Visión medioambiental,
desde la perspectiva ecocrítica,
de la novela Única mirando al mar,
de Fernando Contreras Castro
Yelenny Molina Jiménez
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...Y
así a cada paso que damos se nos recuerda que en modo alguno
gobernamos la naturaleza como un conquistador a un pueblo extranjero,
como alguien que se encuentra fuera de la naturaleza, sino que nosotros,
seres de carne, hueso y cerebro, pertenecemos a la naturaleza y
existimos en su seno, y todo nuestro dominio de ella consiste en
el hecho de que poseemos sobre las demás criaturas, la ventaja
de aprender sus leyes y aplicarlas en forma correcta.
Federico Engels
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El
tema sobre el cual versa el presente trabajo quiere destacar la preocupación
intelectual sobre una relación probablemente tan antigua como la
racionalidad humana. Se trata de la relación del hombre (vale decir,
sociedad, cultura) con el medio que lo rodea (entiéndase tierra,
naturaleza, entorno, ambiente, etc), vista a través de la literatura.
La Madre Naturaleza ha servido de inspiración —incluso de
protagonista— a historias noveladas, poesías y pensamientos
filosóficos. Desde sus inicios, las primeras manifestaciones literarias
contenían numerosas referencias a la Naturaleza y muchas de estas
eran de tipo mítico (mitos agrarios, mitos cosmológicos),
en las que el hombre se veía como parte de un engranaje que articulaba
armónicamente todo el universo.
Pero esa posición pacífica
y conformista del ser humano ante el entorno se ha ido transformando considerablemente.
Mediante la importante producción de bienes materiales, el hombre
no sólo agota los recursos no renovables de la Madre Naturaleza,
sino que además rompe, inconscientemente, cada vez más,
los lazos vitales entre varios componentes de la biosfera, destruyendo
de esta forma sus sistemas y canales de mantenimiento de la vida. El incesante
avance de la ciencia y la técnica ha aumentado cuantiosamente el
poderío de la humanidad con respecto a la naturaleza.
Aunque desde temprana época se avizoraban
las nefastas consecuencias de la acción desmedida del hombre, sólo
es hasta hace unas décadas atrás cuando, a través
de la literatura de difusión y los medios de comunicación
fundamentalmente, esos problemas dispersos se integran a un discurso común,
socializándose así una determinada noción del medio
ambiente. La relación que se establece entre el hombre y su entorno
va conformando una escala de valores en el orden espiritual y el aspecto
ambiental se erige como un cuestionamiento a los valores existentes, que
a su vez son reflejo de las condiciones económicas imperantes.
Desde entonces se viene valorando un proceso de configuración de
una nueva forma de conciencia social: la conciencia ambiental, entendida
ésta como el conjunto de concepciones, representaciones, ideas,
sentimientos, inclinaciones de la sociedad o del individuo acerca de la
realidad ambiental.
Este nuevo tipo de conciencia cobra vida
no sólo durante la producción de bienes materiales sino
que se extiende a todos los campos de acción del hombre, de ahí
que la literatura se apropie también de ella y sea el género
novelístico uno de sus principales exponentes. Es la novela el
género literario que mayor cantidad de elementos ajenos al arte
puede contener. Dentro de ella cabe casi todo: ciencia, religión,
sociología, juicios estéticos. Y esta opinión coincide
con el concepto que recoge Mariano Baquero (1963) sobre la permeabilidad
de la novela, la cual está relacionada con los demás géneros
literarios y aún con todo lo que no es ella misma, entiéndase
política, sociología, religión. En su devenir histórico,
esta variedad
se ha comportado como un elemento activo y viviente de la sociedad, por
un lado la expresa y por el otro contribuye a transformarla. En estas
transformaciones juega un papel preponderante el escritor, quien consciente
del lugar que ocupa en la sociedad, utiliza las armas que posee para el
bienestar social.
Ante las consecuencias de una nueva era
caracterizada por el industrialismo y la sociedad de consumo, surge una
nueva tendencia dentro de la literatura. Los escritores, cada día
más preocupados por lo que acontece a su alrededor, se dan a la
tarea de denunciar los problemas a los que se está enfrentando
el ser humano. Las obras adoptan un carácter crítico —y
no significa esto que hasta entonces no lo sean— me refiero más
bien a que se analizan con otra óptica asuntos que hasta entonces
pasaban desapercibidos. Otra mirada, otro punto de vista, propiciando
un espacio de reflexión y concientización respecto a las
causas de la problemática ambiental contemporánea, analizadas
desde la perspectiva de la historia cultural a partir de una lectura ecocrítica
de los textos.
Esta interesante relación que subyace
entre la Literatura y la Ecología ha dado paso al surgimiento de
una corriente novedosa, que se hace nombrar ecocriticismo, quien
toma una aproximación basada en la tierra y en la naturaleza para
el estudio de la literatura. La ecocrítica propone convertir el
entorno y la visión de la naturaleza, en una nueva categoría
para el análisis de la literatura. Y por ende, que los estudiosos
se preocupen, en cómo se empieza a plantear la crisis ambiental
contemporánea en la Literatura, y de qué manera influencian
las obras literarias y el lenguaje en la forma en que nos relacionamos
con el medio ambiente.
Única mirando al mar, del
costarricense Fernando Contreras Castro, es una de esas novelas que nos
hacen reflexionar en torno a los problemas ambientales que se están
presentando en nuestro planeta. Y no sólo se limita a esta cuestión,
sino que además, es rica en denuncias sociales, políticas,
religiosas y filosóficas, entre otras. El estudio de esta obra
implica el análisis de sus contenidos. El eje central de la narración
es la historia de amor entre Única Oconitrillo y Momboñombo
Moñagallo, matizada por el inusual ambiente en el que se desarrolla
el idilio así como los problemas que engendra el basurero de Río
Azul, ubicado en las cercanías de la capital.
El asunto da lugar al surgimiento de varios
temas tales como la ecología, la contaminación del ambiente,
la marginalidad de un grupo de costarricenses, la tercera edad, la carencia
de voluntad política para resolver problemas de diversa índole.
Surge, además, el tema de la idiosincrasia del costarricense y
cierta violencia latente que estalla en su oportunidad. Estas cuestiones
y el espacio en que se desarrollan los
conflictos, se convierten en una imagen de ese mundo a medida que van
apareciendo y actuando los distintos personajes de la diégesis.
La novela de Fernando Contreras describe
las relaciones humanas experimentadas por personas que han sido excluidas
del modelo de vida impulsado por la dinámica de mercado. Todos
los protagonistas son individuos que por una u otra razón han dejado
de ser funcionales, competitivos o productivos de acuerdo con las exigencias
del ordenamiento social vigente. Encontramos, por ejemplo, una maestra
pensionada, que debido a una mísera retribución termina
exiliada en el basurero buscando qué comer. Un bebé abandonado
que un día cualquiera aparece en medio del basurero y es adoptado
por la maestra. Un ex-celador de una biblioteca pública de sesenta
y seis años, quien fue despedido y que, al fracasar en todos sus
intentos de encontrar trabajo, decide suicidarse de una manera muy especial:
lanzándose a un camión de basura. Y por último, un
biorreciclador que un día cualquiera encuentra en medio del “mar
muerto” una sotana y una Biblia, e interpreta eso como señal
de misión, ejerciendo desde entonces el acompañamiento espiritual
a la comunidad de buzos.
El basurero es para ellos su medio ambiente,
en éste se desarrolla su cotidianidad y, en consecuencia, la reproducción
de su vida. El autor sugiere que este contexto puede ser concebido como
un mundo paralelo donde se gestan interacciones y vivencias que pasan
desapercibidas para quienes habitamos dentro del orden. Como mundo aparte,
se rige por valores éticos y estéticos contrastantes con
los integrados comúnmente a nuestras subjetividades. Se puede afirmar,
también, que delimita una subcultura o contracultura, según
sea el lente que utilicemos para extender nuestra mirada. Sin embargo,
hay algo que todos comparten: el hecho de que la vida se haga posible
sólo en cuanto asuman su condición de desecho, es decir,
de basura humana. Entiéndase por basura, según el diccionario
de la RAE: suciedad, cosa repugnante o despreciable.
En tanto basura que convive entre la basura,
los personajes hacen su vida llevadera e incluso a veces satisfactoria.
El basurero constituye para ellos su universo de referencia. Todo cuanto
es permisible se ofrece desde aquí. Pero no porque su vida sea
llevadera y satisfactoria está exenta de sufrimiento: la etiqueta
de la exclusión desborda sus subjetividades, mientras miran al
mundo del mercado como un anhelo frustrado. Reconocerse en condición
de desecho implica pagar la factura del esfuerzo traumático que
conlleva mirarse a sí mismo desde el ángulo de la repulsión.
Para los buzos no hay otra forma de subsistir
si no es a través de la ruptura con el mundo convencional, el cual
es percibido ajeno e inexpugnable para los habitantes del basurero. Esta
escisión total con el “mundo normal” hace exclamar
a Momboñombo: —¡Volver!... ¿y para qué
diablos voy yo a volver?, como si necesitara algo de allá
(Contreras 1994: 89). Los inquilinos del botadero han llevado a cabo una
renuncia contundente a la satisfacción de las necesidades básicas,
arrastrando consigo la pérdida correspondiente de la dignidad humana,
pero también se han visto forzados a renunciar, simultáneamente,
a la satisfacción de las
necesidades creadas por la lógica de consumo.
En el “país de los buzos”
—que se refiere al basurero de Río Azul— surge un espacio,
cuya imagen estética se basa en una metáfora de vastas dimensiones:
“el mar de la basura”. De este símbolo central se derivan
muchas otras alusiones: los peces de aluminio, la gente de abordo, los
marineros del basurero, las olas de basura empujadas por los tractores,
las gaviotas negras, las playas del mar muerto y los hundimientos de objetos
y personas. Todas estas asociaciones tienen el firme objetivo de mostrarnos
un mundo altamente desagradable. Vemos cómo el autor nos recrea
un clima intolerable a través de las descripciones que nos ofrece:
La
escuela del pueblo colindaba también con la malla, que no
la protegía del hedor fétido del botadero, el cual
era la atmósfera pegajosa que respiraba el pueblo entero
y que respiraría para siempre aún después de
clausurado el basurero, porque la sopa de los caldos añejos
de toneladas de basura venía derramándose por el subsuelo
desde el día de su inauguración, igual que una marea
negra desbordada entre las grietas del cuerpo ulcerado de la tierra
(Contreras 1994: 20). |
Otra
metáfora muy caracterizadora de ese inframundo es la del basurero
como infierno; esta imagen tiene que ver con la pobreza, la miseria, la
suciedad y el dolor que reinaba en aquel lugar. Un sitio inhóspito
e inhabitable donde el agua sólo resbalaba sobre el gabán
negroaceitoso de los zopilotes y en todas partes se empozaba formando
cientos de pequeñas lagunillas, fecundas de larvas de moscas y
otros bichos (Contreras 1994: 47). En la representación que
nos crea Fernando Contreras del basurero es notable la fauna que incluye
en su registro: son las larvas, los zopilotes, las cucarachas, las moscas,
los lepidópteros; en su totalidad insectos que coexisten en la
podredumbre y la descomposición de las materias. En este contexto
los elementos del medio ambiente que aún no han sido contaminados
se manifiestan renuentes a sucumbir: lo verde se alejaba cada día,
como el bosque que camina, como si hasta los árboles se estuvieran
yendo por sus propios pies de aquel osario de los derechos humanos
(Contreras 1994: 48). Es como si la naturaleza adivinara los riesgos mortales
que corría de permanecer en las precarias condiciones de aquel
sitio.
Río Azul es un botadero de basura
al cual llegan diariamente ochocientas toneladas de basura de las producidas
por la ciudad de San José. Allí viven muchos buzos que escarban
día y noche lo que va desechando la ciudad. Recogen el material
reciclable que puede ser vendido a algunas empresas y con ello consiguen
algo de dinero. Pero también coleccionan la mayoría de las
cosas que utilizarán ellos mismos para su diaria existencia. Allí
“reciclan” todo lo que consideren de utilidad. El botadero
es un “mar
de desechos” y sus habitantes son “buzos” que “navegan”
en él, buscando asegurar su sobrevivencia uno o varios días
más.
Contrario al bello panorama que resulta
la historia del idilio entre Única y Momboñombo, donde prevalece
un amor puro, amén de las calamidades propias de la existencia
humana; surge ante nosotros un paisaje totalmente degradado por la acción
indiscriminada e inconsciente del hombre. La temática ecológica,
entonces, cobra colosal fuerza ante la actitud —para nada pasiva—
del creador de esta novela. Nos encontramos en un sitio donde la atmósfera
se torna irrespirable debido a la podredumbre y la fetidez que despedía
la indigestión eterna de la tierra atragantada de basura (Contreras
1994: 23).
Basura que, podría atreverme a decir,
ocupa un lugar protagónico en la diégesis en cuanto es principio
de toda contaminación. La significación del concepto de
basura ofrecido anteriormente encuentra resonancia, dentro de
un modo de convivencia cuyo motor es el industrialismo, que intensifica
y multiplica las relaciones comerciales. La basura es hija del mercantilismo.
Desde que la Revolución Industrial abrió nuevos horizontes
para el progreso y el capitalismo moderno, trajo consigo la simiente de
la cizaña de la basura. Sobre esto es muy clara la sentencia de
Momboñombo: Siempre ha habido basura, la basura nace con el
hombre... (Contreras 1994: 42). Y es que la materia inorgánica
existe desde el mismo surgimiento de la raza humana. Su presencia denota
una interferencia en el canal de comunicación entre hombre y medio
ambiente.
En ocasiones, el proceso económico
y el avance tecnológico en la industria acarrean serias transformaciones
en nuestro entorno, tales como la disminución en la calidad del
aire, agua, suelo, vida humana, así como el agotamiento del capital
natural y de la biodiversidad en su conjunto. A este cambio negativo a
que es sometida la naturaleza se refiere el escritor en su novela cuando
pone en boca de uno de sus personajes semejante denuncia: …teníamos
como más espacio y más aire puro. En las mañanas
se podía levantar uno y respirar hasta reventarse [...] Pero como
te digo, la tierra se fue poniendo como arcillosa; esta tierra no era
así… (Contreras 1994: 59). Es evidente la melancolía
presente en este fragmento debido a la pérdida de algo que resulta
de vital importancia. A este tipo de alteración climática
se expone el hombre cuando no toma en cuenta las medidas pertinentes en
aras de mitigar el deterioro ambiental.
Al hablar de que la revolución científico-técnica
ha agudizado la situación ecológica actual, algunos teóricos
deducen la inevitabilidad de una crisis ecológica de carácter
global, es decir, que amenazará en iguales proporciones a todos
los países, sin importar su estructura social. Dicha crisis se
atribuye exclusivamente al aumento paulatino de la producción industrial,
al progreso científico-técnico y, en general, al aspecto
tecnológico de las relaciones entre el hombre y la naturaleza.
La técnica es la actividad humana que más directamente influye
sobre el medio ambiente. Consume gran cantidad de recursos naturales,
modifica el paisaje y produce muchos residuos. Al construir una carretera
o un edificio, extraer petróleo
o minerales, obtener metales o fabricar bienes de consumo, evitar que
una plaga destruya una cosecha o propague una enfermedad, estamos alterando
el entorno, cada vez con más poderío y en mayor escala.
Como resultado de la actividad económica
del ser humano, el medio ambiente y, en particular, el mundo orgánico,
experimentan cambios continuos: se ha reducido sustancialmente el manto
vegetal del planeta; se acidifican los suelos y las aguas; los desechos
de la industria, incluyendo diversas sustancias altamente tóxicas,
contaminan el aire, los océanos y el suelo; debido al consumo de
grandes masas de combustible mineral aumenta la concentración de
ácido carbónico en la biosfera, fenómeno que puede
traer aparejado el cambio del régimen térmico de la superficie
terrestre. Y no sólo se ve afectado nuestro entorno, pues tales
acciones pueden repercutir incluso en el propio hombre, poniendo a veces,
en peligro su vida.
En el basurero, sus habitantes presentan
algunos padecimientos debido a las condiciones insanas que allí
hay. Por ejemplo, El Bacán tiene constantemente una tos fuerte,
debido al debilitamiento de sus pulmones; mientras que Momboñombo,
desde que se mudó para el botadero, padece de los bronquios y le
salen salpullidos por todas partes. Eso se debe al aire contaminado y
malsano que se inhala en aquel lugar. Por otra parte, los vecinos
ya no pueden aguantar más, se les enferman los chiquitos, todo
se les ensucia y se les contamina, y eso que ellos no viven aquí
directamente, ahora imagínate cómo debemos andar nosotros
por dentro… ¡te imaginás si nos sacaran una radiografía…!,
seguro saldrían puros zopilotes todos encandilados con los rayos
x (Contreras 1994: 129-130).
Y si a todo esto le sumamos la irresponsabilidad
de las acciones humanas, no habrá cómo detener una futura
catástrofe. Lo que pasa es que ahora a la gente le ha crecido
la capacidad de producir desperdicios […] no es posible que se boten
las cantidades de basura que bota este país tan pobre […]
¡ochocientas toneladas diarias! (Contreras 1994: 42). Esta
escandalosa cifra es motivo de asombro, tal como lo plantea uno de los
personajes. A veces la raíz del problema está en nuestro
proceder y la solución sólo en nuestras manos. No podemos
culpar solamente a la nueva era tecnológica con sus grandes adelantos,
el hombre con su actuar desmedido e inconsciente también tiene
su cuota de culpabilidad.
A estos hábitos negativos hace alusión
en su obra Contreras Castro, donde se nos narra detalladamente el estado
deplorable de sus principales redes hidrográficas, ríos
y quebradas, pues todo tipo de desechos iban a parar a ellos sin reparo
alguno: llantas de autos, la mierda de todos, las mieles del café
de las industrias cafetaleras que significan el sesenta por ciento de
la contaminación fluvial, los desechos químicos…
(Contreras 1994: 115). Tal actitud es calificable de vergonzosa y desagradecida,
teniendo en cuenta que la Madre Naturaleza nos abastece de todo
sin exigir nada a cambio; lo menos que podemos hacer es retribuirle su
bondad mediante un trato respetuoso y conservador, el cual es posible
adquirir a través del cultivo de una cultura medioambiental.
Se ha hecho evidente en la actualidad que
el género humano no puede, ni debe, hacer valer su inmenso poder
para intervenir irreflexivamente en la naturaleza, transformándola
de raíz, sin tener presente las posibles consecuencias negativas
de su actividad económica. Tal percepción es la que nos
desea trasmitir el autor a través de una profunda reflexión
de su novela. Sus personajes representan la escala más ínfima
del género humano. Su condición de “olvidados por
la sociedad” empeora con las circunstancias del escenario en que
se desarrollan. Ya sabemos que viven en un basurero, adonde van a parar
todos los desechos de la ciudad de San José. Uno de los personajes
principales de la diégesis se queda asombrado de la cantidad de
basura que llega diariamente al botadero y del contenido de la misma:
Yo me pongo a ver qué es lo que bota la gente. [...], todo
eso que brilla como limadura de sol [...], todo eso es puro aluminio,
el de las latas de cervezas nacionales y extranjeras, los paquetes de
sopa, los paquetes de cigarro, todo viene en aluminio ahora, y en paquetes
en inglés, y todo se bota en bolsas plásticas que no se
pueden deshacer… (Contreras 1994: 43).
Todos estos residuos son los que componen
la atmósfera fétida y degradante del botadero. De ahí
que ante un posible cambio de ciudad, las futuras candidatas rechacen
firmemente tal proposición. Nadie quiere tener en sus periferias
un espacio para la contaminación que atente contra la calidad de
vida de sus ciudadanos, es por ello que muchos opinan de esta forma: …“¿A
cuenta de qué tenemos los esparzanos que tragarnos la basura de
San José y Cartago?, si ya tenemos suficiente con el mar, que lo
tienen hecho un basurero al pobre…” (Contreras 1994:
110).
El desarrollo industrial es algo inherente
a la evolución humana y múltiples son las ganancias que
nos ha legado este proceso. Pero al mismo tiempo se nos muestra su cara
negativa. Simplemente observando en nuestro entorno podemos detectar cambios
profundos en el medio que nos rodea. Densos bosques que hace pocas décadas
eran recorridos por ríos y arroyos y estaban poblados de animales,
son hoy yermas montañas que se transforman en desierto a velocidad
vertiginosa. Especies que convivían con nosotros, han emigrado
a otro lugar o simplemente han desaparecido. Pueblos que no pueden beber
de sus aguas por la contaminación de sus acuíferos derivada
del uso abusivo de agroquímicos. Si prestamos atención a
los datos que nos suministran los medios de comunicación, la dimensión
del problema se acentúa: destrucción de la protectora capa
de ozono, cambio climático, peligrosa contaminación de la
atmósfera y de los mares, accidentes nucleares de consecuencias
apocalípticas y un incremento alarmante de enfermedades degenerativas
y otras de origen desconocido.
De igual forma acontece en la novela, debido
a la actitud inconsecuente de aquellos que tenían la responsabilidad
de elegir el terreno que se convertiría en el nuevo botadero. Ignoraron
una serie de factores de orden ambiental y su selección fue sellada
fríamente con la redacción de un informe. Cuyo informe nada
decía sobre los futuros agravamientos que traería como consecuencia
la negligencia de algunos: así como tampoco decía nada
de la virtual contaminación del estero Mero y la consecuente pérdida
de UN MILLÓN
DE METROS CUADRADOS DE BOSQUE DE MANGLAR, [...] Ni mencionaba tampoco
nada de la naturaleza permeable del suelo, ni del pequeño detalle
de que cavando un metro, comenzara ya a sentirse la presencia de las aguas
subterráneas, ni que el suelo mismo era agrietado, como preludiando
ya la úlcera que significaría un relleno en él (Contreras
1994: 147).
Es por ello que se torna imprescindible
el surgimiento de una nueva conciencia, de tipo ambiental, donde el hombre
sea capaz de reconocer las nefastas consecuencias de su proceder y dirija
sus acciones a fomentar el cuidado y la preservación de los elementos
naturales. Ello implica conciencia, sensibilidad, responsabilidad, cambios
de actitudes y políticas ciudadanas, aspectos éticos, culturales
y religiosos, así como patrones de consumo y estilos de vida diferentes.
Requiere, además, la optimización de los recursos, el uso
adecuado de la capacidad de carga de los ecosistemas, el desarrollo evidentemente
racional, el respeto a la biodiversidad, a la geodiversidad y a la sociodiversidad.
Y sobre todo, darle una concepción diferente al medio ambiente.
Ya no se trata de ese medio ambiente estático, sino del entorno
del hombre, donde la sociedad tiene el papel fundamental, porque el individuo
debe potenciar la explotación de los recursos de manera racional,
por el propio bien de la existencia humana. Este es el mensaje que nos
quiere trasmitir Fernando Contreras con su obra. La novela no es más
que un llamado a la reflexión en pos de atenuar el impacto negativo
sobre el medio de algunas actividades humanas.
La historia que nos cuenta la obra no escapa
a lo dicho por Gabriel García Márquez acerca de sus novelas:
que la realidad supera a todas ellas en imaginación. Única
mirando al mar no es en dramaticidad y podredumbre ni la sombra de
lo vivido a diario en muchas de nuestras ciudades. Su basurero es un jardín
de flores comparado con el paisaje cotidiano de las periferias capitalinas
de muchas de nuestras grandes urbes.
El ambiente reflejado en Única
mirando al mar, del escritor costarricense Fernando Contreras Castro,
responde a una realidad donde la existencia del individuo se ve amenazada
por la contaminación latente en el medio en que convive. No se
trata de un paisaje extraído de la imaginación de un escritor,
sino de un entorno degradado por la acción desmedida del hombre;
el cual, influenciado por las relaciones de producción establecidas
y las condiciones infrahumanas de su hábitat, propician la marginación
de un sector de la sociedad. Las características degradantes del
entorno son empleadas por el autor para criticar la actuación irreflexible
del hombre para con la naturaleza, que pone en peligro su propia existencia.
Tengamos siempre presente que la preservación del entorno depende
de nuestras acciones colectivas y el medio ambiente de mañana de
nuestras acciones de hoy.
Citas Bibliográficas
—Baquero,
Mariano, Proceso de la novela actual (Rialp, Madrid, 1963).
—Contreras Castro, Fernando, Única
mirando al mar (FARBEN, San José, 1994).
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