DUONG THU HUONG: la voz de la memoria

 


Entrevista: Alejandro Hermosilla Sánchez

Traducción: Rosa Isabel García / Ana Alonso Dorrego

 

 

Duong Thu Huong: la voz de la memoria     En primer lugar, comentar que Duong Thu Huong es una novelista vietnamita de 59 años, de gran éxito, sobre todo en Francia e Inglaterra. Lleva a sus espaldas una rica trayectoria como luchadora contra los distintos regímenes opresivos que han intentado colonizar su país. También contra el partido comunista de su patria, que la tiene en su lista negra de artistas incómodos.
     Forjada desde muy temprano en los ambientes y ámbitos ásperos de la vida, educada con la interrogante de si podría llegar a sobrevivir el día de mañana y superviviente a un matrimonio obligado, Duong Thu Huong sorprende por su amabilidad, su sencillez y su íntimo aprecio a la vida que le han servido, finalmente, para consagrarse a la literatura al observar en este arte su mayor vocación y su manera de trascender las limitaciones personales y políticas que su vida ha ido encontrando en su devenir todavía inconcluso.
     Entrevistamos a esta autora a raíz de la publicación, al fin, en España, de una de sus obras de referencia, La tierra de los olvidos (Kailas, 2006), un libro amplio que se vale de las circunstancias de un frustrante triángulo amoroso que une a tres seres (Mien, Hoan y Bon) a quienes la guerra les apartó para siempre de disfrutar de sus más bellos veranos para realizar una reflexión adulta sobre la desidia, soledad y frustración que sucede a todas las guerras (incluso a quienes se encuentran en el bando de los vencedores), las muchas veces absurdas motivaciones de la ley y el por qué el amor sigue siendo la fuerza definitiva y total que ningún ejército ni gobierno podrá vencer jamás. Un auténtico retrato existencialista de una época del Vietman y sus personajes que nos otorga un arisco pero, sí, sincero, cruel y veraz retrato de un país necesitado de repensarse y ser contemplado desde diversos puntos de vista como el de Duong Thu Houng para evolucionar hacia un futuro esperanzador.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: La tierra de los olvidos es la segunda novela que ha sido traducida al español, si no me equivoco. La primera fue Los paraísos ciegos, que tuvo éxito en Estados Unidos, pero que ha fracasado en España. ¿Por qué razón?

     —DUONG THU HUONG: No lo sé. Y lo mejor es que no hay que abordarlo como un problema, porque cada libro tiene su premio, exactamente como un ser humano.

     —ECP: ¿Qué relación hasta ahora has tenido con la cultura española? ¿Has visitado nuestro país? ¿Qué conocías de él desde tu refugio vietnamita?

     —DTH: Hasta hoy no he tenido la ocasión de visitar vuestro país, pero la cultura española nos ha atraído desde la infancia. Dos cosas que típicamente aportan la influencia cultural ibérica son el personaje Don Quijote y la tauromaquia. Don Quijote está encarnado, a mi parecer, por la bondad y el heroísmo infantil, que son compañeros perpetuos de la humanidad. Y la tauromaquia evoca violentamente el sueño más arcaico y más profundo en el alma de los mortales, porque más o menos, desde hace poco tiempo o desde antaño, cada uno de nosotros sueña con ser torero.

"La tierra de los olvidos" (Kailas, 2006)     —ECP: Aunque son narradas trágicamente, me he divertido mucho con aquellas escenas en las que Bon necesitaba de un reconstituyente para afirmar su virilidad e intentar tener un hijo que le una para siempre a Mien. En el libro mencionas varias recetas para reforzar la virilidad del hombre. ¿Son reales? ¿Las conociste en tu Vietnam natal? ¿Cómo te hiciste con ellas?

     —DTH: La actividad sexual era desde siempre el tema favorito y estimado por los humanos. Existe y existirá siempre para alimentar pamplinas, patochadas y también conversaciones serias. Los hombres especialmente se jactaban, discutían; se han hecho bromas, a veces graciosas, otras veces dañinas, hasta humillantes, para hacer rabiar o abatir a los demás (...) Las discusiones sobre este asunto han hecho desatar risas, lágrimas y sangre. Es porque la actividad sexual se convirtió en una cuestión crucial en la vida de la bella Lurette (...) El ser humano no tiene suficiente paciencia para esperar la Viagra de nuestros días. Al contrario, los hombres de antaño fueron unos buscadores fervientes de los beneficios de los productos afrodisíacos. No solamente los ciudadanos, que llevaban una vida rica o fácil, sino también los aldeanos, que vivían bajo duras condiciones. Todo el mundo deseaba, clara o tácitamente, poseer de manera maravillosa a su compañero en este combate especial (...) Yo pasé años viviendo en medio de los campesinos, en los caseríos montañeses, así como en los pueblos de la planicie. Yo escuché bastantes recetas tradicionales afrodisíacas. Son verdaderas. Existen hasta hoy en día; y entre las cuales hay un centenar que han sido seleccionadas en los libros para que los editores inventaran títulos muy sugerentes, por ejemplo, “Tonificante para el Yin y el Yan”, es decir, “Tonificante para los hombres y las mujeres” o “¿Cómo pueden alcanzar su felicidad?” O bien: “El medicamento milagroso y no costoso…” Pero es el oficio de otros, no el mío.

     —ECP: También me ha gustado mucho tu manera de implicarte y, al mismo tiempo, distanciarte de la historia. Me explico… Por ejemplo, el punto de vista no está a favor de ninguno de los tres personajes. Los tres nos son presentados como seres humanos dignos de ser amados, con sus problemáticas personales y sus defectos. ¿De cuál de los tres, sin embargo, guardas mejor recuerdo? ¿Con cuál te sientes más identificada?

     —DTH: Se dice que todos los libros son la metamorfosis misma de la vida, del autor. ¿Es verdad esto o no? ¡Yo lo dudo! Mis novelas han salido siempre de una historia real, mientras que las historias humanas son variadas. Por supuesto, el novelista tiene derecho a añadir sus ideas, sus análisis, sus deseos, hasta sus sueños… Es el feudo de una novela (...) A pesar de este privilegio, yo me esfuerzo por guardar al máximo una tranquila observación de los personajes y lo considero una norma indispensable. Sin embargo, la justicia y la equidad son siempre difíciles de conseguir. El ser humano tiene una tendencia a Vietnam es todo un pequeño paísenfrentarse consigo mismo, con su psique. Si esto se considera un vicio, yo lo he tenido, ¡lo aseguro! Y mi psique se llama ¡Madame Mieu!

     —ECP: La crítica francesa ha destacado, sobre todo, las escenas solitarias de la guerra que protagoniza Bon. Sin embargo, a mí me ha atraído también cómo planteas el cambio de visión de los habitantes de la localidad al tiempo que Hoan promete crear la escuela. ¿Puedes incidir en esto dado que da una imagen del Vietnam real?

     —DTH: Vietnam es todo un pequeño país, que se parece a China. Normalmente tendría futuro, sería un gran territorio, sería una pequeña provincia china. Su fatalidad inexorable se encuentra sobre un territorio precario y amenazado permanentemente por un imperio invasor que es mucho más fuerte que él, el reparto es siempre desigual. Por mantener su independencia, dicho de otra manera, para ser él mismo, debe llevar una guerra milenaria. Esta guerra lleva este nombre, “La guerra del pueblo”. Esto significa su participación extremadamente mayoritaria. La guerra la provocan evidentemente las guerrillas con las gentes de allí. El canon de belleza como los criterios de los valores personales se focalizan en los combatientes, los héroes del país. En La tierra de los olvidos, con un placer implícito, apruebo el cambio de mentalidad de los montañeses cuando el protagonista Hoan promete crear la escuela. Porque este hombre encarna el nuevo canon de la belleza. Él es el héroe de la nueva vida. El héroe de la paz. Hoan es terriblemente inteligente, generoso, luchador, poderoso, elegante… Por lo tanto, es capaz de construir el futuro.

     —ECP: Uno de los temas recurrentes del libro es, sin duda, el dominio de la ley, cómo la ley condiciona nuestros destinos y no nos permite elegirlos. Este tema tan trágico —por poner un ejemplo, lo encontramos en Antígona de Sófocles—, ¿cómo te lo planteaste al escribir el libro? ¿El destino está en manos de la ley, los Dioses o de los humanos? ¿Qué piensas al respecto? ¿Podemos llegar a manejar nuestros destinos o siempre hay algo que se nos escapa?

     —DTH: Yo me acuerdo de una frase, que es al mismo tiempo antigua y moderna: «No hay nada nuevo en este mundo». Yo lo creo. Para que al ser humano le quede todavía algo de humanidad, debe aceptar una verdad insatisfecha: hay cuestiones que se esconden en el silencio absoluto para siempre. Esta verdad es muy poco halagüeña. Es porque algunos poderosos la niegan. Yo soy débil mientras que la acepte. La vida humana es para mí una lucha sin cesar para recobrar cosas que se nos escapan, aceptando una pérdida predestinada. Con calma y paciencia nos peleamos por subir una pendiente abrupta de la existencia que un Todopoderoso ha puesto sobre nuestro camino. Las vicisitudes y las adversidades La vida humana es una lucha incesantepueden convertir al hombre en una roca o en un mortero, el resultado depende terriblemente de su combate.

     —ECP: ¿Cuáles fueron las escenas del libro que más difíciles te resultaron de escribir? Cuéntame un poco de dónde sacaste la inspiración e influencia para narrar las escenas en que Hoan se encuentra con prostitutas.

     —DTH: Ambas cuestiones coinciden casi sobre el mismo punto. Se escribe fácilmente sobre las propias experiencias, pero tenemos dificultades para describir situaciones ajenas. Según este dato me ha resultado embarazoso describir la escena en la cual Hoan se rinde a la Casa cerrada (...) Se sabe desde siempre que la prostitución era el oficio más antiguo de este mundo y éste atraía no solamente a los lujuriosos, los malos escabrosos con su líbido, sino también a los bandidos y los miserables que carecían de las condiciones rudimentarias para satisfacer su deseo. Entre los tres géneros precedidos yo me encuentro entre los bandidos. No soy una bandida por voluntad, pero debo alimentar una curiosidad necesaria con el fin de alcanzar las exigencias del oficio. Desde 1977 he sido guionista en un estudio de cine de ficción. Mis conocimientos sobre la vida rural y la guerra son bastante fiables, pero el acoplamiento más fácil es el de la vida de las grandes ciudades, sobre todo la parte lujosa o perversa de sus gentes (...) Yo era totalmente consciente de las limitaciones de la inteligencia, y buscaba pacientemente con el fin de aceptarlas. En principio pedí ayuda a un colega, guionista también, que trabaja para una revista de cine. Este hombre me concedió una cita en la cual me iba a adentrar en la casa de la tolerancia con la condición de que yo cuidara de su hermana pequeña. Acepté inmediatamente y la atendí con fervor, pero él ha retrasado en numerosas ocasiones esta cita por diversos motivos. Pasó un mes, después dos meses. Bajo mis presiones su mujer ha hecho por fin un esfuerzo copioso para invitarme. En mitad de la cena, la pareja intercambia miradas cómplices y comienzan a reírse. Después mi colega me insultó (¡por supuesto me insulta amigablemente!): «¡Tú eres realmente idiota! La Casa cerrada está totalmente prohibida para las mujeres, imagínate cómo se pueden alterar con la presencia de una mujer, aunque sea la amiga o la hermana. Y reflexiona también… ¿Cómo se molestarán las prostitutas delante de una mujer extranjera?». De ahí que existan proxenetas masculinos y femeninos como tú has leído bien en la historia de Kim Vân Kiêu (...) Aunque estoy totalmente habituada, me quedé con la boca abierta y encuentro esto totalmente estúpido. La mujer de mi colega añadió algunas palabras después de reírse: «Tú sabes que mi marido y tantos otros guionistas como escritores van muchas veces a la Casa cerrada con diferentes pretextos: investigar en los corazones de las “malas mujeres”, realizar búsquedas sobre este campo, practicar cosas necesarias para escribir bien, etc. En resumen, ellos dicen barbaridades. Yo leo sus pensamientos. A ellos les gusta hacer esto por naturaleza. Es algo habitual desde la prehistoria. Todo el mundo sabe bien que estamos juntos desde hace diecisiete años. Para mantener la vida conyugal ¡debo parecer tanto sorda como tuerta!» Esta "Los paraísos ciegos"divertida historia transcurre en torno a 1978 o 1979 si no me equivoco. Desde entonces debo resignarme a esta tentación. Pero 10 años más tarde, en una ocasión favorable, yo he tentado de nuevo a mi suerte. Los días que he pasado aquí, he participado en un grupo cineasta que tiene un pre-contrato con una empresa en una provincia alejada, en los límites del país. Minh Hai, el nombre significa el mar claro, es el lugar donde los inmensos manglares se expanden sobre la región litoral y es también el refugio de todas las salidas del pequeño pueblo. Marinos, mercaderes, pescadores, periodistas, traficantes de droga... Y por supuesto las prostitutas, esta mercancía indispensable. Mis colegas y yo hemos hecho una salida nocturna por la ciudad y hemos buscado el puente que lleva este nombre: Mercado de prostitutas. Este puente se forma en “Arco en cielo”. He planteado a mis amigos quedarnos allí, al pie del puente y sólo yo he subido arriba. He sentido rabia después de tantos años. Puedo mirar ahora objetivos muy importantes, unas prostitutas sentadas en sillas… Pero el momento de felicidad ha sido breve, he esperado justo al principio del puente, y muy bruscamente unas prostitutas han llegado hasta el lugar donde yo me encontraba y me han asaltado. En un abrir y cerrar de ojos, me encontré cercada por unas mujeres sureñas, unos rostros maquillados, unos ojos achinados, labios tan rojos como el color de la sangre… Ellas me han atacado violentamente con sus ojos feroces, con sus propósitos amenazadores que acompañan con olores desagradables: «¿ Que haces tú aquí? ¿Qué te ha traído hasta nuestro puerto? ¿Quién te ha dado el derecho a invadir el terreno de otros? ¿Eres una nórdica? Ya se ve. Tu piel es muy blanca, debe ser muy delicada. Vamos a destrozarla con facilidad…» El pánico me provocó frío en la espalda. Grité: «¡Socorro!» Mi grupo me rescató enseguida. Me salvaron. En el camino de regreso a nuestro hotel todo el mundo pudo ver una “bonita” marca sobre mi nariz, pero me quedé muy contenta tras el momento angustioso. Gracias a esta experiencia, yo sé bien que la prostitución no es solamente una esfera amoral sino también una tierra de perversidad y de crimen, en la cual el ser humano debe arrastrarse por el lodo para ganar su pan. La literatura clásica se muestra inmensa a las miradas bellas de las “gallinas de lujo”. Yo, en la dolorosa realidad de mi país, he visto bien a las prostitutas lamentables, que practican su oficio en oscuros rincones de los parques públicos o estaciones en las cuales ganan solamente el importe de su “silla”, pues el resto deben pagarlo al encargado y al policía.

     —ECP: ¿Cómo pudiste entender y darle forma al apego de Bon a su antigua mujer, a su antigua vida, su imposibilidad de seguir adelante si no es con Mien? ¿No nos habla este personaje de la imposibilidad de vivir sin recordar, pero la necesidad de olvidar para continuar? ¿Hasta qué punto memoria y olvido son puntos de encuentro o confrontación entre odio y perdón?

Una profesional rebelde     —DTH: La vida es un barco que navega entre la obligación y la ausencia de ésta. La obligación da al mismo tiempo una fuerza para avanzar, como una negligencia desalentadora sobre sí mismo, así como en la relación con los demás. Y la ausencia de obligación refuerza el espíritu humano, pero es también una clase de yugo que guillotina y tortura a la gente. Es completamente incapaz de encontrar una fórmula constante para indicar las situaciones en las que la memoria muestre su lado positivo. Paralelamente es imposible enumerar los casos donde se puede aprovechar la obligación como la salvación. Las cosas funcionan después de forma real. Y la realidad es siempre fluida. Del mismo modo, se perciben unos puntos de encuentro y unos puntos de confrontación entre la lealtad y el perdón que forman algo semejante al fuego fatuo.

     —ECP: ¿Cómo has tomado el éxito de tu novela en Francia? ¿Te ha sorprendido?

     —DTH: En la tierra natal yo soy una profesional rebelde y una escritora diletante. La aprobación de esta novela me provoca una bifurcación decisiva. Escribo desde entonces de una manera oficial. Esto me produce alegrías, pero también una gran culpabilidad en la guerra contra la democracia. En mi vida no soy vanidosa, pero la responsabilidad me importa y pesa. No es fácil vivir con ella.

     —ECP: ¿Cuáles son las virtudes y defectos que encuentras en el modo de vida occidental respecto al de tu país?

     —DTH: Soy incapaz de resolver esta cuestión. No me siento bastante dotada para realizar comparaciones altivas sobre diferentes sistemas de valores. La vida humana es totalmente difícil de comprender. Es porque el acuerdo es siempre mejor que el yugo.

     —ECP: Creo que has trabajado un tiempo en cine también. ¿Qué opinas y cuál es tu película favorita de todas las que los norteamericanos hicieron sobre el conflicto bélico de tu país? ¿Podrías citarnos algún libro o película vietnamita de referencia para visualizar este conflicto?

Las películas noreteamericanas son realmente bellas     —DTH: Las películas americanas son absolutamente bellas. Son observadas por las miradas de los americanos. Demasiado bonito para ser verdad. Demasiado extranjero e impresionante para ser auténtico. La realidad pasa de una manera terrorífica y atroz, mil veces más rápido que las escenas de cine.

     —ECP: ¿Cuáles son tus escritores favoritos o los que más te han influido? Y teniendo en cuenta tus orígenes humildes, ¿me puedes indicar cómo te educaste en la cultura de los libros, cuándo nace tu vocación de escritora, de dónde nace esta necesidad?

     —DTH: Yo provengo de una familia que no es ni pobre ni rica. Mis ancestros han ejercido oficios diferentes: escritor, médico, propietario de tierras, funcionario y sobre todo militares mandarines… Sus carreras me han influido de forma periódica, cada uno a su manera. Desde mi infancia, yo era una pequeña deportista que soñaba convertirse en una campeona de ping-pong, un deporte libre, una acróbata o una trapecista. La literatura era en ese tiempo la compañía indispensable que tonificaba mis sueños: novelas de aventura, thrillers, entre los cuales el señor caballero andante Don Quijote y su fiel servidor, ocupan un lugar considerable. Y después la juventud me llegó al mismo tiempo que la guerra. Nosotros estábamos inmersos en una circunstancia siniestra. En lugar de disfrutar de una vida deseable, habíamos consumido libros para olvidar las dificultades reales. Tchékov, Dostoïevski, Hugo, Balzac, etc. Estos nombres sonaban hasta el momento en el que yo he podido abandonar mi tierra natal para ir al frente. Desde entonces, la literatura ha ido desapareciendo absolutamente y toda clase de catástrofes la han reemplazado. Afortunadamente yo he sobrevivido hasta la liberación del Sur, el 30 de abril de 1975. La guerra victoriosa queda a mis espaldas. Y el camino de la rebelión se abre en el horizonte de enfrente, que me llama. Con la vida rebelde, la literatura renace de sus cenizas, y me fascina violentamente con todas las barras mágicas de su potencia. Quizá, sobre la línea de ascendencia, mi buen hombre escritor ha salido para atraparme.

     —ECP: ¿Cuál de tus otros libros que no conocemos en España nos recomendarías? ¿Cuál es del que te sientes más orgullosa?

     —DTH: Un libro para un escritor es como un hijo para una madre. No obstante, a pesar de ser madre de mis libros, soy incapaz de distinguirlos.

Perfeccionarse uno mismo © Richard Harbus / New York Times     —ECP: ¿Hacia dónde quieres llegar con los libros? ¿Cómo te gustaría ser recordada? ¿Concibes una separación entre literatura y vida o ves estas dos actividades unidas inevitablemente?

     —DTH: Yo vivía desde hace tiempo con este principio: perfeccionarse uno mismo, es la tarea más esencial para el ser humano. El resto es Dios quien decide. En nuestra vida cotidiana disfrutamos de vez en cuando de las cosas. Se sueña a veces, es normal. Pero si nos dejamos devorar por la ambición, será lo peor. En este caso se ha creado el infierno y su abismo interior. La segunda parte de esta cuestión evoca un problema a la vez obsoleto y moderno, pues no se encuentra jamás la última respuesta «¿Cómo es la relación entre la literatura y la propia vida de un autor?». Esta cuestión ha sido objeto tanto de aceptaciones como de controversias. En realidad, se han encontrado todas las escalas en esta relación. Por resumir un esquema muy simple se puede decir: para unos, una separación neta se plantea entre estas dos actividades. Para los otros, la literatura será un espejo que refleje la personalidad como la vida privada de su autor.

     —ECP: ¿Qué nos puedes decir de tu país en la actualidad? ¿Crees que está preparado para los retos de este nuevo siglo o que, por el contrario, sigue una línea involucionista?

     —DTH: Mi país pertenece a un grupo de naciones post-comunistas, la parte más involucionista de este mundo. Las gentes de poder buscaban mantenerlo intacto el mayor tiempo posible. Desde la debilidad o la fuerza, el pueblo cambia con el tiempo. Los nuevos medios de comunicación son su espejo. La radio, la televisión, el ordenador, son sublimes acompañantes de la democracia. Porque abre nuevos horizontes ante el ser humano. Bajo las influencias positivas, el espíritu civil se forma progresivamente. Hoy, una fuerte minoría ha osado luchar contra el abuso de autoridad. Pero la mayoría soporta todavía su vida frustrante con resignación. Como respuesta al pasado, es ya un progreso considerable. Para las exigencias de una evolución deseable, es todavía una realidad. En resumen, la situación actual queda confusa, entre perro y lobo, hay que ser paciente para espera.

     —ECP: Por último, ¿me podrías recomendar algunos novelistas, cineastas o pintores de tu país que consideres lo suficientemente interesantes como para que comiencen a dar el salto internacional que, en parte, tú ya has logrado?

El acuerdo es siempre mejor que el yugo © NYC Photo     —DTH: Entre los escritores de antaño, teníamos un poeta, Nguyen Trai, el cual ha sido renombrado oficialmente por la ONU como un hombre célebre, de gran envergadura. Teníamos, además, una mujer escritora que se llama Hô Xuán Huiono, cuyos poemas han sido publicados en Estados Unidos bajo el título La esencia de la primavera y han tenido un gran éxito. Hay un escritor llamado Nguyén Du, talentoso, cuya obra Kim Van Kiéu ha sido traducida por Huynh Sanh Thông en Estados Unidos también… Pero hay todavía tantos escritores sublimes como Cao ba Quat, la señora Thanh Quan, etc, que quedan en el silencio y deben esperar mejores ocasiones para salir. Por parte de los contemporáneos, aprecio al novelista Bao Nins, autor de La pena de la guerra. Y también aprecio al escritor Nguyen huy Thies, con sus brillantes novelas, de las cuales una determinada ha sido traducida al francés y a otras lenguas. Por supuesto hay todavía nuevos rostros, pero desgraciadamente he perdido el contacto con mis colegas desde hace dos décadas. Porque, como una rebelde, yo era al mismo tiempo prisionera y exiliada “in situ”. A causa de esta situación yo debía aislarme absolutamente y no tenía ocasión para contactar con ellos.


 

 

 

 

 

 

 

PEPE CERVERA

 

     (Alfafar, España, 1965)

     Hasta la fecha ha publicado un libro de prosa poética titulado Tessella (1991) y varios relatos en plaquette. En breve se publicará un volumen de cuentos titulado El tacto de un billete falso.
     Este relato se incluye dentro del libro inédito Conozco un atajo que te llevará al infierno.

© Pepe Cervera

 

 

 

¿CÓMO VA A SER LO MISMO?

 

     Los dos tenían la misma edad: Castro acababa de cumplir los doce; Quesada lo haría en cuestión de un mes, a principios de septiembre. Estaban escondidos entre dos pilas de tableros y acababan de bañarse en calzoncillos en la acequia que discurre por el lateral del aserradero, metiéndose en el agua por el boquete que dejaba una pontana rota.
     Castro se secó las manos con la tela de su camisa, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo superior y volvió a dejarla caer sobre el montón de ropa que había en el suelo. Quesada le tendió una caja de cerillas.
     —¿Sabes la última de Quirce?
     Castro encendió un cigarrillo, hizo chasquear la lengua y escupió entre sus pies, como si una hebra de tabaco se hubiera quedado prendida entre sus dientes. Sostenía el cigarrillo entre el medio y el anular, y abría mucho los dedos cuando lo acercaba a sus labios para darle una chupada. Así es como había visto fumar a su hermano.
En calzoncillos en la acequia     Quesada continuó hablando.
     —Va diciendo por ahí que el sábado pasado su viejo se lo llevó de putas.
     Castro intentó formar un anillo con el humo. También se lo había visto hacer a su hermano. Le pasó el cigarrillo a Quesada, que hizo ...mmm... con la primera calada, como si estuviera recreándose con el sabor de un bocado exquisito.
     —Quirce es un trolero— dijo Castro. Con el dorso de su mano atrapó una gota de agua que se había deslizado hasta la punta de su nariz, se peinó las cejas mojadas con la yema de sus dedos, y volvió a coger su camisa para secarse las manos.
     Quesada se levantó de hombros y apretó mucho los labios alrededor de la boquilla del cigarrillo. Ignoraba si Quirce se estaba echando un farol. Expulsó el humo lentamente por la comisura de sus labios. Tampoco es que le importara que el padre de Quirce hubiera llevado a Quirce a un bar de putas. Se puso a levantarse con la uña una costra reseca que tenía cerca del codo. Qué cojones: le daba lo mismo si era cierto o no lo que Quirce andaba contando.
     —Eso es lo que él dice—, Quesada volvió a encogerse de hombros y le devolvió el cigarrillo a Castro—, que su padre cogió a una fulana y los metió a los dos en una habitación. Dice que se la tiró.
     —¿Tu te lo crees?— preguntó Castro, expulsando una bocanada de humo al hablar.
     —¡Pse! y a mí qué.
     —Quirce es un trolero.
     Quesada comenzó a trepar agarrándose a los extremos salientes de los tableros, y cuando estuvo a unos dos metros del suelo, dijo ¡hale hop!, saltó y cayó con los pies juntos, las piernas rectas y los brazos abiertos en cruz, imitando a un gimnasta. Se cogió un pedo con una mano y lo soltó contra la cara de Castro. Castro le dio un puñetazo en el hombro, abanicándose con una mano para despejar el olor de su nariz. Quesada reía a carcajadas. Aquello le divertía más que ninguna otra cosa en el mundo. Luego se tiró otro pedo que sonó largo y delgado como las bisagras resecas de una puerta en lo más profundo del castillo. Se bajó los gayumbos, se cogió la polla, colocó encima los dedos de una mano y frunció el ceño haciendo para sí mismo algún tipo de cálculo.
     —¿Sabes lo que te aumenta cuando se te empalma?
     —¡Hostia, tío!, qué capullo tan raro te han dejado—. Castro aplastó la colilla contra el perfil de un tablero y la lanzó intentando colarla por el agujero de la pontana. No muy lejos, al otro lado de la acequia, circula un estrecho camino mal asfaltado que acaba en las instalaciones locales para practicar el tiro olímpico. Observó los tres coches estacionados frente a la puerta, eran del tipo Land Rover. Castro aguzó el oído, aun sabiendo que desde allí no podía escuchar el estruendo de los disparos—. ¿Has visto alguna vez cómo disparan?
"Carllarge" de Mapplethorpe     —No, pero me encantaría probar— respondió Quesada. Simuló empuñar un fusil con las dos manos, apuntó entre los ojos de Castro e hizo como si su torso se sacudiera con la fuerza del retroceso al mismo tiempo que hacía PUM con la boca.
     Castro no le hizo caso.
     —¿No te duele?— preguntó, señalándole la entrepierna.
     Quesada se dio un par de tirones a la piel.
     —No— respondió. Apenas habían pasado cuatro semanas desde su operación de fimosis, pero ya estaba tan acostumbrado a la cicatriz que no conseguía recordar el aspecto de su capullo antes de que ésta lo circundara.
     Castro también se puso a medírsela.
     —Pero no te midas el pellejo— dijo Quesada.
     —La mía ocho dedos.
     —Y una mierda.
     —¿Qué no? Mídemela tú, anda.
     —Vete a tomar por culo.
     Castro encendió otro cigarrillo y se lo pasó a Quesada. Comentó que había oido decir que dar por culo era lo mismo que follarse a una tía. A Quesada le dio un poco de repelús.
     —En serio— insistió.
     —¿Quién te lo ha dicho?
     —Nacho.
     En una ocasión, Nacho, el hermano mayor de Castro, enculó a una pedorra que se prestó a ello, y luego se lo contó a sus colegas sin preocuparle que Castro lo oyera. Quesada no acababa de creérselo; no el que Nacho lo contara delante de Castro, sino el que le hubiera dado por culo a nadie.
     —Venga, cómo va a ser lo mismo un culo arrugado que un chocho jugoso.
     —Yo sólo sé que Nacho dice que es la hostia—. Castro cogió el cigarrillo que le tendía Quesada y se puso a fumarlo en silencio, como si estuviera decidiendo cuánto de verdad había en lo que afirmaba su hermano.
     —Seis dedos— dijo Quesada. La polla se le había puesto tiesa y la cicatriz se había tensado hasta adquirir un color violáceo. Parecía que el capullo iba a salir disparado y la piel no iba a ser suficiente para evitarlo.
     Castro soltó una carcajada.
     —Seis dedos. ¡Ja! Al médico ese se le fue la mano. Menuda chapuza.
     —Vete a la mierda, Castro.
Apurando el cigarrillo de una sola chupada     —Venga— dijo en tono conciliador—, toma—. Colocó el cigarrillo entre los labios de Quesada—, no te mosquees—. Se asomó entre las dos pilas de tableros y miró hacia la acequia—. ¿Hace otro baño?
     —No puede ser lo mismo— dijo Quesada.
     —¿El qué?
     —Qué va a ser. Dar por culo.
     —Eso es lo que dice Nacho—. Castro se rascó en la ingle y luego, acurrucando mucho las aletas de su nariz, olisqueó las puntas de sus dedos— ¿Quieres que lo probemos?
     —¡¿Qué dices?!
     —No va a pasar nada. Primero uno y luego el otro.
     Quesada expulsó un hilillo de humo muy fino, lentamente, dándose tiempo para tomar una decisión al respecto.
     —Venga, joder, que no va a pasar nada—, le animó Castro—. ¿A ti te duele?— preguntó, refiriéndose a su cicatriz.
     —No.
     —Pues ya está—. Se dio la vuelta y se inclinó ligeramente con las manos apoyadas en alto, como si fuera a permitir que Quesada lo cacheara. Sintió la polla dura y caliente de Quesada entre sus nalgas y enseguida unas cuantas embestidas, tan rápidas y tan torpes, que no consiguieron abrirle el agujero.
     —¡Bah!— protestó Quesada—, esto es una mierda—, y comenzó a meneársela con una mano, apurando el cigarrillo de una sola chupada.

 

 

 

 

 

 

 

JORGE VOLPI: en busca del siglo XX

 

Jorge Volpi en la FNAC de Murcia © Alejandro Hermosilla Sánchez     Entrevista: Alejandro Hermosilla Sánchez

 


     Jorge Volpi estuvo en Murcia para presentar su nuevo libro, No será la tierra, y aprovechamos para hacerle una entrevista gracias a la cortesía de Alfonso García Villalba, director del área de cultura de la FNAC, que nos puso en contacto sin problema alguno con el escritor mexicano. Un escritor que se mostró siempre encantador, solícito a nuestras preguntas y a facilitarnos el trabajo y que, poco a poco, va consolidando una obra que se supone mayor y de la que, afortunadamente, podemos decir, dada su extraordinaria juventud, que todavía tiene sus mejores logros por conseguir. En fin, sugerir que fue un placer entrevistar a Jorge Volpi, una de las voces más importantes de la narrativa hispanoamericana contemporánea, justo después de haber terminado su trilogía sobre el siglo XX y momentos antes de emprender un nuevo rumbo en su prosa que todavía no sabemos qué caminos le llevará a recorrer.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Para empezar, háblame un poco de esta última novela tuya, No será la tierra.

     —JORGE VOLPI: Te diría que esta última novela nace de una reflexión hecha por mí desde México. Muchas veces me han preguntado por qué un novelista mexicano escribe sobre Alemania, Francia o Rusia y no sobre México. Yo siempre respondo que para mí no hay que ser excesivamente literal a la hora de juzgar los escenarios de las obras. Aunque esta novela trate sobre Rusia también, metafóricamente, trata sobre México. Yo recuerdo que los años de la perestroika en Rusia, sobre todo en los años 87 y 88, se correspondieron en México con el final del gobierno del presidente Miguel de la Madrid y, sobre todo, con las elecciones fraudulentas de 1988 (…) Yo miraba por entonces con envidia cómo era posible que a la Unión Soviética, que era uno de los países del mundo con un sistema de partidos único más longevos de la historia —como también lo era México con el PRI—, llegara un hombre con una capacidad de realizar una reforma económica y política tan, como pensaba en esos momentos, valiosa como la realizada por Gorvachov. Realmente, estaba asombrado por cómo la capacidad, la voluntad de un solo hombre, Gorvachov, era capaz de desmantelar lo que había sido uno de los imperios en apariencia más poderosos —también había sucedido en México con el PRI— del mundo. Mientras tanto, en México el presidente Carlos Salinas implantaba algo que los periodistas mexicanos llamaban no perestroika, sino salinastroika, o lo que es lo mismo, reforma económica pero no política, al contrario que la de Gorvachov, que sumaba ambas. Y yo, por aquel entonces, en México miraba con envidia toda esta situación, cómo en Rusia parecía que la idea central de democracia iba consumándose, extendiéndose, al menos en aquellos momentos, cómo existía la reforma política además de la económica mientras que en México el sistema autoritario parecía fortalecerse (…) Y, de repente, observé cómo en 1991, de un día para otro, la Unión "No será la tierra"Soviética dejó de existir. Ese gigantesco país que se había opuesto a los Estados Unidos hasta convertirse en un gigante opuesto a él dejaba de existir tal y como lo conocíamos hasta ahora. Este hecho me dejó impresionado. Desde luego, mi impresión era que lo que estábamos viendo debió de parecerse, metafóricamente, a lo ocurrido con Troya: la idea de que después de un asedio de varias décadas por parte de los Estados Unidos, una especie de caballo de Troya —el mercado— es capaz de adentrarse en Rusia —Cartago— y hacer que del sistema anterior no quede prácticamente nada. Y para mí esto era lo fascinante: tratar de entender cómo se comportarían unos cuantos personajes —las mujeres que protagonizan mi obra— frente a un acontecimiento de una magnitud tan apasionante como este. Me interesaba observar cómo, frente a una transformación terrible, los seres humanos son capaces de adaptarse a las nuevas circunstancias. Y creo que este es, en general, el tema de mi nueva novela. No tanto el fin de la Unión Soviética, sino cómo algunos personajes pueden sobrevivir en medio de este mundo y otros no que, como verás, tiene su conexión secreta también con la realidad mexicana.

     —ECP: No será la tierra completa la trilogía del siglo XX, pero ¿qué tienes pensado hacer después?

     —JV: Bueno, en mi caso, con este libro termino este proyecto amplio que me ha llevado a escribir durante 10 años, prácticamente 1600 páginas con ciertos presupuestos comunes para los tres libros, aunque se puedan leer con total independencia y, en estos momentos, no sé exactamente qué es lo que voy a hacer después, pero sé que quiero hacer algo distinto, tengo la necesidad de aprender a escribir de nuevo, de otra forma.

     —ECP: Leí que uno de tus escritores favoritos era Thomas Mann y pensé que era la mayor influencia detectable en En busca de Klingsor. Pero no sólo el Mann de La montaña mágica, sino también el de Muerte en Venecia en cuanto a la pasión amorosa incontrolable y desbordante del personaje. Y en toda esa novela sobrevuela el fantasma del Fausto goethico, pero también el de Mann. ¿Qué opinas?

     —JV: Exacto. En una novela como No será la tierra también lo es, en la que los personajes aparentemente son seres absolutamente pasionales —ya sean físicos centrados en la ciencia o seres que buscan el provecho personal a través de la razón— y, al final, resultan vencidos por los sentimientos y por la irracionalidad del amor. Y, efectivamente, mi libro favorito de Thomas Mann es Doctor Fausto, aunque me gustan mucho también La montaña mágica y Muerte en Venecia.

La voluntad de un solo hombre: Gorvachov     —ECP: ¿Por qué crees que escribes o se escribe? O, más en concreto, y profundizando un poco en tu persona, ¿cuándo fue que pensaste que te ibas a dedicar a escribir?

     —JV: Esto fue relativamente tardío para mí si lo comparamos con la carrera de otros escritores. Yo empecé a escribir con cierta conciencia a los 16 años gracias a un amigo mío, Eloy Urroz, que también es escritor, fue miembro destacado de la famosa generación del crack y ahora ha publicado dos libros en España. Él era poeta y ya escribía por aquella época y me animó a escribir mi primer cuento y fue a partir de este momento que observé que me gustaba lo suficiente la escritura como para dedicarme a ella de por vida.

     —ECP: ¿Tiene fin la locura como se mencionaba en el título de tu anterior novela? ¿Existe la locura sana, la locura que salva?

     —JV: En esa novela la locura es polisémica y tiene varios sentidos. Nos encontramos con la locura que salva, los locos sabios que dicen la verdad, pero están locos, y también con esa locura arrebatadora y terrible que, a mi modo de ver, es la locura revolucionaria; la idea de que por medio de la violencia es realmente posible hacer el mundo mejor.

     —ECP: Respecto a esta novela, El fin de la locura, se te acusó de caricaturizar a Lacan, Foucault o Althusser. Sin embargo, yo no creo que esto fuera del todo así. De hecho, me interesa mucho cómo novelas la relación de Lacan y el caso de Marguerite Anzieu. Háblame de Lacan, que siempre está tan en boga. ¿Qué opinas de su método? ¿Merecía llamarse el diablo?

     —JV: Lacan es un personaje sumamente singular que tiene, del mismo modo, un pensamiento singular. Es un personaje excéntrico del que ni siquiera merece la pena decir que es contradictorio, pues esto sería un lugar común. Lacan era un personaje desbordante lleno de caprichos y manías, con una escritura casi indescifrable y un método de pensamiento que ha terminado siendo más útil, en mi opinión, para las "El fin de la locura"ciencias sociales que para la terapia misma psicoanalítica. Era un personaje con un número grande de excentricidades que, creo, rayan en la tomadura de pelo, pero que también concibió una serie de intuiciones brillantísimas sobre cómo funciona la mente y el inconsciente. En la novela, sin duda alguna, se parodia ácidamente a Lacan pero, a pesar de ello, su pensamiento aparece sin deformaciones. Por un lado se hace una burla de este personaje que coleccionaba coches de carreras, abrigos de pieles, lingotes de oro y que era capaz de una enorme cantidad de actos que nos podrían parecer ridículos en sí mismos pero que, al mismo tiempo, desarrolló una serie de ideas que, repito, pudieran ser más interesantes para el ámbito de las ciencias sociales o el psicoanálisis que para el ámbito de la crítica literaria.

     —ECP: ¿Y qué opinas de su método de curación del paciente en sesiones de apenas cinco minutos o incluso segundos?

     —JV: Yo creo que si concebimos esta idea como una idea literaria es sumamente interesante. La idea de que las sesiones analíticas sean breves para que el paciente reflexione todo el día sobre el momento en que culminó lo que estaba diciendo casi sin intervención del psicoanalista es casi una obra de teatro mucho más que una curación. Hay, desde luego, pacientes —sobre todos los que poseen preocupaciones intelectuales— a quienes les ha apasionado y servido el psicoanálisis lacaniano, pero yo creo que para la mayor parte de la gente hay cosas mucho más útiles que este tipo de análisis.

     —ECP: ¿En qué medida no son los personajes femeninos de tus novelas el epicentro salvador de la pasión reductora y clasificadora del sexo masculino?

     —JV: Creo que en las dos primeras novelas de la trilogía es muy claro el papel ambiguo de las mujeres, que son vistas por los hombres como salvadoras pero que, al mismo tiempo, terminan siendo la causa de su perdición. Esto también sucede en No será la tierra, pero en esta novela el elenco femenino es mucho más variado y permite una visión de los personajes femeninos mucho más amplia.

     —ECP: Por cierto, hay un novela breve tuya muy ingeniosa, Viaje a Patmos, en que se hace referencia al Apocalipsis. ¿Hasta qué punto llegó tu investigación con este libro? ¿Has leído los evangelios gnósticos?

"La guerra y las palabras"     —JV: Este libro no dejaba de ser una especie de divertimento, aunque la idea del fin del mundo ya lo había tratado en uno de mis libros que todavía no se ha reeditado en España, El temperamento melancólico. La idea del juicio final, de la cercanía del fin del tiempo, es un tema que me interesa mucho y en aquellos años del final del milenio era una temática y obsesión compartida por mucha gente que estuve interesado en tratar seriamente como en El temperamento melancólico, pero también satíricamente, como en Viaje a Patmos que escribí, por cierto, en Patmos (...) Y, desde luego, la gnosis me interesa muchísimo, porque antes de dedicarme a la literatura yo quería ser medievalista. Desde la escuela secundaria me dediqué a la historia medieval y a la historia de finales del imperio romano y, sin duda, las herejías era uno de mis temas favoritos.

     —ECP: La guerra y las palabras. Una historia intelectual de 1994. Háblame de este libro que no conozco.

     —JV: Si tengo una especie de trilogía novelada sobre el siglo XX también tengo un díptico sobre las relaciones de los intelectuales y el poder en México en el siglo XX. El primero es sobre la relación de los estudiantes mexicanos con el movimiento estudiantil del 68, que se llama La imaginación y el poder, y el segundo es este libro al que te refieres, que es una especie de segunda parte de este libro y que, en realidad, es un estudio de la relación entre los intelectuales mexicanos con el alzamiento zapatista y el subcomandante Marcos.

     —ECP: ¿Me puedes resumir los últimos acontecimientos políticos ocurridos en México?

     —JV: El último fue uno de esos años, digamos, terribilis, para México. Hacía mucho —desde el 94— que no teníamos un año tan agitado ni tan terrible. Un año que se ha caracterizado, en primer lugar, por la contienda electoral sumamente agitada en donde dos cantidades son los que tienen más posibilidades, el del PAN y el del PRD, la izquierda y la derecha, dejando al PRI histórico en tercer lugar. Una campaña donde se ha desarrollado una guerra sucia entre los dos candidatos pero, sobre todo, por parte del PAN hacia el PRD sumamente fuerte, con una intervención ilegal del presidente Fox a favor del candidato de la derecha, Calderón, documentada por parte del tribunal electoral y que termina, prácticamente, en una especie de empate técnico que a la hora de dirimirse por el tribunal electoral, termina dando la victoria a La mejor novela sobre MéjicoCalderón por menos de 250.000 votos —menos del 1.5 por ciento del total—. Este porcentaje no es aceptado por López Obrador, que se lanza en una carrera, a mi modo de ver, muy peligrosa para la izquierda, en contra de las instituciones y el marco institucional mexicano, y que hace que Calderón asuma el poder en una circunstancia sumamente endeble. A todo esto hay que sumarle el conflicto en Guajaca, que fue desgastante y sumamente nocivo para la imagen de México en el exterior. Este conflicto nació como un conflicto sindical paralelo a las elecciones que queda oscurecido por las propias elecciones y que crece irresponsablemente debido, en buena medida, a la incapacidad tanto de Fox como del PRI en Guajaca para responder a las demandas de los maestros que, simplemente, estaban pidiendo un aumento de sueldo y a los que se les reprime violentamente hasta que termina habiendo más de una decena de muertos y actos de una atrocidad enorme tanto por parte de los rebeldes como por el gobierno estatal. Al fin, este conflicto ha terminado también de una manera sumamente extraña con el encarcelamiento de los líderes que terminaron más tarde saliendo en libertad gracias a que el gobernador contra el que luchaban pagó su fianza. Sin duda, fue un conflicto que se dejó crecer de manera muy irresponsable. En suma, un año muy complicado (...) Este año comienza con un Calderón tratando de demostrar una posición de fuerza y atacando, sobre todo, los dispositivos de seguridad pública con operativos en contra del narcotráfico y tomando algunas medidas sociales que, normalmente, habrían debido pertenecer más a la agenda de la izquierda, como la implantación de un seguro médico para todos los niños nacidos después del año 2006.

     —ECP: ¿Cuál es tu opinión de libros de autores extranjeros centrados o escritos en México como los de Artaud, Malcom Lowry o Lawrence?

     —JV: Bueno, hay toda una tradición de distintos autores que han escrito libros sobre México. El libro de Artaud sobre los taraumaras y la relación con las drogas, el peyote y los hongos que tomaban en México me parece muy interesante. El libro de Lowry, Bajo el volcán, es maravilloso. Lowry lo escribió en Cuernavaca y es una especie de metáfora de un descenso infernal —en este caso, el infierno del alcohol— que refleja la tensión a la que estaba sometida el propio Lowry. Sin duda, es un libro fascinante. Y el libro de Lawrence es más una descripción de la ideología del propio Lawrence que una descripción adecuada del contexto mexicano (...) A mí me parece que, de entre todos los libros de los escritores extranjeros sobre México, si lo que nos interesa es valorar el punto de vista sobre México más que el valor de la obra literaria en sí o el punto de vista del escritor, el mejor es El poder y la gloria de Graham Greene.

Jorge Volpi en busca del siglo XX     —ECP: ¿Te gusta Mantra de Rodrigo Fresán?

     —JV: No es mi libro favorito de Rodrigo. Rodrigo es amigo mío y, sin duda, me parece uno de los mejores escritores de mi generación, pero prefiero Jardines de Kesington, que considero un libro fascinante, a Mantra. En cambio Mantra —quizás por desarrollarse en México— no es para mí mi libro favorito de Rodrigo. Rodrigo tiene una relación muy cercana con México, pues está casado con una mexicana, pero me parece que a partir de la segunda parte, Mantra se convierte en un libro excesivo que trata demasiados clichés, para nosotros, de la vida mexicana a diferencia de un libro como Jardines de Kensington, Historia argentina o cualquiera de los otros libros de Rodrigo, que me gustan mucho.

     —ECP: ¿Cómo valoras la importancia de Alfonso Reyes —un escritor no lo suficientemente conocido en España— en el pensamiento y la escritura mexicanas?

     —JV: Fue una influencia enorme como maestro y como polígrafo, tal y como se le llamaba, ya que se dedicó a todos los géneros menos a la novela y fue muy importante por su cultura enciclopédica, por esa idea de un México abierto, etc. Pero, paradójicamente, aunque su obra completa está publicada por el Fondo de Cultura Económica y todos los mexicanos han visto los veintiocho volúmenes de su obra, cuando mucho se leen unas pocas páginas de los mismos. Desgraciadamente, por lo general, los mexicanos leen también muy poco a Alfonso Reyes.

     —ECP: ¿Y la figura de Jorge Cuesta?

     —JV: Octavio Paz decía que Jorge Cuesta fue el primer intelectual moderno mexicano y, en efecto, fue un hombre que escribió mucha crítica política desde un punto de vista liberal, que contrastaba con la tendencia política de la época, que era marxista y nacionalista. Fue un intelectual con una vida personal muy trágica, con una obra poética muy concentrada, ardua y difícil, pero, al mismo tiempo, fascinante, que permitió que le dedicara mi primera novela.

     —ECP: ¿Y en qué medida la sombra de Sor Juana Inés de la Cruz se sigue alargando sobre la literatura mexicana?

     —JV: Yo no estoy muy influenciado por Sor Juana Inés de la Cruz, pero en México es una figura muy importante de nuestras letras y la biografía que escribió Octavio Paz sobre ella, Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe, es un clásico de referencia para cualquier mexicano. Ese libro es apasionante, no sólo por la escritura de Paz, sino por la investigación ideológico-histórica sobre la época.

"En busca de Klingsor"     —ECP: ¿Qué te ha aportado España como escritor y como persona? ¿Cuáles son las diferencias a favor de un país u otro que encuentras entre ambos? ¿Qué tienen que aportarse, en qué se desconocen?

     —JV: Para mí, la importancia de España ha sido altísima. He vivido, en total, cuatro años en España, de los cuales tres fueron en Salamanca y uno en San Sebastián. En Salamanca realicé el doctorado y pude escribir En busca de Klingsor, que ganó el premio Biblioteca Breve Seix Barral y cambió mi vida por completo. Por ello, para mí España es un lugar central sentimentalmente y me siento tan cómodo viviendo en España como en México (...) Por otro lado, es cierto que pese a compartir varios siglos de historia común, sigue habiendo un desconocimiento grande entre México y España y creo que todavía más de España hacia México que de México hacia España, pues, finalmente, México siempre miró a España, a veces con rencor, pero como si fuera la madre patria, mientras que España, después de la independencia de las colonias, se desentendió por completo de la historia de los países ya independientes (...) Aun así, creo que hay muchos vínculos comunes y que hay muchas posibilidades de contacto cultural que valdría la pena explorar más. Sobre todo, en esta época en que España ha vuelto a convertirse en la potencia industrial editorial dominante frente a una América Latina que continúa teniendo muchos problemas económicos.

     —ECP: ¿Has visto Babel? Y siguiendo con el cine, ¿es detectable aún la influencia de Buñuel en México? ¿Cómo valoras el cine de Arturo Ripstein?

     —JV: Jorge Volpi: Sí. Babel me gustó muchísimo. Y Buñuel se sigue considerando todavía como si fuera un director mexicano, dado que muchas de sus grandes películas fueron realizadas en mi país con actores mexicanos. Por supuesto, Los olvidados sigue siendo una obra de referencia y, desde luego, El ángel exterminador, que es una de mis favoritas de él. Pero la influencia de Buñuel, digamos, no está presente en gran medida en el cine mexicano contemporáneo, a no ser, claro, en el cine de Ripstein, que es un cine melodramático con implicaciones sociales que a mí me gusta mucho y tiene bastante éxito fuera de México, aunque en nuestro país ha tenido bastantes dificultades para ser valorado.

 

 

 

 

 

 

 

ADOLFO GÓMEZ TOMÉ

 

     (Mirabel, España, 1969)

     Licenciado en Filología Hispánica e Inglesa por la Universidad de Salamanca. Estudió literatura en la Universidad de Saint Andrews (Escocia) y fue lector en York (Inglaterra). En la actualidad vive en Zafra (Badajoz) y trabaja como profesor de inglés en un instituto de Fregenal de la Sierra.
     Ha publicado una decena de relatos en antologías y publicaciones nacionales, algunos de ellos habiendo resultado premiados en certámenes literarios, y en el 2001 Ediciones Nostrum editó su primera novela, La Gallina Ciega (Premio de novela corta Casino de Lorca 2000).
     Estos dos microrrelatos son inéditos.

© Adolfo Gómez Tomé

 

 

 

COMO ATRAPAR AL HUMO EN UNA BOTELLA

 

     saco el cigarro del paquete tanteo con mis yemas su forma perfectamente cilíndrica doy unos golpecitos con el filtro sobre la mesa para que se asiente bien el tabaco me lo llevo a la boca y lo sujeto suavemente entre mis labios dejándolo medio caído meto la mano en el bolsillo y saco el mechero acciono la ruedecilla una chispa nada vuelvo a hacerlo nada ¿se habrá acabado el gas? agito el mechero vuelvo a intentarlo por fin sale una llama diminuta azul como un ojo morado amenazando extinguirse en cualquier momento hago parapeto con la mano y la acerco con aprensión al cigarro abatido al entrar en "Humo" © Marta Pereyracontacto este es mi momento favorito succiono entorno los ojos y el extremo del pitillo se pone incandescente inhalo y el humo después de atravesar el tabaco y el filtro se desliza a gatas en mi boca lo mantengo ahí un instante está oscuro y húmedo y blando sigo aspirando y el humo continúa su camino descendiendo por las grutas de mi faringe laringe bronquios y bronquiolos hasta llegar al lago subterráneo de mis pulmones que se expanden dócilmente abriendo cientos de cancelas para dejar el paso libre ahí el humo explora en silencio asombrado por la maravilla del dédalo violáceo una parte se olvida se pierde y muere pongo el cigarro en el cenicero agarro la botella de cristal transparente y coloco su boca entre mis labios expiro y lo que queda del humo hace el camino de vuelta a regañadientes al salir al exterior queda irremediablemente atrapado cojo el tapón de corcho y con rapidez tapo la botella ha caído en la trampa lo observo retorcerse entre las paredes de vidrio buscando desesperadamente una salida que no existe

 

 

COMO ARRANCAR LA COLA A UNA SALAMANQUESA

 


     repta cenicienta por la pared encalada en mitad de una tarde de siesta calurosa y blanca la salamanquesa como una grieta oscura y flaca que avanza hiriente hacia ninguna parte una mano enjoyada de hombre robusta y limpia fatigada torpeza en las yemas la agarra por el vientre pálpito y la observa debatirse impotente entre pulgar e índice su cuerpo suberoso y gris alborotado de vida natural belleza perfección inexplicable piensa y se le abre la sonrisa grande en los dientes con la mano izquierda agarra la cola enloquecida del reptil la domina la tensa la estira con mucho tiento hasta el límite difícil de su elasticidad siente en la punta de sus dedos como una caricia el doloroso chasquido de la inminencia se muerde la sonrisa hasta que ya no puede más pálpito parece gemir la salamanquesa zas en la palma izquierda desdibujando como un verdugo sus líneas del destino se agita la cola a solas derecha izquierda derecha izquierda derecha ensortijándose obstinadamente en una promesa conyugal en la otra mano entre Cómo arrancar la cola a una salamanquesael pulgar y el índice su cuerpo atento que no siente el dolor de la pérdida sino una extraña sensación de desnudez de liviandad de libertad repentina la posa de nuevo en la cal abrasada y la salamanquesa se agarra tenaz con sus ventosas la libera sí de la prisión de sus dedos y se aleja veloz por la blancura buscando el refugio de una grieta el tejado seguro inalcanzable de una teja en la palma de la mano izquierda se queda la cola sola como un gesto absurdo de la vida agitándose a izquierda y a derecha curvándose tontamente sobre sí misma buscando a ciegas la parte perdida que complete su absurdo rompecabezas

 

 

 

 

 

 

 

JUAN BONILLA: tras los límites de la realidad

 

Juan Bonilla: tras los límites de la realidad © Alejandro Hermosilla SánchezEntrevista: Alejandro Hermosilla Sánchez

 


     El pasado enero, Juan Bonilla se acercó a Murcia para presentarnos su último poemario, Buzón vacío, con el que sigue demostrando estar en muy buena forma creativa. Bonilla nos ha dejado ya una serie de reflexiones y pensamientos muy útiles para navegar por las costas de nuestra contemporaneidad, como demuestran su divertido y ejemplar El arte del yo-yo, sus artículos en El Mundo o la misma lectura de esta entrevista. Demostró tener un carácter y una personalidad curiosas, sobradamente interesantes y ávidas de seguir viviendo experiencias y narrarlas a través del arte literario, de las palabras con las que se va comiendo los años de su vida antes de que estos lo devoren a él.
     Resaltar que fue todo un placer entrevistar a Bonilla, nos puso todas las facilidades para ello y siempre intentó de una manera u otra empatizar con su interlocutor por más heterodoxo que pudiera ser el tema tratado o la manera de abordarlo. Y decir, a su vez, que con esta entrevista nos quitamos una espina de encima. Bonilla es un autor que muchos de los que habitualmente colaboramos en El Coloquio de los Perros admiramos y al que ya entrevistamos una vez por internet sin obtener del diálogo con el autor los resultados que pretendíamos. Ahora que lo teníamos presente y cara a cara Bonilla no nos decepcionó, sino todo lo contrario: demostró que no hay nada como tener al entrevistado de frente para, esta vez sí, poder sacar todo el jugo posible a su persona.

 


     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: Según tengo entendido, cuando eras niño apenas leías nada y a mí me interesa saber cuándo fue el momento en que te introdujiste de lleno en la lectura, el momento en que la literatura te golpeó y por qué sucedió esto.

     —JUAN BONILLA: La verdad es que supongo que tendría que hacer una sesión de psicoanálisis para responderte esto, pero creo, para empezar, que el motivo por el que me vi atrapado por la lectura tiene que ver con la insatisfacción con la realidad cercana y el encontrar mágicamente, de repente, un oasis con el que no contabas, que son los libros y las historias (...) Para mí, extrañamente en este país, el instituto de bachillerato fue fundamental y me sirvió de muchísimo. Hice el bachillerato en una época donde los chavales teníamos unas inquietudes y una curiosidad sin límites por todo lo nuevo. Nos encontrábamos en los años 80 y había un gran bombardeo de nuevas referencias que me provocaron una curiosidad enorme y me llevaron a interesarme por, entre otros asuntos, la literatura, la lectura. Y supongo que una "Buzón vacío"cosa lleva a la otra, igual que los niños que juegan al fútbol en la calle acaban por probarse en un equipo de barrio antes de intentarlo en un equipo profesional, el leer mucho me llevó a escribir de una manera natural.

     —ECP: ¿Y cuál fue el primer libro que te impactó?

     —JB: A mí un libro que me pareció fascinante fue La Regenta, porque, realmente, llegó a sustituir la realidad. Después de leerlo, paseaba por las calles y la realidad me aburría, me parecía insuficiente y banal y deseaba volver a casa para seguir leyendo pasajes del libro u otros libros (...) De todas maneras, cuando yo tenía 12 o 13 años y estaba en el colegio, conseguí un premio en redacción y por ello —a mí y a los otros 50 mejores chicos en redacción— nos regalaron un libro de cuentos que reunía todos los ganadores de los últimos huchas de oro, que era un premio de narración breve, y recuerdo que en ese volumen había un cuento de un tal Daniel Sueiro, que es un escritor muy poco conocido, que se llamaba El día que subió y subió la marea en el que no pasaba absolutamente nada. Únicamente sucedía que la marea subía y subía y no paraba nunca —era como la descripción de un tsunami tranquilo— y esta fue la primera vez que yo sentí una sensación muy potente y extraña con un texto literario. Me pregunté una y otra vez qué es lo que quería contarme este cuento y creo que, en realidad, el comienzo de mi vocación literaria comienza aquí. Este cuento que, si te fijas, es muy kafkiano me dejó completamente trastornado.

     —ECP: Además, simbólicamente supongo que sería como si la marea te llevara a la vez a ti a otro lugar, a ese lugar sin nombre que te iba a atrapar antes o después que era la literatura.

     —JB: Sí. Puede ser. Verdaderamente, esta era una época especial. Por ejemplo, muchos adolescentes leíamos a Herman Hesse y nos introducíamos en su Sidartha o en Demian. Y en lo que respecta a poesía, recuerdo que el libro que me dejó totalmente asombrado fue Poeta en Nueva York de Lorca. Además, por aquella época comenzó a traducirse a Fernando Pessoa al español y leerlo supuso otro descubrimiento absoluto.

"El estadio de mármol"      —ECP: Siguiendo con tus comienzos como escritor, me gustaría saber si te diste a conocer gracias a algún premio literario. ¿Cómo conseguiste publicar tu primer libro?

     —JB: Nunca gané un concurso en España. Yo traté de colocar mi primer libro en algunas editoriales, pero no tuve suerte. Mandé entonces el libro a un concurso en Buenos Aires promovido por el diario La Nación y gané el primer premio. Luego Pre-Textos leyó el libro gracias a este premio, le gustó y lo publicó. Entonces, curiosamente, El País comenzó a decir que este era uno de los libros de aquel año y empecé a contactar con mucha gente. A raíz de esta situación, ya todo lo demás vino rodando.

     —ECP: Yo te conocí a raíz de la publicación de tu libro de cuentos El que apaga la luz y de tu poemario Partes de guerra, pero lo que me comenzó a impactar de ti fueron tus excelentes artículos en Ajo Blanco. Cuéntame cómo empezaste a escribir en esta revista.

     —JB: Todo comenzó porque el director de Ajo Blanco vino a Sevilla a hacerme una entrevista para su revista y pasado un mes de habérmela realizado recibí una llamada de él en que me preguntaba si quería ir a Barcelona para trabajar como redactor jefe de Ajo Blanco.

     —ECP: Qué curioso. Yo leía mucho esta revista y me parecía muy buena.

     —JB: Sí. Era una gran revista.

     —ECP: ¿Y por qué terminó por cerrar?

     —JB: Bueno. Esto forma parte de una historia empresarial un poco rara. José Rivas vendió el 50% de la revista a El Mundo y El Mundo, al ser una empresa grande, exigía resultados que, obviamente, Ajo Blanco no podía dar y bueno, desgraciadamente, tuvimos que cerrar.

     —ECP: Y luego recuerdo que hace unos pocos años se realizó una intentona por volver.

     —JB: Sí. Pero este hecho fue, realmente, absurdo. Se quería resucitar una tercera época de Ajo Blanco en un momento donde no se daban las circunstancias ni las condiciones para poder hacerlo. Resultó imposible.

     —ECP: Y entonces, ¿cómo comenzaste a escribir en El Mundo?

     —JB: Pues fue a raíz de que Ajo Blanco cerrara y como el periódico había comprado el 50% y me conocían, me animaron a participar en él.

Portada del primer número de "Ajoblanco"     —ECP: Recuerdo ahora un texto tuyo que leí en esta revista sobre Unabomber que me impactó y me llevó a comprarme el manifiesto que publicó este personaje.

     —JB: Sí. Unabomber era un personaje realmente alucinante de estudiar.

     —ECP: Sin embargo, era un asesino, lo que nos lleva a plantear el tema de la barrera que separa a un asesino y a un escritor de ficciones que las dibuja sobre los folios.

     —JB: Es un tema muy, muy peliagudo. ¿Es más perdonable lo que Unabomber realizó porque hay detrás de sus matanzas un poso filosófico donde todo está justificado o es justamente por esta razón que son mucho menos perdonables los actos que cometió? Yo todavía no he podido encontrar una respuesta a esta pregunta. Únicamente me dejé fascinar por el personaje, pero sin posibilidad de hallar respuesta alguna. Por un lado, me pareció fascinante que este matemático le declarase una guerra jurada a la tecnología, pero, por otro lado, me pongo en el lugar del guardia jurado que no tiene la culpa de nada de lo que sucede en nuestra sociedad, sino que es un instrumento más, y que va a recoger un paquete cerrado y le estalla en las manos y se caen al suelo todos los argumentos que puedas encontrar para defender al personaje.

     —ECP: Sí. Fíjate que yo realicé una tesis sobre Sábato, que tan en contra estaba de cómo ha sido utilizado nuestro conocimiento de las ciencias positivas, y a la hora de estudiar el funcionamiento del personaje de El túnel me sirvió mucho observar el comportamiento de Unabomber. Aunque había un hecho radicalmente diferente: Sábato crea a Juan Pablo Castel y no mata a nadie y, sin embargo, Unabomber creó todo un pequeño manifiesto anti-científico que le sirvió de apoyo para asesinar realmente.

     —JB: Sí, claro. Lo peligroso de Unabomber es que no se queda únicamente en lo escrito, sino que decidió dar el paso adelante del que hablábamos antes: decidir que lo que había escrito no sólo iba a quedar en el papel, sino que iba a pasar a la acción y en el momento en que la filosofía entra en acción, siempre hay peligro (...) Fíjate que yo hay un juego que me gusta mucho pensar: ¿qué tipo de sociedad se "Los príncipes nubios"crearía de acuerdo a los postulados exactos de cada filósofo? Imagínate una sociedad donde todos, absolutamente todos los ciudadanos, vivieran de acuerdo a las ideas de Spinoza o a los postulados de Nietzsche, y la pregunta sería: ¿en qué sociedad de un filósofo en concreto te gustaría vivir? Y es muy difícil de contestar, porque en la vida real cada una de las teorías de estos filósofos más o menos permite hacer la vida llevadera, pero ¿cada una por sí sola? Spinoza, por ejemplo, tiene la idea maravillosa de que Dios es todo o es nada, esto es, que Dios es esta máquina, este traje, etc, y que en todas partes se encuentra y, sin embargo, él tiene la idea en política de que hace falta un dictador, porque lo que importa no es el Todo sino el Uno. Bueno, pues esta sociedad ya no sería nada apetecible para nosotros. Por ejemplo, la sociedad Nietzsche tiene algunos aspectos muy, muy potentes, pero otros que son absolutamente criminales, y así podemos seguir. Imagina la sociedad Heidegger. Esta sería una sociedad aterradora (...) Por ello, uno piensa que si estos sistemas filosóficos una vez traducidos por completo a la realidad son tan terribles, ¿dónde encontrar un refugio?. En fin, deberían hacer un programa de televisión como Gran Hermano para intentar probar cómo sería la vida común según la filosofía concreta de los distintos filósofos.

     —ECP: Sí, realmente. Pura ciencia ficción. Esto me lleva a pensar también en una narración de P .D. James en la que se intenta explorar qué es lo que sucedería en un mundo donde ya no quedaran niños.

     —JB: Sí. La conozco y me gusta bastante.

     —ECP: Y hablando más en concreto de tu obra, ¿te gustó la adaptación al cine de Nadie conoce a nadie?

     —JB: No. No me gustó nada. Yo vendí los derechos y ellos hicieron lo que quisieron, por lo cual estoy en paz, pero si me preguntas mi opinión la película no me gustó en absoluto.

     —ECP: ¿Y qué me podrías decir de la última novela que publicaste, Los príncipes nubios?

Fotograma de "Nadie conoce a nadie"     —JB: Era una novela absolutamente destroyer y cínica. El personaje era un gran y tremendo cínico y tal y como se tradujo en Italia se puede decir que es un mercader de esclavos modernos.

     —ECP: ¿Y hay adaptación cinematográfica del libro?

     —JB: De momento no, pero me la acaban de comprar. Acabo de vender los derechos del libro. Será una película americana.

     —ECP: ¿Por qué crees que la gente puede llegar a perder la cabeza con los libros? Recuerdo una entrevista tuya en que decías que leías más de 25 libros al mes.

     —JB: Bueno, supongo que era demasiado joven, pero ironías aparte, te diría que yo creo que los libros ofrecen un espacio de seguridad que la vida no te ofrece. Te conceden una coraza que sustituye a la realidad y que te permite llegar a ser el dueño de otra nueva realidad. Supongo que en la búsqueda de esa seguridad y encuentro y detección de tus propios fantasmas, los libros son tan generosos que te pueden atrapar y llevar a la locura. De hecho, hay psicópatas que han puesto algún libro como origen central de su psicopatía, como el asesino de John Lennon. Pero sin llegar a la locura o la psicopatía, te diría que los libros, fundamentalmente, te ofrecen esto: una muralla contra el mundo. Curiosamente, una muralla contra el mundo, pero además una muralla desde la que ver el mundo. Una muralla que, en cierto sentido, es el mundo y, claro, esto es un aspecto fascinante de la literatura, del arte, que muy pocas actividades de la vida real poseen. Yo creo que ahí está la fuerza y el encanto del libro. Desde luego ya no leo 25 libros al mes, ni mucho menos, pero sí que es cierto que durante mucho tiempo para mí era casi una obligación leer un libro al día.

     —ECP: Recuerdo que tú expresabas esto con una satisfacción absoluta.

     —JB: Sí. Era otra época. Era una época en la que me comportaba casi como el drogadicto que necesita su dosis diaria para sobrevivir. Yo no estaba en ningún lugar mejor que con los libros.

Es cuestión de matices... © Alejandro Hermosilla Sánchez     —ECP: ¿Y por qué piensas que una actividad como la literatura en la que, supuestamente, se aspira al equilibrio, a la paz o a la belleza es capaz de estar fascinada por la locura y existe el ejemplo de tantos escritores que intentan dinamitar la realidad?

     —JB: Como siempre, es cuestión de matices. Quienes buscan dinamitar la realidad, en cualquier caso, casi siempre son los personajes. Cuando tú estás escribiendo una ficción tienes todas las cartas y con ellas haces lo que quieres. En el caso de Nadie conoce a nadie, por ejemplo, el hecho de que años después ocurriera exactamente en la realidad aquello que yo había escrito en la ficción, me produjo un terror y un pavor increíble. Fue terrible que una especie de sueño o delirio creativo literario que tuve se convirtiera en realidad con las consecuencias que pudo acarrear este hecho que, realmente, pudieron ser aterradoras. Yo creo que si todos los escritores que escribimos cosas —como tú bien dices— para dinamitar la realidad viéramos esa realidad dinamitada tal y como nosotros la soñábamos, seguramente, no seríamos capaces de escribir absolutamente nada, porque la realidad siempre es mucho más grande que la ficción en todos los sentidos. Sobre todo, en el sentido esencial de que la ficción pertenece a la realidad y la realidad no tiene por qué pertenecer a la ficción y creo que esto conviene tenerlo bien claro, porque a mí me resulta muy molesto cuando me plantean este tipo de cuestiones —y creo que a mí y a todos los escritores que escribimos sobre literatura, que somos especialmente literarios— en el sentido en que no creo que la literatura vaya por un lado y la realidad por otro. Si a mí me gusta tanto la literatura es porque encuentro en ella vida, mucha vida y es por ello por lo que me parece fascinante. No porque sea la enemiga de la vida. Por ello creo que una cosa es el desequilibrio de la realidad que se produce en las ficciones que proponen un ideal teniendo en cuenta que este ideal se mantiene en el plano de la ficción y otro asunto muy distinto es cuando este ideal se incrusta en la realidad teniendo en cuenta que de este acto se pueden llegar a extraer consecuencias terribles.

     —ECP: Bueno, esto es lo que me interesa de tu obra y lo que me fascina de la de tantos: el cruce y la contaminación casi diabólicas entre la realidad y la ficción hasta el punto de que se diría que no hay diferencias entre ellas.

     —JB: Realmente, yo no creo que haya una separación o una barrera entre la realidad o la ficción. Una de las barreras que tengo, precisamente, como narrador es pensar en cualquier situación o circunstancia de la realidad y llevarla a su extremo, casi al esperpento. Deja de ser realidad pero, en cierto sentido, "Trece historias breves"sigue siendo realidad. Utilizas la realidad como una especie de trampolín para subir a otro lugar que es un lugar distinto. Ese mecanismo me interesa mucho en autores como Kafka o Nabokov, que no son escritores realistas, pero sí que son escritores reales y que utilizan la realidad como un trampolín sobre el que botar. Esto es a mí lo que me interesa.

     —ECP: ¿Me puedes contar más anécdotas que te hayan sucedido en el sentido de cruzar el mundo ficticio y el real? Recuerdo, por ejemplo, un artículo tuyo en que contabas que en un viaje a Portugal habías vuelto a ver casualmente el antiguo coche de vuestra familia, el coche de tu infancia.

     —JB: Tengo muchas y una gran parte de ellas las he contado. Por ejemplo, tengo un cuento sobre mi primera experiencia psicodélica con el LSD que está basado en un hecho real. Me encontraba en un mal viaje y para sosegarme empecé a cantarme a mí mismo una nana que me estaba inventando en ese momento y años después observé que mi abuela estaba cantando una nana para intentar calmar el llanto de mi sobrino recién nacido y escuché asombrado que estaba cantando la misma nana que yo creía haberme inventado años antes para luchar contra el mal viaje psicodélico. Recuerdo que le pregunté a mi abuela de dónde había sacado esa nana y ella me dijo que era la misma nana que me cantaba cuando yo era niño. El hecho de que las cosas queden en algún recinto cerrado como guardadas y, de repente, salgan —como es el caso de la historia del coche de Lisboa, que era el coche que mi padre conducía cuando yo era niño— son sorprendentes pero, sin embargo, yo creo que están en la vida de cualquiera. No sólo en la de quien escribe. Sucede que hay quienes le dan una importancia simbólica a estos hechos y otras personas que las dejan pasar como si se tratara de una casualidad a la que no prestar demasiada atención.

     —ECP: Lo que pasa es que, claro, hay personas que están predispuestas en muchos casos a este tipo de acontecimientos.

     —JB: Sin duda. Además, a mí me parece que más allá del significado que puedan tener para alguien, son belleza. Son actos de belleza independientemente de que sean producto del azar. Realmente, me interesan por su sentido de belleza. Es como una especie de danza de la realidad que, de repente, coloca Paul Auster ya no me interesa demasiadoen el mismo lugar hechos que, verdaderamente, están muy separados en el tiempo pero que, de alguna manera, se explican mutuamente. De todas maneras, otro asunto sería hacer de este hecho una poética absoluta, como sucede en el caso de Paul Auster, en el que todas las circunstancias de la vida son casualidades. Yo creo que cuando todo el mecanismo de la realidad o la ficción responde al dominio absoluto de las casualidades, la casualidad pierde su fuerza y eficacia. La fuerza de la casualidad creo que está en lo maravilloso de que pueda producirse y cuando se repite continuamente creo que pierde gran parte de fuerza, de magia, así como su interés.

     —ECP: Entonces, por lo que veo, Paul Auster ya no te interesa demasiado.

     —JB: Sí. Me interesa mucho menos que antes. No sé si por su culpa, porque sus últimas novelas son mucho peores que las primeras, o por mi culpa, debido al cansancio y al agotamiento que he hecho de su literatura, pero la verdad es que me resulta un escritor difícil de leer en la actualidad, me parece que se ha aplanado mucho y que los libros que escribe ya no tienen relieve ni complejidad, que es lo que a mí me interesa. Se ha ido convirtiendo con el tiempo en un escritor de historias bonitas, simplistas, y esto no me interesa.

     —ECP: Por cierto, y continuando con el tema de lo milagroso, ¿crees en Dios? Esta pregunta te la hago por el punto vacío y de asombro que aparece cuando se entremezclan la ficción y la realidad, el asombro de la propia vida y que no podemos rellenar con prácticamente raciocinio alguno.

     —JB: Bueno. Si te digo la verdad, Dios es un personaje que me cae muy mal, muy mal. Realmente, no sé si creo o no. Te diría que no pero, en cualquier caso, aunque creyera, soy enemigo suyo completamente. Me parece un personaje muy perjudicial en muchísimos sentidos. Además, tengo la teoría de que algún día escribiré o trataré de demostrar de que es un personaje biológico. Es decir, antes del hombre de Neandertal, el hombre de Cromagnon y el homo sapiens estaba Dios. O sea, que la evolución consiste en alejarse de ese personaje que hemos inventado por puro miedo y que sustituye lo que para mí sí que es la verdadera divinidad: el todo, la materia. Lo decía muy bien Pessoa: yo creo en los ríos, en los árboles, en las sillas y los salones. Si hay gente que a esto le quiere llamar Dios me parece muy bien, pero yo prefiero llamarles ríos, árboles o sillas, de modo que yo no voy por donde pareces señalar.

     —ECP: No, en realidad, esto te lo apuntaba por un pensamiento de Blanchot que a mí siempre me fascinó y pensaba que podía servir como punta de lanza para introducirnos en tu poética de la vida. Él decía que a partir de la eclosión de Nietzsche en el pensamiento moderno se sabía que el verdadero creyente, el amante de Dios, era el que se negaba a ir a la iglesia y arrodillarse, era quien vivía su vida sometido a las inclemencias o bondades de la misma sin buscar refugio en las iglesias.

Nietzsche es mi filósofo de cabecera     —JB: Sí. Bueno. En esto estoy de acuerdo. De hecho, para mí Nietzsche es mi filósofo de cabecera. Te diría que es el único filósofo al que ya leo y, desde luego, lo que dice Blanchot está muy bien dicho. Desde este punto de vista, si que estoy de acuerdo con lo que señalas.

     —ECP: Está bien. Realmente, yo creo que el problema viene de institucionalizar la idea de Dios.

     —JB: Sí. Mira. En este caso, los griegos, que son mucho más sabios que nosotros, tenían dioses para todo: dioses para la agricultura, para la guerra, el amor, el caos, etc. Sin embargo, el tema del monoteísmo a mí me parece un asunto realmente empobrecedor. Es como si se señalara que sólo pudiera haber un escritor o un cineasta, lo que es un absurdo (…) No te puedo decir que sea un politeísta, pero tal vez sí. ¿Hay Dios? Pues tal vez sí, pero de ser así todos somos Dioses totalmente distintos. Lo opuesto que es el monoteísmo, desde luego, me parece un cuento infantil que no comprendo, como tantos millones de personas han llegado a creer.

     —ECP: Claro. El monoteísmo es el emblema de todas las dictaduras y, por ejemplo, en El señor de los anillos se ve con claridad: sólo una persona puede poseer el anillo.

     —JB: Sí. Además, el poder absoluto representado en un solo objeto, como te he dicho antes, me parece algo muy empobrecedor. La verdad es que tenemos la manía de querer llamar a las cosas por su nombre y creemos que sin Dios no puede haber espiritualidad, lo cual es falso porque, que yo sepa, la única criatura de la tierra que puede ser espiritual con Dios o sin Dios es el hombre. La verdad es que la pregunta por el sí mismo o por el origen no tiene por qué tener que ver con la existencia de un ser supremo, sino sencillamente con la propia ignorancia que te lleva a hacerte esa misma pregunta. Se puede ser perfectamente espiritual sin tener la más mínima creencia en un Dios.

     —ECP: Pasando a otro tema, ¿realmente tienes absoluta libertad para expresar tus gustos y querencias en los artículos que realizas, a pesar de escribir en un medio masivo?

Nabokov es un escritor real, no realista     —JB: Sí. Completamente. Nunca he tenido censura de ningún tipo.

     —ECP: Por lo que podríamos decir que la vida te ha cambiado para mejor desde que publicas.

     —JB: Sí. Lo cierto es que este hecho me ha proporcionado muchas facilidades. Supongo que habrá muchos más casos en España y cada escritor tendrá su propia experiencia con este tema como con el de la censura. Yo lo que sí sé es que estoy escribiendo todos los lunes en la página de cultura de un periódico que es el segundo más leído de España sobre un escritor muy raro de Praga, un pintor al que no conoce casi nadie de tal lugar, un suceso que me ocurrió en México, etc. En realidad, esto es un privilegio.

     —ECP: Además, es muy curioso, porque parece que lo realizas desde la periferia, sin estar incrustado en ningún centro narrativo español.

     —JB: Sí. Estoy de acuerdo. De hecho, mi columna se llama ‘Las afueras’. No puede haber nada más periférico.

     —ECP: Y hablando de la periferia y volviendo al tema de tu primer libro de cuentos premiado en Argentina. ¿Has estado en Buenos Aires?

     —JB: Sí. Y me gusta mucho. Estuve viviendo allí durante unos seis o siete meses.

     —ECP: ¿Ibas al fútbol allí?

     —JB: Hombre, claro. Siempre que podía iba a ver a Boca Juniors con mi amigo Martín Caparrós.

     —ECP: ¡Ah, sí! ¡El periodista! Por cierto, hace unos meses publicó un libro sobre Boca.

"Boquita" de Martín Caparrós     —JB: Sí. Se llama Boquita y tiene una portada estupenda con la camiseta antigua del equipo en primer plano. La verdad es que lo pasaba muy, muy bien viendo a Boca Juniors, aunque no tuve mucha suerte, porque no pude verlo ganar ningún título y no sé qué sucede en el fútbol argentino que cuando se enfrentan entre ellos no es demasiado atractivo de observar o, al menos, a mí me lo parece.

     —ECP: Sí. Sin duda, es una experiencia intensa. Tan intensa que te puede absorber completamente, como el país argentino. Supongo que ese el problema: al final te acabas cansando un poco por saturación de todo esto.

     —JB: Sí. Además, imagínate que yo era un escritor español en Buenos Aires y también acababa bastante, bastante fatigado de esta ciudad, por otra parte, fascinante. Así que, de vez en cuando, me tenía que ir a Río de Janeiro para tomar aire y descansar. Pero, de todas maneras, me gusta mucho esta ciudad.

     —ECP: Y, por ejemplo, ¿te veías involucrado en el típico y manido debate Borges-Arlt o grupo de Florida y de Boedo?

     —JB: Bueno, claro que no. Yo pienso que igual que en el fútbol es necesario elegir ser de un equipo o de otro para disfrutar por entero del juego y no puedes ser, por ejemplo, a la vez, del Real Madrid y del Barcelona, esto no sucede en la literatura. Yo soy de Borges, pero también soy de Roberto Arlt. Además, yo tampoco soy excesivamente mitómano como para detenerme en un sitio y decir que ahí estuvo Borges y por ello debo reverenciarlo. A mí lo que me gustan son las librerías o los parques y no soy de perseguir los lugares por los que podía haber pasado Borges o de visitar el periódico donde trabajó Roberto Arlt.

     —ECP: ¿Y te interesaba Murena?

José Carlos Mariátegui era un crítico formidable     —JB: Bueno. Murena me parece un escritor menor, pero muy interesante. De todas maneras, me parece que la literatura argentina, como le pasa también a otras muchas como la peruana, posee esa figura de autor intelectual que apenas es conocido en España y, sin embargo, es muy, muy interesante. Por ejemplo, en Perú pasa esto con José Carlos Mariátegui, que es un escritor al que nadie conoce en España y que era un crítico formidable. Te citaría también el caso de amigos de Borges como Ulises Petit de Murat que no es muy conocido, pero es también un autor muy atractivo. Aunque si tuviera que decirte el nombre que más me interesaba dentro de los escritores de segundo orden —por llamarlos de alguna manera— era Manuel Peyrou. Al menos fue al que más leí.

     —ECP: Y entonces, ¿estás contento del camino elegido en tu vida?

     —JB: Sí. Sin duda. Además, no tengo por qué vivir de las rentas de mis novelas. A mí me encanta hacer reportajes y este género me parece igual de digno que otro cualquiera, aparte de estar bien pagado. Esto me permite moverme con bastante libertad. Así, aunque llevo dos años sin escribir ninguna novela, como este año tampoco me apetece comenzar ninguna, lo que voy a hacer es dedicarme a traducir, que es otra posibilidad que se abre dentro del terreno de la escritura.

     —ECP: ¿Y a quién vas a traducir o has traducido?

     —JB: Bueno. Son encargos. Acabo de traducir una biografía maravillosa de Melville que sale esta primavera. También voy a traducir al escritor norteamericano Dennis Cooper, y tengo que hacerlo, a su vez, con otra novela —cuyo nombre no puedo decirte por varios motivos— de la que han vendido los derechos a Hollywood recientemente.

     —ECP: Bueno. Pero esa actividad es genial. Decía Cortázar que el traductor, en buena manera, también ejerce como escritor de aquello que traduce.

     —JB: Sí. Bueno. Yo con la traducción del libro de Melville he aprendido muchísimo acerca de cómo, por ejemplo, se hace una biografía, lo que me parece muy interesante además de, claro, determinadas cuestiones sobre el lenguaje.

Viajando con Juan Bonilla © Alejandro Hermosilla Sánchez     —ECP: ¿Y el país más fascinante de todos los que hayas estado o el viaje que más te haya marcado?

     —JB: Te diría que la ciudad de Benarés fue la que más me ha fascinado dentro de un país realmente impresionante como La India. Además, te diría que, en general, toda Latinoamérica me ha parecido también muy interesante: me atraparon Bogotá y, por ejemplo, Lima es una ciudad a descubrir. Lima no es especialmente bonita, tiene un aspecto muy decadente, pero es una ciudad muy viva, muy potente. Como verás, soy más de viajar por el Tercer Mundo que por el primero.

     —ECP: ¿Y tus gustos musicales?

     —JB: Erik Satie me gusta mucho, también el folklore y la música de los Balcanes y ya más en concreto dentro de la música moderna me gustan mucho, mucho, mucho David Bowie y Tom Waits.

 

 

 

 

 

 

 

ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL : en el amor y en la guerra

 


Albert Sánchez Piñol seleccionado para el premio Mandarache © Zoraida Angosto Entrevista: Juan de Dios García / Alejandro Hermosilla Sánchez

 

 

     Para participar en el Premio Mandarache Piñol fue seleccionado por méritos literarios que a lo mejor no cumplen muchos narradores españoles en la actualidad: conciencia de la escritura como trabajo sin prisa, de la construcción de una novela como un proyecto paciente, de la adquisición de un estilo como un conjunto calculado de ejercicios. A ello añadamos un condimento especial, un secreto, receta de la casa que hace de La piel fría y Pandora en el Congo dos obras de peso en la prosa catalana contemporánea.
     Nombres como Lovecraft, Swift, Stevenson, Conrad, Salgari, Verne, etc, han sido ninguneados por su inclusión mediática en las estanterías de literatura juvenil, y Albert, habiendo adquirido toda esa herencia literaria, nos los ofrece en bandeja filtrados por el lenguaje del siglo XXI y bañados por la luz de la Antropología. Mucha clase.
     Nos adentramos con Albert en la mente del enemigo, del monstruo, y al salir de ella sacamos algunas conclusiones importantes.

 

     —EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Recuerdas la época o el momento en que pensaste que te ibas a dedicar a escribir?

     —ALBERT SÁNCHEZ PIÑOL: Cuando yo empecé a estudiar Antropología era consciente de que estudiaba una carrera paralela, que era aprender a escribir. Me gustaba muchísimo la narrativa. Hubo un momento en que casi tuve que tomar una decisión, porque en esos años, aparte de estudiar, me sacaba un sobresueldo en una gestoría administrativa y un complemento con dinero de premios literarios de cuentos. Fue la época en que hice musculatura narrativa.

     —ECP: Eres un novelista joven y musculoso.

     —ASP: Ja, ja. Eso está muy bien, porque con 41 años, si eres futbolista, no vales ni para entrenador. Sin embargo, si eres novelista, eres un novelista joven.

     —ECP: ¿El hecho de trabajar en una gestoría, rodeado de tanto lenguaje jurídico-administrativo, te ayudó de alguna forma a forjar esa musculatura narrativa de tus inicios?

     —ASP: No. Además hemos vivido una manera de entender la creación literaria muy afrancesada: «O se sabe escribir o no se sabe». Cuando uno va a estudiar música llega a una Escuela, le dan un diploma, le enseñan unos profesores, etc, y ese diploma implica muchas veces su consideración de artista. En la escritura no pasa eso. Tú vas a la Facultad de Filología y lo que te enseñan es a leer, no a escribir, a conocer una suma de técnicas narrativas, los instrumentos que tú como autor necesitas dominar. Cuando era universitario ni siquiera había escuelas privadas para esto. Tuve que aprender por mi cuenta. Me costó "La pell freda" de Sánchez Piñolmuchísimo. A veces voy a dar una clase a cursos de escritura actuales y les enseño cosas y me siento muy bien, porque toda esa gente no necesitará pasar el tormento que tuve que pasar yo en mi aprendizaje de escritor. No creo en palabras como talento, inspiración, genialidad, casi todas ellas del siglo XIX. Yo me digo: «Aquí hay una historia. Voy a construirla».

     —ECP: Y luego hay gente que piensa que las novelas fáciles de leer son igualmente fáciles de escribir.

     —ASP: Yo pienso totalmente a la inversa. Es muy difícil hacer fácil lo difícil. Hay técnicas, pero, claro, hay gente que opina que no, que cree que es muy natural esto de escribir. Mi novela La piel fría tiene su primer giro narrativo cuando un brazo monstruoso aparece por la gatera de la casa de un hombre que ha llegado a una isla. Hasta ese momento no pasaba nada, sólo hemos contado la historia de un ingeniero atmosférico, exiliado civil, que se ha retirado a una isla cerca de la Antártida. Eso lo cambia todo, porque a partir de ese ataque de monstruos al lector se le generan una serie de preguntas que necesita que la novela le conteste. Si la dejas así, se te convierte en una novela de ciencia ficción, y es una novela de aventuras, pero tampoco al uso. Por ejemplo, a mitad de la novela hay también un punto muy importante, que es cuando los protagonistas, estando ya acostumbrados al nivel de horror de estar cada noche acorralados en un faro disparando a seres monstruosos que los atacan, se preguntan: «Oye, a lo mejor estos monstruos no son monstruos, sino una especie de sociedad diferente a la nuestra». En ese momento la mayoría de los lectores se dicen a sí mismos: «Claro». Eso implica claramente una cierta carga moral; ahora bien, yo siempre digo que hay una diferencia entre lo que es una novela y lo que es un sermón. Uno no puede decir a la gente lo que tiene que pensar, ¿no? La piel fría es una novela de aventuras con este añadido.

     —ECP: Uno de los aspectos que más me gusta de tu literatura es la forma de usar la frase corta. Incisiva, fría, pero de manera paradójica, también pasional. Háblame un poco de este aspecto esencial de tu estilo que consigue que tu narrativa sea tan llevadera y capte la atención del lector rápidamente.

     —ASP: “El cielo es azul”. Supera esa frase. Ya te digo, lo difícil es hacer fácil lo difícil. El barroquismo no me acaba de convencer. Escribir una frase con un montón de subordinadas, o incluso que se alargue páginas enteras puede ser un bonito experimento, pero a mí no me hace el peso.

     —ECP: Otro vicio del lector es asociar a los protagonistas de un libro con su autor.

Edición de "La piel fría" en castellano     —ASP: Eso, según qué libros, está muy bien para el autor, pero en mis libros todos los personajes son monstruos o psicópatas. Al principio me decía: «¿Qué va a pensar la gente de mí?». Esto desde el punto de vista del autor se ve muy distinto, porque yo doy vida a unos personajes que no son yo, y esto, siendo además antropólogo, lo defiendo con mucha más intensidad. Yo creo realmente en la existencia del otro, en otras culturas, en otras formas de ver el mundo. Por esa razón pueden existir personajes creados por mí, pero que no sean yo.

     —ECP: Entonces, el narrador de Pandora en el Congo, tu segunda novela, ¿no eres tú?

     —ASP: Nadie me va a creer, pero el personaje de Pandora en el Congo no soy yo. Escribe biografías por encargo y yo eso lo hice sólo alguna vez entre los múltiples trabajos que había en la gestoría administrativa. Además, las biografías no se escriben como se escribe en el libro (…) Hay una cosa que es muy efectiva, pero no es cierta, y es que el personaje va conociendo la vida del individuo a medida que va avanzando la acción narrativa. Me iba muy bien que fuese un escritor el que escribe la biografía en Pandora en el Congo, por cómo va suplantando poco a poco al narrador, por cosas que ocurren… Es que de Pandora en el Congo no puedo contar el final, porque lo gira todo.

     —ECP: ¿Has estado en el Congo en realidad?

     —ASP: Tras acabar la carrera fui al Congo a hacer mi trabajo de investigación universitaria. Yo creía que los policías detienen delincuentes, los bomberos apagan incendios y los antropólogos estudian pigmeos (Risas). Fue la experiencia más grande de mi vida. Es realmente muy enriquecedor, porque luego vuelves y toda tu sociedad la ves con otros ojos (…) No tuve suerte. El segundo año que estuve allí estalló la guerra civil del Congo, en el verano del 98. Tuve que salir corriendo, estaba en el interior de la selva. Creí que, como en España, el golpe de estado estaría resuelto en dos días por el gobierno, pero no, era una guerra civil en toda regla. Es una tragedia. Hasta ahora han muerto unos tres millones de congoleños. Los medios de comunicación no hablan de eso, hablan de otras guerras. ¿Por qué? Porque lo que ocurre en África no interesa. Nuestros intereses colectivos no se juegan nada allí y no hay terroristas (…) No volví a Barcelona muy animado. Me encerré a escribir La piel fría y tuve que abandonar mi tesis doctoral, porque la recogida de datos se me había quedado a medias.

Presentando a Sánchez Piñol en Cartagena © Zoraida Angosto     —ECP: En el arranque de La piel fría leemos: «Nunca estamos infinitamente lejos de aquellos a quienes odiamos. Por la misma razón, pues, podríamos creer que nunca estaremos absolutamente cerca de aquellos a quienes amamos. Cuando me embarqué ya conocía este principio atroz».

     —ASP: Esa primera frase es Antropología pura. Fue una modificación de una frase de Primo Levi, de su obra Si eso es un hombre, cuando reflexiona sobre la supervivencia en el campo de concentración de Auswitch: «Mi consuelo fue que como el odio no es infinito, llegué a la conclusión de que el dolor también es finito, y por tanto vi que podría soportarlo».

     —ECP: La piel fría, siendo tu primera obra, es un éxito internacional que va creciendo por momentos.

     —ASP: El último contrato de traducción que he hecho es en gallego, y es el número 32. De Rusia volví hace poco y no me lo podía creer. ¡Había 50 periodistas en la rueda de prensa!

     —ECP: Son muchos países y muchas lenguas.

     —ASP: A mí lo que me hace gracia de ver mi novela traducida en tantos países es la portada. Yo las colecciono. Me hace ilusión. Por ejemplo, en la mayoría de las ediciones de La piel fría la portada es decorada con un faro. Los japoneses no pusieron un faro, sino una mariposa (Albert hace un gesto de incredulidad). Bueno, va bien para variar…

     —ECP: Van a hacer una adaptación al cine pronto, ¿no?

     —ASP: Espero que la haga Bruce Willis. Así seguro que me será más fácil pagar la hipoteca.

     —ECP: ¿Quién la va a hacer, Hollywood?

Albert: Colecciono versiones de "La piel fría" por las portadas     —ASP: Bueno, una productora española, pero que trabaja en EEUU. Y no sé exactamente qué están haciendo. Igual les sale un churro que no veas. Los derechos ya están cedidos. Pero claro, ya sabes lo que dicen algunos, que si sale una mala película de una novela, parece que el escritor tenga la culpa. Y yo pienso: «Y a mí qué me cuentan». Hombre, yo primero participaré en el guión, pero luego lo dejaré correr, porque hay factores cinematográficos que no los puedo controlar y no debo, por tanto, meterme en su terreno. En el mundo literario el autor controla desde la primera a la última sílaba, pero el mundo audiovisual es muy complejo, es muy sacrificado. Una película puede salir mal simplemente porque hay un atrezzo mal hecho, un director de fotografía que no capta la luz de la historia y la puede cagar, o que no hay presupuesto, o que el director está loco… Y por ello no me voy a involucrar en su adaptación al cine… Igual les sale una cosa maravillosa y ya procuraré decir que sí, que yo tenía algo que ver...

     —ECP: ¿Por qué has centrado La piel fría y Pandora en el Congo en el extranjero y no en España? ¿Qué es lo que te hacía sentir más cómodo para hacerlo así?

     —ASP: Yo diría que cada historia escoge su escenario. ¿Te imaginas alguno de esos dos relatos en Barcelona o Cartagena? Bueno, yo no. Pero tengo previsto una novela que transcurra en Aragón, si la pregunta iba por ahí.

     —ECP: El héroe de La piel fría se presenta como un colaborador desencantado del nacionalismo irlandés.

     —ASP: Pensé en la vida del personaje al final, cuando tenía toda la novela, porque me di cuenta de que ese personaje llegaba a la isla y para el lector no era nadie, no se había creado ningún vínculo empático entre el lector y el personaje. Entonces me inventé un pasado previo, un poco impostado, y salió toda su biografía anterior en Irlanda, pero tampoco me podía pasar, porque la novela no empieza de verdad hasta que el brazo anfibio aparece por la gatera de su casa. El lector se podía aburrir (…) El ser humano siempre se apena por el débil y pensé que un nacionalista irlandés, cuyas ideologías se enfrentaban a todo el imperio británico, haría que el lector empatizase, pero en algunos países hay que tener mucho cuidado con esto. ¡En EEUU me lo suprimieron! La editora me dijo: «Mire, la novela está muy bien, pero es que en EEUU los terroristas no están bien mirados». Y yo le dije: «Pero, hombre, que este personaje no es de Al-Qaeda ni musulmán, además vive a principios del siglo XX, no a principios del XXI» (…) Pasaron cosas y al final cedí, pero hoy ya no me pasaría.

     —ECP: Sería un lujo comentar el escrutinio de la biblioteca que el mismo ingeniero atmosférico de La piel fría quema ante una situación límite. ¿Están escogidos a conciencia esos nombres: Chautebriand, Goethe, Aristóteles, Rilke, Marx, Milton, Voltaire, Rousseau, Cervantes…? Los quema todos.

"Pandora en el Congo" de Albert Sánchez Piñol     —ASP: Ah, no. Lo que nunca improvisas en un libro es la estructura narrativa. En lo que sí te puedes permitir intrascendencias es, por ejemplo, en esa selección. Cogí esos porque fueron los primeros que me vinieron a la cabeza… Hombre, a mí… Bueno, yo a Goethe, por ejemplo, no lo he leído, es que no puedo, leí cuatro poesías y no me gustaron, sin embargo hay mucha gente a la que le encanta. Igual los escogí inconscientemente por eso…

     —ECP: Pero quemar un libro de Karl Marx…

     —ASP: A Marx sí lo he leído.

     —ECP: Pero lo has quemado…

     —ASP: Bueno, más bien lo tengo un poco olvidado. (Risas)

     —ECP: El espacio exterior de tus dos novelas lo colocas en un período de tiempo no contemporáneo. ¿Tal vez porque antes aún había una frontera geográfica entre lo conocido y lo desconocido?

     —ASP: Me venía mejor situar a unos personajes anclados en una isla en los años veinte que a principios del siglo XXI. Es que hoy en día, con el GPS puedes ir a todas partes, ¿no? Y puedo inventar una sociedad subacuática de seres antropomórficos en cualquier momento, pero la tensión de una situación de aventuras, por fuerza, tenía que situarla en un contexto mínimamente aislado, y un contexto aislado, hoy en día, no es creíble.

     —ECP: ¿Y en Pandora en el Congo?

     —ASP: En Pandora en el Congo aún me tuve que situar un poco más atrás en el tiempo, porque cómo voy a poner a unos personajes explorando ahora la selva… ¡Si es que no hay selva ya! ¡Yo he estado en la selva y no se oían ni los pajaritos! Primero porque los furtivos han matado todos los bichos vivientes y el pajarito que te oye venir, se calla. Y segundo, deja correr a los pigmeos, que de ecologistas no tienen nada.

     —ECP: Cuéntanos algo de tu propia experiencia en la selva.

     —ASP: Es increíble cómo la selva puede ser un lugar tan altamente socializado. Todo el mundo sabe quién es quién y de dónde vienes. La gente que vive en la selva siempre va por un caminito que te lleva de un poblado a otro, y además están muy cerca, porque la selva está siendo deforestada. Entonces, en su idioma, cuando la gente se acerca a un poblado, dice «Hola», pero tarda cinco minutos en decirlo, porque Original en catalán de "Payasos y monstruos"es una salutación en la cual te dicen: «Hola, me llamo tal, vengo de cuál y voy a tal…». De esa forma, la gente que vive en los poblados tiene controlado quién viene y a dónde va. Y están forzosamente obligados a decirlo, porque si no lo dicen son sospechosos. En la selva hay menos intimidad que en un pueblo. Es muy curioso. Si te sales del caminito eres un espíritu, un fantasma o un loco. Fuera del caminito lo único que te puedes encontrar es algún leopardo que te coma. Todo esto lo digo porque Pandora en el Congo pasa en la selva, pero a principios del siglo XX. Si coloco la historia hoy en día la gente no se la cree.

     —ECP: Se te ha criticado el que los dos personajes femeninos de La piel fría y Pandora en el Congo sean muy similares. Sin embargo, yo sigo encontrándolos un gran acierto. De todas maneras, me gustaría que fueras tú el que me hablaras de estos personajes e inte ntaras diferenciarlos.

     —ASP: Creo que Aneris es una “femme fatale” con todo lo que ello implica: una capacidad de seducción tan enorme como su egoísmo. Después de todo, usa sus encantos para que los humanos la mantengan alejada de los suyos. Amgam es otra cosa muy distinta. Es una mirada que cuando aparece altera el mundo a su alrededor. Cuando Marcus Garvey entra en contacto con ella no necesitan entenderse para que ella le cuestione: «Bueno, tú eres el cocinero de los asesinos. ¿Qué piensas hacer al respecto?». Eso lo cambia todo.

     —ECP: Una pregunta, creo, necesaria y sin ironía alguna. ¿Qué son los tecton? Y, ¿cuáles fueron las fuentes en las que te inspiraste para crear esta fabulosa raza que vive bajo la tierra?

     —ASP: Los tecton somos nosotros. Nosotros vistos desde el punto de vista de los oprimidos, claro. Fíjate que su aparición en el relato está pautada siguiendo el proceso colonial: primero llegan los misioneros, luego los mercaderes y finalmente los militares, a ocupar el terreno.

     —ECP: Se habla de Verne, Conrad, Stevenson y demás autores del siglo XIX a la hora de hablar de tu narrativa y creo que se acierta. Pero me gustaría saber si algún cómic también ha conseguido influenciarte o, al menos, si eres fanático de alguno. Realmente, por momentos, uno se siente dentro de una narración de Tintín (de hecho, los tecton de Pandora en el Congo como los citauca de La piel fría parecen remitir a algunos villanos de este cómic y no sólo a Lovecraft) o incluso en el centro de una de Edgar Rice Burroughs, el creador de Tarzán.

     —ASP: Yo era un fanático de los cómics. Pero ya de crío Tintín me parecía un facha. Y tenía razón. Me gustaba más Asterix...Me gustaba más Astérix. Mi héroe de adolescencia fue Spiderman. O mejor dicho Peter Parker. ¿Cómo se pasa de crío a adolescente? Pues cuando dejas el Capitán Trueno por Conan el bárbaro. Luego vino todo eso del cómic “adulto” y blablabla. Desde luego, puede ser una narrativa tan literaria como cualquier otra, y si no lean Maus de Spiegelman.

     —ECP: En los instantes en que se hace referencia a la primera guerra mundial, Pandora en el Congo también toma dimensiones de una novela existencialista o al menos con guiños a Camus y al Saint-Exupery, narrador de sus viajes. ¿Estás de acuerdo? Recuerdo aquel momento en que el narrador-protagonista es salvado en plena batalla por un alemán y refiere aquello de que por lo menos en medio de todo ese caos había un hombre.

     —ASP: Sí. Pero en realidad es un homenaje al Ernst Jünger de Tempestades de acero. La escena de los campanarios la tomé de allí. Eso sí, Jünger no salvaría a ningún inglés sepultado. ¡Lo remataría!

     —ECP: Y otra frase de esta novela pronunciada por el mismo personaje que me impresionó y con la que estoy de acuerdo: «Una de las cosas que hacen más dolorosa la juventud es la creencia de que basta con luchar duramente para conseguir lo que se desea. No es verdad. Si así lo fuera, el mundo sería de los justos». Háblame un poco de ella.

     —ASP: Pues sólo puedo decir que tú y el personaje estáis de acuerdo, y yo en desacuerdo con los dos. Qué cosas tiene la literatura, ¿no? Pero es que el protagonista tiene que pensar así. Que yo comparta las ideas de mis personajes es del todo irrelevante. Y bueno, yo no puedo evitar ser más optimista que vosotros dos…

     —ECP: A su vez, hay algo que me intriga. ¿Cómo planificas las escenas de batallas contra los supuestos “monstruos” de las que hay tantas en las dos novelas para que el lector no se pierda entre ellas?

Homenaje a Saint-Exupery en Lyon     —ASP: Hay un buen truco que es leer a Leonardo: Instrucciones para pintar una batalla. Algunas sugerencias se pueden trasladar a la literatura. Y otros recursos, pero sería aburrido contarlos. Lo esencial es que cada combate tiene algo de único, del mismo modo que nunca describimos un armario, sino ese armario.

     —ECP: Dices que los personajes no se parecen al autor, ¿pero hay alguno en especial en el que hayas dejado algo de ti? Por ejemplo, en La piel fría.

     —ECP: En La piel fría sólo hay tres personajes encerrados en un faro. Técnicamente reflexioné: para que te aguanten durante 200 páginas sólo tres personajes han de ser tres personajes muy trabajados, ¿no? Y además, muy diferentes entre ellos. Entonces me dije: pon a tres personajes muy diferentes entre ellos dentro del faro y así el conflicto está asegurado. Primero: un fugitivo, alguien que huye; segundo: el tipo que se encuentra en el faro, que es un loco, un demente; y el tercero que es una sirena, por decir algo. Tres personajes más alejados no es posible encontrar. Pero, ¿qué pasa? Que conforme va pasando la historia, te das cuenta de que son tres personajes que están muy cerca el uno del otro, son casi idénticos, porque entre los dos hombres, ¿qué diferencia hay? La cronología, simplemente uno está persiguiendo al otro, pero no lo sabe, de tal forma que acaba reemplazándolo o adoptando su misma lógica. En cuanto a ella, ¿qué sabemos? Nada, pero algo sí sabemos, que también es una fugitiva, ha huido de su mundo y no quiere volver (…) ¿Qué se parezcan a mí alguno de ellos? Nunca me lo he planteado. Se trata de que los personajes funcionen, no que se parezcan a ti. ¿Para qué quiero personajes que se parezcan a mí? ¿A quién le podría interesar eso?

     —ECP: Hablemos de Batís Caffó, el demente que habita en la isla antes de que llegue el protagonista.

     —ASP: ¿Te ha gustado ese personaje, eh? Bueno, a Batís Caffó lo hice hablar en alemán. Si tú quieres generar una atmósfera de miedo, yo no puedo colocar la acción en una isla del caribe habitada por un simpático italiano cantando arias. La isla está en una latitud casi congelada y quien espera al protagonista es un tipo huraño y con acento alemán. Ten en cuenta que el alemán es un idioma que para nosotros se escucha de forma crispada, violenta. Además, a los alemanes, los pobres, les ha tocado ser los malos en todas las películas… Esto me genera un problema cuando voy a promocionar mis libros por Alemania o Austria. Los periodistas me preguntan: «Oiga, y el malo, ¿por qué es alemán?»

     —ECP: Ja, ja, ja. ¿Cuándo te vas a pasar al humor?

Nos gusta que el enemigo sea un monstruo © Zoraida Angosto     —ASP: Los dos primeros capítulos de Pandora en el Congo son muy humorísticos. De todas maneras, puedes leer un ensayo mío que se titula Payasos y monstruos en el que cuento la vida de ocho dictadores africanos y todo es real, pero pensé que si lo contaba en serio la gente iba a leerlo como un informe de Amnistía Internacional. Lo más difícil y excitante era contarlo con humor, aunque el epílogo ponga las cosas en su sitio y esa sonrisa que el lector ha mantenido durante todo el rato se congele al final.

     —ECP: Aunque todos los que las hemos leído tenemos una idea, dinos qué son esencialmente para ti La piel fría y Pandora en el Congo.

     —ASP: Resumiendo, resumiendo, La piel fría es una novela y Pandora en el Congo también. Ahora bien, ¿qué es una novela? Para mí lo que diferencia la literatura del simple divertimento es que se trata de una historia que necesita de 200, 300 o 500 páginas para contarte un principio, una verdad, un enunciado que, cuando estás escribiéndola, no debes quitarte nunca de la cabeza. Ambas obras, bajo la apariencia de novela de aventuras, quieren comunicar algo tan sencillo como que el peor de nuestros enemigos puede ser en el fondo muy parecido a nosotros mismos. Sólo eso. Lo que pasa es que es una idea muy inquietante si la pensamos, porque nos gusta poner distancias, y además nos gusta que el enemigo sea un monstruo, así es más fácil matarlo. Pero luego resulta que no, que son personas como tú y como yo.