TERESA DOVALPAGE
Elena Méndez
Teresa
Dovalpage nació en La Habana, en 1966. Radica en Albuquerque, Nuevo
México. Se ha desempeñado como traductora, editora, lingüista
e instructora de español, inglés y literatura en diferentes
centros y universidades. Ha publicado las novelas A Girl like Che
Guevara, Posesas de La Habana (Soho Press y PurePlay Press,
respectivamente, 2004) y Muerte de un murciano en La Habana (Anagrama,
2006). Con este libro resultó finalista del XXXIV Premio Herralde
de Novela.
—ECP: ¿Qué representa La Habana dentro de su obra? —TD: Es una presencia tanto como un espacio. El plasma vital en que se mueven, empujan, besan y estrujan esos seres cómicos y a veces terribles llamados habaneros. Es una caldera —no necesariamente del diablo, aunque yo no diría que de ángeles, tampoco— en que hierve la vida isleña. —ECP: Según usted, ¿qué recepción tiene la literatura escrita por latinos residentes en Estados Unidos dentro de dicho país? —TD:
Ha sido muy buena, me parece. Por ejemplo, a Carlos Eire le dieron un
premio muy prestigioso, el National Book Award, por sus memorias Waiting
for Snow in Havana, en 2003. Por otro lado, Julia Álvarez
y Cristina García, latinas que escriben en inglés, han tenido
una magnífica recepción de la crítica. Y los libros
de los autores consagrados como Isabel Allende se traducen al inglés
casi tan pronto como salen en español. —TD:
Para empezar, aquí puedo leer obras a las que no hubiera podido
ni echarles un vistazo en Cuba. Por ejemplo, las novelas de Zoe Valdés
y Reynaldo Arenas no se publican allá. Ni siquiera las de Pedro
Juan Gutiérrez se encuentran en la isla, aunque el autor vive en
La Habana. De modo que vivir fuera del país definitivamente abre
los horizontes... y las entendederas. Por otro lado, el acceso a internet
—ECP: ¿Qué implicó para usted el escribir su primera novela en inglés, siendo una hispana recién llegada a los Estados Unidos? —TD: En ese momento suponía que no había tenía más opción. Puesto que estaba en un país donde la primera lengua es el inglés, me parecía que no había de otra, como dicen en México. Esto es, que tenía que escribir en inglés si quería ver mis libros publicados. Más tarde descubrí que hay un mercado para libros en español también, y encontré una agente literaria en Barcelona para las novelas en mi lengua materna. Pero sin duda fue un reto el escribir A Girl like Che Guevara en inglés a los siete años de llegar a California. Lo que luché con las preposiciones, sólo lo sabemos mi editora y yo. No fue easy, vaya. —ECP: ¿Por qué razón divide su novela Muerte de un murciano en La Habana en actos y cuadros, como si de una obra dramatúrgica se tratase? —TD: Porque la novela sigue la estructura de una zarzuela española, Los Gavilanes, incluso cito versos completos de la misma. Pero es final es aquí irónico. Es decir, retomo la fábula del indiano (en este caso, un murciano buena gente y un poco despistado) que viene a hacer dinero a las Américas. Sólo que en lugar de atesorar centenes, el pobre se encuentra con la de la guadaña donde menos lo espera. —ECP: ¿A qué atribuye que sus personajes femeninos muestren tanto rencor hacia sus madres y viceversa? —TD:
Eso precisamente es lo que me pregunta mi madre. “Ven acá,
Teresita,” me ha dicho mi progenitora, ofendidísima. “¿Tú
tienes un trauma conmigo o qué te pasa? Oye, yo no soy tan grosera
como esas madres que aparecen en tus novelas, eh”. Y la verdad es
que nosotras no nos llevamos mal. Aparte de algunos desencuentros generacionales
que hemos tenido, que supongo son naturales, no cargamos con los problemas
de Maricari y la Mandonísima en Muerte de un murciano en La
Habana ni de las madres conflictivas e hijas despelotadas que aparecen
en Posesas de La Habana. Así que mi respuesta es —ECP: ¿Por qué otorga tanta importancia a la oralidad en sus textos? —TD:
Pienso que los cubanos somos un pueblo oral. Hablamos no sólo con
la boca, sino también con las manos, los ojos... Bueno, mejor me
callo antes de mencionar otra parte del cuerpo que no viene al caso en
este momento. En fin, que el español cubano es una lengua viva
en toda la extensión de la palabra. Vivita y coleando. Por eso
he tratado de reflejar la manera en que se habla en las calles de La Habana,
en la cola de los camellos, en el puesto de viandas... Me gusta llevar
“la isla en peso”, citando a Virgilio Piñeira, hasta
los oídos del lector. —TD: Creo que Arenas ha influido, de una manera u otra, en la mayoría de los autores cubanos que hemos tenido la oportunidad de leerlo. Su irreverencia fue una vacuna necesaria contra las altas dosis de realismo socialista (¡perdóname, Manuel Cofiño!) a que mi generación fue sometida por varias décadas. Con El color del verano, la narrativa cubana recibió una bocanada de aire fresco, de la que algo nos tocó a los que llegamos después. —ECP: Usted se ha desempeñado como docente. ¿Tal hecho estaría relacionado con que suela incluir personajes víctimas del bullying como Papirito y Lourdes en A girl like Che Guevara, Beiya en Posesas de La Habana y Teófilo y Maricari en Muerte de un murciano en La Habana? —TD:
Más que mi desempeño como docente, uso este tema en mi escritura
porque yo misma he sufrido del bullying. Cuando iba a la escuela
en Cuba siempre tenía problemas por “no defenderme bien,”
“no saber fajarme,” o en buen cubano, “ser demasiado
comemierda” como me decían dulcemente mis compañeros
de clase y los propios maestros… que realmente hicieron bien poco
para ayudarme. Odette Alonso ha escrito no hace mucho un artículo
muy fuerte sobre la situación en las escuelas cubanas de los 70
y 80 en su blog Parque del Ajedrez. Allí cuenta cómo
los estudiantes que no soltaban tres o cuatro malas —TD: Toda literatura es exorcismo, de una manera u otra, no importa si el autor está consciente o no de lo exorcizado. Y el exorcismo literario tiene sus ventajas, naturalmente. Al darles nombres a las cosas, por escrito o a boca llena, se les pierde el miedo y se les pone en su justo lugar. No importa si lo nombrado es el bullying en las escuelas o la rigidez política o el miedo a los chivatos.
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