ANTONIO AGUILAR
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Es una de las mezclas más elegantes que tiene la cantera de El Coloquio de los Perros. Nació en Murcia, en 1975. Tiene entre sus haberes el premio Antonio Oliver Belmás, por el que publicó El otoño encarnado de Ives de la Roca (Editora Regional de Murcia). |
| Este año ha estado a un ladrido y medio de conseguir el reputadísimo Adonais, con un libro que pronto se publicará -no nos cabe la menor duda-: La estación amarilla. Como de premios va la cosa, su otro libro, publicado en 1998, obtuvo el "Federico García Lorca". Su hesiódico título es El amor y los días (Universidad de Granada). La poesía de este perro lobo se caracteriza por su límpida sencillez y la búsqueda en la memoria de los paraísos perdidos. Un tono elegíaco se transporta en muchos de sus versos, pero siempre se nos queda un placer extraño en la conciencia cuando terminamos de aprehender cada una de sus piezas. |
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NOTICIAS DE ÚLTIMA HORA
De todas maneras iba a volver a casa. Lo supo desde el principio. La música iluminaba las últimas horas de la tarde, que a José Ignacio le parecían las horas más hermosas, llenas de la excitación propia de quien huye o deja atrás un peso no precisamente liviano, mientras con los dedos va acompañando sobre el volante el ritmo de la última canción.
Llevaría cerca de cuatro horas conduciendo sin descanso. Tal vez un café tomado con premura mientras miraba el reloj para comprobar una vez más que ya iba tarde, aunque afortunadamente -y esto no sabía si le agradaba o le disgustaba- la cita esta vez era consigo mismo. Sentía miedo a la noche cuando viajaba por carreteras desconocidas. Un cierto temor, mezcla de prudencia y de pánico infantil, le recorría el cuerpo con los últimos estertores de la tarde. Pero, no obstante, y posiblemente ayudado por la determinación de la huida, hoy se enfrentaba a esa situación con cierta valentía, asumiendo el reto, para salir más fuerte, pensaba él. Una cita con aquel otro José Ignacio más sosegado que le esperaba al final del viaje. Y miraba con ilusión o de reojo, como para que nadie se percatara de ello en un gesto ya acostumbrado, aquellas viejas estampas del sur que siempre le acompañaban como un hogar improvisado, aquellas estampas con cielo azul y unos cocoteros que parecían hablar de una bonanza en las vidas de los habitantes de aquellas latitudes que se correspondiera con la del tiempo estival de su paisaje.
Había fumado más que de costumbre, aunque de una forma relajada. Le gustaba fumar al volante de su coche. Buscaba a palpón el encendedor que pronto respondía con el resorte mecánico en señal de que ya estaba listo. La aureola roja brillaba sobre la opacidad del cenicero atestado y entre la niebla o el humo del tabaco, que a esas alturas del viaje simulaba una mañana fría en el corazón de Londres. Y, sin embargo, una vez más, como en un ya frecuente ritual prendieron las hebras de tabaco, y José Ignacio encontró consuelo en aquella pequeña y cotidiana recreación del mito de Prometeo.
No estaba muy seguro de si aquella era la carretera indicada, aunque desde hacía más de una hora las curvas de desnivel del mapa se correspondían con aquella ascensión en tercera algunas veces, otras, las más, en segunda marcha, entre un paisaje que cada vez se hacía más escarpado. Y justo en el momento en el que la onda de la emisora se perdía para siempre en un oleaje de sonidos inaudibles, encontró un cartel con la indicación kilométrica junto a los lugares más próximos, que con cierta ironía estaban a más de ciento y pico kilómetros.
Le gustaba imaginar lo fácil que sería vivir si la vida fuera como aquellas carreteras donde todo aparece indicado antes o después, avisándonos de dónde está el desvío, o los innumerables peligros, haciendo indicaciones sobre cuál es la velocidad apropiada para no tener un traspiés, o alguna observación sobre si podemos, y en qué condiciones, hacer un cambio de sentido y volver un poco atrás, como a veces nos gustaría volver atrás en la vida. Posiblemente de haber sido así no estaría ahora mismo conduciendo en sentido opuesto a todo aquello que voluntariamente, y apremiado por las circunstancias, dejaba atrás, en aquella área de descanso afable y sin complicaciones que había sido su vida hasta la llegada inesperada de aquel inquilino aborregado en apariencia, pero que al final resultó ser un lobo de aviesas intenciones, un lobo egoísta, capaz de zamparse a Caperucita y liarse con la abuela. Aquel lobo que había hecho trizas al segundo día la loza de los platos y el cristal de murano, irrompible según la verborrea del vendedor, de las copas venecianas.
Le sacó de estos pensamientos un horrible ruido en la transmisión del motor, la aguja de la temperatura por las nubes, y el humo, que poco a poco, pero con una insistencia acuciante, empezaba a abrirse paso por los bordes del capó. Orilló entonces el coche aprovechando la inercia que el pequeño descenso le proporcionaba. Esto era justo lo que le faltaba, pensó en voz baja o alta que para el caso era igual, y golpeó la rueda delantera como esperando una reacción propia de las conductas estímulo-respuesta que no halló. Estaba absolutamente perdido. Hacía más de una hora que no se había cruzado con ningún coche, además esa era una ruta poco frecuentada por los camioneros, motivo por el que precisamente la había trazado sobre el mapa, para no estar todo el viaje pendiente de los adelantamientos. Y para colmo el único cambio que constaba era el de la tarde que daba paso poco a poco a una noche cerrada, donde las últimas estrellas cedían ante la impetuosa llegada de unas nubes sospechosamente grises. Abrió el capó y se quedó mirando aquel motor diésel, refrigerado por agua, capaz de desarrollar no sé cuántos caballos, y con un sistema de mezcla novedosa en el mercado, aquel motor que había sido capaz de alcanzar los cien kilómetros por hora en tan sólo seis coma cinco segundos en el banco de pruebas, lo que le daba unas pretensiones de deportivo. Pero nada, a José Ignacio poco le servía aquella terminología barata de vendedor de coches. Él quería una solución y eso parecía implorar con sus continuos golpes sobre algo, que sería, pensaba, tal vez, con ironía, la tan mencionada tapa del delco.
Se subió al coche, comprobando ante su asombro cómo éste había envejecido en tres años. Especialmente los bajos, sucios y llenos de una grasa que posiblemente le costaría quitar. Las puertas estaban arañadas y la goma de las ventanas picada. Cerró intentando dejar fuera los reproches por no haberle prestado atención cuando pudo. Buscó a tientas, en la poca luz que aún quedaba, el encendedor. Se subió la cremallera de la chaqueta y respiró profundamente, llenando sus pulmones del humo que luego en una gran bocanada echó fuera creando así una falsa sensación de café lúgrube. Poco a poco se fue tranquilizando del todo, e incluso al ver caer las primeras gotas de lluvia las recibió con agrado, para en seguida caer en la cuenta de lo que eso podía suponer en su inesperada aventura. Se durmió al fin, resignado. Mientras, acompañando su sueño, la intensidad de la luz de la cabina fue paulatinamente bajando, terminando así con los últimos estertores de una batería que tampoco estaba por la labor.
Pero en mitad del sueño, cuando parecía haber encontrado el equilibrio entre su cuerpo y las partes rígidas del coche, se despertó. Algo llamaba poderosamente su atención. La radio había encontrado una emisora. Estaba acostumbrado a que su vieja radio despertador le gastara estas bromas en mitad de la noche. Bajaba y subía el volumen a su antojo, hasta que decidía finalmente apagarla. Ahora la radio del coche sonaba. Escuchó las señales horarias, era tan sólo medianoche. El noticiario era más o menos, con alguna variente propia de los días navideños, el mismo que de costumbre. Política, algo de vida social y alguna noticia de cultura, después de los deportes. Y cuando ya parecía volver a caer en el sueño profundo del que había despertado escuchó lo siguiente, audición que no pudo hacer sino con gran sorpresa y perplejidad:
«El escritor José Ignacio Sánchez de Luján ha fallecido hoy a la edad de sesenta años. La capilla ardiente ha sido instalada en la iglesia del Carmen de su ciudad natal, lugar donde a lo largo de la noche han ido pasando numerosos amigos de la familia y personalidades de la vida cultural española. El Presidente del Gobierno, junto con el Ministro de Cultura, ha anunciado su llegada a las dos de la mañana.
El poeta, que había manifestado con ironía en alguna ocasión que le hubiera gustado ver el siglo XXI, no ha visto cumplido su deseo, aunque ‘su memoria’, en palabras del crítico Miguel Redondo, ‘llegará no al siglo veintiuno, sino que posiblemente alcance los albores del próximo milenio’. Actualmente trabajaba en la versión definitiva de su célebre tratado sobre el cuento prodigioso, que le valió el Premio Nacional de Literatura, con el que han crecido diversas generaciones de escritores y que todos los que nos dedicamos de alguna manera al mundo de las letras guardamos en el recuerdo. Con la anécdota de la génesis de este libro, narrada para esta cadena por el propio escritor en 1998, nos despedimos: ‘Estaba a punto de desfallecer cuando escuché por la radio, no creo que fuera esta misma emisora, son ustedes demasiado jóvenes, la noticia de mi muerte cuarenta años después de la fecha en que yo vivía, eso me dio fuerzas y pude sobrevivir a tres días penosos perdido entre la nieve que se agolpaba sobre mi coche, sin más luz que la pobre luz de mi entendimiento...’ Descanse en paz.
Este ha sido todo en el informativo de la medianoche del día 10 de Enero de 2012. Mañana tendrán más noticias en los sucesivos boletines informativos de nuestra emisora o en la dirección de internet de nuestra cadena...»
Pensó en cómo la repetición hace creíbles los hechos más prodigiosos. Y, entumecido por el sueño, pero también más inquieto que nunca, recordó con cierta nostalgia aquel amor de verano que nunca llegó a serlo. Tal vez por su timidez, o por la pereza de enfrentarse a sus propios fantasmas, aunque ya daba igual. En su ensoñación veía cómo llegaba Septiembre, y cómo con Septiembre se apresuraban todos a ponerse manga larga y cerrar las persianas de sus casas hasta otro verano. Y con la puerta del piso que alquilaban todos los años también se cerró la oportunidad de hablar con Cristina, de por lo menos saber su nombre completo o dirección. Envuelto en el silencio de la partida, y a través de los cristales empañados por la brisa del mar, vio a lo lejos su figura paseando en bicicleta alrededor de unos coches. Por la noche, recordaba, tuvo un sueño, como éste tal vez, en que alguien le decía el número de teléfono de ella. Encendió la luz y lo apuntó con la excitación de los niños que encuentran un tesoro debajo de la cama. Al día siguiente, a primera hora, descolgó el teléfono y preguntó por Cristina y allí estaba ella, de una forma prodigiosa, allí estaba ella contestando con una sonrisa a aquel amante platónico cuya llamada esperaba posiblemente desde hacía media hora, justo desde el momento de levantarse, media hora en la que hizo tiempo preparando el desayuno... La verdad es que no estaba muy seguro de si ése había sido el final de la historia, tal vez, y este razonamiento ya se confundía con el cansancio, el tiempo hubiera deformado a su favor los datos y los hechos. Era difícil discernir entre realidad y ficción, si es que alguien sostenía que fueran diferentes y hubiese necesidad de parcelarlas.
Al final, y confortado por la noticia, se quedó dormido, haciendo planes para ese tiempo en el que se dilataba su vida. Pensaba, pero ya en voz muy baja, en cómo hacerse digno de esa necrológica al pie de su capilla ardiente, y continuar algún día sus aparcados estudios de literatura o tal vez mejor aún, escribir con dedicación en su nueva casa, escribir sobre esta experiencia y teorizar, si es que no alcanzaba con la sutileza de su prosa a recrear la penosidad de aquella noche, sobre el hombre sometido a los rigores de la vida y cómo, en última instancia, puede cruzarse en este plano de la realidad la otra realidad, aquella que normalmente calificamos de improbable.
Hubiera terminado este razonamiento si el sueño no hubiera podido más que la nueva agitación, pero pudo más, y se quedó dormido en aquel coche que poco a poco se iba perdiendo como un punto en la inmensidad de la montaña.
Debieron ser unas horas largas y terribles, pensaba todo el mundo, cuando a los dos o tres días los quitanieves chocaron, casi por azar, contra el coche de José Ignacio, aparcado en la cuneta de la comarcal 320. Lo sacaron hecho un bloque de hielo, con el dedo índice de su mano derecha pegado al encendedor. Unas horas largas y terribles, repetía el locutor de la emisora local, que fue el primero en recoger la noticia. Sin embargo, nadie comprendía la extraña sonrisa esbozada en la cara de José Ignacio Sánchez de Luján. Joven de treinta años. Camarero en los fines de semana. Actualmente residía en el pequeño pueblo de...
Allí, tendido sobre el asfalto de la carretera que lo iba a llevar muy lejos, parecía mirar tranquilo, en paz consigo mismo, ese cielo azul que, dicen, tienen algunas postales.
JOSÉ OSCAR LÓPEZ
Nació en 1973. Prepara su tesis doctoral sobre la relación entre la Generación del 27 y el cinematógrafo. Es colaborador como columnista del diario La Opinión. Coordinador de la revista literaria La casa subterránea, ha publicado relatos, poemas, ensayos y artículos en diversas revistas y antologías -algunos de los cuales también han merecido galardones en diversos certámenes- y es autor de la plaqueta poética Los nuevos dioses (Cuadernos Portátiles, Murcia, en prensa).
Si ustedes quieren hacerse una idea de por qué caminos transita su literatura, mucho me temo que tendrán que leerle, puesto que cada una de las cosas que lee o de las que es testigo le influyen. ¿Poca personalidad?. Él más bien hablaría de un carácter profundamente impresionable, de una curiosidad insaciable. Le encantan, por ejemplo, en el terreno lírico, los heterónimos, y de entre sus preferidos destacan Oscar Tropovski -autor del poemario Elogio de la bala- y Pilar Sarabia -autora de Quince años en Berlín-. ¿Promiscuidad creativa? Vale, nos vamos acercando.
UN JARDÍN DE JUEGOS PARA LA ETERNIDAD
Miranda en el espejo tenía más abiertas las piernas que en el sofá en el que la Miranda real se recostaba temblorosa. Aquello era como un examen improvisado por imprevisto ante un tribunal implacable. La saliva era el agua de rocío que la mañana intrusa por las ventanas depositaba en los dos pétalos carnosos de su boca. Y la saliva era llevada por el índice de Miranda hacia la mezcla con ese otro agua de rocío que la mañana caliente por las ventanas abiertas depositaba en el fruto redondo, carnoso, perfecto salvo en la hendidura que lo partía en dos para mostrar parte de su contenido, apetecible por invitatorio. Podía sentir aquellos ojos invisibles depositando toda su atención sobre ella. ¿Por qué mamá compró esta casa poblada de fantasmas?, se preguntaba Miranda mientras continuaba acariciándose la oscura rosa de su entrepierna, aquella parte de sí misma que existía por sí misma, alimentándose por sí misma, absorta en su propia respiración líquida. ¿Por qué nos trasladamos a este caserón casi en ruinas, antes de que mamá y el joven director de la escuela donde había ido a trabajar, el primer amigo de mamá, en el pueblo, hicieran de ella un sitio habitable, más que habitable? La verdad es que en un plazo de tiempo milagrosamente breve habían logrado convertir aquel sitio desesperanzador en un jardín de juegos perfecto para todos, para Miranda y para su hermano... y para mamá también, suponía Miranda; y para el joven director, pues de forma tan frecuente los visitaba, casi siempre con regalos. Y para los fantasmas, seguro que en un jardín de juegos perfecto para ellos también.
Un día su madre, con un enorme manual de astronomía desplegado sobre su regazo, le explicó el porqué de su nombre: -Miranda es una de las trece lunas de las que dispone Júpiter. Pero no una más: su superficie es la más extraña, y con diferencia, de entre las de todos los objetos celestes del sistema solar. La más irregular y la más fascinante, en la que junto a cimas que dejan ridículamente pequeñas a nuestras más orgullosas cordilleras terrestres, se suceden simas y abismos por los que tardarías semanas en caer hasta el fondo.
Miranda miraba fascinada a mamá, aunque quizás sólo podía ver, en lugar de su rostro, aquella superficie fantástica y rabiosamente anaranjada de su satélite tocayo que su madre acababa de describirle con tanta exactitud científica y al mismo tiempo con esa fascinante capacidad de traslación hacia los lugares más insospechados, paradisíacos, imposibles, que sólo tienen los sueños. Miranda abría aún más sus pequeñas piernas, por no defraudar a su reflejo o quedar en inferioridad de arrojo frente a él, y lo que en el cristal no podía apreciarse demasiado, la mezcolanza de aguas que se daban cita reaccionando entre sus piernas, ella lo sentía fluyente y caluroso entre sus dedos. Tan caliente, entre sus dedos, y al mismo tiempo fresco, como lo son todos los descubrimientos recientes. Miranda empezaba a disfrutar de los chispazos como nunca había disfrutado nada antes: sus muñecas, sus juegos, sus libros y maquetas de astronomía, y la mañana soplaba sus cabellos porque entraba intrusa, sibilante por las ventanas, y jugaba con ellos como una madre podría demostrar de esta forma su amor hacia su niña, su niña preferida, la elegida para siempre, la predilecta por la eternidad.
-Vamos, Miranda, cómete la cereza.
La Miranda en el espejo intentaba unas risas obscenas, la Miranda en el sofá las apreciaba así y continuaba estimulando su corriente interna de agua y chispazos. La primera vez que vio a mamá llorando. ¿Cuándo? Desde que tenía uso de razón mamá lloraba siempre. Siempre a solas, pero Miranda la sorprendía a menudo. La espiaba en silencio, mientras lloraba. Quizás echaba de menos a papá, ella sabía que existió un papá una vez. Ella no podía echarlo de menos, como hacía su madre, porque ella nunca lo conoció. Su hermano sí afirmaba echarlo de menos, aunque él tampoco, desde luego, llegó a conocerlo. Tú no echas de menos a papá, le decía Miranda, sino a un fantasma. Un fantasma. Uno más de todos los fantasmas que pueblan en silencio, invisibles, espiándolas, nuestras extrañas vidas. Pero su hermano torcía la cabeza, tozudo, y mostraba su incomprensión, no entendía las palabras, las explícitas, claras, estaba clarísimo, explicaciones de ella. A veces la sacaba de quicio, por su tozudez. Era como todos los chicos de la escuela: un hatajo de simios. ¿Por qué eran tan tercos, tan cortos, los chicos?, se preguntaba Miranda. Claro que el joven director de la escuela era otra cosa, él no era como los otros chicos; Miranda entendía que hiciera feliz a mamá. La primera vez que vio a mamá debajo de él, ¿cuándo? Ah, eso sí que lo recuerda. Se dio media vuelta, sin hacer el más mínimo ruido se fue a por su hermano, a despertarlo, y lo arrastró hasta la alcoba de mamá. Qué hacen, hermano, qué hacen, le susurró.
-Tonta, están follando.
Mamá gemía, con las piernas abiertas, arañándole la espalda, la barbilla extendida hacia el techo, y él hundía su tenso, hermoso culito, con una cadencia regular, entre las piernas de mamá. Su hermano quiso convencerla para que volviera a la cama, decía que no estaba bien espiar aquéllo, pero ella siguió mirando, muy seria. Él también siguió mirando, embobado. Luego sacó su cosa y empezó a meneársela. A ella le hizo mucha gracia, por el gesto de menearse la cosa y por la cara de idiota que ponía, así que se le escapó una risita; muy leve, pero no lo suficiente. Mamá y el director se detuvieron, como si se hubieran quedado congelados. Miranda y su hermano tuvieron tiempo de volver a su habitación sin hacer ruido, antes de que el director saliera a comprobar su presencia. Pero éste quedó defraudado; la verdad es que se habían vuelto unos maestros a la hora de no hacer ruido, en sus desplazamientos por la casa. Eran como fantasmas, sí. Dos fantasmas más en una casa de fantasmas, le explicaba Miranda a su hermano ante el aburrimiento de éste, demasiado grande ya, demasiado realista, "qué dices, qué tontería, qué dices: no te entiendo", demasiado terco, tozudo, como para creer en fantasmas, en las cosas de Miranda, vaya cosas, sí.
-Cómete esa cereza, Miranda -decía alguien, y Miranda volvía a pasar revista a todas las otras veces que había pillado a mamá y al director uno encima del otro, haciendo eso que..., ¿cómo lo llamaba su hermano? Follar, sí. O arrodillados el uno frente al otro, se ve que en esto se turnaban, no era lo mismo exactamente que follar pero algo tendría que ver, suponía Miranda, pues el efecto era muy similar. El director hacía muy feliz a su mamá, eso estaba claro, pero también es verdad que mamá todavía, a veces, seguía llorando.
Qué tristeza tan inmensa la de mamá, como un océano que un triste nadador como el director, por muy expertas que fuesen sus brazadas, iba a ser incapaz de remontar del todo nunca. Pero también qué hermosa, su tristeza. Miranda sentía esa tristeza, ahora, de recordarla, anudada en el fondo de su sexo, inmensa, hermosa.
-Cómete la cereza, Miranda -le repetían, ¿pero qué cereza había de comerse o cuándo acabaría el examen? ¿Quién, aparte de la Miranda en el espejo, había de juzgarla, y de qué se estaba o la estaban examinando?
-Uf -del armario salió su hermano, de improviso, con su verga absorta en una erección descomunal bajo el faldón de la camisa-. Me va a explotar la polla.
-Cómete la cereza, Miranda -repitió Miranda, pero la otra, desde el cristal, en el espejo. La brisa que mecía los cabellos de la Miranda del sofá fue a acariciar también la verga de su hermano. Su hermano, de nuevo, dijo "uf", y un marco de semen purísimo emergió del pequeño orificio y fue propulsado poderosísimo hacia el cristal del espejo. La Miranda en el espejo ensayó una sonrisa blanca, a la Miranda en el sofá le gustaba ver el semen derramado sobre la boca de su exacto reflejo. Las aguas seguían su curso, allá abajo, y Miranda sacó la lengua de entre sus dientes como si pudiera contenerlas tan desde arriba con este dique de carne. Un segundo arco de semilla manchó ahora el dique, y los dos o tres siguientes, ya más pequeños y que marcaron el final de la actividad del surtidor, fue recogido amorosamente por la brisa madre, en su mano abierta en forma de cuenco bajo la punta de la verga del muchacho. Miranda sonreía por responder a su reflejo, pero le intimidaba la presencia de aquello entre sus dientes, entre sus labios.
Su hermano corrió hacia las escaleras, su cabeza descendente desapareció en seguida entre los barrotes de la balaustrada y el piso de la estancia. Volví a esa inmensa casa, hogar recién creado para todos ellos, a la zona donde quizás los fantasmas eran menos evidentes, pero que seguía siendo, como allá arriba, un inmenso jardín de juegos para la eternidad. Miranda sabía el lugar eterno. Ella misma se sabía eterna, en ese momento en que las llamas de su sexo iban en crescendo pero al mismo tiempo parecían detenerse; en tal punto álgido, como si siempre hubieran estado así, desde tiempo inmemorial. Álgidas, magníficas, eternas. La Miranda en el espejo volvió a concentrar su mirada en la Miranda del sofá, expectante, examinadora, invitatoria.
Miranda siguió provocando las corrientes y las llamas hasta que las cortinas de la buhardilla quedaron suspendidas sobre las ventanas como espíritus occidentales porque la brisa quedó quieta, en su susurro, que quedó mudo, extático, como una bailarina suspendida de repente en el aire, paralizada. Era, sin duda, un mundo en parálisis, el de todos ellos. Era la quietud que debían conseguir, para que mamá dejara de llorar, para que su hermano siguiera meneándosela por siempre, para que el joven director de la escuela siguiera siendo el portador furtivo de la felicidad momentánea de mamá. Para que los fantasmas los siguieran, espiaran a todos ellos para siempre, para que Miranda ardiera en las llamas recién descubiertas de aquel juego también por siempre, sin crecer nunca, ante su curiosa hermana gemela del espejo, sin crecer nunca las dos, juguetonas, hambrientas, creadoras de fantasmas y por lo tanto diosas, diosas en jardines creados para ellas por ellas mismas. He ahí el secreto de todas sus vidas, los jardines conjurados, el no crecer nunca, las llamas álgidas para siempre, escoplos para quien quisiera servirse de aquella felicidad cerrada y perfecta como en las casas de muñecas o en los cuentos de hadas. El tiempo dejó de correr y todo acabó de cerrarse, y volverse al fin perfecto, inamovible, eterno, mientras Miranda, victoriosa frente al espejo, diosa de las cerezas y de los jardines de juegos eternos, motor de los flujos que destruyen y crean los mundos, los mundos como aquel, cerrados, eternos, perfectos, pero con las simas más profundas e irregulares, también, y sorprendentes, maravillosas, de todo el sistema solar, mientras Miranda, al fin, al fin llegaba, llegaba el momento, ya llegaba, llegaba. Se corría.