BREVE HISTORIA COMPARADA DE LA CONSPIRACIÓN
por David López Sandoval
El miércoles de ceniza de 1016, llegó a Le Puy un monje llamado Eric de Xanten, que, tras granjearse la amistad del obispo, pudo predicar los sermones cuaresmales en la ciudad. Sin embargo, cuando el obispo emprendió viaje a Roma, Eric no tardó en poner en marcha el verdadero cometido que lo había llevado hasta allí y comenzó a predicar en contra del clero local. El pueblo, harto de sus correrías, en seguida prestó oídos a las arengas del monje y se dispuso a actuar en consecuencia apaleando a los sacerdotes y arrojándolos al fango de los charcos. Años más tarde, las crónicas aún se hacían eco de las últimas palabras de Eric de Xanten, antes de morir ajusticiado: «El Anticristo vive del engaño, al igual que vosotros, que os hacéis llamar Padres de la Iglesia. Os interesa alzar atalayas para ocultar tras ellas el verdadero mensaje que Nuestro Señor Jesucristo dejó a sus hijos antes de morir en la cruz. Sois las tres negaciones de Pedro, el cual, a diferencia de vosotros, acabó sus días como pescador».
Eric de Xanten, predicador de la pobreza, la austeridad sexual y principal defensor, por aquel tiempo, de la administración del bautismo sólo como signo externo de la fe, fue un disidente más dentro del clero y consiguió rodearse de una gran cantidad de prosélitos que, tras su muerte, continuaron con la misma labor apostólica. Sin embargo son dos cuestiones las que más nos interesan de este episodio: la primera es la fecha en que se sitúa, 1016, es decir, en pleno cambio de milenio; la segunda, el significado de sus últimas palabras, y más que su significado, la trascendencia que adquieren como ejemplo de lo que se ha venido denominando la psicosis del milenio.
Hay varias causas. Una causa histórica sería la reforma llevada a cabo por Gregorio VII en el ámbito de la Iglesia; reforma que luego se volvería en su contra debido a que muchos de quienes le apoyaron fueron esos mismos monjes sediciosos. También hay que señalar la antiquísima tradición mesiánica que ya en los primeros libros de la Biblia viene reflejada, así como el impresionante eco que obtuvo el Apocalipsis de San Juan. El cambio de milenio suponía, según algunos exégetas de la época, el fin del mundo y la llegada del Mesías que impondría su justicia eterna.
Ahora bien, se percibe de lo dicho por Eric de Xanten el día de su muerte, algo que nos hace dudar de que esta creencia apocalíptica resultase tan generalizada. Si observamos, cuando acusa a la Iglesia institucional de construir atalayas para ocultar el verdadero mensaje, żacaso no está haciendo referencia al tan temido Juicio Final? Y si así fuera, żno podríamos ir más allá en la interpretación y entrever que lo que realmente quiere decir es que ha sido la Iglesia la que ha promovido tal psicosis milenarista? żNo estaríamos, en definitiva, ante la primera manipulación mediática conocida de la historia de occidente?
Siglos más tarde, Eric de Xanten vuelve a aparecer en escena, pero esta vez encarnado en un personaje literario: Segismundo. Acabamos de situarnos en otra época de crisis. Es el comienzo de la lenta agonía del imperio español, esto es, el vislumbramiento de un Juicio Final a pequeña escala. El síntoma más importante: la Contrarreforma -de nuevo la Iglesia- y el Barroco español.
No obstante, esta vez la crisis se traslada al microcosmos que representa el ser humano, y la conspiración se convierte en laberinto de tintes metafísicos. Segismundo, en la Segunda Jornada de La Vida es sueño, es llevado, adormecido por una pócima, a los aposentos del rey Basilio. Allí despertará del sueño como príncipe, sin saber que todo ha sido planeado por su padre. La libertad de la que cree gozar no es tal, por lo que tampoco será completamente cierta su condición de hombre. Su lucha será a partir de entonces la lucha por encontrar la identidad humana perdida, para lo que deberá descubrir la verdad dentro del brumoso territorio del sueño. Sueño y realidad surgen, pues, como la clave para desenmascarar una trama conspirativa que, en el caso de Segismundo, entronca con el proceso iniciático puesto en marcha con el fin de alcanzar la perfección. Al igual que Eric de Xanten adivina esa confabulación general que trata de ocultar al ser humano la auténtica realidad que subyace por medio de otra realidad casi idéntica.
Además, hay que deducir de la utilización del símbolo del laberinto, que si éste resulta ser la constatación de dicho camino iniciático, y por ende nos conduce hasta su centro, hasta la verdad, la revelación final, el desenmascaramiento, la anagnórisis, también el mundo presupone una solución similar, puesto que, desde la noche de los tiempos, dicho símbolo ha venido sirviendo para explicar la realidad en la que se integra el hombre.
Kafka así parece entenderlo, pero van a ser los escritores de novela negra quienes más explicitamente lo reflejen. La labor del detective privado -surgido también en otro Apocalipsis, en este caso el Crack del 29- no es otra que la de desbaratar conspiraciones. La trama policíaca es el mejor método posible, el que más fielmente reproduce los callejones de ese inmenso laberinto. Ello sienta las bases para lo que ocurre en nuestros días.
Porque Eric de Xanten ha vuelto a surgir también hoy, con multitud de rostros y de nombres reconocidos por el gran público. Desde Winston Smith -1984- pasando por José Arcadio Buendía -Cien años de soledad-, Belbo -El péndulo de Foucault-, Jim Nasche -La música del azar-, hasta Julio Orgaz -El desorden de tu nombre-, el hombre, o el héroe en este caso, está llamado a desenmascarar una conspiración de la que él mismo es una pieza más.
El último ejemplo lo hemos visto surgir de la televisión. Fox Mulder y Dana Scully, ambos protagonistas de la famosa serie Expediente X, son dos agentes del FBI llamados a resolver una serie de casos que siempre rayan lo sobrenatural. Si bien básicamente cada episodio es un nuevo enigma a desentrañar, existe una trama subterránea que une las diversas entregas. Al espectador se le van dando, semana tras semana, pistas que conducen, cómo no, a un final sorprendente y revelador: la mayoría de los casos a los que se enfrenta la pareja de investigadores poseen, como hilo argumental común, una supuesta conspiración llevada a cabo por el gobierno de los EEUU con el único fin de ocultar al pueblo su relación con civilizaciones alienígenas. Como observamos, se trata de simple ciencia ficción, sin embargo la novedad proviene de esa lógica interna. Todo, por lejano y peregrino que sea, tiene un sentido que remite a una única cosa. Es el neoplatonismo borgiano de la trama celeste, pero también la vuelta de tuerca que le faltaba a esta breve visión diacrónica de las conspiraciones, ya que nos hallamos frente a la conspiración de la conspiración y, por qué no, al absoluto desgaste de dicho concepto.

Admitamos que Platón ha estado presente durante todo ese tiempo. Eric de Xanten había leído sus obras, Calderón también, y Kafka, y muy posiblemente Dashiell Hammet, al igual que los guionistas de Expediente X -sin duda, podemos descubrir un nada despreciable bagaje cultural en algunos de sus guiones-. Y es que la conspiración no es otra cosa que la ficcionalización de la teoría platónica. Y porque el desenmascaramiento de los culpables nos revela la presencia de otra realidad más verdadera, debemos suponer un sustrato idéntico a esa teoría platónica de que el mundo sensible resulta ser un reflejo imperfecto del mundo superior de las ideas. Así pues, por medio de la razón, el héroe es capaz de alcanzar dicha verdad, de igual forma que aquel condenado de la caverna que sale al exterior y descubre la auténtica luz del sol.
Seguramente la historia de la conspiración no cabe aquí. Como Eric de Xanten, nos hallamos en pleno cambio de milenio, si bien nuestra psicosis se refleja con otros síntomas diferentes. Por mucho que hayamos avanzado, aún mantenemos en nuestro ánimo esa extravagante corazonada de que somos los títeres de alguien superior que se oculta porque no quiere ser visto. Quizá la única explicación válida sea la que dio hace tiempo Borges al proponer la Historia Universal como la historia de unas cuantas metáforas.
Yo, desde la humildad de estas líneas, corregiría al ciego rioplatense y me atrevería a decir que la Historia no es más que una nota a pie de página de las obras de Platón.