CRISTINA MORANO

Cristina Morano

Haciendo alarde de nuestro afán coloquial, en este número estrenamos espacio para las entrevistas. Y hemos elegido para olfatear en esta ocasión a una poetisa madrileña afincada en Murcia desde hace muchos años. Hablamos de Cristina Morano. Ella solita, Dama entre tantos Vagabundos cohabitantes de la revista, se ha llevado el pez al agua consiguiendo el valiosísimo Premio José Hierro hace unos meses.

     Mientras esperamos ansiosos la publicación de ese poemario premiado, que llevará por título La insolencia, conversamos con ella de su reciente obra El pan y la leche, y de otras cosas, las que ella nos deje.

 

EL COLOQUIO DE LOS PERROS: ¿Qué importancia le das a este premio que acabas de recibir, el "José Hierro"?

 

CRISTINA MORANO: Pues toda. Bueno, vamos a ver: para mí es el objetivo cumplido, lo más importante, es todo. A principios del año 2000 me propuse: este año o publico en una editorial nacional o en un premio nacional o dejo de escribir. Entonces, pues lo he conseguido y además es importantísimo, porque José Hierro está muy de moda, tiene bastante predicamento, es un premio nacional, soy la primera mujer que lo consigue... No sé, para mí es por ahora lo máximo que me ha pasado en la vida.

 

C.P.: Bueno, te vimos muy ilusionada cuando nos llamaste para decírnoslo. Tú has publicado dos libros gracias a los premios literarios. Con El pan y la leche recibiste el "Emma Egea" en Cartagena. ¿Crees que la única vía para publicar y darse a conocer de los jóvenes poetas es ésta, la de los premios?

 

C.M.: No, yo creo que... No lo sé, ¿sabes?.

 

C.P.: ¿Hay que ser hijo de pintor famoso para...?

 

C.M.: No, no. No lo sé. Yo creo que lo mejor sería irte a las editoriales, y tal, ¿no?. Lo que pasa es que yo creo que entre mandar un libro a una editorial y mandarlo a un premio... Quizás a los premios mandan menos libros. Las editoriales incluso tienen que estar más colapsadas.

 

C.P. ¿Incluso? Todavía más y más.

 

C.M.: Sí, estoy segura. Pero vamos, lo ideal sería decir: oye, yo quiero escribir, tengo este talento. Se trataría de coger una serie de poemas tuyos, un currículum y mandárselo a un agente literario. Lo que pasa es que yo no conozco a ninguno.

 

C.P.: Claro. Además, Carmen Barcells ya se retira, se está jubilando (Risas). Bueno, ¿y cómo es tu relación con las revistas y los fanzines?

 

C.M.: Muy buena. Yo cuando empecé, cuando estaba en el instituto, hacía fanzines. Que eran un poco de todo: mezclábamos viñetas, literatura, dibujos guarros, tonterías, comentarios políticos... Por ejemplo: ¿cómo volcar un autobús de turistas franceses? (Risas). Y así publicamos tres o cuatro: "Enjoy", "Slurp", "El Gato Negro", "El Comecómics" en Águilas. Luego aquí en Murcia he seguido publicando, como en "Thader", o participando, aunque sólo sea como colaboradora. Y vamos, a mí me gusta mucho. No sé, de las publicaciones que conozco, el fanzine es un medio muy íntimo, muy bonito, muy fácil de circular.

 

C.P.: Sí, nosotros estamos de acuerdo con éso. Bueno, y ya que has hablado de "Thader": ¿qué hay de la etapa de la revista en la que fuiste un poco el alma "Thader"?, ¿qué queda de aquella Cristina entusiasta y rupturista?

 

C.M.: Pues, hombre, yo creo que queda... Creo que sigo siendo la misma. Un poco amargada, porque los compañeros que estaban en "Thader" eran mi grupo de amigos. Este grupo, al deshacerse un poco por circunstancias de trabajo y tal, pues yo me quedé un poco sola. Y bueno, me he vuelto una mujer un poco solitaria, ¿no?. Casi nunca salgo. He dejado de beber, por ejemplo. Entonces, bueno, en esas cosas he cambiado, pero el resto... También en las declaraciones públicas me he vuelto más comedida, que luego la gente dice muchas cosas. (Risas)

 

C.P.: ¿Sigues pensando que todavía no has alcanzado tu voz propia?

 

C.M.: ¡Uf!. Bueno, eso también depende mucho del día. Porque a mí me gusta mucho escribir, y en el momento en que estoy escribiendo, me gusta mucho como escribo. Pero luego... Luego ves que te falta mucha base lingüística. Porque luego lo comparas con gente y dices: éste escribe muy bien, y éste también...

 

C.P. Lo malo de esto es la relectura que uno hace de sí mismo, ¿no?

 

C.M.: ¡Claro! Luego dices: pues entonces, qué es lo que hago yo, ¿no?. Porque esto no es así.

 

C.P.: Bueno, y, como al principio, ¿sigues hablando del amor y de la búsqueda?

 

C.M.: Sí, sobre todo de la búsqueda.

 

C.P.: ¿Qué buscas ahora que no buscabas antes?, ¿o es la misma búsqueda?

 

C.M.: No lo sé. No tengo ni idea, no tengo ni idea. Eso sí que no te lo puedo decir, porque... El otro día estaba escribiendo precisamente en mi diario y pues eso, exponía una serie de cosas, y tal. Y entonces me decía yo misma: hay que buscarlo, hay que luchar por lo que uno quiere en esta vida. Y luego me decía: ¡¿Y qué es lo que yo quiero en esta vida?!... Y es una pregunta que nunca he podido responder. No lo sé. Ahora mismo me dices: ¿qué quieres?, ¿tener un hijo o escribir un libro?. No lo sé. ¿Qué quieres?, ¿irte a Madrid o quedarte aquí en Murcia?. No lo sé. ¿Qué quieres?, ¿teñirte el pelo de rubio de rojo?. No lo sé. O sea: ¿qué quieres?. No lo sé.

 

C.P.: Pero quizá es un poco el atractivo que tiene la búsqueda. Es decir, la búsqueda incondicional. También porque la búsqueda es... Si encuentras lo que vas buscando, o te propones nuevas metas o te quedas ahí estancado, y eso nunca es bueno.

 

C.M.: Ya... No lo sé, no lo sé.

 

C.P. ¿Estás todavía aprendiendo de la poesía?

 

C.M.: Sí, eso espero, porque me queda mucho por aprender. No sé, es que con aprender me refiero a seguir leyendo cosas y seguir corrigiendo poemas propios. En el fondo, aunque siempre digas que estás buscando y tal, en el fondo, lo que esperas, y en la vida también, es llegar a algún sitio, a poder relajarte un poco. El otro día, el sábado, fui a casa de Lola López Mondéjar, que celebraba su cumpleaños, su 43 cumpleaños, y está estupenda, espléndida, y me dijo que ella se sentía muy bien, muy relajada, y que las cosas superficiales y que le ocasionaban estrés en su vida, durante toda su vida, habían desaparecido. Y bueno, no sé bien a qué se refiere, pero intuyo que se refería a llegar a ese estado en el que una está tranquila, no tiene esa comezón de no poder vivir. Por lo tanto, en relación con los demás también eres tranquilo, también eres un punto de apoyo, estás bien... Ella estaba estupenda, desde luego.

 

C.P.: Vamos a meternos un poco más en lo que es tu poesía. Nos llama la atención que en tus poemas haya citas de Manu Chao, Sopa de Cabra, referencia a The Clash... ¿Qué importancia tiene para ti la música actual a la hora de escribir y de inspirarte?

 

C.M.: Hum... Importancia en dos sentidos. Primero, porque ahí encuentro muchas frases que me sirven de citas. Me sirven no solamente como autoridad para refrendar un poema, sino también para conectar con una serie de gente que me gusta, ¿no?, como es, por ejemplo, todos los chicos de quince años. Que para mí es el lector ideal. Yo sigo fielmente, al pie de la letra, la canción esa que dice: "Para ti, que sólo tienes quince años cumplidos", de La Mode. Entonces, ése es mi público ideal, con el que quiero conectar y el que quiero que me lea. Y luego también me sirve porque, para mí, el ritmo que busco en mis poemas no es el ritmo italiano ni el ritmo de la ópera, sino que es el ritmo del hip-hop. Entonces, eso es lo que espero, normalmente estoy pensando en alguna canción antes de ponerme a escribir para encontrar ese ritmo... Un poco roto, un poco machacón.

 

C.P. Hay mucha diferencia, por ejemplo, entre el ritmo de Manu Chao y el ritmo de The Clash. Entre el ‘Jimmy Jazz’ de The Clash y el ‘Clandestino’ de Manu Chao.

 

C.M.: Efectivamente. El de The Clash es un poco más acelerado. El poema de ‘1994’, que yo escribí pensando en la canción de ‘1977’ de The Clash, es con versos muy cortos, con palabrotas, con no sé qué, y tiene un ritmo muy tachan-tachan-tachan (onomatopeya de un ritmo acelerado de la poetisa Cristina). Sin embargo, las canciones sobre París que tienen la cita de Manu Chao, pues son más lentas.

 

C.P.: Y eso, esas citas, se mezclan con referencias a Céline, Nabokov, Baudelaire, Virgilio. ¿Crees que los poetas de finales del siglo XX hemos tenido la suerte de poder hacer esas combinaciones que son perfectamente válidas y, a la vez, tan odiadas por los puristas del metro y la rima?

 

C.M.: Sí, claro. Eso es bueno. No creo que sea malo.

 

C.P.: ¿Pero no lo ves como una especie de ventaja con la que podemos jugar?, ¿o lo ves como algo natural?

 

C.M.: No lo sé. Ahí es que no te puedo contestar. ¿Por qué antiguamente, cuando un poeta quería poner una autoridad, citaba a otro poeta?. No lo sé. Entonces, en todo caso, a lo mejor tendría que estudiar algo de Historia, y luego te lo podría contestar. No lo sé. A lo mejor no es así. A lo mejor es una idea que nosotros tenemos. Y hay citas de todo tipo.

 

C. P.: Tus poemas son incisivos, directos. No te preocupa poner los puntos sobre las íes. Cuando escribes, ¿eres consciente de que estás provocando, que buscas quizá la reacción abrupta de tu lector?

 

C.M.: Sí, en la misma medida que todo el mundo. O sea, en la misma medida que Francisca Galindo, la chica esta que hace happenings, pues se hace una incisión y se cose la cicatriz en público; o proyecta una diapositiva y se ata a esa diapositiva, que es de tortura, de cicatrices... O estos performances que se ponen un casco y se dedican a darse contra la pared hasta que se desmayan. O en el mismo sentido en el que Tapiès recoge polvo del suelo, o recoge material de deshecho, y los pone en su obra. Es decir, yo creo que a finales del siglo XX el arte se decanta por utilizar una serie de materiales que antes no estaban considerados como materiales artísticos: desde el polvo o la basura, hasta el dolor. O hasta la representación en vivo de una mutilación. Pues, éso. Yo creo que en poesía pasa igual: recoges construcciones de la calle o recoges palabras que son como el polvo, los cascotes. Es el caso de los tacos o de las malas expresiones. Estamos hablando de un autorretrato constante. Si., además, con eso logras provocar a las capas conservadoras de la sociedad y que se indignen, pues maravilloso.

 

C.P.: Mejor que mejor, ¿no? (Asiente Morano). Bien, ¿y piensas, como Jose Mª Álvarez, que la poesía no tiene sexo?

 

C.M.: Hombre... Vamos a ver:

 

C.P.: No queremos que pienses como Jose Mª Álvarez (Risas). Tampoco te obligamos a ello.

 

C.M.: Que la poesía no tiene sexo... Hombre, yo supongo que lo diría con alguna de esas polémicas que le habrán preguntado, sobre la poesía femenina... No sé. Hay veces que te apetece escribir con una voz neutra, y otras veces te apetece escribir con una voz muy feminista. Como diría Genet: «poniendo el coño encima de la mesa». No sé. Yo tengo poemas como muy neutros, según dice la gente. Y luego, en cambio, el poema central de La insolencia es la descripción de un juicio por violación. Yo creo que ese poema está escrito desde la óptica de la vagina, obviamente. Es una crítica muy visceral al sistema judicial, que, yo creo, sólo puede ver una mujer, una víctima en este caso. Y, además, conscientemente. Pero no es un lenguaje femenino, ¿sabes?, aunque el punto de vista sí lo es.

 

C.P.: Vamos, que tu poesía, a veces, como tú dices, tiene una voz neutra; otras veces tiene una voz mucho más marcadamente femenina, pero que sigue siendo universal.

 

C.M.: Más que femenina, feminista. O sea, cuando hablo de mi voz feminista me refiero a Adrienne Rich, a Sylvia Plath, a mujeres que cogieron el lenguaje y lo revistieron de una violencia y una fisonomía. Cuando Sylvia Plath habla de sus partos, es un lenguaje que sólo lo puede haber escrito una mujer, pero que no es femenino. Todo lo contrario. Todo lo contrario de lo que entendemos por femenino. Un día lo estaba comentando yo con un amigo: ¿por qué entendemos que sentarse con las piernas cruzadas es femenino?, ¿por qué?. Teniendo en cuenta la estructura de la piel que recubre los genitales femeninos, lo más femenino sería sentarse de golpe y despatarrarse. Los hombres sí que deberían sentarse con las piernas cruzadas. Entonces, hablando desde un punto de vista femenino, biológicamente, despatarrarse sería lo más femenino. Sin embargo, eso no es femenino. Lo femenino es cruzar las piernas. A ese sentido del concepto femenino es a lo que yo me refiero. Cuando yo me refiero a un lenguaje femenino, me refiero a despatarrarse.

 

C.P.: Si te vieras en alguna antología adscrita al movimiento de la poesía de la experiencia, ¿qué pensarías del seleccionador?

 

C.M.: Me parecería muy bien.

 

C.P.: A pesar de los tintes que está cogiendo ya esa nomenclatura de poesía de la experiencia.

 

C.M.: Pero, si es que todos somos petardos. Dentro del panorama literario se forman mafias. Pero es que en París sucede lo mismo. Y en Nueva York sucede lo mismo. Y una persona, como decía Jim Jarmusch, es como una habitación. Tú entras a una habitación y te encanta, porque descubres un televisor, una lámpara, unas cortinas, un no sé qué. Y luego ya, cuando llevas tres años en la misma habitación, dices: pues estoy hasta el coño de las cortinas. Pues igual: los círculos literarios es igual. ¿Poesía de la experiencia?: pues sí, está bien. Hay grandes cosas. A mí me gusta mucho Luis Gª Montero. Me gusta muchísimo. La gente que viene aquí al "Ardentissima"... ¡Joder, yo la leo! Pero, ¿qué pasa?. Poesía del silencio: Valente. A mí Valente me chifla, y Ada Salas me gusta... Hombre, tienen cosas mejores o peores... Los feroces: Isla Correyero y compañía, ¡joder, es que son buenísimos!. O sea, ¿qué me ponen ahí?: ¡fantástico!, pero que no intenten ponerme en contra de otros. Estaré en contra de los que son malos. Y, aun así, aunque sean malos, si los veo en un bar me tomaré una copa con ellos.

 

C.P.: ¿Y crees que queda algo de ‘Las diosas blancas’?

 

C.M.: Hum... (Duda y piensa). Muy buena pregunta. No lo sé. Es que las mujeres tenemos la puta costumbre de no ser regulares en la profesión. Entonces, hay pocas profesionales por ahí que escriban constantemente. En Madrid vi a Luisa Castro y me contó que había dejado la poesía, que estaba escribiendo una novela. ¡Ay, no, tía, por lo menos no te lo dejes!. ¡Aunque estés unos años sin escribir, no te lo dejes!. Dijo: no sé, bueno -ella, como es gallega (y aquí imita Morano el acento gallego)- yo, de vez en cuando, escribo algun poema... Pero no -dice- regularmente. ¡Pero bueno!. La convencí para que no lo dejara. Isla Correyero, por ejemplo, hace dos años que no sé nada de ella. Concha García sé que está escribiendo artículos, pero después de Llaves no ha sacado ningún otro libro.

 

C.P.: Pero de Llaves sólo hace dos años o así.

 

C.M.: ¡Eso!

 

C.P.: Pero dos años no es mucho tiempo en poesía. Aunque a nosotros nos gustara que sacaran libros cada mes. Bueno, y ya que has nombrado a unas cuantas, ¿qué poetisas incluyes en tu antología personal además de Aurora Luque y Ana Rosetti, a las que citas en tus poemas.

 

C.M.: Sí. Aurora Luque me gusta mucho. Tiene una limpieza... Y, vamos a ver: te he dicho Adrienne Rich, Sylvia Plath, Ana Ajmátova, Safo, por supuesto. ¡Ay!, hay una mujer del siglo XIII, castellana, que me gusta mucho, pero no me acuerdo de su nombre... Ah, y la de La mujer de barro, ¿cómo se llama?. ¡Hostias, no me acuerdo! Es una de mis poetisas favoritas españolas y no me acuerdo nunca de cómo se llama. Bueno, una señora de la Generación del 50.

 

C.P.: ¿No es Mª Victoria Atencia?.

 

C.M.: No,... ah, ya me acuerdo. Es Ángela Figuera Aymerich.

 

C.P.: ¿Crees que hay una mitificación exagerada sobre la poesía joven actual en España? Al estilo de la novela, o de lo que se pretendía hacer con la novela, ahora parece que está pasando un poco en la poesía. Con cosas tan dispares como Gª Casado o Antonio Lucas.

 

C.M.: Sí, sí, sí. Ahora ser joven es un grado, ¿sabes?. Es mucho más fácil publicar un primer libro que cualquier otra cosa que escribas ahora. No sé. Es que todos los jóvenes le dan tanta importancia, ¿sabes?. Me parece bien que se publique. El otro día me preguntaban: ¿pero te parece bien que se publique tanto?. Sí, claro que sí. ¿Y no habría que decir...?. No, ¿por qué?. Hay miles de marcas de exportadores de limones, y no hay por qué cortarlas. Nadie sugiere que haya menos exportadores de limones en Murcia. Todo el mundo sugiere que haya menos escritores. Es curiosísimo, ¿no? (Risas). Cuando, en realidad, lo que falta es agua. No papel... Me da igual. Me parece que está sobrevalorado todo lo que es joven, incluyendo cine para jóvenes. Eso está claro.

 

C.P.: Quizá los medios de comunicación de masas quieren mitificar también al escritor como a una estrella del rock, o del cine. Por lo menos creemos que se intentó un poco.

 

C.M.: Creo que se intentó con Ray Loriga, a lo mejor.

 

C.P.: Aquí en España. Y en EEUU con Easton Ellis, el autor de American Psycho, y con los jóvenes italianos llamados Caníbales de la literatura... Se habló, en general, de la Generación X. Una especie de mitificación.

 

C.M.: Ojalá. Yo siempre deseé ser una estrella del rock and roll. Ojalá. Bueno, ojalá todos acabáramos como Bukowski, ¿no?. Viejo a los 60 y recibiendo cartas de niñas de 13 y de 15 años. Yo espero acabar así. Espero acabar, cuando sea vieja, viendo que me llegan cartas de niños y niños de todas partes del mundo diciendo que quieren conocerme, que quieren follar conmigo. Y espero ser una estrella del rock and roll. Lo que no me gusta nada es el término contrario. Lo que no me gusta nada es que le den premios y publiquen libros a gente cuyo único mérito es ser adjunto de tal profesor o ser doctor. O ser novelista. O ser hijo de no sé quién.

 

C.P.: En algún momento tú has dicho que escribes para ser millonaria. Ahora que ya lo eres, ¿vas a dejar de escribir?

 

C.M.: (Se ríe). No, he tenido que seguir escribiendo. Porque este millón me lo voy a gastar en Sarajevo y en Mali. Así que ya no soy millonaria.

 

C.P.: Es una suerte para los que estamos aquí. Y... ¿Sigues sintiendo ‘Vergüenza’ porque «el número de hijos de puta / aumenta cada día», como dices en un magnífico poema tuyo de tu primer libro, Las rutas del nómada?

 

C.M.: Sí, yo cada vez me siento más tonta. Más tonta. En serio, ¿eh?. Cada día me siento más indocumentada, más tonta, más...

 

C.P.: Y se te caen más platos.

 

C.M.: Sí, y cada vez rompo más platos. Eso es una cosa increíble. Hasta tal punto que últimamente yo reconozco que cuando hay ciertas personas en una conversación, me callo. Porque me siento absolutamente imbécil. Pero imbécil, imbécil. A veces pienso si mi coeficiente intelectual está por debajo de 85, porque soy idiota.

 

C.P.: Tus poemas se pueden definir, cada vez más, creemos desde EL COLOQUIO DE LOS PERROS, con tus propios versos: «Apretar los dientes, no olvidar. / No decir nunca la verdad. / No confiar. No future.». ¿Sientes la necesidad de escribir en ocasiones para hacer un pequeño ajuste de cuentas contra la mierda que nos rodea?

 

C.M.: Sí. Sí. De hecho, a mí me mueve a la hora de escribir. Cuando empecé, es muy curioso, me movía el amor, el desengaño, el no sé qué. Mis comienzos fueron muy típicos. Pero ahora me mueve la rabia. La rabia, el enfado me mueve a escribir como no te puedes imaginar. Igual que un perro que lo azuzas. Pues a mí me azuza la rabia.

 

C.P.: De hecho, tu último libro se llamará La insolencia.

 

C.M.: Sin embargo, La insolencia es un libro que me gusta mucho, que lo considero el mejor de los míos, porque es un libro que dentro arrastra una evolución. Es un libro que empieza desde la rabia, clarísimamente. De hecho, el libro se iba a llamar La insolencia del chacal, porque hay un personaje por ahí que es un chacal. No ya un perro, sino un chacal, que, bueno, aparece en varios versos. Y este libro evoluciona hasta uno de los poemas, en una especie de aceptación. Y de ahí la insolencia, la aceptación de la pobreza y de sus propias carencias. Entonces, el libro termina en un poema que se llama ‘Las señales de la devastación’, que es la asunción de esa devastación, de ese personaje devastado. Eso, a mí, me pareció muy insolente, porque, normalmente, alcanzas la felicidad o la paz interior, como muy bien decía Lola (López Mondéjar), cuando tienes cubierta una serie de búsquedas. Entonces, alcanzar la paz en medio de la búsqueda y en medio de esa desazón, convertir la desazón en tu bandera, en tu manera de ser a mí me parece muy insolente. Por eso el libro se titula así.

 

C.P.: Sin embargo, en ese mismo poema, hay un verso que da título al libro y a la sección del mismo, El pan y la leche: «pero otras veces desearía / estar más blandamente viva, / estar hecha de pan y de leche». ¿Qué es lo que te lo impide?

 

C.M.: Pues supongo que la trayectoria vital de uno, que es lo que va haciendo de ti lo que eres. Así, llega un momento en el que no se puede echar atrás. Tu carácter está formado y aunque quieras echar para atrás es muy difícil, es prácticamente imposible. Porque son hábitos que los llevas dentro. Entonces, por ejemplo, el hecho de ser insolente y contestar mal... Cuando surge cualquier cosa, que estás con un amigo, y en lugar de decirle: ‘bueno, no sé qué’, le dices: ‘¡Eres un hijo de puta!’. Pues ese amigo, lo más normal es que no te vuelva a dirigir la palabra en tu puta vida. Pero, claro, tú ya tienes eso tan interiorizado, el saltar con la rabia, que no lo puedes evitar. Entonces sí: hay veces que me gustaría ser una persona muy dulce, centrada y no tener problemas de convivencia.

 

C.P.: Nos gustaría que nos explicaras un poco esa evolución evidente que hay desde tu primerizo Las rutas del nómada a el libro que está a punto de ver la luz. Nosotros vemos una clara evolución.

 

C.M.: Sí, pero no es una evolución que haya que explicar. Yo creo que La insolencia es mejor que Las rutas del nómada, pero no hay un cambio. Yo no puedo decir: no, es que empecé escribiendo tal y ahora escribo cual. No. Yo empecé escribiendo crítica social, digamos... ¡Crítica social, no!. Sí, poemas un poco críticos, un poco amargos.

 

C.P.: Como ‘La nota’.

 

C.M.: Exactamente. Y eso es lo que sigo escribiendo. O sea, que hay una evolución a mejor, quizá.

 

C.P.: Una evolución tal vez de la persona.

 

C.M.: No. Del poeta. Del escritor. Hay una evolución del escritor probablemente a mejor. Y quizá, ya te digo, en este libro de la rabia pasas un poco a la aceptación. Pero ya está. No hay un cambio. Quién sabe si para el próximo libro haya que cambiar.

 

C.P.: ¿Alguna vez has pensado ‘pude vivir de otra manera’? ¿Has deseado ser la hija de la señora en vez de la hija de las criadas?

 

C.M.: Sí. Eh... Bueno, lo de cambiar la vida, sí. Hay un momento de mi vida que yo malogré por no querer ir a la universidad. Yo volvería atrás en el tiempo para poder ir a la universidad. Y cambiar mi vida. ¿Y la hija de la señora?. No, no. Quizá haber tenido unos padres y una herencia menos dura, pero bueno... Eso está bien. De lo que sí me arrepiento es de no poder haber ido a la universidad y de haber pasado una juventud haciendo lo que me dio la gana y follando y bebiendo; de la cual no tengo ningún recuerdo porque, evidentemente, siempre estaba borracha, y que no me sirvió para nada.

 

C.P.: ¿Qué imaginas que hubiera sido de ti si hubieras dejado de lado la escritura, si no estuvieras comiendo constantemente ese gusanillo que hay en la botella de mezcal?

 

C.M.: Pues en este momento no sería nadie. Creo que estaría muerta.

 

C.P.: ¿Qué recuerdos te quedan de tu ciudad, Madrid?. ¿Sigues yendo?. ¿Hay una conexión?

 

C.M.: Sí, es una de mis ciudades favoritas. Madrid es para mí una de las ciudades donde me gustaría vivir. Otra es París. Otra es Murcia, ¿por qué no?. Con un poco menos de estrés.

 

C.P.: ¡¿Con menos estrés en Murcia?!

 

C.M.: Sí, es que Murcia para mí es una ciudad bastante terminal. Es una ciudad que está llena de yonquis, de problemas, de estrés, de políticos cretinos, personas de una convivencia dificilísima. Además, es una ciudad en la cual los hombres todavía están a años luz del resto de España. El machismo es acojonante. La violencia es alucinante. Ver parejas de cualquier sexo pegándose hostias por la calle es la orden del día. Entonces es bastante fuerte.

 

C.P.: Y ya que estamos acabando, dinos dos o tres libros que tirarías a la hoguera.

 

C.M.: ¡¿Libros que tiraría a la hoguera?! Es que no sé, con algunos me lo he pasado tan bien... Yo creo que son fundamentalmente los libros que se hacen para hacer el paripé. Por ejemplo, yo trabajo en "Tropa", que es una agencia de publicidad que trabaja mucho para la Consejería de Cultura. Y hacen cosas como catálogos de arte. Y estos catálogos, en ocasiones, son libros que yo quemaría perfectamente. Porque son libros que, muchas veces, ya la exposición no tiene interés. Entonces, si la exposición no tiene interés y, encima, haces un catálogo carísimo, de varios millones, que no lo van a poder comprar nada más que dos o tres que vayan el día de la inauguración, y a esos se los regalan... O no se los regalan, porque yo también tengo algunos (se ríe). O estos libros que se hacen para conmemorar no sé qué y no sé cuántos. Entonces, hacemos un congreso. O esos libros que hacen las asociaciones culturales.

 

C.P.: O las publicaciones que ahora están muy de moda por aquí, con esto de las concejalías, los talleres literarios, etc...

 

C.M.: Sí. Los libros institucionales son los que, más que nada, yo quemaría. Porque luego hay libros muy malos, muy malos, muy malos, pero que te hacen reír. Son como los discos de Raphael o de Pablo Abraira. Dices: ¡pero cómo voy a tirar yo esto!, ¿no?. Es igual. Hay algunos libros que... Sobre todo, con uno de los que más me he reído es con El sol descenderá, de Victorino Polo (Risas). Y hay otro. Uno de Emma Egea, pobrecilla. La tengo que citar. Dionisia García me dejó sus libros para que los leyera y es muy malilla, muy malilla. Quiero decir, que tiene un lenguaje un poco pobre. Ella era una mujer muy guapa y eso, pero... Yo los conservo. Me hacen gracia. Y luego hay libros que no me dicen nada en absoluto, ¿no?. Como estos que está publicando la editorial Nausicäa. El 90% son libros que no me dicen nada. No los quemaría, porque están bien, y puede que salves tres o cuatro versos... Al final, el destino de los libros es ése: quedarse con tres o cuatro versos. Y ya está.

 

C.P.: ¿No crees que lo de Nausicäa sería también un poco por esa autofinanciación que hacen? O no tiene nada que ver.

 

C.M.: No lo sé. Yo creo que en cada editorial debe de haber un criterio. El criterio que se rige ahora mismo en Nausicäa, para mí, es mediocre. O no existe, o es mediocre.

 

C.P.: Para un nombre tan bonito de editorial.

 

C.M.: Sí. Y eso que tiene un libro, el de El Chotas, con ilustraciones de Ángel Haro, que está muy bien, muy bien conseguido.

 

C.P.: Pero es que El Chotas es El Chotas.

 

C.M.: Claro.

 

C.P.: Y con él no hay problemas.

 

C.M.: Exactamente.

 

C.P.: Bueno, terminamos. Te damos las gracias por tu atención, por tu amabilidad. Y hasta la próxima. Hasta el próximo premio.

 



De La insolencia (Inédito, 2001)

IVRESSE

Yo, el Chacal; hijo de chacales,

con el lomo cosido a cicatrices

a cuyo lado, Ciorán o los escépticos

serían devorados como rosas,

crecido en la tierra de los uzbekos

que guardan los restos de Samarcanda,

ciudad tallada en un solo zafiro;

no sospechaba –confiado

en las poderosas mandíbulas

de mi raza–, que me derribarían

el sabor del champán y de la hierba

de los muchachos rubios

que se desmayan en París

por un chute de pegamento

o por una película subtitulada

–ni siquiera las tropas alemanas

lograron conquistar uno solo de sus tejados,

qué puedo yo contra sus mitos–.

Ahora que, là bas, la luz de Marzo

deshilacha la niebla de Belleville,

y empieza a amanecer sobre las luces

rojas de los mejores clubs de baile

de toda la galaxia,

no dejaré que asome a mi semblante

la frágil consistencia de mi carne.

No me cortaré el pelo,

no vestiré especialmente bien,

pero no habré de descuidarme;

pues es mejor caer

como un árbol o un terciopelo,

que hundirse como los andamios

o el hormigón desecho de los puentes.

Guardo el hielo y el pan en mi cocina,

del resto de mi amor dan cuenta

los lápices y los domingos.

 

***

LA SÚBITA BONDAD DE LOS EXTRAÑOS

–Me reconocerás porque parezco una cama deshecha.
(Sean Connery a Michelle Pfeiffer en La casa rusia)

A pesar de todas las medidas

tomadas contra la dulzura

–como podrían ser no maquillarse,

coger un autobús cada mañana

o ver televisión todas las noches–,

una tarde de febrero, alguien,

suavemente apoyado en el quicio de mi puerta

pisando un territorio en calma,

logró pasar sus dedos por mi frente.

Si él hubiera intentado la seducción o el golpe

ni siquiera me habrían temblado las rodillas;

pero sólo tocó mi pelo y mis hombros

como en una cama recién hecha,

deteniéndose en el frescor

del tejido, en la precisión del pliegue.

Y todo aquello que creí perdido

incluso en mi memoria, y me impedía dormir,

parece desde entonces leve,

prescindible.

 

 

***

De Las rutas del nómada (Universidad de Murcia, 1999)

 

 

LA NOTA

Cuando llegué a casa a medianoche

me encontré un papel sobre la mesa,

quizás una nota de los compañeros,

un telefonazo en mi ausencia

de alguien que necesitara decirme,

no sé, te necesito, por ejemplo;

pero no era más que un aviso:

al día siguiente

teníamos que levantarnos pronto

para ir a sellar en el paro.

 

 

***

 

VERGÜENZA

El número de hijos de puta

aumenta cada día, pero es peor

el mayor número de tontos.

Yo me cuento entre los segundos,

a veces mi padre me pregunta

si voy a hacer algo al respecto;

pero no suelo contestarle,

me limito a mirar la tele

sentada enfrente de su cara.

Debería decirle que lleva la razón,

que la gente me mira como

a una rara especie de animal,

como si se sintieran cómodos,

en el papel del delator.

Me gustaría hacer algo para cambiar

ser más inteligente, fumar con elegancia...

ese tipo de cosas que te hacen respetable.

Pero en el fondo nunca sería suficiente,

los platos se me siguen cayendo de las manos.