El
pasado 15 de abril, aprovechando la Semana Santa, emprendimos una aventura literaria
en forma de tertulia con la excusa de reencontrarnos con viejos amigos y conocer
a alguno nuevo. A la llamada Coloquial acudieron los infatigables Antonio Marín
Albalate, Antonio Aguilar y Francisco Javier Meca Guevara, siempre predispuestos
a compartir debates, literatura y cervezas.
El magnífico meeting point fue la librería
cartagenera Escarabajal, que ha sido galardonada con el Premio Librero Cultural
2005. Así, pudimos contar con el apoyo de Ana Escarabajal, mecenas de
la tertulia y portadora excelente de la visión de lo que es la poesía
actual desde un punto de vista del que muchas veces nos olvidamos, que es el
del librero, casi siempre un personaje quijotesco, pues es el verdadero enamorado
de los libros, no sólo amando de ellos su contenido, sino también
su continente.
Éste fue el resultado. Se dijeron muchas
cosas, pero de todo ello se puede extraer lo que ponemos aquí. Como había
que empezar de algún modo, Ángel Gómez Espada dejó
en el aire esta pregunta:
-Ángel
Gómez Espada [AGE]: ¿Por qué Isla Correyero no ha publicado
su famoso Mi coño azul?
-Antonio Aguilar [AA]: ¿No llegó a publicarlo? En la antología de Ellas tienen la palabra publicó algún inédito.
-Antonio Marín Albalate [AMA]: (Despistado, su estado habitual) Ah, ¿estamos ya? Pues venga.
-AGE: Hemos empezado hablando de ese gran libro que, al final, nadie sabe si llegó a publicarse o no. ¿Tú sabes algo, puesto que tuviste cierta relación con ella?
-AMA:
¿Con ella?
-AGE: Isla Correyero y Mi coño azul.
-AMA: No lo sé. Yo creo que no se publicó. Y me quedé con ganas de ver si realmente el coño de Isla era azul… Pues ya no tengo contacto con ella. Qué pena.
-Juan de Dios García [JDG]: Y también decíamos, Antonio, que Isla fue la responsable de Feroces.
-AGE: Es muy curioso, pues hay cuatro o cinco feroces que ya no lo son, que se han reestructurado, porque lo que proclamaba Isla Correyero era que en esa antología se daban una serie de poetas que iban en contra de todo aquello de la poesía de la experiencia.
-JDG: ¿Los feroces nacieron contra la poesía de la experiencia?
-AGE: De alguna manera, sí. Pero, bueno, creo que todos estábamos un poco en contra de cierta poesía de la experiencia. Sólo que ella lo hizo algo oficial.
-AA: A mí me molestó la etiqueta de feroces y me molestan todo ese tipo de etiquetas.
-AGE: La etiqueta más importante es la que viene después: marginales.
-AA:
Eso me molesta. Cuando tú conoces el mundo de la poesía y sabes
que cualquier poeta escribe para un público minoritario y sin un pensamiento
de triunfar, ni del halago de las masas -porque eso en la poesía no existe-,
el esfuerzo de una persona que se siente y escriba, contra todo, porque escribir
poesía hoy en día atenta contra cualquier
lógica
del tiempo moderno… Y que dentro de ese grupo haya unos que sean feroces
y otros que no, me molesta. Una persona de 18, 20, 30 o 40 años que se
sienta en su casa y escribe creyendo que llegará el día en que
eso lo podrá publicar y lo vaya a leer alguien… Eso me parece una
actitud totalmente feroz, aunque escriba en endecasílabos y utilice una
métrica y una rima totalmente comercial. Todo ese tipo de etiquetas para
desvincularse dentro de un grupo -que ya de por sí es minoritario- es
para dejarte fuera. Me molesta por eso.
-AGE: Eso conlleva que la ferocidad de esa gente, que su marginalidad, cuando está expuesta en una antología y es llevada a ciertas editoriales y se les da una enjundia que se pueden merecer, en seguida, si la antología se publica en DVD, por ejemplo, dirán, pues con estos marginales, vamos a apuntarnos el tanto y vamos a publicarlos nosotros. Dependerá de la editorial. O busca su sitio y publica a esos marginales o, como los poetas somos muy putas, nos venderemos. Si a ti te dicen: mira, chaval, tu poemario nos gusta mucho, pero estos dos poemas no convencen, me los quitas, y yo te publico el libro. Y el ochenta por ciento de los que somos ahora mismo los quitaría para publicar en esa editorial, por ganar el Adonais o por lo que nos propongan.
-JDG: ¿Y dentro de la lista de los feroces crees que hay alguno que se haya vendido fácilmente?
-AGE:
No digo que se hayan vendido. Tú puedes hacer un tipo de poesía
que puede considerarse más rupturista o menos tradicional, entendiendo
por tradicional lo que la gente ve como un soneto de Quevedo o de Ángel
González. A lo sumo, un poema de Brines. Pues si a esos lectores tradicionales
le pones delante un poema de Jesús Aguado, de Agustín Fernández
Mallo, de Vicente Luis Mora o a una Elena Medel citando a los Joy Division,
pues imagino que ese público sí que lo verá rupturista,
a pesar de que eso se lleva haciendo desde la Generación del 27. El propio
Alberti haciendo un poema a un portero de fútbol resultaba igual de rupturista
entonces. Han pasado ochenta años, pero la gente todavía sigue
haciendo esas diferencias.
-Francisco Javier Meca Guevara [FJMG]: Ahí veo yo la diferencia. A principios del XX los artistas creaban sus grupos, sus símbolos. Entre ellos competían, pero era una competencia sana. Lo malo es que la editorial entre en juego y catalogue. Uno se cataloga al principio, en su juventud. Si se quiere romper, que sea a título personal, no algo impuesto con fines lucrativos.
-AA: En los últimos años están saliendo en algunas editoriales antologías con un cuño muy significativo. Muchas veces son poetas que aparecen por primera vez editados, dada su edad o su trayectoria poética. Parece como si escribieran expresamente para que su poema aparezca en esa antología, con las características que marca o impone la propia editorial.
-JDG: ¿Eso te parece muy triste?
-AA:
Te plantea la sensación de que estás delante de algo que es fútil
y no necesario, sobre todo cuando salen antologías con unas marcas tan
fuertes, con tanto peso. Como la etiqueta de los Novísimos, que viene
orquestada por una campaña publicitaria que aún hoy se recuerda.
30 años después sigue siendo un aval para situarte dentro de la
historia de la poesía actual. Pero cuando la etiqueta es la de Feroces,
que no sirve para etiquetarte ni anclarte en un momento de la literatura, ni
esa antología ni esa etiqueta están haciéndote ningún
favor.
-JDG: Ahora estamos viviendo un momento editorial de continuo bombardeo de antologías. Desde las editoriales o desde los mismos ayuntamientos se ofrece una avalancha de antologías. De los poetas del sur, de los del norte…
-AA: Además, esto plantea algo fundamental. En el caso, por ejemplo, de la antología de Feroces la gran beneficiada es la antóloga. Este es un fenómeno que no se había dado antes y que ahora se da. ¿Quién se beneficia realmente de una antología? Su antólogo.
-AGE: Eso ocurre a partir de los Novísimos y Castellet. Y luego también algo similar con García Martín y su antología de Las voces y los ecos, donde rescató a la otra hornada de poetas: los Postnovísimos. Lo que presentaba García Martín aquí eran los marginales de entonces. Con el paso del tiempo se comprueba que esa gente de marginal no tenía nada.
-JDG: Tienen, como ha dicho Antonio, que son poetas. Eso es lo único que tienen de marginales.
-AA:
Ahora mismo nosotros estamos en una librería. Si te pones a buscar libros
de poesía, seguramente estén en un rincón y con un público
marginal. La propia poesía es marginal. Francisco Brines dice: “Yo
no tengo compradores, tengo lectores”. Y una fidelidad de mil o dos mil
lectores ya es. Esa cifra para un novelista sería ridícula, con
la que no volvería a publicar jamás. (…) Dentro de lo que
es la literatura en Murcia, me he dado cuenta de todos los buenos proyectos
de gente que empieza y que no han salido al margen de las instituciones que
aquí se prodigan. De las más famosas, parece que ninguna esté
aglutinando a los poetas murcianos. Por ejemplo, Javier Moreno, que ha publicado
gracias a un premio. O la marginalidad dentro de la marginalidad, que es el
proyecto de una editorial como «A la deriva». O una tal Raquel,
profesora del instituto Cascales, que se queda accésit del Adonais y
a quien nadie reconoce. Y luego vas a un acto institucionalizado o miras el
catálogo de la Editora Regional de Murcia y ves que esa gente no está
¿Eso quiere decir que la Editora Regional no hace nada por que la literatura
murciana salga de la Comunidad? Yo creo que no. Pero no lo digo como crítica
a la labor de la Editora, sino que lo veo como una función suya. Por
una parte, alientan a una serie de autores jóvenes que, de otra manera,
probablemente, no podrían publicar. Y, por otra parte, sirve para dar
testimonio de una serie de autores murcianos importantes, pero que, a lo mejor,
no han tenido el suficiente peso para que las demás editoriales nacionales
difundan. Es decir, cuando publicas en Murcia, ¿tienes un altavoz para
tu difusión cultural, igual que si publicas en Granada o en León?
-AGE:
La historia de la Editora Regional de Murcia siempre ha contado con muchos altibajos,
fomentados casi más por la política. El hecho de que estuvieran
los socialistas y luego el PP, un PP que abogó por destruir todo lo que
fuera literario… Hubo una época oscura en Murcia a principios del
gobierno Valcárcel. Luego, seguramente, vieron que con la cultura se
podía sacar tajada y volvieron a la carga con cosas como el Murcia Joven
de manera impresionante. Más tarde, hicieron desaparecer la sección
de literatura de ese premio. Y la Editora, de repente, volvió también
a resurgir. Empezaron con una política editorial válida, confiando
en textos que merecían la pena. Parecía que iban a seguir esa
trayectoria y, de la noche a la mañana, cada dos o tres meses se publicaban
seis o siete libros, todos al mismo tiempo, sin ton ni son. Y con eso la distribución
se resiente, porque no se puede enviar a un lugar como la Casa del Libro un
catálogo de ocho libros de autores desconocidos cada dos meses.
-JDG: En la reseña que en la revista Clarín Elena Medel hizo de tu Allí donde no estuve, Antonio, se alude a él como tu primer poemario, cuando tú has sido para nosotros una referencia en Murcia antes de ese libro. Sin embargo, parece que con la publicación en Rialp es cuando acabas de nacer, lo que da una sensación penosa de malditismo provinciano.
-AA: Mi primer libro, que se publicó en Granada, pasó desapercibido en Murcia. Acaso una crítica modesta. Y con el premio Oliver Belmás fue cuando algunas personas empezaron a hacerme caso. Pero luego vi que lo que buscaban era el vasallaje. Hemos caído en el vicio de pensar que el crítico literario es más importante que el propio autor, quizá por el hecho de que el crítico siempre va a estar en la página de los diarios. El poeta que antologa estará nada más que esa semana, y siempre que el diario quiera, como pasa en La Verdad, que saca las reseñas que determinadas personas quieren.
-AMA: Ahí me sumo. Me parece infame cómo lleva La Verdad sus suplementos culturales.
-JDG:
Josep Maria Rodríguez me decía que él vive en la marginalidad
dentro de la marginalidad porque es un poeta catalán que vive en Lérida.
Lo mismo podemos decir de los que viven en Murcia, Extremadura o Cantabria.
Y encima, en Murcia, nos han quitado el Ardentísima.
-AMA: No, no ha desaparecido. Se ha trasladado a Puerto Rico este año.
-AGE: A pesar de cierta desorganización, era un lujo, por ejemplo, que Jodorowsky te leyera unos poemas a dos pasos de tu casa.
-AA: Tú llegabas de madrugada a tomarte una copa y estabas escuchando a Brines o a Luis Antonio de Villena. La mejor manera de participar en Ardentísima era de manera anónima. Porque no hay que olvidar que la literatura es un hecho feliz. Todo lo que distorsione esa felicidad es mezquino, aunque también pueda mortificarnos. Rilke en sus Cartas dice que si quieres escribir, tienes que ordenar tu vida para ser escritor. Y hoy en día, los escritores queremos una comodidad, no pasar miserias, aburguesarnos, y que de vez en cuando, por ejemplo, te inviten a un acto. Con eso nos basta para alimentarnos el ego. Antonio Soler comentaba después de haber ganado el Herralde con Las bailarinas muertas que no podía dejar de lado las colaboraciones periodísticas si quería seguir viviendo.
-JDG: ¿Antonio, tú tienes un horario para escribir?
-AA: Yo me considero escritor las 24 horas del día. Porque mi forma de ver el mundo es una forma poética. Mi horario de trabajo son las horas que me siento a leer. No concibo escribir sin leer. Horario de trabajo lo entiendo en un narrador. No veo al poeta escribiendo durante cuatro horas poesía. Creo que podríamos vivir sin escribir, pero no sin leer. Y ése es el verdadero trabajo del poeta. Es una actitud. La limpieza que yo hago en casa es la de ordenar y mover mis libros de un lugar a otro. De la mesilla de noche a la cocina o del aseo al sofá.
-AGE: Siempre que nos pongan en la disyuntiva de renunciar a escribir o leer, creo que renunciaríamos a lo primero. Al menos, en mi caso.
-FJMG: Un poeta puede incluso renunciar a publicar.
-AGE: La publicación es una consecuencia del enorme ego que hay dentro de cada poeta.
-JDG: ¿Os imagináis un narrador sin publicar? Yo no conozco a ninguno que renuncia a ello.
-AA:
Pero yo considero legítimo que un autor quiera estar siempre figurando.
-FJMG: La escritura es trasmitir a los demás. Hay que alimentar a los buenos lectores. Cojamos buenos lectores, excluyendo de ahí a los poetas.
-AGE: Lo del buen lector es algo utópico. En mi caso, cuando más he disfrutado en una lectura de mis poemas ha sido con público de institutos, que no te conocen de nada. Es muy motivador. Gente virgen que, si sabes transmitirle algo, te lo va a agradecer de alguna manera. No quiero decir que ya te sea fiel eternamente, pero no es un público corrupto, que más que como lector acude a los recitales como autor, para comprobar que nada tiene que envidiarle a quien viene a leer.
-AMA: Estoy de acuerdo con que el mejor público es el de colegios o institutos.
-JDG: Yo prefiero el universitario.
-AGE: Sí, pero ese público es más prejuicioso. Sí es cierto que el público universitario femenino es el mejor que hay. Te concentras mejor con sus culos primaverales y todo lo demás. Pero una buena Lolita disfrutando con tu poema…
-AA: Pero cuando eres profesor, como es nuestro caso, se te despierta un instinto paternal muy fuerte.
-AGE: Si nos centramos en el tema de la Lolita de Nabokov, también es cierto que el autor ruso consigue levantar en el lector ese sentimiento paternalista del que habla Antonio. Estamos mucho más de acuerdo con la visión de Lolita que con la de Humbert Humbert. Se supone que ella es la mala de la novela, pero todos nos ponemos a su favor. Quizá porque, al fin y al cabo, es una niña. Como nos puede pasar con Lázaro de Tormes, que nos es simpático porque es un niño.
FJMG: También hay paternalismo en Muerte en Venecia. Mezclado con algo de ambigüedad.
(Después
de unos minutos desvariando sobre temas algo anodinos, se incorpora Ana Escarabajal,
la responsable de la librería que nos acoge. Antes casi de que pueda
sentarse, Juan de Dios ya la está atacando)
-JDG: Danos tu punto de vista sobre la poesía. ¿Se vende poesía en una ciudad como Cartagena? (Risas)
-Ana Escarabajal [AE]: Sí, sí, claro. La gente está muy equivocada. Yo creo que en España hay una revitalización de la poesía. Se está empezando a leer y a vender más. Teniendo en cuenta que siempre fue un género para las minorías. Pretender que sea como la narrativa es totalmente absurdo. Además, para leerla y entenderla hay que tener una sensibilidad especial. Es una lectura mucho más intimista. El lector de poesía, si entendemos como espiritualidad algo referente al yo, a la interioridad, es un lector que tiene muy desarrollada esa faceta. Pretender que en las librerías la poesía se compre igual que la narrativa es imposible. La narrativa tiene mucho de cine en la actualidad. La poesía no es tan visual, tan gráfica.
-FJMG: Yo he comprado aquí un poemario, Tierra leve de Pedro Sevilla, editado por Renacimiento. ¡Por un euro! (Risas)
-AGE: Hablamos de una minoría en cuanto a la poesía, pero creo que un narrador que sólo escribe cuentos está todavía más perdido que un poeta. Julio Camba o Miró, que son los grandes, nunca van a tener la misma repercusión que sus compañeros de generación novelistas. Vivir del cuento ya es algo peyorativo. La misma expresión ya se extrapola a ciertas imágenes.
-AE:
Esto sucede sólo en España. Nuestra tradición lectora quedó
truncada. Nos marcó en la cultura, no sólo en la educación.
Nos quedamos atrás en muchísimos procesos: culturales, de evolución
lectora… ¿Qué
paso
en Europa en aquellos años? Yo, que viví esa generación,
no me enteré hasta que llegué a Madrid de que había otra
historia. En Europa hubo un cambio que precedía al de inicios del siglo
XX del que nos llegó una mínima parte. En Inglaterra y en Francia
hubo una gran proyección del relato corto en la década de los
cincuenta, igual que ahora se da de poesía en toda Europa. En España
no hay gusto por el relato corto, no se lee, no sé por qué. Está
infravalorado. Y algo en favor del cuento está ocurriendo con la literatura
infantil y juvenil, que ya pasaba hace mucho en Europa, donde este género
de literatura se vendía junto a la de los adultos, no había ninguna
desvinculación. Ahora los editores siguen apostando y ya hay gente que
empieza a comprar libros de relatos ilustrados para adultos con el fin de regalarlo
a otra persona, que es un acto que puedes ver en cualquier librería europea.
Parece que hay una apuesta por recuperar el tiempo perdido.
-AGE: La expansión cultural que supuso la II República fue maravillosa. Se dieron cosas como la Residencia de Estudiantes…
-AE: Y editoriales como Castalia, Biblioteca Nueva, Espasa… Y estaban dirigidas por poetas, gente vinculada totalmente, con lo que se logró un despertar poético que desembocó, por ejemplo, en la generación del 27.
-AGE: Y yo me imagino que un artista, por mucho que fuera contrario a esa ideología republicana, tendría que ver con buenos ojos ese aperturismo, porque al artista y al creador lo favorecía y lo estimulaba.
-AA: Conviene recordar que los gobiernos que hubo durante la II Republica fueron, mayoritariamente, de derechas. A pesar de eso, fue un momento de ilusión. Quizá es una visión romántica la que tenemos, pero que creo que se corresponde con lo que fue. Después se vivió una miseria intelectual impresionante. En mi casa había un libro secreto de Blasco Ibáñez, sus obras completas en Aguilar. Pero esa época que vivimos al final de la dictadura nos sirvió para descubrir a América. Mientras aquí vivíamos en dictadura…
-AGE: ¡Es verdad, allí no había dictaduras! (Risas)
-AA:
…Y con todo el caos socio-político que los convulsionaba hubo un
sostenimiento de una literatura y se publicaron autores que aquí estaban
prohibidos. Hubo una especie de salvación paralela.
-AE: El señor Losada hizo por España lo impensable. Por él descubrí a Whitman traducido por León Felipe. Después la traducción de Borges, pero no se puede comparar con ésa. La de León Felipe es el erotismo llevado a su máximo exponente.
-AMA: ¿Recordáis la Antología Rota de León Felipe que se publicó en Finisterre? Es genial, cuando dice aquello de: «Obispos buhoneros / devolved las baratijas a su sitio, / los ídolos al polvo / y la esperanza al mar». Cuando descubrí a León Felipe me lo pasaba bomba.
-AGE: Qué curioso, porque ahora en España los políticos ponen de moda ciertos libros. No me importaría hacer una encuesta para ver cuántos compraron y cuántos leyeron las Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar después de que las publicitara Felipe González en televisión.
-JDG: Es que los políticos ponen de moda unos libros… Yo he visto en el Carrefour un libro de Samuel P. Huntington, un ensayista norteamericano que escribió El choque de civilizaciones, algo inconcebible de ver en los grandes almacenes. Y todo fue porque se dijo que era el libro favorito de Zapatero.
-AGE:
Aznar puso de moda a Cernuda… (Risas)
-JDG: El poder mediático de un político es inaudito. Y, sin embargo, Machado se ha librado de todo esto, porque siendo republicano luego fue venerado durante el franquismo.
-AGE: Eso quiere decir que hay gente que está por encima de ideologías, y que Antonio Machado es tan enorme que su obra se encuentra por encima de todo eso.
-AA: Como estamos acabando, yo me quedaría de lo que hemos dicho hoy con lo de la lectura como placer. Ana ha devuelto ese placer a esta tertulia. Al principio hablábamos como cabreados.
-AGE: Para una ciudad es muy importante una librería activa como pueden ser Escarabajal o Diego Marín. Un punto de referencia, donde ves que cada día hay libros nuevos, que no existe un anquilosamiento en sus estanterías, que hay un ir y venir de gente de todas las edades… Eso es fundamental para una ciudad, donde se establecen pequeñas tertulias como ésta, de manera improvisada. Se convierte en un punto de encuentro.
-AE: Yo vivo en el almacén. No me queda otro remedio. No permito que salga nada sin que yo lo haya revisado e intento que haya un constante fluir de libros. Y tenemos unos costes altísimos en el tema de la devolución. En cualquier lugar del mundo, excepto Grecia, España y Portugal, el librero ve primero los libros, pide lo que quiere, vende directamente a las bibliotecas, etcétera. Pero en ese sentido aquí seguimos con el régimen franquista. No ha habido ningún ministro de cultura que haya cogido ese toro…
-AGE: Para terminar, me gustaría que dijerais la última novela y el último poemario con el que realmente habéis disfrutado.
-JDG:
Mi novela es El cielo protector de Paul Bowles. No he visto la película
de Bertolucci, pero no creo que sea fácil de ver. Y de poesía
La caja negra de Josep M. Rodríguez, que ganó el premio
Emilio Prados.
-AE: Ahora mismo estoy disfrutando con El viaje a la felicidad de Eduard Punset. Y de poesía, como iba ir a Grecia, a echar allí las cenizas de una amiga, estoy releyendo a Kavafis. Pero finalmente no pude ir a Grecia. Ah, también me ha encantado Maram Al-Masri.
-FJMG: Yo estoy con Isabel de André Gide. Y de poesía Réquiem de Anna Ajmatova.
-AMA: Que me haya impactado últimamente La Certeza de Eloy Sánchez Rosillo. Y siempre la relectura de Gamoneda. De novela leo poco. Bueno, ayer terminé El lápiz del carpintero de Manuel Rivas.
-AGE: De poesía ha sido Cantar de ciego de Vicente Gallego. Y de novela Las partículas elementales de Michel Houellebecq, maravillosamente desolador.
-AA: La novela ha sido El malogrado de Thomas Bernhardt, la historia de tres músicos. Y de poesía Jean Fontaine Odisea de Fernández Mallo.
Y
así dimos por terminada esta muy improvisada tertulia y nos fuimos a
continuar el repaso a los libros de nuestras vidas y a las vidas nuestras que
giran en torno a los libros en un bar con unos vinos. Fuimos felices y comimos
perdices.
Nuestro sincero agradecimiento a los que en ella
participaron.

Entrevista: Andrés González Castro
«DIÁLOGO DE SOMBRAS»
Tres
años después de publicar Las horas y los labios (DVD),
el poeta barcelonés Eduardo Moga da a conocer Soliloquio para dos
(La Garúa). Un único poema largo vertebra un libro singular en
que colabora estrechamente con el artista José Noriega hasta el punto
que el poemario es más una obra colectiva que la habitual ilustración
a posteriori de lo previamente escrito.
Eduardo Moga, ese monte de miembros eminente,
lector voraz, traductor, crítico, poeta, me atiende con su acostumbrada
cordialidad. Y si en su último libro son seres anónimos los que
se desnudan para mercadear con el cuerpo, él se desnuda para, en cambio,
enseñarnos algo que podríamos llamar el alma. Todavía.
—EL
COLOQUIO DE LOS PERROS (ECP): En tu Letanía a modo de poética
explicas in extenso por qué escribes. ¿Podrías explicar
a nuestros lectores cuáles son esos motivos?
—EDUARDO MOGA (EM): La poesía es una gran prótesis: con ella nos completamos. Yo completo el afecto que no me dio mi padre. Escribo para complacer a mi padre muerto. Escribo para que me quieran más. Quienes son felices no escriben versos.
—ECP: ¿Ves una continuidad entre tus diferentes entregas poéticas? ¿Qué semejanzas y qué diferencias adviertes entre ellas?
—EM: Sí, hay una continuidad esencial, basada en la creencia en el poder transfigurador del lenguaje. Siempre he creído que la experiencia lingüística transforma la experiencia real, es más, que la experiencia lingüística es la experiencia real, en la que confluyen —y se modifican— todas nuestras percepciones, sentimientos y actos. Las diferencias tienen que ver con la paulatina afilación de esa creencia: en mis primeros libros, era una convicción intensa y derramada, juvenil; en los últimos apunta a un acendramiento, a una depuración mayor.
—ECP:
Tu poesía siempre está marcada por la urgencia, es apasionada,
avanza a trompicones. De manera significativa, titulaste Poesía pasión
a una antología de jóvenes poetas. ¿Has pensado en el porqué
de estos borbotones?
—EM: La respuesta a esta pregunta está implícita en la anterior. Aunque no estoy de acuerdo con que mi poesía fluya sólo a trompicones o borbotones. En todos mis poemarios procuro conjugar lo discursivo y lo explosivo, el flujo y la eclosión. Ése es uno de los equilibrios que más me desafían y que, por lo tanto, más me interesan. Todos mis libros son orgánicos, es decir, no son una mera acumulación de poemas independientes, sino que están compuestos como una unidad, con un propósito abarcador; en todos utilizo una misma forma, ya sea el verso libre, alguna modalidad de escansión o el poema en prosa; y alguno es incluso un poema unitario, como La luz oída o Soliloquio para dos. En todo caso, la reunión de lo lógico —lo articulado— y lo cantado —lo magmático— obedece a una voluntad de unión, que es fundamental en mi poesía: yo pretendo reconciliar los opuestos, reparar, mediante la palabra, la escisión cósmica a la que estamos condenados por el solo hecho de morir.
—ECP: Has pasado de los alejandrinos blancos de La luz oída al cultivo del poema en prosa. ¿En qué molde expresivo encaja mejor tu poesía?
—EM:
Cada libro busca su forma. No tengo, pues, un molde preferido, aunque es cierto
que últimamente abundo en el poema en prosa. Siento que se adapta mejor
que otras formas al flujo del pensamiento y al propio hacerse de la palabra.
El libro en el que estoy trabajando ahora, aún sin título, es
un poemario en prosa. Aunque el próximo que verá la luz, Cuerpo
sin mí, está escrito en versos impares y blancos.
—ECP: Gimferrer afirmaba en una reciente entrevista que sus poemas en prosa lo son sólo aparentemente, puesto que se sujetan a los metros italianos. Los poemas que escapan a esos metros los tilda peyorativamente de “prosa recortada”. ¿Coincides en esta concepción poética?
—EM: No. El poema en prosa que oculta metros no es, en realidad, poema en prosa, sino “versos alargados”.
—ECP: ¿Hacia dónde va tu poesía o hacia dónde te lleva?
—EM: Como ya he señalado en alguna de mis respuestas anteriores, siento que mi poesía se dirige hacia la esencialización, dentro de mi creencia, aún no desmentida, en el poder del verbo. Sin embargo, digo “aún no desmentida”, y dudo. Porque cada vez se me hace más difícil componer versos. Necesito más tiempo para que fluyan, y muchísimo más para corregirlos, que en mí es una función tan o más importante que alumbrarlos. ¿Desconfianza? ¿Cansancio? ¿O será que tengo ya 43 años?
—ECP: En tus versos sorprende a veces la presencia de lo escatológico, de las funciones corporales. ¿Qué motiva esta presencia recurrente?
—EM:
Todos tenemos metáforas obsesivas, símbolos en los que encarnan
nuestros deseos y nuestras angustias: una de las mías es el cuerpo y
sus funciones. Vislumbro tres motivos para ello: mi absoluto materialismo, que
me lleva a creer en la carne como uno de los pocos asideros que nos ofrece el
desvarío sin sentido de la vida; mi convicción de que todo puede,
es más, de que todo debe ser dicho en poesía, lo que
me lleva a asumir el reto estético de incluir referencias hirientes o
escatológicas en mis poemas y de transmutarlas en poesía; y el
hecho de que mi mujer es anatomopatóloga: gracias a ella he descubierto
cuánta poesía ocultan los informes forenses.
—ECP: ¿Qué influencias más sobresalientes destacas en tu manera de concebir la poesía?
—EM: Soy poco original al respecto. Me declaro devoto de San Juan de la Cruz, Cervantes, Quevedo, el simbolismo francés, el surrealismo, Juan Ramón, la generación del 27 al completo, Proust, Saint-John Perse, Vallejo, Borges, Paz y Neruda. Entre los autores españoles vivos, me considero discípulo de Manuel Álvarez Ortega y Antonio Gamoneda.
—ECP:
Has traducido del inglés, del francés y del catalán a autores
tan dispares como Charles Bukowski y Ramon Llull. ¿Qué te mueve
en cada momento a la elección de nombres tan diversos?
—EM: Las propuestas editoriales. En general, mis traducciones responden a encargos. Si en alguna ocasión la iniciativa ha sido mía, he buscado a alguien muy alejado literariamente de mí: traducir a los similares a uno me parece onanista; en cambio, enfrentarme a propuestas ajenas a mi sensibilidad me obliga a repensar el acto poético y sus estrategias. Y eso me inyecta una tensión muy estimulante.
—ECP: ¿Qué nueva vuelta de tuerca das en tu último libro, Soliloquio para dos?
—EM: He querido hablar del alma cuando ya nadie habla del alma. Y he querido hacerlo dialogando con unas imágenes que muestran las miserias del cuerpo.

Entrevista: Ángel Gómez Espada
«LOS MAPAS DE LAS AFUERAS»
¿Cómo
se puede estar uno en boca de todos en pleno siglo XXI con sólo dos libros
y sin llamarse Juan Rulfo?
Este enigma, que bien podría ser tomado
en futuras entregas por el mismísimo Dan Brown, es lo que intentaremos
resolver en esta entrevista. Particularmente, estábamos ansiosos porque
nos llegara este momento. Tan amable como siempre, García Casado, cordobés
nacido en 1972, poeta y editor, ha accedido a concedernos unos minutos de su
tiempo, regalándonos un inédito de un libro futuro. Fans como
somos de sus Las afueras (Dvd, 1997) y su El Mapa de América
(de la misma editorial y publicado en 2001) nos quedamos con su manifiesto
madridismo, ahora que no es tan fácil.
Las afueras, su carta de presentación,
se ha convertido en un poemario best seller. A pesar de eso, coincidió
con la crítica y recibió el premio Ojo Crítico de RNE y
se agotó rápidamente. Mucho tuvimos que esperar a verlo de nuevo
en papel. En aquellos días García Casado se ofrecía a mandarte
un ejemplar vía e-mail.
Colabora en un periódico y comparte página
web con el también autor cordobés Salvador Gutiérrez Solís.
Ha sido traducido al portugués y al inglés y ha conseguido, lo
que tiene un mérito extraordinario en los tiempos que corren, unificar
criterios entre los grandes antólogos del país, que se dan de
tortas por incluirlo en sus recopilaciones exhaustivas de poesía contemporánea.©

—EL COLOQUIO DE LOS PERROS (ECP): ¿Qué le pide García Casado a la poesía y al poema?
—PABLO GARCÍA CASADO (PGC): Le pido que diga algo que está más allá de las palabras. Que sea capaz de mostrar las obsesiones individuales y colectivas. Que sea honesto con el material sensible que maneja.
—ECP: ¿Te has arrepentido alguna vez de haber participado en una antología?
—PGC: No. Todas ellas, a pesar de la distancia, hicieron que mis poemas fueran leídos por más gente. Y eso siempre es bueno.
—ECP: Dinos algo positivo que veas en las antologías y algo que te moleste sobremanera de ellas. ¿Opinas que hoy en día ciertas antologías se conciben con la única pretensión de darle notoriedad al recopilador de textos?
—PGC: Creo que el antólogo suele ser una persona bastante generosa con las personas a las que incluye. Pero quizá parte demasiadas veces de una idea preconcebida de lo que debe ser, en su opinión, la poesía. Y eso le lleva a hacer clasificaciones no demasiado matizadas de los autores. No creo que sea problema del antólogo en exclusiva, sino de un momento en que la crítica anda un poco perdida, y quizá le falten referentes para entender lo que está pasando. En cuanto al protagonismo, no creo que sea mayor que la vanidad que acumulamos los propios poetas.
—ECP: Has sido antologado por Isla Correyero y por José Luis García Martín. En Feroces había una etiqueta con la que no estamos muy de acuerdo. ¿Qué dejaste de ser antes por amor a la poesía: radical, marginal o heterodoxo?
—PGC: Eran tres adjetivos que, pese a su estridencia, no tienen mucho peso. Tres adjetivos que se le pueden aplicar a cualquier poeta actual. Yo me conformo con escribir mis cosas, a mi manera. A tener un puñado de buenos lectores y a que las críticas tengan la misma honestidad y el mismo respeto con que yo me tomo la poesía.
—ECP:
Y, como dice el poeta Antonio Aguilar, ¿no es uno ya bastante marginal
siendo poeta como para inventarse ciertas etiquetas que parecen sacadas para
hacer subgrupos dentro de la propia marginalidad que es la poesía como
acto de lectura y de creación?
—PGC: Lleva razón Antonio Aguilar. Hay quien se atribuye el adjetivo de marginal para esconder su propio fracaso como poeta.
—ECP: Las afueras, tu primer poemario, que alcanzó la segunda edición y que casi se puede decir que se ha convertido en uno de los últimos best-seller, fue el punto de partida para una nueva poesía cordobesa emergente que ya es una realidad, con actos tan tangibles e importantes como Cosmopoética. ¿Ha pensado alguna vez García Casado en las puertas que le ha abierto a otros jóvenes poetas de su ciudad?
—PGC: Lo verdaderamente significativo es el trabajo y el talento de los que están debajo de la lámpara o delante del ordenador escribiendo poemas. Creo que se han dado sinergias positivas para que aparezcan nuevos poetas, entre ellas el aspecto formativo, esencial en los más jóvenes. Pero el talento y el trabajo es responsabilidad exclusiva de los autores, y no de una ciudad, y por supuesto de un festival. No olvidemos que Cosmopoética es eso, un festival de poesía, que recoge los frutos. Pero es necesaria, y en ocasiones se olvida, una siembra previa.
—ECP: ¿El amor en Las afueras es un amor prohibido y sucio siempre, un amor sin futuro?
—PGC: No creo que sea sucio. Desde luego es un amor muy material, muy físico. ¿Futuro? Bueno, en ese tema, yo sólo puedo pensar en los Sex Pistols.
—ECP: Visto con la distancia y la autocrítica, ¿el éxito de tu ópera prima Las afueras fue desmesurado o merecidísimo?
—PGC: Tuvo mucho de fortuna, desde luego. Del merecimiento, no soy la persona más adecuada para opinar.
—ECP:
El mapa de América tiene una estética semejante, al menos
eso nos parece, al film París Texas. ¿Su visión
de USA es tan deprimente como la de los personajes que en su poemario aparecen
o es una visión de cualquier sociedad occidental?
—PGC: Por supuesto es una reflexión global. Creo que América es un símbolo de una sociedad como la actual que cree que tiene derecho a la felicidad, y que siempre es posible empezar de nuevo. Una sociedad que vive en continua especulación.
—ECP: Dinos que hay algún proyecto por ahí pronto a publicar.
—PGC: Hay dos proyectos. Uno que se eterniza en la editorial Berenice-Plurabelle y otro, mi futuro libro de poemas, que saldrá probablemente en DVD ediciones el año 2007 o 2008.
—ECP: Has apostado por compartir una página web con Salvador Gutiérrez Solís. ¿Crees que internet ha servido para que la literatura no caiga en desgracia o, por el contrario, es un caldo de cultivo para que cualquiera que tenga paciencia y tiempo pueda dejarnos sus inquietudes y escritos?
—PGC: Creo que internet es un espacio imprescindible para la literatura de ahora. Está cambiando nuestra manera de mirar la realidad y de comprender el mundo.
—ECP: ¿Nos puedes recomendar, para terminar, un libro del año pasado que te haya llamado la atención?
—PGC: Quiero recomendar Resurrección de Manuel Vilas.
—ECP: ¿Por qué?
—PGC: Es un libro que habla del tiempo en que vivimos, con un vigor y una potencia desconocidos. Es un libro que abruma, que llega hasta el tuétano.

Ofrecemos un poema inédito de Pablo García
Casado:
CENA
para Alberto Tesán
Se les llena la boca cuando hablan de la casa. Cuando hablan de dinero y del esfuerzo en ganarlo. Ella pasea entre sus cosas como una reina. Señala los manteles, los platos, cada paño que atesora en los muebles de la cocina. Él nos ofrece una cerveza, la humedad de la copa es el sudor de su frente. Hay que hincar las rodillas y agachar la cabeza, dirá él, mucho más tarde. Pero ahora dan gracias a Dios por estar como están, por tener lo que tienen. Pasta fresca, queso de untar, un rioja discreto que apuramos como delicia.

Entrevista: Diego Reche
«REFLEXIONES POÉTICAS»
En su
último libro, Sol de noviembre (Númenor, 2005), dice
el compostelano Miguel d’Ors en el poema ‘Correo ordinario’
que no le gusta el e-mail, que con él se pierden muchas cosas. Les recomiendo
que lo lean, él lo cuenta mucho mejor que yo. Así que esta entrevista
siguió los cauces del correo ordinario.
Sirva la siguiente anécdota para conocer
la precisión poética del entrevistado. Para una lectura pública
ante adolescentes le pedí un poema. Yo, al copiarlo para mis alumnos,
me despisté y cometí un error: en uno de los endecasílabos
debía decir «la tarde se desangra hacia Granada»
y puse «la tarde se desgrana hacia Granada». Aquella simple
variante fonética la aprovechó Miguel para hablarnos de cómo
pasar de una aliteración a una cacofonía, de cómo se podía
romper la imagen visual que pretendían aquellas palabras, y sin darnos
cuenta, resquebrajar un poema. Es decir, en la poesía de Miguel d’Ors
todo está calculado, desde los vericuetos temáticos hasta la musicalidad
de los sonidos de un verso.
Su obra poética, que se inicia en 1972
con Del amor, del olvido llega a nuestros días (diez libros
y dos antologías) con unos caracteres precisos y una voz claramente definida
y diferenciada: el desdoblamiento del personaje poético, la metapoesía,
el tiempo, lo cotidiano, lo familiar, la infancia, la ironía… Estos
son algunos de los rasgos de su obra de la que han hablado los críticos.
E interesante es también su labor teórica en el panorama de la
poesía actual. Estas fueron mis preguntas y sus respuestas.
—EL
COLOQUIO DE LOS PERROS (ECP): ¿Por dónde van los tiros de la poesía
de principios de este siglo? Intuyes novedades, hay demasiados ecos o los árboles
aún no nos dejan ver el bosque?
—MIGUEL
d’ORS (MdO): Me parece que 1) al cabo de cierto tiempo de vigencia, todas
las opciones estéticas se lexicalizan, pasando a ser algo distinto y
algo peor; 2) en una época tan “comunicada” como la nuestra
esa lexicalización se consuma con mucha más celeridad que, por
ejemplo, en la Edad Media; 3) la “poesía de la experiencia”,
“figurativa”, “realista”, “de línea clara”,
o como se prefiera llamar a la que predominó en las décadas de
1980 y 1990 ya ha cumplido su ciclo (muy brillantemente, por cierto, y esto
el tiempo lo pondrá en claro); 4) las alternativas que preferentemente
han propuesto los poetas más jóvenes apuntan bien hacia una “poesía
metafísica”, bien hacia el “realismo sucio”, bien hacia
una recuperación del irracionalismo y del tono vanguardista en general
—a menudo con unas gotas de descaro juvenil, otras de inmoralidad y otras
de feminismo (o feminismo juvenil inmoral)— bien hacia una modalidad de
la
poesía
de la experiencia marcadamente humanista y que podría llamarse “comprometida”,
dejando bien claro que se trata de un compromiso de signo desvergonzado y provocadoramente
católico; y 5) el realismo sucio es un producto anti-sistema, bastante
repugnante, que el sistema —que no es menos repugnante— asimila
y comercializa estupendamente, pero ahora mismo está en manos de gente
con talento muy limitado, de modo que todo lo posterior a Roger Wolfe me resulta
epigonal. Tampoco hay mucho talento en las ocurrencias chisporroteantes de esos
adolescentes tan ingeniosos y descarados: podrán divertir a la basca
durante un rato, en una pausa del botellón, como podían divertir
a algunos Licenciados Vidriera las de los “novísimos” —que
por cierto parece que se están vindicando de un tiempo a esta parte—,
pero en el orden de la cultura son cosas insignificantes: no iluminan ni enriquecen
de ningún modo el espíritu; son ruido que sirve sólo para
ocupar un tiempo, para situar a sus autores bajo los focos engañosos
de la “actualidad cultural” y para auparlos al “poder literario”
por una temporadita. A fin de cuentas, alboroto, luces: nada. La “poesía
metafísica”, que en manos más o menos valentinas, gamonedianas
o vallisoletanas es un pestiño de mucho cuidado, en las de Carlos Marzal,
Vicente Gallego o Lorenzo Oliván, poetas con talento archidemostrado,
resulta francamente bien, pero bien, sólo en el plano estético;
porque hacer “poesía metafísica” puede ser una gran
idea si se hace a partir de las convicciones de un Dante, un San Juan de la
Cruz, un John Donne o un Quevedo, pero hacerla a partir de fundamentos tan falsamente
metafísicos (o tan abiertamente antimetafísicos) como los que
la posmodernidad mantiene y vende con ese nombre —me refiero a religiones
orientales (o más bien desorientales), LSD, tarot, espiritismo, kamasutra,
New Age, Nueva Acrópolis y otras baratijas mentales— es un viaje
de alcance previsiblemente corto y de provecho previsiblemente escaso. Así
que, valorándolo todo, yo, porque “quasi nulla aesthetica sine
etica”, me quedo con los García-Maíquez y el grupo de Númenor:
los heterodoxos y marginados. De todos modos, y esto es lo más importante
que tengo que decir a este respecto, lo que cuenta no son las buenas teorías
sobre la poesía sino los buenos poetas.
—ECP: ¿Por qué la ironía es uno de los principales temas de la poesía actual? ¿Surge siempre cuando se agotan los temas o es que el poeta la necesita para no caer en el tópico, por eso de ser lector antes que poeta?
—MdO:
No es tanto un tema como un mecanismo de defensa. Es curioso comprobar cuántos
poetas jóvenes insisten últimamente en sus declaraciones teóricas
en la vinculación entre poesía y vida, tan negada en los años
de hegemonía “novísima”. La poesía, según
muchos de ellos, ha de reflejar la vida, se nutre de la vida, etc. Esto es un
rasgo de romanticismo, claro. Pero, por otro lado, les da vergüenza aparecer
como demasiado confesionales y autobiográficos —demasiado románticos—
(acaso porque son conscientes de que el alma posmoderna no suele ser muy presentable).
A los ingleses de la era victoriana les ocurrió algo semejante, creo
—tampoco podían estar muy orgullosos de sus almas—. Y por
eso recurrieron a triquiñuelas como el monólogo dramático.
Estos poetas españoles de ahora echan mano de una serie de estrategias
que cumplen una función distanciadora y, al mismo tiempo, confesional:
el propio monólogo dramático, aquel descubrimiento simbolista
que Eliot llamó el “correlato objetivo” y Bousoño
el “símbolo bisémico” o “heterogeo”, el
uso de la segunda persona como máscara de la propia subjetividad, la
tercera persona que sirve como disfraz de la primera, el desdoblamiento del
autor en dos o más personajes distintos y enfrentados (de los cuales
ninguno y todos son él), el “poema de personaje histórico”,
en que el poeta proyecta su subjetividad, como sobre una pantalla, sobre una
figura o máscara, bien caracterizada —y esto la separa del uso
de la tercera persona con valor de primera— y más o menos familiar
para el lector, situada en una determinada circunstancia, y la ironía,
o, más exactamente la ironía consistente en reírse del
propio sufrimiento, porque la ironía dirigida a lo externo es mucho menos
frecuente entre los últimos poetas. Algunos
románticos,
como Heine o Espronceda, se adelantaron también en esto. A la luz de
lo que estoy diciendo, no es nada extraño que los poetas más jóvenes
pongan mucho énfasis en que la poesía es ficción, artificio
o artefacto, y hagan mucho hincapié en la diferencia entre el personaje
poético y el autor de los poemas. Quizá la insistente presencia
en la poesía española del último cuarto del siglo XX de
todos estos procedimientos que tienen en común el propósito de
eludir la intimidad, pero aludiendo al mismo tiempo a ella, evidencie precisamente
una necesidad insoslayable de expresar el propio yo. Hace ya varios años
escribí que, a mi modo de ver, la poesía española posterior
a 1975 se caracterizaba por presentar contenidos románticos con un tratamiento
antirromántico. Para expresarlo ahora con una frase lapidaria afirmaría
que se caracteriza por un romanticismo que no se atreve a decir su nombre.
—ECP: ¿Después de tanta reflexión metapoética, sigue existiendo el “no sé qué” del que hablaba el padre Feijoo o se acabó ya la química?
—MdO: Me plagiaré a mí mismo: de adolescente creía en la inspiración. De joven caí del caballo y empecé a dar mucha importancia al trabajo. En la edad adulta me di cuenta de que sin la gracia que da el Cielo, el trabajo sirve de muy poco. En los últimos tiempos me he percatado de que, si uno tiene esa gracia, encuentra a la inspiración agazapada en los entresijos del trabajo. Esto es lo que pienso ahora, pero ya comprenderá usted que de alguien que ha caído de tantos caballos no hay que fiarse mucho como jinete.
—ECP: Relacionado con lo anterior, en muchos de tus poemas te acercas a otras artes como la pintura y la música. ¿Por qué? ¿Cuál es su relación con la poesía?
—MdO: Ocurre que la Música y la Pintura son partes importantes de mi experiencia vital. He escrito, ciertamente, bastantes poemas relativos a ellas; pero no más que los relativos a mi familia, a mi mujer, a la poesía, a Galicia, a las montañas o a los animales.
—ECP:
¿Cómo te llevas definitivamente con “el personaje poético”?
¿A
qué
distancia se encuentra del poeta y de la ficción?
—MdO:
Entre el puro autobiografismo y la pura ficción me parece ver un anchísimo
territorio de “impureza”. En él me he movido habitualmente,
tomando el recuerdo de mis vivencias como materia prima —¿y qué
otra cosa podría utilizarse como tal?—, pero seleccionándolas,
trabajándolas y manipulándolas en mayor o menor grado, con la
mira siempre puesta en conseguir, no un documento, sino un buen poema; «eso
que es más verdad que la verdad», como precisamente dice un verso
de un poema de mi último libro. Poema que se titula y no por azar ‘Planes
para el pasado’.
Me parece que Eloy Sánchez Rosillo viene a decir esto mismo, pero mejor
dicho, contestando a una pregunta que le hace Ana Eire en su libro Conversaciones
con poetas españoles contemporáneos: «siempre hay al
escribir, como es natural, una cierta manipulación de los datos personales,
que uno maneja, para lograr que estos sean objetivos y que encajen con verosimilitud
en esa realidad nueva del poema que estamos creando. Pero de ahí a afirmar
que el sujeto poético tiene poco o nada que ver contigo va un largo trecho
(…). Tal vez haya creado un personaje cuando hablo de mí mismo
en mis poemas, pero ese personaje para bien o para mal se parece mucho a mí».
Pues eso.