JOSÉ
MARZO
La política del viento
—JOSÉ MARZO: No sabría responder de modo concreto a tu pregunta. Quería contar la historia de Isidro. Narrar su vida y dejar testimonio de su experiencia. Pero también quería contar una historia colectiva. Quería narrar la lucha de las gentes sencillas, del pueblo, por la modernidad y la justicia; su derrota, y también su redención a través de la memoria. —ECP: Pero Isidro es un personaje de ficción... —JM: Sí, desde luego. Viento en los oídos es una novela. Casi todo en ella es ficción, pero es una ficción que guarda algún parecido con la realidad. —ECP: Has subtitulado Viento en los oídos como «una fábula histórica». En cierto modo, has contado la historia de España de la primera mitad del siglo XX, desde la Guerra de Cuba hasta la Guerra Civil y la postguerra. —JM: Dices bien, «en cierto modo». Me he servido de la historia de España y la he retorcido. No pretendía hacer un libro de historia, ni siquiera una novela histórica. Quería hacer algo distinto, que Viento en los oídos fuera como esos retratos impresionistas, que se alejan del modelo, le cambian el color del pelo y dan un tono imposible a su piel, o los que desfiguran el rostro descomponiéndolo en prismas, pero cuyo resultado destaca su personalidad. He distorsionado la historia de España hasta hacerla irreconocible, pero me gustaría que esta fábula ayudara a aclararla, a que sus contornos se vuelvan más expresivos. No pretendía utilizar la historia como un marco, sino valerme de ella como una entidad propia, subjetiva. —ECP: Titulcia, el escenario de Viento en los oídos, casi parece un ser vivo. —JM: Viento en los oídos es una novela política, en sentido original, es decir, una novela sobre una polis, una ciudad, que es más que la suma de sus habitantes. Personas y entorno se influyen mutuamente. He disfrutado mucho escribiendo todos esos párrafos sobre la evolución del urbanismo, el crecimiento de la industria y los nuevos barrios, el progreso tecnológico, la llegada de la luz, el agua corriente, las grúas que giran sobre los tejados, las manifestaciones y movimientos de masas en las calles.
—JM: La historia del nombre de Titulcia es muy curiosa. En la época romana existía una próspera villa llamada Titultia, en un cruce de caminos, paso de la ganadería y del comercio entre las mesetas sur y norte, junto al vado de un río. Era además un centro religioso ibérico. La pista de aquella Titultia histórica se perdió hasta hace poco. El pueblo llamado actualmente Titulcia recibió su nombre por un equívoco. Hasta principios del siglo XIX se llamaba Bayona. Al rey absolutista Fernando VII, que había estado preso en la Bayona francesa, le desagradaba este nombre y, mal aconsejado, le puso el de Titulcia. Los arqueólogos han localizado ya la Titulcia histórica. No se halla junto al río Jarama, sino el Guadarrama. Es el yacimiento de Carranque, en la provincia de Toledo. —ECP: ¿Has estado en la actual Titulcia? —JM: Sí. Es un pueblecito con encanto. Y con un par de buenos restaurantes. De él parte una ruta de senderismo, algo descuidada en la actualidad. —ECP: Hay otra referencia para localizar la Titulcia de Viento en los oídos. Se encuentra en los campos de Calatrava, como se ve en el primer capítulo. Eso nos lleva a La Mancha. —JM: Con Titulcia he procedido del mismo modo que con la historia. Titulcia tiene algo de Alcázar de San Juan, en Ciudad Real. Pero sus siete torres están inspiradas en Salamanca, y su río podría ser el Ebro, porque aguas arriba tuvo lugar la última gran batalla de la guerra... Otro momento histórico recuerda a Barcelona, y hay una revuelta que se parece en su desarrollo a la cantonalista de Alcoy, de 1873. —ECP: Sería entonces algo así como una síntesis de muchas ciudades españolas. —JM: Sí. Es una ciudad antigua, con todas sus instituciones añejas, pero que sufre un proceso de industrialización muy intenso y en la que los contrastes de clases se manifiestan y agudizan. —ECP: Juegas constantemente viajando de un lado a otro de la frontera de lo histórico y lo fabuloso. —JM: El narrador habla de cosas que casi nunca ha conocido, o sólo de oídas, y pone mucho de su imaginación. Me interesa la memoria subjetiva, que difiere tanto de la historia académica. Para las gentes sencillas, la Guerra de Cuba no fue la de tal ministro o tal diplomático que firmó un discurso grandilocuente, sino esa a la que mandaron al bisabuelo cuando tenía veinte años, y de la que no se recuerdan las deliberaciones sesudas de los estadistas, sino alguna anécdota personal, tergiversada por el tiempo y el boca a boca. Además, el narrador es transgresor y se aventura en lo inverosímil, crea leyenda. Exagera y bromea. Pero hay hechos reales que seguramente también resultarán inverosímiles, como el de las amapolas, y espero que no por eso dejen de encajar en la novela. —ECP: No me puedo creer que la anécdota de las amapolas sea cierta...
—ECP: ¿Qué opinas de la Ley de Memoria Histórica? —JM: He leído el borrador y me parece un paso adelante. Pienso que sobre el tema de la Guerra Civil y la dictadura debemos hacer un esfuerzo para diferenciar lo personal de lo político. ¿Cómo cuantificar el daño personal producido por la contienda y la dictadura? Cientos de miles de muertos, pero no sólo muertos: familias rotas, carreras profesionales truncadas. El exilio. Hubo familias enteras que en las décadas siguientes, por sus ideas políticas, fueron excluidas de su entorno social inmediato, sobre todo en pequeños pueblos. Ellas engrosaron la migración interna de los años cincuenta. Hubo miles de hombres que pasaron años en cárceles y que luego debieron repetir el servicio militar. Conozco viejos que de niños fueron expulsados del colegio por ser hijos de combatientes republicanos. Todo este sufrimiento es incuantificable, y no puede ser evaluado por un tribunal de justicia. ¿Cómo juzgar legalmente la hambruna durante los primeros años de la postguerra y resarcir a quienes la padecieron? —ECP: ¿No estamos preparados ya para condenar la violencia política? —JM:
Resulta muy obvio, a tren pasado. Todos sabemos que en la Guerra Civil
se cometieron terribles actos de crueldad. Ahora pongámonos por
un instante en la piel de cualquier persona que se ve en esa situación
de guerra total, civil. Hablo de las gentes sencillas, no de los militares
golpistas. La sociedad está polarizada; el frente está en
todas partes, en el campo, en la ciudad, en cada calle; quien no es tu
aliado incondicional, puede presentarse como tu enemigo mañana
mismo. Si intentamos contemplar la contienda como una guerra moral, entre
buenos y malos, nos veremos enredados en un debate interminable y sin
solución. Hablemos de política. Hay que decirlo de una vez
por todas: España es el único país occidental en
el que un sector mediático importante sigue justificando un golpe
de Estado contra una democracia, como era la Segunda República,
por inestable que fueran sus instituciones. La derecha española
de la época, en un contexto internacional de ascenso de los totalitarismos
y prebélico, renunció a la vía democrática
y escogió el modelo fascista. Las consecuencias fueron dramáticas,
arruinaron moral, cultural, social y económicamente a varias generaciones,
y hoy día todos seguimos arrastrando un lastre que impide la profundización
en la democracia. La Guerra Civil, que es el mayor drama colectivo de
la historia de España, es una cicatriz sin curar. Pero las heridas
no se curan rascando —ECP: La «guerra total» de Viento en los oídos se narra en apenas un capítulo. —JM: Me importaban más los precedentes y las consecuencias. A veces se pretenden explicar los fuegos por algunas chispas que saltan en el momento inoportuno. Las chispas existen, pero existen siempre, saltan antes o después. Para que haya fuego se precisa madera seca, un bosque descuidado, condiciones de escasez de agua, un viento favorable, todos esos factores que explican por qué de pronto arde un monte. —ECP: De todos los personajes, me quedo con Juan Expósito. Es el que recorre una evolución más extrema, desde la rebeldía hasta la colaboración con la represión. —JM: Es un personaje trágico. Estoy de acuerdo con don Silvestre, el arqueólogo. Ese ex guerrillero que se convierte en verdugo es el más trágico de los hombres. Me daba algún miedo afrontar su desenlace. Decidí detener el tiempo narrativo y tomar la perspectiva del joven miliciano perplejo ante la actitud del combatiente que se arrodilla ante él. —ECP: Otro de los temas de la novela es la vegetación. Isidro es hortelano primero, y luego jardinero, pero Mercedes también cultiva un invernadero de orquídeas. Las rosas de la gitana, la bandera de amapolas, que hemos mencionado antes, y el paisaje que se contempla desde el castillo, son otros momentos diría que casi expresionistas. —JM: En nuestra vida en las ciudades hemos perdido contacto con la agricultura. Pensé que en Viento en los oídos debía recoger el espíritu del paisaje modificado por los cultivos. Las grandes montañas vírgenes nos deslumbran, pero hay una belleza sosegada en muchos de esos paisajes bien trabajados que vemos desde el tren o desde el coche. Trazar esta fábula de la modernidad exigía abordar el campo, la cultura del campesino y el agricultor. He intentado mantener abierto ese puente que une al obrero industrial y al del campo, entre las factorías y los sembrados. En el último capítulo muchos regresan al pasado, al terruño. Nosotros hemos tenido aún la oportunidad de ver en algunos pueblos a hombres laborando con el arado romano y los bueyes. —ECP: ¿Cuánto tiempo has tardado en escribir Viento en los oídos? —JM: La redacción me ha llevado ocho meses, a lo largo de varios años. La idea original se remonta a casi una década antes. —ECP: ¿Existe mucha diferencia entre lo que pensabas hacer y el texto final?
—ECP: Me ha parecido ver mucho de invención intraliteraria, como si a menudo no supiéramos si lo que se nos narra es un hecho veraz en el contexto literario o una mentira de la voz narradora. —JM: Sí. Es uno de los elementos que más me ha hecho disfrutar. Contar cosas desde la perspectiva fantasiosa de uno de los personajes, sin desvelar el juego, para luego dar pistas diferentes en otro momento de la narración. Por ejemplo las estancias de Isidro en el islote con los nativos o en el desierto con los beduinos. En otros momentos hay claras exageraciones y metáforas que se cuelan como hechos reales. Las voces del Gran Jacinto y de Isabel, el santo Simeón, el cuervo. El niño que narra es un mentiroso, pero al mismo tiempo él tiene la responsabilidad de redimir la historia de los personajes. Es él, como jugando, quien nos lega la memoria de lo vivido. —ECP: ¿Por qué la figura del cuervo? ¿Es un símbolo? —JM: No, no es un símbolo. Se coló en la historia. Sobre este pájaro tan elegante se ha vertido mucha mala literatura. Lo escogí por intuición. Está unido desde el principio al paisaje y a la figura de Isidro. David Vela también lo tomó para su sugerente ilustración de la cubierta. —ECP: ¿Cuántos personajes tiene Viento en los oídos? —JM: No los he contado. El núcleo de los personajes importantes sería de unos quince, aquellos que juegan un papel decisivo en la historia. —ECP:
¿Con qué momento de Viento en los oídos
te quedarías? ¿Qué páginas rescatarías
de —JM: Rescataría la primera frase. Fue la semilla de Viento en los oídos. Siguiendo ese hilo, podría volver a escribirla. Otro momento sería el discurso de Isidro ante el dolmen de Simeón. —ECP: He leído dos de tus novelas anteriores, Un rincón para César y La alambrada, y ambas siguen una línea realista. ¿Retomarás esa línea o la has abandonado definitivamente? —JM: Sigo en ella. Creo mucho en las posibilidades del realismo. Me gusta pisar el suelo y que en las páginas se cuelen los ruidos de la calle. Pero no descarto hacer en el futuro otra excursión a la fábula. |