por Vicente Luis Mora
Slow news, no news
Lema de la cadena CNN |
Hay una industria de mil millones de dólares, la industria de la televisión, que no hace nada más que producir potencialidades en el espacio vacío para que los electrones, si se los inserta allí, realicen algún movimiento. Un vacío tan rico en potencialidades comerciales no puede ser llamado propiamente un vacío; realmente, es un éter. (Charles Mister) |
Siempre
he observado con mucha atención la televisión: me ha parecido
en todo momento un espejo interesante y exacto de la sociedad de cada momento
y un instrumento sociológico de la mayor importancia. Por eso mismo he
leído con atención lo que los numerosos exégetas del género
(Carlos Boyero, Haro Tecglen, Sergi Pàmies -los mejores-, Carlos Toro,
Luis Oz, Víctor de la Serna, Fernando Iwasaki) han dicho en sus páginas
sobre ella. Creo que las distintas fases modernas de la “moda” televisiva
(culebrones yanquis y sudamericanos, reality shows, programas testimonio)
van marcando la pauta que he señalado en otro lugar: el giro al espejo.
De emocionarse con las peripecias sexuales, todavía exóticas,
lejanas, de Falcon Crest o Dinastía, a emocionarse
con las historias cotidianas que tu vecina de al lado cuenta en directo. De
la evasión de lo real (que es lo que debería ser) a la invasión
de la realidad. Un doble ataque de lo diario (lo cotidiano es mucho y malo,
había escrito Quevedo).
Otra observación: las sociedades modernas
son mucho más homogéneas de lo que pensábamos. Las fórmulas
televisivas que tienen éxito en las “parrillas” de programación
(deben de llamarse así porque ahí fríen los cerebros) se
exportan y triunfan, con raras excepciones, en los demás países.
La inmensa mayoría surge del caldo de cultivo USA, que para algo inventó
el medio, y de ahí se transplanta, sin mayores dificultades, a Europa,
Brasil, Argentina, Israel, Turquía, e incluso algunos países asiáticos.
Meras adaptaciones socioculturales, presentadores con gancho, mucho dinero en
promoción, y a echarse a dormir.
Tercera
y más importante. El miedo al silencio. He venido observando en los últimos
años los programas de mayor audiencia españoles de producción
propia no correspondientes a series de ficción: 59 segundos,
TNT, Caiga quien caiga, Lo más plus (1), Crónicas
marcianas, El informal, La noche por delante, y algún
otro. Son todos ellos magníficos programas, es cierto; alguno de ellos
estuvieron incluso entre mis preferidos. Pero he advertido en ellos un punto
en común: al ser programas de entretenimiento, nos dan un interesante
punto de vista sobre lo que sus creadores estiman necesario para que el espectador
se entretenga. Son miradas inversas sobre la audiencia: observan para luego
emitir imágenes. Y tanto: imágenes sin fin, hasta el agobio: decenas
de cámaras, grúas móviles, zooms, movimiento continuo,
entradas y salidas. Crean sensación de velocidad, de vértigo (2),
para que el espectador sienta que él también se está moviendo
deprisa, para que tenga la sensación de que no está perdiendo
el tiempo, continuando esa estúpida tendencia que le lleva el resto
del día a colgar rápido el teléfono, a saltarse los semáforos
en amarillo, a pisar el acelerador, a desesperarse por la lentitud de las puertas
del ascensor al cerrase o del enganche a internet. “Atibórralos
de datos no combustibles, lánzales encima tantos ‘hechos’
que se sientan abrumados, pero totalmente al día en cuanto a información.
Entonces, tendrán la sensación de que piensan, tendrán
la impresión de que se mueven sin moverse” (3). ¿Y para
qué toda esa velocidad? Para llegar antes a casa, sentarse, y... encender
la televisión. Una carrera
desesperada
hacia el vacío. Pero claro: el vacío también es veloz.
Los cámaras sudan portando los treinta kilos de la “steady-cam”
por el plató, se marean en lo alto de la grúa pasando en contrapicado
por el público que grita, que se alboroza, que se mueve. El paroxismo
llega con el cambio de modelo de la CNN llevado a cabo en el verano de 2001:
la pantalla se divide en tres partes, totalmente saturada de información;
la presentadora debe recitar las noticias a toda velocidad, y el tiempo medio
dedicado a cada asunto no supera los quince segundos. El responsable del canal,
Teya Ryan, muestra sus cartas: “nuestros telediarios están diseñados
para guerreros del tiempo (...) el diseño está pensado para captarlo
todo de un vistazo” (4). El agudo Kapuscinski sentencia:
«Se salta constantemente de un tema a otro con la velocidad del rayo de una manera que te deja aturdido (...) todo esto, esta mezcolanza galopante y neurótica, esta aglomeración, este caos, esta marea de imágenes, este desorden abigarrado y carnavalesco de signos, palabras y luces, persigue el mismo objetivo que el carnaval: pretende convencer a la gente de que todo no es más que una máscara, que lo que vemos no son más que máscaras, que el mundo es real pero también irreal y en todo caso no supone una amenaza para nosotros».
Estamos
de acuerdo con Paul de Man cuando ironiza sobre la presunción de serenidad
que solemos tener ahora sobre los tiempos de nuestros antepasados, idealizándolos
como tranquilos y sosegados; pero está claro que hoy en día nos
enfrentamos a una situación donde cada uno debe hacer un esfuerzo serio
para no dejarse vencer por el desquiciamiento personal; habría que encontrar
un término medio, más bien. Los presupuestos de esta tentación
de la velocidad no son nuevos, esto sí es cierto, y podemos rastrear
los rastros no ya de su existencia, sino de las prefiguraciones sobre sus funestos
efectos. Según Ernst Jünger (Sobre la línea), “ya
León Bloy estableció una estrecha correspondencia entre el aumento
del movimiento y esa especie de temor (se refiere al temor ante la nada).
Atribuye la invención de máquinas cada vez más rápidas
a la voluntad de evasión, a una especie de instinto con el que el hombre
presiente las amenazas de las cuales es necesario ponerse a salvo moviéndose
a toda prisa de un lugar de la tierra a otro”. La velocidad como medio
de huir de uno mismo y su vacío interior, la auténtica “amenaza”
del hombre moderno. Corremos por tanto el peligro de que la velocidad consiga
convertirse en un fin en sí misma en lo visual (Paul Virilio, La
estética de la desaparición). Parece que lo esencial fuera
no detenerse, para evitar la posibilidad de la reflexión. O, si uno ya
se ha detenido, por ejemplo frente a la pantalla, lo que cuenta ahí es
que sean las imágenes las que no se detengan, en una cadena de colores
e impactos visualmente ensordecedores. Y no sólo sea imparable
su tráfico, sino también su carga significante, su capacidad de
remisión a otra realidad, de modo que la mente esté entretenida
(time of entertainment), dispersa, girando incesante de unas a otras
alusiones, sin que el espectáculo pueda detenerse: Show must go on,
la última canción del grupo Queen y un verso de Eminem.
Cuando
Marc Augé se pregunta por la dialéctica de la antropología
actual del dentro / fuera, de si Europa o el resto del mundo, a la hora de establecer
campos antropológicos de estudio, se pregunta también si esa misma
cuestión se debe a que en Europa existe un “insuficiente poder
de simbolización” o es que los etnólogos actuales no han
sabido o saben leerla, encontrarla. Me asombra la simple posibilidad que esconde
la disyuntiva, porque a mi juicio vivimos una hipersimbolización
casi asfixiante. El medio ideal para comprobarlo es, desde luego, el hiperretorizado
mundo de los spots publicitarios televisivos. En ellos la carga simbólica
se ha recargado de tal forma de diez años a esta parte, que no faltan
ejemplos en que a un público común se le llegan a escapar los
significados elididos, de puro complejos. Vicente Verdú ha llamado la
atención con frecuencia sobre el caso extremo de los anuncios de coches,
donde se pasó de la primitiva obsesión por la imagen del producto,
a una progresiva acumulación de cargas significativas sobre el mismo
(el confort o seguridad que conlleva, la marca sobre el nivel
de vida, la envidia ajena) para llegar a un punto en que esos últimos
valores han desplazado al automóvil hasta tal punto, que en
varios ejemplos muy conocidos el coche ha desaparecido de la pantalla. El símbolo
-la marca del coche- se ha llenado de tal poder que el objeto, el producto casual,
ya no es necesario. Esa hipersimbolización provoca que ante la pantalla,
el espectador deba establecer, una y otra vez, interminables nexos mentales
entre imágenes (no entre ideas, por eso no podemos hablar jamás
de pensamiento), que saturan su capacidad de visualización y aturden
su entendimiento. Las referencias de unos mensajes publicitarios a otros (David
Foster Wallace aludía también a las inacabables cadenas de referencias
de las series televisivas) provocan una acumulación de ruido interior
indigerible.
Y
luego está el ruido físico. Si se conectan programas como 59
segundos, Lo más plus, Hoy no hay siesta, El
club de la comedia o Caiga quien caiga, y se quita la imagen,
dejando sólo el sonido, se aprecia mejor esto: no hay un sólo
resquicio para el silencio. Los locutores hablan velozmente (la facilidad de
El Gran Wyoming a este respecto es prodigiosa, sólo comparable a la del
artista norteamericano Denis Leary), nada más comenzar la transmisión;
antes de que terminen la última sílaba, el público, a una
indicación del regidor, ya está aplaudiendo, y los aplausos estruendosos
siguen cuando la música en el plató comienza a sonar, a todo volumen
y con mucha marcha, “allegro bramante”. No hay un respiro. No se
concibe el silencio. Si algún entrevistado duda y balbucea, se forma
una angustia en los estómagos de los espectadores, cambia la cara de
los entrevistadores, que inmediatamente intentan ayudarle a completar la frase
o idea. Un silencio de tres segundos sería un cataclismo cósmico.
O sea: pensamiento y televisión son incompatibles. Sólo dentro
del silencio, diría Octavio Paz, puede concebirse la palabra necesaria,
aquella que justifique el ruido de su pronunciamiento. En TV sólo hay
ruido, no palabras (5). Digresión, y no reflexión. Disputa, y
no dialéctica. Ruido como un martilleo constante en el cerebro dormido
del que escucha. Y dan ganas de decir lo que el Rey Alfonso en La venganza
de Don Mendo: “cese ya el atambor, que estoy ahíto / de tanto
parchear y tanto pito”.
Notas:
(1) Este programa, basado en el concepto de puzzle
y caracterizado por no dejar hablar a los entrevistados, reproduce los síntomas
de episodeidad, segmentación racional, interrupción de discurso
y levedad que asolan la comunicación social: sus guionistas y presentadores,
que se piensan muy originarles, ignoran que son sólo la borreguil consecuencia
de su tiempo.
(2) Vértigo y Rápido han sido nombres de programas de TV sobre cine. Sentencia Martínez Sarrión: “en el terreno de la información audiovisual y en este país al menos, lo ágil se ha confundido siempre con lo atropellado, vociferante, zafio, propagandístico o chapucero”; Esquirlas; Alfaguara, Madrid, 2000, p. 33.
(3) Ray Bradbury, Fahrenheit 451; Plaza y Janés, Barcelona, 1989, p. 73.
(4) Sigue la crónica: “el efecto es contraproducente. Al cabo de cinco minutos, la confusión y el aturdimiento se apodera del espectador, incapaz de digerir las noticias del día” (El Mundo 14/8/2001). ¿Es ése el objetivo?
(5) “Vayamos donde vayamos (...) la gente aplaude encima de la última nota. Nada de silencio... Ni un solo segundo de recogimiento. Rápido, aplausos. Rápido, manifestarse, rápido participar, opinar algo, proclamar su tan importante veredicto” (Yasmina Reza, Hammerklavier). Nietzsche demandaba un espacio en la ciudad para estar a salvo del ruido. En el Ciberp@ís 151 pueden verse la panoplia de medidas que se están tomando en muchos edificios públicos, centros comerciales y museos para defenderse del ininterrumpido grito de los teléfonos móviles. Parece que se ha superado el límite máximo de aguante de la sociedad. El problema es que hasta ahí se ha tenido que llegar -a la intervención- ajena, por falta de una voluntad individual de autocontrol. Las personas ya no están dispuestas a tener educación o respeto hacia las demás si no es mediante una prohibición legal (la de fumar en lugares públicos, por ejemplo), o una limitación técnica. La urbanidad ya no es personal. Todo está permitido, incluida la molestia al prójimo, mientras sea posible.
LAS NOVELAS DE WALTER SCOTT: ‘THE SCOTTISH NOVELS’
por Enrique García Díaz
Las
novelas de Walter Scott podrían clasificarse en tres clases diferentes
de acuerdo con el sujeto de las mismas. De este modo nos encontramos con sus
obras sobre la historia de Inglaterra, centradas en el período Tudor-Estuardo
(Kenilworth, Woodstock, Peveril del Pico); novelas
sobre la historia medieval bien de Inglaterra, bien de Europa (El Talismán,
Ivanhoe, Quentin Durward, Anne de Geirstein, El
conde Roberto de París,... ); y finalmente las novelas ambientadas
en el pasado y presente cercano al autor de Escocia, o lo que han dado en denominarse
‘The Scottish Novels’ o novelas de tema escocés.
Dentro de este grupo encontraríamos obras
de la talla de Waverley, Old Mortality, Rob Roy,
El corazón del Midlothian o Guy Mannering entre otras.
Y son precisamente estas últimas las que han otorgado fama y prestigio
a Walter Scott, y lo han consagrado como escritor de novelas históricas
a lo largo de los años. La superioridad de las ‘Scottish Novels’
con respecto al resto de sus obras es manifiesta, y ha sido aceptada por la
crítica desde siempre. Sin embargo, debemos matizar que dentro de esas
mismas obras sobre Escocia son las obras producidas entre 1810 y 1820 las que
mejor definen su estilo.
Para encontrar el origen de las ‘Scottish
Novels’ debemos remontarnos a la adolescencia de Walter Scott, durante
la cual gustaba de escuchar las canciones tradicionales, en especial aquellas
asociadas a las rebeliones Jacobitas. Su territorio favorito eran las Highlands
o Tierras Altas de Escocia y las Borders. A ello contribuyó en gran manera
que Sir Walter Scott fuese enviado a casa de su abuelo en Sandy Knowe, para
curarse de una cojera que sufría en su pierna derecha. Pero en lugar
de curarse se alimentó de numerosos relatos narrados por su propia abuela
e incluso por ex combatientes de las rebeliones Jacobitas. Scott quería
aprender la historia y las costumbres de sus antepasados, y por ello escuchaba
sin cesar las canciones de las gentes de aquellos parajes. Los relatos que tenían
como personajes centrales a héroes de tiempos pasados como Rob Roy, las
atrocidades cometidas por los ingleses después de la batalla de Culloden
o las ejecuciones llevadas a cabo en Carlisle. Todo ello representaba para Scott
una fuente inagotable de información que posteriormente plasmó
en sus novelas.
Pero éstas no fueron las únicas
fuentes en las que se basó Scott para sus novelas. Su estancia en Sandy
Knowe se completó con un viaje hasta las aguas termales que había
en Preston Pans. Allí el pequeño Scott
entabló
amistad con el alférez Dalgerty, quien se mostraba encantado de tener
una audiencia tan fiel para sus relatos. Otra de las influencias de Scott fue
sin duda su madre, Anne Rutherford, quien disfrutaba con relatar historias y
leyendas tradicionales de las Highlands. De hecho, fue su propia madre la que
le facilitó el material para su novela La novia de Lamermoor.
Scott había escuchado atentamente la historia de Janet Dalrymple en muchas
ocasiones de labios de su madre y de su tía abuela, Margaret Swinson,
cuya exposición de los hechos cautivó la imaginación del
pequeño Scott.
Por último, tendríamos que resaltar
el destacado papel que desempeñó María Edgeworth en la
concepción de estas novelas de tema escocés. El éxito obtenido
por la escritora gracias a sus novelas sobre las costumbres irlandesas en su
obra Castle Rackrent llevó a Scott a creer que sus campesinos
podrían ser presentados a los lectores de novelas inglesas. Scott se
sintió inspirado por los personajes irlandeses que aparecían en
sus novelas y decidió probar su habilidad con los personajes escoceses.
No cabe duda de que la escritora irlandesa espoleó la imaginación
de Walter Scott por su modo de abordar asuntos tan llamativos y evocadores como
la identidad nacional o la forja de una colectividad que se siente partícipe
de un proyecto común. Por eso Scott, gran admirador y deudor de María
Edgeworth le dedicó unas líneas el capítulo LXXII de Waverley.
Podríamos resumir el origen de las ‘Scottish
novels’ diciendo que Scott siempre se sintió atraído por
las historias de frontera, de las Highlands. En definitiva del pasado histórico
de su propio país: Escocia convirtiéndolo en un país romántico
e idílico para sus lectores.
Características
de las ‘Scottish Novels’
Este grupo de novelas muestran al mismo tiempo
la unidad de Escocia, esto es su formación como una nación. En
todas ellas la vemos dividida en dos polos opuestos, pero dentro de ellos hayamos
una división por motivos geográficos Highlanders y Lowlanders;
por motivos religiosos Católico y Protestantes; Episcopalistas y Presbiterianos;
o políticos Whigs y Tories; Jacobitas y Hannoverianos. Y es a través
de estas luchas internas mediante las cuales, Scott nos muestra la formación
de una nación como es la escocesa.
El hecho de que estas novelas se centren en reflejar
el modo de vida del pueblo escocés las convierte en las mejores de Scott.
Las ‘Scottish novels’ son su respuesta al destino de su propio país,
una constante lucha entre el pasado representado por el sistema patriarcal de
los clanes y el futuro representado por el avance de la sociedad. De esta tensión
participa el esquema argumental de sus narraciones de tema escocés. Edward
Waverley, por ejemplo, ama a dos mujeres, Flora y Rose Bradwardine. La primera
es en parte un símbolo de su imaginación desenfrenada; la segunda
del razonamiento, del sentido práctico. Edward se une en matrimonio con
Rose, lo que supone una reconciliación con el realismo doméstico
prefiriéndolo al romanticismo heroico.
Sin embargo, la actitud de Scott hacia la historia
y la situación de Escocia es una mezcla de lamento por los tiempos pasados,
pero a la vez una visión positiva ante el futuro. El sujeto de sus novelas
es Escocia, pero el tono empleado es vehemente aunque algo pesimista por el
futuro de la sociedad escocesa.
A pesar de ese cierto pesimismo que rodea a las
‘Scottish Novels’ por la situación que atraviesa Escocia,
vemos cómo varios de sus personajes de origen inglés marchan a
este país, y se sienten tan fascinados por lo que ven que quieren formar
parte de ella. En muchas de sus novelas contemplamos cómo el personaje
central es un gentleman inglés seducido temporalmente por los reclamos
del nacionalismo escocés, aunque al final regrese a su respetable forma
de vida. En este sentido nos referimos a personajes como Edward Waverley o Francis
Osbaldistone. Por el contrario, en una novela como El corazón del
Midlothian es una humilde muchacha escocesa, Jeannie Deans, la que emprende
el viaje, pero en sentido contrario, y marcha desde Escocia a Inglaterra. Jeannie
es testigo de las diferencias existentes entre ambos países. Inglaterra
aparece como un país más civilizado que Escocia. El ejemplo más
claro de ello es que Jeannie abandona su hogar descalza y con la manta de tartán
sobre su cabeza y al llegar a Inglaterra ha de calzarse, ponerse medias y sustituye
el tartán por un sombrero de paja al estilo de las campesinas inglesas.
Estas novelas son una especie de peregrinaje llevado
a cabo por un inglés de clase media que se adentra en un territorio como
el de las Highlands. Estos viajes que realizan los protagonistas presentan el
mismo patrón de los relatos de héroes de la talla de Ulises. En
ese peregrinaje a Escocia o Inglaterra los protagonistas han de salvar numerosos
obstáculos hasta llegar con éxito al final del viaje. Tal vez
el rasgo más importante a destacar sobre estos personajes es que son
meros espectadores del mundo que les rodea. Se ven envueltos en medio de conflictos
armados, por lo cuales se dejan arrastrar, y aceptan su desenlace. El personaje
de estas novelas simbolizaría la parte más deliberada de la personalidad
del propio Scott, el observador desinteresado. Su deber es observar, registrar
las respuestas adecuadas y finalmente aceptar la solución que le proponen.
No es un héroe, sino un mero observador.
Una característica más de estas
novelas de tema escocés es que son novelas que tratan sobre guerras y
batallas. Las rebeliones jacobitas ocupan gran parte de las ‘Scottish
Novels’ y sus consecuencias. Por otra parte, no debemos fijarnos sólo
en el personaje principal de estas novelas. Scott hace desfilar por ellas una
gran variedad de personajes pertenecientes a todos los estratos sociales de
la época. Y son estos los que oscurecen al héroe de la novela.
Personajes grotescos como Andrew Fairservice; otros son trágicos como
Evan Dhu Maccombich; pero la mayoría representan a la sociedad civil
del norte como Bailie Nicol Jarvie, Dandie Dimont o Hobbie Elliot, cuyo consentimiento
ha sido necesario para alcanzar la modernidad de Escocia.
Hay otros aspectos acerca de las ‘Scottish
Novels’ que merecen mencionarse, como por ejemplo la introducción
que el propio Scott hace a sus obras. El prefacio a las mismas es la parte más
dificultosa de leer y comprender, pero a la vez representan su mayor logro.
Scott se inventa pintores, clérigos, maestros de escuela para justificar
la creación de la historia que nos narra, viejos manuscritos transferidos
o regalados que contienen excitantes intrigas y amores.
Clasificación
de las ‘Scottish Novels’
Dentro de las novelas de tema escocés podríamos
diferenciar claramente dos grupos.
En el primero estarían las novelas con
un trasfondo histórico como son las rebeliones jacobitas, y que abarcarían
desde el primer intento en 1689 (Vieja mortalidad) pasando por la rebelión
de 1715 (Rob Roy), y concluyendo con la rebelión jacobita de
1745 reflejada en obras como (Waverley o Redgaunlet). Una
novela como El corazón del Midlothian nos ofrece una imagen
de los disturbios acaecidos en la ciudad de Edimburgo en el año 1736
con motivo del linchamiento del capitán Jock Porteous, aunque cabe señalar
que Scott se basó en un hecho real para dar forma a esta obra.
Un segundo conjunto dentro de las novelas de tema
escocés serían aquellas que se limitarían a mostrar las
costumbres de las clases sociales de la Escocia del siglo XVIII. Así,
tendríamos obras como El Anticuario, Guy Mannering
o La novia de Lammermoor. El nexo común a ellas sería
la Escocia posterior a la Unión de las dos coronas en 1707. Y en el caso
de La novia de Lammermoor estaría basada también en hechos
reales. Si clasificáramos a las ‘Scottish Novels’ de acuerdo
con la propia Historia de Escocia Guy Mannering y El anticuario
se excluirían de este grupo; al mismo tiempo otras como The Fortunes
of Nigel e incluso La doncella de Perth podrían ser incluidas
dentro de las ‘Scottish Novels’. Por último deberíamos
mencionar Las crónicas de Canongate (1828) que aglutinan tres
novelas cortas o relatos que nos devuelven al Scott de las mejores novelas de
tema escocés. De las tres obras que componen Las crónicas
sólo las dos primeras nos devuelven al Scott de los primeros años
como escritor de novelas históricas. En ellas volvemos a sumergirnos
en la Escocia del siglo XVIII, el período que mejor conoce el autor y
donde se encuadran sin duda sus mejoras obras, a pesar de lo que manifiesta
el público lector.
Para concluir diremos que Scott divirtió
más a los lectores europeos que a sus compatriotas escoceses. En especial
cabe destacar el papel desempeñado por tal vez la obra más conocida
y difundida del genial escritor escocés: Ivanhoe, de la cual
sólo en castellano existen más de ochenta ediciones frente a ninguna
de su obra más relevante: Waverley or Tis Sixty Years Since.
El grupo de novelas que forman las denominadas
‘Scottish Novels’ son:
-Waverley
or Tis Sixty Years Since (1814)
-Guy Mannering (1815) *
-The Antiquary (1816) *
-Tales of my Landlord, First Series (The
Black Dwarf y Old Mortality) (1816) *
-Rob Roy (1817) *
-Tales of My Landlord, Second Series
(The Heart of Midlothian) (1818) *
-Tales of My Landlord, Third Series,
(The Bride of Lammermoor y A Legend of Montrose) (1819) *
-The Monastery y The Abbot (1820)
*
-The Fortunes of Nigel (1822)
-Redgaunlet (1824)
-Cronicles of Canongate (The Highland
Widow; The Two Drovers; The Surgeon Daughter). (1827)
*
-Cronicles of Canongate, Second Series
(The Fair Maid of Perth) (1828) *
Las novelas con un asterisco han sido traducidas al castellano: Guy Mannering; El anticuario; El enano negro; Vieja mortalidad; Rob Roy; El corazón del Midlothian; La novia de Lammermoor; El capitán aventurero (Montrose); El monasterio; El abad; De las obras que componen las crónicas de Canongate sólo La viuda las montañas; Los dos arreadores; La doncella de Perth.
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Heritage, London, Routledge & Keagan Paul, 1970, pp 106-12.
-Robertson, Fiona, ‘Introduction and Notes
to The Bride of Lammermoor’, Oxford, Oxford Univ. Press, 1991,
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-Scott, Walter, Diario Buenos Aires,
Espasa, 1954.
-El corazón de Mid-Lothian, Edición
de Román Álvarez, Trad. Fernando Toda, Madrid, Cátedra
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-Shaw, Harry E, Sir Walter Scott and His Successors,
London, Cornell University Press, 1983.
-Sutherland, John, The Life of Walter Scott.
A Critical Biography, Oxford, Blackwell, 1995.
-Warrack, Alexander, The Scots Dialect Dictionary,
Scotland, Waverley Books, 2000.
BLOGOMAQUIA (O LA QUIMERA DE DECIR QUÉ ES UN BLOG)
por Alfonso García-Villalba
1.
He
intentado escribir un blog, hacerlo en directo, depositar poco a poco lo que
pienso, mis reflexiones sobre la literatura, mis acercamientos a la ficción.
He ensayado. Todo acercamiento a la literatura es un ensayo: un tanteo, laboratorio
de pruebas con el material (auto)biográfico y las pastillas de la imaginación,
coctelera, agítese al gusto.
Más que nunca he pensado que el blog era
la vía, el género que refleja la contemporaneidad: Narciso que
no se refleja en el lago (ni siquiera en un espejo), sino en la pantalla del
ordenador, enlace telefónico a redes: Narciso interconectado a una malla
de Narcisos.
El problema de ilustrar al hombre de hoy en día
con este ejemplo de la mitología griega es que Narciso tiene mala prensa.
Suena mal. El tonto que se queda flipado observándose a sí mismo.
Egoísta, a su bola. No quiere saber de nadie. El egoísmo no vende.
Tal vez sería más adecuado hablar de egotismo. El caso de Don
Juan era más práctico, nos funcionaba bien: viril y echado palante,
atento al otro, mirón, ave de presa. Más parecido a un goleador,
más épico. La seducción externa pasó, la atención
hacia el otro se diluyó. Tal y como proponía Gilles Lipovetski
en La era del vacío, el mito de Don Juan es sustituido por el
mito de Narciso. No nos interesa el otro, la atención se focaliza hacia
nosotros mismos, autogestión, do it yourself, paja.
¿Es posible la lectura de los blogs de
los demás cuando ya no nos interesan los demás? ¿Es posible
seguir leyendo obras ajenas cuando todos podemos convertirnos en escritores
(cuando todos somos escritores según Ricardo Piglia) y, además,
hacer público nuestro trabajo mediante la autoedición? ¿Alguien
está leyendo a alguien?
Supongo (o espero) que sí. Con la irrupción
de los blogs, la lectura no muere, sino que crece aunque cambie sus formas.
La lectura se convierte en un ejercicio de enlace, de salto. De conversación
(como dice David Sifry, director de Technorati, el mayor buscador de blogs),
de hipervinculación a otras bitácoras: Un blog te lleva a otro
y así una y otra vez. En cierto modo desaparece el autor, la figura del
autor (y desaparece el lector, que se hace mutante e híbrido, hacedor
y observador).
2.
Como decía: intenté escribir un
blog porque pensé que era la metodología de escritura (incluso
para la ficción) que mejor se ajustaba y reflejaba la actualidad y, como
un escritor debe dar fe de su tiempo o de los hombres de su tiempo o del tiempo
en que vive, recordé las palabras de Milan Kundera (El arte de la
novela) en que decía —algo así como— que la lectura
más interesante que podría hacerse en el futuro sería la
lectura de un texto, un diario (¿un blog?) escrito por una persona que
no tuviese intenciones literarias, que sólo tratara de poner por escrito
sus inquietudes, su vida, las cosas que le van pasando, lo que ve. El Diario
de una persona normal, al fin y al cabo. Un gran número de blogs
son eso: crónica personal, exhibición, álbum de fotos.
Así que la apreciación del escritor checo se ajusta perfectamente
(con aquellos) a la idea de la persona solitaria que se pone a escribir sobre
la vida, sobre sí mismo, sobre lo que sea (adopte el lector la figura
de Narciso para este caso si lo considera necesario, si piensa lo contrario
deséchela, hágase la lectura todo lo fácil que le sea necesaria
al lector: llegado a este punto, prescinda de ella si es necesario).
Pero, obviamente, hay —y debe haber—
otros blogs que sueñen con ser diferentes a todo eso, que quieran ser
ficción, leyenda. He rastreado la red en busca de esos blogs, en busca
de esas personas ahítas de ficción y dispuestas a dispensar al
lector su dosis de fábula. Yo, en mi humildad, he querido ser uno de
ellos (no por gusto, sino por necesidad).
3.
Por tanto, alucinado con las posibilidades del
blog (la ruptura con el intermediario caprichoso del editor, la autoedición,
el contacto directo con el lector, etc.) empecé con pasión. Subí
a mi bitácora las cosas que tenía
escritas,
los últimos meses de trabajo. Poemas. Microensayos. Algunas ficciones.
Empecé fuerte pero me desinflé como un globo. Abandoné
las tareas a los pocos días y olvidé la contraseña de mi
cuenta. El blog se quedó como un pueblo desierto, como Chernobil o el
pueblo de los spaghetti western de Almería en una noche de invierno,
viento y frío. A veces visito el blog deshabitado y miro la colección
de fantasmas de mí que por allí pululan. A veces el rubor aparece
en mis mejillas, a veces estas sombras de narraciones y versos de otro tiempo
me persiguen como náufragos. Yo los abandono a su suerte (considero que
ése no era su sitio, les pido perdón pero huyo).
La ilusión, como se ve, se desvaneció.
Fue un principio de fotomatón: flash y detención repentina; no
subí nada más a mi cuaderno, todo se congeló. Pensé
que el blog era una distracción de mis verdaderas tareas como escritor
(o comunicador: Vicente Verdú en su libro Yo y tú, objetos
de lujo sostiene que ya no hay escritores sino comunicadores —los
escritores que quedan son los que proceden de antes de la era de la información,
de la segunda revolución de Guttenberg—).
La rapidez del blog no me seducía. Yo tenía
que escribir mis relatos, profundizar en ellos, no dedicarme a ser un bloguero
sin más. Heriberto Yépez, buddha del blog allá por la escena
de Tijuana, en México, decía un día en su bitácora:
«Ser no más que bloguero es una pendejada. Hay frases en mi vida
que me han hecho cambiar, que se han quedado flotando en mi imaginario personal.
En aquel tiempo (hace algo más de un año) detuve el flujo de comunicación
instantánea, la edición on line, la espera del posteado, los dolores
de barriga, la subversión del sistema editorial, tiré la revolución
por el váter (como otras veces, como todo el mundo). Era preferible merendar
magdalenas, mojarlas en la leche, leer a Pitol o a Vila-Matas, descifrar lenguajes
ocultos en sus textos, aprender, borrar vanidad del horizonte, ver atardecer,
no tener prisa».
Además: pensaba que un blog debía
adscribirse a la cultura literaria que había recibido hasta el momento,
la literatura que conocía, la que había disfrutado hasta entonces.
Cuando, en realidad, el blog es el terreno
de
algo que nada tiene que ver con la literatura o que, por lo menos, no es solamente
literario: si acaso la literatura puede ser parásito de la herramienta
tecnológica llamada blog, establecer un protocolo de simbiosis.
Las características del blog se alejaban
de todo lo que conocía. La atracción que me provocaba al mismo
tiempo se compensaba con un rechazo. Todo lo que podía tener de innovación
se disolvía en las reticencias hacia un artefacto que conformaba otra
cosa diferente a lo que tenía entendido por literatura o lo que podía
tomarse por literatura, lo que tenía el certificado de calidad, la denominación
de origen, el control de los que dicen qué está bien, qué
está mal. Las bitácoras daban voz a los sin voz, me daban voz,
a ti también, a todos, oh mi porción de la tarta en la repercusión
mediática, mi gran hermano literario, por fin la metamorfosis en un ser
social y literario cuando y como yo deseara.
4.
La literatura ha formado parte de esa entelequia
que ha convenido en llamarse cultura. Y las entelequias necesitan membresías.
Y las membresías necesitan personas que digan si uno es apto o no para
entrar en el club. La cultura en mayúsculas (CULTURA), la elitista, aquella
cuyos antepasados hablaban en latín, la cultura que segrega y establece
castas significa apartheid. Tú eres negro, yo soy blanco, yo soy escritor,
tú no eres escritor. Esa literatura es la que sustenta el modelo de dominación,
la cultura que decide lo que es excelente, lo que es popular, masivo, insustancial.
Es la misma cultura que desdeña a lo largo de los siglos las manifestaciones
populares que han tenido su máxima expresión, al menos en la tradición
europea, en el carnaval, pero que a ojos de los oligarcas de
la
cultura es analizada como algo inferior, poco profundo, poco serio, que no merece
la atención, vulgar, expresión de la superficialidad de los que
no son élite.
El blog nada tiene que ver con eso (y al mismo
tiempo tiene que ver: dependerá del punto de vista que se le dé,
tanto el enfoque dado por el autor como la perspectiva de lectura que se tome).
El blog, jugando en la ambivalencia, tiene más que ver con la cultura
de masas que con la cultura oficial y elitista. Porque, sencillamente, el blog
—por su accesibilidad, su sentido abierto— puede ser hecho por todos
y estar destinado para todos. Es la apertura democrática de la edición
de textos, la consolidación de un espacio para la difusión de
la información, la fractura dentro del tejido de la comunicación
que verticalmente desciende sobre la gran audiencia global. Los blogs suponen
la atomización de la comunicación. Cuando todos podemos comunicar,
cuando podemos establecer foros de intercambio y de discusión, todos
salimos ganando (y fracturamos la hegemonía de los monopolios del mass
media). Solamente la flema aristocrática, quien cree tener el privilegio
del poder (sea el presidente de un grupo de comunicación, un presentador
de telediario, un editor o un premio Nobel) puede rechazar la existencia de
este fenómeno que tiende a ocupar la red lenta pero inexorablemente.
5.
Yo he sido, o he querido ser (más bien)
uno de esos estúpidos guardianes del poder, centuriones de la inteligentsia.
He pensado que el blog podía esperar. Que primero debía lanzarme
al éxito en un concurso literario (6000, 10000, 20000 euros para mí
y para mi pandilla, arriba y arriba), conseguir la publicación —en
papel— de alguna de las obras que
se
esconden en los archivos de mi portátil. Sí, lo confieso: he querido
ser parte de ellos, convertirme en colaboracionista.
Dejé los blogs porque pensaba que necesitaban
tiempo, como todo texto, reposo, análisis, relectura, reescritura. Llegados
a este punto tengo que decir que el blog no mata a la literatura anterior sino
que se une a ella. Cuando empecé con los blogs, no distinguí que
estos prefiguraran una nueva literatura, una literatura futura, más acorde
con los tiempos de la velocidad y la instantaneidad. Ambos conceptos son rechazados
en el mundo de la Literatura con Mayúsculas (No obstante: precaución
ante la vacuidad y la posible vomitona del yo-yó de esta descentralización
editora). La élite que trabaja para las editoriales se defiende de lo
que ellos consideran advenedizos. Es lógico desdeñar a aquel que
hasta hace poco no tenía cabida en el mundo de las letras y que, gracias
a la cultura de masas, consigue un lugar en este espacio al que, hasta ahora,
la llegada a él podía considerarse un viaje al Parnaso, una odisea,
el acceso a un club de lujo previo pago de la entrada (cualquiera que sea el
pago necesario...) o por invitación...
Las editoriales hasta hace bien poco —ejerciendo
de dominatrices— nos han dicho siempre qué es lo que hay que leer,
la crítica nos ha dicho, nos ha explicado (y nos ha aburrido con ello)
qué es lo bueno y lo malo. Nosotros caemos en el juego de las dicotomías,
del binarismo excluyente. Todo intento de cometer un abordaje sobre el establishment
literario es repelido. La crítica es vieja y la nueva literatura es joven.
Los ancianos se protegen de los jóvenes, como los leones ancianos temen
el crecimiento de los cachorros y la pérdida del monopolio sexual con
las hembras. La cultura establecida tiene mucho de monopolio. En literatura
el monopolio es respetado y venerado. Hay sacramentos y liturgias. El aspirante
a escritor debe pasar las experiencias de iniciación. No se puede ser
francotirador solitario. El blog permite serlo. Busquemos a Chacal y que complete
el magnicidio.
6.
Como
fenómeno de la cultura popular, hay que tener en cuenta que el blog es
un género (o un medio técnico) cultivado por un gran número
de personas. Es la cultura del fanzine elevada a la máxima potencia,
la prensa libre, el poemario on line, la crónica instantánea,
el escritor como guerrillero solitario.
Centrándonos si acaso en los blogs con
cierta intención estética (literaria), puede afirmarse que la
instantaneidad de los blogs es una de las condiciones indiscutibles que tal
herramienta ofrece. Pero instantaneidad no sólo significa que haya de
ser escrito de forma rápida y editado inmediatamente. La instantaneidad,
desde mi punto de vista, debe ser entendida como la forma de publicar el blog.
Que se publica automáticamente (sin intermediarios, sin filtros, sin
censuras, sin pensar en las condiciones económicas que cualquier publicación
puede tener). Redactas el texto, corriges, llegas a su forma final (si es que
la tiene) y la subes a la red. El resto de actitudes (escribir directamente
y colgarlo en el cuaderno) tiene más que ver con la confesión
rápida y fugaz, la grafomanía, la verborragia. Aunque, tal y como
propone Piglia, también es literatura (todo es literatura). Porque, queramos
o no, el lenguaje de la administración del estado, de los jueces, de
los médicos, también es literatura, aunque cada una en su campo.
Muchas veces los blogs pueden servirnos como revistilla.
Igual que hay quienes compran Cosmopolitan, el Vogue, Men´s
Health, el Hola o National Geographic, hay quien puede
entrar a un blog e interesarse por las cosillas que tal o cual persona va dejando
(en forma de sedimentos, curiosidades, tal vez excrementos) en su bitácora.
Ése es el caso de muchos de los usuarios
de los blogs. Nos cuentan su vida, con quién se han acostado, su última
lectura, nos recomiendan una película o bien analizan películas
de culto, emiten sus análisis de productos culturales que no tienen cabida
en los centros mediáticos al uso. O bien nos dicen que quieren ser de
otra manera, que son felices. Catalogar todo esto sería una tarea imposible.
Muchos escritores (escritores que publican en
papel) utilizan los blogs para dejar allí sus reflexiones y alimentar
su ego. Poco más. Desde ese punto de vista contribuyen a la saturación
del canal de la comunicación (terriblemente sobredosificado en estos
tiempos que corren). Acercarse a un blog en esos casos (tanto para leerlo como
para escribirlo) es acercarse al mismo como si lo hiciéramos a una revista
del corazón (aunque los temas puedan variar) o como quien espía
en el patio de vecinos. Muchos de los escritores que tienen blogs empiezan un
cuaderno para contarnos qué es lo que han leído últimamente,
la peli que les ha emocionado o el
último
muerto de su Olimpo estético particular. Si bien (hay que decirlo) es
semejante a la gran tradición diarística de la literatura occidental,
es diferente a ésta.
Puede decirse, por tanto, que Ernst Jünger,
André Gide o Witold Gombrowicz, por poner unos ejemplos paradigmáticos,
hacían algo parecido en sus diarios (literatura de carácter fragmentario
tan próxima a las bitácoras, o al revés). En algunas partes
de sus diarios encontramos textos de naturaleza semejante. Inolvidables son,
por ejemplo, los encuentros que Jünger relata en Diario de la guerra
y la ocupación (Radiaciones) durante su estancia en el París
ocupado por los nazis, donde consigue conocer a Pablo Picasso o a Marcel Proust,
a quien retrata como un personaje obsesionado con el polvo (no dejaba a la criada
quitarlo) siempre con sus guantes de seda para evitar el contacto directo con
los demás o, simplemente, con el mobiliario. Este tipo de entradas
(como en un blog) serían las anécdotas que aparecen en cualquier
diario; sin embargo, el alemán llega más lejos y nos acerca a
la supervivencia en el caos, a la catástrofe, al arte, a la sinrazón.
En el mismo sentido están las crónicas de los primeros amores
adolescentes de André Gide, sus primeras aproximaciones a la literatura,
sus tanteos.
La potencialidad que albergan los blogs (literarios),
como un nuevo y nutriente género de carácter fragmentario, los
acerca a una tradición en las letras que, desde clásicos como
Marco Aurelio en sus breves textos de las Meditaciones o El arte
de la prudencia de Baltasar Gracián en el Barroco, llega al siglo
veinte con Minima Moralia de Walter Benjamin o los Diarios
de Witold Gombrowicz, por citar algunos ejemplos (y no los únicos). Así,
sobre la naturaleza de los blogs nos sirve una anotación de Heriberto
Yépez (otra vez el de Tijuana) citando algo que escribió el mexicano
Alfonso Reyes décadas antes: «Los libros de notas —pulso
febril del tiempo— serán la literatura de mañana y ya casi
son la de hoy... Esta tarea de ir apuntando cada uno de nuestros fugaces pensamientos
ofrece el riesgo de todos los narcisismos, conduce a la desesperación
y a la muerte». Cierto: la propia naturaleza del blog es su gloria
y su infierno.
7.
Pero,
no obstante, creo encontrar diferencias entre las páginas de los autores
aludidos antes y los blogueros contemporáneos. En primer lugar, unos
eran maestros y los otros no (tiempo al tiempo). Además: la impresión
general que cualquiera pueda tener al acercarse al blog de un autor que publica
es que se está guardando cosas, que nos ofrece las migas de su verdadero
trabajo. Tal actitud, en cierta manera, se debe a los tiempos en que vivimos:
¿para qué colocar un relato en un blog si podemos enviarlo a un
certamen literario que nos dé 6000, 10000 o 20000 euros, tal vez más?
Es lógico, el mercado empuja y no sabemos cómo boicotearlo (nadie
lo va a hacer). En cambio, una de las más profundas raíces revolucionarias
(¿?) de los cuadernos de bitácora sería la subversión
del orden establecido en el mundo de la lectura y la escritura. El
blog es la herramienta ideal para destronar a los editores y erigir nuevos príncipes
que sean los nuevos focos de atención de la literatura.
8.
La cuestión es encarar el blog como género
literario y, a la vez, tomar distancias respecto a él, sabotearlo, componer
un híbrido de ficción y realidad, tal y como Witold Gombrowicz
propone en sus diarios. El ejercicio del narcisismo on line debe avanzar en
una dirección similar a la desmitificación: un blog, al fin y
al cabo, es una máscara (debe serlo). Ponerse careta, peluca, hacer el
travesti o fingir debe convertirse en mandamiento (si se quiere avanzar en este
campo). Otra posibilidad de desdoblamiento en el interior del blog es la introducción
de ficciones explícitas. El autor del blog se creará un personaje
on line y responderá solamente a sus propias expectativas. Teniendo en
cuenta siempre que si uno descree de lo que ve, escucha o compra, debe hacer
lo mismo con su propio trabajo. Para otorgar al blog un estatuto de interés
literario hay que entenderlo (y crearlo) en su dimensión de género
(igual que existe el diario, la crónica, etc.). El resto de aproximaciones
son anecdóticas. El propósito de este artículo no es decir
cómo tiene que escribirse un blog, sino perderse en los laberintos de
éste, intentar subirse a los lomos del Minotauro (reírse de él,
¿con él?). El bloguero es libre de hacer lo que quiera: yo solamente
apunto formas, posibilidades, las variables que deseo para mi escritura. Todos,
al fin y al cabo, somos escritores como dice Ricardo Piglia en Formas breves
(sí, ahora es cuando le copio): «Todos son escritores. El escritor
no existe, todo el mundo es un escritor, todo el mundo sabe escribir. Cuando
se escribe, una carta (ésta, cualquiera), también eso es literatura».
Una
adolescente con acné que espera a su príncipe azul también
es una escritora, aunque éste no tenga calidad literaria (o no presente
una preocupación por la forma), aunque éste pudiera gustar a un
crionizado Milan Kundera dentro de unas cuantas décadas y descubriera,
resucitado por la ciencia como Walt Disney, los escritos de esa persona anónima
que, desde el presente, reflexiona sobre la vida, nos la cuenta (o se la inventa).
Pero,
fundamentalmente, debido a los tiempos que vivimos, sobre lo que trata un blog,
sobre lo que es normal que gire, es en torno al propio autor. Uno no hace un
blog para hablar de otro (de otros) o para escribir acerca de la madame Bovary
del siglo XXI. Ahora el sujeto es el yo: «Madame Bovary soy yo»
decía Flaubert. Madame Bovary somos todos, añadiría yo.
El yo no está fuera del interés del narrador, del poeta. Nunca
lo ha estado. Una lectura adecuada de El Quijote nos revela que el
paradigma de la novela moderna también recoge las inquietudes de un ego,
el de Cervantes (ídem para el resto). Decirlo me resulta incluso que
sobra. Todo acto literario consiste en la exposición, más o menos
directa, del yo de un artista. Más bien siempre ha sido el yo el centro
a través del cual se escribía.
Se disimulaba. Simplemente.
En los tiempos de la egomanía y del cuidado
personal, del self service emocional, en los tiempos de la desaparición
del otro, cuando el otro ha muerto y nos adentramos en el desierto, lo único
acerca de lo que nos resta escribir es sobre nosotros mismos. Ya no interesa
cruzar al otro lado del espejo, nos contentamos con observar nuestra imagen
reflejada en el espejo. El autor, en su lógica exhibicionista, se acoge
a la dialéctica del narcisismo y se observa (no cruza al otro lado del
espejo para observar como es allí, en el otro lado de la pantalla).
Error.
9.
Desde hace un tiempo fantaseo con la creación
de un nuevo género literario al que convendría llamar ensayo de
autobioficción (el blog sería el medio ideal para conseguirlo).
Compuesto de diversos instrumentos y
estrategias,
y mediante la traducción de la realidad sentida, vivida o inventada,
este género pretendería sondear el territorio del ensayo como
mera excusa para contar historias que se maquillan entre sus renglones, entre
los surcos de la reflexión.
A la vez narrativo y contranarrativo, y de un
marcado carácter interno, abstracto, neuronal, esta autobiografía
de ficción tendría como intención contar dos historias,
dos direcciones: las aventuras que, en el texto, tienen lugar fuera de nosotros
y los episodios mentales en los que, a diario, cada uno de nosotros se embarca
y que, irrevocablemente, confluyen con las primeras y que son, finalmente, el
filtro que condiciona y decanta lo que somos y lo que nos sucede.
10.
La gran virtud de la escritura es la mentira,
sí, podemos mentir, fabular y concebir la posibilidad de que aparezca
el blog que rompa con la dinámica actual de las bitácoras (el
realismo del yo-yó-sin-fábula), que nos brinde una blogonovela
que se construye día a día, una especie de narración por
entregas, de folletín. Ahora sueño con encontrar la forma de dar
con esa blogonovela. He vuelto al blog, le busco las formas, las cosquillas.
Ahora mis textos —a diferencia de los que pululan por aquel blog deshabitado
del que hablé al principio de estas notas— aguardan, rodeados de
guirnaldas y mentiras, como niños con sonrisa húmeda y pelo bien
peinado a que el próximo lector decida a entrar y comprobar que, aunque
fantasmas, mis textos fingen no serlo.
Fin.
(*) Se recomienda la visita y lectura
del blog de Alfonso García-Villalba Diario de una persona normal.
Podéis acceder a él a través de La Caseta del Perro.

Entrevista: José Antonio Garrido
«SABIDURÍA GENÉTICA»
Cuando
se escucha hablar a este zaragozano que vio la luz en 1934 se tiene la sensación
de que se está ante una de esas personas que nacieron para marcar una
etapa. Juan Ramón Lacadena es un hombre de aspecto afable, gesto seguro
y tono contundente, que imprime a su dialéctica el saber de toda una
vida dedicada a la ciencia. Es miembro de la Sociedad Española de Genética
—de la que fue socio fundador y presidente durante cinco años—
y en la actualidad ostenta el puesto de profesor emérito de la Universidad
Complutense de Madrid, donde ha sido catedrático de genética durante
casi treinta y cinco años. Además, es Académico Correspondiente
Nacional de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales
del Instituto de España y Académico de Número de la Real
Academia Nacional de Farmacia del Instituto de España.
Hoy, con la amabilidad que siempre muestra, ha
accedido a concedernos una entrevista para charlar sobre ciencia y literatura,
y como siempre, sus palabras se presentan como la lección magistral de
un genio que asume su condición con una lúcida sencillez.
—EL
COLOQUIO DE LOS PERROS (ECP): Buenos días, Juan Ramón. Comencemos
hablando de ciencia y de esa palabra que la sociedad ha acabado por aceptar,
pero a la que costó acostumbrarse: clonación. Cuando en febrero
de 1997 se anunció al mundo la existencia de una ovejita clónica
llamada Dolly, el titular de un periódico con tintes
sensacionalistas
rezaba: «Hoy la oveja, mañana el pastor». Además,
con cierta asiduidad la literatura ha tratado el tema de la clonación
humana y de las sociedades futuras con resignado catastrofismo. ¿Cree
usted que esto no es más que un recurso literario o considera que existen
motivos para ser realmente tan pesimistas en referencia al futuro y al uso de
las herramientas que la ciencia pone en las manos del hombre?
—JUAN RAMÓN LACADENA (JRL): Buenos días, José Antonio. Más que tintes sensacionalistas, yo diría que el titular de aquel artículo quería ser profético. Yo lo he utilizado en numerosas ocasiones porque me parece que fue un acierto de marketing editorial. De hecho, después de la oveja Dolly se han obtenido animales clónicos en más de una docena de especies de mamíferos: ratón, vaca, cabra, conejo, cerdo, caballo, mula, ciervo, gato, perro, etc. Puesto que podemos admitir que los avances en genética de la reproducción y embriología de mamíferos de laboratorio o domésticos son extrapolables a la especie humana, eso significa que lograrlo en la especie humana no es cuestión más que de decisión, dinero… y de ética. No obstante, la realidad, hoy por hoy, es que está siendo muy dificultosa la clonación en humanos. Descartando las fraudulentas investigaciones llevadas a cabo en 2004 y 2005 por el Dr. Hwang en la Universidad de Seúl, que acumulaban más de sesenta embriones humanos obtenidos por la técnica de transferencia de núcleo, la realidad experimental se reduce a dos embriones, uno de los cuales no llegó a pasar del estadio de seis células y el otro apenas alcanzó el estadio de blastocisto. Pero, insisto, si no se ponen barreras éticas y legales al final se podría llegar a la obtención de embriones humanos clónicos.
—ECP:
En febrero de 2001 se publicó la secuencia del genoma humano, mientras
que en septiembre de 2005 fue la del Chimpancé la que salió a
la luz en la revista Nature. Análisis comparativos de ambas
secuencias concluyen que el número de genes codificantes de proteínas
en ambos casos ronda los 20.000 —un número considerablemente inferior
al que se esperaba, al menos para el hombre—, y que las proteínas
ortólogas (equivalentes) a las que estos genes dan lugar son enormemente
similares. Ante este hecho cabe plantearse una serie de cuestiones bioéticas
como qué nos convierte en humanos y qué a ellos en chimpancés
o en qué sentido ha dirigido la evolución esas pequeñas
diferencias para convertirnos en lo que somos. ¿Cuál es su opinión
al respecto?
—JRL:
Efectivamente, los primeros borradores casi completos de secuenciación
del genoma humano se hicieron públicos simultáneamente en 2001
por los dos grupos de investigación privado y público que competían
en la carrera y que coordinaban, respectivamente, los doctores J. Craig Venter
y Francis Collins. Tres años más tarde, en 2004, el Consorcio
Internacional presentó la secuencia prácticamente definitiva de
un 99% del genoma humano.
En relación con la pregunta que me hace,
recuerdo que en el Congreso sobre “El Derecho ante el Proyecto Genoma
Humano” que, organizado por el Dr. Santiago Grisolía, tuvo lugar
en Bilbao en 1993, el Doctor Venter habló del interés de acometer
el “Proyecto Genoma Chimpancé” como base para comparar nuestro
genoma con el del chimpancé, nuestro pariente evolutivo más cercano
entre las especies que han sobrevivido en el proceso de la evolución
en la línea filogenética de los Póngidos, puesto que en
la línea de los Homínidos solamente ha subsistido la especie humana.
Pues bien, efectivamente, como usted dice, en 2005 se presentó un primer
borrador —todavía incompleto— del genoma del chimpancé.
De la comparación de ambos genomas, el suyo y el nuestro, se deduce que
compartimos en torno al 99% de las secuencias de ADN. Sin embargo, ellos son
monos y nosotros somos seres humanos. ¿Por qué es esto así?
¿Qué nos diferencia?
Se
han escrito miles de páginas tratando de establecer las diferencias entre
los seres humanos y el chimpancé o cualquier otra especie de grandes
simios como son el gorila y el orangután. A mí me satisface intelectualmente
la siguiente contestación: los seres humanos tenemos tres singularidades
que no tiene ninguna otra especie animal: 1) Somos sujetos cultos; es decir,
estamos genéticamente capacitados para utilizar el lenguaje simbólico.
La cultura humana comenzó cuando un primer homínido fue capaz
de contarle a un congénere suyo mediante un lenguaje simbólico
algo que había hecho. 2) Somos sujetos religiosos; es decir, estamos
genéticamente capacitados para preguntarnos por el sentido de la vida,
nuestro origen y destino. Somos capaces de trascender de nosotros mismos preguntándonos
por la existencia de Dios y aceptar libremente la respuesta afirmativa o negativa.
¿Usted cree que un chimpancé se puede hacer tales planteamientos?
3) Somos sujetos éticos; es decir, estamos genéticamente capacitados
para prever la consecuencia de nuestros actos, para hacer juicios de valor,
distinguiendo el bien del mal y optar libremente por hacer el bien o hacer el
mal.
En este contexto se podría hacer referencia
al Proyecto Gran Simio que trata de extender a los chimpancés, gorilas
y orangutanes la comunidad de iguales que constituimos los seres humanos. El
Proyecto Gran Simio, que surgió en 1993 liderado por el filósofo
Peter Singer, ha sido objeto recientemente de una polémica social en
España al haber sido presentada por el Grupo Socialista en el Congreso
de los Diputados una Proposición No de Ley instando al Gobierno a que
se adhiriera a dicho Proyecto.
—ECP: Hace apenas unas semanas se aprobó en el pleno del congreso la Ley sobre Técnicas de Reproducción Humana Asistida que legaliza el diagnóstico genético preimplantacional, una técnica que permite detectar determinadas anomalías en el embrión y transferir al útero materno únicamente los embriones genéticamente “normales” para los cromosomas estudiados. Con esta técnica se podrían evitar enfermedades como la distrofia muscular de Duchenne o la anemia de Fanconi. Pero la iglesia católica, como en otros tantos aspectos relacionados con el avance de la ciencia, ha emitido su desaprobación pública. Parece que el desencuentro ciencia-iglesia fuera total. ¿Cree que hay un punto en el que ambos pudieran —o tendríamos que decir “debieran”— confluir? ¿Son realmente inmiscibles la doctrina católica y el devenir de la ciencia?
—JRL:
La pregunta que me hace es muy compleja y necesitaría mucho tiempo y
espacio para responderla. Empezaré contestando por el final: yo sí
creo que la ciencia y la creencia son compatibles y que están obligadas
a entenderse. Más aún, le puedo decir que yo soy un científico
creyente y no me considero una especie de esquizofrénico intelectual
porque sé hasta dónde llega la ciencia y dónde comienza
la creencia. Lo que no se puede hacer es mezclar las cosas como ha sucedido,
por ejemplo, con la controversia “creacionismo-evolucionismo” en
los Estados Unidos. Muchas veces ocurre en estos temas controvertidos que el
conocimiento científico es tan grande que el saber “cómo”
ocurren las cosas se confunden con el “porqué”. Sobre estos
temas he escrito muchos artículos y un pequeño libro que se titula
Fe y Biología.
Respondiendo ahora a la primera parte de su pregunta
le diré que, en mi opinión, el tema de la selección de
embriones —y cuando de habla de selección debemos ser conscientes
de que en la otra cara de la moneda está la eliminación de embriones—
no es un problema de religión, sino que es un problema ético que
cada cual resuelve en función de sus propios criterios bien fundamentados.
Hace ya unos cuantos años decidí abandonar la bancada de laboratorio
para dedicar todo mi tiempo a la reflexión y el diálogo interdisciplinar
entre la genética —que es mi profesión— y la bioética.
Jamás me he arrepentido de esa decisión; hasta tal punto que en
2004, a mis setenta años, obtuve el grado de magíster en bioética.
—ECP: La literatura y la ciencia son campos de la creación o del conocimiento que, a pesar de tener muchos puntos en común, tradicionalmente suelen presentarse separados y divergentes. No obstante, hay muchos escritores que han tocado con acierto en sus novelas cuestiones científicas, como es el caso de Julio Verne o Aldous Huxley, por citar sólo a los más famosos, y científicos que han desarrollado su labor literaria con reconocido éxito como es el caso de Conan Doyle, Asimov o el doctor Marañón. ¿Cree que el respeto por entrar en un campo que se considera ajeno puede estar haciendo que nos perdamos grandes joyas literarias o a ilustres escritores con formación científica?
—JRL:
Estoy totalmente a favor de una actividad intelectual que combine los conocimientos
científicos y las dotes de escritor. Aquí me gustaría deslindar
dos situaciones distintas: una es la del científico que, además,
es escritor de gran valor literario —pongamos por ejemplo al Dr. Marañón,
al que usted ha citado— y otra la del científico que, además,
es un gran divulgador. La divulgación científica es necesaria
para educar a la sociedad. Es importante saber transmitir en lenguaje asequible
al ciudadano medio las realidades y logros de la investigación. Además,
en estos momentos actuales en los que los avances científicos son tan
espectaculares, pero a la vez repletos de problemas éticos, es nuestra
obligación comunicar a la sociedad los temas más complejos con
la mayor claridad posible, contribuyendo a que el ciudadano forme su propio
criterio sobre temas en principio difíciles de comprender. Se trata de
evitar la “manipulación social” que a veces acompaña
a la “manipulación genética” y que no se confunda
la “opinión pública” con la “opinión
publicada”.
—ECP: El trabajo del penúltimo Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, el neurólogo portugués Antonio Damasio, ha sido fundamental en la comprensión del funcionamiento de las áreas cerebrales en las que están involucradas la toma de decisiones y la conducta, además de establecer las bases cerebrales del lenguaje y la memoria. ¿Considera que la genética debería tener la última palabra al respecto, debiendo fijarse las bases de la conducta humana en la secuencia génica del individuo?
—JRL:
Desde hace muchos años, en mis libros de genética y en mis clases
en la universidad vengo defendiendo que el “comportamiento” es el
último componente del desarrollo, que empieza por la proliferación
celular, la citodiferenciación, la histogénesis, la organogénesis
y la morfogénesis. Haciendo una analogía, en la Genética
del Desarrollo se pasa del gen unidimensional y las hojas blastodérmicas
bidimensionales a la morfogénesis tridimensional y al comportamiento
multidimensional.
¿Cómo definir el comportamiento? Para mí, la mejor definición
de comportamiento se la leí al Profesor Pinillos: por comportamiento
se puede entender “cualquier reacción a cualquier estímulo”.
La virtud de esta definición tan sencilla es que abarca todo tipo de
comportamiento, desde los tropismos y las taxias más simples a los comportamientos
más complejos como son los reflejos, los instintos, el aprendizaje y
la inteligencia.
El
estudio de la Genética del Comportamiento tiene varias dificultades como
son: 1) La dificultad de definir y valorar el carácter que se quiere
estudiar. 2) La distancia tan grande que hay —hablando en términos
genéticos— entre el genotipo y el fenotipo o pauta de comportamiento.
Pensemos en los receptores que reciben el estímulo, el sistema intermediario
nervioso o endocrino que lo procesan y los efectores que realizan la respuesta
y que todos ellos pueden estar genéticamente determinados. 3) En tercer
lugar hay que considerar la influencia del ambiente que puede interferir y modificar
la acción de los genes. En los estudios de genética del comportamiento
humano hay que ser muy prudentes, no podemos decir sin más ni más
que todo es debido a los genes —a la secuencia del ADN en los términos
de su pregunta— ni que los genes no juegan papel alguno y que todo es
debido al ambiente, como a veces se oye decir. En la especie humana hay muchos
caracteres de comportamiento en los que no hay duda alguna de que existe una
influencia genética y una influencia ambiental; lo importante es tratar
de dilucidar en qué medida influyen ambos componentes. En muchas situaciones
hay que huir de los determinismos genéticos absolutos, pasando a las
“predisposiciones” o “susceptibilidades” en término
de probabilidades.
—ECP: Libros como El mono desnudo de Desmond Morris, El pulgar del panda de Stephen Jay Gould y el archiconocido best-seller de Richard Dawkins El gen egoísta tratan, de modo ameno y entretenido, a la par que con rigor científico, cuestiones como la evolución de las especies, la paleontología o la genética, y tienen una más que aceptable acogida del gran público. ¿No cree que el científico debería poner más a menudo los pies en la tierra para desarrollar una labor divulgativa que contribuiría al acercamiento de la ciencia a la sociedad?
—JRL: Ya he hecho referencia antes a la divulgación científica. Lo que ocurre es que hay muchos magníficos científicos que ni oralmente ni por escrito saben divulgar su ciencia, lo mismo que siendo buenos científicos son malos profesores.
—ECP:
En el libro El gen egoísta la teoría que su autor trata
de desarrollar viene a decir algo así como que la gallina es la herramienta
que tiene el huevo para dar lugar a otro huevo, famoso aforismo de escritor
inglés Samuel Butler, pero llevado a la genética. Es decir, un
organismo vivo no es más que lo que estructuralmente su material genético
le exige que sea. ¿Considera usted que esta afirmación nos deja
indefensos en cuanto al comportamiento humano se refiere? ¿Qué
lugar ocuparía la ética y la moral si, al fin y al cabo, no somos
nada más que la consecuencia de lo que nuestros genes precisan para perpetuarse?
—JRL: Su pregunta resulta un tanto reduccionista y frustrante si las cosas fueran al pie de la letra como usted la plantea. Cuando se produce la fecundación de dos gametos se forma un cigoto que, tras un maravilloso proceso de desarrollo genéticamente controlado, dará lugar a un individuo de la especie a la que pertenecen los gametos en cuestión: a un ratón, a un perro o a un ser humano, según el caso. Respondiendo en forma parecida a una cuestión anterior que usted me ha planteado en esta entrevista, la información genética que tiene ese organismo en desarrollo le capacita a ser lo que es y comportarse como tal. El ser la consecuencia, entre comillas, de nuestros genes no nos impide desarrollar nuestros atributos morales.
—ECP: Han pasado poco más de sesenta años desde que Avery, MacLeod y McCarty demostraran que el “principio transformante” responsable del fenómeno de transformación bacteriana era el ácido desoxirribonucleico, es decir, que el ADN es el material hereditario. Unos pocos años después un jovencísimo Watson (sólo tenía 25 años por entonces) y el científico británico F. Crick publican el modelo estructural de la doble hélice en la revista Nature. Desde entonces la genética ha avanzado a pasos agigantados y a un ritmo vertiginoso. ¿Prevé que el futuro más inmediato sea tan “generoso” en cuanto a grandes descubrimientos o desarrollo de técnicas fundamentales en cuanto a la ingeniería genética se refiere?
—JRL:
Sí. La regla de oro de la investigación tiene tres componentes:
1) Hacer una pregunta importante; 2) elegir la especie biológica idónea
para tratar de responderla, y 3) utilizar la metodología conceptual e
instrumental más adecuada. En cierta ocasión realicé un
estudio sobre la historia de la genética a la luz de los premios Nobel,
dándose la casual circunstancia de que la genética empezó
con el redescubrimiento de las leyes de Mendel en 1900 y la Fundación
Nobel comenzó su vida en 1901, así es que se puede hacer un estudio
paralelo de la historia de la genética y los premios Nobel concedidos
a científicos de diversos campos de la genética. Hasta el año
2005 se ha concedido el premio Nobel en 31 ocasiones a 66 científicos
del ámbito de la genética, bien fuera por sus ideas geniales conceptuales
que supusieron hitos importantes en la ciencia genética —como,
por ejemplo, contestar a las siguientes preguntas: ¿qué son los
genes?, ¿cómo se organizan y transmiten?, ¿cómo
y cuándo se expresan?, ¿cómo cambian?— o a científicos
que introdujeron nuevas técnicas instrumentales que permitieron avanzar
en nuevos campos de investigación como son, por ejemplo, las técnicas
de secuenciación y de amplificación del ADN, las moléculas
de ADN recombinante, la mutagénesis dirigida, los anticuerpos monoclonales
o las endonucleasas de restricción. Todos los años, cuando se
acercan las fechas en el mes de octubre en las que se hacen públicos
los nuevos galardonados hago mi propia quiniela: yo creo que los científicos
pioneros en los campos de la genómica, las células troncales embrionarias
o los ratones transgénicos knockout mediante recombinación homóloga,
por ejemplo, pueden ser futuros candidatos a ser galardonados con el premio
Nobel.
—ECP: Por último, recomiéndenos un libro, de carácter científico o no, que le haya dejado un agradable sabor de boca.
—JRL: El último libro que he leído ha sido Anatomía del fraude científico de H. F. Judson, traducido este mismo año 2006 por Editorial Crítica. Me ha resultado muy interesante, aunque deja un cierto sabor amargo por lo que supone de falta de comportamiento ético en el mundo de la investigación. Es un libro aconsejable para ser analizado y debatido en seminarios o cursos de doctorado para formar a los jóvenes que inician su carrera científica, alertándoles para que no sucumban ante las muchas presiones con las que se van a encontrar.
—ECP: Muchas gracias por todo. Es un placer compartir unos minutos con alguien como usted.
—JRL: Muchas gracias a usted. El placer es compartido.