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Luisa Pastor Martínez
No
se me ocurre modo mejor de dar inicio a mi ensayo que la referencia al
mito de la caverna, siempre pertinente, porque al fin y al cabo toda nuestra
existencia gira en torno a esa dualidad “verdad – apariencia”
tan inquietante y que explica casi todo lo que nos afecta. En semejanza
con el hombre descrito por Platón, que vive encadenado, viendo
tan sólo las sombras que otros proyectan en las paredes, y así
desconoce ciertamente la realidad, no percibiendo más que apariencias,
también así los lectores corremos, ingenuamente (la mayoría
de veces sin percatarnos de ello, de hecho) idéntico peligro a
la hora de acercarnos a obras literarias cuyo idioma original desconocemos.
Y es que las licencias que en ocasiones se toman los traductores (no siempre
intencionadamente, quiero creer), provocan que más de uno tenga
una impresión equivocada de ciertas producciones. Es inofensivo,
por ejemplo, buscar expresiones más o menos similares a las dichas
por un autor cuando nuestro idioma carece de un equivalente exacto. Ello
es perfectamente lógico: a falta de pan, buenas son tortas. Pero
deja de ser un ejercicio inocente cuando la expresión busca no
decir lo mismo, sino todo lo contrario, o algo bastante distante de la
verdad original. En ese caso hablamos del traductor manipulador, “traduttore
/ tradittore” o traductor- autor, como yo lo llamo, puesto que no
busca traducir sino recrear esa realidad. De modo que el producto que
se nos ofrece es sólo una sombra, un reflejo de aquel que buscamos.
Para ilustrar esto que yo he observado con
curiosidad relataré, a modo de anécdota, mi redescubrimiento
tardío de Shakespeare.
Llevo leyendo a este ingenio desde los catorce
años aproximadamente, desde mi más tierna educación
como lectora. Me recuerdo, excitada, pasando mis dedos por los dos volúmenes
en piel en que mi padre guardaba las obras completas del dramaturgo inglés,
unas de las joyas de su biblioteca. Las letras que referían el
nombre del autor y el rótulo de la obra estaban grabadas en relieve
sobre la cubierta. El papel que servía de encuadernación
era leve, tan delicado como las alas de una mariposa y el filo de sus
hojas, ribeteado en dorado. Un cordón de color gualdo servía
como marcador de páginas.
De todas las obras que contenían
esos preciosos volúmenes, me quedé con Romeo y Julieta.
Alguien dirá que es una elección típicamente juvenil,
como obra de juventud que era y así se ha catalogado ésta
dentro de la producción de su autor. Pero es que hoy me preguntan
cuál de sus obras es mi favorita y sigo eligiendo este drama: por
su lirismo, por su gracia, por su tensión dramática, o simplemente
porque todos hemos querido e incluso creído ser Romeo o Julieta
en algún momento de nuestras vidas. Esa agonía que sufrimos
cuando Romeo está poniendo fin a su vida, sin saber que su amante
únicamente está dormida, esa fatalidad que provoca el retraso
en el despertar de Julieta... Si algo hay de trágico en la vida,
no puede superar esto.
En
definitiva, que yo deambulaba por mi casa haciendo el papel de virgen
de los Capuleto durante mucho tiempo. Cada vez que podía. Releí
esta obra muchas veces, sí, y siempre en la misma edición.
Claro está que yo no tenía entonces conciencia de que eso
podía tener trascendencia. Aunque sabía que el autor era
inglés (porque por aquel entonces en el colegio se nos formaba,
y no únicamente se nos educaba), desconocía que el ejercicio
de la traducción fuera un proceso más complejo que el que
pueda ejecutar alguien que desea resolver una suma y recurre a la calculadora.
Esto más esto igual a esto otro. Hoy comprendo que la lengua es
mucho más misteriosa y sutil que cualquier operación aritmética.
Pero en aquel tiempo yo a todo le daba enorme credibilidad. Así
de ingenua es la adolescencia.
Con el tiempo superé el complejo
de Julieta y me abrí a otros personajes, con otras historias, quedando
el drama de Shakespeare algo relegado. Hasta que decido un día
matricularme en un curso de doctorado que versaba sobre “Shakespeare
en España”. El curso lo impartía el profesor González
Fernández de Sevilla, que tiene publicado un libro del mismo título
(1).
En aquel curso descubrí algunos aspectos
interesantes, entre ellos, el general desprecio de la crítica por
esa obra que a mí tanto me impactó. Y como a mí,
a muchos lectores de entonces, de antes y de ahora. De hecho, cuando el
profesor que coordinaba el curso pidió que escogiésemos
una de las obras de Shakespeare para realizar un trabajo de investigación,
uno a uno fueron mis compañeros decantándose por títulos
de los que ellos (Licenciados en Filología Inglesa) consideraban
los más egregios: Hamlet, Macbeth, El rey
Lear, El Mercader de Venecia, Julio César...
Yo elegí Romeo y Julieta. Fui la última en poder
manifestar mi elección. Nadie la había considerado suficientemente
digna de glosa.
Tampoco yo sabía exactamente el enfoque
que podía dar a aquel trabajo. ¿Qué se puede decir
de una obra de la que tanto se ha dicho? Además, me sentía
algo estúpida. Unas sonrisas de conmiseración se esbozaban
en las bocas de mis colegas. Pensarían que la pobre Licenciada
en Filología Hispánica (la única de dicha especialidad
matriculada en aquel curso) era algo así como una neófita
shakespeareana con evidente desconocimiento de su teatro.
En fin, decidí acercarme a la biblioteca
en busca de bibliografía para hacer un digno refrito con que salvar
el tipo. Pensé que tampoco estaría de más volver
a echar un ligero vistazo a la obra, por si se me encendía alguna
bombilla y aún pudiera incluir algún apunte personal en
mis habituales plagios académicos. Lamenté no estar en casa.
Aquella edición de Shakespeare sí era un libro que daba
gusto hojear, y no las ediciones de bolsillo que podía encontrar
en la biblioteca: tapa blanda y agrietada, papel acartonado, bla, bla,
bla.
Me
hice con un ejemplar de la obra. La primera que localicé. La traducción
era de Ángel Luis Pujante. Pero apenas reparé en ello. Apenas
se repara en los traductores, de hecho. De forma fortuita, había
tropezado con uno de los especialistas en Shakespeare más reconocidos.
Precisamente, al poco tiempo se le concedió el Premio Nacional
de Traducción por su versión de La Tempestad (1998).
Nada más empezar la lectura, recibo
el primer derechazo en la mandíbula. El habla de los criados con
que se abre el Acto I no se corresponde en nada con la forma en que se
habían expresado siempre para mí. ¡Era un escándalo!
¡No reconocía esos diálogos! El criado hablando de
arrinconar a las doncellas contra la pared, del buen cacho de carne que
él tenía y, en fin, un montón más de barbaridades,
juegos lingüísticos y expresiones soeces. Los juegos lingüísticos
no me sorprendieron, pero sí todas las referencias sexuales que
tan explícitamente Pujante había descubierto para mí.
¿Acaso no era la misma obra? Entonces desconfié. Busqué
otra edición, y otra y otra más. Todas iban en la misma
línea. Resultaba que Shakespeare también sabía ser
vulgar, pícaro, irreverente. Me gustaba, aunque derruía
en parte la torre de marfílea inocencia en que yo conservaba esta
obra.
Así que, intrigada, ardí en
deseos de llegar a casa y coger mi versión de la obra. Tal vez
era mi memoria la que había omitido esos detalles. Pero no, no,
lo de desvirgar muchachas a mis catorce años habría llamado
poderosamente mi atención. Estaba segura de que no podía
haberlo olvidado. Aquel traductor mentía. Y ahora sí reparé
en él y me intrigó su identidad.
Nada más llegar, fui directa a por
el libro y a descubrir al infiel. Pero antes, eché un vistazo al
inicio del Acto I, sólo por corroborar que mi memoria no se estaba
atrofiando antes de tiempo.
Esto fue lo que leí:
SANSÓN:
(...) Cuando topo de manos a boca con hembra o varón de casa de
los Montescos, pongo pies en pared.
GREGORIO: ¡Necedad insigne! Si pones
pie en pared, te caerás de espaldas.
SANSÓN: Cierto y es condición
propia de los débiles. Los Montescos en la calle, y sus mozas a
la acera.
GREGORIO: Esa discordia es de nuestros amos.
Los criados no tenemos que intervenir en ella.
SANSÓN: Lo mismo da. Seré
un tirano. Acabaré primero con los hombres y luego con las mujeres.
GREGORIO: ¿Qué quieres decir?
SANSÓN: Lo que tú quieras.
Sabes que no soy rana.
GREGORIO: No eres pescado ni carne. Saca
tu espada, que aquí vienen dos criados de la casa Montesco.
Esto
es lo que yo había leído en la biblioteca, en la traducción
de Pujante:
SANSÓN:
(...) Con un hombre o mujer de los Montescos me agarro a las paredes.
GREGORIO: Entonces es que te pueden, porque
al débil lo empujan contra la pared.
SANSÓN: Cierto, y por eso a las mujeres,
seres débiles, las empujan contra la pared. Así que yo echaré
de la pared a los hombres de Montesco y empujaré contra ella a
las mujeres.
GREGORIO: Pero la disputa es entre nuestros
amos y nosotros, sus criados.
SANSÓN: Es igual; me portaré
como un déspota. Cuando haya peleado con los hombres, seré
cortés con las doncellas: las desvergaré.
GREGORIO: ¿Desvergar doncellas?
SANSÓN: Sí, desvergar o desvirgar.
Tómalo por donde quieras.
GREGORIO: Por dónde lo sabrán
las que lo prueben.
SANSÓN: Pues me van a probar mientras
éste no se encoja, y ya se sabe que soy más carne que pescado.
GREGORIO: Menos mal, que si no, serías
merluzo. Saca el hierro, que vienen de la casa de Montesco.
La
diferencia salta a la vista. Mientras el primer traductor propone que
el juego lingüístico se construya a base de eufemismos, eliminando
toda expresión vulgar o que haga referencia explícita al
sexo, Pujante sorprende por su habla directa, incluso soez en algún
momento. En la primera de las versiones que cotejamos el objetivo perseguido
es la estilización del lenguaje shakespereano, ello explica, por
ejemplo, la no aparición de términos como desvergar.
Podríamos decir que es una versión idealizada del drama,
donde hasta los criados se expresan delicadamente. Y aquí es donde
encontramos la principal tergiversación del traductor, ya que en
el teatro de Shakespeare el lenguaje es un instrumento más que
caracteriza a los personajes: los criados, por un lado, con su prosa socarrona,
mordaz, lasciva, y los señores por otro: con versos cuidados y
expresiones más cercanas a lo literario. Esto es una convención
clásica que Shakespeare conocía bien y que respeta en este
drama. Esos dos mundos se encuentran claramente diferenciados en cuanto
a modo de ser, y en cuanto al modo de expresión.
En la versión de Pujante sí
se observa la extraordinaria habilidad de Shakespeare para cambiar de
registro; sobre todo porque él respeta la versificación
de la obra (usa el verso libre a la hora de trasladar el pentámetro
blanco, y el verso rimado para los pasajes rimados) y eso nos permite
comprobar que mientras los principales personajes hablan en verso, un
verso colmado de lirismo, los sirvientes lo hacen en prosa, una prosa
que tiene mucho de naturalista.
Otros traductores de la obra del dramaturgo
más universal, como José Mª Valverde o Astrana Marín,
optaron también por la traducción global de la obra en prosa.
Pero, al menos, el contenido de lo dicho se ajustaba algo más al
original, de modo que la caracterización de los personajes sí
la respetaron en cierta medida. El remedo de la versificación lo
comparte Pujante con las ediciones de Conejero y el Instituto Shakespeare.
Volviendo al asunto de la neutralización
del componente erótico que contiene la versión “traicionera”
de la obra (a la que llamaré en adelante “Primera versión”),
hay más pasajes llamativos. Por ejemplo, en la Escena III del Acto
I. el ama está contando cómo “le quitó el pecho”
a Julieta (según el pudoroso traductor), es decir, cómo
la “destetó” (expresión de Pujante).
Primera
versión:
AMA:
Unté mi pecho con acíbar (...). Apenas probó el pecho
y lo halló tan amargo...
Versión
de Pujante:
AMA:
Me había puesto ajenjo en el pecho (...) / En cuanto probó
el ajenjo en mi pezón / y le supo tan amargo... Angelito.
La
simple elección del término “pecho” en lugar
de “pezón” ya es indicativo. “Pecho” es
la palabra convencional que se utiliza para aludir al busto femenino,
por tanto, palabra neutral; en cambio, “pezón” ya es
un término cargado de connotación erótica.
Otro pasaje muy significativo es el que
abre el Acto II. Benvolio y Mercucio buscan a Romeo.
Primera
versión:
BENVOLIO:
Sígueme; se habrá escondido en esas ramas para pasar la
noche. El amor es ciego, busca tinieblas.
MERCUCIO: Si fuera ciego, erraría
siempre sus tiros. Buenas noches, Romeo.
Versión
de Pujante:
BENVOLIO:
Ven, que se ha escondido entre estos árboles, / en alianza con
la noche melancólica. / Ciego es su amor, y lo oscuro, su lugar.
MERCUCIO: Si el amor es ciego, no puede
atinar. / Romeo está sentado al pie de una higuera / deseando que
su amada fuese el fruto / que las mozas, entre risas, llaman higo. / ¡Ah,
Romeo, si ella fuese, ah, si fuese / un higo abierto y tú una pera!
/ Romeo, buenas noches. Me voy a mi camita, / que dormir al raso me da
frío.
Si
en las otras escenas el traductor-traidor se limitaba a distorsionar el
sentido de los diálogos, aquí suprime, censura unos versos
que, por lo visto, no había manera de adecentar.
La pregunta es: ¿con qué intención?
¿Por qué se cercena un texto? ¿A quién le
interesa esa amputación? Para contestar esos interrogantes se ha
de aclarar la identidad del traductor que se toma libertades de autor,
ése que opera en el texto los cambios que le parecen.
La
edición de esas obras completas guardadas en mi biblioteca familiar
anuncia a quienes se encargan de traducirlas. Son varios los traductores
que colaboran en ese esfuerzo. Algunos de ellos, afamados escritores,
como Buero Vallejo, a quien le encargan la traducción de Hamlet.
Romeo y Julieta tiene como traductor
a Marcelino Menéndez y Pelayo. La editorial que publica esta antología
es Ediciones Nauta, y el año en que ve la luz es 1967. Claro está
que la publicación de su traducción es póstuma; recuérdese
que el ilustre polígrafo muere en 1912. En 1967 se reproduce un
trabajo que don Marcelino ya había publicado en 1881, dentro del
título Dramas de Guillermo Shakespeare. La versión
de Pujante, la aquí citada, la publica Espasa-Calpe, en la colección
Austral, en 1993. Ello ayuda a clarificar muchas cosas.
Y más revelador aún es el
conocimiento de que es precisamente el colectivo interesado en acabar
con la República y restaurar la Monarquía (Acción
Española) el que recupera la labor de Menéndez Pelayo e
inicia una campaña a favor de la recuperación de su figura,
presentada como la quintaesencia del nacionalismo y el tradicionalismo.
Un proceso que se reforzó tras la contienda civil. Muestra de este
interés es el libro de Miguel Artigas, La España de
Menéndez Pelayo (Cultura Española, Valladolid 1938),
en cuyo prólogo se lee: «En estas horas críticas de
la Patria (...) los libros de Menéndez Pelayo, sus enseñanzas,
deben ser pauta y guía, doctrina y nervio de las nuevas generaciones»).
La disimilitud del trabajo de don Marcelino
con respecto al de Pujante, y a cualquier traducción moderna, en
general, se debe, en mi opinión, a que se trata de un hombre del
S. XIX, y ha dejado constancia de la moral de su tiempo en la versión
que hace de la obra. De alguna forma su momento histórico condiciona
su trabajo. Hay una censura, no necesariamente oficial, a ese otro Shakespeare
malhablado y lenguaraz.
Pero ya que hemos citado el tema de la censura,
cabe plantear otro interrogante. En 1967 el país vive bajo el régimen
de la dictadura. ¿Respetaría la censura el trabajo del traductor?
¿Quién es quién? ¿A quién debo yo esa
lectura, después de tantas manos puestas en ella? ¿Todo
cuanto he leído de autores foráneos debo ponerlo en tela
de juicio?
Tal vez, sí. Parece que hay una cierta
impunidad en estos asuntos. Pero mientras asumimos la certeza de que el
hombre no dispone de tiempo para adquirir el don de hablar todas las lenguas,
y adoptar la visión del mundo que hay tras ellas, se forja una
figura artística: la del traductor, que canta las delicias del
desastre de Babel.
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(1)
Shakespeare en España. Crítica, traducciones y representaciones.
Universidad de Alicante, 1993.
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