La ficción
nuestra de cada día
(Cousas de Kulechov de Susana Rey Crespo)
Sergio B. Landrove
(Lev Vladimirovich Kulechov en Silent Witnesses. Russian Films/Testimoni Silenziosi. Film Russi. 1908-1919. Edición bilingüe de Le Giornale del Cinema Muto y British Film Institute, 1989. Traducción al castellano de Terenci Moix)
Lev Vladimirovich Kulechov (1899-1970) es uno de los pioneros del cine soviético. Después de realizar documentales para el Ejército Rojo se incorpora en 1921 al Instituto Técnico del Cine en el que fundará el Laboratorio Experimental. Junto a su alumnos llevó a cabo una serie de experimentos con el montaje que, dentro de la historia del cine, rozan el carácter de mitos, pues de ellos no se conservan copias pero sí testimonios (incluidos los del propio Kulechov) que han pasado de estudioso en estudioso. Terenci Moix (1) los describe así: «…[en
el Laboratorio Experimental] llevó a cabo sus célebres experimentos
sobre el montaje de los que dos son especialmente importantes: uno era
la reconstrucción fílmica de un cuerpo femenino a través
de fragmentos de imágenes de diferentes mujeres —recurso
que sigue poniéndose en práctica cuando, en las escenas
de desnudos, los cuerpos no siempre corresponden a los intérpretes
cuyo rostro aparece en primer plano—; el otro experimento consistía
en rodar el rostro de un actor al que se le ha pedido inexpresividad y,
después, proyectarlo ante públicos diferentes en unión
de imágenes de un ataúd, un niño, un plato de comida;
cada uno de los públicos opinaba, respectivamente, que el actor
expresaba
«Con planos de ventanas que se abren ampliamente, de gentes que se asoman a ellas, de un destacamento de caballería, de niños que corren, de aguas que rompen un dique, del paso acompasado de los soldados de infantería, se pueden montar tanto la fiesta de inauguración de una central eléctrica como la ocupación de una ciudad apacible por el ejército enemigo» (3) Este
texto del cineasta ruso parece el germen de Cousas de Kuleshov,
el cortometraje de Susana Rey que, lejos de ser un falso documental, nos
cuenta a través de un ejemplo las técnicas que usa el narrador
más influyente del mundo actual: el de los noticieros televisivos,
que es el encargado de crear, describiéndolo, lo que acabamos aceptando
como acaecido. Las palabras apoyadas en imágenes y testimonios
de primera mano acreditan la verdad (el acaecimiento de los hechos tal
y como se cuentan) y el criterio de autoridad del medio (en este caso,
el periodismo) hace el resto. El proceso legitimador es sencillo: si el
periodismo se encarga de describir la «realidad» todo lo que
narra el periodista es «real» (entendiendo este «real»,
claro está, en su acepción más vulgar como sinónimo
de «lo que pasa».)
Para
alguien absolutamente desconocedor de los acontecimientos, en las imágenes
pasa lo que el narrador dice que pasa. Para este hipotético espectador
Cousas de Kulechov sí actúa como un falso documental.
Unos minutos de este corto difundidos en las dosis convenientes a través
de los informativos de países extranjeros podrían llevar
a creer a los telespectadores que la invasión de Galicia está
ocurriendo realmente. Estos posibles espectadores experimentarían
una sensación semejante al público de F for Fake
de Orson Welles, La seducción del caos de Basilio Martín
Patino o cualquier noticiario televisivo: lo ficticio se transforma en
acaecido por obra y gracia de la técnica empleada al contarlo.
«[…]
es máximamente improbable que en asuntos graves de su país
la “opinión pública” carezca de la información
necesaria para que su juicio no corresponda orgánicamente a la
realidad juzgada. Padecerá errores secundarios y de detalle, pero
tomada con actitud macroscópica no es verosímil que sea
una reacción incongruente con la realidad […]
El
que he llamado espectador profano se encuentra en la misma situación
que el pueblo A frente al pueblo B de los que escribe Ortega y Gasset:
opina sin suficiente información. En cambio los demás espectadores,
aquellos a los que suenan las imágenes, los que padecerán,
como mucho, «errores secundarios y de detalle» se pueden dividir
en dos grupos.
El
distanciamiento será total para los espectadores que conozcan la
mayor parte de las situaciones que el narrador nos intenta hacer pasar
por otras diferentes. Ese espectador que ve bateas y no barcos de guerra,
fuegos artificiales y no bombas, latas de conserva y no obuses, es el
que busca la película; un espectador que entiende, a través
de un exiemplo al estilo de los de Patronio, lo sencillo que
es engañarle. Lo fácil que resulta montar la realidad usando
la ficción. Lo sencillo que es, como dice el rótulo que
divide las dos partes de la película, construir el «más
cruel e injustificado de los montajes: la guerra». «¿Cómo va a ser fácil persuadir al hombre inglés de que no está informado sobre el fenómeno histórico que es la guerra civil española u otra emergencia análoga? Sabe que los periódicos ingleses gastan sumas fortísimas en sostener corresponsales dentro de todos los países. Sabe que, aunque entre esos corresponsales no pocos ejercen su oficio de manera apasionada y partidista, hay muchos otros cuya imparcialidad es incuestionable y cuya pulcritud en transmitir datos exactos no es fácil de superar. Todo esto es verdad, y, porque lo es resulta peligroso. Pues es el caso que […] encontrará que han acontecido en el mundo cosas de grave importancia para Inglaterra y que le han sorprendido. Como en la historia nada de algún relieve se produce súbitamente, no sería excesiva suspicacia […] admitir la hipótesis de que está menos informado de lo que suele creer, o que esa información tan copiosa se compone de datos externos, sin fina perspectiva, entre los cuales se escapa lo más auténticamente real de la realidad». (5)
(1)
En Gran historia del cine, Terenci Moix. Edición fascicular,
ABC, 1996. |