(Granada,
España, 1965)
Profesor en Filosofía
en la Universidad de Granada. Ganó el Premio Jaén de novela
con El escolar brillante (Mondadori, 2005). Ha publicado, asimismo,
el ensayo Ciencia, valores y relativismo (Comares, 2000). Este
cuento es inédito. |
![]() |
BERNABÉ
Subí a lo alto del pueblo, y más
lejos, porque había concertado una entrevista con Bernabé para
después del almuerzo. Subí con la grabadora en la mano por las
cuestas de las Ánimas, desiertas a la hora de la digestión del
día de fiesta. Los pies me pesaban más que otras veces, lastrados
por la copiosa comida del mediodía, y jadeaba más de lo acostumbrado,
porque había fumado en exceso durante toda la mañana. Al rebasar
las últimas casas, antes de tomar el camino de la acequia, me sobresaltó
un cohete solitario que estalló a mis espaldas. Me volví a mirarlo,
pero nadie que no esté avisado puede ver la explosión del primer
cohete. Siempre es igual: buscamos con la vista en la dirección del ruido
y sólo alcanzamos a sorprender una nubecilla blancuzca que se deshace
deprisa y un murmullo bronco que huye por el barranco.
Caminé
muy despacio por la vereda de la acequia: no quería manchar mis zapatos
recién lustrados y mis pantalones, inmaculadamente negros, con el barro
dejado por la llovizna de la madrugada, que a esa hora había sido ya
repetidamente hoyado por hombres y bestias. Pisé con cuidado, de piedra
a piedra sobre la punta del pie, evitando meticulosamente las salpicaduras,
allí donde una reguera atravesaba el sendero. Pasada el agua, me aseguré
de que el cuestionario seguía en el bolsillo derecho de la chaqueta.
Estábamos todavía a finales de septiembre y era una de mis primeras
entrevistas, así que había estado repasando el cuestionario antes
de salir. Ahora volví a revisar rápidamente las preguntas, justo
delante de la casa de Bernabé. Ésta quedaba unos trescientos metros
más allá de las últimas edificaciones del Barrio Alto,
camino arriba, justo donde comienzan los castaños. La casa compartía
una medianería con otra, una construcción abandonada de una sola
planta, y no presentaba mucha mejor apariencia que ésta: la cal de las
paredes casi había desaparecido en ambas y entre los cantos de la mampostería
brotaban las hierbas y las salamanquesas. La casa de Bernabé, más
alta, conservaba los postigos de las ventanas y los aleros del terrado.
Me cambié la grabadora de mano y llamé
varias veces con el picaporte. Primero suavemente, después con tanta
fuerza que se conmovió la puerta cuarteada de nogal. Luego grité
su nombre (“¡Bernabé!”) y me sorprendió la gravedad
de mi propia voz, ronca después de dos días de fiestas. Dirigí
mi grito hacia las ventanas de arriba, tras las que, supuse, estaría
descansando Bernabé. Incluso dispuse mis manos a ambos lados de la boca,
a modo de bocina, más por cumplir con el ritual que por confianza en
la eficacia del procedimiento. Repetí la llamada tres o cuatro veces
antes de desistir.
Alguien que no conociera a Bernabé hubiera
regresado, sin más, al pueblo, pero yo intenté otra estrategia:
rodeé la casa y la cerca hasta encontrar la puerta del corral. La puerta
era, en realidad, una desvencijada colchoneta metálica. Uno de sus costados
había sido amarrado a un poste mediante dos alambres que hacían
de bisagras. Una tomiza ataba el otro costado a una púa clavada en el
muro. Desanudé la tomiza y entré en el corral con precaución,
no se fuera a escapar una cabrilla que me miraba de reojo con fingida indiferencia.
A continuación volví a enrollar cuidadosamente la tomiza en el
grueso clavo oxidado, recogí la grabadora, que había dejado por
un momento sobre la albardilla de la tapia, y caminé, con cuidado de
no levantar demasiado polvo, hasta la puerta que comunicaba la casa con el corral.
Desde el umbral de la puerta volví a llamar a Bernabé por su nombre.
Luego, sin esperar una respuesta que no se produjo, subí las escaleras
de yeso amarillento y mamperlán de madera gris. Llegué hasta el
comedor de la casa, que ya conocía de dos visitas anteriores, me asomé
a la puerta entornada del dormitorio de Bernabé y lo llamé de
nuevo, ahora en voz más baja que antes. Esta vez me contestó un
gruñido desde el fondo de la habitación oscura y el rumor de un
cuerpo que se revolvía sobre un lecho de farfollas de maíz.
—¿Quién
va? —La voz de Bernabé sonó socarrona.
Balbuceé unas excusas y le recordé
que nos habíamos citado para después del almuerzo. Se escuchó
otro gruñido.
Esperé de pie a que saliera Bernabé.
Reconocí la foto de boda de sus padres, una foto vieja, solemne y retocada,
enmarcada con trozos de caña, sin cristal, y pensé que, por alguna
razón, los padres de Bernabé ya tenían cara de muertos
cuando se casaron. También examiné el retrato de un militar sin
graduación que posaba delante de una garita, esforzándose en no
demostrar emoción alguna. Finalmente, la fotografía de un niño,
que parecía Bernabé, vestido de primera comunión y con
una enorme cruz dorada sobre el pecho. El niño sonreía burlón,
en ademán de rezar.
Bernabé apareció, por fin. Salió
de su cuarto tosiendo ruidosamente y abrochándose los botones de la camisa.
Tras fijarme en su cara concluí que, en efecto, el niño de la
foto, el del traje anticuado y la cruz sobre el pecho, era el mismo Bernabé
con veinte años menos. Mientras, este Bernabé, el Bernabé
adulto aunque todavía joven, atravesó la sala sin responder a
mis palabras y bajó, por las escaleras del corral, hacia el cuarto de
aseo. Oí que atrancaba la puerta. Mientras regresaba, aproveché
para repasar otra vez mi cuestionario y comprobar que la grabadora tenía
pilas y funcionaba. Como señala Dallachiesa (1968), éstos son
los componentes artesanales del trabajo etnográfico que el buen profesional
nunca debe descuidar.
Cuando llegó, Bernabé masculló
algunos comentarios sobre lo que había hecho por la mañana: había
bebido demasiado vino y había comido muy tarde, en casa de su tía.
No hacía tanto, pues, que se había quedado dormido. Me hubiera
gustado recoger ya estas palabras suyas, pero esperé, antes de encender
el aparato, a pedirle permiso. Cuando lo hice, Bernabé respondió,
como unos días antes, encogiéndose de hombros. Encendí,
pues, la grabadora y le hice la primera pregunta de mi entrevista semi-estructurada;
pero, en vez de contestarla, Bernabé se levantó súbitamente
de la silla, como si acabara de recordar algo.
—El ganao —dijo, y volvió a
salir escaleras abajo.
Habitualmente, Bernabé llevaba a diario
sus cabras y sus ovejas a pastar, camino arriba, hacia la sierra. Pero aquel
día, por ser fiesta, no había sacado el rebaño y debía
alimentarlo con pienso. Desde una de las ventanas de arriba lo vi trajinar con
la pala cargada de pienso entre el corral cubierto y el patio, seguido por algunas
de las cabras. Viéndolo afanarse, temí por la viabilidad de mi
plan. Había previsto realizar primero en su casa la entrevista semi-estructurada
que teníamos pendiente; a continuación, bajaríamos juntos
al paseo para participar en las fiestas, atendiendo a las preferencias que Bernabé
manifestara espontáneamente. Mi intención era combinar ese día
dos modalidades de observación participante: el estudio de la mañana,
que siguiendo a Cañadillas (1969) podemos llamar 'horizontal', con una
inmersión 'vertical' por la tarde. Para ello, durante las horas de la
mañana había asistido a varios de los actos programados (la diana
floreada y el paseo de la banda por el pueblo; la misa; la procesión)
y había tomado notas relativas a la mecánica de esos actos y a
la conducta de los distintos actores en cada una de ellas. Ahora se trataba
de seguir a uno de esos actores durante varias horas, observando su desenvolvimiento
en varias actividades, su ruta y sus interacciones con otros individuos más
o menos cercanos en diversos aspectos: nivel socioeconómico, edad y parentesco.
Había elegido a Bernabé, entre otras razones, porque, al ser de
edad semejante a la mía, mi presencia junto a él a lo largo de
la tarde y la noche resultaría menos llamativa para los paisanos y permitiría
un comportamiento más espontáneo por su parte.
Cuando Bernabé subió finalmente
de los corrales, expresó su necesidad de cambiarse de ropa antes de bajar
otra vez a las fiestas. Así que volvió a entrar en su cuarto.
Cuando salió, se había cambiado de pantalones. Ahora llevaba unos
que parecían más nuevos que los anteriores; también parecían
más limpios, aunque muy arrugados. Le pregunté si seguíamos
con la entrevista y, por si acaso, encendí de nuevo la grabadora, pero
Bernabé estaba ahora más preocupado por completar su atuendo.
—La pelliza —dijo, y salió
nuevamente de la sala.
No se opuso a que le hiciera preguntas mientras
embetunaba los zapatos y se los calzaba. Bernabé respondía a las
preguntas escuetamente, sin poner demasiada atención y sin preocuparse
de dirigir la voz hacia el micrófono. Sólo detuvo por un momento
su trajín, sosteniendo entre los dedos los cordones de los zapatos con
el nudo a medio hacer, cuando le pregunté por su cosecha anual. Con los
ojos entornados, recitó:
—Diez fanegas de cebá, ocho arrobas
de simiente de papas, ocho fanegas de lentejas de pienso, cien quilos de peros,
tres cuartillas de
nueces,
trescientos quilos de castañas, quinientos quilos de habichuelas mochas.
Luego, peras, caquis, ciruelas, tomates, cebollas y pepinos pa’l gasto.
—¿El gasto de la casa? —pregunté.
¿Cuántos quilos más o menos es eso?
Bernabé me miró como si no pudiera creer que hubiera alguien tan
idiota.
—El gasto, coño: el gasto.
Renuncié a pedirle más explicaciones
sobre las cantidades que me había transmitido, a pesar de que no había
comprendido la mayor parte. Al fin y al cabo, pensé, sus palabras estaban
grabadas y seguramente podría traducir los datos a magnitudes normalizadas
con ayuda de algún informante más colaborador (sobre la conveniencia
de no fatigar a los entrevistados con requerimientos que les resultan enojosos,
cfr. Herrerías, 1970b).
Bernabé dijo que era mejor que saliéramos
ya, aunque no explicó por qué. Yo no le contradije, aunque le
pedí que me permitiera seguir interrogándolo por el camino. Continué,
pues, con la entrevista semi-estructurada mientras bajábamos las escaleras
principales y salíamos a la calle, ahora por la puerta delantera. Me
resultaba difícil grabar sus palabras en la vereda de la acequia, incluso
meramente seguirle, porque Bernabé caminaba muy deprisa, sin prestar
atención al barro, y porque el camino era demasiado estrecho para los
dos. Intentando seguir su marcha, me arañé la cara con una zarza
y me llené los pantalones de salpicaduras; metí un pie en la reguera
y manché completamente los zapatos de fango. Ajeno a mis dificultades,
Bernabé proseguía su marcha a buen paso y contestaba de mala gana
mis preguntas, generalmente con monosílabos, cuando las contestaba. Al
entrar en la primera calle del pueblo, Bernabé se detuvo. Desde allí
se veían los terrados grises de las casas, que colonizaban desordenadamente
la ladera entre huertos plantados de perales, manzanos y caquis. Abajo del todo
aparecían retazos de la carretera comarcal que, a su paso por la localidad,
es nombrada por los pueblerinos como “el paseo”. El paseo estaba
adornado con bombillas de colores y banderines de todos los países del
mundo y se veía otra vez animado después del paréntesis
del almuerzo. Pero Bernabé no miraba hacia abajo, sino hacia el frente.
Señaló las nubes negras que asomaban, a lo lejos, sobre las crestas
de los cerros y farfulló algunos comentarios referentes a las cabañuelas.
A pesar de mis esfuerzos de las semanas anteriores por entender esa teoría,
no comprendí nada. En cualquier caso, opté por no realizar comentario
alguno sobre el particular. Esto es, ni le di la razón a Bernabé
ni le transmití mis dudas sobre esa la
metodología
de predicción meteorológica. Pues si bien Latorre (1972) apunta
que la noción de recién llegado total es inviable en la práctica,
hemos seguido en todo momento el principio etnográfico, formulado canónicamente
por Höhner (1969), que recomienda adoptar cierta distancia con respecto
a los sujetos entrevistados, suspendiendo, en particular, nuestras opiniones
con respecto a la veracidad de sus creencias. Por tanto, aunque resulte obligado
reconocer que nuestra cercanía cultural con un pastor de esta comarca
es mayor que con un chamán de Costa de Marfil (especialmente, como en
nuestro caso, tras compartir con aquél su entorno durante algunas semanas),
resultaba metodológicamente saludable no otorgar mayor crédito
a los juicios del primero que a los del segundo.
Descendimos por las cuestas de las Ánimas
al mismo buen paso de antes. Yo tropezaba constantemente en los ripios que sobresalían
del empedrado y, dado que ni conseguía mantenerme pegado a Bernabé
ni éste se molestaba en contestar la mayoría de mis preguntas,
finalmente opté por apagar la grabadora y procurar no quedarme rezagado.
Cuando llegamos al paseo, Bernabé sosegó
el paso, se colocó las manos a la espalda y, ligeramente inclinado hacia
delante, con la sonrisa burlona petrificada en el rostro, se dedicó a
contemplar pausadamente todas y cada una de las instalaciones que habían
aparecido a ambos lados de la carretera con motivo de las fiestas: la tómbola,
los coches de choque, la noria para los niños, la churrería ambulante,
la caseta de tiro con sus escopetas de aire comprimido, las arcas de los dulces
y los puestos de juguetes y chucherías. De vez en cuando, Bernabé
se cruzaba con alguno que celebraba su santo ese día, el día del
patrón. Entonces descomponía por un momento su postura, le estrechaba
la mano, le palmeaba la espalda y le gritaba:
—¡Felicidades, hombre!
Nos cruzamos con Virtudes la Serena, una mujer
mayor que me había dictado su historia de vida unos días antes.
Vestía, como siempre, completamente de luto y llevaba el pelo canoso,
sin teñir, recogido en el mismo moño de todos los días.
Virtudes me saludó muy afectuosamente, y se interesó por mis actividades
durante las fiestas, pero no pude prolongar mucho tiempo la conversación
con ella, porque Bernabé, sin tomar en consideración el encuentro,
seguía su camino y temí perderlo. Cuando lo alcancé, Bernabé
estaba comprando un dulce de calabaza. Quise invitarlo, pero ya lo había
pagado.
En
general, Bernabé no se detenía a hablar con nadie, excepto si
se cruzaba con algún emigrante que había regresado para las fiestas
después de años en Argentina o en Alemania. En esos casos, los
dos hombres se saludaban con cierta solemnidad y se preguntaban el uno al otro
por las respectivas familias. Cuando uno de ellos daba la noticia de la muerte
de algún pariente, el otro asentía con gesto severo y exclamaba:
—¡Qué se va a hacer! ¡La
vida!
Por lo demás, Bernabé se limitaba
a contestar con una especie de bramido a los conocidos de diario, que desde
la otra orilla del paseo le gritaban: “¡Bernabelico!”
Terminada la inspección del paseo, Bernabé
decidió tomar el camino de la plaza baja, donde más tarde se había
de celebrar la verbena. A la entrada de la plaza nos tropezamos con Luis el
cartero, uno de mis “informantes privilegiados” (Harris y Goldman,
1971), que me saludó con gran alegría. A Luis se le notaba, sin
embargo, sorprendido, incluso algo molesto, de verme en compañía
de Bernabé. Me convidó a tomar un vino en el bar de su cuñado.
Yo me disculpé alegando que iba con Bernabé
y entonces él, a regañadientes, convidó también
a Bernabé, que se encogió de hombros y nos acompañó.
Caminamos en silencio hasta el bar, que estaba dos esquinas más arriba,
justo debajo del paseo. El bar se encontraba ese día atestado de gente
y de humo. En torno a las mesas de la puerta no cabía nadie más
y dentro, por una vez, había tantas mujeres como hombres. Luis encontró
espacio libre junto a la pared, bajo un cartel del grupo que había de
actuar esa noche en la verbena: la Gran Orquesta Tahití. Luis y Bernabé
pidieron un vino costa, y yo, aunque hubiera preferido una cerveza, pedí
lo mismo: era la de aquellos meses mi primera experiencia como etnógrafo
y juzgué, apresuradamente, que las exigencias de la observación
participante obligaban hasta ese punto.
Luis arremetió de palabra contra el cura
del pueblo, un cura rojo según él, porque había pedido,
sin éxito, que la banda no tocara la Marcha Real en el momento de la
consagración. Claro que ese incidente no le había sorprendido
a Luis, que ya se venía dando cuenta, por otros sucesos que enumeró
pormenorizadamente, de qué pata cojeaba aquel cura. Bernabé, que
no iba a la iglesia ni siquiera el día del patrón, seguía
la conversación con total indiferencia. Su rostro se animó, sin
embargo, cuando vio entrar en el bar a un grupo de tres varones de su misma
edad. Eran, como Bernabé, solteros los tres, los únicos de esa
quinta que todavía no tenían novia: Fernando el forestal, Antonio
el del guarda, que trabajaba como peón de albañil, y Fermín,
que era pastor, igual que Bernabé. Este grupo se acercó a nosotros
y todos saludaron ruidosamente a Bernabé, ignorándonos a Luis
el cartero y a mí. Con la intención de cohesionar el grupo, invité
a todos a una ronda de vino costa. A pesar de ello, Luis siguió hablando
sólo conmigo, mientras los otros cuatro bromeaban ruidosamente aparte.
Pasado
un rato, y después de beberse dos o tres vinos, el grupo de los solteros
decidió irse del bar. Para entonces, a Luis y a mí se nos habían
unido un hermano de Luis y su mujer, que hablaban todo el tiempo sobre una finca
que le habían comprado a un vecino que se marchaba a Barcelona. Estuve
tentado de despedirme precipitadamente de ellos y salir detrás de Bernabé,
pero recordé los consejos de Martínez López (1964) referentes
a lo inconveniente de que la presencia del antropólogo sea vista como
una imposición por parte de los informantes locales. Así que decidí
seguir en el bar si no era invitado a unirme al grupo, adaptando así
la estrategia investigativa del día a los acontecimientos no previstos.
Sin embargo, Bernabé se volvió hacia mí sobre el umbral
de la puerta y, en lo que me pareció una demostración de cierta
complicidad, gritó, en medio de las risas de los otros tres:
—¡Anda, ven acá p’acá,
maúro!
Así pues, tras agradecer a Luis y su familia
las atenciones, salí del bar en compañía de aquellos ruidosos
mozos, cuando ya había anochecido. Nos dirigimos otra vez hacia la plaza
baja, donde estaba próxima a comenzar la verbena. Mientras bajábamos
la cuesta, Fernando el forestal y Antonio el del guarda escenificaron lo que
parecía una antigua broma del grupo. Fernando gritó, mientras
agitaba ambas manos:
—¡Venisus, que vi a convidasus!
A lo que Antonio respondió, agitando las
manos en sentido contrario:
—¡No, vesus, si era pa engañasus!
Llegados a la plaza, los del grupo se dirigieron,
y yo junto a ellos, directamente hacia la barra provisional de chapa que se
había instalado para las fiestas. Allí fuimos invitando por turnos
a vino costa. Para cuando empezó la actuación de la Gran Orquesta
Tahití, yo ya había invitado a dos rondas, y es de suponer que
cada uno de los otros había invitado, más o menos, a otras tantas.
Mis acompañantes no hablaban mucho entre ellos. A veces hacían
bromas, generalmente referentes a acontecimientos pasados, que yo no entendía,
pero que eran saludadas por los cuatro con grandes risotadas. En otras ocasiones,
se trataba de observaciones despectivas acerca de alguien que acababa de entrar
en la plaza. Más interesantes me resultaban sus comentarios sobre sus
respectivos trabajos o sobre la vida de sus familias, pero tales comentarios
eran poco frecuentes y, cuando intentaba yo que extendieran sus explicaciones
sobre algún particular, generalmente rehusaban hacerlo. En general me
ignoraban pero, de vez en cuando, uno de ellos, como si reparara súbitamente
en mi presencia, y como si así cumpliera con esa norma de cortesía
que obliga a atender a los visitantes, se dirigía a mí y me gritaba:
“¡Anda
y mea, que estás pajizo!”, una expresión que era siempre
saludada con grandes risas por los demás.
En esa fase, la grabadora actuó, inesperadamente,
como un factor positivo de integración en el grupo. De repente, Fermín,
el más callado de los cuatro, me arrebató el aparato, que yo había
olvidado hacía un buen rato en mi mano izquierda. Sin atender mis educadas,
pero firmes, peticiones de que se me devolviera, mis acompañantes comenzaron
a jugar con la grabadora. Se divirtieron mucho grabando frases, generalmente
soeces, que gritaban, por turnos o al unísono, al micrófono y
que luego escuchaban, tras rebobinar la cinta. Afortunadamente, al rebobinar
no llegaron hasta la entrevista con Bernabé, por lo que no resultó
borrado ningún pasaje de nuestra conversación.
Bajaron del paseo los músicos de la banda,
que, terminada ya su labor por ese día, dejaron los instrumentos amontonados
bajo un sauce y se mezclaron con la multitud. La gente, ya numerosa a esa hora,
se agolpaba junto a la barra o bailaba pasodobles en el espacio enlosado que
se extendía entre la barra y el escenario. La Gran Orquesta Tahití
era muy aplaudida después de cada pasodoble o ranchera, y alcanzó
su momento de mayor identificación empática con los asistentes
cuando interpretó “Paquito el Chocolatero”. Sin embargo,
recibía algunos silbidos y provocaba una desbandada hacia la barra cada
vez que se atrevía con alguna música considerada “moderna”.
El municipal espantaba a los niños que reiteradamente se colaban bajo
el escenario de tablas disparejas con la intención de verle las bragas
a la vocalista de la Orquesta. Una hilera de viejas contemplaba serenamente
toda la escena, desde un margen de la plaza, sentadas en sillas de madera y
anea que habían sacado de sus casas. Todo transcurría según
lo esperado por todos, cuando de pronto se fue la luz.
De acuerdo con mis informantes, no era ésa
la primera vez que tal cosa ocurría en plenas fiestas, así que
todos reaccionaron de acuerdo con el papel aprendido en otras ocasiones. Las
mujeres y los niños gritaron: “¡Ooooooh!”. Los jóvenes
silbaron. Mis cuatro compañeros se rieron a carcajadas y aplaudieron:
—¡Coño, otra vez!
Los músicos de la Orquesta hicieron un
gesto que expresaba su impotencia y abandonaron el escenario. El municipal,
los mayordomos de las fiestas y los guardias civiles se desplazaban de un lado
para otro, desordenadamente pero con presteza, como si buscaran algún
remedio a la situación. Alguien trajo unas luminarias de gas que colocaron
sobre la barra, de forma que se pudiera seguir bebiendo mientras regresaba la
luz eléctrica.
El ambiente estaba tranquilo, pero la luz tardaba
en regresar. Algunas viejas se levantaron y, silla en mano, emprendieron el
regreso a sus casas, dando el espectáculo por terminado. En el murmullo
de las conversaciones
se
percibía el desánimo y alternaban palabras técnicas como
“transformador”, “sobrecarga” y “contacto”
con expresiones emotivas como “caballeros, caballeros” y “¡qué
vergüenza!”. Varias familias abandonaron la plaza y salieron, calle
arriba, en dirección al paseo.
Entonces, súbitamente, apareció
Bernabé. Lo había perdido de vista durante los últimos
minutos y me sorprendió verlo emerger de la penumbra para agarrar, vigorosamente,
una de las luminarias que se habían colocado sobre la barra. Luego avanzó
hacia el centro de la plaza, muy decidido aunque algo tambaleante por efecto
del vino. Llevaba la luminaria en la mano derecha y un tambor, de los que los
músicos de la banda habían dejado bajo el sauce, en la otra. Dejó
la luminaria en el suelo, miró, desafiante, alrededor, y se ajustó
el tambor, firmemente, apretando bien las correas. A continuación, comenzó
a golpear el parche con los palillos. Lo hacía con una habilidad sorprendente,
dado su estado, y a un ritmo frenético, hasta conseguir que todas las
conversaciones se acallaran y todos los ojos se volvieran hacia él, en
algunos casos con escepticismo, en otros con curiosidad. A continuación
detuvo el redoble. Fernando y Fermín, tan sorprendidos como los demás,
llegaron a aplaudir ruidosamente a la figura de Bernabé, que se había
quedado erguido en mitad de la plaza, con los palillos inmóviles sobre
el parche, serio como un torero que espera la salida del toro al ruedo. Entonces
Bernabé golpeó de nuevo el parche con los palillos, ahora a un
ritmo lento, al tiempo que sus pies comenzaron a saltar, acompasados con los
toques del tambor. Poco a poco el ritmo se fue acelerando y los pies de Bernabé
se movieron más rápidos y subieron más arriba. Todos contuvimos
la respiración cuando vimos girar y volar los pies alrededor de su cabeza,
que daba vueltas en torno a un eje invisible. La cabeza de Bernabé, al
rotar, parecía arrastrar su tronco y éste, a su vez, tiraba de
los pies, que volaban, más altos que la cabeza, tras haber tocado levemente
el suelo, y describían unos círculos perfectos que eran subrayados,
en su inicio y fin, por los golpes que los palillos acertaban a arrancar una
y otra vez de un tambor que seguía milagrosamente pegado al cuerpo de
Bernabé. Todos en la plaza miraban el baile atónitos y en silencio.
Aquel baile no podía ser improvisado. Como
si de pronto se hiciera de día, me imaginé a Bernabé, en
lo más alto de la sierra, rodeado de sus cabras, practicando en solitario
aquella danza durante horas, quizá soñando con el momento en que
pudiera mostrarla en público. Ese momento había llegado y Bernabé
se esforzaba en prolongarlo.
Me pregunté cuánto tiempo más
aguantaría el cuerpo de Bernabé aquel baile desaforado, pero ni
yo ni nadie llegamos a averiguarlo, porque antes de que el rostro de Bernabé
mostrara síntomas de fatiga se hizo la luz. Parpadearon las bombillas
de colores suspendidas sobre la plaza. Sonó una
música
de mambo que provenía de los coches de choque. Las mujeres y los niños
gritaron: “¡Oooooooh!”, y se oyó algún petardo
lejano. Bernabé detuvo su danza, como si hubiera estado estipulado que
ésta sólo había de prolongarse en ausencia de luz eléctrica.
La gente, que se había apiñado en torno a un amplio corro para
mirar a Bernabé, aplaudió. A continuación, Bernabé
se dejó zarandear, abrazar y subir a hombros, con el gesto serio y la
vista perdida. Finalmente, el corro se terminó de deshacer, la Gran Orquesta
Tahití regresó al escenario y nosotros cinco, a la barra.
Seguimos con nuestras rondas de vino costa. De
vez en cuando, alguien se acercaba y le daba a Bernabé unas palmadas
en la espalda, para felicitarle por su actuación. En el grupo, a todos
se nos notaba orgullosos de él. Antonio, el del guarda, se abrazó
a Bernabé y lo proclamó el mejor de la quinta, con la voz ronca
y lágrimas en los ojos. Bernabé procuraba responder con sonrisas
y bromas a todas esas demostraciones, pero lo noté, todo el tiempo, más
serio y más taciturno que antes. En general, mis cuatro acompañantes
hablaban y reían cada vez menos, y, cuando lo hacían, lo hacían
de forma cada vez más estridente y menos articulada. De vez en cuando
mi vista se desviaba, con envidia, hacia un grupo cercano, donde se encontraban
varias mujeres jóvenes del pueblo, todas solteras. Las risas agudas y
las conversaciones animadas que provenían de allí contrastaban
con el tono bronco y desabrido de las carcajadas y las voces de Bernabé
y sus amigos. Sin embargo, decidí no acercarme a ese grupo por tres razones:
en primer lugar, por mi compromiso metodológico de seguir a Bernabé
hasta el final de la jornada; en segundo lugar, porque mi grado de confianza
con los integrantes del grupo de al lado era aún escaso y temí
ser rechazado; en tercer lugar, porque, a pesar de todo lo que ya había
bebido, alcancé a recodar, vagamente, las recomendaciones de Kastel (1968),
Johanson (1970), García Pastor (1966), Marouzeau (1971) y Garmendia (1972)
sobre los problemas que puede acarrear al etnógrafo que estudia sociedades
pequeñas el establecimiento de relaciones afectivas con miembros de la
comunidad de sexo distinto al suyo.
Acodado sobre la barra intentaba enumerar, sin
olvidar ninguna de ellas, las tres razones mencionadas, cuando Bernabé
anunció que era hora de irse. Eran, a decir verdad, las tantas de la
noche, y yo estaba ya muy cansado de tanta observación participante.
Fermín se acababa de ir, dando tumbos, sin despedirse, mientras que Fernando
y Antonio llevaban media hora hablando con un pariente común, venido
de Suiza para las fiestas, que se les había acercado. Así que
me apresuré a aprobar la decisión de Bernabé:
—Sí,
sí, vámonos —le dije.
Bernabé no pareció extrañarse
de que lo acompañara de vuelta. La verdad es que yo mantenía algunas
esperanzas de terminar la entrevista semi-estructurada en el camino de regreso
o en su casa, pero no mencioné nada sobre el particular, en espera de
un momento propicio. Pensando en la entrevista me acordé, afortunadamente,
de la grabadora, que llevaba un buen rato abandonada sobre la barra, y la recuperé.
Bernabé, por su parte, se agachó a recoger el tambor.
—¿No tendrías que devolverlo?
—sugerí tímidamente.
—Es de mi compadre el Tieso —contestó—.
Ya se lo daré.
Hasta que empezamos a andar no fui consciente
de cuánto había bebido y de cuánto afectaba el alcohol
a mis capacidades motrices. Recompuse la figura en la medida de lo posible,
pensando en mi credibilidad ante los informantes locales. Por suerte, mi marcha
zigzagueante podía justificarse, hasta cierto punto, como una estrategia
para afrontar la subida por aquellas empinadas calles. Bernabé, que quizá
había bebido más que yo, se mantenía a duras penas de pie.
Ninguno de los dos pronunció una sola palabra en toda la ascensión.
Cuando subíamos por las Cuestas de las Ánimas nos acabamos apoyando
el uno en el otro, hombro con hombro, y cada uno rodeó con su brazo el
cuello del compañero, como dos borrachos arquetípicos. En la estampa
sólo desentonaban la grabadora, que esforzadamente mantenía yo
agarrada con la mano izquierda, y el tambor, que Bernabé sujetaba por
las correas con su mano derecha. Cuando llegamos a la vereda de la acequia,
nuestros pies se hundieron en el fango hasta los tobillos, yo perdí uno
de mis zapatos y estuvimos varias veces a punto de caer de bruces, los dos juntos,
firmemente asidos el uno al otro.
Escalamos las empinadas escaleras de la casa a
cuatro patas, Bernabé delante y yo detrás. Cuando llegamos al
comedor, me desplomé sobre una silla e invité a Bernabé
a sentarse en la de al lado. Estaba pensando cómo proponerle que continuáramos
con la entrevista semi-estructurada, quizá en una versión reducida,
cuando advertí que él había desoído mi invitación
y desaparecía por la puerta de su cuarto. Esperé unos minutos
a que regresara y, cuando me convencí de que no lo haría, pasé
yo al dormitorio. La habitación estaba en penumbra, pero acerté
a distinguir a Bernabé, que se había tumbado, vestido, sobre la
cama. También vislumbré una silla, junto a la cabecera, y me apresuré
a sentarme en ella. Bernabé dormía, sin duda. Mis ojos se fueron
acostumbrando a la oscuridad, lo que me permitió distinguir sobre las
paredes algunas fotografías más; fotografías, quizá,
de más parientes de Bernabé. Seguramente por efecto del vino,
tuve entonces una sensación extraña: la sensación de que
los parientes y yo rodeábamos el cuerpo de Bernabé en su velatorio.
En medio de la escena, con los ojos cerrados, Bernabé sonreía
plácidamente, abrazado al tambor.

Entrevista y traducción: Natalia Carbajosa
«LA ENVOLTURA DE LAS PALABRAS»
Patricia Schonstein es una mujer menuda de enormes ojos verdes a los que nada escapa, y de voz y maneras suaves y pausadas. Esta envoltura serena y delicada, al igual que en sus libros, alberga un espíritu valiente, irreducible ante los embates de la vida. Con ella charlamos, en la última edición de La Mar de Letras, sobre sus logros literarios y su relación, en constante crecimiento, con las palabras.
—ELCOLOQUIO DE LOS PERROS: Patricia, eres
una escritora conocida y premiada en Suráfrica, no así entre los
lectores españoles. De hecho, Oro rojo, la novela que presentaste
en el festival de La Mar de Letras de Cartagena, es tu única obra traducida
al castellano hasta el momento. ¿Qué ha supuesto para ti el encuentro
con este nuevo público?
—PATRICIA
SCHONSTEIN: El encuentro con los lectores españoles fue emocionante y
dinámico. Supuso todo un honor y un privilegio presentar mi libro a esta
nueva audiencia a través de La Mar de Letras.
El mejor momento tuvo lugar, sin duda, en el taller
de literatura de la Universidad Popular. Fue una experiencia gratificante como
autora y emocionalmente enriquecedora.
En Suráfrica, la tasa de analfabetismo
se sitúa en torno al 60%. La cultura de la lectura placentera apenas
se fomenta; las bibliotecas no constituyen una prioridad y por lo tanto no están
adecuadamente dotadas; en las áreas rurales no existen, ni tampoco hay
librerías. Los libros son bienes de lujo que muy pocos se pueden permitir.
Te puedo asegurar que hay ingentes cantidades de personas que pasan toda su
vida sin leer un solo libro.
Así
que estar en Cartagena entre este grupo de lectoras (la mayoría del público
era femenino) ávidas y maduras, que habían explorado los entresijos
de Oro rojo y desenmarañado los matices de la trama, que se
habían identificado con los personajes, que hacían preguntas sagaces
y con enjundia, y que, sobre todo, disfrutaban del mero placer de leer el libro,
fue deslumbrante para mí, y todavía llevo prendida la alegría
de ese momento.
—ECP: A partir de los años sesenta, el concepto de “literatura canónica” empieza a cuestionarse en los círculos literarios en lengua inglesa. El desplazamiento de la atención crítica y académica hacia nuevos grupos humanos (minorías étnicas, otras razas aparte de la blanca, mujeres, homosexuales), así como hacia las antiguas colonias británicas o territorios no occidentales de habla inglesa en todos los continentes, dio paso a una “literatura periférica” que en nuestros días ya ocupa un lugar central. Tu caso es especialmente rico y paradigmático: escribes en inglés, naciste en Zimbabwe, vives en Suráfrica, y desciendes de padre judío checoslovaco germano-parlante y madre católica italiana. Cubierta de tan variado género, ¿te sientes parte de esta nueva tradición, abierta y no canónica?
—PS:
Sí, y es una idea que me entusiasma. Creo que, a largo plazo, esto podría
conducir a la curación social si, claro está, se le da la oportunidad
de desarrollarse debidamente y si la literatura que genera conoce una distribución
amplia.
Me siento afortunada por esta herencia religiosa,
lingüística y cultural de tan variada factura. En ciertas fases
de mi vida, semejante mezcla me planteó dificultades y confusión,
sobre todo en lo concerniente a la religión. Deseaba una identidad claramente
definida con una sola religión definida que practicar. Pero al madurar,
me di cuenta de que esta diversidad era enriquecedora y ahora lo celebro como
artista, recurro a ella constantemente para dar profundidad y resonancia a mi
obra.
—ECP:
La mayor parte de tus novelas (Oro rojo quizá sea la menos explícita
en este sentido) versan sobre las tensiones existentes en la Suráfrica
contemporánea. En ellas se expone el contexto histórico del apartheid
y se muestran personajes cuyas vidas cotidianas se ven profundamente afectadas
por las circunstancias. Por otra parte, tu objetivo es incidir, a través
de sus historias personales, en la recurrencia de ciertos tópicos universales,
siendo acaso el más relevante la futilidad de la guerra y la intolerancia
de cualquier tipo. ¿Cómo consigues ensamblar estos dos enfoques
espacio-temporales simultáneos, eso es, el contemporáneo local
y el atemporal universal?
—PS: Uso el lienzo global como punto de partida de mis obras de ficción. Sitúo a mis personajes en vidas normales y ordinarias, y les hago representar su papel contemporáneo local. Es mi modo de que afloren esas cuestiones. Primero, las sitúo en el centro de la novela, las pongo a salvo envolviéndolas con amor, manjares, belleza. Después les pido a los personajes que les hagan frente. Por último, expongo estos problemas ante los lectores, con la esperanza de que mi extensión del debate en torno a la recurrencia de la guerra y el genocidio contribuya a pararlos.
—ECP:
La descripción de contextos de guerra y violencia en tus libros es inseparable
de ciertos elementos que ya has apuntado como la sensualidad, la profusión
de detalles, la belleza, la comida, o el desarrollo
de
la vida interior. ¿Te resulta difícil encontrar el equilibrio
entre elementos tan opuestos, o es algo que se produce de modo natural?
—PS: No es difícil, porque ya encontramos esa profusión en la vida cotidiana. Las personas hace todas estas cosas: están en guerra unos con otros, y son violentos y brutales. Pero al mismo tiempo aman, festejan y crean obras de arte. Lo que me resulta difícil es entender por qué todos estos opuestos se dan en la vida. ¿Por qué, habiendo amado, seguimos haciendo la guerra? ¿Por qué, habiendo engendrado hijos, seguimos matando a los hijos de otros? ¿Por qué, habiendo luchado para superar nuestra propia pobreza, somos indiferentes a la miseria de otros?
—ECP: Aparte de las novelas, escribes poesía y libros para niños. ¿Cómo relacionas estos dos géneros con tu trabajo como novelista?
—PS:
Escribí mis primeras obras para niños. Son cuentos, canciones
y poemas que fomentan la paz y el amor por el planeta; las escribí en
el momento álgido del apartheid, como reacción contra
éste, creyendo que los niños tenían derecho a conocer algo
más que la segregación racial y la violencia que engendraba. Mis
personajes eran tanto blancos como negros. Los temas exploraban la alegría
y la buena voluntad. En cierto modo, humildemente contribuí a mostrar
un mundo más allá del apartheid, a pesar de que soy consciente
de que se podría tachar a mis historias de idealistas, demasiado new
age en un mundo donde a los niños se les bombardea con imágenes
de violencia en la televisión y los videojuegos, así como a través
de la realidad de los boletines de noticias.
Comencé a escribir novelas cuando terminó
el apartheid. Mi primera novela, Skyline, exploraba las vidas
de los muchos refugiados que vienen a Suráfrica desde Angola, El Congo,
Mozambique y Zimbabwe, huyendo de la guerra y la dictadura, en busca de una
nueva vida. Skyline extiende la mirada sobre la carnicería emocional
que sufre la gente corriente como consecuencia de la guerra. Definí mi
voz autorial con esta novela. Escogí hablar contra la guerra y la opresión.
No hay idealismo en ella, aunque sí esperanza y coraje.
El
éxito de Skyline me animó a seguir abordando el tema
de la guerra en las obras de ficción. Hay muchas sombras en mis libros,
descripciones de los hechos más atroces de la humanidad. Aunque me involucro
en estos aspectos oscuros de la naturaleza humana, creo que el espíritu
humano es benevolente en última instancia; que todos nosotros albergamos
la bondad. Por eso mis novelas se recrean en las cosas buenas: la comida, el
amor, la camaradería, la fe, el coraje.
El hecho de haber escrito en primer lugar para niños me ha convertido
en una autora cautelosa. No se puede engañar a un niño. Si el
libro no llama su atención, lo cerrará. Hay que dirigirse al lector
niño con cuidado y consideración. He aprendido a dirigirme al
lector adulto con el mismo respeto.
—ECP: ¿Cómo describirías Oro rojo para un posible lector español? ¿Qué va a encontrar en esta novela?
—PS:
Quería exponer, mediante una fábula, la intolerancia religiosa
y la intolerancia hacia el conocimiento nuevo. Situé la historia en un
lugar sin nombre y no especifiqué ningún período histórico,
porque los problemas de la intolerancia son universales y trascienden el tiempo.
Oro rojo es una historia de amor; un cuento de inocencia y traición,
de amor y engaño. Sitúa algunos de los peores aspectos de la naturaleza
humana en claro contraste con los más hermosos. En la novela, desplegué
un poema erótico de amor. Es el poema con el que el amante seduce a la
esposa inocente del caballero. Para ello, usé el imaginario y las texturas
africanas.
Cuando Oro rojo se publicó por
primera vez en inglés, recibí bastantes llamadas y correos electrónicos
en relación con este poema de amor, en especial con su sensualidad y
su poder de seducción. Mucha gente también me preguntó
si se trata de un poema real, tomado de la literatura oral africana, y si lo
había encontrado en algún archivo. Una de mis lectoras se preguntaba
por qué en toda su vida (tenía sesenta años) nadie la había
seducido así. Curiosamente, yo creía que Oro rojo sólo
les gustaría a las mujeres, pero bastantes hombres también han
expresado el placer que sintieron al leerlo.
—ECP:
¿Cómo es el escenario literario de la Sudáfrica post-apartheid?
¿Compartís los escritores preocupaciones y compromisos similares
respecto a la ficción, la cultura y la realidad cotidiana?
—PS: Es apasionante, se están escribiendo muchas obras. Entre nuestros nuevos autores, hay algunas voces poderosas. Soy consciente de la energía emergente. La gente tiene historias que contar y las están contando. El final del apartheid ha supuesto mucho más valor y por supuesto más libertad para expresarse y para explorar áreas en las que era difícil adentrarse antes.
—ECP: Coetzee fue tu tutor en la universidad. ¿Hay algo que hayas aprendido de él que desees transmitirnos?
—PS: Aprendí a tomarme la obra en serio, a asegurarme de que la obra, concebida como un todo, tuviera resonancia, y a eliminar todo lo superfluo; aprendí que una vez que la obra está en marcha, el autor debe moverse con agilidad en el proceso de elaboración. Nunca me impuso su forma de escribir, ni me inhibió en modo alguno. Nuestro trabajo es completamente distinto. Mis novelas son opulentas y sensuales, las suyas duras y contenidas. Donde las mías presentan esperanza de redención, las suyas son desoladoras, sin optimismo. Jamás me pidió que cambiara mi estilo o que escribiera como él. Sobre este hecho se puede juzgar su labor tutorial como superlativa.
—ECP:
Tanto tu trabajo como tu vida y tu acción personal parecen llevarte armoniosamente
a través de un trayecto muy consciente y de gran exigencia estética
y moral. ¿Dirías que el arte en general, o la literatura en particular,
pueden cambiar, mejorar e iluminar… a uno mismo, a los otros, al mundo?
—PS:
Sí, sin duda alguna. El arte, la literatura y también la música
son herramientas muy poderosas para la transformación y la redención,
tanto personal como social. Lo malo es que en África, debido a los bajos
índices de alfabetización, la literatura no se difunde con amplitud.
En realidad, la culpa es de los gobiernos, que parecen más dispuestos
a gastar dinero en presupuestos militares que en herramientas de conocimiento.
Pero no debemos olvidar que África también posee una gran tradición
oral, así que las historias están vivas en la memoria de los ancianos.
Estas historias se remontan miles de años atrás. En la actualidad
puede que se subestimen y se olviden, pero yo estoy al tanto de proyectos que
las están recuperando.