
observa un regreso a cierta “pureza” poética, alejándose
a la vez del contenido pragmático e ideológico del Neorrealismo
y de los excesos formalistas de las vanguardias. Entre sus temas obsesivos destacan
la muerte, la soledad y la infancia perdida. En su vertiente católica,
con referencias explícitas de la Biblia y a las obras filosóficas,
prestará una especial atención: a la moral de los seres oprimidos,
a la denuncia política, al paisaje natural lleno de lirismos contemplativos,
a las pasiones difusas, a la ausencia, la duda y al desamparo. Su estilo estará
marcado por el verso libre cuajado de aliteraciones y asonancias, a veces culto,
experimental otras. Entre sus obras, destacan Homem de Palabra(s) (1969),
País Possível (1973), Toda a Terra (1976), etc.
| Digam que foi mentira, que não
sou ninguém, que atravesso apenas ruas da cidade abandonada fechada como boca onde não encontro nada: não encontro respostas para tudo o que pergunto nem na verdade pergunto coisas por aí além Eu não vivi ali em tempo algum. |
Sophia
de Mello Breyner Andresen (1919-2004). Ha sido una escritora que ha mantenido
vivo su compromiso político, antes y después de la Revolución,
al mismo tiempo que construía una obra poética muy particular,
en la que confluyen la antigüedad grecorromana y la modernidad. Recurre
con insistencia a los temas marítimos. En su mundo, basado en la justicia,
el rigor y la verdad, combate el caos, los vicios y la corrupción con
un estilo sublime, claro y límpido. Sus versos nos transportan a una
atmósfera mítica y trascendente, intemporal y misteriosa. Su obra
se encuentra recogida en Obra Poética (1990); a la que hay que
añadir títulos como O búzio de cós e outros
poemas (1997), Mar (2001), etc.
Aquele que profanou
o mar Disse que tinha ultrapassado
a lei Porém eu vi no chão
suja e calcada |
Eugénio
de Andrade (1923-2005). Residente en Porto, de su obra poética dirá
Óscar Lopes que evidencia un paraíso puramente terrestre, emanado
del deseo y perceptible desde la simple transparencia de los ritmos frásicos
orales. Utiliza un léxico severamente escogido, luminoso diría
Manuel Alegre, con imágenes diversas para un mismo conjunto de elementos
fundamentales: la tierra densa con sus frutos y cuerpos; el agua, el aire, el
fuego y la luz a lo largo del ciclo de las estaciones. Entre sus obras podemos
destacar: As Mãos e os Frutos (1948), As Palabras Interditas
(1951), Mar de Setembro (1961); Limiar dos Pasaros (1976)
y las publicadas en edición bilingüe Ofício de Paciencia
(1994), O sal da Lengua (1995), así como la reciente antología
publicada por Ángel Campos Pámpano.
| O meu país sabe as amoras
bravas no verão. Ninguém ignora que não é grande, nem inteligente, nem elegante o meu país, mas tem esta voz doce de quem acorda cedo para cantar nas silvas. Raramente falei do meu país, talvez nem goste dele, mas quando um amigo me traz amoras bravas os seus muros parecem-me brancos, reparo que também no meu país o céu é azul. |
Jorge
de Sena (1919-1978). Ensayista, crítico e historiador de la literatura,
narrador y dramaturgo, es una de las figuras más polifacéticas
e importantes de la literatura portuguesa. Su originalísima obra poética,
que arranca de experimentaciones emparentadas con el surrealismo, fue evolucionando
a un compromiso personal y crítico con la sociedad y la cultura occidentales.
Su virtuosismo formal se combina con rudezas expresivas, lo histórico
con lo individual, lo espiritual con lo sexual, la inefabilidad con el realismo
provocativo. Como afirma Eduardo Lourenço, nadie como él ha teorizado
y ejemplificado la práctica poética con más determinada
responsabilidad ética en el período post-Pessoa. Su obra, profundamente
renovadora, ha sido reunida en Poesia I, II y III (1977-78).
| Na minha terra, não há
terra, há ruas; mesmo as colinas são de prédios altos com renda muito mais alta. Na minha terra, não há árvores nem flores. As flores, tão escassas, dos jardins mudam ao mês, e a Câmara tem máquinas especialíssimas para desenraizar as árvores. O cântico das aves — não há cânticos, mas só canários de 3º andar e papagaios de 5º. E a música do vento é frio nos pardieiros. Na minha terra, porém, não há pardieiros, que são todos na Pérsia ou na China, ou em países inefáveis. A minha terra não é inefável. A vida na minha terra é que é inefável. Inefável é o que não pode ser dito. |
Sin
pretender ser exhaustivo, habría que sumar a los anteriores a autores
como António Ramos Rosa (1924), ensayista y prolijo poeta. Su obra, de
continencia formal y pudor en los sentimientos, explora sobre lo real más
inmediato, hacia un encuentro con la materialidad desde la que palpita la experiencia,
el deseo y el presentimiento, más que la evidencia. Añadir además
a la prolongación del neorrealismo con Manuel Alegre (1937), el lirismo
amoroso de David Mourao-Ferreira (1927-1996), el surrealismo y la obra inabarcable
de Raul de Carvalho (1920-1984). Es preciso mencionar también, en el
terreno de lo experimental, nombres como Ana Hatherly (1929), ensayista interesada
por el Barroco; Ernesto de Melo e Castro (1932), antólogo y divulgador;
Alberto Pimenta (1937) y António Gedeão (1906-1997), profesor
de Física y Química, que sorprende con lo científico en
su discurso poético. Resulta obligado mencionar también a Pedro
Tamen (1934) y su inspiración cristiana, sonetista y gran conocedor de
la mitología clásica.
La década de los 70
A partir de esta década destaca el regreso
a lo discursivo, a lo confesional, a la narratividad, a lo cotidiano, a la Historia
y a la mitología. Aparecen nombres de poetas que adquieren una gran relevancia
como Nuno Júdice (1949), con un discurso hermético y visionario;
Al Berto (1948-1997), de temática marginal y urbana; y António
Franco Alexandre (1944), poeta de escritura fragmentaria y cargado de intertextualidad.
Habría que enumerar también a Nuno Guimarães, Fátima
Maldonado, António Osorio, Vasco Graça Moura, Teresa Balté,
Joao Miguel Fernández Jorge, Manuel António Pina, Joaquím
Manuel Magalhães, Helder Moura Pereira, Mário Claudio, etc.
Los
ochenta
La década de los ochenta en la poesía
portuguesa recoge un conjunto de figuras aisladas que no cuajarán como
grupo ni artística ni sociológicamente. Entre ellas podemos destacar:
Fernando Pinto do Amaral: poeta y ensayista crítico sobre la poesía
contemporánea de su país. De claro rigor métrico, exalta
los valores míticos, simbólicos y ligados con la naturaleza. António
Nogueira, de ácida espontaneidad, naturalidad desinhibida y feroz ironía
en lo que respecta a los mitos y tópicos culturales. Gil de Carvalho,
con un estilo breve y despojado que se ha ido abriendo progresivamente al influjo
oriental. Adilia Lopez, quien abunda con humor en la temática sociológica
con sus antipoemas. Carlos Poças Falcão, con una obra densa y
rigurosa que profundiza hacia lo filosófico y lo religioso, etc.
Los noventa
Agrupados en ediciones independientes y en revistas
literarias surge una generación de poetas con una clara conciencia de
sí misma y con un objetivo innovador. Como características comunes,
este grupo se presenta bajo una pobreza expresiva que se concretiza en la escasez
metafórica, una sintaxis diáfana y una ausencia de embeleso en
los temas de su poesía, valorándose la experiencia concreta frente
a lo perdurable y transmisible. Su realismo, el interés por el presente
y lo cotidiano, los atisbos de una melancolía difusa y sobre todo la
asunción de la pobreza expresiva como esencia de su estética,
han suscitado no pocas críticas a la rotundidad con que se presenta esta
generación. En contra de la riqueza del lenguaje poético, cosechada
en Portugal a lo largo del siglo XX, en contra de cualquier huida irracional
o metafórica, abordan una perspectiva lúcidamente ácida
e insobornablemente crítica.
La falta de la perspectiva histórica necesaria
y la abundancia de nombres que surgen en esta nueva propuesta de renovación
poética, hacen difícil la enumeración de unos cuantos nombres
principales. No obstante, y siguiendo los estudios de José Ángel
Cilleruelo, se pueden mencionar poetas como Jorge Gomes Miranda (1965), Ruy
Pires Cabral (1967), José Miguel Silva (1969), Manuel de Freitas (1972),
Ana Paula Inácio (1966), Renata Correia Botelho (1977), João Almeida
(1965), Paulo José Miranda (1965), Rui Coias (1966), Luis Quintais (1968)
y un largo etcétera de nuevos escritores que nos hablan de la buena salud
que el género lírico sigue manteniendo en Portugal.
Contigo puedo
entrar en el lúcido puerto En los confines de tu edad perdida Propicia vuelve a supurar la
huella |
(*) Nota sobre la autoría de los poemas:
Los fragmentos en portugués, por orden de aparición, pertenecen a: Helberto Helder, Ruy Belo, Sophia de Melo, Eugénio de Andrade y Jorge de Sena. Los fragmentos en español pertenecen a Tiempo de tranvías, poemario sobre Portugal de Salvador García Ramírez.