CRÓNICAS DE UNA LIBERTAD VIGILADA


por Marta Raquel Zabaleta

 

...en mi cuarto quedó el sol
y una sonrisa de papel...

Pipo Pescador
‘Canción de la fotografía’
(Buenos Aires, 1975)

 


COMO PATA EN CHARCO AJENO

 

El patito ausente
(13 de noviembre de 1976, Parque Palermo, Buenos Aires)


Perdido ahora en Buenos Aires © Susana Mulé     Reteniendo la respiración, miré hacia atrás, pero con mucha más aprehensión esta vez. Desde el asiento delantero del auto, trataba de adivinar cuál sería el destino del patito de Yanina, perdido ahora en Buenos Aires. Lo habíamos dejado solo, librado a su suerte en la ciudad del terror. Me sentía muy culpable.
     El animalito, sin embargo, caminaba muy rápidamente, casi como de costado. Tendría una ligera pizca de miedo, tal vez, pero lo disimulaba con un aire casi aristocrático, cual si desafiara al abandono con ofendido decoro. Al mismo tiempo, parecía como que se le hubieran alargado las patas. Que sus alitas amarillas y las plumitas negras le hubieran crecido, para impulsarlo directamente hacia el lago. Patito estaba, en suma, encarando con coraje y expectante, la libertad. Su futuro le daría miedo, sin duda, pero al mismo tiempo, le atraía. Todo se reducía, en el fondo, si el animal lo pensaba bien, a un problema filosófico: cómo sentirse entre iguales, cómo garantizarse la supervivencia entre extraños.
Patito era, además, joven y soltero, aunque nunca supimos de verdad su sexo, así que lo asumimos macho. Nobleza obliga: en el mundo latino respetamos la tradición patriarcal de nuestros antepasados, casi siempre ¿o no?... Tenía ante sí un porvenir desconocido, es verdad, pero también tendría ciertas opciones. ¿Y qué acerca de sentirse el Pato Nuevo, con angustias post-modernistas? ¡Ah!... Porque no es cosa tampoco de olvidarse que la libertad nos ofrece la chance de adquirir una nueva identidad. Algo así como quien diría una multiplicidad de facetas que no son necesariamente ni concéntricas, ni siempre complementarias. ¿Esquizofrenia? Más vale, incompatibilidad de las identidades esperadas y las verdaderas. Abismos entre el ser imaginado que habita en la fantasía y la aburrida realidad circundante. Ser o sentir, actuar o meditar. Ideas con frecuencia pujando una contra la otra (o las otras) en la ansiedad de la misma persona, en la antigua pugna de los discursos ideológicos por tratar de ejercer su propia dominación y hegemonía en un mundo marcado por la desigualdad social.
     Puja ésta que, por suerte y definición, no puede sino que tener un carácter transitorio, me decía, y me digo... Por ello, si se piensa en el exilio positivamente, o sea, de acuerdo con la manera de pensar que está hoy de moda, y si como lo afirma desde hace siglos el refranero español, “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”, alguien puede incluso ganar al exilarse, asumiendo una nueva identidad. No todo, en suma, será pérdida. Y para quienes aterrizamos contra nuestra voluntad en países tan diferentes del nuestro, es primero y después de todo, una disputa entre el ser y el estar, verbos del castellano que para más mala pata se han resumido en la isla de mis encantos en el verbo inglés ‘to be’.


La lorita iletrada


     El exilio, así, me convirtió automáticamente y otra vez, pero ahora primero que nada, a los ojos de los nativos del Reino Unido, en esposa. Eso sería una prueba de fuego para mí. Había subido a ese avión en que iba a Europa casi a la fuerza, una mujer de clase media, bien alimentada y blanca, altamente calificada. Con el título ganado en buena ley cuando muy pequeña, de ‘Piquito de Oro’. O de Jesús Memoria, dados ambos por El país, con Videla, bajo estado de sitiomi papá. ¿Sería que Juan Gaviota no estaba en sus estanterías? La lorita hablaba hasta por los codos, y ganaba todas las lides de la palabra, primero en la escuela secundaria, y luego en la universidad. Con el tiempo y con más diplomas, fui capaz de discutir en términos legales con altos oficiales del Ejército Argentino, inéditos procesos de cómo hacer aparecer con vida a un desaparecido político en 1976, sentando con cada uno de sus actos legales nuevos precedentes prácticos.
     Lo hice sin ninguna cautela, tal como le había hecho cuando le escribí a J. P. Sartre para que me introdujera a su amiga y colega Simone de Beauvoir, en 1960, sin pensar siquiera si leerían ellos, o no, en castellano, lo que les da además una acabada idea de la insularidad de mi cultura, rosarina. Ni me importaba en 1976 que el país estaba bajo estado de sitio -como en 1943, 1955, 1962 y 1966-, y que la legalidad había sido suspendida por decreto de la nueva Junta de Gobierno que gobernaba inconstitucionalmente, presidida por el General del Ejército, Videla. Y siempre, eso sí, con la misma mezcla de osadía y candidez que tipifica todas mis actitud hacia las actividades nuevas, me dispuse a encontrar al padre de Yanina.


De personas (y lenguas) vivas o muertas


     Partí pues en mi primer viaje a Europa convencida del poder de mi palabra. No sabía que al aterrizar aquí me verían más bien como a una analfabeta, sorda y muda, después de verme como a una esposa-sombra de un cuasi héroe, y hasta a veces, como una-pobre-pero-buena, mujer-madre.
     La triste poseedora de una lengua muerta. Un poco después de llegar al exilio en Glasgow, alguien me ‘descubrió’ y me trató como una persona-mujer, y como argentina-chilena. Y fue Jackie Roddick quien tradujo simultáneamente por cuatro horas, la entrevista que me pidió Spare Rib con motivo del Mundial de Fútbol del 1978, que se llevaba a cabo en Buenos Aires... De eso la revista pondría, sin embargo, apenas unas cincuenta o cien palabras en un rincón de una página. Ese sería uno de los tantos choques culturales que sufriría aquí en Europa, con representantes encumbradas del feminismo reciente: ¿un lamentable ejemplo motherista tercemundista, quizás?
Cuando le escribí a Jean Paul Sartre...     Pero hubo además otra persona que también me fue reconociendo, aunque muy lentamente, no sólo como a una persona-colega, sino también como a una mujer (aunque… esposa y madre), Mike González. Los socialistas varones siempre nos dan sorpresas, no todas buenas, especialmente los que han sido educados como él por padres franceses, o jesuitas, o madres irlandesas, o lo que sea que los hace tan, pero tan reprimidos. En fin... que Mike y Jackie, Jackie y Mike, me devolvieron una gran parte de la fe en mí misma, al turnarse para interpretar y/o traducir mis ideas al inglés. Ellos me prestaron sus palabras para expresar mi apoyo a los actos de solidaridad con los chilenos y los argentinos que estaban desaparecidos. En las fábricas de Glasgow y en los pubs de Edimburgo lo hizo Mike. Y en el hospital Queen’s Mother -cuando quedé embarazada- para explicar mis problemas reproductivos, y también cuando nació el bebé: Jackie. Para presentar la ‘Proposal’ de mi disertación de D. Phil en perfecto inglés escrito, en marzo de 1980: Mike. Para apoyar a las mujeres de Greeham Common y a las Madres de la Plaza de Mayo, Jackie. Para hablar en reuniones de mujeres escocesas, Jackie; para hablar en actos universitarios y en sindicatos alrededor de Escocia, Mike. ¿Temas de roles genéricos? No,.. no es cierto. Coincidencia.


El exilado: hombre, casado, padre de familia


     En el aeropuerto de Heathrow en noviembre de 1976, descubrí a otra persona: mi esposo. Había estado involuntariamente separada de él por cerca de los ocho meses que duró su prisión en Argentina, y nunca me había apercibido de que hablaba inglés. Pero esto iría a sellar una nueva dependencia de mí hacia él en el exilio. Por años fue él quien tuvo que hacerse cargo de las compras de la comida, primero en Glasgow y luego en Epping. Y eso creo que no lo hacía, precisamente, feliz. En Buenos Aires, como en Chile, en cambio, de esas ‘pequeñeces domésticas’ me ocupaba yo: que la mayor parte de las veces las encargaba y me las traían a domicilio, excepto mientras hubo desabastecimiento hasta los meses finales del gobierno de la Unidad Popular. De eso ya he hablado extensamente en otras partes, a raíz de mi intenso trabajo en las JPAS (Juntas de Abastecimiento y Precios) durante el gobierno de la Unidad Popular (Chile, 1970-1973).
     Aquel día en Londres, al llegar a una nueva tierra, fue maravilloso ver avanzar a Alberto, libre al fin, hacia el subterráneo llevando a nuestra hija en brazos, sin esperar por la sillita con ruedas, descubriendo inmediatamente el Norte, el Sur, y todo lo demás, en el mapa del metro de Londres. A mí, en cambio, entender eso me llevaría varios meses, si no años. Pero yo fui la que descubrí casi sin esfuerzo que aquello feo y negro era un taxi, no un coche de segunda mano de la familia real. Un resabio de mi infancia argentina: viajar en auto y con chofer me restituyó por unos minutos a la realidad de mi infancia. Y eso me hizo sentir mas ‘protegida’.


Las víctimas del terror estatal y la exclusión genérica, ideológica y sexual


Una entrevista con motivo del Mundial de Fútbol...     Me alegré cuando le vi: nos esperaba en el aeropuerto de llegada, Heathrow, un colega que representaba al CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) y al WUS (World University Service). No obstante, aunque Eduardo Santos y yo habíamos arreglado y revisado juntos y antes de mi partida todos los detalles de la beca del WUS y del viaje de Alberto cuando éste estaba preso en Buenos Aires, E.S. no me había dicho que estaría aquí. Fue, por tanto, una gran sorpresa, aunque muy grata, el encontrarle. Pero él y Alberto Hinrichsen -fieles a su cultura masculina de clase media chilena- y para mi asombro, hablaron básicamente entre sí, durante las dos o tres veces que lo vimos al llegar. Cosas importantes serían, me dije. ¿Cosas de hombres?
     Ese fue el primero de muchos choques culturales que tendría con hombres de la izquierda chilena en el exilio, y lo que finalmente, sumado a las muchas divisiones internas de los grupos chilenos por razones de dogmatismo político, me condujera paulatinamente a dejar de socializar con la mayoría de los miembros de las comunidades de refugiados chilenos exilados. Pero no sería el último golpe.
     Curiosamente, y por ejemplo, los refugiados chilenos hombres que estudiaban, como estudiaba yo en la Universidad de Sussex, como Roberto Pizarro y Eduardo Santos, el colega que nos esperó al llegar, no vinieron ni a la exposición de mi propuesta de tesis para el IDS (Institute of Development Studies): ‘cosas de mujeres’, decían con simpatía, y se sonreían con bondad. Felizmente dicha actitud contrastaba con la de dos mujeres chilenas refugiadas, que como ellos, y por ser chilenas, estudiaban también en el IDS. Ellas, Cristina Castillo y Angélica Gimpell, tenían, a diferencia mía, pequeñas becas del WUS, pero becas al fin. Y una de ellas me ayudó mucho: Angélica, a quien había ya conocido cuando estudiaba la maestría en ESCOLATINA (Escuela Latinoamericana para Graduados), en Chile, adonde llegué desde Rosario para eso en marzo 1963 y me quedé haciéndola hasta principios del 1965, cuando entré a trabajar en CELADE (Centro Latinoamericano de Demografía) de Naciones Unidas.
     En el Reino Unido, en suma, es entonces muy distinto el tratamiento recibido si se es hombre de si se es mujer, también cuando se es refugiado o refugiada. En nuestro caso, ‘la víctima’ era el Refugiado. Hacia él se volcaba absolutamente toda la atención de las ONG de solidaridad, al igual que la de la policía, las oficinas del estado nacional y municipal, la de los partidos políticos y la de los funcionarios/as de la propia Universidad de Glasgow. A mí me ignoraban casi todas y todos, mi marido incluido; la excepción era nuestra pequeña hija Yanina Andrea, que tenía ya cuatro años, y que nunca se separaba de mí ni por un solo instante. Para ella yo sí era importante.
     La actitud de las personas trabajando en solidaridad era especialmente chocante, pues las actividades eran en su mayoría administradas casi exclusivamente por mujeres, y las había entre ellas muchas feministas. Estas, en turno, se quejaban con cierta frecuencia de la actitud machista de las mujeres chilenas refugiadas, entre las que se me incluía, si no me acuerdo mal. No obstante, y a mi juicio, claramente lo que ocurría hace treinta años atrás, era que los organismos de solidaridad estaban permeados por líneas políticas partidarias y no genéricas, al menos no una que no fuera estrictamente heterosexual y respetara la superioridad masculina... Las lesbianas solidarizaban bastante entre sí: en proporción inversa a lo que por entonces a mí éstas, dentro de la izquierda británica, todavía me ignoraban.
En Glasgow la situación era un poco mejor...     Una cosa parecida ocurría en el organismo becario del refugiado de verdad, Alberto Hin Richsen, o sea, en el WUS. Aunque yo misma le había tenido que conseguir allí una beca de Research Fellow por tres años, con la ayuda de grandes amigos de él y míos en Buenos Aires, y especialmente del Dr. Luis Weintein, de Alfredo Monza y de un ex profesor nuestro de cuando estudiamos los dos en Chile, y que estaba en Buenos Aires de Director de CLACSO, el abogado chileno Ricardo Lagos. Pero es que, se me explicaba aquí en Londres, una y otra vez, no había en el WUS programa de becas para argentinos; bueno, y en especial, contestaba yo, cuando como yo, éramos argentinos… pero mujeres... porque para hombres argentinos casi chilenos, dos excepciones, por lo menos...
     Y todos lo sabíamos… Me alegro por ellos, aunque esto revele el machismo tradicional de la izquierda chilena.
     No obstante, entre los colegas de ambos sexos, nativos, brasileros o refugiados chilenos que estaban alrededor del ILAS (Instituto de Estudios Latinoamericanos) de la Universidad de Glasgow, la situación era marginalmente un poquito mejor. Un 99% eran hombres, eso sí. Las mujeres brillábamos por la ausencia en los corredores del Instituto. No obstante, los hombres pronto me aceptaron como una de ellos, aunque el Instituto jamás me ofreció ni siquiera una mesa adonde trabajar y dejar mis libros, durante las largas horas en que esperaba allí para colectar a mi hijita del playgroup de la universidad, para volver luego al Wolfson, Hall de Residencia en donde habitábamos en el Garscube Estate.
     Pero hay excepciones, como se verá. Y como dice el dicho ‘no hay bien ni mal que dure cien años’. Yo creo que ayuda el hecho de poseer identidades facetadas (tales como la de ser estudiante, hija, profesional, amiga, militante, madre, esposa, ama de casa, amante, investigadora, vecina, heterosexual, chilena, argentina, inglesa, atea, o lo que se sea). Pero se requiere estar siempre con la guardia alta, bastante alerta como para saltar de una posición a la otra como quien no quiere la cosa. Desde mi posición social subordinada de mujer miraba yo así mi nueva realidad genérica con anteojos de doble visión: con vidrios socialistas abajo y feministas arriba, y como ya es bastante sabido, casi nunca se mezclan para dar una mirada integradora. Al fin, encontré alguien precisamente dentro del WUS que se ocuparía de mí. Pauline Martín: eso pasó recién en 1980. Pero pasó. También en 1979. Conocí a dos académicas inglesas y feministas que ayudaron a cambiar mi manera de pensar: la Dra Kate Young, mi supervisora del IDS, y Georgina Ashworth, directora de CHANGE, que trabajaba en solidaridad con mujeres refugiadas de NU.


Una identidad en transición
(Entre las 7.00 a.m. del 15 de noviembre en el Cuartel General de Coordinación de la Policía Federal, Buenos Aires, hasta el 16 de noviembre de 1976, 19.00 p.m., Holland Park Hotel, Londres)


Una identidad en transición      Pero, ¿cómo ocurre eso de adquirir una nueva identidad al llegar al exilio, si una es mujer? Aunque tengamos ya una eficiente teoría de los géneros sociales, aunque recitemos de memoria el ABC del post-feminismo, y hasta con los ojos cerrados sepamos la teoría de los roles, ¿qué nos pasa a las mujeres cuando queremos aplicar esas teorías? Si ni siquiera tenemos la palabra ‘sujeta’ en el idioma español. O sea que si el pato de este cuento hubiera sido hembra, por ejemplo, su caso no habría cabido bien en este espacio, lo siento. Nos toca aún avanzar mucho en materia de discursos feministas y en el cómo hacerlos efectivos. En especial si siguen sin alterarse los sistemas que nos atrapan y definen, incluida la lengua materna. Y se mantienen las estructuras sociales y conductas individuales tradicionales, en términos de clase, raza y género.


Sexualidades: roles, estereotipos, identidades


     Aclaremos un poco lo que antes dijéramos, en parte al menos. Demos ejemplos.
     Ernesto Guevara Lynch de la Serna, argentino, nacido en 1928 en Rosario, hijo de una familia acomodada, cuando era todavía estudiante de medicina se fue por primera vez, en diciembre de 1951, a dar una vuelta por el continente americano. Argentina, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, USA (Miami). Tal cual lo hace tanta otra gente joven. Y desde que zarpó, como nos ocurre a todos los/las de Argentina, nos convertimos automáticamente afuera del país en un mismo grupo ciudadano: ‘los che’.
     El Che volvió para partir de nuevo. Ya todos sabemos lo que convertiría a Ernesto Guevara en el CHE, el Guerrillero Heroico. Pero son menos los que recuerdan que en su segundo viaje, el Che pasó por Guatemala, adonde se enamoró de una peruana, con la que tuvo una hija. Que por la peruana dejó a su esposa argentina. Todos sabemos que luego en Cuba se enamoró de una cubana con la que tuvo hijos, y que después que se fue de Cuba nunca más volvíó al pago que nos vio nacer, al menos no con pasaporte bajo su verdadero nombre.
     Fue más vale al entrar en La Habana con las fuerzas de liberación que luchaban contra la dictadura militar de Batista, que en 1959, y luego de que vencieran las fuerzas del pueblo revolucionario en la decisiva batalla de Santa Clara, que nuestro joven compatriota se empezaría a convertir en el legendario Che Guevara. Un ejemplo del Hombre Nuevo cubano. Se afirmaba rotundamente hasta no hace mucho, que esta transición revolucionaria de las identidades de los hombres en Cuba, fue el resultado automático de la revolución comunista. Sin embargo, ese tipo de ‘hombre nuevo’, a juzgar por los que conocí, siempre me pareció más vale modelado un tanto a imagen y semejanza de un buen cristiano, a lo sumo, y muy poco nuevo. En el sentido de que, aunque el estado cubano cuando se hiciera comunista distara de explicarlo así, sin embargo en la práctica esperaba que el Hombre Nuevo no robara en la fábrica estatizada, ni matara ni explotara a un semejante, ni se emborrachara. Pero sí podía pegarle a la mujer y a sus hijos. Y podía, eso sí, fornicar cuanto quisiera (y pudiera) con el otro sexo. Una nueva moral proletaria, sin duda, pero que no involucraba nada de educación sexual, ni siquiera al nivel de la mera planificación familiar. Un discurso más vale machista, diría yo, pero sin ánimo de ofender a nadie, por favor.
Luchaban contra Batista     Pues claro está que en este esquema no habría una Mujer (totalmente) Nueva. Más bien, acorde con la ideología oficial de su Partido, los revolucionarios cubanos proclamaban que había que defender la sexualidad de las mujeres. Diría yo que esto estaba también aunque tácitamente, en acuerdo con el mandamiento cristiano que manda: ‘No desear a la mujer de tu prójimo’. ¿Por qué? Porque era el cubano entonces un pensamiento populista que se tornó en marxista. Y como tal, una de las propiedades en que se basa la explotación del trabajo en el sistema capitalista, no sería combatida, ni siquiera reconocida y denunciada. Me refiero, obviamente, a la apropiación gratuita del sexo femenino para el objeto reproductivo, de manera muy similar a la del valor de uso generado por el ama de casa, que no se planteaba como mereciendo una justa retribución por ambos trabajos. No es que quiera insinuar aquí que se podría comparar a las compañeras cubanas con los medios de producción tales como la tierra, los ríos, las herramientas y las fábricas, no. Sólo es que hago memoria de lo que al menos decían (y de lo que no decían) los sectores de la izquierda chilena mas radicalizados, aún durante el gobierno socialista de la Unidad Popular (1970-1973): que en Cuba la revolución había producido automáticamente la liberación femenina. Y su contrapartida, el hombre nuevo.
     Mientras algunas de nosotras, siendo feministas, en el refugio de nuestras conversaciones de mujeres militantes, nos preguntábamos por qué habrían eximido Marx, Engels y Trosky a las revoluciones del deber de quebrar para las mujeres y los hombres las barreras de una falsa virtud sexual, y con ello de haberlos privado del gozo de recuperar el auto control de sus cuerpos y sus mentes, y que propondría Allende, que era médico y masón, a más de ser amigo de Fidel Castro. Pues nada que ver, nos contestaban los izquierdistas más pacatos, es así, con esas ideas como el feminismo divide al proletariado, y le quita fuerza a la revolución. Contante y sonante.
     Pues vámonos, con el Che Guevara, que decía públicamente defender a las mujeres, (una constante que no oculta la relativa debilidad genérica que se le atribuye entre cierta izquierda al supuesto ‘sexo débil’). Algo en común del ABC del pensamiento comunista y socialista en toda la América del Sur, del Norte y del Caribe, al igual que presente en el catolicismo y las derechas de todo tipo por entonces. Y, para ello, pongámoslas a toditas juntas, a las mujeres, en el mismo pabellón durante los heroicos trabajos voluntarios en Cuba, o en las campañas de alfabetización. Y a los hombres, en el suyo. Separados.
     El goce sexual seguiría siendo un tabú y practicado a escondidas, sería porque bajaría la productividad al cortar la caña de azúcar, por entonces columna vertebral de la economía cubana…
     Y no es porque se pensara que todas las mujeres eran lesbianas, y los hombres todos gay. Los gay iban directamente a las cárceles de corrección, como le pasó hasta a Pablito Milanés. Y la mujer ‘normal’ era siempre considerada como propiedad de su ‘prójimo’, pero nunca lesbiana, por supuesto, si era revolucionaria. En el Chile, en la Cuba o en la Nicaragua socialistas los parámetros genéricos parecieron regidos con permiso tácito del Vaticano y en beneficio más vale de los hombres… Digo esto con todo respeto, pues es una decisión táctica como cualquier otra: se trataba de juntar fuerzas… De lo que específicamente dijera el Che Guevara acerca de la Mujer Nueva, no me voy a ocupar aquí, aunque no sería muy largo de contar.


Mujer, nacida en 1919 o 1921


Le pasó hasta a Pablito Milanés © El País     En común con su mencionado compatriota, también en el caso de Eva Duarte existe confusión acerca del día real de su nacimiento. Al igual que los padres del Che Guevara, la Che Evita trató de evitar que se supiera el pecado original bajo el cual había sido concebida (en ambos casos, los respectivos padres no estaban casados el día de la concepción del crío).
     Che argentina, también nacida en el interior, un poco mayor que Che Guevara, pero hembra, y que también muriera como aquél y Jesucristo, en la plenitud de su carrera política. Fue seguida en vida y es adorada aun hoy -como aquellos dos- también por las masas pobres, enfermas y desnutridas. ¿Un ejemplo de Mujer Nueva, entonces? No, ¡qué herejía sería siquiera pensarlo! Como que se trata apenas ‘de una populista’, de esa Evita. Ni Eva ni Cristo conocieron personalmente al Che, es claro. Ni viceversa. En ninguna de sus muchas respectivas reencarnaciones, así que no creo que se traten de imitar. ¿Es eso de extrañar? Por supuesto que no. Cuando Ernesto se fue de Argentina (creo que la segunda vez alrededor de 1954), Evita la verdadera ya se había muerto, la pobre, a los 33 años edad. Pero la otra ‘Evita’, la que el mundo globalizado conoce, la del musical, todavía no había nacido en 1952. En todo caso, está encarnación artística de Eva Duarte está vivita y coleando, es inglesa, y surgió casi una década después del asesinato del Che, trágicamente ocurrido el 8 de octubre de 1967, en Bolivia.
     Históricamente, el Che Guevara tuvo mucho menos ver con la Che Evita que lo que le atribuyen los aparatos capitalistas de la industria del deseo, que venden los espejismos de la Cenicienta de las pampas que se convertiría -de acuerdo con esas versiones- vía la explotación sexual de los hombres argentinos, en Primera Dama de uno de entre los diez países por entonces más ricos del mundo. Pero sabemos que esta interpretación es una típica gringada, y como tal no puede sino que haber sido escrita, e interpretada, en un lenguaje ininteligible para la mayoría de los más leales admiradores de Evita: el inglés.
     Y permítaseme que insista: claro que no podrían haberse conocido ni se interesaron en la vida real el uno por el otro, Evita y Ernesto, a pesar de que en la película basada en el musical Evita, el ‘Che’ la deteste. Nada se dice allí de que cuando eran jóvenes, Duarte era anarquista y Guevara era un chico de su mamá. Joven hijo de una familia burguesa de cierto abolengo y con propiedades de tierras, accedieron a la educación universitaria él y sus hermanos. O sea, que dos de los políticos más apasionantes de la Argentina durante el Siglo XX, no sólo pertenecían a clases sociales totalmente diferentes, sino de intereses antagónicos.
     No creo, por tanto, que hubieran tenido ni manera, ni interés en conocerse. Evita no iba a los campos de otra gente sino que a ayudar a su madre a prepararles la comida a los otros obreros, ya a la edad de nueve años. Y en su generación no se discutía si estaba bien o mal que las ‘sirvientitas’ como ella fueran o no violadas, ni menos por quién. Cura, patrón o hijo de la familia, daba lo mismo. Las muchachas ‘están para eso’.

 

 

EVITA: VIRGEN O PUTA. ¿UNA CUESTIÓN SOLAMENTE DE MUJERES?

 

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin acordaros que sois...

Sor Juana Inés de la Cruz, latinoamericana, Siglo XVIII

 

 

Evita: virgen o putaMujer, india y joven


     A mí misma me pasó asistir a un caso. O sea, a la tragedia de una de las chicas que trabajaba de sirvienta en la casa de al lado de la mía: cuando yo tendría unos seis o siete años, ella se suicidó. Mis padres no me explicaron nada y yo no sabía que quería decir morirse. Decidí entonces preguntárselo a Vera, la mucama de mi casa. Como la otra chica, era una joven india venida de Santiago del Estero, y las dos habían sido muy amigas. A diferencia mía, y a pesar de que tenían más del doble de mi edad, no les gustaba leer. Vera me explicó que el patrón de la otra chica la esperaba siempre detrás de las puertas. Y que cuando esa otra chica había ido un día a limpiar el baño en la otra casa adonde trabajaba antes, un hombre la agarró por detrás, y allí mismo él le había hecho un hijo. Parados se hacen los hijos, pregunté automáticamente. El pecado mortal no me fue explicado. Ni el suicidio, tampoco.
     Yo nunca fui sirvienta, como Evita. Y de la sexualidad del Che sé poco, claro, porque ni le conocí y porque poco -o nada- se ha escrito sobre ello. Pero en cambio de la de Evita se han ocupado directamente o indirectamente libros, más de una decena de películas, novelas, obras de teatro, y hasta se la ha usado a favor o en contra de campañas presidenciales. Pero es claro: el culto de la virginidad (de las mujeres) en el mundo latino ha hecho que ni al Che nadie haya propuesto (todavía) declararlo tan intachablemente puro como para pedirle al Papa que lo santifique el Vaticano. A Evita, en cambio sí le pedirían al Papa los seguidores que la santificara. Pero no pasó.
     Y eso fue así aunque y a pesar de que en su generación la consigna oficialista más en boga era: ‘Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino’, que era una de las ‘Veinte Verdades del Justicialismo’ que contenía el ABC del Justicialismo peronista, ideología a la que ayudó a crear y que apoyaba incondicionalmente Evita Perón. Y yo me pregunto: siendo mujer, joven y argentina, ¿se habrá sentido Eva Duarte igual que un argentino joven, nacido macho y un Guevara Lynch? ¿Dilemas de la historia nacional? O tal vez, simplemente contradicciones al interior de la inmigración vasca que llegó a trabajar a la Argentina del siglo XIX, de la cual ambos fueron dignos representantes. Cosas del género.


De la sexualidad del Ché sé pocoMujer, casada, madre


     Pato huérfano recién salido del cascarón en el campo, pero con una hermanita o hermanito (hembra o macho), lo llevaron a la ciudad. Allí pasó a una caja en donde esperó ser vendido, en las afueras de la estación de trenes de Retiro (ahora hecha famosa en el exterior por el film de Parker a la Madonna), y de allí pasó a estar en mi bolsa el día que los compré a los dos patitos. Eran tan pequeños que cabían en mis manos. Parecían más bien huevos peludos con sus plumitas de un amarillo suave. Verlos me hizo olvidar del horror que había vivido esa misma tarde de sol dentro de las paredes del Palacio Presidencial. La famosa Casa Rosada, lugar del que Evita se convirtiera en vida en la única reina. Bueno, eso, claro, hasta que llegó la Madonna y convenció a Menem que le prestara el balcón para hacer la película.


Exilio


     Yo, aquella tarde de 1976, iba caminando cabizbaja hacia el tren interurbano que me llevaba a casa, adonde Silvia Ugalde estaba con Yanina. Y me sentía un poco como ‘El Patito Feo’, uno de los cuentos más tristes que leí en mi infancia. Había una vez una pata con siete patitos, todos amarillos y uno negro y chiquito.

 

Todos los patitos
se fueron a nadar.
El más chiquitito
se quiso quedar.

La madre enojada
le quiso pegar.
Y el pobre patito
¡se puso a llorar!...

 

     Patito malo, ya vas a ver, / negrito y joven, que vas a hacer! / Te llaman el clandestino / por no tener papel / Pato vago, clandestino / Terrorista, clandestino. / Manu Chao, terrorista... / ¡Y para Bush y Blair / el premio Nobel! Volvía a casa. Un día más haciendo gestiones para que mi marido, que estaba prisionero de la dictadura argentina, quedara en libertad. Me habían interrogado una vez más en la oficina del Jefe de la Secretaría de Información Política de la Presidencia, adscripta al Ministerio del Interior. Este dependía directamente del General Videla, el Jefe de la Junta Militar que tomó el poder el 24 de marzo de 1976, así que mis interrogatorios sucedían en la Casa Rosada, o sea, el Palacio Presidencial, y, si no hubiera sido por el miedo, me hubiera sentido una Eva Perón.
Mis interrogatorios sucedían en la Casa Rosada © Patrick Blese     Fue ese el día en que los dos patos campesinos pasaron a convertirse en patos casi burgueses.
     Pero hoy es otro día. Ahora me echan de mi país. Hoy, en cambio, de pato doméstico Patito pasará a convertirse en un pato salvaje. Todo un Pato Nuevo, digno de un cuento corto de Ibsen. Eso lo insinuaba su cuello demasiado alargado y empujado hacia delante como para llegar más rápido a alguna parte segura. Así lo traté de entender yo, y fue como si me tomara un cocktail hecho de pena, alivio, una tristeza que corta el pecho y un gran sentimiento de culpa que no deja respirar, como cuando me soltaron del campo de concentración en Chile: lloraba para mis adentros por la repentina ruptura de Patito con las condiciones materiales de su existencia, y por ende por el quiebre impuesto sobre su identidad que le había ayudado a disimular su antigua condición de pato de la calle, tal vez de conciencia proletaria. Reflexionaba así que volvería, que seríamos millones de patos salvajes. Volver. No sabía que perder(lo) todo era otra vez mi futuro, porque no aceptaba que ése su nuevo destino reflejaba el futuro que me esperaba a mí. Que eso era su exilio.
     Cantando con mi pena / llevaba mi condena / y todo me pasaba / ¿por no llevar papel?...
     Espejo lleno de luces y de muchas sombras sería mi encuentro con la civilización del otro lado del Atlántico: la Europa de mis antepasados maternos y paternos. Y yo pensaba que... pero la conductora del auto en que retornábamos al piso que alquilábamos en el hermoso barrio de Belgrano R, una buena vecina, la Señora V., me hablaba muy nerviosamente, mientras me tocaba el brazo. Supongo que ella tampoco habrá resistido demasiado bien a la escena de la despedida del pato. Lo cierto es que me hablaba con un acento perentorio que me obligó a dejar de mirar para atrás, de despedirme sin palabras ni lágrimas de Patito. Me sentí moralmente obligada a concentrarme y tratar de escuchar lo que me decía. Pero me costó un mundo.
     Me pareció molesta. Como el pato, e igualmente sin una necesidad aparente, giraba ella su cuello como con un afán exagerado de querer abarcar todos los ángulos de ese enorme parque al mismo tiempo. ¿Tal vez sentiría también ella mucho miedo? Siempre existía en mí después del golpe en Chile esa persistente, no localizada, sensación de terror, ese pulsar agitado del corazón, esas ganas de huir muy rápido. Me sentía como si fuera culpable de un crimen que sabía que no había cometido. Es que entonces no necesitaba dormir para tener pesadillas: la vida era una pesadilla. Es el mismo miedo agazapado tan típico que siempre siento cuando ocurre un hecho de violencia. Cuando estoy en el Reino Unido, cuando entra en guerra contra algún otro país, cuando bombardean Kosovo, casi como cuando era chica y Argentina decretaban el estado, especialmente si lo que gobernaba era una Junta de las Fuerzas Armadas. Por eso es que no puedo ver películas que hablen de la guerra atómica, ni puedo mirar noticias de muertes ni hecatombes naturales en la televisión. Ese miedo ha quedado para siempre como parte de una misma. No se puede sino que racionalizar.


Desde el avión sonreí a LondresExilada


     Llueve, no se sale. Es domingo y se está sola, no se sale. Se acaba la comida: se usa el Internet para pedirla: no se sale. La casa se convierte en el último, inexpugnable refugio, el retorno a la matriz materna donde una se zambulle en el agua de los sueños adonde navegan mis barquitos de papel. No ya hechos como antes en la cárcel, con el papel dorado que venía adentro de la caja de cigarrillos que me daba el Capitán H.
     Ya no fumo más, pero aún espero al hombre que yo quiero, y ya no miro más si vienen a buscarme detrás de los visillos, porque no tengo visillos ni un gato de porcelana para que le maúlle al amor, ahora grito y él que llega, llega, suave, cansado a veces, arisco o montuno, otras, pero sí -si hasta con sus silencios me acaricia-. Y salgo, eso sí, salgo a trabajar. La comunicación humana es lo único que aunque no cure al miedo lo acorta, lo cansa, lo canaliza y lo pospone. Siempre hay después un mañana. Despierta, chico, despierta, / mira que ya amaneció / que la luna se ha escondido / y mi amor no se apagó.
     Es que, a pesar de toda mi práctica, o mejor, por eso mismo -dado que llegué a Inglaterra como argentina y esposa de un refugiado chileno de los Naciones Unidas, y con apenas 39 años, habiendo sobrevivido ya como seis golpes de estado y dictaduras militares- el 16 de noviembre de 1976, cuando el Big Ben daba un cuarto para las cuatro, me asomé desde la ventana del avión para ver Londres. Y le sonreí: pero al salir del avión ya era de noche. Sentada en las escaleras de la gran casona, ella miraba lejos, se encogía de hombros y decía: ‘Mañana será otro día’. Esa escena final de Lo que el viento se llevó en Hollywood technicolor siempre me ha estimulado a no desmayar.


La internalización de la desconfianza, contrapartida psicológica de los estados terroristas


     ¿Podría ser que acaso alguna policía secreta nos hubiera seguido, y pudiera interpretar al animal como un señuelo, y al nuestro como un acto subversivo, una señal convenida para dar comienzo a una operación terrorista? Se sentiría mi amiga también culpable, aterrorizada de estar haciendo algo malo, de haber caído en las trampas de la subversión; La identidad del sol en Santa Fepero... por qué esa mujer nos mira así desde el coche que nos pasa, ¿por qué, flor del jacarandá de mis amores tempranos, suspirabas vos también cuando te guiñé un ojo para no decirte hasta luego? La traición al patito pronto se traduciría, como puede verse, en pena por mí misma.


Antecedentes de identidades raciales y étnicas


     Pero no, tal vez no: ahora pienso que tal vez para ella, el animal que caminaba hacia el lago del parque de Palermo, era apenas un inocente más. No un terrorista subversivo. Pero: ¿iría él adquiriendo automáticamente, conforme avanzaba hacia su nuevo desprotegido destino, la sensación de pertenecer en condición de total igualdad a su especie? A la etnia de los patos y patas amarillos con unas manchitas negras en la cabeza, como los dos patitos atorrantes que yo criaba en el canal que pasaba al lado de mi casa cuando tenía seis años. Allá en Bouquet, Provincia de Santa Fe.
     En suma: esos patos sin abolengo ninguno, pero que son todos argentinos, che. La pertenencia a una nación sin razas otra que la blanca o, perdón, la identidad de los patos de etnia amarilla la proveería, me imaginaba yo, el sabor y el olor del agua, dado que era cosa de patos, no como a mí. Que cuando era una nena sola jugando en el gran parque de mi casa ubicada en la cañada del Río San Antonio, o en las chacras de los vecinos, o en los campos de mis tías y tíos, en suma, en aquella plana, pacífica, bella y noble tierra del Litoral Santafecino, adquirí mi identidad espacial por el color que tenían los girasoles y el lino de mi pago: una identidad giratoria color de sol.

 

     (*) Páginas iniciales de mi libro inédito de pseudomemorias Dulce de leche.

     (**) Agradecimientos: Mi profundo reconocimiento a quienes me ayudaron a desvelar ciertas verdades ocultas en mi memoria y mostrarles a medias en estas páginas, y porque de ellos habré de nacer. A mi hija Yanina por su interés en leerlas, su enorme entusiasmo por entenderlas y por su apoyo todos los días. Como muchas cosas en mi vida, sin ella no las hubiera escrito, pero por y para ella sí lo pude hacer. A mi hijo Tomás, por convencerme desde lejos (Menorca) que debía darle prioridad a este trabajo por sobre todo los otros. A las médicas y médicos de The Limes Medical Centre, especialmente al Dr. Ashford, que viene escuchando los efectos de estas historias desde 1984 en adelante en mi pobre cuerpo somatizado, y ayudándome a superarlos y a crecer con ellos. A Brenda Clowes, sin cuya enorme generosidad, exquisito ejemplo personal y consejos tan tiernos como sabios no hubiera podido ni siquiera intentar escribirlas: es esta una escritura un tanto dolorosa. A CARA (Council for Assissting Refugee Academics) por proponer mi nombre como ejemplo de mujer refugiada, en mi calidad de ex becaria de la institución de la cual naciera la Society for the Protection of Science and Learning of the UK. Muchas gracias a Lucía y Carlos Héctor, Marina y Jimmy, Graciela Guilis y Pablo Gutman -en cuya casa de entonces, abril de 1976, Alberto -mi ex marido- pasó la última noche antes de que lo secuestraran, y a las/os lejanas /os, pero no por ello virtuales, Alfredo, Judith, Nela, Gladis, Andrés, Sonia, Nessa, Ri, Carlitos the Second, Pedrito de Yorkito, Consuelo, Katerina, Haydee, Pepe, Traful, Myriam, Carlos Omar, entre otras/os , que saben bien cuánto les debo. A Claudia Hasenbegovic, por su pasión; a sus colegas Sally Coves, Andrea Sorrel y a Pat, por haberme defendido en las cortes, cuando pedí el divorcio. ¿Y a quién más sino a mi más Querido Amigo? Para vos, gaucho, todas las Gracias...

 

 

 

 

 

 

 

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

 

 

     Entrevista: Pablo Palomino

 

© Fernando García de Cortázar

 

 

«ESCRIBIR DESDE LA HISTORIA»


     Su último libro, Los perdedores de la Historia de España, está comprándose en los grandes almacenes y en las pequeñas librerías, está siendo devorado por aficionados domésticos a la Historia y por altos especialistas en la materia. Reconozcámoslo, es muy difícil conseguir esto sin una varita mágica. ¿El secreto? Lo tiene guardado este erudito bilbaíno que se ha propuesto escribir literatura documentada sin aburrir al lector acostumbrado a la ficción y divirtiendo al entusiasta del dato objetivo. Don Fernando nos habla desde la Universidad de Deusto. Veamos.

 

 

     -Usted ha demostrado en su obra unas dotes literarias innegables. ¿Tiene pensado dar el paso hacia la ficción en algún momento? ¿Qué género le gustaría cultivar?

     -Muchas gracias por su piropo. Siempre me he sentido muy atraído por la literatura, de tal forma que al llegar a la Universidad dudé en dedicarme a ella o a la historia. Pero desde el comienzo de mi preparación como historiador pensé que la historia sólo puede ejercer de reina de las humanidades si sabe expresarse de una forma bella, con un vigoroso estilo literario, lleno de fuerza y emoción. En toda mi obra, ya muy extensa por mérito de mis años, hay una clara voluntad de estilo y en ella resuenan las voces de los poetas españoles. ¿Qué género me hubiera gustado cultivar? Sin duda alguna: la poesía. Pero hasta el genio de Cervantes tuvo que refugiarse en la novela. Yo me he tenido que contentar con ser lector de poesía y con buscar la belleza en el ensayo. Eso sí, soy muy beligerante en la defensa de la buena literatura que, por supuesto, no es sinónimo de ficción. Y esto lo debían saber los críticos literarios y periodistas que suelen reservar el nombre de escritores, en exclusiva, a los que publican libros de ficción.

Los perdedores de la Historia de España     -¿Cuál es su opinión sobre la novela histórica y el actual auge editorial de novelas pretendidamente históricas? ¿Puede recomendarnos alguna?

     -El interés por la novela histórica debería alegrarnos a los historiadores si no estableciera una diferencia entre la Historia propiamente dicha y un campo ambiguo donde la ficción acaba muchas veces en el gusto por lo sobrenatural o el misterio. O simplemente cuando la ficción acaba construyendo un anacronismo en el que los personajes del siglo XIII actúan como si sus valores pudieran ser equiparables a aquellos en los que han sido educados los nacidos en la segunda mitad del XX. Esa necesidad de “entretener” (que se presenta como algo distinto a “conocer”, aunque se manifieste ataviado pretenciosamente de esa actitud y la gente cree que “aprende” algo de historia) es la que ha hecho renacer la novela gótica, el misterio, el terror… mezclando la fascinación por mundos futuros o haciendo renacer de sus cenizas experiencias literarias olvidadas. Lo “histórico” de la actual oferta novelística no es la Historia sino aquel relato que sea capaz de entretener, proporcionando una evasión no sólo por su carácter de “ficción” sino por su instalación “en otro tiempo”.
     Creo que hay demasiada gente que se lanza al ruedo de la novela histórica sin haberse adiestrado en un género tan difícil como es el novelístico. Aparecen ahora vocaciones literarias no contrastadas que se refugian en la novela histórica como si ésta fuera un género menor. De las novelas históricas, le podría recomendar, sin miedo a equivocarme, los Episodios Nacionales de Galdós, La Regenta de Clarín, Triunfo y tragedia de Erasmo de Rotterdam de Stefan Zweig o El nombre de la rosa de Umberto Eco.

Historia de España     -¿Cómo valora usted el reciente proceso de “recuperación de la memoria histórica”? ¿La memoria histórica estaba perdida y ahora se recupera, o simplemente se está revisando? ¿A qué cree que obedece este proceso? ¿Por qué precisamente en estos momentos? ¿Qué aspectos valora positiva y negativamente en ello?

     -Ramón Gómez de la Serna contó de alguien que tenía mala memoria que un día se olvidó de que tenía tan mala memoria y se acordó de todo. Olvidar el olvido no para que los vivos seamos ventrílocuos de los muertos, sino para enterrar los relatos de los demagogos y enfrentar los mitos con la verdad. Hoy se habla de recuperación de la memoria histórica pero casi siempre esta recuperación se refiere a desenterrar muertos o a levantar actas de fosas donde yacen víctimas republicanas de la guerra civil. La manipulación de la historia se repite y se olvida hoy que el odio reventó lo mismo en el Badajoz franquista que en la Barcelona de Companys y las cuadrillas nocturnas. La guerra civil es ya historia y no debe ser utilizada para buscar, setenta años más tarde, herederos de uno y otro bando entre los protagonistas de la actual vida política.
     Es verdad que la gran perdedora de la Transición fue la memoria y que el camino hacia la democracia se pavimentó con el olvido del pasado. En aquellos años se rechazó el nombre de España, entendido como símbolo de la reacción y se insufló energía a unos nacionalismos excluyentes que repetían la misma teología de Franco. Paradójicamente se dio crédito a la versión franquista de la historia, negando o enterrando la España liberal. ¿Por qué se identifica España más con Franco y no con la II República? ¿Por qué se identifica España con la leyenda negra y no con su tradición erasmista, ilustrada o liberal? El problema, en el fondo, es cultural. De no haber navegado por la historia ni haber leído suficiente. La recuperación de la memoria histórica debería servir para recuperar esa España real que no es esa España siniestra y canalla que hoy se inventan los nacionalistas, sino la honda y viva de la gran literatura. El nacionalismo catalán está ganando la batalla mediante una descomunal manipulación y una gran falta de memoria histórica: Cataluña es la tierra de la modernidad, de la libertad, de la apertura a Europa, del diálogo. España -que es otra cosa- es la Castilla harapienta y antigua, cejijunta y clerical, reaccionaria y fascista, abusona de los territorios con verdadera identidad.

Atlas de Historia de España     -¿Qué opinión le merecen las conmemoraciones de efemérides, bicentenarios del nacimiento o muerte de algún personaje de trascendencia histórica, etcétera?

     -Nadie puede supervisar la memoria que se construirá sobre su tumba. Ni siquiera los tiranos. Los muertos ilustres de cada momento no sólo son cementerios, también son centenarios, salas de exposiciones, libros, artículos, versos. Es triste el olvido, pero a veces resulta más triste el recuerdo o el modo en que se recuerda lleno de mutilaciones, de inexactitudes, de injusticias. “Dámelo muerto” respondía un escritor a la petición de un colega para que preparara la semblanza de un coetáneo nada afín a ellos; es decir, dámelo sin voz, sin furia, sin alma… sin vida. La tendencia a perfilar las aristas de los muertos ilustres para no incomodar a nadie, las simplificaciones biográficas, la eliminación de huellas para hacer entrar al personaje en la rígida armazón de quienes le levantan una estatua o ponen un nombre a una calle… proliferan en los centenarios y en las celebraciones póstumas similares. ¡Quién le hubiera dicho a Dalí, por ejemplo, que se le terminaría recordando como un antifascista declarado, que con el tiempo, su relación con Franco, su carta de felicitación al dictador por los fusilamientos de 1975, su franquismo militante… serían vistos como una excentricidad más. Al Dalí ultrauniversal, que aborrecía el folclore y la exaltación de la aldea, que decía que por sí sola la sardana bastaba para cubrir de vergüenza y oprobio a una región entera, después de su centenario, se le quiere imaginar muy catalán, muy ampurdanés, muy figuerense.

     -¿Podría explicarnos lo que sucedió con la serie televisiva Memoria de España, cuya emisión fue interrumpida? ¿Cree que hubo algún tipo de injerencia política en dicha interrupción?

     -La emisión de Memoria de España se interrumpió porque Televisión Española no llegó a tiempo y hubo de darse unos meses de plazo para poder concluirla y estar en disposición de ofrecerla. Al terminarla, se emitió, sin problemas. Aunque la serie fue fruto del empeño de Aznar de enseñar a los españoles su historia, las autoridades socialistas, por lo que yo sé, no pusieron reparo a su emisión y elogiaron el buen trabajo hecho. Por otro lado, Memoria de España fue uno de los poquísimos programas que se salvó de la hecatombe de TVE, en los primeros meses de dirección socialista. La serie llegó a rebasar los cuatro millones de audiencia y creo que puede considerarse un grandísimo éxito de TVE, pues nunca un programa cultural había alcanzado en España tantos televidentes.
     Los historiadores no sólo debemos saber historia, sino debemos saber contarla Decía Voltaire que el secreto para no aburrir está en no contarlo todo y sus palabras fueron guía para quienes aceptamos el reto de hacer una historia de España, desde la prehistoria hasta nuestros días, en unos cuantos capítulos, una historia para la televisión. Desde el principio Memoria de Españasabíamos que nuestra serie, Memoria de España, debía dejar en el camino muchos conocimientos acumulados para tejer un relato con relaciones y guiños al presente que hiciera más fácil la adquisición de una conciencia de España como proceso común, aluvión y cambio. Era necesario, por tanto, huir del viejo genealogista, la irrelevancia o el fetichismo cuantitativo. Como responsable directo de los nueve capítulos finales que cubrieron los siglos XIX, XX y arranque del XXI me sentí satisfecho del producto televisivo que el realizador pudo ofrecer, sacando partido a todo el material documental y a la filmografía del periodo. En otros capítulos, eché en falta mayor ritmo televisivo y me pareció ver un exceso de información.

     -¿Cómo ve el proceso de construcción europea?

     -España forma parte de una Europa que pugna por ampliarse y unirse, en un momento en el que la identidad del continente se hace más problemática que nunca. El cosmopolitismo creciente, fruto de la inmigración, el sincretismo cultural, la globalización de las relaciones sociales, económicas y comerciales difuminan las características propiamente europeas hasta ahora conocidas. Todo nacionalismo etnicista carece de futuro en una Europa, que ahonda sus raíces en la voluntad ciudadana de afirmar su unidad sobre la estructura de los Estados y que no quiere volver a unos reinos de taifas étnico-lingüísticos propios de la Edad Media. Someter las fronteras de las naciones al arbitrio de la voluntad diferenciadora de algún grupo regional origina una inestabilidad permanente, incompatible con la firmeza de toda arquitectura estatal. Además, muchos de los pueblos que se liberan de la camisa de fuerza de los grandes Estados lo hacen partiendo de una idea muy beligerante de lo autóctono, de ahí que, en cuanto pueden, practican la misma discriminación sufrida por ellos sobre las minorías residentes en su país. No está mal que cada pueblo tenga la posibilidad de desarrollar su genio propio, como reclamaba el romántico Herder, pero mucho más importante es que todos ellos cooperen para hacer realidad aquella “paz perpetua” que Kant concibió como el ideal supremo de la humanidad.
     El problema de la integración de la diversidad de identidades no es nuevo en Europa y no está resuelto en varios de sus países… A estas alturas de la globalización, aparecemos todavía desarmados ante la barbarie y los excesos perpetrados en nombre de las identidades. Estas se construyen, en gran parte, artificialmente y están sometidas a los vaivenes políticos y electorales. Ocurre, además, que en aras de un sentimiento identitario pretendidamente primordial acaba por destruirse cualquier asomo de ciudadanía ilustrada y democrática.
     Europa debe brindarnos una nueva forma de identidad global y postnacional que nos libere de la barbarie identitaria, del fanatismo ciego, del mesianismo delirante, del ansia patológica de dominio… de toda nuestra historia de crueldad en nombre de la patria. La ciudadanía europea debe basarse en un discurso racional y pragmático, pluralista y antixenófobo que ahonde en la búsqueda de un horizonte común de libertad, seguridad y prosperidad y no en la obsesión por la diferencia y las raíces identitarias.

Los mitos de la HIstoria de España     -Recientemente el BNG (Bloque Nacionalista Galego) ha reivindicado la filiación de la nación gallega con el reino suevo. Es conocido el interés por la historia medieval del principado entre los partidarios del nacionalismo catalán. En cuanto al País Vasco, la especificidad lingüística les hace remontarse hasta el corazón de la prehistoria. Parece difícil sustraerse a la tentación de utilizar la historia remota para justificar las aspiraciones presentes. Hay quien ve en su obra resabios de “esencialismo histórico” que justificarían al nacionalismo españolista. ¿Qué opina usted?

     -No es necesario extenderse sobre el importante papel jugado por la historia en la construcción de las naciones. La nación no es, se construye, y se construye, en gran parte, mediante la historia, que se convierte, de este modo, en una especie de partera de la nación. El olvido y hasta el error histórico son un factor esencial en la formación de las naciones. De ahí que los historiadores sean considerados sujetos indeseables y peligrosos por aquellos que hoy desean hacerse con una patria nueva, por aquellos que se esfuerzan en inventar una memoria separada y enfrentada a España, una memoria que reescribe su idea de nación, con los renglones torcidos del mito, del odio, de la animosidad, de la diferencia.
     Me parece muy difícil ver en mi obra resabios de “esencialismo histórico” porque, aparte de lo que acabo de decir y he repetido machaconamente, será difícil encontrar un historiador que haya insistido más que yo en el carácter histórico de España y en su condición de construcción humana, contingente y nada esencial. Me encuentro incómodo hablando de identidades, raíces o pueblos a la altura del siglo XXI: tienen un cierto tufillo tribal. España es una nación de ciudadanos que forma parte de una comunidad cultural e histórica, es la patria constitucional que garantiza nuestras libertades y no el terrible determinismo de la Tierra y los Muertos de las construcciones nacionalistas
     No es la comunidad anterior, pretérita, tradicional e inmemorial la que proporciona título para la convivencia política, sino la comunidad futura en el efectivo hacer. No lo que fuimos o soñamos que fuimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana juntos. De aquí la Unión Europea. También de aquí que España no halle solución mientras sus políticos, o al menos los que gobiernan, no hablen y actúen como gentes verdaderamente contemporáneas que sientan bajo sí palpitar todo el subsuelo histórico, que conozcan la altitud presente de la vida y repugnen todo gesto arcaico y silvestre. Necesitamos de la historia íntegra para ver si logramos escapar de ella, no recaer en ella. El derecho que nace de la historia es a crear un futuro, no el derecho tradicionalista a heredar un privilegio. Hacer castillo de los derechos históricos es fijar España a su pretérito. Vivir gobernados y oprimidos por una oligarquía de muertos. Vivir una cornucopia de diferencias de rango, de oxidadas alcurnias y vejatorias Biografía de Españaexigencias de primacía. Vivir en las anticipaciones de quienes no pudieron construir el futuro y en las estrecheces mentales de quienes trataron de preservar el pasado, fantasía siempre inútil y utópica.
     Impulso de dirección opuesta al siglo en que vivimos, los derechos históricos sólo son una nueva excusa para hacer recaer sobre los ciudadanos algo que no depende de su voluntad. Un designio providencial, las imposiciones de los muertos. Con normas tan altas se podría deshacer todo el mapa de Europa, levantando nuevas divisiones y fronteras, librando viejos fantasmas de opresión y limitando o liquidando las libertades individuales y concretísimas de que disfrutamos. La historia, sin embargo, y conviene escribirlo aquí, en España, país rico en reaccionarios de todo pelaje, no decide nada. Los hombres y las mujeres libres del presente, su voluntad de ser ciudadanos libres es el único derecho histórico a aceptar. La única garantía a exigir.
     Pero, cuando alguien discrepa de las construcciones nacionalistas de Cataluña o el País Vasco, enseguida su aparato propagandístico adjudica a los discrepantes el carácter de nacionalista español, entendido éste no como una forma de patriotismo vinculada a la tradición liberal, revolucionaria, constitucionalista, sino como una forma de integrismo nacionalcatólico o falangista.

     -Usted conoce muy bien la historia reciente del Vaticano, como ha demostrado en Los pliegues de la Tiara. Si tuviese que completarla, una vez finalizado el pontificado de Karol Woytila, ¿qué resaltaría en el epílogo de dicha obra?

     -Hay una nueva edición de ese libro controvertido, publicada hace unos meses en una editorial de bolsillo, en la que se hacía el balance del último Pontificado. Todas las grandes cuestiones, como la infalibilidad, el ecumenismo, el celibato, el antifeminismo, la desigualdad, la incomunicación, los claroscuros financieros… han sobrevivido al pasado, colándose por la aduana del siglo en la guantera del papamóvil.
     Es cierto que la Iglesia actual no oculta las vergüenzas de un mundo, al que no renuncia, y que le afectan en forma contradictoria. Condena el uso de preservativos, pero al mismo tiempo se acuerda de las víctimas del sida, defiende el derecho a la vida clamando contra el aborto, pero se estremece con la clonación y los experimentos científicos, reza por los embriones prohibidos y también por los inocentes que morirán de hambre o de sed, antes de su mayoría de edad, visita Cuba aunque predica incansable contra el ateísmo marxista.
Los pliegues de la tiara     Juan Pablo II ha sido el Papa que ha vivido más de cerca la caída del comunismo y uno de las que más se ha preocupado por las libertades del mundo, porque en su juventud vivió su carencia en propia carne. Seguramente la Historia le recordará siempre, aunque sólo sea por eso. Y sin embargo sus disposiciones -léase el nuevo Código canónico de 1983- han hecho más por el centralismo y el absolutismo vaticano, que ninguna otra del mismo siglo. Con él, los centros de poder se han reforzado, las decisiones importantes se han individualizado, el autoritarismo en crisis de los sesenta se ha vigorizado. Las limitaciones para que la mujer supere, en la Iglesia, su habitual estado de marginación, los repudios continuos a ciertos aspectos de la actualidad (celibato opcional, homosexualidad, etc) o las instrucciones procesales contra algunos teólogos disidentes, han vuelto a sembrar la duda sobre la adecuación de la norma vaticana a la modernidad.
     Dicen que los jóvenes se van de la Iglesia y ya no rezan el rosario como sus abuelos. Las vocaciones se ocultan, los seminarios se vacían y se venden a compañías hoteleras. La privatización de la fe es cada vez mayor. El laicismo y su lado más egoísta, el hedonismo, son los triunfantes iconos de la humanidad. Pero, al mismo tiempo, los viajes papales se rodean de nueva savia y fresco interés. La difusión mediática de peregrinaciones y cultos nos quiere enseñar que todavía hay quien busca en la certidumbre absoluta la respuesta al problema de vivir.

     -¿Cree que la historiografía española actual goza de buena salud?

     -Lo creo firmemente y que los historiadores españoles tienen un merecido prestigio en el mundo de Clío. Así y todo la memoria histórica se oxida en las escuelas, colegios e institutos. El historiador serio, crítico, que escribe el pasado de España con honradez, ha ganado el mercado, pero ha perdido la batalla de la enseñanza. Y la guerra institucional de las Humanidades seguirá perdiéndose mientras no se destierren los intereses políticos del campo de la educación y los nacionalismos continúen jugando a inventar una memoria separada y enfrentada a España. Sorprendentemente el Estado español nacido de la Transición dejó en manos de las Comunidades Autónomas el principal instrumento de nacionalización del imaginario, esta transmisión de la historia. El problema se plantea con especial virulencia en Comunidades Autónomas cuyos gobiernos están embarcados en explícitos proyectos de construcción nacional, en cuyo caso la negación histórica de la nación española se convierte en objetivo prioritario. Los libros de historia de ámbito nacional escritos para el BUP después de 1978 son narraciones cronológicas neutrales, que respetan el pluralismo cultural y político de la historia de la península y rehuyen las teorías metahistóricas sobre la historia y la Breve Historia del Siglo XXidentidad nacional. Todo ello perfecto desde la perspectiva de la historiografía académica. Pero, ¿qué ocurre cuando las historias de las Comunidades Autónomas no respetan el pluralismo cultural y político de la historia de la península y no rehuyen las teorías metahistóricas sobre la historia y la identidad nacional? Ocurre que el sistema educativo deja de “hacer” españoles para hacer catalanes, aragoneses, vascos, andaluces, gallegos, extremeños.
     El éxito de lo regional es que cabalga sobre un sentimiento que no tiene ideologías en un tiempo en que las ideologías se han muerto o se han suicidado. Lo regional, como en el siglo XIX lo nacional, pasa por la historia que no retrocede ante la leyenda, la trivialidad o el error, con tal de que éstos vayan unidos a una representación concreta del pasado. Todo es cuestión de imágenes, de tradiciones propias y genuinas, desde celebraciones festivas a rememoraciones de batallas, viajando por el estómago y la gastronomía.

     -Cuando se jubile como profesor, ¿en qué piensa emplear sus energías vitales?

     -Cuando llegue ese día, me gustaría seguir escribiendo y ayudando a los que se acerquen a mi despacho a seguir haciendo de la Historia un instrumento de mejora del presente. Pido a Dios que la memoria, mal llamada la inteligencia de los tontos, no me abandone del todo, pues con ella el trabajo de relacionar acontecimientos, procesos y saberes, que es el fundamento de la actividad del historiador, se hace más rápido y cómodo.

     -Que la diosa Nemosine le acompañe en esa tarea.

 

 

 

 

 

 

 


EN EL CONFÍN ARROJAR PIEDRAS
(Sobre Mal de confín de Eugenio Castro)

 

por Esther Ramón

 


Mal de confín      “El aire quema”: un hombre se aproxima al confín. Ha salido a buscar la nidada de piedras, a punzarles los vientres, a beber de sus huevos coagulados. El hombre se encarama despacio al último mirador. Con una bota en tierra y la otra hollando un barro contagioso, el orden geométrico de las paredes de la casa se trastoca. Existían tres reinos, tres estados de la materia. Pero allí, donde ya se divisan las murallas roídas del “palacio de la intemperie, tenebroso y vasto en su extrema inocencia”, los sentidos anticipan su desaparición o metamorfosis en la mezcla. La realidad enseña sus señales, y emerge la voluntad de hundir los remos, navegando. Todo parece haberse solidificado. “Pesa el viento y la luz pesa”. El río no sigue más allá, la corriente ya no fluye: se ha congelado o evaporado, como en los climas extremos de los polos o del desierto. También como en ellos, la luz es excesiva, multiplicada en su reflejo de nieve o arena. Los estados de la materia se contagian: la luz es sólida, se hace carne, “carne viva de la luz” o luz en carne viva; las aguas detenidas abren el silencio, sábana de unas voces absortas que sólo ahora se desperezan. “La piedra de la locura se adhiere, se torna sólida la mirada”. Aire mineralizado, piedra inflamada por la luz.
La ciudad constelada     Las brújulas no sirven donde no hay puntos cardinales, donde el horizonte en surco es fecundado por el rayo. “Vertical de uniones”. A falta de instrumentos, el poeta se sirve de algo que, para Artaud, el mundo actual ha desechado: “el viejo totetismo de los animales, de las piedras, de los objetos cargados de electricidad, de los ropajes impregnados de esencias bestiales, todo cuanto sirve para captar, dirigir y derivar fuerzas”. En el límite cada piedra cimienta y cierra, une los extremos en su enigma. El abandono es la acción, la voluntad pasiva, y se cae en la animalidad desaprendiendo. “Un hombre se tumba, anda / pierde el conocimiento / le sobreviene la memoria reptil”. Lo incomunicable es cruzado por una graja que grazna. Lo vegetal aparece cuajado (“flor, asume su costra”), y, confundido con el organismo que recubre (“en la peña, líquen”), recomienza, metamorfoseado.
     En el confín nombrar es -más que nunca- invocar, y las palabras nacen sólidas, son el hueso de las palabras, “palabras-hueso”, las que miran de frente el acabamiento. La parte dura del lenguaje en las que se atreven, en las que nombran la muerte, le ponen rostro, le inventan un cuerpo para poder mirarla. Si acude lo que se invoca, sólo se da forma derramando la propia.
     En el confín arrojar piedras, arrojar palabras como si fueran piedras que indiquen en su caída última la insondable profundidad del pozo.
     Así, para avanzar, para tocar el borde, el poeta, tanteando, busca puertas. Las de los ciclos, el limno del crepúsculo y el del momento previo La región insomneal amanecer, esa “hora del lobo” que inspirara a Bergman, aquella en la que según viejas leyendas más gente muere y más niños nacen, y se escuchan otros olores, otros sonidos, abierta la corriente entre los dos mundos. Aunque para el acceso total ya no bastan las puertas marcadas, ya no hay que esperar al tiempo. Con el punzón y las alas, el poeta Ícaro -que no desconoce el riesgo de su vuelo- abre un resquicio en el cénit de luz, le acierta al sol entre los ojos. “Abierta emboscadura: mediodía”. El libro -compuesto de breves metales, que tensan la malla de la intemperie- se deslía en su final en archipiélagos, jirones en el océano extremado, y llega el reposo (“sólo a merced de los elementos / puede un hombre aspirar a su descanso”).
     Porque a través de la tela rasgada, el poeta probó el sabor de “un breve beso a lo oscuro”, a los labios pegajosos de “su boca de sombra”. Y después regresó -fluyen renovadas las aguas-, acarreando “el peso de una vida sin muerte”, con la conciencia súbita de que “el fin nunca acaba”.

 

 

 

EL REPOSO
(Mar de Lira)

 

Esa luz que aborda las superficies
con su indefinición, no ampara.
Su gris pesa como la masa del desasosiego.
En ella se adentran hombres que no se engañan,
que ya desde el principio adivinan su regreso
con la marca en sus pupilas del allende profundo:

tanto ensanchamiento de sus ojos, y tantos siglos,
después de una sola jornada de faenar con el miedo,
disputándole a lo insondable su bestialidad,
tornan prudentes sus faces de tanto tratar con el horror,
faces bellas que acogen la media luz,
la media sombra de un apagamiento incompleto,
de un estremecimiento de geografía sideral.

Mas hoy aquí se juntan, séquito fúnebre,
por prescripción de la muerte,
y entonan, en la pequeña apoteosis del duelo,
un himno a la desintegración,
ungiendo con la ceniza la ola,
sumando sus voces a las de los muertos
calientes de la inocencia,
muertos del mar, muertos del monte,
muertos anónimos en el pueblo anónimo
hasta el que baja el tiempo a reponer su violencia
(ésa, su siniestra actualidad).
Pueblo recorrido por sombras con la carne ya póstuma,
enlutado de antemano por la certidumbre
de su técnica defunción.

Pero el sol hasta él también baja,
y renueva su alianza con la humedad de la tierra,
y en ella penetra para cultivar su hondura
y perfeccionar su claridad,
que estos hombres abrigan en la profundidad
de su mirar anfibio.

*

Sólo a merced de los elementos
puede un hombre aspirar a su descanso,
quedar sujeto a una violencia perenne que no varía,
a una secuencia de la muerte anterior a su advenimiento.
Esto es una soberanía que no decae,
el exorcismo del sueño calado en los huesos,
entregados en polvo al arrullo de la nada,
en un final impulso del viento y del agua
que lo mecen, arrastran y depositan
sobre las cabezas de la turba,
a las que se adhieren sus últimos restos.

Sobre ellas se precipita el cuervo,
que toma esos granos y traga, y digiere,
y depone sobre las zanjas de la memoria,
sobre esa tierra asediada
que el pájaro insemina con el excremento de lo libre.

Y en torno, la intacta semejanza,
un cortejo de parias cargando a sus espaldas
costales de océano, con sus rostros elementales
duramente fabulados, con sus bocas dolientes
recibiendo sin tregua la hostia pagana de la luz.

 

(De Mal de confín)


     (*) Eugenio Castro nació en Las Herencias, Toledo, en 1959. Entre sus muchas actividades, que giran en torno al arte y a la poesía, es fundador y coeditor de la revista Salamandra, crítico de exposiciones de arte y dirige los ciclos de poesía Mal de Palabra en la galería CRUCE de Madrid. Tiene publicadas las plaquettes La ciudad constelada (Ediciones surrealistas, Madrid, 1995) y La región insomne (Ediciones de La Torre Magnética, Madrid, 1996). Sus poemas se recogen, también, en el libro colectivo Indicios de Salamandra (Ediciones de la Torre Magnética, Madrid). Mal de confín, que acaba de ser publicado por la editorial Germanía dentro de la colección Hoja por Ojo, es su primer poemario.

 

 

 

 

 

 

 

MARCELA Y OTRAS MUJERES VALIENTES EN EL QUIJOTE


por Aurora Saura

 


Las Mujeres en "El Quijote"      Voy a comenzar presentando el marco común de las mujeres admiradas en El Quijote -entre las cuales he encontrado estas mujeres valientes-, muy diferentes de las mujeres del pueblo llano, a las que don Quijote (y, con él, Cide Hamete y el otro narrador) desde luego no admira y a veces ni siquiera mira, si no es para convertirlas en damas, princesas o lo que en cada momento venga al caso.
     La característica más destacada de esas mujeres admirables es su soberbia belleza, que produce asombro y fascinación y en el varón, con frecuencia, un deseo que no puede (y no quiere) someter a la razón. Dice Dorotea, sobre su rechazo a las solicitaciones de Don Fernando (que, según él, demuestran su amor), que ello fue “causa de avivar su lascivo apetito, que este nombre quiero dar a la voluntad que me mostraba”. Estos amores apasionados que despiertan parecen entrar, en cierto modo, en contradicción con su hermosura angélica: todas las mujeres bellas de El Quijote, débiles o valientes, lo son en grado tan extremo que parecen de otro mundo; digo bien, “son de otro mundo”, porque se trata siempre de una idealización: en ellas se reúnen todas las cualidades posibles, incluida la honestidad (aunque a veces, ¡ay!, se pierda) y no pueden ser superadas; tanto es así que el narrador, cuando alguna de estas señoras es descrita a continuación de otra u otras, se las ve y se las desea para encarecer la nueva belleza sin repetirse y dice cosas como “que Dorotea la tuvo por más hermosa que Luscinda y Luscinda por más hermosa que Dorotea, y todos los circunstantes conocieron que si alguno se podría igualar al de las dos era el de la mora...”. La otra cualidad común a todas estas beldades -sin la cual, además, parece que no podría darse la primera- es su condición de hija de familia principal o, al menos, acomodada, y en algún caso de padre noble y muy rico, como el de Zoraida/María. Ello supone haber sido educada según normas de recato muy estrictas (no se olvide la importancia, en la tradición literaria española, de la honra familiar, cuya depositaria es la mujer, sea ésta mora, cristiana o judía) y haber llevado una vida regalada y sin preocupaciones, hasta que, por decisión propia o por algún suceso desafortunado, generalmente amoroso, se ve expuesta a los peligros de una vida sin el amparo familiar.
     Habiendo trazado, muy a grandes rasgos, este que he llamado “marco común”, entro en el asunto de la valentía de algunas de estas mujeres, entre las que me ha parecido Marcela la figura más atrayente, por ser la que más se aparta del modelo general -la desdicha por amor- y por ser muy interesante su relación con la tradición popular de la mujer libre que rechaza la convención del matrimonio, de la que da cuenta, entre otros Educadas según normas de recatopoemas, este zéjel famosísimo de Gil Vicente: “Dicen que me case yo. / No quiero marido, no. / Más quiero vivir segura / n’esta sierra a mi soltura / que no estar en la ventura / si casaré bien o no...”. Se dan, asimismo, en Marcela semejanzas con la amada enemiga de la poesía culta, tema que, por otra parte, también aparece sugestivamente expresado en las Canciones tradicionales; como ejemplos de este último tópico recordemos estos versos: “Los cabellos de mi amiga / d’ oro son. / Para mí lanzadas son” y “Enemiga le soy, madre, / a aquel caballero yo: / mal enemiga le só.”.
     Pero vayamos a la historia de Marcela, que en principio es la de Grisóstomo, “muerto de amores de aquella endiablada moza...”, como un calco en prosa de aquel “pastor desesperado” del romance, aunque sin el arrepentimiento final de la bien amada que hay en éste: “Buscaréis, ovejas mías, / pastor más aventurado... Enterradme en prado verde, no me enterréis en sagrado...” (lo mismo pide Grisóstomo). También se ha dicho que Cervantes retoma aquí el asunto de La Galatea, en cuya continuidad seguía pensando; pero la mayor naturalidad de los personajes y, sobre todo, la concentración del relato nos acercan mucho a estos pastores, entre los que destaca sobremanera la propia Marcela. Esta primera mujer hermosísima de El Quijote (aparte de la que el protagonista se ha creado como dama) es el prototipo de la mujer que puede hacer su voluntad -siempre dentro de los límites de la honestidad, que no deben ser traspasados-: es huérfana y rica y su tío no quiere imponerle un matrimonio que ella rechaza, en principio, en razón de su juventud ( el cabrero cuenta “el cuento con muy buena gracia”, según Don Quijote, que a punto ha estado de verlo interrumpido por sus continuas correcciones, enfadosas para el narrador). Y dice Pedro, el cabrero, que sus convecinos alababan el criterio del tío de Marcela, que era “que no habían los padres de dar estado a sus hijos contra su voluntad”. Decide en este punto la moza hacerse pastora, contra el parecer de todos (y particularmente de los que la pretendían, entre los que se hallaba Grisóstomo); se visten igualmente el traje de pastor varios de los jóvenes enamorados, cuyas esperanzas van siendo defraudadas conforme se las dan a conocer a la muchacha o ella las atisba, ya que “su afabilidad y hermosura atrae los corazones...; pero su desdén y desengaño los conduce a términos de desesperarse...”. A partir de aquí el cabrero describe los efectos que causa el desdén de Marcela en los amantes como si fuera el narrador de una novela pastoril, sin un solo error lingüístico y sí, a mi parecer, con cierta sorna que no puede Cervantes dejar de hacer notar (¡y con todo él quería continuar La Galatea!: ¡qué cervantina es esta dualidad!). El desenlace del rechazo reiterado de Marcela a Grisostomo ya se había anticipado, al contar Pedro todo lo anterior justamente porque al día siguiente van a enterrar al enamorado, en el lugar donde, dice Ambrosio, su amigo, “Marcela le acabó de desengañar..., de suerte que puso fin a la tragedia de su miserable vida”(es de notar la naturalidad y la concisión con que se relata el suicidio). El elogio fúnebre que hace Ambrosio es un modelo de Planto y en él da cuenta también de la voluntad de Grisóstomo de que destruyan sus “papeles”, lo que da pie a una discusión sobre la función de la literatura y a que se lea un poema del pastor muerto, escrito claramente a imitación de Garcilaso, sobre todo en los endecasílabos finales: “Canción desesperada, no te quejes...” (Neruda los La pastora Marcelarecordaba bien). En éstas “una maravillosa visión -que tal parecía ella-” irrumpe en escena (pues de una magnífica representación se trata) dispuesta a defenderse a sí misma, ¡y con qué brío!, de la acusación de ser la matadora de Grisóstomo; el discurso de Marcela no tiene desperdicio, es una verdadera pieza de oratoria, con argumentos expuestos soberbiamente, y como no me es posible reproducirlo completo, sólo citaré lo que me parece más significativo de su valentía: “yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos... Fuego soy apartado y espada puesta lejos. A los que he enamorado con la vista he desengañado con las palabras... No me llame cruel ni homicida aquel a quien yo no prometo, engaño, llamo ni admito... Yo, como sabéis, tengo riquezas propias y no gusto de las ajenas; tengo libre condición y no gusto de sujetarme; ni quiero ni aborrezco a nadie...”. En la pastora Marcela se cumple fielmente el deseo de Fray Luis -“Canción a la vida solitaria”-: “Vivir quiero conmigo, / gozar quiero del bien que debo al cielo, / a solas, sin testigo, / libre de amor, de celo, / de odio, de esperanzas, de recelo.”

     La segunda mujer valiente, tanto por su aparición en la obra como por su inteligencia y decisión, es Dorotea, aunque en el comienzo de su historia (y, naturalmente, en su final) el tema dominante es el de la honra, que ella busca a toda costa recuperar haciendo cumplir su promesa de matrimonio a don Fernando. El personaje de la mujer abandonada es tan antiguo como la propia literatura y en Grecia se nos presenta con trágica intensidad en el mito de Ariadna y sobre todo en la historia terrible de Medea, aunque no debe olvidarse que parte sustancial del dolor desgarrado de los dos personajes se origina en el hecho de que ambas han traicionado por amor a su estirpe y a su patria. En nuestra lírica tradicional, aunque sin aquel aliento trágico, es muy frecuente la queja por el abandono, casi siempre relacionado con el engaño: “-Mal haya el enamorado / que su fe no mantenía. / De velar venía. Y maldito sea aquel hombre / que su palabra rompía, / más que más con las mujeres / a quien más se le debía. / De velar...- Más maldita sea la hembra / que de los hombres se fía, / porque aquella es engañada / la que en palabras confía. / De velar...”. Y la huida de la propia Dorotea aparece también anticipada en el famoso villancico: “Por el montecico sola, / ¿cómo iré, cómo iré? / ¡Ay, Dios!, ¿si me perderé? Soledad me guía, / llévanme desdenes / tras perdidos bienes / que gozar solía. / Con tan triste compañía, / ¿cómo iré...”. Como en ambas Canciones, la mujer es engañada con gestos y promesas de amor, aunque en el caso de Dorotea no deja de haber una cierta previsión (¿podemos llamarla astucia?) antes de su entrega al caballero: “Yo, a esta razón, hice un breve discurso conmigo, y me dije a mí mesma:... puesto que en este no dure más la voluntad que me muestra de cuanto dure el cumplimiento de su deseo; que, en fin, para con Dios seré su esposa... Todas estas demandas y respuestas revolví yo en un instante en la imaginación, y, sobre todo, me comenzaron a hacer fuerza... Las vicisitudes de Dorotealos juramentos... los testigos que ponía... Llamé a mi criada, para que en la tierra acompañase a los testigos del cielo”. Y, como en los poemas citados, la mujer abandona su casa, en busca del que para ella es su esposo, en este caso al conocer que don Fernando ha concertado su boda con Luscinda: “Llegó esta triste nueva a mis oídos, y, en lugar de helárseme el corazón en oílla, fue tanta la cólera y rabia que se encendió en él, que faltó poco para no salirme por las calles dando voces, publicando la alevosía y traición que se me había hecho... Y en el silencio de aquella noche, sin dar cuenta a mi traidora doncella, salí de mi casa, acompañada de mi criado y de muchas imaginaciones, y me puse en camino de la ciudad... ya que no a estorbar lo que tenía por hecho, a lo menos, a decir a don Fernando me dijese con qué alma lo había hecho...”. Dorotea pasa por varias vicisitudes que ponen a prueba su valentía en la defensa de su honra y, según va contando su historia, oída por el cura y el barbero (en busca de don Quijote) y por Cardenio (que ha encontrado en los montes espacio para su desesperación), el narrador dice de ella “porque si algo le había dejado bueno la fortuna, era el ánimo que tenía para sufrir cualquier desastre que le sobreviniese...”. De modo que la determinación de Dorotea, sus tan hermosamente trabadas razones y, claro está, su belleza impresionan de tal modo a los amigos de don Quijote que, además de ofrecerle consuelo, los mueven a pedirle, a su vez, ellos mismos ayuda en la empresa de hacer volver a don Quijote a casa. He aquí, pues, a la joven traicionada (aunque, ya lo hemos visto, ni ingenua ni desvalida) transformada en Micomicona, princesa de un reino Micomicón (probablemente el nombre más cómicamente ridículo de la obra), perdido a manos de un gigante que don Quijote deberá vencer. Ella pasa a tener, por tanto, un papel esencial en esta segunda mitad del primer Quijote, que se desenvuelve entre los intentos del cura y el barbero para que el protagonista vuelva a su pueblo y las narraciones sobre otros muchos personajes, que se van entrelazando hasta alcanzar su máxima complejidad cuando Cervantes los hace coincidir en la venta, en la que se resuelven todas las historias pendientes (y, además se cuenta la novella El curioso impertinente). Dorotea recibe al fin la recompensa a su constancia, aunque para ello aún tiene que suplicar a su seductor, en una escena dominada por el discurso irrebatible de la inteligente Dorotea, dignos ella y él -el personaje y el discurso- de mejor causa que el matrimonio con el caballero egoísta, mentidor y desdeñoso que es don Fernando (tipo masculino común en la literatura de los Siglos de Oro).

Zoraida, mujer valiente     Zoraida, la tercera mujer valiente, es otro caso especial de decisión y de puesta en riesgo por amor, aunque El Cautivo, que es quien cuenta la historia (la suya, en la que tanta parte tiene la mora que quiere ser cristiana), insiste en la voluntad de cristianizarse de la joven como el motivo principal de su huida. Ruy Pérez de Viedma expresa igualmente su determinación de casarse con ella, como la propia Zoraida -en un alarde de atrevimiento insólito en nuestra literatura clásica- le había propuesto, al hacerle llegar la caña con monedas de oro para que él y sus amigos pudieran “rescatarse”. Estas son sus palabras: “Yo soy muy hermosa y muchacha, y tengo muchos dineros..: mira tú si puedes hacer cómo nos vamos, y serás allá mi marido, si quisieres” y añade: “y si no quisieres, no se me dará nada; que Lela Marién (la Virgen María) me dará con quien me case”. Vemos, así, que la confianza que Zoraida tiene en Lela Marién, aprendida de su aya cristiana, esclava de su padre, y en El Cautivo (a quien le dice, en el mismo escrito “y ninguno me ha parecido caballero sino tú”) es ilimitada y dota al personaje de una ingenuidad encantadora con la que se gana inmediatamente el afecto del Cautivo, luego de los oyentes de su historia y finalmente del lector. La traición a su linaje, pueblo y religión aparece, por primera y única vez en El Quijote, en esta historia de la muchacha de noble familia de Argel que quiere llamarse María en España. Así lo siente su padre, al descubrir la huida y ser obligado a embarcar con los cristianos, entre las lágrimas de su hija: “-¡Oh, infame moza y mal aconsejada muchacha! ¿A dónde vas, ciega y desatinada, en poder de estos perros, naturales enemigos nuestros?...”. Aunque, al ser liberado y abandonado con sus sirvientes en lugar deshabitado (y, por tanto, seguro para los que huyen), el lector no puede dejar de conmoverse con las últimas palabras que oye decir a Agi Morato, al que, además, ya ha cobrado cierta simpatía por el trato confiado -en exceso confiado para los prevenciones de su tiempo- que siempre ha dado a su hija: “-Vuelve, amada hija, vuelve a tierra, que todo te lo perdono; entrega a esos hombres ese dinero... y vuelve a consolar a este triste padre tuyo, que en esta desierta arena dejará la vida, si tú le dejas!”. Nos parece oír resonar aquí un eco del impresionante Planto de Pleberio (con el que se cierra La Celestina), un padre, el de Melibea, muy similar al acaudalado moro de este relato en cuanto a su relación con la hija. Los cautivos logran, tras el grave incidente del asalto pirata, llegar a las costas españolas. Zoraida/María conseguirá así su propósito, que, sigue insistiéndose en ello, es bautizarse y aprender los usos cristianos -aunque se nombran continuamente “las bodas”- Cervantes, como se sabe, utiliza en esta historia varios elementos autobiográficos y le hubiera gustado que alguno de sus intentos de huida se resolviera tan favorablemente como el del Cautivo; tal vez también haber tenido la suerte de encontrar en Argel una criatura tan admirable como Zoraida. En la venta la belleza de ésta es comparada con la de las demás jóvenes que se encuentran en ella (en palabras del narrador, que expone las de don Quijote, “el gran tesoro de la hermosura que en aquel castillo se encerraba”) y es acogida con afecto por el mismísimo hermano del Cautivo, el oidor, que viaja con su joven hija.
     El autor, como he dicho antes, hace coincidir oportunamente allí a todos los personajes. Desde una perspectiva que busca la concentración narrativa, se ha dicho que este exceso de historias desviadas de la principal no favorece a la novela y ya en su tiempo Cervantes recibió críticas similares; pero para lectores y oyentes sin prisa, y que gusten de los cuentos, esta acumulación, por bien encadenada y bien resuelta, resulta atrayente; aunque demore -o tal vez por eso mismo- el final del primer libro, el regreso humillante de don Quijote a su aldea.

Mujeres admirables, soberbia belleza     Ya en la segunda parte, otra mujer que podemos adscribir a este grupo, aunque su valor sea mucho más secundario, es Quiteria, la muy bella (nuevamente) protagonista del episodio que se conoce por “Las bodas de Camacho”. Aunque, en fin, no es la boda de éste la que tiene lugar, el deslumbramiento, provocado en don Quijote y, sobre todo, en Sancho por la fastuosidad y la abundancia con que el labrador rico (por antonomasia ‘Camacho el rico’, como a ella se la nombra La hermosa Quiteria) se apresta a celebrarla, se adueña del narrador (o, por mejor decir, éste les sigue la corriente a sus personajes). La historia es la siguiente: Basilio y Quiteria, enamorados desde niños, ven frustrados sus deseos porque el padre de ella ordena “casar a su hija con el rico Camacho, no pareciéndole ser bien casarla con Basilio, que no tenía tantos bienes de fortuna como de naturaleza...”. Pero el enamorado, que desde entonces anda siempre “triste y pensativo”, a decir del estudiante que cuenta lo anterior, trama un engaño con el que desbaratar la boda y asegurarse de paso la suya con la joven. Después de los bailes y la pantomima que preceden a la ceremonia en el prado, aparecen los novios -ella esplendorosa, según la admirativa descripción de Sancho- y en seguida, tras ellos, Basilio, que hinca un bastón en el suelo; éstas son algunas de las palabras con la que anticipa su acción: “Viva, viva el rico Camacho con la ingrata Quiteria... y muera el pobre Basilio, cuya pobreza cortó las alas de su dicha...”; a continuación, desenvaina el bastón, que aparece como un estoque, se arroja sobre él y cae malherido; auxiliado por todos, que lo consideran en trance de muerte inminente, se niega a confesarse si antes Quiteria no le da su mano de esposa, a lo que no tiene más remedio que dar su conformidad “confuso”, Camacho; ella se le acerca, le ofrece su mano e intercambian los juramentos de matrimonio, tan prolijos que hacen decir a Sancho “-Para estar tan herido ese mancebo mucho habla; háganle que se deje de requiebros y que atienda a su alma...”. En cuanto el cura los bendice, se levanta prestamente Basilio y a las voces de “¡Milagro!” de algunos, “más simples que curiosos...”, responde él: “-¡No ‘milagro, El peso de la tradición literariamilagro’, sino industria, industria!”. ¿En qué consiste la valentía de Quiteria?; ahora lo veremos, con las propias palabras del narrador: “La esposa no dio muestras de pesarle de la burla; antes oyendo decir que aquel casamiento, por haber sido engañoso, no había de ser valedero, dijo que ella le confirmaba de nuevo; de lo cual coligieron todos que de consentimiento y sabiduría de los dos se había trazado aquel caso…”. Así pues, la industria no es sólo de Basilio: como en otros casos que muestra la tradición literaria, en que los enamorados se arriesgan a contrariar los propósitos de los padres (piénsese, sobre todo, en algunas heroínas shakespearianas, en la Desdémona de Otelo, en la Jessica de El mercader de Venecia y sobre todo en Julieta), la mujer es cómplice del desacato y, en éste como en otros casos, desempeña a la perfección su papel: “turbada, al parecer, triste y pesarosa,...”, así dice el narrador que accede Quiteria a los ruegos de su amado; ya hemos visto que, por el contrario, sólo ha fingido y logra así cumplir su deseo y el de Basilio. Don Quijote, que al principio ha hecho un discurso en defensa de que los hijos se casen con quienes sus padres decidan, se muestra ahora no sólo conforme con este desenlace, sino dispuesto a enfrentarse a Camacho y sus amigos, que han desenvainado las espadas contra Basilio, arguyendo “que no es razón toméis venganza de los agravios que el amor nos hace... Quiteria era de Basilio y basilio de Quiteria, por justa y favorable disposición de los cielos...”.

     En Barcelona encontramos a las dos últimas mujeres valientes: en los alrededores de la ciudad tiene lugar el apresamiento de don Quijote y Sancho por la cuadrilla de Roque Guinart, con el que establece don Quijote una relación tal de buen entendimiento y simpatía que terminamos llamándola amistad. Muy al principio de ese encuentro hallamos a Claudia Jerónima, que se presenta ante ellos a caballo, “a toda furia”, en figura de “mancebo... vestido de damasco verde con pasamanos de oro...” (la mujer en traje de varón es un tópico del teatro de los siglos XVI y XVII -pensemos en Lope y sus seguidores y en el ambiguo juego amoroso que provoca este disfraz en varias obras de Shakespeare-). La muchacha se presenta como hija de un buen amigo de Roque y enamorada de un don Vicente Torrellas, cuyo padre es enemigo del suyo y del propio Roque. Al comenzar su relato habla de “los atropellados deseos”, que la mujer, “por retirada que esté y recatada...” pone en ejecución -parece que de este modo ella se justifica, al tiempo que el autor desliza de nuevo su opinión sobre el poder del deseo amoroso y cómo se rinden a él las mujeres- y creemos oír el villancico de célebre estribillo: “Madre, la mi madre, / guardas me ponéis: / si yo no me guardo, / no me guardaréis”. En breves A él se rinden las mujeres...palabras cuenta la causa de su desventura, que vuelve a ser un desengaño, pues don Vicente, a pesar de las mutuas promesas que se habían hecho, se iba a casar “con otra” ese mismo día, “nueva que me turbó el sentido y acabó la paciencia”. Y, en resumen, decide tomarse ella misma la justicia por su mano, en un caso extraordinario en nuestra literatura clásica, diciendo -más bien parece excusa- “por no estar mi padre en el lugar”. Así, cuenta que acaba de dispararle a su prometido “más de dos balas..., abriéndole puertas por donde envuelta en su sangre saliese mi honra” y a continuación pide ayuda a Roque para pasar a Francia y para que defienda a su padre contra la posible venganza de los Torrellas. Intervienen don Quijote, que asegura que él se hará cargo de hacer cumplir “a ese caballero, vivo o muerto, la palabra prometida a tanta belleza”, y Sancho, que elogia a su amo y corrobora sus palabras, citando con desarmante credulidad, el último caso de defensa de doncellas (ya sabemos que, en general, no suelen serlo ya cuando las auxilia don Quijote), el de la hija de La dueña Dolorida. Roque, “admirado de la gallardía... y suceso de la hermosa Claudia”, claro está, no les hace caso y se marcha con ella al lugar donde ha quedado tendido don Vicente; lo encuentran acompañado de sus criados, aún con vida, y se aclara que no le era infiel a su amada. Como en el caso de Basilio y Quiteria, se dan “in extremis” la mano de desposados, aunque aquí no hay “industria”, sino dolorosa realidad: muere el caballero en brazos de su esposa y matadora, que se lamenta a cada paso de su acción, nombrando en el breve planto “la fuerza rabiosa de los celos” -el narrador insiste, al terminar la historia, en sus “fuerzas invencibles y rigurosas”-. Ella le dice a Roque Guinart que quiere irse a un monasterio, decisión que él le alaba, mientras le asegura que defenderá a su padre, Simón forte, como le ha prometido. Y así acaba lo que sabemos de Claudia Jerónima, desdichada por su arrebato que ha causado la pérdida de su amante y también -esto ya lo añado yo- porque el único destino honrado que reserva su tiempo a una mujer como ella sea el encierro de un convento.

La princesa Micomicona     En el puerto de Barcelona, tras el único combate verdadero que presencia don Quijote, y en el que no interviene, encontramos a Ana félix, la hija de Ricote, el vecino morisco que, en hábito de peregrino alemán, Sancho había encontrado al dejar la Ínsula. Acababa de tener lugar la expulsión de los moriscos, suceso que tuvo enorme importancia no sólo para los expulsados (oigamos parte de la queja de Ricote, cuando le cuenta a Sancho sus desventuras: “Doquiera que estamos lloramos por España... es nuestra patria natural... agora conozco y experimento..: que es dulce el amor de la patria”), sino para la sociedad española en su conjunto, que perdía una considerable riqueza, tanto cultural como económica (por ejemplo, decenas de campos quedaron abandonados sólo en Levante), pérdida de la que no se fue consciente, en general, y de la que no se repondría jamás, como había ocurrido a finales del XV con la expulsión de los judíos sefardíes. La hermosa morisca se nos presenta en traje de varón, como antes Dorotea, Claudia y la hija de Diego de la Llana (en un episodio en la Ínsula que, aunque tiene mucho de divertimento, como otros sucedidos allí, no es tal para esta pobre doncella, a quien su padre guarda encerrada en su casa desde que murió su madre -la de ella-, ¡hace diez años!). Uno de los turcos -en realidad “renegado español”, se dice luego (como lo era el eficaz auxiliar del Cautivo, natural de Murcia)- le atribuye el cargo de arráez (cuando el bajel es apresado por las galeras barcelonesas, en una de las cuales va don Quijote) a este joven “tan hermoso, y tan gallardo, y tan humilde” que despierta la compasión del virrey; éste le pregunta por su origen y se asombra de oír la respuesta: “No soy turco de nación, ni moro, ni renegado”, sino “mujer y cristiana”. Pide el mozo que suspendan la ejecución en tanto cuenta su vida y comienza refiriéndose a su “nación más desdichada que prudente” y a su fe, cristiana como la de sus padres, “y no de las fingidas ni aparentes” -esto, con su belleza, es esencial para la simpatía que despierta Ana félix en sus oyentes-. He aquí el resumen de sus peripecias: la expulsión de España, en compañía de sus tíos, después de la marcha de su padre; el seguimiento, mezclado con los moriscos, de su enamorado, don Gaspar Gregorio; los peligros por los que pasan ambos en Árgel y cómo se las ingenia ella para sortearlos, vistiendo de mora al joven y muy hermoso caballero (“don Gregorio queda en hábito de mujer entre mujeres, con manifiesto peligro de perderse”) y asegurándole al rey que regresará con las riquezas enterradas por su padre en España, si le da medios para ello; y, en fin, lo ocurrido al llegar a la costa, junto con el ruego de que “me dejéis morir como cristiana”. En este punto se da a conocer Ricote, que ha entrado con otros en la galera y se arroja a los pies de su hija, abrazándolos -en un gesto más de servidor que de padre- y sollozando mientras habla. Naturalmente, perdona el general la vida al arráez, y no sólo a él/ella, sino, a instancias del virrey, a los dos turcos que han matado a sus soldados, porque “no se ejecutan bien las venganzas a sangre helada” (¿Quién lo dice?: ¿el virrey, el narrador, Cervantes?). Se deja, de momento, el episodio en estos términos: el renegado volverá a Argel con el tesoro de Ricote para rescatar a don Gaspar Gregorio y, mientras, la morisca y su padre irán a casa de don Antonio Moreno, el amigo de Roque que también había hospedado a don Quijote. Más tarde, después de la derrota definitiva de don Quijote por el Caballero de la Decidir sobre su propia vidaBlanca Luna (aunque aún tiene aquél arrestos para decir que se “holgara”de haber tenido él que ir a Berbería, es verdad que enseguida recuerda con desesperación que ha sido vencido y que ha prometido” no tomar las armas en un año”) llegará la conclusión: la vuelta de don Gregorio (con el elogio, nuevamente, de su hermosura); el encuentro de los enamorados -“no se abrazaron... porque donde hay mucho amor no suele haber mucha desenvoltura” -y el ofrecimiento de don Antonio, de acuerdo con el visorrey, de hacer las gestiones necesarias para que Ricote y su hija puedan quedarse en España. Lástima -desde una perspectiva estrictamente literaria- que el largo discurso de Ricote, exaltando el heroísmo “del gran Filipo Tercero” y el duro proceder del Conde de Salazar, encargado de la expulsión, (porque “todo el cuerpo de nuestra nación está contaminado y podrido”, por lo que no hay que esperar “favores ni dádivas”) suene tan poco creíble y enturbie la alegría del final -en cualquier caso, don Antonio irá a hacer “las diligencias posibles” en la Corte-: ¿Tenía realmente Cervantes que obligar a su personaje, un morisco dolorido por el exilio, a justificar, denigrando a su pueblo, la decisión del rey, e incluso la intransigencia con que se había llevado a cabo?; ¿no había otra manera de atajar los previsibles problemas que podría causarle el cuento de los moriscos?

     Como conclusión, puede decirse que estas mujeres pueden llamarse valientes porque procuran decidir sobre su propia vida y con frecuencia se apartan del porvenir que otros creen conveniente para ellas; y porque se sobreponen a la desdicha, a la monotonía o a las convenciones sociales para trazarse un destino o para sobrevivir en la adversidad. No son, en definitiva, ni Aldonza ni Dulcinea y conforman en la obra un cuadro de vivacidad extraordinario. En él observamos, como en todo Cervantes, su mirada comprensiva, y a veces irónica, junto a la necesidad de someterse a las limitaciones de su tiempo. En la capacidad del autor para que éstas no se impongan de tal manera que ahoguen la libertad de aquélla radica, ya lo sabemos, la genialidad de El Quijote.

 

 

 

 

 

 

 

PEQUEÑOS GUERREROS DE LOS VIDEOJUEGOS DESTRUIRÁN EL MUNDO

por Salomón Valderrama Cruz

 


Game Over     Los niños, como los fatuos santos católicos, son conspicuos, naturales guerreros. Y cómo no lo van a ser si por todos los vértices del mundo, pirámides raciales, de Oriente y de Occidente, se les restriega y aquilata, hasta en los sueños, la figura, ya fija, poética, ya científica, ya filosófica, del matar: no para ser matado, sí para no aburrirse, para entretenerse y gozar comprando, vendiendo y comiendo la muerte. Amor de necrófago. Los niños, brutos adultos aquellos que, no siendo santos, sueñan santos, los que reniegan del mundo, los que entienden el abuso y la miseria, el irracional de atacar para decir gané. Game Over. En los videojuegos enseñarle a matar, en los dibujos animados condicionar el matar, en las noticias por internet, radio, televisión, revistas, periódicos, novelas, cuentos, poesías y dramas, y como fiesta sin fin el matar en las no-tan-secretas-reuniones-políticas de los gobiernos, que tratan de imponer, vender sus productos y democracias desde su nulo punto de vista al mundo. Y escoger o determinar legalmente a quién matar en el mundo como arquetípico, adalid de. Arte que estrena el caer. Para temer y, lo que sea, recibir. No sé si seré ciego o sordo o mudo, pero no puedo evitar el sifilítico sufrir al contemplar en mi sobrino, de casi tres años, el sueño inestable, abrupto, de facto cuando come los antipoemas que le abren los pequeños ojos del pequeño sueño y grita aterrado. Porque en sus microsueños lo abandonan, lo golpean, lo violan, lo matan; y él aún está aprendiendo a matar. Y me pregunto: ¿qué pasaría si en todos los cerebros nos ataca el juego de querer salvar el mundo de nosotros mismos, de la ciencia, de la religión, de la filosofía, del arte? Niño que todavía estás atrapado en mí, ayúdame a no matarme matándote. Ensimismado, oprimiendo botones, aprehendiendo espadas o aprendiendo las inevitables ‘Vocales’ de Arthur Rimbaud, en puerta secreta o joystick para atacar y matar, para maldecir y resucitar con arte en la imposible consola del mundo quebrado:

 

 

A negro, E blanco, I rojo, U verde, O azul: vocales,
diré algún día vuestros nacimientos latentes.
A, negro corsé velludo de las moscas brillantes
que zumban alrededor de hedores crueles,

golfos de sombra; E, candor de los vapores y de las tiendas,
lanzas de los glaciares orgullosos, reyes blancos, escalofríos de umbelas;
I, púrpura, sangre escupida, risa de labios bellos
en la cólera o en las borracheras penitentes;

U, ciclos, vibraciones divinas de los mares verdosos,
paz de las dehesas sembradas de animales, paz de las arrugas
que la alquimia imprime en las grandes frentes estudiosas;

O, supremo clarín lleno de estridencias extrañas,
silencios atravesados por mundos y por ángeles:
-O, la Omega, ¡rayo violeta de sus ojos!

 

 


San Agustín: Si me engaño, existo     La poesía se está muriendo. ¡Cómo puede ser si ella es inmaterial, inmortal! No, nadie es inmortal. El poema y la poesía se están muriendo. ¡Jamás, eso no es posible! He visto flores en el universo; enloquecido, he sido un sueño en él. El universo que es la flor. Vamos a suponer que la flor más bella del mundo se llama hipérbole. He dicho la flor más pequeña del mundo. He dicho la hipérbole que es una flor. He dicho mujer que es hermosa, ruca y flor. He dicho que no existe la exageración, el hipérbaton, la hipérbole. Matemática y lenguaje siempre ausente y común: a un pueblo, a un fin. Aún en el fin hay esperanza. Siempre hay esperanza para el que vive y siente la poesía. Aquélla, la que nos acosa; poesía, cuarteto o vida en la flor tierra, la flor agua, la flor aire, la flor fuego enmudecido del beso, gélido abismo, para soñar el mundo poequilatermo, en la mirada que tomo y, finalmente, castrado, enloquezco. ¿Cuando la máquina esclavice al hombre el hombre se liberará? «Si enim fallor, sum» San Agustín («Si me engaño, existo»). Y también hay un hombre en esta mañana, en este día extraño, anárquico, nuevo, libre; bello de bellezas que no se conocen, que no se entienden. Un hombre que come cuando tiene hambre, que bebe cuando tiene sed, que copula cuando quiere copular, que mata cuando quiere matar, que duerme cuando quiere dormir, que baila cuando quiere bailar, que canta cuando quiere cantar, que ve una película cuando quiere ver una película. Un hombre que es ajeno a toda regla, pensamiento o función, la antitesis de todo conocer, gnóstico placer, el hombre que no se define, el hombre que no es hombre ni mito, el hombre ausente de Dios. El Dios que respeta nada, el que permanecerá: Poempro. Infieles. Poempros de Christian Zegarra en la ‘Última visión del invierno’:

 

 

esta ciudad puede ser un instrumento de tortura
si no descubres el cañón de dinamita
que arde entre sus paredones
he aprendido a saquear los rieles de mi cuerpo
hasta que en él expiren balas de silicio
como ojos de reptil en la pradera del asfalto
más allá de la alcantarilla se ordena el caos
los hombres se unifican en una visión transparente:
un niño agita la vara del conocimiento
muerde un agujero en la médula de esta ciudad
en esta fingida matrona que despluma extática
el ave-esperanza de sus hijos
después de esto sabes
que la madurez del cuerpo no se halla en los vidrios
que absorbes con tu lengua
en catarata
ni en el luto de tu voz meciéndose en los bajos fondos
de una esquina ciega
sabes también lo que tu hermano se niega a predicar:
el viento salitroso del desierto
las cabezas hablando detrás de la mordaza
la cabellera que hipnotiza un curvado vientre de mamífero
ya lejos en otra parte
más allá del revés de toda urbana anatomía
y de la zarza que se encrespa entre tus enemigos
como un latigazo

 


Utopía     Utopía. Toda la vida mirando el juego de un niño liberto. Ideas trazadas por otros; las palabras confluyen como toda el agua: lo acumulado en el mar. Y no importa la forma en que llegue: bajo tierra, en el aire las gotas de lluvia encontrada, el sueño finito del río, deshielos constantes, siempre esculpidos de Tanatos, sueños. Calatos. Los ayeres en la nieve perpetua, las nubes eternas que jamás subieron la cuesta del cielo extraviado en la tierra. Lágrimas recogidas en toneles de sangre purgada para vivir más alejado de las ideas prohibidas, de los aceites cuando sean ya parte del agua juntada, cuando aún existan definiciones conocidas de vida. Cuentos, ahítos, crueles seremos todos en el mar, la llegada en la tierra. ¿De dónde venimos? ¿Cuándo llegamos? ¿A dónde llegamos? ¿Qué somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Es que somos o acaso nos pensamos? Qué existe en mi pensar, la existencia, qué es lo que te seduce y empuja a leer este absurdo y qué me obliga a mí a escribir este enigma. Tal vez tu cuento y el mío se han cruzado en el vuelo por una palabra, encontrado en el sueño de siempre. La vida sólo asusta. El que teme la muerte, el que cree existir indisoluble. Toda idea cavilada en el absurdo al dejar el amor. Mis cuentos son eso que llaman los doctos, mi pensamiento, un juego de palabras arbitrarias sin sentido ni gesto en el tiempo inútil, lineal. Ya que mi vida es un enigma inerte en la cuesta del viento soñado, mis historias confluyen en ciclos futuros, presentes y pasados. Y se pierde la cuenta a tal punto que ni yo, el que ha escrito los cuentos, poempros, puedo saber qué he hecho. Qué aconteció primero: la vida, el amor, el dolor al sentirme alejado, al describir el amor. La cuenta en mi vida, alejado del espacio y del tiempo, confirma simplemente el absurdo en mi vida, en unas ideas encontradas, en mis caminos perdidos entre la duda y el cuento. Los motivos, mi vida, todo lo asociado al amor, a la mujer y el ser, la creación, la fusión de ambos en el niño: mi único amor. La idea vuelta imagen inmortal. Lo secreto ontológico de ser mucho más que una idea en la razón, justificada en el absurdo. La paraexistencia. Sólo entre la idea maquinada en mis viajes infinitos me envuelvo y expongo mis cuentos al hombre hasta ahora encontrado en un concepto: el que piensa, el que lo cuestiona todo. La escabrosa armonía, el que no siente la vida, el que no entiende el amor. Multitud o epidemia. Bizancio en un poema de Carlos Oliva Valenzuela, ‘Lima I’:

 

 

El arte de caminar por las calles
consiste en ver tus defectos
como versos aún no descubiertos en la noche
          Yo voy más lejos que aquel poema extraviado
voy dibujando imágenes sin límites de velocidad
palabras como una rosa que enloquece al vacío
con esta percepción de ángel alucinado y febril
Lima
          ¿De qué valen tus letreros luminosos?
Si sólo consiguen efectos psicóticos
tus semáforos
si sólo sirven para perturbarme
Pero también tienes tu encanto
tus ascensores
sin embargo no subimos ni bajamos
pasamos solamente
tus teléfonos malogrados
¿Dónde ciudad tragamonedas
          iremos nosotros los desheredados de tu belleza?
Tal vez a vomitar en el baño
de alguna vieja cantina
Y luego viajaremos en microbús
percibiendo los hedores de tu herida
Pero aún no nos espantamos
Y sigo por estas calles donde aprendí
abrir mi corazón a la melancolía
Abrir mi corazón como se abre la bragueta
          y derramar mi amor como orines sobre las esquinas.



El placer de aniquilar     Amazonia o mujer, vasectomía con chaqueta verde; una sombra es la que padece escondida sobre las capas de colores, esa que es la madre, Chancay, en medio del ancho cielo verde donde bailan las mujeres con los sombreros rojos. Divisando hacia la tierra el fruto alguna vez caído de sus vientres. En esas largas caminatas sobre los bolsos negros, Juntacadáveres, incertidumbre del poeta, la persistencia de la memoria fantasma de este cuadro en la razón. La razón que en carencia te penetra, voraz, hasta la culpa. La misma que repetidas veces gritará algún nombre ajeno, melifluo a las gotas de tus ojos llenos de aguas mansas, atropelladas, de rayos hartos que son tantos en el acto -o propiedad- de sentir placer. Aniquilar. Cortados en el mar donde se bañan desnudos los sables insurrectos, de impaciente Tercera Guerra Mundial. Cuando la obra está deshecha. Cuando es ofrenda de su madre. Cuando su nacer no ha sido impedido. El barco de la muerte, aquel hermoso barco de papel que atraviesa sal, agua, azúcar y pétalo de rosa cortada en el corazón de la mujer que cargando está la barcaza bajo los cielos, pedacitos del reino tétrico, sarasa, mágico y gélido. Tan cercanas al cielo están las muertes que parecen ya tocarse, las insulsas, pueriles, brasas azules del moridero en la nariz. Y los troncos fragmentarios: todo lo que brotará cuando la soledad sea instancia última. En el eco de nuestra dulce muerte, el omnipresente vacío. Trazando la nueva ruta están las fértiles madres, inocentes de culpa y de castigo. A la hora de comer el pan horneado por los brazos secos, de un ángel quebrado en el viento aliso, de los nuevos Tercera Guerra Mundialhijos pobres, de la espesa y antigua forma de enrumbar los barcos beodos sobre la oscura tierra, acabada, en la hora de mirar: el último color de nuestro propio ocaso. Coqueteando o saliendo, naves y secretos del planeta. Bajo el puente Ohashi y bajo la lluvia de mis ojos que están por llorar. Y es que es tan complicada la vida que en ellos guardo para arrojar sostenidamente todo lo que, a veces, quiero poseer y no puedo por carecer de los mismos hermosos ojos negros que me vieron nacer. África desde el cielo cuando quería caminar. Con mis dos patas liberadas del capullo-rosa depositado ahora en mi propio corazón. Instante de querer regalarme algo y saber irremediablemente que para conseguir mis sueños blandos primero debo atravesar mi incontrolable sueño rojo, asesinato, gratuidad y sangre, bacanales en mis maderos podridos por la mezquina libertad. Merienda campestre de mis hijos, los ojos ciegos, del que sólo ve la quietud en los poetas, postres secos, a los tiempos rotos de magia y revolución. Del cáustico callejón Gérald de Nerval, estrangulación y albedrío fáustico mimetizado en los ‘Versos dorados’:

 

 

Crees que sólo al hombre el pensamiento habita,
En un mundo en que estalla la vida en cada cosa,
De tu fuerza infinita tu libertad rebosa,
Mas tus necios concejos el universo evita.

En la bestia respeta un alma que palpita,
Dio la Naturaleza espíritu a la rosa,
Y un misterio de amor en el metal reposa:
“¡Todo es sensible!” El mundo dentro de ti se agita.

Teme al ojo que acecha en el muro ocultado,
A la materia misma está un verbo ligado...
No la hagas servir para algún uso impuro.

Dentro de cada ser habita un Dios latente;
Puro, bajo su párpado como un ojo naciente,
Va creciendo en la piedra un espíritu oscuro.



Gérald de Nerval: estrangulación y albedrío     Fábrica de humanos. Lo que es para sí la tesis de la futura construcción, cuando la planta no lo es sino que ya, apartada, se arranca los ropajes para ponerse los más mínimos trazos de la vida. Teoría que se anula. En el zócalo roto de la mansa y exorbitante conversación, epístolas para existir, en lo más sublime de la naturaleza, su propia y libertada luminosidad. Estoico aquel que agarra la muerte en sus gestos que invierten el acto de parir. En la memoria salvaje que va más allá del camino único, el contexto de una mano rota donde el hombre ha sido el Dios supremo y su báculo agujas que esconderán su fuerza creadora. Sometida a un poco de sangre vertida entre sus sienes, hasta hacer correr las muertes como fácticas y horrendas pescadoras napolitanas sorprendidas bañándose a la luz de la luna. Entierro de sólo algunos, muy pocos, que han sido los que esperan deseosos al morir, acto desolador y lúbrico a la vez, enclave denodado a la hora de la vida y corrido a la hora del perder la hermética vida, voluntad. En el propio sello, con Marco Junio Bruto y Mateo Pumacahua, en semejanza, la acción más purulenta de libertad es disfrazada. De sublime y celestial la encantadora y agresiva cualidad, al mostrarse en la sola lanza una extracción de vida, en la carne viva se verá solamente la eternidad deshabitada, tierna. En la suavidad del que se sujeta en una hoja larga y ancha como son los dones regalados por esos genios burdos. Los coleccionistas. El inocente que esgrimirá un pecador en todos sus adeptos encontrados. Las decisiones que se agarran con los vaginales ojos que se amamantan con las manos y que se convierten en residuos de explosiones iniciadas por un rocío olvidado y vano. Tortuosa avalancha que provee la batalla a la hora de Judas-paradoja-Iscariote-besar. Del cayado que fue pierna de la oveja, que será la borrasca de todo. Cielo claro en los giros truncos de las lanzas en esta noche se han roto, en la tranquilidad, revolución de los tambores. Sonidos que serán el eco de los que corren hasta afuera de los sueños, de pieles santos y oscuros, bellos, donde la bandera sustentará la señal de los cajones. El que construye y esparce la sombra bella. A la única mujer que esperará flanquear en las batallas: tan únicamente espera extinción. El canto de zorro y la fulgurante entonación. Las corales voces muertas. Terapia y belleza, flor convertida en naftalina de Blanca Varela en pos de un Dios, en el ‘Último poema de junio’:

 

 

Pienso en esa flor que se enciende en mi cuerpo. La
hermosa, la violenta flor del ridículo. Pétalo de carne
                   y hueso. ¿Pétalos? ¿Flores?
                   Preciosismobienvestido,
                   muertodehambre, vaderretro.

Se trata simplemente de heridas congénitas y
                   felizmente mortales.

Luz alta. Bermellón súbito bajo el que despiertas
de pie, caminando a ninguna parte. Pies, absurdas
criaturas sin ojos. No se parecen sino a otros pies.
Y además estas manos y estos dientes, para mostrar-
los estúpidamente sin haber aprendido nada de ellos.

Y encima de todo y todas las cosas, sobre tu propia
cabeza, la aterciopelada corona del escarnio: un som-
brero de fiesta, inglés y alto, listo para saludar lo
invisible.

Rojos, divinos, celestes rojos de mi sangre y de mi
corazón. Siena, cadmio, magenta, púrpuras, carmi-
nes, cinabrios. Peligrosos, envenenados círculos de
fuego irreconciliable.

¿Adónde te conducen? ¿A la vida o a la muerte?
¿Al único sueño?
La flor de sangre sobre el sombrero de fiesta (inglés
y alto) es una falsa noticia.

Revelación. Soy tu hija, tu agónica niña, flamante
y negra como una aguja que atraviesa un collar de
ojos recién abiertos. Todos míos, todos ciegos, todos
creados en un abrir y cerrar de ojos.

El dolor es una maravillosa cerradura.

Arte negra: mirar sin ser visto a quien nos mira
mirar.

Arte blanca: cerrar los ojos y vernos.

Ver: cerrar los ojos.

Abrir los ojos: dormir.

Facilidades de la noche y de la palabra. Obscenidades
de la luz y del tiempo.

Y así, la flor que fue grande y violenta se deshoja y
el otoño es una torpe caricia que mutila el rostro
más amado.

Fuera, fuera ojos, nariz y boca. Y en polvo te con-
viertes y, a veces, en imprudente y oscuro recuerdo.

Dulce animal, tiernísima bestia que te repliegas en
el olvido para asaltarme siempre. Eres la esfinge
que finge, que sueña en voz alta, que me despierta.



     En la ronda feliz de nuestros hijos, los tranquilos amantes del árbol de los cuervos alrededor del ente que ahora es la espantosa Jerusalén libertada, árbol. América falsificada, EEUU libertada, Centro-Sur. La que se corre para sí mismo en un refugio y en su corrida ya no hay más que ese despotricado resto de lo que fue lo portentoso. Pirámides truncas. Y así el ave blanca cumple su ciclo en el cielo escaso; ese mismo cielo donde, otra vez, será testigo de la dulce muerte, del epitafio en prosa del que fue alguna vez la canción florida. De sus propias hojas, otoño, guiando al pueblo. De las quimeras de un hombre que siempre han sido sus posibles artes. Y de las artes de los hombres que, siempre, serán el sueño de alguno insano. La monstruosidad que es memoria vieja. Y la belleza que es ya máxima eterna del vacío.

 

 

 

 

 

 

 

BREVES NOTAS SOBRE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL EN ESPAÑA

 

por Daniela Martín Hidalgo

 


Comenius, los inicios del libro infantil     Consagrado en sus orígenes (en torno al siglo XVII, con Comenius, Bunyan y Fénelon como sus iniciadores, 1850 con Hernando y Bastinos en el caso de España) a una función educativa, instrumento transmisor de la moral, la religión y los valores imperantes -los burgueses- para la formación de individuos sociales “útiles”, el libro infantil y juvenil ha ido (lentamente primero, y en un proceso creciente desde la segunda mitad del siglo XX que no puede olvidar esclarecedores precedentes como Lewis Carroll o Astrid Lindgren) deslizando entre sus páginas rasgos lúdicos, humorísticos e imaginativos, pero también de crítica social realista. Este abandono de lo estrictamente didáctico en favor de la creatividad, la imaginación y la experimentación ha modificado definitivamente el signo de esta literatura y el del papel otorgado a sus lectores.
     El niño ya no es considerado como un adulto incompleto: ha pasado a ser tratado como un verdadero lector, con las particularidades y las especificidades propias de su condición, pero a quien los libros que lee aportan soluciones, diversión y experiencias, además de herramientas para crear o modular sus juicios críticos personales. Estos niños ya no habitan el mundo intocable y no mancillado de la infancia; con insolencia, humor o realismo interaccionan con el mundo adulto, tomando conciencia de su lugar en él y comprometiéndose con temas tan difíciles como el sexo, la muerte, la guerra o la injusticia.
     En el nuevo acto comunicativo del que se inviste el libro infantil y juvenil actual cobra un matiz importante, no sólo el juego, sino también el secreto: de guía transmisor de normas, el adulto pasa a ser cómplice, alguien que accede a ejercer de mediador, suspendiendo sus compromisos de “persona mayor” para acercarse y entender lo que el mundo de la infancia tiene que decir y aportar. La literatura infantil y juvenil deviene entonces un territorio de compromiso trascendente para los nuevos lectores-ciudadanos y un territorio de libertad y experimentación para los autores que la propician.
     Desde los años ochenta, esta literatura vive un auténtico auge, con una oferta editorial amplia y en plena diversificación. Con sus inmensos valores y sus inmensas fallas, la literatura infantil y juvenil está presente y evoluciona; merece, por tanto y aunque brevemente, ser analizada. Éstas podrían ser unas notas de acercamiento.

 


Panorama editorial del libro infantil y juvenil

 


     Como en el resto de ámbitos del mercado editorial, en España el volumen de producción de Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) es hoy abundante, casi excesivo, con obras de rápida y fulgurante aparición muchas veces de una calidad más que dudable. Estas obras crecen, se multiplican y vertiginosamente desaparecen sin una verdadera labor Un fantasma con asmacrítica paralela, sin una guía efectiva para padres, bibliotecas y educadores. El libro, también o especialmente el infantil y juvenil, es considerado un producto de consumo, no un auténtico soporte para la cultura, de tal modo que los parámetros de calidad se diluyen y la mayoría de decisiones editoriales se toman en relación a su repercusión en el mercado. Es así como la LIJ actúa en una especie de mercado literario paralelo pero conformado por mecanismos análogos a los de la literatura “de adultos”. Igual que en ella, la LIJ mantiene algunas obras inmortales, su canon de primeras figuras, sus best-sellers periódicos...
     Por otra parte, la LIJ acusa otra tendencia que determina su desarrollo. Según el Informe sobre el sector editorial español 2003 publicado por la Federación de Gremios de Editores de España, ese año la facturación en LIJ aumentó en un 11% con respecto al año anterior; frente a ella, la de la literatura “de adultos” disminuyó en un 8%. La LIJ está demostrando ser un valor editorial continuo y seguro, más incluso que la literatura “de adultos”. Ello ha propiciado que las grandes editoriales refuercen o incluso creen líneas editoriales o colecciones de LIJ y que multitud de pequeñas editoriales infantiles nazcan, perduren y evolucionen (tal es el caso de Media Vaca, Kókinos, Lóguez o Kalandraka), lo que acentúa un rasgo de este mercado editorial en literatura infantil y juvenil: su mayor fragmentación con respecto al “de adultos”. Muchas de estas pequeñas editoriales son periféricas, es decir, no situadas en una de las dos principales “capitales editoriales” (Madrid o Barcelona), sino que tienen sus sedes sociales en comunidades como Cataluña, Galicia o País Vasco donde, además de beneficiarse de subvenciones regionales, puede nutrirse de otro mercado, tan reciente que aún parece estarse dotando de un corpus de obras: el mercado de las lenguas autonómicas.
     Estas pequeñas editoriales dinamizan y oxigenan el sector. En un ámbito en el que el libro de prescripción escolar (prescripción la mayoría de las veces guiada por un trabajo comercial previo, con visitas y halagos de comerciales en instituciones y colegios, y en el que las grandes editoriales, por sus medios, son quienes más y mejores condiciones pueden ofrecer) está determinado en su forma y contenido, ellas son las que se arriesgan y experimentan con formatos, papel, técnicas de ilustración, etc, además de apostar por nuevos autores y obras de interés diferente; en un mercado homogéneo, de catálogos similares y libros difícilmente distinguibles, estas editoriales aportan variedad, color y hasta entusiasmo.

 


¿No duermes, osito?Libro infantil y álbum. La ilustración

 


     La LIJ se ha presentado tradicionalmente en dos formatos, el libro ilustrado y el álbum. El primero (más cercano en sus características al libro de bolsillo y entorno común del libro juvenil) suele ser de pequeño formato y estar encuadernado en cartoné, con pequeñas ilustraciones a una tinta entreveradas con el texto. El segundo, menor en el volumen de su producción en España, parece relacionarse más con el libro destinado a “primeros lectores”: de gran formato y encuadernado en tapa dura, en él la ilustración, colorida y cuidada, tiene igual o incluso mayor importancia que el texto. Si en el primero buena parte de la producción corresponde a literatura nacional, el álbum se nutre en su mayoría de traducciones, pues los editores parecen reacios al mayor riesgo que conllevan (Francia parece un buen ejemplo en ediciones de álbumes, con ediciones sumamente cuidadas y arriesgadas).
     La función desempeñada por la ilustración en cada uno de estos dos tipos es muy distinta. En el álbum, se trata más bien de una ilustración “artística” (a la que muchas veces se da lugar en una labor triangular autor-editor-ilustrador), que actúa como doble código significante junto al texto (ya sea completando la historia, ya sea superponiendo una nueva dimensión significativa). Por el contrario, en el libro ilustrado se trata de una literatura más didáctica, complementaria y en ocasiones simplemente comercial.
     En los últimos treinta años la ilustración del libro infantil y juvenil ha inaugurado una nueva dirección marcada por la diversidad y la innovación, caminando al mismo tiempo que lo hacían las tendencias del arte gráfico y la pintura. Del habitual dibujo a lápiz, cera, carboncillo, etc. o con técnicas mixtas (acuarela o gouache) se pasó, primero, a difuminar el trazo, para desembarcar posteriormente en el collage, la fotografía o, últimamente, en los tratamientos electrónicos y digitales (que abren ámbitos de innovación aún inexplorados). Si en los años sesenta se vivió un tímido auge de la LIJ, los setenta sirvieron, además, para replantear enfoques y buscar nuevos temas, técnicas y proyectos, cobrando la ilustración importancia, calidad y espacio, y tomando como modelos a una mayoría de ilustradores extranjeros. Hoy la ilustración infantil está marcada por influencias como las del cómic o el cine, con un planteamiento cada vez más artístico (sobre todo, ya lo hemos señalado, en lo que respecta a los álbumes).

Las extravagancias de Lewis Carroll


Otros géneros

 


     La LIJ no se construye sólo mediante la narrativa; considerarla así conllevaría una reducción. Aunque marginales, poesía y teatro existen, se siguen escribiendo y cumplen un papel significativo (que tal vez debería ser mayor) en la configuración de esta literatura. El género poético (una poesía musical, llena de juegos y extravagancias verbales muy en la línea de Lewis Carroll y más para ser recitada que leída) es especialmente apreciado por los niños, como también lo es el teatro, la representación viva de las historias.
     Apenas ya practicadas en el ámbito escolar, la dramatización y el recitado en voz alta (incluso la memorización de poemas, que no puede ser un proceso automático sino la “adquisición” del texto para sí, su “hacerlo propio” por parte del niño) siguen siendo la vía de acceso más apta, no sólo para el teatro y la poesía leídos entre niños y jóvenes, sino para la lectura en general. Quizá habrá aún que aprender de los países nórdicos y germánicos donde, puede que por su tradicional cercanía con los géneros populares orales, no han abandonado nunca estas prácticas.
     Cabría mencionar a algunos autores interesantes: J. L. Alonso de Santos (para niños), González Toriles y Luis Mantilla en teatro; Ana María Romero Yebra, Olga Xirinachs y Charo Ruano en poesía. Gloria Fuertes como gran dama y maestra en ambos.

 


De Momo a Harry Potter y otros fenómenos

 

"Momo" de Michael Ende
     El best-seller infantil no nació en los noventa con Harry Potter y Manolito Gafotas, sino que viene de los años ochenta como fenómeno paralelo al auge y crecimiento de la LIJ. Los libros infantiles y juveniles de éxito se convierten rápidamente en libros consumidos por los adultos, long-sellers (es decir, best-seller cuya venta se alarga y se mantiene en tiempo e intensidad) que se mantienen vivos en los fondos editoriales durante bastante tiempo. Eso fue lo que sucedió en los años ochenta con Momo y La historia interminable, ambas novelas juveniles del alemán Michael Ende (a día de hoy y según datos señalados por Sergio Vila-Sanjuán, la segunda parece haber superado los 600.000 ejemplares vendidos en España). En los noventa, novelas juveniles de gran éxito fueron El mundo de Sofía, Harry Potter (cuyas ventas, gracias a la multiplicación de aventuras y a una medida operación de marketing global, crecen y se multiplican) o Manolito Gafotas (nuestro mayor fenómeno nacional), además de Caperucita en Manhattan (relato juvenil de Carmen Martín Gaite publicado por Siruela y con una venta actual aproximada de unos 300.000 ejemplares).
     A día de hoy, inmersos en los fastos del sexto Harry Potter (Harry Potter y el misterio del príncipe) y habiendo vendido el joven mago unos nueve millones de ejemplares en español (trescientos millones en las treinta lenguas a que ha sido traducida la historia), cabría preguntarse por las razones de los dos fenómenos infantiles-juveniles más recientes, nacional uno y extranjero otro: el mencionado Harry Potter y nuestro Manolito Gafotas. ¿Qué los convirtió en best-sellers adultos? Si El mundo de Sofía se convirtió en éxito de ventas especialmente por su prescripción como ameno manual de iniciación filosófica, para Harry Potter podríamos "Harry Potter y el misterio del príncipe"aventurar que se trata de una buena receta. Harry Potter asume el éxito de renovar un género siempre atractivo (el de la magia y lo fantástico, que en los últimos años se ha demostrado en apogeo) sintetizando o aunando otras varias tendencias al mismo tiempo: la de la novela juvenil de aventuras y la de los conflictos de paso de edad (de la infancia a la adolescencia, cada vez más presentes en los últimos Harry Potter). En el caso de Harry Potter, el héroe no es alguien inmarcesible a quien le “suceden” interminablemente cosas, sino que, como un personaje vivo, evoluciona y se completa con cada título. La lectura se convierte así en toda una “iniciación” (iniciación en los espacios, los personajes, las circunstancias, el lenguaje de la magia, etc.) que, asociada a una inteligente labor de promoción y merchandising, lleva a que los números de ejemplares vendidos se disparen.
     Todo lo contrario sucede con Manolito Gafotas. Manolito es el antihéroe español, difícilmente exportable por sus particularidades, encarnación de los vicios y virtudes de toda nuestra sociedad, y su mayor hallazgo quizá haya sido encarnar y concretar algo que nos resulta íntimamente conocido y reconocible. Manolito gana al lector no infantil por su humor y por su visión despiadada del mundo adulto (que convierte las historias en un juego de narcisismo infantil), por su lenguaje tan personal y lleno de rasgos reconocibles. La encarnación gráfica de Manolito por Emilio Urbeaga ha ayudado, sí, además de la presencia de su autora convertida en voz del personaje en cierta radio, además de alguna que otra película y alguna que otra columna (que acercaron el personaje a quien aún podía desconocerlo), si bien nunca alcanzaron las cuotas de dosificación comercial y publicitaria del personaje de J. K. Rowling.

 


El problema de la lectura

 

Todo Manolito
     Best-sellers, novelas o álbumes, lo importante es que los niños lean. Pero ¿cómo atraerlos hacia la lectura en un mundo superpoblado por estímulos más poderosos que la lectura? La televisión, los videojuegos, la calle misma con sus movimientos y sus ruidos..., todos ofrecen a simple vista “más” que una tarde sentados con un libro entre las manos. Sólo si se consigue que el niño conjure el sésamo de entrada a la lectura, trasponga su código (por otra parte complicado por convencional) y descubra que lo que aparece en los libros es, también y sobre todo, el mundo, no abandonará nunca la cueva de las historias.
     El acercamiento inicial tiene que estar marcado por lo lúdico y el elemento básico de entrada suele ser la familia: si un niño comprende la fascinación de la lectura en su entorno cercano, aprende en él el rigor, la tranquilidad o el silencio, será más fácil que después del primer libro desee el siguiente. Pero ¿qué hacer con esas familias de las que no pueden aprenderse costumbres lectoras? Es ahí donde entran en juego colegios, educadores y bibliotecas. ¿Cómo llenar de conceptos los curricula escolares, diversificar absurdamente contenidos si no somos capaces, en una sociedad masivamente escolarizada, de hacer que en el colegio los niños que no leen “aprendan a leer”?
     Una vez maduro en su aprendizaje y ya desde la educación primaria, el niño debe adquirir una cercanía con el libro: primero como juego, más tarde como moneda para múltiples aventuras, finalmente reflejo de sí y de sus preocupaciones de ser humano. Desde los primeros cursos, el “rincón de lectura” o la “biblioteca de aula” son imprescindibles; con libros atractivos y amenos se conseguirá que el niño se familiarice con el objeto-libro, que lo asocie a ciertos momentos del día (a veces la lectura se convertirá en premio, otras en reposo tras las otras actividades). Luego vendrán las visitas a las bibliotecas, donde el niño elegirá el libro que le apetezca leer y cuya lectura culminará sólo cuando él mismo lo considere apropiado: sin fechas, sin resúmenes. Si el proceso se amplía y culmina, más tarde la demanda surgirá de él, lector adulto, entrando en una librería y conformando su propia biblioteca. En este ámbito, como en cualquiera, toda nueva iniciativa, sea esta “club de lectura” o intercambio de libros, será válida siempre que acerque el libro a quien lo ve con respeto y hasta temor, siempre que cree nuevos lectores.

 


Apuesta por la calidad

Apuesta por la calidad


     La apuesta por el libro infantil y juvenil ha de ser firme por parte de autores, editores, educadores, y librerías (también por las grandes superficies, uno de los canales de compra más importantes de este tipo de literatura). Tiene que haber una voluntad firme de crear productos de calidad que se constituyan en fondo editorial (el fondo editorial no está reñido con la literatura infantil), de hacerlos accesibles y atractivos a su público último (no sólo a aquellos que los adquieren). Es importante, como también lo es en la literatura “de adultos”, la diversidad, la calidad, una actividad crítica paralela, disminuir la rotación de novedades e incentivar y vivificar los libros de pequeñas editoriales frente a las grandes montañas de harrys y manolitos, pues ellos aportan savia nueva y buena. Es importante que el número de lectores crezca, ya que sólo creando niños lectores daremos lugar a adultos lectores. Son necesarios, en definitiva, el entusiasmo y el riesgo: por parte de todos, a partes iguales.

 

 

 

 

 

 

 

DE PESSOA A NUESTROS DÍAS: POESÍA PORTUGUESA


por Salvador García Ramírez

 

Fernando Pessoa

    Siempre me he sentido fascinado por el descubrimiento sorprendente y tardío de Portugal y su cultura. Me gusta repetir que a este encuentro el azar me condujo por tres caminos simultáneos: las aceras de adoquines y las colinas neblinosas de la novela Invierno en Lisboa de Antonio Muñoz Molina, la lectura de los heterónimos de Fernando Pessoa en una antología de Austral, y el cansancio de una jornada en la Expo92 de Sevilla, que me condujo hasta El Palenque, hacia la medianoche de una primavera, frente a un escenario en el que actuaba un grupo de negro riguroso envuelto en la bruma del océano y precedido por la figura hierática de Teresa Salgueiro y la saudade de su voz tan cristalina.
     Desde entonces, lusófilo empedernido, viajo a Portugal siempre que puedo, abro los días con una agenda, que al fin y al cabo es un Poemário con un puñado de versos para inventar la vida en una lengua dulce de vocales y mareas, y a veces escribo, pensando en su recuerdo, una página de Tiempo de tranvías, una guía para nostálgicos que se alimenta de las veces en que un lirismo incontrolable todo lo trasciende.

 

Donde me llevan tus corrientes voy
salvando como puedo las tormentas,
sin saber dónde llego cuando parto,
en la muralla informe de tu piel, perdido.

 


     Dicho esto y como gustosa respuesta a un encargo que no hubiera sido posible sin la Assirio & Alvim, sin los miradores, sin los puentes de febrero y sin el trabajo de traducción y las investigaciones de amantes y estudiosos de la poesía portuguesa como Ángel Crespo, José Ángel Cilleruelo, Carlos Quiroga, Perfecto Cuadrado, Ángel Campos Pámpano, Manuscrito de Fernando PessoaCarlos Clementson, José Luis Puerto, Fernando Pinto do Amaral y un largo etcétera; escribí esta pequeña e incompleta recopilación de la poesía portuguesa capaz de sobrevivir a Pessoa, sin nunca conseguirlo. Haber ido más allá de los nombres y las etiquetas habría sido lo acertado, pero no siempre lo posible, sobre todo si el espacio se limita a la plana dimensión de algunos folios. Sirvan, pues, los párrafos que siguen tan sólo como rastros, estériles y resecos vestigios. Sirvan como rutas en los mapas de un laberinto que a navegar nos invita entre sus versos.


Presupuestos


     La poesía portuguesa, trascendida de intimismo, ha sido siempre, y lo sigue siendo, predominantemente lírica. A pesar de sus grandes hazañas épicas Portugal parece ser el país de las evocaciones, del recuerdo y la búsqueda de lo que siempre estuvo en otro lugar y en otro tiempo. Esta circunstancia, aunque colectiva, provoca en el poeta el desasosiego de un papel donde predomina lo sentimental y lo personalista.
     Sin ser excluyente, me atrevería a decir que la lengua portuguesa, por su sonoridad, por la construcción de su sintaxis, por su entonación y ritmo, es una lengua de poesía. Si unimos a lo anterior el carácter pausado, idealista y melancólico del portugués, podríamos comprender en parte el porqué de la importancia y del gran número de poetas lusos.
     Aunque Fernando Pessoa muere en 1935, tras sólo haber visto publicado un único libro, Mensagem, su legado literario, sin poder decir que no hubiera tenido gran influencia con anterioridad, sí podremos afirmar que no parará de crecer desde ese preciso momento. Sus obras comenzarían a ser publicadas con cierto orden por algunos de sus amigos de Orpheu en 1942, a través de la editorial Ática. Figura de referencia insustituible, se convirtió a la vez en incómoda: figura que merece un reconocimiento, pero figura a superar. Bordear su omnipresencia, no diluirse en lo alargado de su sombra, será uno de los principales retos con los que tendrán que enfrentarse la mayoría de los poetas a los que me referiré a continuación.

 

Tendrán, como el azar,
sus extremos la gloria,
sus orillas los ríos,
la colina y la cruz su decadencia,
a mil años de aquí,
na cidade do Sul,
a vida o muerte.

 


La revista "Presença"La revista Presença


     En el escenario de la dictadura salazarista se va a ir imponiendo una literatura macerada de contenidos ideológicos, aunque dada su dilatada vida hará que el Neorrealismo primero sea relevado, cercano a los cincuenta, por otras formas de compromiso como el que representa el movimiento surrealista portugués de la mano de su más destacada figura: Mário Cesariny.
     Con anterioridad a la revista Presença, de la que se editan en Coimbra 54 números entre 1927 y 1940, habría que mencionar, aunque fuera de pasada, a poetas líricos a caballo entre el modernismo representado por Pessoa y el representado por el presencismo. Me estoy refiriendo al erotismo de Antonio Botto, al saudosismo de Afonso Duarte y de una manera especial a Florbela Espanca y sus sonetos de indudable belleza traspasada de sentimiento, y de quien se acaba de celebrar el 75 aniversario de su desaparición, a los 34 años de edad.
     A la lisboeta Orpheu, sucede en el panorama poético la revista Presença. En ella se expone lo que se ha dado en llamar el segundo modernismo portugués. En su trayectoria, cambiante y de intensidades variables, se ejemplifica el conflicto que surge con los planteamientos del Neorrealismo. Frente a éste, se opta por una literatura más alejada de cualquier corriente política o de compromiso social. Tal vez sea esa una de las razones de su larga vida, su falta de oposición a la dictadura y su ausencia de sentido crítico ante la situación del pueblo portugués.
     En sus páginas colaboraron Fernando Pessoa y Mário Sá-Carneiro. En realidad, serán los poetas jóvenes de Presença quienes iniciarán el reconocimiento del creador de los heterónimos. Pero, entre sus colaboradores más asiduos y sus más emblemáticos representantes, habría que referirse a Miguel Torga, a José Régio, a Carlos Queirós o a Casais Monteiro. Como denominador común, en sus versos, de concepción clásica, huyen del hermetismo de las aventuras formales y conceptuales.


"Cadernos de Poesia"El Neorrealismo


     Hasta la década de los 50, surge un movimiento literario de contenido ideológico que pretende escapar del enfoque psicológico de los poetas de Presença. Esta poesía, válida más por su carácter testimonial que por sus valores propiamente líricos, variopinta y polémica, es lo que se ha denominado el Neorrealismo portugués.
     Dentro de esta corriente habría que mencionar a poetas como Carlos de Oliveira, José Gomes Ferreira y Armindo Rodríguez. En la ardua disputa entre los rescoldos de la poética presencista y el realismo de los neorrealistas, aparecen, agrupados en torno a revistas como Cadernos de Poesía, poetas que intentan superar las confrontaciones y dicotomías. Poetas que, sin renunciar a su compromiso, intentarán compaginarlo con sus valores estéticos. Nos encontramos aquí con escritores como el polifacético Jorge de Sena y el orientalismo naturalista de Ruy Cinatti y Sophia de Melo. Ésta última será uno de los grandes nombres de la poesía portuguesa. En su obra de compromiso social irrenunciable y poética depurada, la antigüedad y la modernidad de su experiencia personal dialogan en una atmósfera de un clasicismo inconfundible.


El Surrealismo


     A finales de los cincuenta y ante la larga prolongación de la dictadura, como superación del mero compromiso, aparece una corriente a favor de las estéticas que habían sido abandonadas por las preocupaciones sociales. El Surrealismo coexistirá con el Neorrealismo, del que se distanciará pronto y con el que polemizará encarnizadamente. Son los escritores de poesía, de amor, de libertad y deseo, entre los que destaca la obra plástica y poética de Mário Cesariny. En su entorno surgirá la oposición al pensamiento y la moral oficiales, así como la lucha contra el orden político y religioso establecido.


Luiza Neto JorgePoesía 61


    En los años cincuenta, en una realidad compleja, coexisten la vanguardia, un surrealismo tardío, el agotamiento del realismo y otros muchos enfoques de lo lírico. La verdadera ruptura de esta situación vendrá, a principios de los 60, de la mano de proyectos como Poesia 61, con un marcado objetivo de intención renovadora y atención al lenguaje poético. Figuras como la de Gastao Cruz, Fiama o Luiza Neto Jorge, abrirán definitivamente el camino de una nueva poesía portuguesa con la recuperación del yo como motivo central del trabajo poético.


Las grandes singularidades


    Por encima de corrientes y sin el encasillamiento de las décadas, sería conveniente resaltar aquí las grandes singularidades que dan renombre y marcan una nueva eclosión de la poesía portuguesa a lo largo del siglo XX. En este meritorio grupo podríamos destacar los siguientes poetas:

Herberto Helder    Herberto Helder (1930). Figura central en el panorama poético presente. Su obra es de las que ha producido un cambio más significativo en la escritura portuguesa. Su contenido es difícil, hermético incluso. En sus versos sabotea la lógica racional con una lucidez cargada de registros mágicos, oníricos, magmáticos. Controla y fuerza el ritmo y utiliza con sabiduría sus materiales característicos a lo largo de sus extensos poemas con una identidad que le hacen inconfundible. Como dice Fernando Pinto de Amaral, poeta y estudioso de su obra, los rasgos más sobresalientes de su poesía son: el fulgor y la intensidad expresiva de sus metáforas, el léxico rico en inesperadas asociaciones, el juego de ritmos que oscila entre descensos a lugares abisales y elevaciones a tonos encantatorios. En esta poesía no hay un contacto sereno con lo real, sino un continuo exceso, una desmesura, un fuego devorante, en una escritura en la que coinciden alucinación y lucidez. Sus poemas han ido reuniéndose en una especie de antología que lleva por título Ou o poema contínuo.

 

Fora existe o mundo.
Fora, a esplêndida violência
ou os bagos de uva de onde nascem
as raízes minúsculas do sol.


Ruy Belo     Ruy Belo (1933-1978). Poeta de lo cotidiano individual y colectivo. En su obra se observa un regreso a cierta “pureza” poética, alejándose a la vez del contenido pragmático e ideológico del Neorrealismo y de los excesos formalistas de las vanguardias. Entre sus temas obsesivos destacan la muerte, la soledad y la infancia perdida. En su vertiente católica, con referencias explícitas de la Biblia y a las obras filosóficas, prestará una especial atención: a la moral de los seres oprimidos, a la denuncia política, al paisaje natural lleno de lirismos contemplativos, a las pasiones difusas, a la ausencia, la duda y al desamparo. Su estilo estará marcado por el verso libre cuajado de aliteraciones y asonancias, a veces culto, experimental otras. Entre sus obras, destacan Homem de Palabra(s) (1969), País Possível (1973), Toda a Terra (1976), etc.

 

Digam que foi mentira, que não sou ninguém,
que atravesso apenas ruas da cidade abandonada
fechada como boca onde não encontro nada:
não encontro respostas para tudo o que pergunto nem
na verdade pergunto coisas por aí além
Eu não vivi ali em tempo algum.

 


Sophia de Mello     Sophia de Mello Breyner Andresen (1919-2004). Ha sido una escritora que ha mantenido vivo su compromiso político, antes y después de la Revolución, al mismo tiempo que construía una obra poética muy particular, en la que confluyen la antigüedad grecorromana y la modernidad. Recurre con insistencia a los temas marítimos. En su mundo, basado en la justicia, el rigor y la verdad, combate el caos, los vicios y la corrupción con un estilo sublime, claro y límpido. Sus versos nos transportan a una atmósfera mítica y trascendente, intemporal y misteriosa. Su obra se encuentra recogida en Obra Poética (1990); a la que hay que añadir títulos como O búzio de cós e outros poemas (1997), Mar (2001), etc.

 

 

Aquele que profanou o mar
E que traiu o arco azul do tempo
Falou da sua vitória

Disse que tinha ultrapassado a lei
Falou da sua liberdade
Falou de si próprio como de um Messias

Porém eu vi no chão suja e calcada
A transparente anêmona dos dias.


Eugénio de Andrade      Eugénio de Andrade (1923-2005). Residente en Porto, de su obra poética dirá Óscar Lopes que evidencia un paraíso puramente terrestre, emanado del deseo y perceptible desde la simple transparencia de los ritmos frásicos orales. Utiliza un léxico severamente escogido, luminoso diría Manuel Alegre, con imágenes diversas para un mismo conjunto de elementos fundamentales: la tierra densa con sus frutos y cuerpos; el agua, el aire, el fuego y la luz a lo largo del ciclo de las estaciones. Entre sus obras podemos destacar: As Mãos e os Frutos (1948), As Palabras Interditas (1951), Mar de Setembro (1961); Limiar dos Pasaros (1976) y las publicadas en edición bilingüe Ofício de Paciencia (1994), O sal da Lengua (1995), así como la reciente antología publicada por Ángel Campos Pámpano.

 

O meu país sabe as amoras bravas
no verão.
Ninguém ignora que não é grande,
nem inteligente, nem elegante o meu país,
mas tem esta voz doce
de quem acorda cedo para cantar nas silvas.
Raramente falei do meu país, talvez
nem goste dele, mas quando um amigo
me traz amoras bravas
os seus muros parecem-me brancos,
reparo que também no meu país o céu é azul.


Jorge de Sena     Jorge de Sena (1919-1978). Ensayista, crítico e historiador de la literatura, narrador y dramaturgo, es una de las figuras más polifacéticas e importantes de la literatura portuguesa. Su originalísima obra poética, que arranca de experimentaciones emparentadas con el surrealismo, fue evolucionando a un compromiso personal y crítico con la sociedad y la cultura occidentales. Su virtuosismo formal se combina con rudezas expresivas, lo histórico con lo individual, lo espiritual con lo sexual, la inefabilidad con el realismo provocativo. Como afirma Eduardo Lourenço, nadie como él ha teorizado y ejemplificado la práctica poética con más determinada responsabilidad ética en el período post-Pessoa. Su obra, profundamente renovadora, ha sido reunida en Poesia I, II y III (1977-78).

 

Na minha terra, não há terra, há ruas;
mesmo as colinas são de prédios altos
com renda muito mais alta.
Na minha terra, não há árvores nem flores.
As flores, tão escassas, dos jardins mudam ao mês,
e a Câmara tem máquinas especialíssimas
para desenraizar as árvores.
O cântico das aves — não há cânticos,
mas só canários de 3º andar e papagaios de 5º.
E a música do vento é frio nos pardieiros.
Na minha terra, porém, não há pardieiros,
que são todos na Pérsia ou na China,
ou em países inefáveis.
A minha terra não é inefável.
A vida na minha terra é que é inefável.
Inefável é o que não pode ser dito.



António Ramos Rosa     Sin pretender ser exhaustivo, habría que sumar a los anteriores a autores como António Ramos Rosa (1924), ensayista y prolijo poeta. Su obra, de continencia formal y pudor en los sentimientos, explora sobre lo real más inmediato, hacia un encuentro con la materialidad desde la que palpita la experiencia, el deseo y el presentimiento, más que la evidencia. Añadir además a la prolongación del neorrealismo con Manuel Alegre (1937), el lirismo amoroso de David Mourao-Ferreira (1927-1996), el surrealismo y la obra inabarcable de Raul de Carvalho (1920-1984). Es preciso mencionar también, en el terreno de lo experimental, nombres como Ana Hatherly (1929), ensayista interesada por el Barroco; Ernesto de Melo e Castro (1932), antólogo y divulgador; Alberto Pimenta (1937) y António Gedeão (1906-1997), profesor de Física y Química, que sorprende con lo científico en su discurso poético. Resulta obligado mencionar también a Pedro Tamen (1934) y su inspiración cristiana, sonetista y gran conocedor de la mitología clásica.


La década de los 70


     A partir de esta década destaca el regreso a lo discursivo, a lo confesional, a la narratividad, a lo cotidiano, a la Historia y a la mitología. Aparecen nombres de poetas que adquieren una gran relevancia como Nuno Júdice (1949), con un discurso hermético y visionario; Al Berto (1948-1997), de temática marginal y urbana; y António Franco Alexandre (1944), poeta de escritura fragmentaria y cargado de intertextualidad. Habría que enumerar también a Nuno Guimarães, Fátima Maldonado, António Osorio, Vasco Graça Moura, Teresa Balté, Joao Miguel Fernández Jorge, Manuel António Pina, Joaquím Manuel Magalhães, Helder Moura Pereira, Mário Claudio, etc.


Al Berto: "Trabalhos do olhar"Los ochenta


     La década de los ochenta en la poesía portuguesa recoge un conjunto de figuras aisladas que no cuajarán como grupo ni artística ni sociológicamente. Entre ellas podemos destacar: Fernando Pinto do Amaral: poeta y ensayista crítico sobre la poesía contemporánea de su país. De claro rigor métrico, exalta los valores míticos, simbólicos y ligados con la naturaleza. António Nogueira, de ácida espontaneidad, naturalidad desinhibida y feroz ironía en lo que respecta a los mitos y tópicos culturales. Gil de Carvalho, con un estilo breve y despojado que se ha ido abriendo progresivamente al influjo oriental. Adilia Lopez, quien abunda con humor en la temática sociológica con sus antipoemas. Carlos Poças Falcão, con una obra densa y rigurosa que profundiza hacia lo filosófico y lo religioso, etc.


Los noventa


     Agrupados en ediciones independientes y en revistas literarias surge una generación de poetas con una clara conciencia de sí misma y con un objetivo innovador. Como características comunes, este grupo se presenta bajo una pobreza expresiva que se concretiza en la escasez metafórica, una sintaxis diáfana y una ausencia de embeleso en los temas de su poesía, valorándose la experiencia concreta frente a lo perdurable y transmisible. Su realismo, el interés por el presente y lo cotidiano, los atisbos de una melancolía difusa y sobre todo la asunción de la pobreza expresiva como esencia de su estética, han suscitado no pocas críticas a la rotundidad con que se presenta esta generación. En contra de la riqueza del lenguaje poético, cosechada en Portugal a lo largo del siglo XX, en contra de cualquier huida irracional o metafórica, abordan una perspectiva lúcidamente ácida e insobornablemente crítica.
     La falta de la perspectiva histórica necesaria y la abundancia de nombres que surgen en esta nueva propuesta de renovación poética, hacen difícil la enumeración de unos cuantos nombres principales. No obstante, y siguiendo los estudios de José Ángel Cilleruelo, se pueden mencionar poetas como Jorge Gomes Miranda (1965), Ruy Pires Cabral (1967), José Miguel Silva (1969), Manuel de Freitas (1972), Ana Paula Inácio (1966), Renata Correia Botelho (1977), João Almeida (1965), Paulo José Miranda (1965), Rui Coias (1966), Luis Quintais (1968) y un largo etcétera de nuevos escritores que nos hablan de la buena salud que el género lírico sigue manteniendo en Portugal.

 

Contigo puedo entrar en el lúcido puerto
cuando el agua se dora en el valle de las Quintas.
En ti todo es naufragio,
libertad al vaivén de las mareas,
clamor de exilio.
Por ti sopla la duna en el poniente,
la hoja del pomar se preña de leyendas.

En los confines de tu edad perdida
rema la sombra de los dioses.

Propicia vuelve a supurar la huella
de esta lanza de bruma
que nos ancla a tu quilla:
galeón de nostalgia.

 

 

     (*) Nota sobre la autoría de los poemas:

     Los fragmentos en portugués, por orden de aparición, pertenecen a: Helberto Helder, Ruy Belo, Sophia de Melo, Eugénio de Andrade y Jorge de Sena. Los fragmentos en español pertenecen a Tiempo de tranvías, poemario sobre Portugal de Salvador García Ramírez.