El
invierno, ese bello invento de la naturaleza y el hombre, se despertó
con ánimo de chimenea y reunión entre los enfermos de este marítimo
hospital alucinado. Algunos perros han sanado y han echado a andar buscando
aventuras con amos que ven molinos y nunca
gigantes;
otros han encontrado pareja y volverán cuando pase la época del
celo lírico; otros todavía están felizmente convalecientes;
y otros han alegrado aún más la estancia con frescas palabras
infectadas de poesía.
Desde que el pasado otoño levamos anclas en Cartagena, hemos ido atracando en numerosos puertos y nos hemos introducido en algunos hermosos pueblos y en varias ciudades de diverso interés: Cieza, Tarragona, Buenos Aires, Albacete, Montevideo, Miami, Gran Canaria, Madrid, Nueva York, Bilbao, Salzburgo, México D. F., Jaén, Sarajevo, París, Lima, La Habana,... en fin, toda una odisea en la Red de la que esperamos no tener nunca regreso, pues ya decía el griego Kavafis que lo vitalmente importante no es llegar a Ítaca, sino la experiencia en sí misma del viaje.
Y ya con la primavera acechando, en este joven año 2001 haremos caso una vez más a los buenos consejos epicureístas: que afloren los deseos carnales, que se beban los mejores vinos, que se fumen las más exóticas hierbas, que se canten versos infinitos, que el hombre gane la batalla al horror de la vida de la manera más honesta e imaginativa posible: por medio del arte.
Los perros cervantinos exhiben ahora sus nuevas piezas: escritos de la derrota y la victoria, del hambre y el pan, de los virus y las virtudes del ser, de la caricia y el espanto, del habla y del silencio... Saldrán a formar coloquio de nuevo cuando vaya anunciándose la atmósfera erótica propia del verano mediterráneo. Hasta esas fechas, esperan ansiosos la venida de más razas (léase escritores) que deseen convivir con ellos en esta revista literaria contagiada de rabia y cariño. Disfruten ahora de esta segunda entrega.
JUAN DE DIOS GARCÍA
BERGANZA.- Cipión, hermano, óyote hablar y sé que te hablo y no puedo creerlo, por parecerme que el hablar nosotros pasa de los términos de naturaleza.
(MIGUEL DE CERVANTES, Coloquio de los perros)