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Traducción: Rosa Isabel García / Ana Alonso Dorrego
—DUONG THU HUONG: No lo sé. Y lo mejor es que no hay que abordarlo como un problema, porque cada libro tiene su premio, exactamente como un ser humano. —ECP: ¿Qué relación hasta ahora has tenido con la cultura española? ¿Has visitado nuestro país? ¿Qué conocías de él desde tu refugio vietnamita? —DTH: Hasta hoy no he tenido la ocasión de visitar vuestro país, pero la cultura española nos ha atraído desde la infancia. Dos cosas que típicamente aportan la influencia cultural ibérica son el personaje Don Quijote y la tauromaquia. Don Quijote está encarnado, a mi parecer, por la bondad y el heroísmo infantil, que son compañeros perpetuos de la humanidad. Y la tauromaquia evoca violentamente el sueño más arcaico y más profundo en el alma de los mortales, porque más o menos, desde hace poco tiempo o desde antaño, cada uno de nosotros sueña con ser torero.
—DTH: La actividad sexual era desde siempre el tema favorito y estimado por los humanos. Existe y existirá siempre para alimentar pamplinas, patochadas y también conversaciones serias. Los hombres especialmente se jactaban, discutían; se han hecho bromas, a veces graciosas, otras veces dañinas, hasta humillantes, para hacer rabiar o abatir a los demás (...) Las discusiones sobre este asunto han hecho desatar risas, lágrimas y sangre. Es porque la actividad sexual se convirtió en una cuestión crucial en la vida de la bella Lurette (...) El ser humano no tiene suficiente paciencia para esperar la Viagra de nuestros días. Al contrario, los hombres de antaño fueron unos buscadores fervientes de los beneficios de los productos afrodisíacos. No solamente los ciudadanos, que llevaban una vida rica o fácil, sino también los aldeanos, que vivían bajo duras condiciones. Todo el mundo deseaba, clara o tácitamente, poseer de manera maravillosa a su compañero en este combate especial (...) Yo pasé años viviendo en medio de los campesinos, en los caseríos montañeses, así como en los pueblos de la planicie. Yo escuché bastantes recetas tradicionales afrodisíacas. Son verdaderas. Existen hasta hoy en día; y entre las cuales hay un centenar que han sido seleccionadas en los libros para que los editores inventaran títulos muy sugerentes, por ejemplo, “Tonificante para el Yin y el Yan”, es decir, “Tonificante para los hombres y las mujeres” o “¿Cómo pueden alcanzar su felicidad?” O bien: “El medicamento milagroso y no costoso…” Pero es el oficio de otros, no el mío. —ECP: También me ha gustado mucho tu manera de implicarte y, al mismo tiempo, distanciarte de la historia. Me explico… Por ejemplo, el punto de vista no está a favor de ninguno de los tres personajes. Los tres nos son presentados como seres humanos dignos de ser amados, con sus problemáticas personales y sus defectos. ¿De cuál de los tres, sin embargo, guardas mejor recuerdo? ¿Con cuál te sientes más identificada? —DTH:
Se dice que todos los libros son la metamorfosis misma de la vida, del
autor. ¿Es verdad esto o no? ¡Yo lo dudo! Mis novelas han
salido siempre de una historia real, mientras que las historias humanas
son variadas. Por supuesto, el novelista tiene derecho a añadir
sus ideas, sus análisis, sus deseos, hasta sus sueños…
Es el feudo de una novela (...) A pesar de este privilegio, yo me esfuerzo
por guardar al máximo una tranquila observación de los personajes
y lo considero una norma indispensable. Sin embargo, la justicia y la
equidad son siempre difíciles de conseguir. El ser humano tiene
una tendencia a —ECP: La crítica francesa ha destacado, sobre todo, las escenas solitarias de la guerra que protagoniza Bon. Sin embargo, a mí me ha atraído también cómo planteas el cambio de visión de los habitantes de la localidad al tiempo que Hoan promete crear la escuela. ¿Puedes incidir en esto dado que da una imagen del Vietnam real? —DTH: Vietnam es todo un pequeño país, que se parece a China. Normalmente tendría futuro, sería un gran territorio, sería una pequeña provincia china. Su fatalidad inexorable se encuentra sobre un territorio precario y amenazado permanentemente por un imperio invasor que es mucho más fuerte que él, el reparto es siempre desigual. Por mantener su independencia, dicho de otra manera, para ser él mismo, debe llevar una guerra milenaria. Esta guerra lleva este nombre, “La guerra del pueblo”. Esto significa su participación extremadamente mayoritaria. La guerra la provocan evidentemente las guerrillas con las gentes de allí. El canon de belleza como los criterios de los valores personales se focalizan en los combatientes, los héroes del país. En La tierra de los olvidos, con un placer implícito, apruebo el cambio de mentalidad de los montañeses cuando el protagonista Hoan promete crear la escuela. Porque este hombre encarna el nuevo canon de la belleza. Él es el héroe de la nueva vida. El héroe de la paz. Hoan es terriblemente inteligente, generoso, luchador, poderoso, elegante… Por lo tanto, es capaz de construir el futuro. —ECP: Uno de los temas recurrentes del libro es, sin duda, el dominio de la ley, cómo la ley condiciona nuestros destinos y no nos permite elegirlos. Este tema tan trágico —por poner un ejemplo, lo encontramos en Antígona de Sófocles—, ¿cómo te lo planteaste al escribir el libro? ¿El destino está en manos de la ley, los Dioses o de los humanos? ¿Qué piensas al respecto? ¿Podemos llegar a manejar nuestros destinos o siempre hay algo que se nos escapa? —DTH:
Yo me acuerdo de una frase, que es al mismo tiempo antigua y moderna:
«No hay nada nuevo en este mundo». Yo lo creo. Para que al
ser humano le quede todavía algo de humanidad, debe aceptar una
verdad insatisfecha: hay cuestiones que se esconden en el silencio absoluto
para siempre. Esta verdad es muy poco halagüeña. Es porque
algunos poderosos la niegan. Yo soy débil mientras que la acepte.
La vida humana es para mí una lucha sin cesar para recobrar cosas
que se nos escapan, aceptando una pérdida predestinada. Con calma
y paciencia nos peleamos por subir una pendiente abrupta de la existencia
que un Todopoderoso ha puesto sobre nuestro camino. Las vicisitudes y
las adversidades —ECP: ¿Cuáles fueron las escenas del libro que más difíciles te resultaron de escribir? Cuéntame un poco de dónde sacaste la inspiración e influencia para narrar las escenas en que Hoan se encuentra con prostitutas. —DTH:
Ambas cuestiones coinciden casi sobre el mismo punto. Se escribe fácilmente
sobre las propias experiencias, pero tenemos dificultades para describir
situaciones ajenas. Según este dato me ha resultado embarazoso
describir la escena en la cual Hoan se rinde a la Casa cerrada (...) Se
sabe desde siempre que la prostitución era el oficio más
antiguo de este mundo y éste atraía no solamente a los lujuriosos,
los malos escabrosos con su líbido, sino también a los bandidos
y los miserables que carecían de las condiciones rudimentarias
para satisfacer su deseo. Entre los tres géneros precedidos yo
me encuentro entre los bandidos. No soy una bandida por voluntad, pero
debo alimentar una curiosidad necesaria con el fin de alcanzar las exigencias
del oficio. Desde 1977 he sido guionista en un estudio de cine de ficción.
Mis conocimientos sobre la vida rural y la guerra son bastante fiables,
pero el acoplamiento más fácil es el de la vida de las grandes
ciudades, sobre todo la parte lujosa o perversa de sus gentes (...) Yo
era totalmente consciente de las limitaciones de la inteligencia, y buscaba
pacientemente con el fin de aceptarlas. En principio pedí ayuda
a un colega, guionista también, que trabaja para una revista de
cine. Este hombre me concedió una cita en la cual me iba a adentrar
en la casa de la tolerancia con la condición de que yo cuidara
de su hermana pequeña. Acepté inmediatamente y la atendí
con fervor, pero él ha retrasado en numerosas ocasiones esta cita
por diversos motivos. Pasó un mes, después dos meses. Bajo
mis presiones su mujer ha hecho por fin un esfuerzo copioso para invitarme.
En mitad de la cena, la pareja intercambia miradas cómplices y
comienzan a reírse. Después mi colega me insultó
(¡por supuesto me insulta amigablemente!): «¡Tú
eres realmente idiota! La Casa cerrada está totalmente prohibida
para las mujeres, imagínate cómo se pueden alterar con la
presencia de una mujer, aunque sea la amiga o la hermana. Y reflexiona
también… ¿Cómo se molestarán las prostitutas
delante de una mujer extranjera?». De ahí que existan proxenetas
masculinos y femeninos como tú has leído bien en la historia
de Kim Vân Kiêu (...) Aunque estoy totalmente habituada, me
quedé con la boca abierta y encuentro esto totalmente estúpido.
La mujer de mi colega añadió algunas palabras después
de reírse: «Tú sabes que mi marido y tantos otros
guionistas como escritores van muchas veces a la Casa cerrada con diferentes
pretextos: investigar en los corazones de las “malas mujeres”,
realizar búsquedas sobre este campo, practicar cosas necesarias
para escribir bien, etc. En resumen, ellos dicen barbaridades. Yo leo
sus pensamientos. A ellos les gusta hacer esto por naturaleza. Es algo
habitual desde la prehistoria. Todo el mundo sabe bien que estamos juntos
desde hace diecisiete años. Para mantener la vida conyugal ¡debo
parecer tanto sorda como tuerta!» Esta —ECP: ¿Cómo pudiste entender y darle forma al apego de Bon a su antigua mujer, a su antigua vida, su imposibilidad de seguir adelante si no es con Mien? ¿No nos habla este personaje de la imposibilidad de vivir sin recordar, pero la necesidad de olvidar para continuar? ¿Hasta qué punto memoria y olvido son puntos de encuentro o confrontación entre odio y perdón? —ECP: ¿Cómo has tomado el éxito de tu novela en Francia? ¿Te ha sorprendido? —DTH: En la tierra natal yo soy una profesional rebelde y una escritora diletante. La aprobación de esta novela me provoca una bifurcación decisiva. Escribo desde entonces de una manera oficial. Esto me produce alegrías, pero también una gran culpabilidad en la guerra contra la democracia. En mi vida no soy vanidosa, pero la responsabilidad me importa y pesa. No es fácil vivir con ella. —ECP: ¿Cuáles son las virtudes y defectos que encuentras en el modo de vida occidental respecto al de tu país? —DTH: Soy incapaz de resolver esta cuestión. No me siento bastante dotada para realizar comparaciones altivas sobre diferentes sistemas de valores. La vida humana es totalmente difícil de comprender. Es porque el acuerdo es siempre mejor que el yugo. —ECP: Creo que has trabajado un tiempo en cine también. ¿Qué opinas y cuál es tu película favorita de todas las que los norteamericanos hicieron sobre el conflicto bélico de tu país? ¿Podrías citarnos algún libro o película vietnamita de referencia para visualizar este conflicto? —ECP: ¿Cuáles son tus escritores favoritos o los que más te han influido? Y teniendo en cuenta tus orígenes humildes, ¿me puedes indicar cómo te educaste en la cultura de los libros, cuándo nace tu vocación de escritora, de dónde nace esta necesidad? —DTH: Yo provengo de una familia que no es ni pobre ni rica. Mis ancestros han ejercido oficios diferentes: escritor, médico, propietario de tierras, funcionario y sobre todo militares mandarines… Sus carreras me han influido de forma periódica, cada uno a su manera. Desde mi infancia, yo era una pequeña deportista que soñaba convertirse en una campeona de ping-pong, un deporte libre, una acróbata o una trapecista. La literatura era en ese tiempo la compañía indispensable que tonificaba mis sueños: novelas de aventura, thrillers, entre los cuales el señor caballero andante Don Quijote y su fiel servidor, ocupan un lugar considerable. Y después la juventud me llegó al mismo tiempo que la guerra. Nosotros estábamos inmersos en una circunstancia siniestra. En lugar de disfrutar de una vida deseable, habíamos consumido libros para olvidar las dificultades reales. Tchékov, Dostoïevski, Hugo, Balzac, etc. Estos nombres sonaban hasta el momento en el que yo he podido abandonar mi tierra natal para ir al frente. Desde entonces, la literatura ha ido desapareciendo absolutamente y toda clase de catástrofes la han reemplazado. Afortunadamente yo he sobrevivido hasta la liberación del Sur, el 30 de abril de 1975. La guerra victoriosa queda a mis espaldas. Y el camino de la rebelión se abre en el horizonte de enfrente, que me llama. Con la vida rebelde, la literatura renace de sus cenizas, y me fascina violentamente con todas las barras mágicas de su potencia. Quizá, sobre la línea de ascendencia, mi buen hombre escritor ha salido para atraparme. —ECP: ¿Cuál de tus otros libros que no conocemos en España nos recomendarías? ¿Cuál es del que te sientes más orgullosa? —DTH: Un libro para un escritor es como un hijo para una madre. No obstante, a pesar de ser madre de mis libros, soy incapaz de distinguirlos.
—DTH: Yo vivía desde hace tiempo con este principio: perfeccionarse uno mismo, es la tarea más esencial para el ser humano. El resto es Dios quien decide. En nuestra vida cotidiana disfrutamos de vez en cuando de las cosas. Se sueña a veces, es normal. Pero si nos dejamos devorar por la ambición, será lo peor. En este caso se ha creado el infierno y su abismo interior. La segunda parte de esta cuestión evoca un problema a la vez obsoleto y moderno, pues no se encuentra jamás la última respuesta «¿Cómo es la relación entre la literatura y la propia vida de un autor?». Esta cuestión ha sido objeto tanto de aceptaciones como de controversias. En realidad, se han encontrado todas las escalas en esta relación. Por resumir un esquema muy simple se puede decir: para unos, una separación neta se plantea entre estas dos actividades. Para los otros, la literatura será un espejo que refleje la personalidad como la vida privada de su autor. —ECP: ¿Qué nos puedes decir de tu país en la actualidad? ¿Crees que está preparado para los retos de este nuevo siglo o que, por el contrario, sigue una línea involucionista? —DTH: Mi país pertenece a un grupo de naciones post-comunistas, la parte más involucionista de este mundo. Las gentes de poder buscaban mantenerlo intacto el mayor tiempo posible. Desde la debilidad o la fuerza, el pueblo cambia con el tiempo. Los nuevos medios de comunicación son su espejo. La radio, la televisión, el ordenador, son sublimes acompañantes de la democracia. Porque abre nuevos horizontes ante el ser humano. Bajo las influencias positivas, el espíritu civil se forma progresivamente. Hoy, una fuerte minoría ha osado luchar contra el abuso de autoridad. Pero la mayoría soporta todavía su vida frustrante con resignación. Como respuesta al pasado, es ya un progreso considerable. Para las exigencias de una evolución deseable, es todavía una realidad. En resumen, la situación actual queda confusa, entre perro y lobo, hay que ser paciente para espera. —ECP: Por último, ¿me podrías recomendar algunos novelistas, cineastas o pintores de tu país que consideres lo suficientemente interesantes como para que comiencen a dar el salto internacional que, en parte, tú ya has logrado?
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(Alfafar,
España, 1965)
Hasta la fecha
ha publicado un libro de prosa poética titulado Tessella
(1991) y varios relatos en plaquette. En breve se publicará un
volumen de cuentos titulado El tacto de un billete falso. |
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¿CÓMO VA A SER LO MISMO?
Los
dos tenían la misma edad: Castro acababa de cumplir los doce; Quesada
lo haría en cuestión de un mes, a principios de septiembre.
Estaban escondidos entre dos pilas de tableros y acababan de bañarse
en calzoncillos en la acequia que discurre por el lateral del aserradero,
metiéndose en el agua por el boquete que dejaba una pontana rota. |
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—JORGE
VOLPI: Te diría que esta última novela nace de una reflexión
hecha por mí desde México. Muchas veces me han preguntado
por qué un novelista mexicano escribe sobre Alemania, Francia o
Rusia y no sobre México. Yo siempre respondo que para mí
no hay que ser excesivamente literal a la hora de juzgar los escenarios
de las obras. Aunque esta novela trate sobre Rusia también, metafóricamente,
trata sobre México. Yo recuerdo que los años de la perestroika
en Rusia, sobre todo en los años 87 y 88, se correspondieron en
México con el final del gobierno del presidente Miguel de la Madrid
y, sobre todo, con las elecciones fraudulentas de 1988 (…) Yo miraba
por entonces con envidia cómo era posible que a la Unión
Soviética, que era uno de los países del mundo con un sistema
de partidos único más longevos de la historia —como
también lo era México con el PRI—, llegara un hombre
con una capacidad de realizar una reforma económica y política
tan, como pensaba en esos momentos, valiosa como la realizada por Gorvachov.
Realmente, estaba asombrado por cómo la capacidad, la voluntad
de un solo hombre, Gorvachov, era capaz de desmantelar lo que había
sido uno de los imperios en apariencia más poderosos —también
había sucedido en México con el PRI— del mundo. Mientras
tanto, en México el presidente Carlos Salinas implantaba algo que
los periodistas mexicanos llamaban no perestroika, sino salinastroika,
o lo que es lo mismo, reforma económica pero no política,
al contrario que la de Gorvachov, que sumaba ambas. Y yo, por aquel entonces,
en México miraba con envidia toda esta situación, cómo
en Rusia parecía que la idea central de democracia iba consumándose,
extendiéndose, al menos en aquellos momentos, cómo existía
la reforma política además de la económica mientras
que en México el sistema autoritario parecía fortalecerse
(…) Y, de repente, observé cómo en 1991, de un día
para otro, la Unión —ECP: No será la tierra completa la trilogía del siglo XX, pero ¿qué tienes pensado hacer después? —JV: Bueno, en mi caso, con este libro termino este proyecto amplio que me ha llevado a escribir durante 10 años, prácticamente 1600 páginas con ciertos presupuestos comunes para los tres libros, aunque se puedan leer con total independencia y, en estos momentos, no sé exactamente qué es lo que voy a hacer después, pero sé que quiero hacer algo distinto, tengo la necesidad de aprender a escribir de nuevo, de otra forma. —ECP: Leí que uno de tus escritores favoritos era Thomas Mann y pensé que era la mayor influencia detectable en En busca de Klingsor. Pero no sólo el Mann de La montaña mágica, sino también el de Muerte en Venecia en cuanto a la pasión amorosa incontrolable y desbordante del personaje. Y en toda esa novela sobrevuela el fantasma del Fausto goethico, pero también el de Mann. ¿Qué opinas? —JV: Exacto. En una novela como No será la tierra también lo es, en la que los personajes aparentemente son seres absolutamente pasionales —ya sean físicos centrados en la ciencia o seres que buscan el provecho personal a través de la razón— y, al final, resultan vencidos por los sentimientos y por la irracionalidad del amor. Y, efectivamente, mi libro favorito de Thomas Mann es Doctor Fausto, aunque me gustan mucho también La montaña mágica y Muerte en Venecia.
—JV: Esto fue relativamente tardío para mí si lo comparamos con la carrera de otros escritores. Yo empecé a escribir con cierta conciencia a los 16 años gracias a un amigo mío, Eloy Urroz, que también es escritor, fue miembro destacado de la famosa generación del crack y ahora ha publicado dos libros en España. Él era poeta y ya escribía por aquella época y me animó a escribir mi primer cuento y fue a partir de este momento que observé que me gustaba lo suficiente la escritura como para dedicarme a ella de por vida. —ECP: ¿Tiene fin la locura como se mencionaba en el título de tu anterior novela? ¿Existe la locura sana, la locura que salva? —JV: En esa novela la locura es polisémica y tiene varios sentidos. Nos encontramos con la locura que salva, los locos sabios que dicen la verdad, pero están locos, y también con esa locura arrebatadora y terrible que, a mi modo de ver, es la locura revolucionaria; la idea de que por medio de la violencia es realmente posible hacer el mundo mejor. —ECP: Respecto a esta novela, El fin de la locura, se te acusó de caricaturizar a Lacan, Foucault o Althusser. Sin embargo, yo no creo que esto fuera del todo así. De hecho, me interesa mucho cómo novelas la relación de Lacan y el caso de Marguerite Anzieu. Háblame de Lacan, que siempre está tan en boga. ¿Qué opinas de su método? ¿Merecía llamarse el diablo? —JV:
Lacan es un personaje sumamente singular que tiene, del mismo modo, un
pensamiento singular. Es un personaje excéntrico del que ni siquiera
merece la pena decir que es contradictorio, pues esto sería un
lugar común. Lacan era un personaje desbordante lleno de caprichos
y manías, con una escritura casi indescifrable y un método
de pensamiento que ha terminado siendo más útil, en mi opinión,
para las —ECP: ¿Y qué opinas de su método de curación del paciente en sesiones de apenas cinco minutos o incluso segundos? —JV: Yo creo que si concebimos esta idea como una idea literaria es sumamente interesante. La idea de que las sesiones analíticas sean breves para que el paciente reflexione todo el día sobre el momento en que culminó lo que estaba diciendo casi sin intervención del psicoanalista es casi una obra de teatro mucho más que una curación. Hay, desde luego, pacientes —sobre todos los que poseen preocupaciones intelectuales— a quienes les ha apasionado y servido el psicoanálisis lacaniano, pero yo creo que para la mayor parte de la gente hay cosas mucho más útiles que este tipo de análisis. —ECP: ¿En qué medida no son los personajes femeninos de tus novelas el epicentro salvador de la pasión reductora y clasificadora del sexo masculino? —JV: Creo que en las dos primeras novelas de la trilogía es muy claro el papel ambiguo de las mujeres, que son vistas por los hombres como salvadoras pero que, al mismo tiempo, terminan siendo la causa de su perdición. Esto también sucede en No será la tierra, pero en esta novela el elenco femenino es mucho más variado y permite una visión de los personajes femeninos mucho más amplia. —ECP: Por cierto, hay un novela breve tuya muy ingeniosa, Viaje a Patmos, en que se hace referencia al Apocalipsis. ¿Hasta qué punto llegó tu investigación con este libro? ¿Has leído los evangelios gnósticos?
—ECP: La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994. Háblame de este libro que no conozco. —JV: Si tengo una especie de trilogía novelada sobre el siglo XX también tengo un díptico sobre las relaciones de los intelectuales y el poder en México en el siglo XX. El primero es sobre la relación de los estudiantes mexicanos con el movimiento estudiantil del 68, que se llama La imaginación y el poder, y el segundo es este libro al que te refieres, que es una especie de segunda parte de este libro y que, en realidad, es un estudio de la relación entre los intelectuales mexicanos con el alzamiento zapatista y el subcomandante Marcos. —ECP: ¿Me puedes resumir los últimos acontecimientos políticos ocurridos en México? —JV:
El último fue uno de esos años, digamos, terribilis, para
México. Hacía mucho —desde el 94— que no teníamos
un año tan agitado ni tan terrible. Un año que se ha caracterizado,
en primer lugar, por la contienda electoral sumamente agitada en donde
dos cantidades son los que tienen más posibilidades, el del PAN
y el del PRD, la izquierda y la derecha, dejando al PRI histórico
en tercer lugar. Una campaña donde se ha desarrollado una guerra
sucia entre los dos candidatos pero, sobre todo, por parte del PAN hacia
el PRD sumamente fuerte, con una intervención ilegal del presidente
Fox a favor del candidato de la derecha, Calderón, documentada
por parte del tribunal electoral y que termina, prácticamente,
en una especie de empate técnico que a la hora de dirimirse por
el tribunal electoral, termina dando la victoria a —ECP: ¿Cuál es tu opinión de libros de autores extranjeros centrados o escritos en México como los de Artaud, Malcom Lowry o Lawrence? —JV: Bueno, hay toda una tradición de distintos autores que han escrito libros sobre México. El libro de Artaud sobre los taraumaras y la relación con las drogas, el peyote y los hongos que tomaban en México me parece muy interesante. El libro de Lowry, Bajo el volcán, es maravilloso. Lowry lo escribió en Cuernavaca y es una especie de metáfora de un descenso infernal —en este caso, el infierno del alcohol— que refleja la tensión a la que estaba sometida el propio Lowry. Sin duda, es un libro fascinante. Y el libro de Lawrence es más una descripción de la ideología del propio Lawrence que una descripción adecuada del contexto mexicano (...) A mí me parece que, de entre todos los libros de los escritores extranjeros sobre México, si lo que nos interesa es valorar el punto de vista sobre México más que el valor de la obra literaria en sí o el punto de vista del escritor, el mejor es El poder y la gloria de Graham Greene.
—JV: No es mi libro favorito de Rodrigo. Rodrigo es amigo mío y, sin duda, me parece uno de los mejores escritores de mi generación, pero prefiero Jardines de Kesington, que considero un libro fascinante, a Mantra. En cambio Mantra —quizás por desarrollarse en México— no es para mí mi libro favorito de Rodrigo. Rodrigo tiene una relación muy cercana con México, pues está casado con una mexicana, pero me parece que a partir de la segunda parte, Mantra se convierte en un libro excesivo que trata demasiados clichés, para nosotros, de la vida mexicana a diferencia de un libro como Jardines de Kensington, Historia argentina o cualquiera de los otros libros de Rodrigo, que me gustan mucho. —ECP: ¿Cómo valoras la importancia de Alfonso Reyes —un escritor no lo suficientemente conocido en España— en el pensamiento y la escritura mexicanas? —JV: Fue una influencia enorme como maestro y como polígrafo, tal y como se le llamaba, ya que se dedicó a todos los géneros menos a la novela y fue muy importante por su cultura enciclopédica, por esa idea de un México abierto, etc. Pero, paradójicamente, aunque su obra completa está publicada por el Fondo de Cultura Económica y todos los mexicanos han visto los veintiocho volúmenes de su obra, cuando mucho se leen unas pocas páginas de los mismos. Desgraciadamente, por lo general, los mexicanos leen también muy poco a Alfonso Reyes. —ECP: ¿Y la figura de Jorge Cuesta? —JV: Octavio Paz decía que Jorge Cuesta fue el primer intelectual moderno mexicano y, en efecto, fue un hombre que escribió mucha crítica política desde un punto de vista liberal, que contrastaba con la tendencia política de la época, que era marxista y nacionalista. Fue un intelectual con una vida personal muy trágica, con una obra poética muy concentrada, ardua y difícil, pero, al mismo tiempo, fascinante, que permitió que le dedicara mi primera novela. —ECP: ¿Y en qué medida la sombra de Sor Juana Inés de la Cruz se sigue alargando sobre la literatura mexicana? —JV: Yo no estoy muy influenciado por Sor Juana Inés de la Cruz, pero en México es una figura muy importante de nuestras letras y la biografía que escribió Octavio Paz sobre ella, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, es un clásico de referencia para cualquier mexicano. Ese libro es apasionante, no sólo por la escritura de Paz, sino por la investigación ideológico-histórica sobre la época.
—JV: Para mí, la importancia de España ha sido altísima. He vivido, en total, cuatro años en España, de los cuales tres fueron en Salamanca y uno en San Sebastián. En Salamanca realicé el doctorado y pude escribir En busca de Klingsor, que ganó el premio Biblioteca Breve Seix Barral y cambió mi vida por completo. Por ello, para mí España es un lugar central sentimentalmente y me siento tan cómodo viviendo en España como en México (...) Por otro lado, es cierto que pese a compartir varios siglos de historia común, sigue habiendo un desconocimiento grande entre México y España y creo que todavía más de España hacia México que de México hacia España, pues, finalmente, México siempre miró a España, a veces con rencor, pero como si fuera la madre patria, mientras que España, después de la independencia de las colonias, se desentendió por completo de la historia de los países ya independientes (...) Aun así, creo que hay muchos vínculos comunes y que hay muchas posibilidades de contacto cultural que valdría la pena explorar más. Sobre todo, en esta época en que España ha vuelto a convertirse en la potencia industrial editorial dominante frente a una América Latina que continúa teniendo muchos problemas económicos. —ECP: ¿Has visto Babel? Y siguiendo con el cine, ¿es detectable aún la influencia de Buñuel en México? ¿Cómo valoras el cine de Arturo Ripstein? —JV:
Jorge Volpi: Sí. Babel me gustó muchísimo.
Y Buñuel se sigue considerando todavía como si fuera un
director mexicano, dado que muchas de sus grandes películas fueron
realizadas en mi país con actores mexicanos. Por supuesto, Los
olvidados sigue siendo una obra de referencia y, desde luego, El
ángel exterminador, que es una de mis favoritas de él.
Pero la influencia de Buñuel, digamos, no está presente
en gran medida en el cine mexicano contemporáneo, a no ser, claro,
en el cine de Ripstein, que es un cine melodramático con implicaciones
sociales que a mí me gusta mucho y tiene bastante éxito
fuera de México, aunque en nuestro país ha tenido bastantes
dificultades para ser valorado. |
(Mirabel,
España, 1969)
Licenciado
en Filología Hispánica e Inglesa por la Universidad de Salamanca.
Estudió literatura en la Universidad de Saint Andrews (Escocia)
y fue lector en York (Inglaterra). En la actualidad vive en Zafra (Badajoz)
y trabaja como profesor de inglés en un instituto de Fregenal de
la Sierra. |
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COMO ATRAPAR AL HUMO EN UNA BOTELLA
saco
el cigarro del paquete tanteo con mis yemas su forma perfectamente cilíndrica
doy unos golpecitos con el filtro sobre la mesa para que se asiente bien
el tabaco me lo llevo a la boca y lo sujeto suavemente entre mis labios
dejándolo medio caído meto la mano en el bolsillo y saco
el mechero acciono la ruedecilla una chispa nada vuelvo a hacerlo nada
¿se habrá acabado el gas? agito el mechero vuelvo a intentarlo
por fin sale una llama diminuta azul como un ojo morado amenazando extinguirse
en cualquier momento hago parapeto con la mano y la acerco con aprensión
al cigarro abatido al entrar en |
COMO ARRANCAR LA COLA A UNA SALAMANQUESA
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—JUAN
BONILLA: La verdad es que supongo que tendría que hacer una sesión
de psicoanálisis para responderte esto, pero creo, para empezar,
que el motivo por el que me vi atrapado por la lectura tiene que ver con
la insatisfacción con la realidad cercana y el encontrar mágicamente,
de repente, un oasis con el que no contabas, que son los libros y las
historias (...) Para mí, extrañamente en este país,
el instituto de bachillerato fue fundamental y me sirvió de muchísimo.
Hice el bachillerato en una época donde los chavales teníamos
unas inquietudes y una curiosidad sin límites por todo lo nuevo.
Nos encontrábamos en los años 80 y había un gran
bombardeo de nuevas referencias que me provocaron una curiosidad enorme
y me llevaron a interesarme por, entre otros asuntos, la literatura, la
lectura. Y supongo que una —ECP: ¿Y cuál fue el primer libro que te impactó? —JB: A mí un libro que me pareció fascinante fue La Regenta, porque, realmente, llegó a sustituir la realidad. Después de leerlo, paseaba por las calles y la realidad me aburría, me parecía insuficiente y banal y deseaba volver a casa para seguir leyendo pasajes del libro u otros libros (...) De todas maneras, cuando yo tenía 12 o 13 años y estaba en el colegio, conseguí un premio en redacción y por ello —a mí y a los otros 50 mejores chicos en redacción— nos regalaron un libro de cuentos que reunía todos los ganadores de los últimos huchas de oro, que era un premio de narración breve, y recuerdo que en ese volumen había un cuento de un tal Daniel Sueiro, que es un escritor muy poco conocido, que se llamaba El día que subió y subió la marea en el que no pasaba absolutamente nada. Únicamente sucedía que la marea subía y subía y no paraba nunca —era como la descripción de un tsunami tranquilo— y esta fue la primera vez que yo sentí una sensación muy potente y extraña con un texto literario. Me pregunté una y otra vez qué es lo que quería contarme este cuento y creo que, en realidad, el comienzo de mi vocación literaria comienza aquí. Este cuento que, si te fijas, es muy kafkiano me dejó completamente trastornado. —ECP: Además, simbólicamente supongo que sería como si la marea te llevara a la vez a ti a otro lugar, a ese lugar sin nombre que te iba a atrapar antes o después que era la literatura. —JB: Sí. Puede ser. Verdaderamente, esta era una época especial. Por ejemplo, muchos adolescentes leíamos a Herman Hesse y nos introducíamos en su Sidartha o en Demian. Y en lo que respecta a poesía, recuerdo que el libro que me dejó totalmente asombrado fue Poeta en Nueva York de Lorca. Además, por aquella época comenzó a traducirse a Fernando Pessoa al español y leerlo supuso otro descubrimiento absoluto. —JB: Nunca gané un concurso en España. Yo traté de colocar mi primer libro en algunas editoriales, pero no tuve suerte. Mandé entonces el libro a un concurso en Buenos Aires promovido por el diario La Nación y gané el primer premio. Luego Pre-Textos leyó el libro gracias a este premio, le gustó y lo publicó. Entonces, curiosamente, El País comenzó a decir que este era uno de los libros de aquel año y empecé a contactar con mucha gente. A raíz de esta situación, ya todo lo demás vino rodando. —ECP: Yo te conocí a raíz de la publicación de tu libro de cuentos El que apaga la luz y de tu poemario Partes de guerra, pero lo que me comenzó a impactar de ti fueron tus excelentes artículos en Ajo Blanco. Cuéntame cómo empezaste a escribir en esta revista. —JB: Todo comenzó porque el director de Ajo Blanco vino a Sevilla a hacerme una entrevista para su revista y pasado un mes de habérmela realizado recibí una llamada de él en que me preguntaba si quería ir a Barcelona para trabajar como redactor jefe de Ajo Blanco. —ECP: Qué curioso. Yo leía mucho esta revista y me parecía muy buena. —JB: Sí. Era una gran revista. —ECP: ¿Y por qué terminó por cerrar? —JB: Bueno. Esto forma parte de una historia empresarial un poco rara. José Rivas vendió el 50% de la revista a El Mundo y El Mundo, al ser una empresa grande, exigía resultados que, obviamente, Ajo Blanco no podía dar y bueno, desgraciadamente, tuvimos que cerrar. —ECP: Y luego recuerdo que hace unos pocos años se realizó una intentona por volver. —JB: Sí. Pero este hecho fue, realmente, absurdo. Se quería resucitar una tercera época de Ajo Blanco en un momento donde no se daban las circunstancias ni las condiciones para poder hacerlo. Resultó imposible. —ECP: Y entonces, ¿cómo comenzaste a escribir en El Mundo? —JB: Pues fue a raíz de que Ajo Blanco cerrara y como el periódico había comprado el 50% y me conocían, me animaron a participar en él. —JB: Sí. Unabomber era un personaje realmente alucinante de estudiar. —ECP: Sin embargo, era un asesino, lo que nos lleva a plantear el tema de la barrera que separa a un asesino y a un escritor de ficciones que las dibuja sobre los folios. —JB: Es un tema muy, muy peliagudo. ¿Es más perdonable lo que Unabomber realizó porque hay detrás de sus matanzas un poso filosófico donde todo está justificado o es justamente por esta razón que son mucho menos perdonables los actos que cometió? Yo todavía no he podido encontrar una respuesta a esta pregunta. Únicamente me dejé fascinar por el personaje, pero sin posibilidad de hallar respuesta alguna. Por un lado, me pareció fascinante que este matemático le declarase una guerra jurada a la tecnología, pero, por otro lado, me pongo en el lugar del guardia jurado que no tiene la culpa de nada de lo que sucede en nuestra sociedad, sino que es un instrumento más, y que va a recoger un paquete cerrado y le estalla en las manos y se caen al suelo todos los argumentos que puedas encontrar para defender al personaje. —ECP: Sí. Fíjate que yo realicé una tesis sobre Sábato, que tan en contra estaba de cómo ha sido utilizado nuestro conocimiento de las ciencias positivas, y a la hora de estudiar el funcionamiento del personaje de El túnel me sirvió mucho observar el comportamiento de Unabomber. Aunque había un hecho radicalmente diferente: Sábato crea a Juan Pablo Castel y no mata a nadie y, sin embargo, Unabomber creó todo un pequeño manifiesto anti-científico que le sirvió de apoyo para asesinar realmente. —JB:
Sí, claro. Lo peligroso de Unabomber es que no se queda únicamente
en lo escrito, sino que decidió dar el paso adelante del que hablábamos
antes: decidir que lo que había escrito no sólo iba a quedar
en el papel, sino que iba a pasar a la acción y en el momento en
que la filosofía entra en acción, siempre hay peligro (...)
Fíjate que yo hay un juego que me gusta mucho pensar: ¿qué
tipo de sociedad se —ECP: Sí, realmente. Pura ciencia ficción. Esto me lleva a pensar también en una narración de P .D. James en la que se intenta explorar qué es lo que sucedería en un mundo donde ya no quedaran niños. —JB: Sí. La conozco y me gusta bastante. —ECP: Y hablando más en concreto de tu obra, ¿te gustó la adaptación al cine de Nadie conoce a nadie? —JB: No. No me gustó nada. Yo vendí los derechos y ellos hicieron lo que quisieron, por lo cual estoy en paz, pero si me preguntas mi opinión la película no me gustó en absoluto. —ECP: ¿Y qué me podrías decir de la última novela que publicaste, Los príncipes nubios? —ECP: ¿Y hay adaptación cinematográfica del libro? —JB: De momento no, pero me la acaban de comprar. Acabo de vender los derechos del libro. Será una película americana. —ECP: ¿Por qué crees que la gente puede llegar a perder la cabeza con los libros? Recuerdo una entrevista tuya en que decías que leías más de 25 libros al mes. —JB: Bueno, supongo que era demasiado joven, pero ironías aparte, te diría que yo creo que los libros ofrecen un espacio de seguridad que la vida no te ofrece. Te conceden una coraza que sustituye a la realidad y que te permite llegar a ser el dueño de otra nueva realidad. Supongo que en la búsqueda de esa seguridad y encuentro y detección de tus propios fantasmas, los libros son tan generosos que te pueden atrapar y llevar a la locura. De hecho, hay psicópatas que han puesto algún libro como origen central de su psicopatía, como el asesino de John Lennon. Pero sin llegar a la locura o la psicopatía, te diría que los libros, fundamentalmente, te ofrecen esto: una muralla contra el mundo. Curiosamente, una muralla contra el mundo, pero además una muralla desde la que ver el mundo. Una muralla que, en cierto sentido, es el mundo y, claro, esto es un aspecto fascinante de la literatura, del arte, que muy pocas actividades de la vida real poseen. Yo creo que ahí está la fuerza y el encanto del libro. Desde luego ya no leo 25 libros al mes, ni mucho menos, pero sí que es cierto que durante mucho tiempo para mí era casi una obligación leer un libro al día. —ECP: Recuerdo que tú expresabas esto con una satisfacción absoluta. —JB: Sí. Era otra época. Era una época en la que me comportaba casi como el drogadicto que necesita su dosis diaria para sobrevivir. Yo no estaba en ningún lugar mejor que con los libros. —JB: Como siempre, es cuestión de matices. Quienes buscan dinamitar la realidad, en cualquier caso, casi siempre son los personajes. Cuando tú estás escribiendo una ficción tienes todas las cartas y con ellas haces lo que quieres. En el caso de Nadie conoce a nadie, por ejemplo, el hecho de que años después ocurriera exactamente en la realidad aquello que yo había escrito en la ficción, me produjo un terror y un pavor increíble. Fue terrible que una especie de sueño o delirio creativo literario que tuve se convirtiera en realidad con las consecuencias que pudo acarrear este hecho que, realmente, pudieron ser aterradoras. Yo creo que si todos los escritores que escribimos cosas —como tú bien dices— para dinamitar la realidad viéramos esa realidad dinamitada tal y como nosotros la soñábamos, seguramente, no seríamos capaces de escribir absolutamente nada, porque la realidad siempre es mucho más grande que la ficción en todos los sentidos. Sobre todo, en el sentido esencial de que la ficción pertenece a la realidad y la realidad no tiene por qué pertenecer a la ficción y creo que esto conviene tenerlo bien claro, porque a mí me resulta muy molesto cuando me plantean este tipo de cuestiones —y creo que a mí y a todos los escritores que escribimos sobre literatura, que somos especialmente literarios— en el sentido en que no creo que la literatura vaya por un lado y la realidad por otro. Si a mí me gusta tanto la literatura es porque encuentro en ella vida, mucha vida y es por ello por lo que me parece fascinante. No porque sea la enemiga de la vida. Por ello creo que una cosa es el desequilibrio de la realidad que se produce en las ficciones que proponen un ideal teniendo en cuenta que este ideal se mantiene en el plano de la ficción y otro asunto muy distinto es cuando este ideal se incrusta en la realidad teniendo en cuenta que de este acto se pueden llegar a extraer consecuencias terribles. —ECP: Bueno, esto es lo que me interesa de tu obra y lo que me fascina de la de tantos: el cruce y la contaminación casi diabólicas entre la realidad y la ficción hasta el punto de que se diría que no hay diferencias entre ellas. —JB:
Realmente, yo no creo que haya una separación o una barrera entre
la realidad o la ficción. Una de las barreras que tengo, precisamente,
como narrador es pensar en cualquier situación o circunstancia
de la realidad y llevarla a su extremo, casi al esperpento. Deja de ser
realidad pero, en cierto sentido, —ECP: ¿Me puedes contar más anécdotas que te hayan sucedido en el sentido de cruzar el mundo ficticio y el real? Recuerdo, por ejemplo, un artículo tuyo en que contabas que en un viaje a Portugal habías vuelto a ver casualmente el antiguo coche de vuestra familia, el coche de tu infancia. —JB: Tengo muchas y una gran parte de ellas las he contado. Por ejemplo, tengo un cuento sobre mi primera experiencia psicodélica con el LSD que está basado en un hecho real. Me encontraba en un mal viaje y para sosegarme empecé a cantarme a mí mismo una nana que me estaba inventando en ese momento y años después observé que mi abuela estaba cantando una nana para intentar calmar el llanto de mi sobrino recién nacido y escuché asombrado que estaba cantando la misma nana que yo creía haberme inventado años antes para luchar contra el mal viaje psicodélico. Recuerdo que le pregunté a mi abuela de dónde había sacado esa nana y ella me dijo que era la misma nana que me cantaba cuando yo era niño. El hecho de que las cosas queden en algún recinto cerrado como guardadas y, de repente, salgan —como es el caso de la historia del coche de Lisboa, que era el coche que mi padre conducía cuando yo era niño— son sorprendentes pero, sin embargo, yo creo que están en la vida de cualquiera. No sólo en la de quien escribe. Sucede que hay quienes le dan una importancia simbólica a estos hechos y otras personas que las dejan pasar como si se tratara de una casualidad a la que no prestar demasiada atención. —ECP: Lo que pasa es que, claro, hay personas que están predispuestas en muchos casos a este tipo de acontecimientos. —JB:
Sin duda. Además, a mí me parece que más allá
del significado que puedan tener para alguien, son belleza. Son actos
de belleza independientemente de que sean producto del azar. Realmente,
me interesan por su sentido de belleza. Es como una especie de danza de
la realidad que, de repente, coloca —ECP: Entonces, por lo que veo, Paul Auster ya no te interesa demasiado. —JB: Sí. Me interesa mucho menos que antes. No sé si por su culpa, porque sus últimas novelas son mucho peores que las primeras, o por mi culpa, debido al cansancio y al agotamiento que he hecho de su literatura, pero la verdad es que me resulta un escritor difícil de leer en la actualidad, me parece que se ha aplanado mucho y que los libros que escribe ya no tienen relieve ni complejidad, que es lo que a mí me interesa. Se ha ido convirtiendo con el tiempo en un escritor de historias bonitas, simplistas, y esto no me interesa. —ECP: Por cierto, y continuando con el tema de lo milagroso, ¿crees en Dios? Esta pregunta te la hago por el punto vacío y de asombro que aparece cuando se entremezclan la ficción y la realidad, el asombro de la propia vida y que no podemos rellenar con prácticamente raciocinio alguno. —JB: Bueno. Si te digo la verdad, Dios es un personaje que me cae muy mal, muy mal. Realmente, no sé si creo o no. Te diría que no pero, en cualquier caso, aunque creyera, soy enemigo suyo completamente. Me parece un personaje muy perjudicial en muchísimos sentidos. Además, tengo la teoría de que algún día escribiré o trataré de demostrar de que es un personaje biológico. Es decir, antes del hombre de Neandertal, el hombre de Cromagnon y el homo sapiens estaba Dios. O sea, que la evolución consiste en alejarse de ese personaje que hemos inventado por puro miedo y que sustituye lo que para mí sí que es la verdadera divinidad: el todo, la materia. Lo decía muy bien Pessoa: yo creo en los ríos, en los árboles, en las sillas y los salones. Si hay gente que a esto le quiere llamar Dios me parece muy bien, pero yo prefiero llamarles ríos, árboles o sillas, de modo que yo no voy por donde pareces señalar. —ECP: No, en realidad, esto te lo apuntaba por un pensamiento de Blanchot que a mí siempre me fascinó y pensaba que podía servir como punta de lanza para introducirnos en tu poética de la vida. Él decía que a partir de la eclosión de Nietzsche en el pensamiento moderno se sabía que el verdadero creyente, el amante de Dios, era el que se negaba a ir a la iglesia y arrodillarse, era quien vivía su vida sometido a las inclemencias o bondades de la misma sin buscar refugio en las iglesias.
—ECP: Está bien. Realmente, yo creo que el problema viene de institucionalizar la idea de Dios. —JB: Sí. Mira. En este caso, los griegos, que son mucho más sabios que nosotros, tenían dioses para todo: dioses para la agricultura, para la guerra, el amor, el caos, etc. Sin embargo, el tema del monoteísmo a mí me parece un asunto realmente empobrecedor. Es como si se señalara que sólo pudiera haber un escritor o un cineasta, lo que es un absurdo (…) No te puedo decir que sea un politeísta, pero tal vez sí. ¿Hay Dios? Pues tal vez sí, pero de ser así todos somos Dioses totalmente distintos. Lo opuesto que es el monoteísmo, desde luego, me parece un cuento infantil que no comprendo, como tantos millones de personas han llegado a creer. —ECP: Claro. El monoteísmo es el emblema de todas las dictaduras y, por ejemplo, en El señor de los anillos se ve con claridad: sólo una persona puede poseer el anillo. —JB: Sí. Además, el poder absoluto representado en un solo objeto, como te he dicho antes, me parece algo muy empobrecedor. La verdad es que tenemos la manía de querer llamar a las cosas por su nombre y creemos que sin Dios no puede haber espiritualidad, lo cual es falso porque, que yo sepa, la única criatura de la tierra que puede ser espiritual con Dios o sin Dios es el hombre. La verdad es que la pregunta por el sí mismo o por el origen no tiene por qué tener que ver con la existencia de un ser supremo, sino sencillamente con la propia ignorancia que te lleva a hacerte esa misma pregunta. Se puede ser perfectamente espiritual sin tener la más mínima creencia en un Dios. —ECP: Pasando a otro tema, ¿realmente tienes absoluta libertad para expresar tus gustos y querencias en los artículos que realizas, a pesar de escribir en un medio masivo?
—ECP: Por lo que podríamos decir que la vida te ha cambiado para mejor desde que publicas. —JB: Sí. Lo cierto es que este hecho me ha proporcionado muchas facilidades. Supongo que habrá muchos más casos en España y cada escritor tendrá su propia experiencia con este tema como con el de la censura. Yo lo que sí sé es que estoy escribiendo todos los lunes en la página de cultura de un periódico que es el segundo más leído de España sobre un escritor muy raro de Praga, un pintor al que no conoce casi nadie de tal lugar, un suceso que me ocurrió en México, etc. En realidad, esto es un privilegio. —ECP: Además, es muy curioso, porque parece que lo realizas desde la periferia, sin estar incrustado en ningún centro narrativo español. —JB: Sí. Estoy de acuerdo. De hecho, mi columna se llama ‘Las afueras’. No puede haber nada más periférico. —ECP: Y hablando de la periferia y volviendo al tema de tu primer libro de cuentos premiado en Argentina. ¿Has estado en Buenos Aires? —JB: Sí. Y me gusta mucho. Estuve viviendo allí durante unos seis o siete meses. —ECP: ¿Ibas al fútbol allí? —JB: Hombre, claro. Siempre que podía iba a ver a Boca Juniors con mi amigo Martín Caparrós. —ECP: ¡Ah, sí! ¡El periodista! Por cierto, hace unos meses publicó un libro sobre Boca.
—ECP: Sí. Sin duda, es una experiencia intensa. Tan intensa que te puede absorber completamente, como el país argentino. Supongo que ese el problema: al final te acabas cansando un poco por saturación de todo esto. —JB: Sí. Además, imagínate que yo era un escritor español en Buenos Aires y también acababa bastante, bastante fatigado de esta ciudad, por otra parte, fascinante. Así que, de vez en cuando, me tenía que ir a Río de Janeiro para tomar aire y descansar. Pero, de todas maneras, me gusta mucho esta ciudad. —ECP: Y, por ejemplo, ¿te veías involucrado en el típico y manido debate Borges-Arlt o grupo de Florida y de Boedo? —JB: Bueno, claro que no. Yo pienso que igual que en el fútbol es necesario elegir ser de un equipo o de otro para disfrutar por entero del juego y no puedes ser, por ejemplo, a la vez, del Real Madrid y del Barcelona, esto no sucede en la literatura. Yo soy de Borges, pero también soy de Roberto Arlt. Además, yo tampoco soy excesivamente mitómano como para detenerme en un sitio y decir que ahí estuvo Borges y por ello debo reverenciarlo. A mí lo que me gustan son las librerías o los parques y no soy de perseguir los lugares por los que podía haber pasado Borges o de visitar el periódico donde trabajó Roberto Arlt. —ECP: ¿Y te interesaba Murena?
—ECP: Y entonces, ¿estás contento del camino elegido en tu vida? —JB: Sí. Sin duda. Además, no tengo por qué vivir de las rentas de mis novelas. A mí me encanta hacer reportajes y este género me parece igual de digno que otro cualquiera, aparte de estar bien pagado. Esto me permite moverme con bastante libertad. Así, aunque llevo dos años sin escribir ninguna novela, como este año tampoco me apetece comenzar ninguna, lo que voy a hacer es dedicarme a traducir, que es otra posibilidad que se abre dentro del terreno de la escritura. —ECP: ¿Y a quién vas a traducir o has traducido? —JB: Bueno. Son encargos. Acabo de traducir una biografía maravillosa de Melville que sale esta primavera. También voy a traducir al escritor norteamericano Dennis Cooper, y tengo que hacerlo, a su vez, con otra novela —cuyo nombre no puedo decirte por varios motivos— de la que han vendido los derechos a Hollywood recientemente. —ECP: Bueno. Pero esa actividad es genial. Decía Cortázar que el traductor, en buena manera, también ejerce como escritor de aquello que traduce. —JB: Sí. Bueno. Yo con la traducción del libro de Melville he aprendido muchísimo acerca de cómo, por ejemplo, se hace una biografía, lo que me parece muy interesante además de, claro, determinadas cuestiones sobre el lenguaje.
—JB: Te diría que la ciudad de Benarés fue la que más me ha fascinado dentro de un país realmente impresionante como La India. Además, te diría que, en general, toda Latinoamérica me ha parecido también muy interesante: me atraparon Bogotá y, por ejemplo, Lima es una ciudad a descubrir. Lima no es especialmente bonita, tiene un aspecto muy decadente, pero es una ciudad muy viva, muy potente. Como verás, soy más de viajar por el Tercer Mundo que por el primero. —ECP: ¿Y tus gustos musicales? —JB: Erik Satie me gusta mucho, también el folklore y la música de los Balcanes y ya más en concreto dentro de la música moderna me gustan mucho, mucho, mucho David Bowie y Tom Waits. |
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Para participar
en el Premio Mandarache Piñol fue seleccionado por méritos
literarios que a lo mejor no cumplen muchos narradores españoles
en la actualidad: conciencia de la escritura como trabajo sin prisa, de
la construcción de una novela como un proyecto paciente, de la
adquisición de un estilo como un conjunto calculado de ejercicios.
A ello añadamos un condimento especial, un secreto, receta de la
casa que hace de La piel fría y Pandora en el Congo
dos obras de peso en la prosa catalana contemporánea.
—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Recuerdas la época o el momento en que pensaste que te ibas a dedicar a escribir? —ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL: Cuando yo empecé a estudiar Antropología era consciente de que estudiaba una carrera paralela, que era aprender a escribir. Me gustaba muchísimo la narrativa. Hubo un momento en que casi tuve que tomar una decisión, porque en esos años, aparte de estudiar, me sacaba un sobresueldo en una gestoría administrativa y un complemento con dinero de premios literarios de cuentos. Fue la época en que hice musculatura narrativa. —ECP: Eres un novelista joven y musculoso. —ASP: Ja, ja. Eso está muy bien, porque con 41 años, si eres futbolista, no vales ni para entrenador. Sin embargo, si eres novelista, eres un novelista joven. —ECP: ¿El hecho de trabajar en una gestoría, rodeado de tanto lenguaje jurídico-administrativo, te ayudó de alguna forma a forjar esa musculatura narrativa de tus inicios? —ASP:
No. Además hemos vivido una manera de entender la creación
literaria muy afrancesada: «O se sabe escribir o no se sabe».
Cuando uno va a estudiar música llega a una Escuela, le dan un
diploma, le enseñan unos profesores, etc, y ese diploma implica
muchas veces su consideración de artista. En la escritura no pasa
eso. Tú vas a la Facultad de Filología y lo que te enseñan
es a leer, no a escribir, a conocer una suma de técnicas narrativas,
los instrumentos que tú como autor necesitas dominar. Cuando era
universitario ni siquiera había escuelas privadas para esto. Tuve
que aprender por mi cuenta. Me costó —ECP: Y luego hay gente que piensa que las novelas fáciles de leer son igualmente fáciles de escribir. —ASP: Yo pienso totalmente a la inversa. Es muy difícil hacer fácil lo difícil. Hay técnicas, pero, claro, hay gente que opina que no, que cree que es muy natural esto de escribir. Mi novela La piel fría tiene su primer giro narrativo cuando un brazo monstruoso aparece por la gatera de la casa de un hombre que ha llegado a una isla. Hasta ese momento no pasaba nada, sólo hemos contado la historia de un ingeniero atmosférico, exiliado civil, que se ha retirado a una isla cerca de la Antártida. Eso lo cambia todo, porque a partir de ese ataque de monstruos al lector se le generan una serie de preguntas que necesita que la novela le conteste. Si la dejas así, se te convierte en una novela de ciencia ficción, y es una novela de aventuras, pero tampoco al uso. Por ejemplo, a mitad de la novela hay también un punto muy importante, que es cuando los protagonistas, estando ya acostumbrados al nivel de horror de estar cada noche acorralados en un faro disparando a seres monstruosos que los atacan, se preguntan: «Oye, a lo mejor estos monstruos no son monstruos, sino una especie de sociedad diferente a la nuestra». En ese momento la mayoría de los lectores se dicen a sí mismos: «Claro». Eso implica claramente una cierta carga moral; ahora bien, yo siempre digo que hay una diferencia entre lo que es una novela y lo que es un sermón. Uno no puede decir a la gente lo que tiene que pensar, ¿no? La piel fría es una novela de aventuras con este añadido. —ECP: Uno de los aspectos que más me gusta de tu literatura es la forma de usar la frase corta. Incisiva, fría, pero de manera paradójica, también pasional. Háblame un poco de este aspecto esencial de tu estilo que consigue que tu narrativa sea tan llevadera y capte la atención del lector rápidamente. —ASP: “El cielo es azul”. Supera esa frase. Ya te digo, lo difícil es hacer fácil lo difícil. El barroquismo no me acaba de convencer. Escribir una frase con un montón de subordinadas, o incluso que se alargue páginas enteras puede ser un bonito experimento, pero a mí no me hace el peso. —ECP: Otro vicio del lector es asociar a los protagonistas de un libro con su autor.
—ECP: Entonces, el narrador de Pandora en el Congo, tu segunda novela, ¿no eres tú? —ASP: Nadie me va a creer, pero el personaje de Pandora en el Congo no soy yo. Escribe biografías por encargo y yo eso lo hice sólo alguna vez entre los múltiples trabajos que había en la gestoría administrativa. Además, las biografías no se escriben como se escribe en el libro (…) Hay una cosa que es muy efectiva, pero no es cierta, y es que el personaje va conociendo la vida del individuo a medida que va avanzando la acción narrativa. Me iba muy bien que fuese un escritor el que escribe la biografía en Pandora en el Congo, por cómo va suplantando poco a poco al narrador, por cosas que ocurren… Es que de Pandora en el Congo no puedo contar el final, porque lo gira todo. —ECP: ¿Has estado en el Congo en realidad? —ASP: Tras acabar la carrera fui al Congo a hacer mi trabajo de investigación universitaria. Yo creía que los policías detienen delincuentes, los bomberos apagan incendios y los antropólogos estudian pigmeos (Risas). Fue la experiencia más grande de mi vida. Es realmente muy enriquecedor, porque luego vuelves y toda tu sociedad la ves con otros ojos (…) No tuve suerte. El segundo año que estuve allí estalló la guerra civil del Congo, en el verano del 98. Tuve que salir corriendo, estaba en el interior de la selva. Creí que, como en España, el golpe de estado estaría resuelto en dos días por el gobierno, pero no, era una guerra civil en toda regla. Es una tragedia. Hasta ahora han muerto unos tres millones de congoleños. Los medios de comunicación no hablan de eso, hablan de otras guerras. ¿Por qué? Porque lo que ocurre en África no interesa. Nuestros intereses colectivos no se juegan nada allí y no hay terroristas (…) No volví a Barcelona muy animado. Me encerré a escribir La piel fría y tuve que abandonar mi tesis doctoral, porque la recogida de datos se me había quedado a medias. —ASP: Esa primera frase es Antropología pura. Fue una modificación de una frase de Primo Levi, de su obra Si eso es un hombre, cuando reflexiona sobre la supervivencia en el campo de concentración de Auswitch: «Mi consuelo fue que como el odio no es infinito, llegué a la conclusión de que el dolor también es finito, y por tanto vi que podría soportarlo». —ECP: La piel fría, siendo tu primera obra, es un éxito internacional que va creciendo por momentos. —ASP: El último contrato de traducción que he hecho es en gallego, y es el número 32. De Rusia volví hace poco y no me lo podía creer. ¡Había 50 periodistas en la rueda de prensa! —ECP: Son muchos países y muchas lenguas. —ASP: A mí lo que me hace gracia de ver mi novela traducida en tantos países es la portada. Yo las colecciono. Me hace ilusión. Por ejemplo, en la mayoría de las ediciones de La piel fría la portada es decorada con un faro. Los japoneses no pusieron un faro, sino una mariposa (Albert hace un gesto de incredulidad). Bueno, va bien para variar… —ECP: Van a hacer una adaptación al cine pronto, ¿no? —ASP: Espero que la haga Bruce Willis. Así seguro que me será más fácil pagar la hipoteca. —ECP: ¿Quién la va a hacer, Hollywood? —ECP: ¿Por qué has centrado La piel fría y Pandora en el Congo en el extranjero y no en España? ¿Qué es lo que te hacía sentir más cómodo para hacerlo así? —ASP: Yo diría que cada historia escoge su escenario. ¿Te imaginas alguno de esos dos relatos en Barcelona o Cartagena? Bueno, yo no. Pero tengo previsto una novela que transcurra en Aragón, si la pregunta iba por ahí. —ECP: El héroe de La piel fría se presenta como un colaborador desencantado del nacionalismo irlandés. —ASP: Pensé en la vida del personaje al final, cuando tenía toda la novela, porque me di cuenta de que ese personaje llegaba a la isla y para el lector no era nadie, no se había creado ningún vínculo empático entre el lector y el personaje. Entonces me inventé un pasado previo, un poco impostado, y salió toda su biografía anterior en Irlanda, pero tampoco me podía pasar, porque la novela no empieza de verdad hasta que el brazo anfibio aparece por la gatera de su casa. El lector se podía aburrir (…) El ser humano siempre se apena por el débil y pensé que un nacionalista irlandés, cuyas ideologías se enfrentaban a todo el imperio británico, haría que el lector empatizase, pero en algunos países hay que tener mucho cuidado con esto. ¡En EEUU me lo suprimieron! La editora me dijo: «Mire, la novela está muy bien, pero es que en EEUU los terroristas no están bien mirados». Y yo le dije: «Pero, hombre, que este personaje no es de Al-Qaeda ni musulmán, además vive a principios del siglo XX, no a principios del XXI» (…) Pasaron cosas y al final cedí, pero hoy ya no me pasaría. —ECP: Sería un lujo comentar el escrutinio de la biblioteca que el mismo ingeniero atmosférico de La piel fría quema ante una situación límite. ¿Están escogidos a conciencia esos nombres: Chautebriand, Goethe, Aristóteles, Rilke, Marx, Milton, Voltaire, Rousseau, Cervantes…? Los quema todos. —ECP: Pero quemar un libro de Karl Marx… —ASP: A Marx sí lo he leído. —ECP: Pero lo has quemado… —ASP: Bueno, más bien lo tengo un poco olvidado. (Risas) —ECP: El espacio exterior de tus dos novelas lo colocas en un período de tiempo no contemporáneo. ¿Tal vez porque antes aún había una frontera geográfica entre lo conocido y lo desconocido? —ASP: Me venía mejor situar a unos personajes anclados en una isla en los años veinte que a principios del siglo XXI. Es que hoy en día, con el GPS puedes ir a todas partes, ¿no? Y puedo inventar una sociedad subacuática de seres antropomórficos en cualquier momento, pero la tensión de una situación de aventuras, por fuerza, tenía que situarla en un contexto mínimamente aislado, y un contexto aislado, hoy en día, no es creíble. —ECP: ¿Y en Pandora en el Congo? —ASP: En Pandora en el Congo aún me tuve que situar un poco más atrás en el tiempo, porque cómo voy a poner a unos personajes explorando ahora la selva… ¡Si es que no hay selva ya! ¡Yo he estado en la selva y no se oían ni los pajaritos! Primero porque los furtivos han matado todos los bichos vivientes y el pajarito que te oye venir, se calla. Y segundo, deja correr a los pigmeos, que de ecologistas no tienen nada. —ECP: Cuéntanos algo de tu propia experiencia en la selva. —ASP:
Es increíble cómo la selva puede ser un lugar tan altamente
socializado. Todo el mundo sabe quién es quién y de dónde
vienes. La gente que vive en la selva siempre va por un caminito que te
lleva de un poblado a otro, y además están muy cerca, porque
la selva está siendo deforestada. Entonces, en su idioma, cuando
la gente se acerca a un poblado, dice «Hola», pero tarda cinco
minutos en decirlo, porque —ECP: Se te ha criticado el que los dos personajes femeninos de La piel fría y Pandora en el Congo sean muy similares. Sin embargo, yo sigo encontrándolos un gran acierto. De todas maneras, me gustaría que fueras tú el que me hablaras de estos personajes e inte ntaras diferenciarlos. —ASP: Creo que Aneris es una “femme fatale” con todo lo que ello implica: una capacidad de seducción tan enorme como su egoísmo. Después de todo, usa sus encantos para que los humanos la mantengan alejada de los suyos. Amgam es otra cosa muy distinta. Es una mirada que cuando aparece altera el mundo a su alrededor. Cuando Marcus Garvey entra en contacto con ella no necesitan entenderse para que ella le cuestione: «Bueno, tú eres el cocinero de los asesinos. ¿Qué piensas hacer al respecto?». Eso lo cambia todo. —ECP: Una pregunta, creo, necesaria y sin ironía alguna. ¿Qué son los tecton? Y, ¿cuáles fueron las fuentes en las que te inspiraste para crear esta fabulosa raza que vive bajo la tierra? —ASP: Los tecton somos nosotros. Nosotros vistos desde el punto de vista de los oprimidos, claro. Fíjate que su aparición en el relato está pautada siguiendo el proceso colonial: primero llegan los misioneros, luego los mercaderes y finalmente los militares, a ocupar el terreno. —ECP: Se habla de Verne, Conrad, Stevenson y demás autores del siglo XIX a la hora de hablar de tu narrativa y creo que se acierta. Pero me gustaría saber si algún cómic también ha conseguido influenciarte o, al menos, si eres fanático de alguno. Realmente, por momentos, uno se siente dentro de una narración de Tintín (de hecho, los tecton de Pandora en el Congo como los citauca de La piel fría parecen remitir a algunos villanos de este cómic y no sólo a Lovecraft) o incluso en el centro de una de Edgar Rice Burroughs, el creador de Tarzán. —ASP:
Yo era un fanático de los cómics. Pero ya de crío
Tintín me parecía un facha. Y tenía razón.
—ECP: En los instantes en que se hace referencia a la primera guerra mundial, Pandora en el Congo también toma dimensiones de una novela existencialista o al menos con guiños a Camus y al Saint-Exupery, narrador de sus viajes. ¿Estás de acuerdo? Recuerdo aquel momento en que el narrador-protagonista es salvado en plena batalla por un alemán y refiere aquello de que por lo menos en medio de todo ese caos había un hombre. —ASP: Sí. Pero en realidad es un homenaje al Ernst Jünger de Tempestades de acero. La escena de los campanarios la tomé de allí. Eso sí, Jünger no salvaría a ningún inglés sepultado. ¡Lo remataría! —ECP: Y otra frase de esta novela pronunciada por el mismo personaje que me impresionó y con la que estoy de acuerdo: «Una de las cosas que hacen más dolorosa la juventud es la creencia de que basta con luchar duramente para conseguir lo que se desea. No es verdad. Si así lo fuera, el mundo sería de los justos». Háblame un poco de ella. —ASP: Pues sólo puedo decir que tú y el personaje estáis de acuerdo, y yo en desacuerdo con los dos. Qué cosas tiene la literatura, ¿no? Pero es que el protagonista tiene que pensar así. Que yo comparta las ideas de mis personajes es del todo irrelevante. Y bueno, yo no puedo evitar ser más optimista que vosotros dos… —ECP: A su vez, hay algo que me intriga. ¿Cómo planificas las escenas de batallas contra los supuestos “monstruos” de las que hay tantas en las dos novelas para que el lector no se pierda entre ellas? —ECP: Dices que los personajes no se parecen al autor, ¿pero hay alguno en especial en el que hayas dejado algo de ti? Por ejemplo, en La piel fría. —ECP: En La piel fría sólo hay tres personajes encerrados en un faro. Técnicamente reflexioné: para que te aguanten durante 200 páginas sólo tres personajes han de ser tres personajes muy trabajados, ¿no? Y además, muy diferentes entre ellos. Entonces me dije: pon a tres personajes muy diferentes entre ellos dentro del faro y así el conflicto está asegurado. Primero: un fugitivo, alguien que huye; segundo: el tipo que se encuentra en el faro, que es un loco, un demente; y el tercero que es una sirena, por decir algo. Tres personajes más alejados no es posible encontrar. Pero, ¿qué pasa? Que conforme va pasando la historia, te das cuenta de que son tres personajes que están muy cerca el uno del otro, son casi idénticos, porque entre los dos hombres, ¿qué diferencia hay? La cronología, simplemente uno está persiguiendo al otro, pero no lo sabe, de tal forma que acaba reemplazándolo o adoptando su misma lógica. En cuanto a ella, ¿qué sabemos? Nada, pero algo sí sabemos, que también es una fugitiva, ha huido de su mundo y no quiere volver (…) ¿Qué se parezcan a mí alguno de ellos? Nunca me lo he planteado. Se trata de que los personajes funcionen, no que se parezcan a ti. ¿Para qué quiero personajes que se parezcan a mí? ¿A quién le podría interesar eso? —ECP: Hablemos de Batís Caffó, el demente que habita en la isla antes de que llegue el protagonista. —ASP: ¿Te ha gustado ese personaje, eh? Bueno, a Batís Caffó lo hice hablar en alemán. Si tú quieres generar una atmósfera de miedo, yo no puedo colocar la acción en una isla del caribe habitada por un simpático italiano cantando arias. La isla está en una latitud casi congelada y quien espera al protagonista es un tipo huraño y con acento alemán. Ten en cuenta que el alemán es un idioma que para nosotros se escucha de forma crispada, violenta. Además, a los alemanes, los pobres, les ha tocado ser los malos en todas las películas… Esto me genera un problema cuando voy a promocionar mis libros por Alemania o Austria. Los periodistas me preguntan: «Oiga, y el malo, ¿por qué es alemán?» —ECP: Ja, ja, ja. ¿Cuándo te vas a pasar al humor? —ECP: Aunque todos los que las hemos leído tenemos una idea, dinos qué son esencialmente para ti La piel fría y Pandora en el Congo. —ASP:
Resumiendo, resumiendo, La piel fría es una novela y Pandora
en el Congo también. Ahora bien, ¿qué es una
novela? Para mí lo que diferencia la literatura del simple divertimento
es que se trata de una historia que necesita de 200, 300 o 500 páginas
para contarte un principio, una verdad, un enunciado que, cuando estás
escribiéndola, no debes quitarte nunca de la cabeza. Ambas obras,
bajo la apariencia de novela de aventuras, quieren comunicar algo tan
sencillo como que el peor de nuestros enemigos puede ser en el fondo muy
parecido a nosotros mismos. Sólo eso. Lo que pasa es que es una
idea muy inquietante si la pensamos, porque nos gusta poner distancias,
y además nos gusta que el enemigo sea un monstruo, así es
más fácil matarlo. Pero luego resulta que no, que son personas
como tú y como yo. |