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—ENRIQUE ESCUDERO: Efectivamente, estás muy bien informado. Cuando llego a Madrid sólo tenía 17 años, y pasé de tener hora para volver a casa a no saber muy bien en qué casa vivía. Era un Madrid, el de 1980, muy apetecible al mismo tiempo que acogedor. El ambiente que, más que respirar se palpaba, era de esperanza y de confianza en el futuro, era algo que estaba en las calles del alcalde Enrique Tierno Galván y que era contagioso. Así, al menos, lo recuerdo yo, así me sentía y eso percibía (…) En muy poco tiempo me encontraba perfectamente integrado en un colectivo de gente que estaba por las mismas cosas que yo, un grupo heterogéneo de jóvenes estudiantes que querían ser actores. Yo asistía a todo lo que pasaba a mi alrededor con los ojos como platos. Por el ambiente que antes he descrito, era relativamente fácil salir un domingo por la mañana camino del rastro sin un duro en el bolsillo y despertarte el martes en una casa extraña y con una resaca importante, después de haberte hartado a comer langostinos y a beber cerveza en el rastro, para continuar con un prolongado café en La Bobia mientras se hacía tiempo para asistir a algún estreno teatral o cinematográfico de la temporada, del que salías con otra gente distinta de la que habías entrado, y que te invitaban a una fiesta en una casa cerca de la Puerta del Sol, que luego resultaba ser la casa de Cessepe, y allí te encontrabas comiendo las ostras más frescas, entre otros manjares y exquisiteces, que yo haya comido jamás, rodeado de Alaska, Carlos Tena, Almodóvar con Macnamara, un puñado de compañeros de la escuela y de gente de la noche madrileña que habían llegado a aquella casa de la misma manera casual que yo. Lo más sorprendente era que en ningún momento te sentías un extraño, parecía que todo el mundo se conocía de toda la vida y nadie te preguntaba cómo habías entrado, sino si necesitabas algo.
—EE: Pues era un poco como la época, se salía de una censura de más de 40 años y había que desenterrar muchas cosas, casi todo estaba por hacer, por descubrir, por reinventar. Por otro lado, la situación era bastante precaria en cuanto a las posibilidades de trabajo si las comparas con las que hay ahora. En aquel momento sólo había una televisión, TVE, con muchas horas menos de emisión que en la actualidad. La televisión por la mañana no llegaría a España hasta finales de los ochenta, en un experimento que dirigía Jesús Hermida, y en el que tuve la oportunidad y la fortuna de participar directamente. Volviendo al teatro y con la llegada de los socialistas a los primeros ayuntamientos democráticos y pocos años después al gobierno de la nación, se creó un clima generalizado de esperanza, de que las cosas se podían cambiar, fue una etapa de experimentación positiva en todos los sentidos, y la cultura fue un vehículo de comunicación de todas estas sensaciones. Tuve la suerte de que nada más volver de Italia, donde había pasado dos cursos estudiando, Lluis Pascual, entonces joven director catalán procedente del Teatro Lliure, era nombrado director del Centro Dramático Nacional. Al no ser de Madrid no conocía a los actores, por lo que hizo pruebas abiertas por primera vez en muchos años, y por ellas pasaron la casi totalidad de los actores que en aquel momento estábamos por Madrid; Pascual quería representar el Lorca más desconocido a través de una serie de espectáculos, y ese universo lorquiano estaba plagado de gitanos. Por suerte, mi aspecto de nórdico (Risas) y supongo que alguna cosa más, me posibilitó protagonizar el primero de ellos, 5 Lorcas 5 en el Teatro María Guerrero y junto a actores de la talla de Alfonso del Real, Pedro del Río, Guillermo Montesinos, Nacho Martínez, Antonio Banderas, Sonsoles Benedicto, y así hasta cuarenta actores, 15 bailarines, 40 músicos; aquella fue una experiencia maravillosa que me brindó resultados positivos en muchos aspectos. —ECP: Has trabajado en unos cincuenta espectáculos de teatro, pero el cine y la televisión no te son ajenas. ¿Te quedas definitivamente con las tablas o con las cámaras? —EE:
Con las dos cosas. Cada medio tiene su encanto y aunque la base para el
actor es la misma, son técnicas distintas. El teatro tiene el contacto
con el público, y se establece una comunicación con él
que hace que ninguna función sea igual que la anterior. Además,
debes meterte en un proceso diario de representación, con lo que
tienes que cuidarte de no mecanizar tu trabajo, que cada día sea
como la primera vez, esto es la esencia del trabajo del actor, y donde
se ejercita de verdad es únicamente en el teatro. En teoría,
con la cámara siempre puedes repetir, pero casi nunca es así,
al menos en nuestro país, —ECP: Sigues actuando (llevas más de 200 representaciones por toda España) con el monólogo estrenado en el Teatro Alfil de Madrid, en 2002, Confesiones sexsuales de un solateras, dirigido por Nancho Novo. ¿Es el monólogo la cima, la máxima realización de un actor en el escenario? —EE:
Probablemente, de hecho lo que más ansía un actor cuando
toma por primera vez un texto que le acaban de ofrecer, es que su personaje
tenga un par de monólogos que le permitan el lucimiento. Somos
así de exhibicionistas, qué le vamos a hacer. Por algo recordamos
de los clásicos los grandes monólogos: el de Laurencia en
Fuenteovejuna o los de Segismundo y Rosaura en La vida es
sueño, por no hablar de nuestros clásicos, que si nos
vamos a Shakespeare, qué actor que haga Hamlet no teme
y desea, al mismo tiempo, que llegue el momento más famoso de la
Historia del Teatro: «Ser o no ser…». Además,
casi siempre los textos dramáticos suelen encerrar en los monólogos
las conclusiones de un autor o más generalmente las preguntas sin
respuesta de un hombre. Si esto es así, imagínate lo que
te produce como actor enfrentarte tú solo una obra de teatro, es
el summum, el coito sin condón, el trapecio sin red, encerrarse
con seis toros en una plaza, todas las sensaciones que te producen una
representación se multiplican por 20 cuando estás solo sobre
el escenario, la responsabilidad es mayor. Si sale bien, la sensación
de éxito se acentúa, pero cuando sale mal también
incrementa la sensación de soledad que conlleva un fracaso. Yo
con el monólogo tengo una relación especial que comenzó
casi por obligación, no la elegí, es que no me quedaba otra,
ya que cuando empecé en Cartagena estaba solo y no tenía
a nadie que me diera la réplica, o sea que empecé por ahí,
por lo más difícil. Me gustó la experiencia porque
no salí mal parado, así que repetí con otro y la
cagué, pasarían años hasta que me atreviera de nuevo
a encarar uno, por lo que se convirtió para mí en una especie
de reto, luego se ha transformado en una herramienta para medirme como
actor y mi capacidad de conexión con el público cada cierto
tiempo. Lo que ocurre después es que cuando llevas mucho tiempo
solo, echas de menos no tener compañeros, y —ECP: También estás dirigiendo un espectáculo llamado Un viaje al Siglo de Oro, una prueba de fuego, sin duda, ya que estamos hablando de la cumbre del teatro escrito en español. Te citaré autores de los textos literarios que estás tratando y me cuentas. El primero de ellos: Calderón. —EE: Bueno, en realidad Un viaje al Siglo de Oro ya es pasado, es un espectáculo que dirigí en el 2005, el primero de Trianon Teatro, la compañía que he montado en Cartagena. Para un primer espectáculo de una nueva compañía me pareció que era una buena idea empezar por uno de nuestros clásicos, pero me encontré con un desconocimiento absoluto y una falta de interés por parte de la mayoría de los actores hacia los autores de la mejor época de todos los tiempos en cuanto a creación e innovación teatral se refiere. Los clásicos a la mayoría de la gente le suena a rollo, a plomazo en verso y castellano antiguo; esta impresión no respondía sólo al público, también era esta la respuesta que encontré en los actores que iban a formar parte del espectáculo, todos ellos procedentes de la Escuela Municipal de Teatro y de la Compañía La Murga, por lo que tenían muy poca experiencia fuera del campo del teatro de calle y de la animación teatral, así que decidí hacer una dramaturgia con un popurrí de los mejores momentos de cada autor, o al menos los más significativos, algo que les sirviera a ellos, utilizando sus recursos y habilidades, y al público. Hecha esta introducción hay que decir que si el Siglo de Oro ofrece abundante material a la reflexión filosófica, Calderón sobresale cuando nos acercamos a su teatro, y sobre todo, a su texto más representado, La vida es sueño. En esta obra Calderón narra la historia de Segismundo, príncipe de Polonia que fue condenado por su padre a vivir prisionero en las mazmorras del castillo porque, cuando el niño nació, el rey consultó el horóscopo y éste le predijo que su hijo le destronaría y arruinaría el país. No hay que dejarse engañar por el título, no se trata de un drama sobre la fugacidad de la vida, sino sobre el esfuerzo por superarse a uno mismo. Esta obra trata sobre la libertad humana, con cierto paralelismo por la condición del pecado original; el desgraciado príncipe se lamenta de su condición en unos monólogos bellísimos que forman parte del mejor teatro mundial. —EE: Yo no creo que Lope de Vega sea el mejor dramaturgo del Siglo de Oro, creo más bien que es posiblemente el mejor dramaturgo de todos los tiempos. Con una vida bastante licenciosa. Durante bastantes años Lope se dividió entre dos hogares y un número indeterminado de amantes. Para sostener este tren de vida y sustentar tantas relaciones e hijos legítimos e ilegítimos, Lope de Vega hizo gala de una firmeza de voluntad poco común y no tuvo más remedio que trabajar muchísimo, prodigando una obra torrencial consistente, sobre todo en poesía lírica y comedias, impresas éstas muchas veces sin su consentimiento, incompletas y sin corregir. Sólo pudo ocuparse a los treinta y ocho años de corregirlas y editarlas sin errores y, como primer escritor profesional de la literatura española, pleiteó para conseguir derechos de autor de quienes las reimprimían sin permiso. Consiguió, al menos, el derecho a poderlas corregir para que no se viesen alteradas por impresores desaprensivos. Es decir, que no sólo fue pionero en cuanto a la calidad de su escritura, además sentó las bases de la nueva comedia española y luchó por la dignificación de su profesión. De Lope de Vega seleccionamos el conocido monólogo de Laurencia en Fuente Ovejuna, que es probablemente la obra más representada de todo el Siglo de Oro en muchas partes del mundo, y unos hermosos monólogos de D. Alonso y D. Rodrigo en El caballero de Olmedo que hablan sobre el amor; éstos nos han servido para, mezclándolos entre sí, hacer una trepidante y dinámica escena de capa y espada. —ECP: ¿Y Lope de Rueda? ¿Es tan cómodo llevarlo a escena como también se dice? —EE: Lope de Rueda es el de mayor edad de todos estos autores y su obra es una especie de transición de un teatro anclado en la Edad Media a la nueva comedia española. Al ser un hombre autodidacta, no se sentía sometido a las estrictas normas académicas de sus contemporáneos, por lo que se atrevió a introducir cambios en sus comedias que constituirían el arranque de toda una serie de insignes autores que encabezaría Lope de Vega. De Rueda era ante todo un hombre de teatro y, por lo que cuentan los que le conocieron, un gran cómico, así que tanto sus argumentos —nosotros nos hemos limitado a los pasos, que fueron su fuerte y su gran innovación— como sus personajes son ligeros y muy populares, son casi como squetches que rozan el clown, por lo que para representarlos necesitas intérpretes con cierta vis cómica. Si éstos disfrutan con sus personajes es seguro que el público lo pasará en grande. —EE: Otro prolífico dramaturgo y poeta del Siglo de Oro que, a pesar de ser religioso, se adentró en el mundo psicológico del ser humano e incluso se atrevió a vestir personajes femeninos con ropas y rasgos masculinos. Nosotros nos hemos atrevido a usar un texto de su obra, El condenado por desconfiado, para hacer un juego en el principio del 2º acto. No podemos olvidarnos de que estamos trabajando con textos escritos en el siglo XVII, pero dirigidos a un público del siglo XXI. Durante el primer acto nos hemos situado en el XVII y hemos intentado hacerlo tal y como se hacía entonces, comenzando con el paso de Las aceitunas de Lope de Rueda, a telón cerrado y con los actores delante de éste, sin decorado alguno; al terminar se abre el telón y nos encontramos con una jaula envuelta en humo en la que se encuentra, encerrado y lamentándose de su destino, Segismundo; luego, pasamos a otros pasos que alternamos con escenas y monólogos emblemáticos de distintos autores, pero tanto los decorados, como el vestuario, las formas de interpretar los textos y de relacionarse con el público, respetando muy poco la cuarta pared, sobre todo en los pasos, intentan ser fieles en lo que nos permite, insisto, el paso del tiempo, con la forma de hacer del momento. Pero ya a partir del 2º acto, buscamos un mayor acercamiento al espectador de hoy, utilizando, por ejemplo, toda clase de anacronismos, versionando pasos enteros y convirtiéndolos en un stand up de plena actualidad, soltándonos el pelo poco a poco, con una visión actual de los textos introduciendo personajes con vestuarios y giros de hoy para llegar al final totalmente desmelenados y consiguiendo que el público también se desmelene con nosotros, y salgan con el sabor de boca de haber visto algo divertido, fresco y muy mediterráneo, que a fin de cuentas es lo que somos. —ECP: ¿Andrés de Claramonte? —EE:
Claramonte es un autor murciano muy poco conocido incluso en su propia
tierra. Al igual que otros, escribió por necesidad para su propia
compañía. Poco sabemos de él, aunque en los últimos
años algunos estudiosos empiezan a atribuirle textos que siempre
se creyó que pertenecían a autores más reconocidos.
Sin entrar en estas discordias, el texto que nosotros tratamos, El
valiente negro en Flandes, perteneció indiscutiblemente a
Andrés de Claramente. Yo llegué a este texto por pura casualidad
en 1995, cuando acababa de terminar el rodaje de Los ladrones van
a La Oficina y un amigo actor me comentó que Ángel
Berenguer, el catedrático de teatro de la Universidad de Alcalá
de Henares, lo estaba trabajando. A Ángel Berenguer se lo había
hecho llegar César Oliva. A mí me llamó mucho la
atención simplemente por el título y la sinopsis: «un
negro de Mérida, hijo secreto de un noble y de una criada negra,
quiere enrolarse en los tercios de Flandes, pero no le dejan por ser negro».
Sólo este sorprendente punto de partida me puso en marcha y al
día siguiente estaba pidiendo una cita en la Universidad de Alcalá
de —ECP: Y por último, tachán, el insigne Cervantes. ¿O no es tan insigne cuando escribe teatro? —EE: Dicen que fue la espinita clavada que sobrellevó Cervantes, que no siempre debió de ver con agrado la superioridad de Lope de Vega como dramaturgo, reconocida por casi todos sus contemporáneos y estudiosos posteriores. Nosotros hemos escogido uno de sus entremeses más divertidos, La guarda cuidadosa. La hemos adaptado para que sonara más actual, eliminado alguno de los personajes por cuestiones técnicas nuestras y así nos ha quedado una pieza muy loca y con un ritmo trepidante, que deja un final muy arriba y el público lo celebra y lo agradece. —ECP: Estuviste tres años consecutivos en la Compañía de la Muralla Árabe de Madrid y en el Centro Cultural de la Villa, bajo la dirección de Antonio Guirau. ¿Qué sacas de esa experiencia teatral intensa? ¿Agotadora? —EE:
Sí y no. Lo agotador de esa etapa no era el teatro, sino que a
la vez estaba en dos series al mismo tiempo: Calle nueva y Manos
a la obra, además de capítulos en prácticamente
todas las que se hacían: Médico de familia, Turno
de oficio, La casa de los líos, Hermanas,
El Comisario, Policías, Compañeros…
Y durante esos tres años no tuve vacaciones ni de verano ni de
invierno, ya que no tenía tiempo para tomármelas. Trabajar
con Antonio Guirau tanto tiempo, entre tanta serie y con casi el mismo
equipo de actores, fue para mí todo un lujo. Guirau era un hombre
de teatro en el sentido completo de la palabra, y sin alarde ninguno de
darte lecciones, te las daba a diario y en cada situación; a él
le gustaban los actores que no le planteaban dudas, los que se arriesgan
y se tiran sin miedo a la piscina. Recuerdo una anécdota de Guirau
—ECP: Creo que andas dándole vueltas a la representación de Cachorros de negro mirar de Paloma Pedrero… En nuestra revista se admira muchísimo la obra de esta dramaturga. Háblanos de ello. —EE:
Efectivamente, ahora mismo estoy inmerso en ese lento proceso de preproducción
y arranque de los ensayos. Es una función a la que tenía
ganas de meterle mano hace tiempo, como al resto de la obra de Paloma
Pedrero, que no tiene desperdicio y por la que siento la misma admiración
que vosotros. En el túnel un pájaro, Una estrella,
Cachorros… son textos muy bien construidos, que mantienen
el interés desde el principio hasta el final y que además
te hacen reflexionar. Paloma Pedrero me parece una de las mejores dramaturgas
de este país y me atrevería a decir que hoy por hoy, la
mejor, la más completa y con un algo especial que te hace en las
primeras páginas saber que una obra es de Paloma Pedrero, aunque
no tengan nada que ver un texto con otro, hay algo en su escritura que
te hace identificarla, sus diálogos son ricos y cuando los dices
suenan a verdad, al mismo tiempo que están envueltos de cierto
sabor poético muy bien medido, sobre todo en Una estrella
o En el túnel un pájaro. En cuanto a Cachorros
de negro mirar, es básicamente un retrato de una sociedad
con sistemas cada vez más desacreditados, que está perdiendo
sus valores y que nos avisa del peligro que esto entraña sobre
todo para nuestros jóvenes, que se convierten en presa fácil
de individuos capaces de canalizar toda una serie de frustraciones y dirigirlas
hacia grupos organizados donde la sinrazón y la utilización
de la violencia son las armas únicamente empleadas (…) Yo
siempre tengo en mi cabeza 6 ó 7 obras de teatro que me gustaría
montar en un plazo no muy largo y en función de una serie de circunstancias
voy montando algunas de ellas. En el caso concreto de Cachorros
es —ECP: ¿Dentro de cuarenta años, si no estamos criando malvas, te ves más como un viejo actor respetado o como un viejo director de teatro? —EE: Dentro de cuarenta años me veo criando malvas fijo, pero bueno, en el hipotético caso de que aún siguiera aquí, me gustaría verme más como un viejo actor que, además, dirige. |
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—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Cómo se introdujo en tu vida desde pequeño el teatro? ¿Cuándo comienzas a intuir o saber que te dedicarás a esta profesión? —RODOLFO
RUIZ: Un amigo y yo éramos muy aficionados al cine desde los 14
años y comenzamos a ir al festival de cine de San Sebastián.
Nos hospedábamos en un albergue de la Organización Juvenil
Española, una organización falangista, porque era el lugar
más barato y no teníamos dinero alguno. De hecho —como
cerraban el albergue a las 10— por la noche teníamos que
escaparnos para poder asistir a las proyecciones. La primera vez que asistimos
nos hicimos unos carnets falsos haciéndonos pasar por críticos
de cine y recuerdo que diseñamos en forma de patata el logo de
la revista en la que supuestamente trabajábamos. Recuerdo, asimismo,
que, ya que no teníamos dinero, comíamos los emparedados
que servían en el festival en dura pugna con aquellas mujeres adineradas,
vestidas de bisón que se encontraban en las fiestas de los productores
de cine. Por lo que te diría que comencé a acercarme al
teatro a través del cine (...) La verdad es que desde pequeño
amé el cine para sufrimiento de mi hermano mayor, que no me podía
arrancar de la butaca cuando terminaba una película. Aunque cuando
todavía era más pequeño lo hacía sufrir aún
más, porque vivíamos en un barrio de Madrid muy alejado
de los grandes cines, con lo que teníamos que hacer un largo recorrido
para llegar a ellos y cuando llegábamos al fin allí, si
no me gustaban los carteles de la película me negaba a entrar (...)
Ya en el instituto conocí al hijo de una profesora de Arte Dramático
de Madrid y aunque ella enseñaba interpretación clásica,
me dio un buen consejo que no olvidaré nunca: «un director
de cine lo primero que tiene que aprender es a dirigir a los actores».
Así, decidí introducirme en la carrera de Arte Dramático
al tiempo que estudiaba PREU (...) Esto sucedió hacia finales de
los años 60, que son los años donde se —ECP: ¿Cuáles fueron entonces las primeras obras teatrales que dirigiste? —RR: La primera obra que dirigí fue una obra que escribí yo, llamada Hombre y experimentación. Una obra sin palabras y basada únicamente en el lenguaje corporal (...) Ahí surge en mí el interés por la expresión corporal, gracias a Antonio Malonda, uno de los mejores profesores de Madrid, que tenía una compañía de teatro independiente de experimentación llamada Bululú. Este profesor y su compañía estaban en una onda, digamos, maoísta. Y gracias a él pudimos entrar en contacto con Grotowski, que, por aquel entonces, estaba en Polonia y conseguimos traer a una mujer que era su mano derecha para que viniera a enseñarnos sus técnicas teatrales. Gracias a este curso, dirigimos una versión de La vida es sueño de Calderón de la Barca escrita por Alfonso Sastre, un contacto también importante dentro de mi vida teatral y política (...) Así, combinábamos una especie de teatro de la crueldad —dicho a la manera de Artaud— en que el cuerpo como signo y objeto de representación es importantísimo y, al mismo tiempo, estábamos muy concienciados de la importancia situacionista-política de las prácticas de teatro de Bretch o Meyerhold (...) El segundo montaje que dirigí en solitario fue Fando y Lis de Arrabal, cuando esta obra estaba prohibida en España. —ECP: ¿Conoces personalmente a Arrabal? —RR: Fíjate que el primer montaje que se hizo en España sobre Fando y Lis lo hice yo, pero nunca pude comentarlo con él... Arrabal es un personaje controvertido que criticaba a Franco en plena dictadura y cuando llegó la democracia planteó la crítica a los socialistas y comunistas, esto no me ha influido para dejar de considerarlo el magnífico creador de lenguaje teatral que es. Además, me gustaría montar de él Cementerio de automóviles y El arquitecto y emperador de Asiria. —RR: Sin duda, William Layghton. Y, por supuesto, Roy Hart, que vino a darnos un curso en Madrid y era el mejor investigador de la voz por aquel tiempo y tenía una compañía en el Reino Unido definitiva dentro del teatro moderno. Su ideología chocó con la nuestra porque estábamos viviendo la etapa franquista, pero era muy interesante. Él sintetizó su ideología bajo el signo de abraxas: el equilibrio entre la muerte y el cuerpo, el sexo y la víscera (...) Llegó a decir que había sido capaz de ser libre hasta en un campo de concentración nazi, aún a pesar de tener que beber orines, y esto, que es más que comprensible en otra sociedad, dicho en tiempos franquistas chocaba con nuestra realidad, porque podía llegar a inhibirnos en nuestra lucha. Yo polemicé con él en público y él me respondió muy educadamente y, de hecho, se interesó por el montaje que yo estaba haciendo y se sorprendió muy gratamente, porque la obra no era nada panfletaria (...) También fueron muy importantes para mí las enseñanzas de Miguel Narros, así como las de Manuel Dicenta —familia del famoso escritor—. Con este hombre, que era un consumado especialista en recitar los versos del Siglo de Oro, sucedió un asunto muy interesante porque no era capaz de enseñarnos las nuevas técnicas de improvisación teatrales y decidió sentarse a escucharnos a nosotros, los alumnos, con muy escasa preparación, dar clases sobre las mismas. Eso fue, en verdad, muy emocionante. —ECP: ¿Saliste al extranjero por aquel entonces? —RR: Sí. Fuimos, por ejemplo, a Praga con el montaje de La vida es sueño y fue una experiencia impagable, pues pude conocer de primera mano el teatro negro y observar cómo se creaba el teatro acuñado con el nombre de socialismo real. Además, me sirvió para darme cuenta de que ese comunismo no existía. Recuerdo los tanques del ejército ruso ocupando Praga y todo el país y los debates que se suscitaban en el plano ideológico comunista en aquella época (...) También estuvimos en Lubiana, en la antigua Yugoslavia. —RR: No, para nada. En España el maoísmo no era como lo presenta Godard en su película. Tenía sus contradicciones y defectos, pero en España su lucha contra la institución militar y demás símbolos de la España franquista fue definitiva. Se puede estar o no de acuerdo, pero creo que en la España de los años 60-70, para ser un activista político, había que estar en el maoísmo o el trotskismo. Precisamente, Godard muestra en su película a un grupo de pequeños burgueses acomodados, pero nosotros desarrollábamos una actividad importante: distribuíamos libros, organizábamos obras de autores importantes, promocionábamos sus espectáculos, etc (...) Por aquel entonces, nosotros llevamos un espectáculo llamado Pueblo de España ponte a cantar, que era una selección de poemas de la generación del 27, al teatro Capsa de Barcelona, originariamente creado por la agrupación de panaderos de Barcelona, que ayudó a estrenar la obra de muchos autores independientes (...) En los meses precedentes a la muerte de Franco fuimos fundamentales para paralizar Madrid con la huelga de los teatros y cines, por lo que nada más lejos de nuestro trabajo que la actitud acomodada de los personajes retratados por Godard. —ECP: Tengo entendido también que participaste en la revolución de los claveles de Portugal. —RR: Sí. Cuando este hecho se produjo, unos compañeros y yo fuimos hacia Portugal y si bien no pudimos representar el montaje que estábamos ensayando, sí que pude desarrollar otra de mis pasiones con la que he llegado a ganar algún concurso: la fotografía. Gracias a ello, tengo una jugosa colección de fotografías de la revolución de Portugal que creo que son de bastante interés. En Portugal conocí a algún que otro famoso cantante como el autor de Grándola Vida Morena, que después murió en la indigencia como Valle-Inclán; participé, por ejemplo, en la creación del sindicato de trabajadores del amor y conocí también al hombre que tuvo más poder en la revolución portuguesa —Otelo Saraiva de Carvalho— que, más tarde, traería a España a la manifestación de Torrejón contra la OTAN. —ECP: ¿Cómo de difícil y cuánto de satisfactorio fue llevar a la práctica montajes de Piscator? —RR: Fue realmente muy placentero. De Piscator monté en los años 70 unos ejercicios prácticos de teatro político. —ECP: ¿De cuál de tus adaptaciones estás más contento?
—ECP: Creo que en los años 80 escribiste una obra sobre Valle-Inclán. —RR: Escribí El marqués de Bradomín meando en el callejón del gato, que es un recopilación de textos de Valle-Inclán que me parecen interesantes, pero aunque me dieron una subvención, no encontré gente con suficiente garantía para trabajar esta obra y abandoné este proyecto. —ECP: Hablemos de Brecht. Defíneme en pocas palabras su influencia. Sus obras esenciales. Su actualidad. —RR: Creo que las tres obras fundamentales de Brecht serían Galileo, Galilei, Santa Juana de los mataderos y Terror y miseria del III Reich. Santa Juana tiene la vigencia de ser un análisis marxista lúcido del funcionamiento de la economía capitalista. Galileo es igualmente vigente porque es una reivindicación del ser humano en proceso de investigación y descubrimiento constantes, de la contradicción de los descubrimientos científicos y cómo el poder machaca al científico cuando el mismo pone sus investigaciones al servicio del pueblo. Y Terror y miseria del III Reich es esencial porque considero que aún sigue vigente toda la fuerza destructora de las dictaduras. —ECP: ¿Qué opinas de actualizar de una manera u otra los clásicos? —RR: Lo veo muy bien. De hecho —como he señalado antes— yo participé en una versión de La vida es sueño hecha con metodología grotowskiana. Actualizar a los clásicos es necesario y, si te fijas, los textos griegos se prestan a ello excelentemente.
—RR: El verano pasado comencé un trabajo sobre la utopía y El Quijote y he abierto una línea de investigación sobre el teatro de Cervantes, ya que en el Siglo de Oro parece que Lope de Vega es el ganador y Cervantes el perdedor, y como yo siempre me acerco a los perdedores tengo intención de trabajar los textos teatrales de Cervantes. Comenzando con La Numancia quiero seguir con otras obras suyas, pues el teatro cervantino, aunque parezca lo contrario, está muy poco explorado. —ECP: ¿Cuál es tu canon del teatro del siglo XX? —RR: Bertold Bretch, Peter Weiss y Valle-Inclán. —ECP: ¿Cómo crees que se ha recogido en España la influencia de Meyerhold o de Maiakowski? —RR: Realmente, se ha recogido poco y mal. Tuvieron su influencia en la etapa previa a la guerra civil revolucionaria española e incluso en la propia guerra civil, pero no lo suficiente. Por ejemplo, en el trabajo que te he comentado que estoy realizando sobre Cervantes en una de sus partes me ocupo del Don Quijote libertado de Lunacharski. Lunacharski es un director soviético de los años 30 que tuvo influencia en España en aquella época de la segunda república, pero después, con la dictadura de Franco, el germen que dejó se derrumba. Tan sólo algunos grupos y compañías de teatro independiente hicimos exploraciones durante los años 60 y 70 y luego después ha sido muy difícil, porque tras la caída del muro y la dictadura del postmodernismo cualquier obra política es cuestionada y casi ignorada. Por ello, su influencia ha sido muy poca y su obra apenas está explorada en nuestro país. Es una lástima, pero apenas se ha ejercido la actualización de la obra de estos autores fundamentales. —ECP: ¿Cuál es la diferencia que encuentras entre dirigir para el medio teatral y televisivo e igual para los actores?
—ECP:
¿Cuáles fueron los trabajos más destacables que realizaste
en el medio televisivo? —ECP: A principios de los años 90 había en España una cantidad de obras de teatro y compañías muy interesantes. Sin ir más lejos, el teatro Romea de Murcia, donde estamos, era un hervidero de juventud y bullicio. Y, de repente, se hizo el silencio. ¿A qué se debe esto? —ECP: ¿Cuáles son los montajes teatrales que más te han gustado este año en España? —RR: Sinceramente, no he visto demasiado este año. Y la verdad, hace poco vi la Santa Juana de los mataderos llevada a cabo por el Teatro Lliure y no me satisfizo. Respeto mucho los trabajos de esta compañía, pero no me pareció que la adaptación postmodernista que realizaran pudiera ayudar al texto de Brecht. Este año he visto poco teatro porque valoro mucho mi tiempo y si no tengo garantías de que el montaje sea muy bueno, me marcho. De hecho, si voy al teatro y no me gusta la obra me suelo salir de la misma. No me siento atado a la butaca. —ECP: ¿Tu opinión sobre Cómicos de Bardem y El viaje a ninguna parte de Fernando Fernán Gómez? —RR:
La película de Bardem es un encanto. Refleja muy bien lo que es
ese mundo terrible interno que existe en la procesión de los cómicos.
Puedo decirte que en la línea de esa película está
la experiencia que tuvo la madre de mi hijo, Samuel, que trabajó
en teatro en Madrid y acabó dejándolo para pasar a la televisión
porque su experiencia fue tan terrible, lo pasó tan mal haciendo
representaciones por distintas provincias, que no tuvo otra opción.
Recuerdo que ella siempre cuenta que el director de la —ECP: ¿Qué crees que todavía tiene que decirnos el teatro? ¿Cómo puede afrontar la crisis de lo “políticamente correcto” un medio que depende tanto de las subvenciones? —RR: Por un lado, decirte que está muy reciente por parte de la unión de actores y otras agrupaciones como empresarios y distribuidores, el intento de elaborar un plan general del teatro y, por otro lado, la asociación de directores de escena elaboró también un borrador de ley de teatro. Yo he intentado con el grupo parlamentario del PSOE que se convoquen unas jornadas de debate sobre el teatro en el que participen todos los sectores del mundo del teatro —como así hicimos años atrás— para conseguir sacar un borrador de ley de teatro. Es necesario organizar el sector y esto sólo es posible con una ley. Se va a sacar una ley del libro, una ley de la música y no se entiende, por ejemplo, cómo no existe todavía ni se tiene proyectada la ley del teatro en donde el teatro quede fuera de la política actual de las subvenciones. Porque el problema está en que como los teatros públicos están dependiendo de ayuntamientos y comunidades autónomas, si no se hace una ley que garantice que los espectáculos que se produzcan tengan una distribución garantizada por todo el estado no hay manera de que los espectáculos sobrevivan (…) Por ejemplo, el mismo Vicente Cuesta me confesó que había estrenado hacía poco un magnífico espectáculo en Torre Pacheco, Emigrados, que, seguramente, no podrá representar más porque como ese espectáculo tiene que distribuirse por comunidades autónomas y cada una tiene una programación diferente en base a intereses partidistas y no hay una política de distribución teatral por todo el estado español que garantice que un espectáculo tenga una distribución garantizada a lo largo del año con 150 o 200 representaciones se produce un hecho realmente nefasto: subvencionar un espectáculo con una gran cantidad de dinero para que luego muera en sí mismo con media docena de representaciones (…) Y en cuanto a la vigencia del teatro, decirte que más que nunca, total y absoluta. —RR: Fue en un festival de teatro internacional de otoño de Madrid en mis tiempos de estudiante de Arte Dramático en Madrid. Era una obra de Goldoni, cuyo nombre no recuerdo ahora mismo. Pero, verdaderamente, la primera obra que me impactó con rotundidad fue la versión de Marat/Sade de Peter Weiss realizada en el teatro Español por Adolfo Marsillach, en la que intervenían muchos compañeros míos. Y, si te he de ser sincero, no recuerdo haberme vuelto a emocionar en el teatro últimamente. —ECP: Y, por último, ¿tus próximos proyectos? —RR:
Pienso hacer un taller de dramaturgia histórica y llevar a cabo
una trilogía sobre las revoluciones españolas. La primera
parte sería Revolución comunera, la segunda, Revolución
liberal y la tercera, Revolución socialista. Esta
última centrada, evidentemente, en los años 36 y 37, dentro
del ámbito de la guerra civil revolucionaria española. |
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Susana Gerbiez
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